Adaptación
No me pertenece, ni los personajes, ni la historia.
Tan sólo la comparto con ustedes.
Dedicado a: Anita.
Capítulo 3
El autocontrol del que siempre se había enorgullecido Edward amenazaba con desaparecer. Bella había roto aguas y estaba a punto de dar a luz. La línea telefónica se había cortado en algún momento de la tarde y en los alrededores de la casa había casi un metro de nieve. Todo en lo que confiaba normalmente estaba ahora fuera de su alcance, y eso significaba que iba a resultarle imposible llevarla a la ciudad.
Al menos contaba con tres generadores de emergencia y un montón de enciclopedias. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, tenía que confiar en el instinto en lugar de en la tecnología. A pesar de lo inseguro que eso lo hacía sentirse, tenía muy claro que no iba a dejar que Bella lo notara.
Después de varios minutos de angustia, había conseguido llevarla hasta la cama y proveerse de todo lo que creía necesario en esos casos: toallas, agua caliente y agua fría, tijeras, más toallas, un cordón. Entre contracción y contracción leyó todo lo que pudo, y cuando el dolor la hizo retorcerse y gritar todo lo que le daban los pulmones, intentó tranquilizarla sin dejarle siquiera sospechar que lo que estaba viendo lo hacía estremecerse hasta el tuétano.
Estaba avivando el fuego de la chimenea cuando oyó su voz débil que lo llamaba. Cruzó la habitación y se arrodilló al lado de la cama.
—No hay manera de llevarme al hospital, ¿verdad? —le preguntó con los ojos llenos de preocupación.
—Me temo que no.
Isabella se quedó en silencio, con la mirada perdida en el vacío; parecía estar concentrándose en algo. Edward no sabía qué hacer, solo sabía que no quería hacer ninguna pregunta estúpida.
—¿Quieres que te traiga algo?
—No se te ocurra moverte de ahí —respondió ella moviendo la cabeza justo antes de agarrar las sábanas y retorcerse de dolor, hasta el punto que gotas de sudor empezaron a mojarle la frente.
—No te preocupes, estoy aquí —tenía que ayudarla de algún modo, hacer que se sintiera a salvo. Le habría gustado sentir parte del dolor que estaba sintiendo ella.
Pero lo que hizo fue ocuparse de las cuestiones prácticas. Agarró un paño húmedo y se lo pasó por la cara y el cuello mientras le susurraba palabras de aliento, asegurándole que todo iba a salir bien.
—¿Cómo estás? —le preguntó cuando hubo acabado la contracción. Sabía que se trataba de una de esas preguntas estúpidas que no quería hacer, pero los nervios lo estaban traicionando.
Ella lo miró con ojos fatigados.
—Como si un camión me estuviera pasando por encima de la tripa.
La sonrisa que dibujó su rostro después de decir aquello volvió a demostrarle que seguía siendo una mujer valiente y muy, muy especial. Allí estaba, enfrentándose con bromas al dolor.
—Tengo que decirte algo, Edward —le dijo mientras buscaba su mano, él la agarró con fuerza.
—Dime, Bella.
—Tengo mucho miedo.
Sin pararse a pensarlo, se llevó su mano a la boca y la besó suavemente.
—Lo sé.
—El bebé llega un mes antes de lo debido.
—Todo va a salir bien —jamás en su vida había sentido tanta impotencia—. Los dos juntos vamos a hacer que salga bien, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —cerró los ojos y su respiración se hizo más lenta—. Dime algo que me distraiga, cualquier cosa.
—Cualquier cosa.
—Háblame de aquel día.
—¿Qué día?
—El día que llegaste a Forks —le dijo apretándole la mano—. El día que te marchaste de ese lugar tan horrible.
Edward titubeó unos segundos. Había compartido con Bella y con su padre ciertas cosas de su pasado, pero había algunos detalles que jamás había revelado a nadie, cosas que había jurado no volver a recordar. Sin embargo, en aquel momento habría hecho cualquier cosa por Bella. Cuando empezó a hablar notó la garganta seca.
—Me marché de Chicago un lunes por la mañana, llevaba cincuenta centavos en el bolsillo y solo la ropa que llevaba puesta. Caminé más de cincuenta kilómetros, hasta que estuve demasiado cansado para continuar y me senté en el arcén de la carretera para hacer autostop —la miró y comprobó que parecía más relajada que antes, eso le dio fuerzas para seguir con su relato—. Era verano y hacía mucho calor, tanto que yo llevaba la camiseta empapada en sudor. Recuerdo que me sorprendió mucho que alguien parara para llevarme.
