Capítulo 4: encanto Potter

«El encanto de la belleza estriba en su misterio; si deshacemos la trama sutil que enlaza sus elementos, se evapora toda la esencia».
—Friedrich Schiller, poeta y dramaturgo.

Harry tenía que ser honesto consigo mismo… A veces no sabía cómo lo hacía. Ron tenía razón al decir que era un imán, Hermione tenía razón cuando le decía que a veces él solo tenía que pararse en una esquina y respirar para que algo increíblemente estúpido o maravilloso sucediera.

Como esa vez que estuvo de pie a un costado de una tienda de ropa esperando a que Hermione saliera de la tienda de libros y una vendedora salió como hipogrifo defendiendo su territorio de una puerta lateral preguntándole directamente si quería un pedido de ropas confeccionadas a la medida y extremadamente costosas porque había pillado al idiota de su exnovio con otra bruja. Le juró que las dejaría de su talle porque el toerag era más alto que él, pero no por mucho.

Harry se fue con un armario de 1000 galeones esa tarde.

O la vez que cruzó un pasillo en Hogwarts, la puerta de uno de los salones se abrió y lo dejó encerrado por 16 horas. Un salón defectuoso, dijo Dumbledore. ¡Ni Dooby pudo encontrarlo!

Sí… a veces él solo tenía que respirar. Fue por eso que no le sorprendió (tanto) cuando en una de las cenas con Rita y Gilbert conoció a Anthony y Adelaide Nox. Ambos de cincuenta y tantos años. Anthony era amigo de los padres de Gilbert quien, antes de fallecer, le pidió a su viejo amigo que mantuviera un ojo a sus hijos.

Ahora, Harry sabía que era extremadamente sospechosa su situación, pero Anthony le recordaba al profesor Flitwick. Contrario al semihumano, Anthony era incluso más alto que Gilbert —quien ya le sacaba como mínimo unos diez centímetros —, pero tenía ese mismo tipo de personalidad: serio, precavido, peligroso; sin embargo, una vez que llegabas a conocerlo, podían ser un excelente compañeros de armas.

• ✧ •

«Los Kivi han tomado a un gato callejero», ese fue el rumor que le llegó a Anthony Nox cuando fue a su tienda para ver cómo iba el negocio. Cuando Anthony le comentó eso a Adelaide, su esposa, su mujer se rio por unos segundos y le contestó «más que un gato callejero, es una persona de la calle… Al parecer el pobre muchacho perdió todo en el ataque y los Kivi decidieron cuidarlo mientras busca algo que hacer».

Ahora, no malentiendan a Anthony, pero la mayoría de las veces, las personas que estaban en la calle no eran honradas y por su difunto amigo Angus, él no dejaría que un sinvergüenza se aprovechara de una familia trabajadora, honesta y amable como lo eran los Kivi para quién sabe qué desfachatez. ¡No señor!

—Así que él es el gato callejero que recogieron. Debo decir que por lo menos luce medio bien, Rita —comentaba Anthony ante la mirada aterrada de Gilbert y la risa algo sádica de su esposa.

Harry era, ante todo, un hombre que detestaba ser mirado en menos, pero aquí no podía salirse con la suya solo con su nombre, sino que con sus acciones —cosa que a menudo le dificultaba la vida, pero ¡Ey! Él se esforzaba lo más que podía—.

—Gracias por sus cálidas palabras, señor Nox. ¿Té? —dijo con una sonrisa forzada mientras mostraba el carro de tazas que recién entraba por las puertas dobles del solárium.

—Tch, por lo menos tienes modales, muchacho. ¿Qué es lo que trajiste? Espero que no sea gunpowder —lo último lo dijo en un susurro, pero Harry lo escuchó y no pudo evitar sonreír. Él era británico (aunque aquí no significara nada), así que él sí sabía el arte de un buen té.

—Aunque no mi primera elección, creo que deben intentar esto, tiene gunpowder, pero es una exquisita mezcla que hice yo mismo cuando estaba aburrido —dijo con una sonrisa.

