Capítulo 3


Terry nunca había galopado así, tenía prisa por llegar, tanta como encontrar a los que habían herido a Candy así. Entre el sol implacable del verano y la paliza recibida, Candy se desmayó en sus brazos. La sangre de su frente manchó su camisa, la ira se dibujó en su rostro. Llegó al palacio preso de la adrenalina.

—¡Oh por Dios! ¿Qué le pasó a la reina?—Preguntó Meredith que en seguida se puso dispuesta.

—¡Llamen al jodido doctor!

—Sí, su gracia.—dijeron otros dos sirvientes.

Terry la tenía cargada y así en sus brazos, moribunda, con los ojos cerrados, se dio cuenta de lo frágil que era. Que su alma más letal era esa boca imprudente que tanto lo sacaba de quicio, ella era muy, muy frágil. Él había jurado que la protegería, al parecer era lo menos que había hecho.

La llevaron al laboratorio del médico, un hombre extraño y de apariencia esotérica, debía tener unos cincuenta años. Mientras el corazón de Terry pendía de un hilo, el médico estaba muy tranquilo. La acostaron en una camilla estrecha. Tomó una esponjita y vertió en ella un líquido oscuro, se la acercó a la nariz, pero ella no reaccionaba.

—Si deja que se muera, usted le hará compañía en el infierno.—Terry lo amenazó con la espada, el hombre aunque tenso, se quedó pasivo. Señaló a Candy con la mirada quien abrió los ojos lentamente y murmuró inentendible.

—¿Por qué estoy aquí?—trató de incorporarse, pero le dolía hasta el cabello.

—Candy…

—¡Oh Dios! ¿Qué va hacerme ahora?—retrocedió aterrada en la camilla mirando todo a u alrededor, el terrorífico lugar lleno de frascos, criaturas y cosas desconocidas.

—Creo que ya regresó del más allá… su lengua quedó intacta…—dijo el doctor con ironía.

—¡Candy!

Terry con un rostro compasivo, acercó lentamente su mano para acariciar su mejilla, aunque ella seguía recelosa.

—Pensé que te ibas a morir…

—Lamento decepcionarlo.—torció los labios con sarcasmo, pero eso solo logró sacarle a él una sonrisa de alivio.

—¿Recuerdas lo que pasó?

Candy cerró los ojos apretadamente. Recordó a los niños comiendo felices, recordó al pueblo venerándola cuando había entregado unas monedas… luego todo se volvió confuso, según recordaba, revivía cada pedrada y percibió el fuerte olor que tenía a orín y escremento. Lágrimas calientes bajaron de sus ojos.

—Traidora…—murmuró.

—Candy, ¿sabes quién te hizo esto? Te juro que haré redecorar las torres de este castillo con sus jodidas cabezas.

—Mi gente… mi gente me hizo esto…—repitió con amargura.

—Te prometo que encontraré al responsible y…

—¿No lo entiende? El pueblo me aborrece. Por su culpa. ¡Por su culpa!—gritó y comenzó a darle puños en el pecho a la vez que se entregó al llanto.

La abrazó un rato, consternado, aunque ella siguiera golpeándolo e insultándolo. Cuando se hartó, le retuvo las manos y la tomó fuerte del mentón para obligarla a mirarlo a los ojos.

—Escucháme bien, Candy. Tú eres la reina, eres mi reina y este maldito pueblo aprenderá a respetarte quieran o no. Tienes que hacerte respetar y estos que te afrentaron estarán pronto de rodillas ante ti, ¿has entendido?

—Yo solo quiero despertar de esta pesadilla…

Las lágrimas de ella lo estaban volviendo vulnerable. Se le hacía más difícil cada vez verla sufrir, llorar y sobre todo, le daba ternura, pero rabia a la vez la devoción a su gente, en su ingenuidad creía que de verdad contaba con sus allegados.

—Vamos a darte un baño.

Él mismo la cargó y la llevó a los baños, la dejó en el suelo y ella solo se quedó mirándolo desde una distancia prudente.

—Tienes que deshacerte de ese vestido y quemarlo.—se le acercó para desvestirla, pero ella se alejó.

