Casi hasta sonrió cuando vio entrar a aquel muchacho de facciones serias. El gracioso incidente entre ambos países en aquella reunión aun lo hacia reír.
Venezuela era la clase de muchacho centrado y ordenado, casi siempre estaba de mal humor, y Antonio presentía que ese no era momento para ninguna broma estupida. Ahora más bien le causaba miedo, se sentía idiota por tenerle miedo a su propio hijo
-Libertad sin galope, banderas rotas, soberbia y mentiras,-
Aquella persona había llegado a imponer sus reglas, su religión. ¿A cuenta de que tenían que obedecer a alguien en la lejanía que ni siquiera conocían? ¿Por que estos recién llegados tenían que imponerles su forma de vida y su civilización?
El pequeño no estaba dispuesto a rendirse ante aquel hombre que pretendía proclamarse su padre, ya tenía un padre al que amaba demasiado y no iba a perderlo.
Luego le dijo que su padre lo había abandonado y que cuidaría de el, mentiras, el niño lo sabía ¿pero que podría hacer? Estaba solo ahora, el glorioso pueblo que su padre solía ser se desvanecía, mutaba. Y aquel hombre tenia extrañas armas…no había nada que el pequeño pudiera hacer mas que entregar todo y rendirse ante la religión del extraño