—Eso es cierto. Harry tiene un don con estas cosas, adora el té y ha creado algunas mezclas exquisitas… Otras son más fuertes, pero dice que depende de lo que uno quiera que haga el té el cómo se mezcla —avaló Gilbert orgulloso por Harry y su creatividad. Harry solo le sonrió un poco incómodo y miró el tarro donde había mezclado las hojas.

Harry se dio cuenta que aquí solo se tomaba un solo tipo de té, así que esta civilización no tenía ni idea —aún — que podían mezclar más de un té para hacer que tu boca estalle por culpa de los sabores.

—Pues veamos —fue todo lo que dijo Adelaide con una sonrisa más agradable, aunque su nariz se removió un poco dudosa por probar algo nuevo.

Si había algo que Harry no sabía era el hecho de que Anthony Nox se dedicaba a la industria del té, su familia lo había hecho por muchos años, más de cuatro generaciones, y era por eso que degustó cuidadosamente la bebida ofrecida y frunció el ceño.

—Interesante...

No dijo nada más que eso, tampoco su esposa, pero la tetera repleta de té fue desapareciendo a medida que fueron conversando, al igual que las galletas recién horneadas que había hecho Lisa.

A lo lejos se podía escuchar cómo Angus e Hisolda jugaban con la niñera mientras los adultos hablaban, mas todo comenzó a «descontrolarse» cuando llegó la noche y Anthony insistió en que tenían que beber «porque un hombre decente se aprecia tras unos tragos».

—Ahora —fue lo que dijo Harry con una sonrisa traviesa—, no prometo nada si caes completamente muerto tras beber de mi whisky de fuego —Harry sabía que estaba siendo bastante vengativo con el hombre, pero no podía evitarlo. Hasta hace poco le había dicho vago y ladrón de manera muy sutil.

—Sí, sí... ¡Niños! —espetó insultado Nox—. ¿Cómo planeas competir con un adulto tres veces tu edad? ¡Dame un vaso y veamos quién se queda sentado en esta mesa! ¡Gilbert! ¿No planeas tomar con nosotros? —asediaba Anthony frunciendo el ceño.

—No, no... Yo ya cometí ese error una vez —dijo su amigo mirando la botella de whisky que Harry tenía en sus manos medio horrorizado y alegre.

—¡Bah! Siempre fuiste peso pluma. ¡Bien, muchacho, sirve, sirve y no seas egoísta con tu licor!

Harry no sirvió más de medio vaso, él sabía muy bien que los muggles no tenían núcleo mágico y, por ende, no toleraban en lo absoluto el licor. Siempre caían rendidos tras beber unos sorbos y Anthony, pese a toda su habladuría, no era la excepción.

—Bien, señor Nox. A su salud, nos vemos mañana —dijo Harry guiñándole un ojo travieso y riéndose ante la cara abochornada del hombre.

—El descaro, la insolencia —decía mientras bufaba y olía la fragancia del whisky—, por lo menos huele bien —murmuró para sí mismo el hombre que miraba a Harry de vez en cuando curioso por su actitud. Harry, por otra parte, solo sonrió tétricamente y alzó la copa.

—¡Salud!

—¡Salud! —respondió el mayor y a la cuenta de tres ambos bebieron del líquido a la vez— ¡Por Sina! —fue lo primero que espetó Nox mientras tosía el líquido fulgurante en su garganta.

—¿Querido? —preguntó dudosa Adelaide.

—¡¿Qué es esto?! ¿Solo alcohol? —Harry negó sus palabras riéndose mientras volvía a llenar su vaso.

—¿Más? —dijo jocoso ante la cara roja del hombre quien asintió, aunque era evidente que lo que quería hacer era beber agua. No fueron ni cinco segundos, era casi como ver una película en cámara lenta, porque Harry sabía lo que iba a pasar, Anthony Nox cayó de golpe en la mesa roncando fuertemente mientras en su mano derecha apretaba el vaso que Harry estuvo a punto de llenar.