—No me toque…—Terry puso los ojos en blanco, suspiró y se llevó los dedos al pelo.

—Sólo quiero ayudarte. Tranquila, no voy a aprovecharme de una niña hedionda a mierda, no es atractivo.—mostró su sonrisa de lado.

—¿Se está mofando de mí?

—No, pequeña, es solo que cuando hueles a rosas, sigues siendo insoportable, pero cuando hueles a escremento eres insufrible.—le arrancó el vestido a tirones pese a todas sus protestas.

Verla de nuevo, con ese cuerpo tan perfecto e inocente, donde solo él había tocado. Entonces vio la cantidad de moratones y rasguños que tenía, su expresión se endureció nuevamente.

—¿Va a castigarme por esto?—tenía miedo.

—¿Por qué siempre piensas que voy a lastimarte?—le enjugó las lagrimas y la cargó para meterla en la alberca.

—Usted disfruta mortificándome…

—Yo jamás he querido mortificarte, tú eres quien disfruta provocándome.

—¿Esa es su excusa para masapanearme?—él no pudo evitar reirse mientras tomaba una esponja enjabonada.

—Tú te ganaste todos los méritos para esos castigos.

—¿Cuando me recupere me va a zurrar?

—¿Por qué debería zurrarte?—pasó la esponja suavemente por sus brazos y hombros, con mucho cuidado en los lugares lastimados. La escuchó quejarse de que le ardían y le picaban los rasguños.

—Porque le desobedecí. Usted me dijo que no saliera y yo…

—Yo sabía que no ibas a obedecerme.—comenzó a enjabonarle las piernas, disfrutando de su nerviosismo.

—Usted no puede pretender que me quede aquí encerrada.

—Claro que no. Por eso compré otra fusta.—le enjabonaba los pechos cuando sintió su temblor y el miedo en su mirada.

—Usted tiena una macabra aficción por no dejarme caminar o sentar.

—Lo que único no consigo es hacerte callar…

No resistió más, acercó sus labios, tomó su rostro y la besó. Pero muy diferente a las otras veces, despacio, con delicadeza y sacó fuerzas para no tocarla, meterse con ella a la alberca y poseerla otra vez. Cuánto deseaba poder hacerlo. Acariciar su piel tan suave, entrar en el apabullante placer de su estrechés.

—No haga eso.—se apartó de él y no fue capaz de retenerle la mirada.

—¿Por qué? Eres mi esposa. También tengo una aficción a probar tus labios, tienen sabor, sabes…

—No dije que no me bese. Solo no quiero que lo haga de esa forma…

—¿De qué forma?

—Con ternura. Como si usted me quisiera bien y eso no es justo.

—No me considero un hombre tierno.

—Por eso mismo. No pretenda ser alguien que no es para ganar mi favor, mi padre siempre decía que no me confiara de sutilezas, que el hombre siempre acaricia el caballo antes de montarlo…

—Es un dicho curioso. Pero no eres un caballo, aunque no te niego que quisiera montarte. No tengo la mínima intención de hacerte daño, pero sí quiero que esto funcione. Candy, podemos disfrutar de esto, aunque no lo elegimos, pero podemos disfrutarlo, no tiene por qué ser un castigo…

Besó su cuello mientras suavemente le brotaba los pechos, no tardó en darse cuenta de que eran sus manos y no la esponja las que lo hacían. Iban recorriendo su vientre y un dedo intentó aventurarse en su intimidad.

—No, no por favor…

—Me dices que no, pero tus labios buscan mi boca, tu piel se eriza con mis manos, gimes cuando acaricio tus pechos…

—No lo hago adrede… usted se vale de trucos mundanos para humillarme…

—Eres mi esposa, eres mía y te deseo…—le dijo ya desesperado, deseaba estar con ella, dentro de ella. No había pensado en otra cosa durante los últimos días que estuvo ausente. No hubo ramera que le sacara a Candy de la cabeza, aún cuando eran bellas y conocedoras de las artes más recónditas del placer.

