Alzo el ramo de rosas azules con una mano, la medalla de oro, con la otra; mi mejor sonrisa de un millón de dólares tatuada en mi rostro mientras la multitud se deshace en aplausos y proclaman mi nombre, el nombre del campeón.

Pero no cualquier campeón.

Acabo de hacerme con mi quinta medalla de oro consecutiva en nada más y nada menos que en el Grand Prix Final.

Acabo de dejar aún más en alto mi nombre y el apodo con el que me bautizaron años atrás.

Viktor Nikiforov, la leyenda viviente.

Pronto me encuentro posando para las fotos de rigor junto a mis compañeros de podio, segundo y tercer lugar respectivamente.

Y, con igual de prontitud, me veo en la rueda de prensa, riendo de lo más animado y bromeando con Christophe, mi mejor amigo, quien obtuvo el tercer lugar y se llevó el bronce.

Todo pasa como un borrón y ya estoy en el hotel, dejándome caer sobre la blanda superficie del colchón de la amplia cama tras haber tomado un largo baño de agua caliente.

No más luces, no más preguntas, no más glamour.

Solo una persona en la oscuridad, y nada más.

Nada más.