Capítulo 4

Sentado en la terraza de su mansión de lujo en Chicago, William Albert Andrew dejó la taza de café sobre la mesa cubierta con un mantel blanco, en donde lo esperaba un desayuno abundante. Abrió el periódico de la mañana con un chasquido y luego comenzó a pasar las páginas. Finalmente se detuvo en una en particular, y una sonrisa de satisfacción se mostró en sus labios. Esta vez no era el mercado de valores lo que le interesaba, sino un artículo sobre un joven actor que le era muy conocido del pasado. El encabezado del artículo decía en letras grandes: "TERRENCE GRAHAM ENAMORADO", seguido de una fotografía de Terry, tomada recientemente. La cara de desconcierto que tenía no le dejaba ninguna duda sobre la verdad de la revelación del reportero entrometido. Albert estaba eufórico y deseaba leer la historia que detallaba el evento:

"Señoras y señoritas, deben sacar sus velos y pañuelos de luto, el joven actor, estrella de Broadway, el que causa desmayos en cientos de admiradoras, en cada una de sus apariciones, Terrence Graham, está ¡ENAMORADO! Ayer, al final del día, en el muell 88 del terminal del ferry en Manhattan, en donde los periodistas de nuestro periódico seguían los movimientos de la condesa rusa Anastasia Pavlovich, el comportamiento inusual de una persona, cuyo rostro nos era familiar, atrapó nuestra atención. Pronto nos dimos cuenta de que era este famoso actor, esta persona que corría detrás del buque Le France, y que se esforzaba en enviar señales desesperadas a una joven desconocida, que hacía parte de los pasajeros del barco. Ante nuestros ojos, asistimos a un despliegue de lágrimas y risas, una transformación a la que no estábamos acostumbrados y lo podemos atestiguar. "El actor del triste rostro" ¡Es capaz de tener sentimientos! Parecía tan feliz que ni siquiera trató de lanzar nuestra cámara al agua. Tratamos de hacerle algunas preguntas pero nos eludió con una sonrisa elocuente y luego partió del muelle con un paso alegre.

Nosotros, por supuesto, quisimos saber la identidad de esta joven "Candy", ya que él gritó varias veces ese nombre. Sospechamos que era la misma persona que había mencionado hace unas semanas, durante su visita al Nightingale-Bradford College, visita que se convirtió en un escándalo y dio lugar a la repentina partida del joven actor. (Lea nuestro artículo...) Después de consultar con la oficina naviera, no encontramos a ninguna persona llamada Candy, pero sí a cierta Candice White Andrew, heredera de una familia rica de Chicago. Contactamos a un miembro de su familia que vive en Nueva York, su prima Elisa Legrand, esposa del millonario comerciante de armas Auguste Withmore. Ella parece tener una opinión muy controversial de su pariente:

"La señorita Andrew es una caza fortunas! Ella impresionó a Graham mientras estudiaba en Inglaterra, y después se entusiasmó con mi hermano Neal, que por suerte tuvo el buen sentido de cancelar su compromiso antes de que fuera demasiado tarde. Es una manipuladora que ha conseguido ganar el favor de nuestro gran tío William, quien la adoptó. Lamento que Terrence Graham haya caído en la trampa amorosa tendida por ella. Él se arrepentirá amargamente. Ella siembra miseria donde quiera que va. También fue la causante de la muerte de mi joven primo, Anthony Brown y su... "

¡Era demasiado! Albert, enfurecido, tiró el periódico a un lado. ¡Elisa se las tendría que ver con él! Esta chica era realmente una peste, ¡Una fuente inagotable de maldad! Ella no podía evitar el derramar su odio contra Candy, ¡Y mentía vergonzosamente! Siempre había tenido una mala opinión de ella, pero tenía que admitir que ahora no sentía desprecio por ella, pero sí una aversión real, una aversión a todo lo que ella representaba: su mediocridad de espíritu, su cobardía, su vanidad, todo lo que su alma perversa mantenía de manera narcisista, como para dejar un rastro maloliente que le repugnaba y le daba vergüenza. Vergüenza sobre todo por no haber tenido pulso para poner fin a sus fechorías. Él que siempre había tratado de mantener el equilibrio dentro de la familia, se dio cuenta, quizás un poco tarde, de la naturaleza irreparable de su prima. Él le había dado en repetidas ocasiones una oportunidad, pero con lo que acababa de leer en esta entrevista del periódico, había sellado su destino.

