Capítulo 4

¡Tú eres mía... Oíste... Mía!—esas palabras seguían repitiéndose en su cabeza.

¿Había escuchado bien? o ¿fue el susto de casi haberse estrellado contra el parabrisas? No, había escuchado bien.

Se desabrochó el cinturón. Intentó abrir la puerta pero estaba trabada.

—¿Vas a escapar de nuevo?

—Quita el seguro.—dijo molesta.

—No.

—Si no lo haces comenzaré a gritar.—dijo molesta.

—Grita todo lo que quieras. Diré que estás loca y que te estoy llevando con tu médico.

—Pero cómo te atreves a llamarme loca.—le propinó un leve golpe en el hombro.

—No lo hice. Te dije que te haría pasar si gritabas. ¿Podemos hablar como dos personas mayores y civilizadas que somos?.—preguntó más tranquilo

—Quieres que hablemos civilizadamente cuando tú te comportas como un loco posesivo.—dijo cruzándose de brazos. Los bocinazos no dejaban de cesar.

Un hombre grande como un oso, gordo y barbudo se acercó a la ventanilla. Golpeó el cristal. Terry bajo el vidrio.

—Hey si no mueves tu culo de aquí te patearemos hasta borrarte la sonrisa, niño bonito.

—Oh—la cara de la rubia palideció.

—¿Tú y cuantos más?—dijo enarcando las cejas y sonriendo de lado.

—Idota. Yo solo.—el hombre sonaba más que furioso.

—Terry...

—Esta bien. Ya nos vamos.—trató de calmarlo.—Mi esposa se sentía mal—puso su mano sobre el vientre plano de ella, la cual se sobresaltó al sentir el toque y calor de la palma sobre su vientre, a pesar de que tenía una tela de por medio.—estamos esperando.—ella abrió los ojos como platos.

—¿Q-qué?

—Oh, lo siento señora. ¿Se encuentra mejor?—dijo con amabilidad ignorando al castaño.

—Eh... SSi si. Gracias... Creo que sólo fue una baja de presión. Ya sabe.—mintió.

—Cosas de embarazada.—agregó el castaño.

—Ojala y se parezca a su madre.—comento él hombre dedicándole una afectuosa sonrisa a la mujer. Ella rió ante aquel comentario. Y Terry lo fulminó con la mirada.

—Seguro que sus hijos deben de ser de bonitos...—agregó con sarcasmo.

—Terry... Disculpe el haberlo demorado.

—Que tenga un feliz día.

—Gracias.

Minutos más tarde estaban aparcando en el estacionamiento del club. Apagó el auto.

—¿Vas a seguir sin hablarme?

—No. ¿Cómo justificaremos ésto de llegar juntos?

—Tranquila. Tú sólo sígueme.

—No creo que sea buena idea. Ya nos metiste en varios enredos.

—Mi madre sabe que de vez en cuando duermo en casa. Así que eso diré. Que como mi habitación estaba preciosamente ocupada—le dió un guiño— dormí en el cuarto que era de Albert.

—Esta bien. Es más convincente.

—¿Podemos dejar de pelear y empezar de cero?—propuso él.

—La última vez que dijiste eso terminamos...—ella se sonrojó.

—Desnudos. Besandonos hasta el último rincón de nuestros cuerpos.—finalizó él, haciendola poner más nerviosa.

—Basta de recordarme eso.

—¿De cero?—le tendió la mano

—Esta bien. De cero.—pactaron estrechando las manos.

—Préstame eso.—le arrebató el celular.

—Hey. No puedes estar revisando mis cosas. Es privado.

—Solo será un momento—marcó unos números y el celular del castaño sonó.—Listo.—ella lo miró frunciendo el ceño.—ese es mi número. — le entregó el móvil y luego bajó, rodeó el auto para abrir la puerta de su acompañante.

