Espada. Sherezade había dicho espada. Lo cierto es que yo esperaba que la fuente de poder de la reina fuese un colgante que llevase consigo, o un brazalete. Pero al parecer se trataba de una espada que estaba en un lugar remoto y de difícil acceso. Y por supuesto había que pasar por un bosque oscuro y tétrico, como en todos los cuentos.
Los árboles parecían espiarme mientras avanzábamos, con una ligereza inusitada para mis expectativas. Sherezade no se movía como una humana, no se cansaba ni se perdía, pues parecía saber exactamente a donde iba. Yo, con tacones que no acostumbraba usar y mi vestido rojo, lo cierto es que tenía más dificultades que ella. Pero obviamente cuando me los puse lo que deseaba era estar guapa para la reina.
Sentía arcadas al pensar en ello. Yo nunca había mostrado mi belleza con vestidos elegantes ni finas joyas. Eso era algo que mi hermana se le había dado mucho mejor en vida. Era como un diamante, blanca e inmaculada. Sabia y recta, no como yo, que era la mala influencia. En aquellos momentos lo cierto es que la echaba de menos, al sentirme tan indefensa y falta de forma.
Pero tenía a Sherezade, que me guió hasta un pequeño prado en el que encontré lo que buscaba. Una espada con la hoja plateada y el mango negro como la misma noche. Estaba firmemente clavada a un pedestal en el suelo y emitía una energía muy parecida a la de las celdas que retenían a Jefferson y el resto de víctimas de la reina. Miré a Sherezade, que mostraba una expresión neutra.
_ Antaño, esta espada sirvió para dar luz a este reino. Poseía el poder de destruir el mal, el mal que este reino trataba de atraer. Pero su poder, que en este mundo nacía de la bondad del corazón de la gente, se ha ido debilitando. Y Melissa es la gota que ha colmado el vaso. Ella no es como tú, que ganas el poder con la experiencia y la edad… además de, bueno, ya lo sabes. Ella gana su poder del rencor y el miedo, y los canaliza a través de la espada del crepúsculo. Tómala en tus manos y liberarás a este mundo de su tiranía. Me liberarás a mí.
_ ¿A ti? ¿Qué te ha hecho?
_ Estoy unida a esta espada. Se me encargó a mi muerte que buscase a una persona con el corazón lo bastante noble como para llevarla. Alguien digno de su poder. Alguien como tú.
_ Sherezade, tu afecto hacia mí te ciega. Yo no soy una persona noble.
_ Cree lo que quieras mamá, pero es la espada quien ha de juzgarte, no yo. Sólo podrás sacarla del pedestal si eres digna. Y sin ella no vas a poder salvar a Jefferson ni a mí. No pierdes nada por intentarlo. ¿O sí?
Sherezade tenía razón, por lo que me acerqué al pedestal y sin dudarlo un instante acerqué mi mano a la empuñadura del arma. Para mi sorpresa era cálida al tacto, y no fría como había esperado. Suspiré, rodeé el arma con ambas manos y tiré con fuerza, sabiendo que lo más probable era que el arma no se moviese ni un ápice, pues no sería digna.
Pero para mi sorpresa la espada se separó del pedestal con tanta facilidad que la fuerza de más que había empleado me hizo caer hacia atrás. Sherezade mostraba su sonrisa de "ya te lo dije" que yo conocía tan bien. Le sonreí, me puse en pie y la rodeé con mis brazos. No me importó que el tiempo escasease, que hubiese que darse prisa, quería que mi niña supiese cuanto la quería.
_ Yo también te quiero mamá, pero ya habrá tiempo para esto más tarde. Ahora tenemos que rescatar a Jefferson.
Ella estaba inquieta y por ello yo me limité a asentir, y tomar el camino de vuelta. Pero las cosas ya no eran iguales, el bosque era distinto. La oscuridad se había disipado y los rayos de la perpetua Luna azul daban al bosque una apariencia tétrico, pero hermosa, como la de un bosque de ensueño en una noche especial. El viaje de vuelta, por tanto, fue mucho más sencillo que el de ida.
