Nació la luna y como un misterio siempre se quedó. Nadie entendió que era o quien era, pero, había cierta influencia de esta en el mar, que, con inhóspita ternura creaban oleajes dulces y suaves, la marea se había vuelto más tierna que nunca. Y Koujaku, la deidad del viento, ahora experimentaba un sentimiento amargo, era culpa, y tan era extraña aquella sensación que punzaba en su pecho, resultaba desconcertante. ¿Por qué no sentía dicha? ¿Por qué no sentía gozo? ¿Por qué no podía saborear la victoria como alguna vez pudo? Tantas incógnitas. Por su parte los demonios yokai estaban más que complacidos, cada lagrima de la deidad del mar representaba la mayor delicia en las victorias que jamás habían probado, tan tierno el veneno que les empalagaba al instante, era una complacencia absoluta.
Virus observó cierta anomalía en su magnífica prisión… había una cara de esta que no brillaba, y esa cara pronto tomó nombre e identidad, se hizo a sí mismo llamar "Sei" y era completamente ignorante de su otra parte, él tampoco sabía nada sobre Clear, la deidad de la luz que incompleta dormía en el silencio de la eternidad. Cuando la luna ocultaba su brillo ante todos, Sei aparecía y vagaba por la tierra, siempre curioso de cuanto veía… el mar, le gustaba, pero no comprendía porque se volvía tan callado cuando la luz no le bañaba.
Noiz, por su parte, destrozado, se dio por vencido después de cierto tiempo, jamás fue capaz de volver a ver a esa criatura que con tanto fervor amó, nunca volvió a escuchar la voz del dueños de sus sueños, el señor de sus suspiros, su corazón había desaparecido junto con Clear, pero no volvió a ser cruel y a odiar a la humanidad, simplemente estaba hueco y ese hueco era la peor tortura, dolorosa y agonizante, y sin más la deidad del mar se volvió melancólica y callada, solo observaba con ojos gélidos todo aquello que había y habría. ¿Por qué no volvió a ser como antes? ¿Por qué ya no encontraba goce en la guerra? ¿Por qué no se volvió cruel? La razón era, que, aunque Clear había desaparecido se su vista, no lo hizo de sus memorias, y cada vez que sentía recelo o ira contra el mundo o los humanos, lo recordaba a él, recordaba su amor hacia la creación, su espíritu puro y sus hermosas canciones tan auténticas como la marea febril en las mañas de primavera. Entonces, se echaba a llorar, su amor no desaparecía y eso fue la cadena de un dulce sufrimiento eterno, jamás lo olvidaría por más tormentosos que resultara.
Koujaku, amargado, guardó silencio sepulcral, sabía bien que podía cambiarlo todo, podía liberar a Clear o decirle a alguien más donde estaba, podía deshacer su pacto con los demonios, podía hacer algo… pero, los celos, la ira, y la tristeza que se mesclaron con su catastrófica confusión, le impidió hacer algo, no quería, debía reconocerlo, una parte suya clamaba altanera que, si Noiz no era suyo, no sería de nadie, prefería sus lágrimas y sufrimiento a que gozara junto a otro.
No obstante, todo salió a la luz.
Aun no se sabe cómo, pero, Mink llegó a enterarse del trato que Koujaku había hecho con los demonios, solo eso, no tenía idea de donde estaba Clear o que hacer para remediarlo, y no podía perdonar a Koujaku, su conducta no era la de una deidad, él no merecía vivir junto con los demás dioses, además era imperdonable todo el dolor y daño que le había causado a Noiz. Las cosas deberían ser tomadas con justicia.
Se dictó que Koujaku, sería desterrado y sería condenado a vivir por la eternidad en el mundo humano, él jamás moriría y vagaría solo por siempre.
—Pero, puedes remediar tu error, Koujaku, si encuentras al amor verdadero y reparas lo que has hecho, entonces podrás volver —había dicho Mink.
Noiz, jamás volvió a ver a Koujaku al rostro.
Koujaku consideró imposible aquello, no quería reparar su error y además… su único amor estaba ahí, el mundo de los humanos jamás podría ofrecerle algo que amar, eso es lo que pensó.
—Hemos venido por lo acordado, Koujaku —dijo Virus, sonriendo.
—¿Qué recuerdo será? —inquirió la deidad.
Y sin más, Virus y Trip arrancaron el recuerdo más importante de Koujaku: el recuerdo de que alguna vez él fue la deidad del viento.
….
—¡General Koujaku! —gritó una voz, era un hombre vestido como guerrero.
—¿Qué sucede? ¿Alguna noticia del fuerte?
—Sí, dicen que el ejército de los líderes de la dinastía Seragaki se aproximan. Y su emperador está liderando sus tropas.
—Hm, esto es interesante.
Koujaku, olvidó que él había sido un dios y al pasar del tiempo comenzó a creer que era humano, nunca envejecía y jamás moría sin importar cuantas heridas le provocaran. Muchos, al verlo pelear y con semejantes cualidades le consideraron un hijo de dioses y lo adoptaron rápidamente. Al pasar del tiempo, Koujaku comprendió que él jamás moriría sin importar que, pensó esa sería alguna especie de maldición que los dioses habían echado desde su cuna, pensamiento que no estaba tan equivocado, pero seguía sin ser la realidad de su problema. Y con más tiempo comenzó a vagar, a veces ayudaba a los ejércitos que necesitaban ayuda y que habían atraído su atención, se ganó una fama increíble. Cuando obtuvo suficiente dinero se asentó y construyó su propio hogar, aburrido a veces al no tener nada que hacer iba y disfrutaba de los placeres de la vida, hasta que de nuevo le pedían pelear o liderar un ejército. Su ego creció al igual que su pérdida de memoria. Muchas veces se preguntó acerca de sí mismo, ¿por qué no recordaba nada? ¿Quiénes eran sus padres? ¿Tendría hermanos o familiares? No lo supo jamás.