—Vamos.—en cuanto la vió caminar y como ciertos hombres no quitaban sus ojos de las elegantes caderas cubierta por un pantalón, molestandola visualmente aunque a ella no, ya que no lo notaba pero él si. La tomó de la mano. Cosa que no hacía con las mujeres anteriores sólo que con ella le provocaba hacer hasta lo que nunca se imaginó que haría. Ella dudó pero sin embargo no discutió y lo siguió hacia el restaurante.

Caminaron uno al lado del otro tomados de la mano hasta que llegaron a la puerta.

Los padres del joven ya estaban esperandola en el restaurante. Cuando ambos ingresaron, Eleonor elevó sus cejas en asombro.

—Hola.—saludó la rubia. A ambos con un beso en la mejilla.

—Hola, pequeña.—Richard se puso de pie.

—Candy, querida. Terry, ¿qué haces aquí?—cuestionó su madre.

—Hola a ti también mamá. Papá.—le dio un abrazo a éste último.

—¿Cómo estas, hijo? Veo que ya se conocieron.

—Asi es. Anoche fuí a casa y me quedé dormido en la habitación de Albert, como la mía estaba ocupada. Y cuando me levanté vi a Candy en la cocina. Supuse que era la hija de Frederic y me ofrecí en llevarla al hospital y luego traerla con ustedes para que no se perdiera.

—Fue muy amable de su parte—dijo Candy algo nerviosa por la mirada interrogante de la mujer que estaba frente a ella.

—Oh. Que gesto tan noble de tu parte, cariño.—su madre conocía a la perfección a su hijo y sabía de sobra que él no era nada generoso con sus invitados. Pero era de esperarse de que se ofreciera a servirle a Candy ya que ésta era una mujer impresionante en todo aspecto y más en lo físico.

—Ya ven. No soy tan desatento como ustedes suponen.

—¿Almorzarás con nosotros?—le preguntó su padre.

—No. Pero iré para la cena. Prometí a Candy llevarla a conocer la noche neoyorquina.—esta abrió sus ojos en asombro.

—Ah. Pero yo no...

—Tranquila. Ya te dije que no me molesta ser tu guía.—le guiñó.

—Entonces prepararé yo misma la cena. Albert también me llamó diciendo lo mismo. Por fin tendré a mis pequeños rebeldes juntos.

—Mamá hace tiempo que dejamos de ser tus pequeños.

—Lo sé. Pero a mi me gusta sentirlos así, mis pequeños—éste puso los ojos en blanco.

—Los veré más tarde.—se despidió.

—Espero que mi hijo no te haya incomodado. Algunas veces suele ser tan... Difícil.

—Oh, no Eleonor. Fue todo un... caballero.—dijo con una fingida sonrisa.

—Vaya. Jamás me hubiera imaginado que Terry se solidarizara con alguien.

—Eleonor. No seas tan dura con él. Terry tiene un carácter especial. Digamos difícil de manejar. Pero es un buen muchacho—comento Richard.

Candy escuchaba atentamente las declaraciones de Eleonor sobre sus hijos. Eran dos hombres tan distintos. Físicamente, Terry era igual a su padre mientras que Albert era el mismo retrato que su madre. Ambos eran demasiado guapos.

—¿Y cómo te fue en el hospital?—cuestionó Richard

—Muy bien. Albert me presentó al doctor con quien haremos la residencia. Por cierto, no sabía que él trabajaba ahí.

—Hace poco que lo trasladaron.—comentó Eleonor.

—¿Cuándo comenzarás?

—El lunes.—sus ojos tenían un brillo especial.—estoy muy ansiosa por hacerlo.

—Me recuerdas tanto a tu madre.—comentó Richard con nostalgia. Él y los padres de Candy fueron grandes amigos durante la escuela secundaria y la universidad. Pero cuando él conoció a la mujer que actualmente es su esposa, se distanciaron un poco ya que ésta sentía celos de la madre de Candy. Pero luego con el tiempo fue conociendola más y terminaron por ser buenas amigas.

—Todos me dicen lo mismo. Que mamá además de hermosa tenía un corazón tan noble.—su madre había fallecido cuando ella apenas tenía cinco años.