La envolvió en otro de esos besos dulces y tiernos que ella había rechazado, se fue desvistiendo y se metió con ella en la alberca. Siguió besándola, pero era tanto el deseo que la ternura se fue convirtiendo en el más carnal deseo. Acarició su piel en cada rincón, le devoró los labios, sintiéndola gemir y llorar a la vez por desear y disfrutar del hombre que odiaba. Se la sentó a horcajadas. Sintió las suave manos de ella acariciándole la espalda. No se esperó que ella fuera a tocarlo también. Justo cuando intentó penetrarla, ella retrocedió de súbitio.

—¡No!

—Candy…—estaba desconcertado y demasiado excitado como para que le cortaran las alas en pleno vuelo.

—Yo no volveré a ser suya jamás… usted no me volverá a lastimar…—retrocedió llorando.

Terry comprendió lo mal que ella debió haberlo pasado en la noche de bodas y además él la había abandonado dos días después. No solo le daban remordimientos, sino también se hería su ego al saber que una mujer no estaba satisfecha con él, una mujer que se negara al placer que él sabía proporcionar. Una mujer que ante la ley y ante los dioses era suya y no deseaba estar con él.

—No te lastimaré esta vez, te lo prometo…—extendió los brazos para que ella volviera a él.

—No…

—Te lo prometo.—insistió.

Ella se quedó mirándolo aún dudosa. Mojado, con esa piel bronceada y ese cuerpo tan firme, tan fuerte, ni siquiera las cicatrices que portaba podían robar la irresistibilidad de ese hombre. Esos ojos tan azules… no podía negar que era guapo, que tenía un atractivo que le daba pavor y que hacía siempre que sus pezones se erectaran y que su sexo se contrayera y doliera. Ese era su esposo y lo sería hasta sus últimos días como dictaba la ley.

Con pasitos lentos en el agua, se acercó a él. La recibió abrazándola desde atrás, besando su espalda y abarcando su trasero en sus manos. Ella podía sentir lo duro que estaba, esa potencia acariciaba su trasero y la hacía sentir escalofríos.

—Terrance…

—¿Sí?

—Cuando te pida que te detengas, ¿lo harás?—siguió besándole el cuello y la espalda, tomando en sus manos sus pechos que cabían en ellas perfectamente.

—No puedo prometerte eso…

—¿Por qué?

—Porque es demasiado lo que te deseo. Cuando esté nuevamente dentro de ti, no podré detenerme y no lo haré… no porque no quiera, sino porque no me podré controlar… no sabes lo perfecta que eres, lo hermosa…—le apretó el trasero con fuerza y la giró hacia él para ponerla a horcajadas otra vez.

No había duda de que sus palabras y su voz habían provocado algo en ella, algo que no comprendía, pero su sexo palpitaba descontroladamente. La virilidad y el machismo de ese hombre le despertaban un instinto que no estaba en sus manos. Quería, con rabia y dolor reconoció que quería ser poseída por él, pero mostrarse dispuesta sería darle un poder sobre ella y él ya tenía demasiado poder sobre ella. Lo único que le había quedado era la dignidad. No podía entregarle también eso.

—La única manera de detenerme es no comenzar, Candy. Tú decides…—lo vio a los ojos y había en ellos sinceridad, Terry nunca disfrazaba sus intenciones y le había quedado claro que cumplía su palabra, pero ella no quería traicionarse a sí misma.

—Aún no estoy lista…—no lo miró a los ojos porque sabía que él era muy astuto y perceptivo, sabría que mentía y se valdría de mil artimañas para engatuzarla hasta sus brazos.

Terry no podía negar que estaba decepcionado. Que tenía una pequeña esperanza de que ella le dijera que sí para poderla poseer sin remordimientos. La niña era terca, él lo sabía de sobra. Suspiró y aún con su miembro a punto de estallar, le regaló una sonrisa condescendiente.

—Está bien.—le acarició la mejilla con ternura inusual.

—¿No va a castigarme ni ensañarse conmigo por… por no cumplir con mi deber?

—Tú pareces estar obsesionada con que te castigue, pequeña.—le dio un beso en los labios.

—No quiero que usted me tome desprevenida, eso es todo.

—No te tomaré hasta que tú me lo pidas, hasta que tú misma vengas y me pidas que lo haga.

—¡Yo jamás le pediría semejante…!

