Pesadillas

Ya son frecuentes, pero eso no quita que cada vez que tiene una pesadilla, esta sea más fácil de sobrellevar. Esta vez, Nico está cayendo y cayendo en la oscuridad infinita y Bianca lo mira desde algún lugar gritando ¡Lo prometiste! Como un cántico de muerte. Como él cuando vio a Percy. No sabe que prometió, no sabe cómo dejar de caer y su pecho se oprime tanto que está seguro que dejará de respirar en cualquier segundo, siente tanto dolor que no puede ser un sueño, su garganta en carne viva no puede ser un sueño. Como un mantra: Bianca, Bianca, Bianca. Cuando cree que ya no podrá soportarlo más, lo sueltan y cree que se acaba, que hasta aquí llega, pero en vez de eso, abre sus ojos; temblando de la impresión, del pánico que aún corre por sus venas y que lo hace sentir frenético. Otra pesadilla. Will Solace está cernido sobre él, sus ojos azules son lo único que puede distinguirse con claridad en la habitación oscura ¿Qué horas serán? ¿Las tres, cuatro de la mañana? Después de unos segundos, Will pregunta con esa voz de secreto:

—¿Sucede muy a menudo?

—A veces...—Will no le cree y él se da por vencido—. Muchas noches.

—Estás temblando.

Gracias —no, gracias— al terror que sentía cuando despertó, no fue consciente de inmediato del tacto que tiene el hijo de Apolo sobre él; Nico no es aficionado a este exactamente y sinceramente, con Will es mil veces peor. Su cuerpo causa estragos por el chico y no tiene ganas de algo como eso justo ahora. Al menos, de eso está tratando de convencer a las mariposas esqueléticas que revolotean de un lado a otro en su estómago y sólo por la mano de Will sobre su brazo. Ese brazo que hace unos segundos se estremecía por el sueño y ahora por el tacto.

—Estoy bien —ladra Nico bruscamente. No tiene ganas de hablar sobre ese tema. Cierra los ojos y retira su brazo cerca de su cuerpo. Escucha como Will resopla, incrédulo. Al parecer es incapaz de aceptar un no implícito—. Solace, deberías irte a la cama.

—Estoy bien aquí —responde Will estirándose en su silla, sólo que, de hecho, no puede estirarse en absoluto. Nico abre los ojos y se permite una sonrisita burlona que requirió de demasiados músculos faciales.

—No lo estás.

—No.

Ambos se sopesan, Nico odia ser tan consciente del color de los ojos de este chico molesto.

—Pero no te irás aún así —adivina Nico, frunciendo sus cejas.

—Exacto.

—Te —Nico no puede detenerse a sí mismo y se odia por eso—… ¿Quieres dormir aquí?