10. Diez años después

Había aceptado ir porque no se animó a decir que no, típico de él. Hacía tiempo que no salía de noche y más aun que no andaba con "Craig y esos chicos", como solían llamarlos en la escuela. Si bien ahora cada uno tenía sus propios asuntos, siempre terminaban todos en el pueblo para pasar las fiestas en familia y, en consecuencia, con los viejos amigos de la primaria.

Aquella tarde Clyde les había preguntado a Tweek y Craig si habían pasado por alguna discoteca gay en Denver y cuando la pareja respondió que no, empezó con que no lo podía creer, que Denver tenía todo tipo de clubes y demás blahblah. Token ya le había advertido que se dejara de joder, pero Clyde siguió hasta que Craig dió un puñetazo sobre la mesa y lo retó a acompañarlos a algún club el fin de semana. En ese mismo momento Butters estaba retirando su cena para llevar y quedó metido en el medio.

—¡De acuerdo! —exclamó Clyde a la defensica—. Pero Butters viene con nosotros también.

Ahora estaba allí, sentado en una mesa tratando de no quedar cegado por las fuertes y titilantes luces multicolores que se movían al ritmo de la música. Craig y Tweek bailaban en la pista y Token se desternillaba de risa con la cara roja como un tomate de Clyde que fue acorralado por una travesti para sacudir el esqueleto. La escena era cálida, le recordaba a los viejos tiempos cuando todos andaban juntos y no había que preocuparse por cosas más allá de la guerra de consolas o entre bandos de superhéroes.

Butters bebió el margarita que había pedido y suspiró. Estaba algo agotado, nadie lo había invitado a bailar salvo Tweek y Craig, pero él insistió en que estaba más cómodo mirándolos. No mentía, hubiese preferido pasar la noche en casa pero decir no todavía era complicado.

—¿Eres tú, Butters? —preguntó una voz entre las risas, gritos y el retumbar de los parlantes donde sonaban los Pet Shop Boys.

Butters se giró sorprendido. La voz le resultaba familiar aunque no sabía de dónde, de la escuela seguramente que no y la universidad menos. Miró entre la gente hasta que reconoció esa maraña de cabellos rubio oscuros y los ojos color miel que miraban a todos lados con la huella de ansiedad que Butters había visto aquellos días en el campamento para "corregir" su bicuriosidad.

—¿Bradley?

—Sí. Butters, qué sorpresa encontrar aquí.

—Lo mismo digo, Bradley. Ahm, ¿quieres sentarte aquí? Mis amigos están en la pista, no creo que vuelvan muy pronto —invitó el chico sonriendo amistosamente.

Bradley dudó unos segundos y luego se acercó a la mesa para sentarse al lado de Butters. Si mal no recordaba, habían pasado diez años desde el campamento y Bradley sí que había crecido: era casi tan alto como Kyle. Butters se alegró al ver que las marcas de mordidas en sus dedos habían desaparecido casi por completo y ya no tenía ojeras, además el hecho de que se hayan encontrado en un club gay significaba que Bradley había aceptado su orientación sexual e incluso estaba dispuesto a frecuentar un club para divertirse.

—¿Vives en Denver ahora, Bradley?

—Trabajo en una tienda de mascotas de por aquí, estoy ahorrando para la estudiar en la universidad, ¿y tú?

—Estudio en la Universidad de Colorado. Cuando mi abuela murió, papá heredó casi todo su dinero y decidió invertirlo en mis estudios. Fue lo mejor que la vieja ha hecho por mí la verdad, así que no lamento que se haya muerto —y no mentía en absoluto.

—Vaya suerte. Yo… bueno, hace años que ya no me hablo con mi familia…

Los ojos de Bradley rehuyeron de la mirada de Butters. En aquel momento no se había dado cuenta del objetivo del campamento, pero luego, cuando se ponía a recordarlo, le causaba escalofríos pensar en los chicos que se habían suicidado —y todos los que siguieron haciéndolo aunque él no los conociera— por no seguir la regla heteronormativa.

Butters se encogió de hombros. Estuvo a punto de decir "Estoy feliz de que no te hayas suicidado" pero le pareció algo fuerte para un encuentro después de diez años. En lugar de eso Butters apoyó una mano sobre el hombro de Bradley y le regaló una sonrisa sincera.

—Si ellos no quieren aceptarte por completo, lo mejor es tomar distancia. Creo que es genial que puedas vivir por tu cuenta.

—¿Te parece?

—¡Claro! Es decir… nos conocimos en ese tonto campamento para que otros nos cambiaran y ahora nos encontramos aquí. Es un avance, ¿no crees? Bueno, yo vine porque me invitaron de imprevisto, pero no es lo mismo que ir obligado a un campamento. —Butters bebió otro trago de margarita, vio que Bradley suspiraba más relajado, bien. —Imagino que… si tú estás aquí…

—Es porque quiero. Sí, en eso tienes razón, aunque… vine solo. Antes venía con mi novio pero no terminamos muy bien. No soy muy bueno con esto de las relaciones a decir verdad.

—Sí, a veces cuesta mantener una relación —comentó mirando a Bradley atentamente, reparando en las cicatrices que asomaban detrás del pañuelo turquesa que envolvía el cuello del chico, probablemente algún intento de suicidio con algo filoso, lo mismo en las muñecas donde varias pulseras coloridas cubrían las huellas de un acto desesperado.

Bradley… en el campamento le había dicho que le gustaba aunque Butters no había entendido exactamente a qué se refería. ¿Lo había lastimado en aquel entonces sin darse cuenta?, ¿habría estado en los pensamientos previos a los intentos de suicidio de Bradley? Esta última idea le causó un fuerte escalofrío y sus ojos comenzaron a arder.

—¿Butters?

—¿S-si?

—Me alegra haberte encontrado aquí.

Lo decía como si se estuviera despidiendo.

—Bradley…

—¿Sí? —respondió mientras se levantaba dispuesto a abandonar la mesa.

—¿Quieres bailar?

Bradley abrió los ojos algo sorprendido, miró alrededor como si tuviera que asegurarse de que Butters no le estaba tomando el pelo, después sonrió mientras sus mejillas se sonrojaban apenas.

—Claro.