—Asi es, cariño. Era igual a ti—dijo Eleonor tomándole ambas manos entre las suyas.—tu madre estaría tan orgullosa de verte hecha toda una mujer. No sólo heredaste su belleza sino ese noble corazoncito.

—Gracias. Ustedes se han portado tan lindos conmigo.

—No tienes que agradecer nada. Tus padres son como de la familia y tú vendrías a ser como nuestra sobrina.—pronunció orgulloso el hombre.

...

..

.

Terry había llegado a la empresa. Sus empleados lo miraron extrañados ya que éste jamás llegaba de buen humor en estos últimos meses.

—¿A quién debemos agradecerle?—dijo con ironía, su amigo entrando al despacho. Se sentó frente a él.

—¿Por...?— tenía una postura más relajada. Su cuerpo apoyado en el respaldo, el pie derecho descansaba en la rodilla izquierda. Mientras daba semicírculos con la silla.

—Por la cara de bobo que traes.—se burló.

—La encontré.—dijo aún más sonriente.

—¿A quién?

—A ella... A Candy.

—¿A tu perdición? ¿dónde?—se puso recto.

—En mi casa. Justo en mi cama.

—En tu cama...

—Recuerdas que te conté sobre la hija de White

—De White Andrew—Archie tenía recuerdos muy vagos de la mencionada. No recordaba su rostro.

—Si... Es la hija de Frederic White Andrews.

—Vaya. Eso se llama tener todo servido. Deberías pasarme un poco de tu suerte.

—Esta noche cenaré en casa con mis padres. Luego la llevaré al club.

— Sabes que estarán todos los chicos y de seguro que Susana también lo estará.

—No. Me dejó un mensaje hace unos minutos diciendo que se iba por unos días a casa de su hermana. Tengo tiempo hasta entonces para pensar en cómo sacármela de encima.

—Dudo que te la haga tan fácil.

—Lo sé pero mientras aprovecharé mi tiempo con ella.

—De verdad esta chica te está llevando a la perdición. Tu padre se molestará en cuanto se entere de que no asististe a la reunión de hoy en la mañana.

—Ya lo sabe. Lo ví cuando la dejé con ellos.

—Veo que empezaste bien el día.

—Yo diría que de maravilla.

—¿Qué harás con Susana? Porque va a volver.

—Por el momento nada. Susana es un cero a la izquierda en mi vida.

—Le prometiste que se darían una oportunidad. ¿Y con esta chica que tienes pensado hacer?

—De todo.—dijo con arrogancia.

—No creo que sea bueno. Recuerda que es la hija del amigo de tu padre, además si White se entera ten por seguro que te cortará las bolas—fingió dolor—. No deberías involucrarte con ella sólo para sacarte las ganas.

—Candy me gusta.

—A ti te gustan todas. Una vez que te cansas de ellas las despachas como si nada.

—Por ahora necesito estar cerca de ella. No voy a dejarla ir. Después veré.

—No juegues con fuego, Terry.

—Deja de sermones.

—Llegará el día en que una mujer te pongas los puntos. Y no creo que te guste estar en el lugar donde tú las ponías a ellas.

—Eso nunca.—dijo muy seguro.

—Si tú lo dices.

...

..

.

Esa noche, como lo había prometido llegó temprano a casa de sus padres. Cenaron tranquilamente en familia.

Luego los tres jóvenes se encaminaron hacia el club nocturno del cual Terry le había platicado a la rubia.

Albert no se quiso despegar de la jóven, ya que conocía perfectamente a su hermano menor y la fama que éste tenía.

Llegaron al lugar. Había una larga cola en espera para poder ingresar pero éstos no tuvieron que esperar ya que los hermanos Grandchester eran conocidos por frecuentar la mayoría de las noches, durante los fines de semanas, más el menor que el otro.