En esta ocasión, un grupo de rebeldes que buscaban destruir el imperio para poder colonizar y así invadir y explotar las tierras, habían contactado a Koujaku, y para que él aceptara le hablaron sobre su oponente. El gran emperador, se decía que era un genio en la pelea pero que era alguien muy blando que no estaba interesado en comercio y riquezas, principalmente el único obstáculo en su empresa y lo más impresionante de este, era su monstruosa suerte, como si los dioses lo favorecieran siempre. Koujaku, orgulloso, aceptó con la idea de vencer al gran emperador.
En aquellos momentos, para que el lector pueda tener una idea, se encontraban en la época donde había samuráis, emperadores, costumbres y tradiciones, era una época clásica y muy importante donde la guerra era un arte absoluto.
Koujaku terminó de ajustarse su armadura, aunque no le interesaba ya que sabía no moriría, era por mera formalidad, además, siendo él quien dirigía a todos debía portar el uniforme adecuado. Observó los mapas una vez más, y una vez que tuvo la seguridad de que cada pieza estaba en su lugar, entonces comenzó su ataque.
Subió a su caballo, desenvainó su katana y dio la señal para que comenzara el movimiento.
—Veamos que tiene para ofrecer el emperador.
La sonrisa altanera y segura de Koujaku fue borrándose gradualmente, ¿era broma acaso? En todos sus años de pelear jamás había observador algo tan insólito. El ejército del emperador resistía con perfección clásica, el número no disminuía ni un poco y su fuerza era similar a las grandes montañas del oeste, que, pese a todo desastre lucían como si nada les hiciera meya. Increíble e inhóspito. ¿Cómo podía…? Koujaku sabía todo tipo de estrategias, ataques y contra-ataques, lo sabía todo, lo había visto todo a lo largo de su vida ¿usaría mágica acaso? No lo sabía, pero comprendía porque se decía que los dioses favorecían al emperador, este parecía invencible, perfecto en su hacer y atacar. Koujaku jamás había observado una estrategia tan pulcra, un actuar tan seguro y pasos tan firmes, era arte puro, sin embargo no tiraría la toalla, no cedería la victoria.
Cuando la batalla alcanzó un estado crítico y alcanzó el punto del clímax, el emperador apareció. En su mano izquierda un estandarte de su reino, en la derecha su espada, firmemente sujeta. Su mirada inmutable y su aire sereno. Era una criatura celestial, tenía brillo fulgurante, y con una fuerza tan imponente, que incluso Koujaku podía jurar, había sentido un terremoto bajo sus pies. Le miraba atónito, no podía despegar sus ojos de él, ¿Qué era esa sensación? ¿Podría poner en palabras el fuego que sintió en su pecho? No tenía palabras, no existían, aunque algo podía asegurar: tenía que vencerlo.
Un ligero golpe a su caballo y ya estaba en marcha, el galope del caballo era salvaje y veloz, poco a poco se iba acercando aún más al emperador, este no se movió, no huyó. Muchos comenzaron a cruzarse en el camino de Koujaku pero, nadie le hacía nada, ni el mínimo rasguño. Koujaku notó que el emperador curvó sus labios, en una sonrisa, sus belfos eran hermosos, daban un aire de superioridad y de peligro. Le tiraría de una solo golpe, lo mataría, terminaría de una vez con todo el asunto y se iría para aburrirse de nuevo con su vida sin fin.
Sin embargo el emperador no era tonto y más veloz que un huracán y más fuerte que un maremoto, con su espada detuvo el golpe de Koujaku y con el estandarte le golpeó tan fuerte que este terminó volando fuera de su caballo. Se golpeó tan fuerte con una roca que perdió su conciencia al instante. Escuchó algunos gritos y luego algunos murmullos, hasta que el silencio y el sueño se apoderaron de él, le daba igual, sabía jamás morirá, y aun así fue agradable…
—¿Estas bien? —Koujaku sintió, luego de mucho rato, unas manos cándidas y cálidas que sostenían su rostro. Estaba recostado sobre el regazo de alguien. Cuando abrió sus ocelos chocó contra unos dorados, tan hermosos y llenos de ternura como jamás había visto en su vida. Las manos se deslizaron sobre su frente y luego sobre su cabeza. La imagen se hizo clara, y ahí, frente suyo, se encontraba el emperador que, hace no tanto, le había tomado por sorpresa. Sintió algo en sus manos, eran grilletes, seguro le habían hecho prisionero. Observó su alrededor, estaba en una habitación hermosa y muy arreglada, no eran mazmorras o alguna presión lúgubre como imaginó.
—¿Quién eres tú?
—Mi nombre es Aoba Seragaki, el emperador de la cuarta dinastía.
Koujaku, jamás podría expresar con palabras lo que sintió la primera vez que escuchó ese nombre.
¿Qué podría resultar….?
—Se han encontrado, mi hijo preferido… y ese demonio… —comentó Mink, desde su lecho mientras en sus manos sostenía una lira. Estaba en el bosque, rodeado de ninfas, faunos y todo tipo de criaturas. Podía ver en el rio, cual espejo, lo que sucedía.
—Tienes que dejarlos vivir, Mink, el destino aún tiene mucho por ofrecer —respondió un joven, son aire sereno y muy serio, pero suave y calmado. Tenía cabellos de color rosa y una piel morena preciosa, él era la deidad de la belleza misma y el segundo hijo de Mink.
—Lo sé, Tori, con eso no he de intervenir.
Todo dependería con que mano se escribiría la siguiente página de sus vidas.