—Con esa camiseta, seguro que fue una chica —bromeó ella con voz débil.
—Era una mujer de unos setenta años —respondió riéndose.
—¿Se...? —su rostro se puso en tensión ante la llegada inminente de otra contracción—. ¿Seguro?
—No hables, Bella —le susurró Edward—. Intenta respirar y piensa que pronto vas a ser mamá.
Al oír aquello, ella recuperó parte de su fuerza y en sus ojos apareció una expresión de satisfacción.
—Yo puedo hacerlo, ¿verdad?
—Claro que puedes.
Unos segundos después, había pasado otra terrible contracción.
—Entonces... te subiste en el coche de esa mujer y... ¿qué pasó después?
—Pues yo no había desayunado nada y me estaba muriendo de hambre cuando la señora me ofreció unas galletas deliciosas que ella misma había hecho, me dijo que comiera todas las que quisiera, pero a mí me daba vergüenza. Al final me las comí todas, aunque con un gran sentimiento de culpabilidad hasta que la señora me dijo que no pasaba nada.
—¿Fue entonces cuando te diste cuenta?
—¿De qué?
—De que tu suerte estaba a punto de cambiar.
Edward pensó en aquello un momento mientras le daba un suave masaje en el hombro con la mano que no tenía agarrada a la de ella. Lo cierto era que la palabra suerte nunca había figurado en su vocabulario, aunque...
—Supe que mi suerte había cambiado en el momento en que puse un pie en aquella tienda de Forks donde los chavales empezaron a llamarme... —se le hizo un nudo en la garganta—, lisiado.
En la habitación no había más ruido que sus respiraciones y el chisporroteo de las ramas en el fuego.
—Y entonces aparecí yo con mi pistola de agua.
—Y les disparaste hasta que salieron corriendo.
A Bella se le escapó una sonora carcajada.
—Parecía que se hubieran orinado en los pantalones.
Edward recordó las miradas de aquellos jóvenes que acababan de ser tan crueles con él, y el rostro triunfante de la joven Bella empuñando su pistola de agua como si de una magnum 57 se hubiera tratado. Quizá tuviera razón, quizá existiera algo llamado suerte y fuera ese el día que la suya cambió.
—Sí, fue un buen momento.
—Sí —la mirada de Bella fue como un rayo de sol para él—. Me alegro mucho de que estés aquí conmigo.
Fue como si alguien acabara de clavarle una flecha en el corazón. Confiaba en él para que su bebé llegara al mundo sano y salvo. No iba a defraudarla. Llevaba toda la vida superando retos y aquel iba a ser uno más. Otra explosión de dolor se reflejó en su cara y en todo su cuerpo. Edward no sabía demasiado sobre partos, pero era obvio que las contracciones eran cada vez más frecuentes. El niño no tardaría mucho en nacer.
La noche dio paso al alba.
El dolor seguía sin darles tregua y toda la valentía que había demostrado Isabella al principio se estaba consumiendo por el agotamiento. No obstante, se negaba a rendirse. Podía notar una extraña conexión con el bebé que le daba fuerzas para continuar, debía de ser la señal de que madre e hijo estaban por fin preparados para conocerse.
—Necesito que empujes fuerte, Bella.
Edward la miró intentando transmitirle su energía. Él también estaba sudando por el esfuerzo y eso hacía que Isabella no sintiera la más mínima vergüenza de tener que compartir esos momentos con él, porque sabía que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por ayudarla y hacerla sentir cómoda; por su parte ella cada vez se encontraba más unida a él.
—Respira hondo y empuja todo lo fuerte que puedas.
Isabella se apoyó en los codos y empujó con la poca energía que le quedaba mientras se mordía el labio. El sabor de la sangre se confundió con la sensación de que la estuvieran abriendo en canal.
—Muy bien —la animó Edward—. Otra vez. Respira hondo y...
—Edward, si me ocurre algo...
—No te va a ocurrir nada —interrumpió él inmediatamente con tono firme—. No mientras yo esté contigo, ¿entendido?
De pronto fue como si el tiempo no hubiera pasado. La ira de Edward había desaparecido y en su lugar surgió la estrecha unión que en otra época había habido entre ellos. Aunque esa vez era ella la que necesitaba de su fuerza.
—Empuja, Bella. Empuja fuerte.