Se le quitó el apetito, por lo que abandonó su desayuno y salió para su despacho con el firme propósito de llamar a su demasiado entusiasta joven prima. Era el momento de hacerla entender que tenía que dejar en paz a Candy, para no tener que sufrir su ira. Incluso estaba dispuesto a un castigo final: ¡Su exclusión definitiva de la familia! La tía abuela podría tener un colapso por el enojo, pero le buscaría solución. Candy no merecía este tipo de tratamiento. Legrand y los otros debían resolverlo o renunciar a sus privilegios. ¡Su decisión era definitiva!

Debería haber esperado una reacción violenta de Elisa, quien siempre había tenido una atracción hacia Terry. Seguro se había asfixiado de celos cuando le habían enseñado el reencuentro de los dos enamorados, que había tratado de separar a toda costa en el San Pablo. Lamentó que el honor de Candy estuviera manchado por una persona tan mala y se culpó por su falta de vigilancia. Con la ayuda de Annie y Patty, se habían tomado tantas molestias para preparar de la mejor manera esta reunión, que habían ignorado por completo a la venenosa Elisa. Y Ciertamente, ¡No estaría lista para darle la explicación que él estaba ansioso por obtener de ella!

A pesar de esto, estaba muy satisfecho con lo que había logrado, y gracias a la colaboración de muchas personas. El resultado había sido digno de una organización de servicios secretos:

Primero que todo Annie, quien le había dado consejos muy útiles. Después Patty, quien a pesar de su excesiva timidez, se propuso afrontar a Terry y hacerlo tambalear. Después el chofer irlandés Douglas, de quien conocía su lealtad. Sin darle detalles sobre su misión, que seguro le parecería incongruente, sabía que tendría que llevarla a cabo. El éxito del plan dependía mucho de él. Había cumplido su tarea a la perfección y Candy no sospechaba nada. Este recorrido en detalle por Nueva York había sido planeado para que ella despertara esos sentimientos que tenía enterrados y le causara una gran impresión. Lo que había terminado de manera muy satisfactoria.

Y todo esto no hubiera sido posible sin la ayuda de una última persona: La señorita Denise, el ama de llaves de Terry. Albert sabía por sus informantes, que ella estaba muy apegada a su jefe y estaba desesperada por verlo tan infeliz. Así que fue a su encuentro una mañana, mientras ella iba de compras. Hizo que se la presentaran y la invitó a tomar una taza de café en el restaurante italiano contiguo al edificio de Terry, exponiéndole la situación:

− En unos pocos días, en la tarde, una señorita joven, rubia y bella vendrá a usted. Su nombre es Candice White Andrew. Si quiere ver feliz a Mr. Graham, sería aconsejable ser muy amable con ella. Es esencial una hábil organización, para hacerle saber dónde vive. Pero, sobre todo, asegurarse de que él no esté presente. ¿Cree que será posible que él no esté en su apartamento?

− El señor Graham está asistiendo a los ensayos y llega normalmente tarde. No será un problema.

- ¡Eso es perfecto! Esta joven debe tomar el barco para Europa ese día y Ter... bueno, el Sr. Graham, debe creer que su visita fue debida al azar, para evitar que sospeche algo. Y entonces hay que dejarlo actuar. Quiero que luche por reconquistarla y estoy seguro de que eso es lo que hará.

El ama de llaves, incrédula, había examinado a su interlocutor, buscándole alguna falta para rechazar el proyecto. Pero la franca mirada benévola de Albert la había tranquilizado.

− Señor, he visto con impotencia el calvario de este joven durante años. Si me promete que es la felicidad lo que le ofrece, haré todo lo que esté en mis manos para que todo esto suceda.

− No necesito prometerlo, querida señorita. ¡Estoy seguro! Estas dos personas se aman profundamente. ¡Nacieron para vivir juntos y es hora de que lo entiendan!

Ellos siguieron discutiendo por un largo rato los detalles del plan, hasta que se despidieron, deseándose buena suerte. Albert estaba convencido de que la suerte nada tenía que ver con esto, él creía que era necesario forzar al destino. ¡Los resultados obtenidos habían sobrepasado todas sus expectativas! El sabía que Candy no se resistiría jamás a la tentación de acercarse al apartamento, y que eso la removería internamente. En cuanto a Terry, había imaginado que seguramente al volver al apartamento por la noche, descubriría que Candy había estado allí de visita, pero nunca se le ocurrió que tendría tiempo para encontrarla en el puerto. ¡Y se regocijó por esto! El contacto entre sus dos protegidos se había reanudado, sólo faltaba que se encaminaran uno hacia el otro. Ellos no lo necesitaban para eso. Supuso que ahora harían cualquier cosa para reunirse.

Suspiró de alegría cuando abrió la puerta de su oficina. Georges, con una sonrisa de complicidad en sus labios se puso a un lado del escritorio, con el teléfono en la mano.