Fue un silencio profundo, hasta que Harry no pudo más y rio fuertemente, desde su estómago y completamente descontrolado, una dicha que muy pocas veces demostraba, pero que ahora Rita y Gilbert podían volver a ver.

Harry era travieso por naturaleza, siempre inventando algo nuevo o incitando a Angus y al mismo Gilbert a perder la postura y hacer algo alocado (solo el fin de semana pasado, Harry convenció a Gilbert de pasear desnudo mientras corría por el lago de la casona, Rita no sabía por qué y un avergonzado Gilbert nunca le dijo tampoco la razón, pero la sonrisa malvada de Harry daba a entrever muy bien que él había sido el culpable de dicha escena que había dejado a más de una sirvienta con el rostro rojo y murmurando plegarias).

Por otro lado, Harry no iba a negar que no era el mejor bebedor, que era gracias a su magia que podía aguantar tomar tranquilamente por un tiempo, pero nunca dejaba de sorprenderle los efectos que tenía el whisky de fuego en los muggles.

Su risa tan alegre y libre terminó contagiando a Rita y Gilbert.

—¡Anthony! Oh por Dios —Adelaide no sabía qué hacer por unos segundos. Los jóvenes seguían riéndose. El ronquido de su esposo hizo las cosas peor porque Gilbert que por fin se había calmado un poco volvió a carcajearse dado que Anthony comenzó a hablar dormido provocando que su esposa y amigo volvieran a reír con aún más ahínco.

Adelaide miró avergonzada a Anthony, nunca antes esto había pasado. Sus ojos no pudieron evitar mirar al joven de ojos verdes quien con lágrimas en los ojos seguía mirando a su marido. En su mano todavía estaba el vaso de licor que hace poco volvió a rellenar, pero esta vez más repleto, mucho más de lo que le había ofrecido a su esposo, casi como sabiendo que él no podía soportar la calidad del licor.

Ante tal situación de ridículo, Adelaide solo pudo reír suavemente. Su marido definitivamente tendría que pedirle disculpas a Harry mañana, muy para el horror y honor del hombre.

—Anda, ¡Roger! —llamaba Harry mientras Gilbert bebía entre risas un poco de su copa de agua—, lleva al señor Nox a su habitación, por favor. ¿Lo sigue, señora Nox? —preguntó Harry con la alegría en sus ojos, de un esmeralda vibrante, increíble y único que dejó a Adelaide sorprendida por octava vez en la noche.

Tales orbes, nunca las había visto y firmemente creía que nunca las volvería a ver.

—No… Creo que me quedaré con la juventud disfrutando un poco.

Harry le sonrió, Roger se llevó a su marido.

—Anda, Gilbert, no seas patético y bebe conmigo.

—¿Estás demente? No necesito hacer un espectáculo nuevamente, ya basta con la vez pasada…

—¡Anda, hombre! Prometo no reírme tanto si lo mezclas con agua. ¡Qué perdedor! No me hagas beber solo —insistía Harry mientras, sin dudarlo, tomó la copa de Gilbert y la llenaba con un poco del licor y procedió a mezclarla con agua—, allí está. No te vas a quedar dormido en un pestañeo, pero aun así será bueno.

—La última vez dijiste lo mismo y te burlaste de mi por dos días.

—Ahora no, lo prometo. El señor Nox está con nosotros, no creo que le caiga bien que me ande riendo de tu patética manera de beber.

—¿Puedo probar yo también? —interrumpía Rita con una cándida sonrisa—, con agua, eso sí, no quiero... —dudó un poco en decirlo, pero evidentemente todos comprendieron a lo que iba.

—¡Claro!, pero necesitamos más agua.

—Lisa, trae más agua, por favor —pedía Gilbert con una sonrisa, apenas había tomado unos sorbos y sus mejillas ya estaba rojas.

—¿Usted también quiere, señora Nox?