Esta vez era yo la que había dejado atrás a Sherezade, pues en un ataque de repentina euforia había lanzado los tacones a un lado. Cuando regresamos a la ciudad, y entramos al castillo, ninguno de los guardianes se alteró al verme. Sin embargo yo si noté un escalofrío cuando al llegar a la sala del trono me percaté de que el guardia masculino estaba a la izquierda y la femenina a la derecha, a la inversa. Pero sin darle la importancia que tenía me adentré en la sala del trono, donde la reina estaba comiendo.
Tratando de retirar de mi cabeza lo erótica que me resultaba la imagen de esa joven entregándose totalmente a mi diosa, es decir, a la reina, tosí para demostrar mi presencia. Melissa me observó, y solo entonces liberó a la joven de sus fauces, que a un gesto suyo se marchó y nos dejó solas. Ella lo sabía todo, y yo me percaté en cuanto nuestros ojos se miraron.
_ Has sido una prometida muy traviesa Anzu, pero no importa. Te perdono, te he esperado muchos años, no te castigaré.
Estaba pasando de nuevo, y yo no podía luchar. Su mirada volvía a encandilarme y cuanto más se acercaba más la deseaba, de modo que cuando estuvo frente a mí, ya loca de deseo me lancé sobre ella y nos besamos presas de una pasión desenfrenada. Ella era mi reina, mi diosa, y mi futura esposa. Yo no la podía traicionar, a pesar del vacío de mi corazón. O al menos no pude hasta que no escuché como la espada se desenvainaba.
De inmediato me giré, buscando al causante de aquello, para encontrarme con algo totalmente imprevisto, y que no era posible. Pero allí estaba ella con su habitual expresión completamente serena, como si nada del mundo pudiese perturbarla. Su cabello dorado caía suelto sobre sus hombros, donde el uniforme de centinela del castillo me indicaba que era la mujer que había visto fuera de su puesto. Había tratado de avisarme, y yo ni me había percatado.
_ Zandramas…
No pude decir nada más que su nombre, pero eso bastó para que me colocase la espada en las manos. Aunque en aquel momento yo me había olvidado por completo de la reina, y pensaba en las tardes de sol que pasaba con la mujer que tenía delante cuando éramos unas niñas, tantos siglos atrás. Mi hermana mayor, que yo estaba segura que estaba muerta, estaba plantada delante de mí, con una sonrisa en los labios.
_ Acaba lo que has empezado, Anzu. Yo no puedo hacerlo por ti, sólo allanarte el camino.
Asentí y cogí la espada entre las manos, atravesando el pecho a la sorprendida reina. Pero esta se echó a reír, manchando todo su vestido níveo con la sangre que manaba de sus labios. Ya no parecía un ángel, o una criatura bendita, ahora se mostraba como lo que realmente era, y su hechizo estaba roto.
_ Sois estúpidas, las dos. Hasta un punto que no podéis llegar a imaginar.
_ Tú eres la que es estúpida_ le respondí.
_ Déjalo, Anzu, no merece la pena._ Dijo Zandra, muy seria.
_ Tú, criatura de la luz. Creas cuando sabes que será destruido, en nombre de un astro que puede destruir todos los mundos que alumbra y que con tanto esfuerzo cuidas. Y tú, ser de las sombras, te aferras a la vida cuando estás muerta. ¿De dónde provienen vuestras esperanzas? ¿Sabes acaso a donde te conducirán? Acaso crees que…
No terminó la frase, porque Zandra alzó la mano y comenzó a arder como si de una hoja de papel se tratase. Mi hermana nunca había tenido poder, que yo supiese, y sin embargo ahora había demostrado más del que yo había estado reuniendo durante 30 siglos.
_ Zandra… tú…
_ Anzu, no me pidas que te explique nada. Te lo pido por favor, puesto que no me está permitido. Igual que no me está permitido quedarme contigo. Ahora ve con Jefferson, sálvale y vuelve a casa. Te prometo que algún día te lo explicaré todo.
Quise insistir, pero Zandramas se desvaneció con un destello y un cúmulo de llamas que la envolvieron. Me quedé congelada unos instantes antes de caminar de nuevo hacia las mazmorras, y echar abajo los barrotes de la celda, observando a Jefferson, que seguía con los ojos vacíos y la mirada fija en mí. El hechizo de la reina no se había roto con su muerte, y él continuaba en aquel estado, a diferencia de los otros.