—Shhh. Para ser una chica tan inocente, hablas demasiado.

Se dedicó a terminar de asearla, con mucha paciencia, mientras su mente maquinaba el plan trazado. Él mismo la secó y la cubrió, cargada la llevó a su habitación.

—Descansa. Más tarde te traerán tu cena.—la cubrió y le besó la frente.

Un alboroto y bullicio interrumpió el desayuno.

—Su gracia, hemos dado con el responsable del atentado contra la reina.— Sir William traía consigo a un hombre mayor, bajo y delgado, lo traía como si fuese un trapo inmundo.

—¿Él? ¿Usted interrumpe mi desayuno para traerme a este anciano hediondo?—Candy lo miró con lágrimas en los ojos. Lo reconoció.

—Él mismo lo ha confesado, su gracia.

—Apréselo. Pronto decidiré cuál será su castigo.

La familia se quedó en tensión, Candy estaba intranquila y llorosa.

—Tranquila, querida. Te aseguro que Terry le dará un buen merecido a ese anciano infeliz.—dijo Eleanor.

—Si yo fuera tú, no haría esperar, cruzó la línea, agredió a tu reina, yo en tu lugar estaría dando de comer su cabeza a los lobos.—Terry dio un puñetazo en la mesa interrumpiendo a su padre.

—¡Yo ya dije que me encargaría de él! Yo soy el rey y haré las cosas como yo decida.

—¡Claro! Siempre has sido un débil. Tu pueblo no te amará por ser compasivo, tu pueblo de respetará cuando les demuestres quién es el que manda y si el precio es sangre, que haya sangre.

—Te recuerdo, que aquí, el rey soy yo, tú eres un invitado…—Candy temblaba, se avecinaba una tragedia.

—¡Yo te hice rey!

—¡Yo no te pedí ese cargo! A mí no me interesaba esta tierra de mierda llena de gente de mierda, pero sé cuáles son mis deberes y los cumplo.

Candy se levantó, no pudiendo aguantar más y se fue a su habitación donde Terry la siguió más tarde.

—Candy…

—¿Qué desea?—volvió a verle esa mirada de odio que pensó que se había suavizado.

—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? ¿Cómo están tus golpes?—comenzó a revisarla.

—No sabía que usted odiara tanto a mi tierra y a mi gente…—Terry resopló.

—Candy…

—Eres nuestro enemigo, no podías pretender que te recibiéramos con los brazos abiertos luego…

Nuestro enemigo… siempre te incluyes… déjame recordarte algo, niña. Cuando tú te casaste conmigo, te convertiste en una de las nuestras, yo soy tu rey, mis enemigos serán los tuyos. Despierta ya de ese sueño infantil, tu gente te desprecia.

—¡Por culpa suya!

—¡Tu gente te vendió!

—¡Mentira! ¡Mentira!—expresó llorando.

—Entiende de una vez, que tu único aliado soy yo, yo soy todo lo que tienes, Candace.

—Cállese…—pidió llorando y se dejó caer.

—¡Levántate!—la puso de pie de un jalón.

—¿Por qué usted es tan cruel?

—¿Cruel? Me casé contigo, te he perdonado cada una de tus imprudencias, te he protegido y hasta he matado por asegurar tu bienestar, por cumplir mi palabra y dices que soy cruel… ¿Sabes quién ha sido cruel, pequeña Candy? ¡Tu amado Anthony!

—¿Anthony?

—¡Sí! El cobarde que tanto amas y que deseas que esté en mi lugar te vendió. ¡Por quinientas monedas y una casucha!—se rió con rabia e ironía.

—¡Mentira! Anthony era un caballero… él jamás…

—Él nos dijo cuándo y dónde atacarían, por eso los sorprendimos. Jamás hubiéramos ganado de no ser por la rata de tu prometido.

—Anthony está muerto… ¡No le creo! ¡No creo nada de lo que dice!

Aunque ella gritaba y sus ojos lo rechazaban, Terry podía ver y sentir su dolor. Saberse traicionada y negarse a aceptarlo. Era duro reconocer que alguien que amabas con tu vida te fallara. Recordó a su madre…

—Candy, sé que eres generosa… sé que tus intenciones son puras, pero no se puede ser tan ingenuo en este mundo. Tienes que abrir los ojos y darte cuenta de quiénes son tus enemigos, nuestros enemigos.

