Notas: La canción nombrada es These are the days of our lives, de Queen. Fue uno de mis puntos guías cuando comencé este fic, hace ya varios años. Considero que encaja totalmente con lo que (se supone) sienten Pip e Integra en esta historia. Lamentablemente soy una escritora mediocre que no logra plasmar eso como quisiera, ops.

¡Grande Freddie! :)


IV

El rasgueo de una guitarra escapó de una de las habitaciones de la planta baja, capturando la atención de la rubia que en ese momento iba en busca de su mayordomo. Sus antiguos soldados rara vez hacían cosas fuera del protocolo, pero la banda de los gansos no tenía problemas con eso. Curiosa, se encaminó hasta la sala de la tropa.

Seras estaba en compañía del capitán. El rictus de Integra se contrajo sin que ella fuese consciente de ello. Los ojos brillantes de la draculina giraron hacia ella y le sonrió, inocente y despreocupada como siempre. Le preguntó si ella también llegó hasta ahí para oír al capitán e Integra tuvo que negar, mintiendo a medias. Pensó en disculparse y volver sobre sus pasos, pero la persistente atención y obvia emoción de los otros dos le intuyó que una huida se vería sospechosa viniendo de la jefa. Además, ella no tenía motivos para huir de su propia casa.

Se acomodó en el sillón frente a la pareja y encendió un cigarrillo. Sus ojos azules se fijaron directamente en el mercenario.

—Veamos qué talentos ocultos tiene, capitán.

Pip sonrió de medio lado, sintiéndose objeto de miradas curiosas y juiciosas. Carraspeó. Vamos por algo nacional, dijo antes de darle sonido a la guitarra.

Los acordes de una canción de Queen sonaron en la habitación. Integra hizo una mueca aprobatoria, le agradaba el grupo. Después de la primera canción Seras se excusó diciendo que tenía deberes que hacer. Pip esperó que Integra también se levantara, pero esta no parecía tener intenciones inmediatas de irse, así que aprovechó el momento. Sus dedos cambiaron el ritmo sobre las cuerdas y otra canción se abrió paso a través de su voz. Cuando la primera frase flotó en el aire, Integra sintió su estómago contraerse; de todas las canciones de la banda, no podía estar cantando justo esa.

~Cuando éramos niños, cuándo éramos jóvenes las cosas parecían tan perfectas, ya sabes~

Aquello no podía ser una coincidencia, ¿por qué insistía en recordarle el pasado? Era algo lejano, ambos eran tan distintos ahora, el ambiente real en el que convivían no se prestaba para evocar recuerdos abandonados. Y aún así… Integra desvió la mirada hacia un costado, de pronto insegura acerca de hacer contacto visual con el mercenario.

Estaban locos y eran jóvenes, todo se resumía en eso. Y era una verdadera pena que no pudieran retroceder el tiempo, ¿no? Los dedos aristocráticos se empuñaron sobre su regazo. La canción llegaba a su etapa final, Integra apretó el cigarrillo entre los labios, aguantando. Pip no despegó la vista del instrumento. Última estrofa…

—No lo digas —el ojo del mercenario se elevó en su dirección, Integra negó con la cabeza—. No cantes esa estrofa. Por favor.

Los dedos cesaron todo ruido y el silencio creció áspero entre ambos. El suspiro cansado de la joven hizo eco en el aire viciado. Pip intentó una disculpa, pero la vista de una mano alzada lo calló. No era necesario.

—Soy yo la que debe disculparse por interrumpir. Fue mi error malinterpretar la canción, capitán —fue todo lo que ella dijo antes de ponerse de pie, ajustarse el traje e irse, sin volver la mirada. Un ejemplo perfecto para lo que había pasado con ellos en el pasado.

La cabeza de Pip chocó en el respaldo del sillón mientras su dueño maldecía en voz alta.