_ Alguien… tiene que saber cómo arreglar esto._ me dije, aunque no tenía mucha convicción, y me sentía extrañamente desolada.
_ No hace falta que busques muy lejos.
No supe en qué momento había desaparecido Sherezade, ni cuando había vuelto, pero sus palabras llamaron particularmente mi atención, por lo que sonreí y puse las manos sobre sus hombros, pues ella tenía la respuesta, ella iba a solucionarlo.
_ ¿Tú le puedes curar?
_ No, yo no puedo… tú sí. Sabes cómo. ¿Verdad?
Al principio no lo entendí, pero pronto se hizo la luz en mi cabeza y estuve segura. Reí como una tonta, porque sólo yo podía buscarme un momento tan dramático para algo así. Pero supongo que es algo típico en mí, que no lo puedo evitar, siempre he de hacer un drama de todo. Me arrodillé y tomé a Jefferson entre mis brazos, mientras sonreía pícara y acariciaba mis labios con los suyos, fundiéndonos en un beso.
Un beso de amor rompe cualquier maldición, y cuando Jefferson comenzó a responderme me di cuenta de que era cierto. Había estado tan obcecada tratando de vengarme que no me había dado cuenta de lo mucho que quería al sombrerero. Pero ahora lo sentía, todas esas emociones que inconscientemente había reprimido, todo ese cariño que temía entregar, por miedo a que me volviesen a herir.
Y de pronto un intenso dolor se extendió en mi interior y tuve que separarme de él. Desde el pecho hasta las extremidades y el rostro. Sentí como si mi cuerpo se derritiera por completo, como si cada fibra de mi ser estuviese sometida a una descarga eléctrica. Y entonces escuché el sonido de mi propio corazón latiendo frenéticamente, sonido que no escuchaba desde hacía milenios.
Lo entendí, pero me resultó duro los primeros instantes. Un beso de amor podía romper cualquier maldición, incluyendo la mía. Me mantuve unos instantes con los ojos cerrados, antes de abrirlos y notar que las cosas habían cambiado. Me sentí débil, torpe. Y cuando traté de levantarme por poco caigo al suelo, de no ser porque él me aferró y me ayudó a ponerme en pie. Le sonreí, tratando de volver a acostumbrarme a mi pulso. Casi me ahogo tratando de respirar.
Porque estaba viva otra vez. Y tras tantos siglos estando muerta, era una sensación a la que era difícil acostumbrarse. Jefferson se hizo cargo, me cogió por la cintura y comenzamos a andar por el reino oscuro, aunque ahora me costaba mucho más vislumbrar el camino. Y Sherezade había vuelto a desaparecer. Pero ya que estábamos solos no tuve reparos en acurrucarme contra él, aprovechándome de mi desvalida posición.
_ No te aproveches así de mí Anzu.
_ Oh vamos… Sólo un poquito… estoy enferma y sé que tú no quieres que me ponga peor. Los dos sabemos que estás loco por mí, Jeff.
_ Y tú por mí, anda toma, que vas a coger frío.
Y me puso el sombrero sobre la cabeza, en una señal de confianza más significativa que cualquier otro gesto que podría haber hecho. Yo le miré y sonreí, sintiéndome un poco tonta, pero decidida a decirle si no la verdad, parte importante de ella.
_ Jefferson, tengo que terminar lo que he empezado, aunque lo que deseo es estar contigo. A pesar de no haberme dado cuenta antes. Maléfica me perseguirá, y Regina probablemente también.
_ ¿Por qué continuar entonces? Dejémoslo todo. Mudémonos a un lugar en mitad de la nada, donde no nos encuentren.
_ ¿Y si lo hacen? ¿Qué haremos entonces?
_ Nos defenderemos. Ya me salvaste antes de un ejército de piratas antes, y de la reina de este lugar.
_ Sí, pero no creo que pueda volver a repetirlo. Ya no tengo lo necesario. Era producto de un hechizo, y se ha roto.
_ El sombrero nos protegerá._ dijo, poniéndose algo serio.
_ ¿A ambos?