—¿Te dije que luces increíble?—le susurró al oídoTerry mientras la guiaba entre la multitud. Llevaba un pantalón blanco de cintura alta ajustado, sandalias rojas con altos tacones y una fina tira sujetando sus dedos. Un top del mismo color que dejaba ver parte de su vientre plano y hombros. El blanco hacia resaltar su piel bronceada. No era de maquillarse tanto por lo que sólo colocó un brillo en sus labios. Su cabello lo había recogido en una cola alta.

—Gracias. Tú también. Que lugar más... Increíble.—comentó admirando el exclusivo local. Alumbrado con luces bajas, en tonos rojos muy bajos y luz ultravioleta.

Se dirigieron a la zona vip donde estaban los demás acompañados de exuberantes mujeres. Un sillón color vino en forma de L, una mesa ratona en el medio. El lugar estaba separado por cortinas blancas con rayas verticales en negro. Era solamente para clientes exclusivos.

—¡Ah bueno! Pero que preciosidad—dijo Neal en cuanto la vio acercarse.

—Oye.—se quejó la mujer que tenía al lado.

—Será mejor que se retiren bombones—dijo Stear. Éstas no dudaron y se marcharon desilusionadas.

—Hola a todos.—saludó Albert estrechando la mano a Neal, Stear.

—Hola amigo.—Stear le dió un abrazo. Luego Neal le tendió la mano.—¿Y esta bella dama?—la miró de los pies a la cabeza elevando sus cejas con admiración.

—Es Candy. Y viene conmigo—dijo serio el castaño y marcando su territorio.

—Soy Candice White.—ella agregó esbozando un encantadora sonrisa.

—Encantado. Alistar Cornwell, para servirte.—tomó su mano y depositó un beso en el dorso. Haciendo que el castaño se tensara.—Pero puedes decirme Stear.

—Yo soy Neal Legan, un gran amigo de éstos. —señaló con la mirada a los hermanos.—Y estoy más que encantado de conocete—le guiñó.

—Hola Neal.—tomaron asientos. Y como siempre Terry a su lado.

—Y Archie, ¿dónde está?—preguntó Terry observando que faltaba uno.

—Dijo que llegaría un poco más tarde. Tenía que arreglar un...—alargó—asunto muy importante.—comentó Stear.

—Buenas noches.—dijo con demasiado entusiasmo la camarera. Vestida de pollera negra muy corta y camisa blanca con varios botones sin abrochar por lo que dejaba ver sus grandes y operados senos.

—Hola—la saludaron todos. Neal la repasó con la mirada por todo el cuerpo deteniéndose especialmente en sus curvas delanteras.

—¿Qué vas a tomar?—preguntó Albert a la pecosa.

—Lo de siempre.—cuando Albert la visitaba en Chicago solían salir a bailar o alguna parte. Por lo que conocía algunos de los gustos de ella. Terry observaba cómo su hermano miraba a su invitada. No le gustaba que éste la conociera más que él y que supiera sus gustos. No sabía con exactitud la relación que éstos habían y que aún seguían manteniendo.

—Yo me ocupo.—dijo con una mirada fría a su hermano.

—Como quieras. Aunque dudó que conozca lo que le gusta.—respondió con burla.

— Sé exactamente lo que le gusta.—dijo y la miró con arrogancia. Por lo que ella se ruborizó. Se sintió aliviada de estar casi a oscuras y de que ninguno pudiera notarlo.

—Un vanilla strawberry caipi con trocitos de fresas.—dijo Albert haciendo que su hermano se molestara más.

—Una botella de Glenfiddich 40 años.—solicitó Terry.

—Bien, enseguida regreso.—se retiró la mujer.

—Vaya. Pero ¿Qué festejamos?—cuestionó Neal ante el pedido de su amigo.

—¡Que hoy fue el mejor día de mi vida!—dijo sin mirando fijamente a la rubia.

— Para ti todos las noches son buenas—se burló Neal.

—Tú cállate.

—Esta bien esta bien. No dije nada—hizo una señal de cerrar la boca con un zipper.