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«Los vampiros somos seres de la oscuridad, ya no tenemos los mismos sentimientos que los humanos». Recordó sus palabras mientras yacía en la soledad de las mazmorras; recordó también la pregunta aguda del shinigami, cuestionando si su interés en su ama obedecía a un capricho, pero eso era algo demasiado burdo para utilizarlo con ella. Integra era demasiado importante para ser etiquetada como un simple capricho.

Su mente recreó, por décima vez, la escena que contemplara en el salón apenas unas horas antes: el francés cantando para ella mientras su ama escuchaba atenta; un río de emociones había desfilado por sus ojos y su mente en ese momento, él podía leerlas con facilidad. Le molestó que ella obstruyera la canción. De haberla dejado pasar, significaba que no era importante, pero si no tenía el valor de oír las palabras finales solo significaba una cosa: el mercenario aún provocaba confusión en su corazón.

Alucard frunció el ceño, pensativo. La idea de que él estuviera celoso era absurda, por decir lo menos; pero no podía negar la molestia incómoda que le producía la visión del francés mirando a hurtadillas a su ama, seguro de que nadie lo notaba. Le revolvía el estómago pensar qué clase de intimidad habían logrado ellos dos en esas vacaciones lejanas porque, a juzgar por el comportamiento de ambos, no era tan pasajero como creyó en su momento. Era fácil de entender: si el mercenario no hubiera sido alguien importante, Integra no se comportaría de ese modo. Casi sonrió al imaginar a su ama con un enamoramiento. Casi. Las personas hacían cosas absurdas cuando se enamoraban, dejaban de pensar lógicamente, se equivocaban. No podía imaginarse a Integra así, esa no era su ama.

Oh.

Las pupilas rojizas se quedaron fijas en el líquido de la copa.

Ahí estaba el problema. Integra no era suya.

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La taza de café del mercenario humeaba sobre la mesa de la cocina cuando el mayordomo entró por la puerta principal. Walter le dio una mirada serena unida al saludo protocolar antes de dirigirse a pasos lentos hasta la alacena. Sacó una tetera, la puso al fuego y continuó su búsqueda de utensilios. Pip lo observó en silencio. Una taza de porcelana y un frasco con hojas de té quedaron frente a él, Walter se sentó poco después. Metió la cucharilla en el frasco, sin despegar la vista de su cotidiana tarea.

—No he tenido la oportunidad de preguntarle qué le ha parecido la Organización, Capitán.

La pregunta vino tan limpia y sin aviso que Pip parpadeó dos veces, sorprendido, pero se repuso al instante. Detuvo la mano que levantaba la taza para responder.

—No es lo que imaginaba, obviamente, pero tampoco es algo tan nefasto —hizo un movimiento descuidado de hombros, como para explicar su punto—. A fin de cuentas, es solo otro trabajo. Y uno donde pagan bastante bien.

El anciano sonrió, complacido en apariencia.

—Me alegra saber eso. No muchas personas estarían contentas de trabajar con nosotros dadas las, umh, condiciones físicas que el trabajo acarrea consigo —alejó el frasco de té antes de cruzar las manos sobre la mesa. Los puños de su camisa se veían impecables—. ¿Y qué le ha parecido su nueva comandante?

Bernardotte apretó los labios en el momento justo para no expulsar el café de su boca. Su garganta hizo un trabajo salvador contrayéndose para obligarse a beberlo. Disimuló la tos tras un carraspeo leve. Frente a él, Walter elevó una ceja sospechosa.

—Sir Integra…bueno, ella —su mirada deambuló por la mesa, incapaz de mirar a su interlocutor a los ojos—, digamos que tampoco me lo esperaba. Nunca habíamos tenido un jefe que fuera mujer antes —sí, supuso que esa respuesta estaba bien. No mentía.

Walter insistió.

—Ya veo. Pero Sir Integra no es como las demás mujeres.