—¡Yo no tengo nada que sea suyo! Usted pudo tomar mi cuerpo, pero sepa que aún cuando le sea fiel… y no haya otro hombre más que usted en mi vida, yo siempre desearé que…—Terry la tomó por el cuello con fiereza y algo más que el orgullo herido.

—Dilo. Atrévete a decirlo y te juro que te mato con mis propias manos…—ella lloró de terror, él la soltó y se retiró.

Ella se quedó llorando desconsolada. Aunque no creía lo que le había dicho, pensar que pudiera ser cierto la mataba por dentro.

—Últimamente nada de lo que hago te satisface. Me aturdes…—dijo Eliana exhausta.

—No he tenido ni un minuto de paz desde que llegué a estas malditas tierras. Odio este lugar, odio la mente cerrada y la extrema ignorancia en la que vive esta gente.

—Tú eres el rey. Si quieres paz, debes imponerla, debes ganarte el pueblo con astucia y si consideras a tu gente ignorante…

—¡Esta no es mi gente!

—Eres el rey, por ende, te guste o no, esta es tu gente. Si quieres sacarlos de la ignorancia, edúcalos. Sácalos de esta vida de opresión, puedes integrar el sistema de Midderlands, está en tus manos destruir el legado del reinado anterior.

—Eso es fácil decirlo.

—No será fácil, pero si quieres el favor de tu gente, si quieres paz, tendrás que ofrecer lo mismo, tendrás que trabajar. Cariño, la gente ignorante son como los niños, en su ignorancia, si le convences de algo, lo creerán. Convéncelos.

—Tal vez…

—Además de tus abrumadoras tareas de rey, ¿hay algo más que te atormenta?

—No.

—¿Alguien?

—Sé lo que pretendes y no voy a caer en tu juego. Te conozco bien.—la mujer sonrió.

—Te estás enamorando de la chiquilla. Era de esperarse.

—No estoy enamorado de ella. Me conmueve que haya quedado a su suerte, eso es todo.

—Terry, ¿por cuántos años hemos sido amigos?—él puso los ojos en blanco.

—No estoy enamorado.

—Aún no, pero vas en camino. ¿Quién podría culparte? Es bella, está en la frescura de su juventud, inocente… una dulce flor que te tienta a desflorarla cada vez que la miras…

—No- me-estoy-enamorando—enfatizó y con el mismo coraje que pronunció esas palabras tomó a Eliana para desquitarse.

—Imaginé que te encontraría aquí.—Terry se le apareció a Candy en el portal de las rosas. Le entregó una, en señal de paz.

—No esperaba ser encontrada.—aunque estaba hermosa, como siempre, había un dolor latente en su semblante, sus ojos estaban irritados.

—Quería darte un regalo. Iba a dártelo cuando regresé, pero dadas las circunstancias lo olvidé.

—No tiene por qué…

Terry sacó el collar. Ella no dijo nada. Solo que esa piedra era mucho más hermosa de lo que la leyenda siempre había descrito.

—Es Felliries, la gema perfecta. Es incorrompible, no se puede…

—Sé lo que es una Felliries.—respondió con sequedad mientras él le colocaba el collar.

—Son muy escasas en estos días. La elegí para ti.

—¿Por qué?

—Porque es una piedra que no puedes pulir, ni moldear, no se corrompe y su extraño color no se puede replicar, es única. También se le conoce como la gema soberana.

—He oído hablar de ella, mas nunca había visto una.—la tomó en sus dedos para admirarla.

—¿Te gusta?

—Es hermosa, es más que hermosa… pero yo no debería tenerla…—intentó quitársela.

—¿Por qué?

—Es algo muy valioso como para que me lo de a mí.

—Tú eres mi reina.

—Yo no merezco esto y lo sabe. Yo lo odio, se lo he dicho abiertamente.

—Por eso quiero que la tengas. Es hermosa, es imposible deshacerse de ella una vez la tienes y cada vez que la mires quiero que me recuerdes y que se te haga más difícil odiarme.—La dejó con un beso que casi la desmaya y se fue.