Adelaide miraba toda la situación maravillada, el desplante de Harry, la felicidad de Rita y Gilbert por tenerlo aquí compartiendo este momento, la humildad que brillaba en aquellos ojos verde (tan verdes, increíblemente verdes y únicos, como dos joyas) y asintió.

—La noche es joven, un poco no me hará mal.

Sin pensarlo más, los tres se dedicaron a beber el whisky con agua, para no dejar bebiendo a Harry solo, hablaron de todo y nada, jugaron cartas, hablaron del clima, del té, de que Harry no sabía andar muy bien en caballo y Gilbert trataba de enseñarle, de que Angus y Harry estaban construyendo una casa en el árbol porque el nuevo integrante de la familia estaba horrorizado al enterarse que no tenía una.

De que Rita y Harry se habían perdido una tarde en la ciudad cuando perdieron de vista John, el cochero.

De las últimas vacaciones de Adelaide y Anthony en Sina, de todo y nada.

Harry no sabía cómo lo hacía, pero solo tras vivir dos meses en este nuevo universo se ganó la alianza de la poco amistosa familia Nox. Anthony de vez en cuando lo iba a secuestrar para mostrarle sus prados de té, de vez en cuando se encerrarían juntos a probar nuevas recetas o ideas. Muchas otras veces, Anthony trataría de ganarle nuevamente en un concurso de alcohol. Los ojos color miel del cincuentañero brillarían esas noches. Nox no tenía familia directa, Adelaide nunca pudo llevar a término ninguno de sus embarazos, pero tenía sobrinos, muchos de ellos, pero Harry…

Harry Potter era un hombre de armas tomar. Era todo lo que uno amaba y odiaba, era determinado, honesto, humilde, directo, testarudo, cabezotas, orgulloso, astuto, inteligente (cuando quería) y un adicto a la aventura.

Era el hijo que Anthony quería tener, era el hermano que Gilbert añoraba, el hermano que Rita soñó, el tío que Angus siempre quiso y el amigo de juegos que Hisolda amaba.

Harry era único en su especie: irritante de vez en cuando, desesperante la mayoría de las veces, uno siempre tenía que estar atento a él, pero ninguno podía evitar pensar en cómo un hombre como él había llegado a sus vidas. Harry tenía un encanto único, un encanto que él solo atribuía a ser un Potter, porque todos los Potter tienen dicho encanto, uno milenario —según Harry—, uno que incluso llegó antes de ser titulado como encanto Potter.

Era terrible, porque era como ser arrastrado a un pozo sin fin, un poco de cabellos desordenados, ojos verdes, sonrisa traviesa y dolores de cabeza, pero uno al cual irías sin siquiera pestañear. Terrible, pero cierto.

• ✧ •

¿No te vas a entregar, Harry? ¿Dejarás a tus amigos morir? —la burla en la voz de Voldemort encrespaba los nervios de Harry, no por terror, sino por odio.

Ellos pueden defenderse solos, Tom. No puedo decir lo mismo de tus mortífagos —respondía de vuelta Harry sintiéndose dichoso cuando justo en ese momento, uno de los seguidores de Voldemort caía de las escaleras de Hogwarts.

El hechizo no se hizo de esperar y pronto las escaleras que estaban más abajo de la ubicación de Harry cayeron como meteoritos sobre todas aquellas personas en el primer piso.

¡Deja de esconderte, Potter! —mas Harry siguió rehuyendo entre los pasillos, buscando un lugar donde solo él y Voldemort pudieran luchar.

Quizás fue instinto, quizás no, pero su corrida por Hogwarts los llevó ambos a la destruida sala de menesteres, donde incluso ahora se podía ver el devastador infierno que había sucedido hace unos minutos y cómo el fiendfyre había destruido casi todo a su paso.

¡Potter! —gritaba furioso el mago oscuro cuando vio el estado de la sala, mas por muchos hechizos y objetos que salieran volando de la sala, Harry decidió esconderse mientras pensaba en un plan, en algo para ganarle al mago más tenebroso de todos los tiempos.

