No estaba seguro de cuándo empezó, sin embargo, era tan condenadamente placentero que no veía la necesidad de detenerse. Ni siquiera cuando el dolor era tan grande que lo hacía correr de forma extraña en los partidos de lacrosse.

Nadie se dio cuenta jamás. No le interesaba decirlo, pero el corte que hacía en sus muslos siempre había sido un alivio para lo que pasaba por su cabeza a toda hora. No le interesaba nada ni nadie, sus padres siempre estaban para él, pero aún así no veía la necesidad de decirles de ese secreto.

Sus calificaciones no bajaron, su personalidad era la de todos los días. Los coqueteos eran los mismos y su desempeño tanto en deportes como en los Warblers era el mismo, no había necesidad de hablar del tema. Él estaba bien.

Durante años olvidó que esas marcas estaban allí, pero esa noche, por primera vez, decidieron probar algo nuevo con Kurt.

Probablemente su error fue nunca contarle a su novio sobre esas marcas, o tal vez, sobre lo que lo hizo sentir tan miserable para ocasionarlas, no sabía bien ya.

-Bas-susurró el ojiazul tocando con cuidado el interior de sus muslos, ahí donde unas finas líneas blancas, como cicatrices, se mostraban sin problemas. Por primera vez iba a complacer a su novio como él tantas veces había hecho, pero justo antes de bajarle la ropa interior, notó algo que nunca vio.

-No es nada, Hummel-dijo moviéndose a un lado y subiendo el pantalón. No quería que lo viera-fue una mala idea-susurró saliendo de la cocina y dirigiéndose al balcón del departamento, sacó un cigarro y lo encendió. Le dio un par de caladas y sintió que se relajaba.

Kurt estaba perplejo, acababa de descubrir dos cosas nuevas de su novio, la primera eran las marcas en sus muslos y la segunda es que fumaba ¿de cuándo Sebastián tenía ese hábito?

Por primera vez decidió dejarlo solo, no fue hasta él para preguntar, comprendió que como tantas otras cosas, esa era una de las que demoraría en saber, aunque realmente le gustaría sanar esa parte del castaño que parecía tan rota, sin embargo, sabía que sería como las cosas que él tampoco hablaba, como los cortes en sus antebrazos, de esos que Sebastián besó cuando los vio y no preguntó nada o en esa ocasión que se comió casi todos los chocolates de la alacena solo por la ansiedad que tenía. Su novio solo lo besó y limpió su rostro con un paño húmedo, en esa ocasión. Luego volvió a llenar el cajón con más dulces para ambos.

Definitivamente, el tiempo era lo mejor.