—Eso ya lo sé… —mentalmente, Pip se golpeó la cabeza contra la mesa, lo suficientemente fuerte como para inducirle un coma que lo alejara de esa desastrosa situación ¿qué demonios acababa de decir? Maldita lengua fácil. Los ojos grises del mayordomo lo enfocaron con curiosidad y algo más brillando en esas pupilas inteligentes. Las neuronas avergonzadas del francés corrieron a toda marcha para tratar de sacarlo de esa situación—. Quiero decir, eso se nota —el pitido de la tetera tras ellos cortó su balbuceo, rasgando la atmósfera incómoda y redirigiendo la atención de ambos hombres hacia ella. Pip no había estado tan agradecido por una tetera de agua hervida jamás en la vida.

Disculpándose, Walter se levantó de su silla para cortar el fuego. Pip vió la brecha: ese era el momento de escapar. Se bebió lo que quedaba de su café en un solo trago, limpiándose la boca con la manga de la camisa antes de decir una despedida apresurada y salir con pasos veloces camino a los cuarteles. "Veré que mis hombres no estén perdiendo el tiempo" dijo, antes de desaparecer tras la puerta. No le importó dejar tirada la taza sucia en la mesa central, no cuando podía sentir la mirada fija del hombre mayor pegada a su espalda mientras huía.

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El humo acre del cigarrillo se filtró en sus pulmones mientras él se apoyaba contra la pared del patio trasero. Se quitó el sombrero, pasándose una mano por la larga cabellera mientras recordaba el encuentro anterior. El anciano no era tonto, había un motivo oculto tras su pregunta aparentemente despreocupada acerca de la comandante; el brillo en esos ojos grises era una mezcla de curiosidad y algo inusual que le revolvía el cerebro; eso era… Pip frunció el ceño, preguntándose si no estaba siendo paranoico, pero estaba seguro de que esa mirada estaba cargada de curiosidad y amenaza.

Reclinó la cabeza contra la pared y cerró su ojo ante la vista del cielo azul. Un hilo delgado de humo se escapó entre sus fosas nasales. Walter Dornez era la mano derecha de Integra, casi podría considerarse su segundo padre. Si él sabía, o si se enterara…Pip se estremeció ante la idea de esos microfilamentos dirigiéndose contra su carne, cortando partes delicadas de su anatomía que él no querría perder de ninguna manera. Detuvo el impulso de proteger su entrepierna ante la mera idea.

—Así que también eres un fumador empedernido —la voz grave sonó justo frente a él, sobre su cabeza. Desprevenido, el mercenario parpadeó con rapidez. Conocía ese timbre. El vampiro lo observaba con una pupila rojiza asomando sobre sus gafas anaranjadas.

—Alucard.

El nosferatus sonrió ante la mención de su nombre. Pip apartó la vista de esos colmillos relucientes.

—Siempre me he preguntado cuál es el afán de los humanos por fumar, ¿acaso no saben que es dañino? Sobre todo alguien como tú, con una vida tan insignificante que debería cuidar.

El filtro del cigarro se arrugó entre los labios del francés, pero no se amedrentó.

—Por eso mismo, señor. Nuestra vida insignificante puede acabar en cualquier momento, no está mal proporcionarse algunos pequeños gustos.

Alucard se inclinó para mirarlo directamente a los ojos ahora, sin sus gafas de por medio. Pip sintió que el color rojo invadía todo su campo de visión. Tragó saliva.

—Entonces deberías fumar algo bueno, no esas porquerías. Como los que fuma mi Ama…

Ah, ahí estaba la primera estocada. La sonrisa del francés vaciló en sus labios mientras su compañero no bajaba la mirada.

—No tengo los recursos de Sir Integra para darme esos gustos —apuntó, encogiéndose de hombros—. Además, para mi estos están bien —le enseñó el cigarrillo a medio consumir entre los dedos antes de llevárselo a la boca nuevamente.

El vampiro retomó su postura erguida, mirándolo seriamente de nuevo. El aire entre ellos se tensó.

—¿Cómo la conociste?

Pip se atragantó con el humo que aún no salía de su sistema.

—¿Perdón?