El tiempo se agota, Potter —aquel susurro seseante de la voz de Tom lo sintió justo al lado de su oído, como algo íntimo y tétrico.

Harry tenía que pensar en algo, en algo para acabar con Tom, en algo para terminar con esa pesadilla. El olor a cenizas quemaba sus fosas nasales, sus ojos ardían y su cuerpo dolía por cada hechizo que le llegó, por cada caída que sufrió y por todo el tiempo que tuvo que correr y esquivar.

Pronto, los objetos comenzaron a incendiarse, esta vez en un fuego controlado e infernal.

Harry Potter —seguía hablando Voldemort mientras se paseaba por la sala de menesteres tranquilamente, no temiendo las llamas mortales que envolvían nuevamente el lugar—, quemado vivo. No muy heroico, ¿cierto, Harry? —la risa maquiavélica de Tom llegó nuevamente a los oídos de Harry, pero él se quedó allí, pensando.

¿Cómo? ¿Cómo asesinar a ese monstruo? ¿Cómo asesinar a Tom Riddle? ¡¿Cómo?!

Puedes quedarte allí, Potter, como el cobarde que eres, les diré esta historia a tu querido mundo mágico cuando salga victorioso...

Voldemort seguía parloteando lo que le dio el tiempo suficiente a Harry para mirar el estado de la habitación mientras se movía con silenciosos pasos y luego lo vio, casi oculto entre las cosas rotas y muebles, en el suelo resplandeciente bajo el brillo de las llamas: el colmillo del basilisco.

Harry no sabía cómo había llegado allí, ¿no que Ron lo había dejado en la cámara? ¿No que Hermione lo había botado en plena batalla producto de Nagini? ¿No que él había perdido el suyo?

La sala de objetos perdidos.

Casi sintiendo la felicidad bullir en su estómago, Harry trató de no sonreír mientras caminaba lento y sin ruido a ese lado, claro, hasta que, dentro de las pilas, Voldemort apareció y así, ambos, se quedaron mirando fijamente unos segundos.

Verde vibrante contra rojo carmesí.

El niño que vivió versus Lord Voldemort.

El salvador versus el mago más oscuro de todos los tiempos.

Harry Potter versus Tom Riddle Jr.

Y luego, casi imperceptible, los ojos de Tom cayeron en el colmillo de basilisco y su rostro mutó de una tranquilidad poco antes vista a un odio ya conocido por Harry.

¡Potter!

Harry corrió, corrió no importándole el ardor en sus piernas, los hechizos que volaban por sus hombros o el dolor que provocó el hechizo rompehuesos que llegó a su torso, Harry siguió corriendo no importándole nada y se lanzó al colmillo antes de que Voldemort pudiera hacerle algo.

Tres cosas pasaron exactamente en el mismo segundo, Voldemort lanzó un avada kedavra a Harry quien tropezó un poco tras girarse demasiado rápido para tener de frente a Tom.

Harry no desaprovechó ese momento y lanzó el colmillo con un hechizo para hacerlo llegar a Tom de manera directa y luego, vino lo inesperado, los muebles se desmoronaron y dentro de ellos el semiquemado y poco funcional armario evanescente apareció con la puerta abierta.

¡HARRYYYYYYYYYYYYY! —y Hermione gritó.

Harry se levantó de un salto de su cama y rodó de ella hasta esconderse en el suelo. Fue reflejo, el querer huir y tener algo para interponerse entre su enemigo y él, mas ahora Harry no tenía enemigos y no había nadie de quién protegerse hasta matarlo.

Recuerdos de la batalla de Hogwarts iban y volvían dependiendo de su estado de ánimo, pero nunca paraban, nunca pese a las semanas que habían pasado desde su llegada a este nuevo mundo.