—Yo iré al tocador.—dijo Candy levantándose de su asiento.

—Te acompaño—se ofreció el castaño.

—No será necesario. Gracias.—se alejó del grupo.—necesitaba atender a su insistente amiga que no dejaba de llamarla.

Iba distraída, con la mirada dentro de su pequeño bolso de mano cuando chocó contra algo o en este caso alguien.

—¡Mierda!—maldijo el hombre sintiendo el frío líquido sobre su pecho.

—Oh lo siento.

—¿Por qué no te fijas por... —se detuvo en cuanto sus ojos se posaron en esa bella señorita que tenia frente a él con carita angustiada.

—Disculpe. Que torpe. Juró que no lo ví.

—Esta bien. Fue sólo un accidente.

—Déjeme buscar algo con que limpiar su camisa.—la rubia sacó un pañuelo de su bolso.

—No hace falta.—dijo más calmado sin dejar de mirarla.

—Toma.—le entregó un pañuelo.

—Gracias. ¿Aceptarías tomar una copa conmigo?

—Eh... Me gustaría poder aceptar pero vine con unos amigos y dudó que me dejen abandonarlos además debo responder un llamada importante.—dijo encogiéndose de hombros y señalando su móvil que ya tenía una llamada en espera.

—Esta bien. Espero poder encontrarte algún día.

—Disculpame otra vez por haber manchado tu camisa.—dijo con una encantadora sonrisa.—Adios.— se encaminó hacia los privados.

El joven se dirigió hacia donde estaba su grupo de amigos.

—Hasta que por fin te dignas a aparecer.—comentó Terry.

—Acabo de enamorarme—dijo el recién llegado tumbandose en el asiento.—No he visto en mi vida una mujer tan bella como ella. Es preciosa y huele tan bien... Ese perfume—puso el pañuelo que tenía en su manos y aspiró el aroma exquisito que desprendía.

—Otro más—agregó Stear.

—Espera a ver a la amiga de Terry. Es un infarto de mujer.—comentó Neal.

—Ya cortala Neal si no quieres llegar a tu casa con un ojo menos.—lo regañó el castaño.

—¿Y quién es la susodicha? ¿y por qué no te quedaste con ella?—cuestionó Albert.

—Porque estaba con sus amigos.

—¿Qué le pasó a tu camisa?—preguntó Neal.

—Me lo hizo mi bella dama.—echó la cabeza hacia atrás y cerró sus ojos para recordar aquella mujer que le robó el aliento.

—¿Qué paso que demoraste tanto?—preguntó Terry poniéndose de pie en cuanto la vió aparecer a la rubia.

—Tuve un pequeño percance.—dijo y luego miró al joven. Se sonrojó de inmediato.

—Tú—dijeron los dos al mismo tiempo.

—¿Se conocen?—preguntó Terry mirando a uno y luego al otro.

—Eh... Yo sin querer arruine su camisa.—dijo ella inocentemente sin saber lo que antes éste había comentado.

—¿Qué? ¿es ella de quien estabas hablando?—lo interrogó Terry rojo de celos.

—Eh... ¿Tu eres Candy?—le preguntó nervioso. Lo que menos se hubiera imaginado es que esa bella mujer era por la que Terry se desvelada cada noche pensando en ella.

—Si—respondió moviendo su cabeza.

—Vaya ahora si que se armó.—comentó Neal.

Continuará...


He leído cada uno de sus comentarios y de verdad estoy muy agradecida por la buena onda.

Se que por ahí tengo errores, o escirbo algo y luego cuando deseo modificarlo se me pasan ciertas partes que me olvido de corregir. De verdad lo siento, como dije anteriormente me cuesta darme cuenta porque lo hago desde el Celu ya que aún no tengo mi notebook.

Gracias a cada una de ustedes por leer, por sus comentarios y también recomendarme con sus grupos y sumarme más seguidores y lectores a mis historias.

Hoy estaré actualizando todas mis historias. Perdón por la demora chicas.