Arqueó la espalda y dio todo lo que llevaba dentro. En su cabeza se mezcló el dolor, el miedo y la impaciencia. En su cuerpo el sudor y las lágrimas. ¿Sentirían todas las mujeres el terrible pánico que se estaba apoderando de ella?
—Dios, Bella.
—¿Qué? —preguntó alarmada—. ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?
—Nada malo —aseguró Edward—. Puedo verle la cabeza —estaba sencillamente maravillado—. ¿Crees que podrás empujar una vez más?
En ese instante desapareció de ella cualquier rastro de temor. Mientras el viento de la mañana soplaba al otro lado de la ventana y la nieve seguía cayendo, ella luchó por su hijo con la fuerza que le daba la adrenalina y la impaciencia.
—Eso es, Bella. Eso es.
Unos minutos después se podían oír los llantos de madre e hijo. Dejándose caer derrotada sobre la cama, Isabella sonrió satisfecha.
—¿Bella?
Abrió los ojos y vio a Edward sujetando al bebé.
—Es una niña.
Una niña, repitió Isabella en silencio y con los ojos llenos de lágrimas observando aquel milagro hecho persona.
Edward estaba emocionado, y no sólo porque acabara de asistir a un parto, sino porque estaba siendo testigo del extremo amor de una madre por su hija. Después de cortar el cordón umbilical, limpiar a la pequeña y envolverla en una toalla limpia, se la entregó a Bella, que no podía dejar de llorar y reír al mismo tiempo.
Unos minutos más tarde Isabella lo miró.
—Gracias.
Le habría gustado decirle que era él el que estaba agradecido por haber podido ser parte de todo aquello, pero no lo hizo; estaba demasiado confundido por las emociones que estaba sintiendo y que no conocía.
—Has estado increíble, Edward Masen.
—Tú también —le dijo con los ojos clavados en los de ella—. ¿Cómo la vas a llamar?
—Había pensado ponerle Emily —respondió mirando embelesada a la pequeña.
—¿Por tu padre? —Charlie se habría sentido muy orgulloso de su hija.
—Sí. ¿Qué te parece?
La pregunta lo dejó boquiabierto. ¿Qué derecho tenía él a opinar?
Isabella le agarró la mano.
—Quiero saber tu opinión. Tú has ayudado a traerla al mundo.
—No, lo has hecho tú todo.
—Eso no me lo creo, ni yo ni Emily —respondió sonriendo a pesar del agotamiento.
Edward miró a la pequeña, que miraba a su mamá con unos tremendos ojos azules. Sabía que la mayoría de los recién nacidos tenían los ojos azules, pero estaba seguro de que pocos tenían esa adorable expresión... o esa madre tan preciosa. No pudo impedir que una sonrisa le iluminara el rostro. No creía haber sonreído tanto en toda su vida.
—Creo que es el nombre perfecto para la niña perfecta —dijo por fin con cierta brusquedad.
—Sí que es perfecta, ¿verdad? —le preguntó ella orgullosa.
Edward se limitó a observarlas maravillado. En pocos segundos madre e hija se rindieron a la extenuación y se quedaron dormidas. Él se dirigió hasta el sillón casi sin poder mover la pierna y se derrumbó sobre él. De todo lo que había hecho en su vida, traer al mundo a Emily y dejarla en los brazos de su madre había sido su mayor logro.
Y sabía que nada de lo que le sucediera a partir de entonces podría siquiera acercarse a la belleza de aquel momento.
¡Ya tuvo a su bebe!
¿No es un ángel Edward?
Mi parte favorita es:
"—Y entonces aparecí yo con mi pistola de agua.
—Y les disparaste hasta que salieron corriendo."
Gracias por sus favoritos y alerta, lindas :)
Spekus, si es hermosa la historia. Y ya vez, acá la actualización.
karenrobsten, que estupendo que te gustará. ¡Acá esta!
Gracias chicas, como dije, contestaré sus comentarios. Son tan lindos que se me hace grosero no hacerlo.
ACTUALIZACIÓN: MIÉRCOLES 3
Una cosa más: Las invito a "Un sueño de mujer", otra de las adaptaciones que estoy llevando a cabo; es una historias preciosa (que puedo decir yo ¿no?).
El caso es que... si les agrada todo aquello relacionado a la ciencia, investigación y/o animales. Sueño de mujer es su historia :)
"Coma frutas y verduras. Evita hablar con extraños y cuéntalo a quien mas confianza le tengas" ^_^
* Saludos *