Quizás lo más descorazonador que había pasado era que el espejo de Sirius no había funcionado, no importaba cuánto llamara por él, era solo un espejo común y corriente (de vez en cuando lo hacía por la nostalgia, por la esperanza o la desolación, no lo sabía, pero lo hacía de todos modos). Gracias a Hermione, no había llegado sin nada a este nuevo mundo, sobre todo tras el ataque a Gringotts donde tuvo que ir de incógnito al banco a sacar dinero urgentemente y pagar reparos por la guerra a los goblins, pese a que llegaron a un módico acuerdo ya que Gringotts le pagaría la suma total de las reparaciones siempre y cuando asesinara dolorosamente a Voldemort.

Supuso que las cosas habían terminado bien para los goblins y para él.

Aún pese a la distancia y al hecho de que Harry no tenía amigos aquí, el joven mago no pudo evitar agradecer que, a pesar de todo, Hermione seguía cuidándolo a su manera, tenía suficiente dinero para comenzar una vida, tenía libros que explicaban magia que él no sabía, pero que ahora estudiaba producto del tiempo libre y tenía recuerdos de su mundo en el libro de fotografías que Hagrid le había regalado y que él y sus amigos habían comenzado a completar poco a poco con nuevas aventuras, fiestas y vivencias.

Harry estaba de luto por todas las muertes que hubieron en la guerra, por todas las muertes de sus amigos, pero sobre todo, estaba de luto porque había terminado solo en este extraño universo y quizás sus amigos pensaban que él ya no existía.

—Es lo mejor —se susurró Harry para sí mientras cerraba sus párpados fuertemente.

Ahora, en este mundo, Harry tenía que empezar una vida y quizás fuera para mejor. Aquí nadie esperaba nada de él, nadie conocía las vivencias ni peripecias que había tenido que pasar, ni tampoco había nadie que adorara el suelo donde pisaba... Bueno, a menos que contara a Angus quien no paraba de decirle a todo el mundo que él conocía que Harry era «El Salvador».

Lo más terrible de todos es que los amigos de la familia habían tomado el sobrenombre con gracia y se dirigían a él como Harry el Salvador, pese a su horror y la dicha de los padres de Angus. Harry estaba seguro que era porque cada vez que lo escuchaba, él se removía inquieto, casi esperando ver a gente aparecer por la puerta con la intención de estrechar su mano.

Rita y Gilbert, los padres de Angus, eran una pareja increíble. Tampoco podía olvidar a Hisolda de tres años que adoraba estar en los brazos de Harry.

A veces, cuando la cargaba, Harry no podía evitar pensar en Teddy.

Esta era su nueva vida, una con sus ventajas y desventajas, una que aprendería a vivir poco a poco, como le habían enseñado los Kivis.


Notas: ¡Cuarto capítulo! I am on fire o(≧∇≦o). La vida de Harry avanza poco a poco y espero que hayan tenido respuestas en este capítulo que es un poco más largo que el anterior ;).

Ahora se sabe que Harry está solo en este terrible universo y que está tratando de seguir adelante como puede, es terrible por él :C, además sigue teniendo flashback de la batalla final. Poor baby ಥ_ಥ

Hablando de otras cosas... ¡Gracias por sus reviews! Tienen preguntas, están curiosos, quieren leer más, gracias lectores ávidos :), me hace eternamente feliz leer sus pensamientos o que me digan que esperan el siguiente capítulo. Thanks a lot!

Mil gracias por los favs, follows, story alert o cualquier cosa que ocupen para seguir leyendo mi historia que tiene para rato.

¡Espero leerlos en este capítulo y en el que sigue! (Nota aparte: subiré pronto info extra de este fanfic en mi Tumblr y página en Facebook. Es un fanfic largo y tiene un montón de OCs, hasta ahora solo introduje a la familia Kivi, pero poco a poco Harry irá haciendo más amigos y los universos comenzarán a fusionarse poco a poco, así que puede que se pierdan en la narrativa —cosa que realmente espero no suceda—, de todas formas, si no quieren leerlo: no lo hagan, es optativo y esa información estará allí más por mi bienestar que por el suyo xD).

Saludos :D

-Derwyd