_ Cuando te enseñe a usarlo, te protegerá también. No dejaré que nadie nos separe.
No conocía esa faceta de él, y cuando su mano acarició mi rostro me estremecí. Nunca había tenido una pareja que me protegiese, nunca había amado a nadie. Y ahora sin embargo me sentía totalmente plena. Si él decía que su sombrero nos protegería, yo le creía. Y si decía que encontraría un lugar para nosotros, también, le seguiría hasta el fin del mundo. Ahora era humana, frágil y vulnerable, pero estaba viva, y no estaba sola. Eso era más que suficiente.
Cuando atravesamos el sombrero y volvimos a nuestro mundo no quise quitármelo, y se lo devolví sólo cuando prometió que me haría uno. Sabía que le gustaba verme con sombrero, podía notarlo en sus ojos. La situación no dejaba de resultarme extraña pues en nuestros viajes, salvo cuando me transformé en niña, siempre era yo la que debía protegerle. Y ahora en cambio era a la inversa.
Me sorprendió a mí misma la facilidad con la que el ansia de poder y venganza desaparecieron de mí, demostrándome que realmente el amor cambiaba a una persona. Mi maldición había dejado de perseguirme, y por tanto ya no necesitaba el anillo de Maléfica, que me quité del dedo y lancé lo más lejos que pude, antes de lanzarme a reír y besar a Jefferson de nuevo. Mi nueva vida me esperaba, una que me cambiaría para siempre, u que esperaba no tener que abandonar jamás.
Bueno, antes de seguir mi historia (No, no ha terminado si lo pensabais) Creo que sería conveniente conocer un poco más a nuestra protagonista. Unos detalles básicos sobre ella para ir conociéndola un poco mejor. Y si alguien quiere preguntar algo sobre ella, en la medida de lo posible lo contestaré en mis próximos capítulos. Y ahora Anzu, ¿Estás lista para la entrevista?
Sabes que sí... bueno, tú me creaste. ¿Por donde quieres empezar, Sombra?
En materia de la descripción física, creo que nunca se es lo bastante preciso. He hablado sobre tu físico apenas, haciendo referencia al color de tus ojos... de tu cabello... de tu pálida piel... de...
Sombra, la pregunta, que te descentras...
Sí bueno, no me puedes culpar por ello. Dime Anzu. ¿Qué actriz crees que está a la altura de tu caracterización?
No finjas no saberlo, hace ya tiempo que me escogiste un rostro, y aunque los lectores puedan pensar en otro, tú siempre me verás con ese rostro.
¿Y cuál es?
¿No descansarás hasta que pronuncie su nombre, verdad?
Sabes que no...
Rose, tu adorada Rose Mcgowan, tal como estaba entre el 2001 y el 2006, mientras salía en la serie que no te quitas de la cabeza.
Sí, mi Rose. Y ahora volviendo a ti. ¿Cual es tu lugar de nacimiento?
Nací en Egipto, como bien sabes. Hija de los consejeros del faraón, siendo la hermana menor. Zandramas, mi hermana mayor, siempre se encargó de ayudarme y encubrir mis errores, hasta el más grave de ellos, aunque no pudo evitar que me enviaran al bosque encantado y me maldijeran.
Y a tu hermana. ¿La extrañas?
Casi siempre, a la hora de pensar qué hacer suelo recordarla, me inspira y me recuerda que hay bondad en todos y cada uno de nosotros, incluso en un ser como yo.
¿Que tal te parece el desarrollo de esta historia hasta ahora?
Bueno, me gusta como me tratas, siempre me ha gustado. Aunque haces que me caliente demasiado en ocasiones en las que no toca. Pero admito que Regina te lo pone difícil, te gusta casi tanto como yo. Realmente me resulta rara mi reacción ante lo pasado con Jefferson, y sabes que normalmente prefiero a las mujeres, pero sé que ya tenías planeado este asunto desde el principio, por lo que no me coge de sorpresa.
Muchas gracias Anzu, esto será todo por el momento. Más adelante puede que haga más entrevistas de este estilo a otros personajes propios, porque con las historias siempre hay detalles que se escapan. Y puede que sea un tópico, pero me gusta XD.
