Despedirme de mi queridísima Marta ha supuesto uno de las mayores torturas de mi vida. Me quedaría a vivir con ella si pudiera y que su madre me adoptara y me hiciese tartas de postre a diario. Tartas de chocolate, queso, chocolate, manzana… ¿He dicho ya chocolate? Bueno, supongo que no lo suficiente.
Reúno el poco valor que me queda de esta mañana y entro en casa, preparada para cualquier sorpresa que pueda esperarme al otro lado de la puerta de madera de mi fantástico, destartalado y gran edificio azul. Dos pisos de tortura mística y el desván/mi habitación y el único rincón normal de la casa. Lo primero que veo al entrar es un pequeño torbellino de rizos rubios que viene corriendo hacia mí abriéndome sus bracitos.
- ¡Am! ¡Ya has venido!
"Oy, es imposible resistirse a esta cosita. Es tan chiquitín" Abro los brazos para tomarlo y abrazarlo. No quiero ni pensar el día que llegue al cierre de la puerta de mi habitación la que se puede liar.
- ¡Hola pequeño! ¿Has hecho algo hoy? – Le pregunto lo de siempre mientras busco a mi madre por la casa. Como siempre, desaparece. - ¡MAMÁ, YA ESTOY EN CASA!
- Mami se ha enfadado conmigo porque he tirado la comida. – No he sentido más orgullo por alguien en mi vida. Lo juro. – Esa cosa verde estaba malísima.
- Bien hecho, renacuajo. Voy a buscar a mamá, ¿me acompañas? – Fue decir esa frase y empezar a revolverse en mis brazos. No quiere, evidentemente.
Mi misión suicida llega a su fin cuando me encuentro a mi madre en la cocina limpiando. Creo que podría escabullirme, pero eso sería demasiado cruel e innecesario. La mujer se merece por lo menos un beso de buenas noches. Me acerco a ella de espaldas y le doy un abrazo. Está enfadada, pero me lo devuelve igualmente.
- Buenas noches, mamá. Ya veo que el renacuajo está aprendiendo rápido lo que le gusta y lo que no.
- Bueno, creo que tiene a alguien en quien fijarse.
- Da las gracias porque haya aguantado todo un mes. Es un récord y lo sabes. Lo ha llevado mejor que cuando te dio por hacer sólo pescado. No tienes de qué quejarte.
- En realidad sí tengo de qué quejarme – "Mierda, las notas" – Vas a tener que estudiar mucho estas Navidades.
- No exageres mamá, sólo son dos asignaturas, las sacaré. Lo prometo.
- No me basta con que prometas. Te estás jugando el futuro, tu futuro.
- Mamá, hablas como si estuviéramos en una partida de cartas. A lo mejor, lo que pasa es que tenemos dos visiones distintas de lo que es un futuro. La tuya de verme detrás de un despacho es espantosa. La mía me gusta más.
- No se puede vivir de sueños, Ámbar.
- Tampoco puedes basar tu vida y tu felicidad en ganar dinero. Y parece mentira que seas tú la que me lo estés diciendo.
- Yo trabajé muchísimo para conseguir todo esto. Y también tu padre. Y tú precisamente no eres un ejemplo de esfuerzo y dedicación.
Ya empezamos. No aguanto más. Tengo que salir de aquí.
- Trabajabas porque te gustaba lo que hacías, porque lo amabas. ¿Nunca te has preguntado que la decisión que VOSOTROS tomasteis por mí no era buena? Ni siquiera me preguntasteis lo que quería. Sólo rellenasteis un papel. Estoy cansada de tener esta discusión siempre. Estudiaré en Navidades, me voy a la cama. Buenas noches.
- Ámbar, yo…
- No te molestes. Ya hablaremos mañana.
Subo las escaleras hasta mi querido desván y me sumerjo en mi propio mundo, mi burbuja. Saco un libro y me pongo a leer y dejo que las lágrimas surjan mientras las palabras me llenan. Oigo golpes en mi puerta y a Alejandro gritando que le abra la puerta. Me enjugo las lágrimas y le abro la puerta. Está casi llorando porque nos ha oído gritar. Mi pobre torbellino.
- ¿Qué pasa, renacuajo? ¿No me digas que te has asustado?
- Os he oído. Y sabía que estabas triste, te he traído a mi Spiderman para que te anime. – Me enseña el muñequito que tiene en la espalda.
- Gracias, bichito. ¿Quieres dormir conmigo? – No necesito ninguna respuesta porque enseguida se le ilumina la cara y sube de un salto a mi cama.
Yo me tumbo a su lado y los dos nos dormimos profundamente entre las mantas, esperando al nuevo día.