Candy vagaba por los alrededores del palacio, evitando a Terry a toda costa. Había una puerta entreabierta, allí encontró a Robert, el hermano menor de Terry.

—Lo siento. No sabía que esta recámara estaba ocupada…

—No te preocupes.—le mostró esa sonrisa preciosa que era su sello personal.

—¿Tú pintaste esto?

Ella se detuvo ante un cuadro que mostraba a un hombre joven y hermoso, pero que sufría, su expresión era miserable, había un hueco en su pecho y en su mano llevaba un corazón que le había sido arrancado.

—Es triste tu pintura… no se parece a ti.

—¿Por qué debería parecerse a mí?—preguntó el joven de ventiún años con abierta curiosidad.

—Porque tú siempre estás sonriente, como si no pertenecieras a este mundo… tu pintura se parece más a mí.—convino y mostró una sonrisa amarga.

—¿Por qué?

—Porque es como si me obligaran a sacarme el corazón para no sentir las cosas que no debo…

—¿Lo dices por mi hermano?

—No soy tan tonta como para hablar mal de él ante su hermano…

—Yo conozco a mi hermano mejor que tú, nada que me digas de él será desconocido para mí.

—Prefiero no hablar de tu hermano.

—Mi hermano no es malo, Candy. Es el más generoso y no mata ni una mosca.—ella levantó una ceja.

—Supongo que te refieres a Albert…

—Bueno, Terry no mataría a nadie sin justa razón. Su carácter es otro asunto, pero dejando eso de lado, no tendrás a un hombre más leal, un mejor protector jamás.

—¿Leal? ¿Cree que su hermano no frecuenta rameras?

—Dije leal, no fiel.

El que Robert no desmintiera ni defendiera a Terry le dio más coraje, eso lo convertía en un hecho.

—Tu baño ya está listo…—el mozo se paró en seco cuando vio a Candy en la habitación.

—Creo que yo debo irme. Muy interesante tu pintura…

—Tranquilo, Candy es de confianza.—dijo Robert y guiñó un ojo para que el nervioso mozo recuperara el color.

Aturdida por el descubrimiento, Candy decidió dar un paseo por el jardín de los cerezos que estaban repletos de la deliciosa fruta. Degustaba algunas cuando de pronto fue agarrada por alguien, fue a gritar, pero le taparon la boca.

—No hagas ruido. Voy a llevarte conmigo.

—¡Anthony!

Continuará…


¡Hola! Chicas, aquí les dejé este capi para que tengan un lindo domingo, gracias por su apoyo y por darme ánimo a continuar a pesar de las situaciones que enfrento día a día. Saber que alguien aprecia y gusta de lo que haces no tiene precio.

Aprovecho para aclarar lo siguiente: Esta historia es mi autoría, no es de ningún libro, lo que quise decir en la nota del primer capítulo fue que no la escribí para Candy, sino con otros personajes de mi imaginación y que la tenía en mi biblioteca personal, pero decidí compartirla con ustedes por lo cual ya que originalmente inventé otros personajes, los adapto a los de Candy para poderla compartir aquí, pero repito, es mía, no es un libro. Ya quisiera yo, pero no, jajajaja. Bueno, eso era todito.


Gracias por comentar:

Maride de Grandchester, Guest, Maquig, carito bombom de granchester, Lila Venezuela, Mercedes, ELI DIAZ, nina, Esme05, Gissa Alvarez, paulayjoaqui, jazmin granchester, dianley, LizCarter, Jan, Reyna899, Luisa, Ana vic, skarllet northman, Guest, Alesita77, Pecas, Gladys, Mary Andrew, thay, Dajimar, Gina MC, "e", GabyGrandchéster, Annie, vero, Kiraanima, Luz Rico

Saluditos también a las lectoras que leen en silencio, gracias por su apoyo y por aportar a hacer realidad el gusto de esta loca por escribir, la satisfacción más grande no es lucrar, sino saber que alguien lee y gusta de lo que escribes y que vive junto a ti estas emociones.

Saludos a ti también, VM.

Hasta pronto!