—Sabes de quién hablo. Integra no es una de esas muchachitas que puedes conocer cualquier día en la calle, así que te pregunto ¿cómo lo hiciste? —Pip abrió la boca para decir algo, lo que fuese, pero las palabras no acudieron a su llamado. Esa pregunta era demasiado directa y no se la esperaba. El vampiro se impacientó—. Debió ser en Italia, imagino. Aunque no me explico cómo alguien como tú pudo acercársele.

Bernardotte tiró su cigarrillo, pasando por alto la burla mal disimulada. Estaba tratando con un vampiro, mentir o ocultar información no serviría de nada.

—En una pizzería.

La mueca de despreció del más alto pasó a una de asombro antes de romper en una carcajada sardónica, mientras preguntaba si no estaba tomándole el pelo. Pip sintió un nudo amargo formándose en su estómago. Frunció el ceño.

—¿Tanto te sorprende?

—Por supuesto —la cara de Alucard estaba seria de nuevo, concentrado en su contrincante—. No es propio de ella. Así que, si yo fuera tú, no me aferraría a inútiles recuerdos de adolescentes. Mi Ama no es la misma jovencita que creíste conocer en tus vacaciones italianas.

Bernardotte se tragó la bilis que amenazaba subirle por la garganta. Carraspeó, buscando desviar el sentimiento de desagrado que las palabras contrarias estaban provocándole. No era buena idea caer en la trampa fácil del vampiro, no saldría vivo si lo hiciera. Sin embargo, las palabras ácidas salieron de su boca antes de que él las disfrazara.

—Tal vez, pero soy un convencido de que las personas no cambian su esencia a pesar de los años, por muy diferente que sea la compañía que las rodea.

El aura del vampiro se volvió aterradora, Pip se obligó a no salir huyendo en ese momento, a pesar de que todo su sistema gritó en alerta.

—Crees que la conoces mucho, ¿verdad? Solo porque pasaste con ella unos días de sus vacaciones. Porque le enseñaste los rincones escondidos de un país turístico, porque compartió contigo una minúscula parte de su vida, porque te dejó besarla —el cabello oscuro del nosferatus se meció de forma poco natural, acercándose a su rostro—. Crees que la conoces porque fuiste su compañero de juegos durante seis insignificantes semanas… ha estado conmigo desde que tenía doce años, humano crédulo, no me vengas con sentimentalismos de niños —los colmillos brillaron maliciosos a medida que ese rostro pálido se acercó más y más—. No pretendas conocer a mi ama, francés, cuando ella nunca se acordó de ti.

La manzana de Adán se apretó en su garganta, incapaz de dejar salir las palabras. Por un segundo, Pip tuvo la certeza de que no saldría bien de esa situación. A diferencia de Walter, con Alucard tenía cosas más importantes que perder que algunos miembros de su cuerpo. El vampiro podía devorarlo, literalmente, de un solo bocado si se le daba la gana, ¿podría? Pip no quería averiguarlo. La sonrisa lobuna se extendió amplia en el rostro contrario, Alucard se inclinó un poco más antes de susurrarle.

—Mira si tienes suerte, mi ama me está llamando.

El cuerpo desgarbado desapareció en una neblina densa frente a la mirada colapsada de Pip. Su boca se abrió para aspirar una bocanada de aire muy necesario, gotas frías de sudor se despegaron de su frente; estaba seguro de que su palidez semejaba la de un cadáver. Maldijo en su idioma natal mientras se pasaba las manos por la cara, haciéndose consciente del peligro mortal que acababa de atravesar.

No, Alucard no era solo una figura protectora, más bien parecía un rival. Gimió, preguntándose cómo todo se había vuelto tan torvo de pronto. Si es que no moría en una de las misiones, el vampiro lo despedazaría vivo ante el menor descuido.

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Notas/Comentarios:

Pandora: Me alegra mucho que te haya gustado :) personalmente, este es uno de mis crackship favoritos.

A quienes leen esta historia, ¡gracias!