− Una llamada para usted, señor. Es el señor Terrence Graham…

Douglas O´Loughlin dejó precipitadamente el apartamento de su novia. Había tenido una mala noche. Los eventos del día anterior habían perturbado su sueño, y finalmente se había dormido al amanecer. Marta quien solía dormir profundamente no se había despertado, y el ruido de la calle se manifestaba vivamente bajo su ventana, cuando finalmente abrió los ojos. Dándose cuenta de la hora avanzada de la mañana, había saltado de la cama, tan rápido como un relámpago, se había aseado rápidamente, y de la misma forma se había vestido, y había partido como una flecha, no sin antes besar los deliciosos labios de su amada, acostada en la cama.

Al llegar a la calle, corrió a su coche con la esperanza de que en la oficina no se enojarían por su tardanza. En ausencia de Albert, le correspondía ser el conductor de algunos altos directivos de la empresa, desafortunadamente, menos tolerantes que el jefe principal. Cruzó la ciudad a gran velocidad, casi a punto de sufrir varia veces un accidente, hasta que finalmente se detuvo en la zona de Wall Street, frente al edificio que albergaba las oficinas de Andrew Cornwell y Brown Corporation. Subió las escaleras de cuatro en cuatro y se dirigió inmediatamente a la oficina de la secretaria que dirigía su agenda.

− Buenos Días Maggie, lamento el atraso – dijo sin casi poder respirar − ¿Qué misión tienes para mí esta mañana?

Absorta por la lectura del periódico, la joven con cabellos castaños, ondulados, no le respondió.

− ¿Maggie?

La secretaria finalmente levantó la cabeza, y con un pañuelo secó la gran lágrima que caía bajo sus lentes.

− Pero ¿qué te ocurre Maggie? – preguntó el chofer, inquieto por la tristeza de su colega de trabajo.

Por toda respuesta, ella lloró mucho más fuerte y se dirigió al baño. Desconcertado, se inclinó sobre la mesa, tomó el periódico y buscó el artículo que preocupaba tan profundamente a la pobre Maggie. Al leer el título, dejó escapar un suspiro de alivio.

− ¡Él la ha encontrado señorita! – se dijo, y un calor reconfortante le envolvió el corazón.

Estaba tan preocupado por su bonita pasajera del día anterior, que esta noticia lo llenó de alegría. Con dificultad para controlar su euforia, no pudo contener una sonrisa beatífica que, desgraciadamente, se encontró con el rostro lloroso de la secretaria que había regresado. Al darse cuenta de su satisfacción, ella gimió otra vez y volvió a su escondite. Douglas Permaneció durante varios segundos sorprendido y a continuación se instaló cómodamente en una de las sillas que estaba al frente del escritorio de trabajo, y esperó pacientemente a que la tormenta pasara. La lectura de un cierto artículo le permitiría pasar el tiempo, además del sentimiento de satisfacción por su labor cumplida, lo que le permitió sumergirse en él con deleite…

Terry echaba humo por la rabia. La información obtenida de la compañía naviera, le indicaba que el próximo barco para Europa solo saldría en dos días más, y esto le lastimaba. Había dejado a Candy en el puerto el día anterior y la idea de perder un solo día más para encontrarla era insoportable. Todo lo que sabía, y que aún tenía que resolver era obvio: ella le llevaba la delantera, y de él dependía tratar de acortar la distancia entre ellos.

Esa misma mañana había contactado a Albert, y le había suplicado que le dijera a dónde se dirigía Candy. Él generosamente le había dado un gran saludo de bienvenida, pero también fue muy rápido en advertirle: encontrar a Candy no le sería fácil, y no tenía la intención de facilitarle esa labor.

− Tienes que comprender Terry que Candy ha sufrido mucho, así que no quiero arriesgarla a una nueva desilusión. Vas a tener que luchar por tenerla de vuelta. Ella es como una joya: preciosa y delicada, un tesoro que debe ser ganado. Sólo te voy a dar un nombre: Venecia. Si realmente la amas, la encontrarás. Pero por sobre todo... ¡No me decepciones!...

Sorprendido, el joven hombre murmuró algunas palabras de agradecimiento. Le sobrevino un extraño sentimiento de angustia y de cólera. De angustia porque se sentía perdido sin tener más información sobre el destino de Candy, y de cólera porque debía demostrar la sinceridad de sus sentimientos. ¿Cómo podía Albert dudar de su buena fe tan fácilmente, sabiendo que en su vida solo había desespero y desolación después de su separación? ¿Cómo podía dejarlo ir en una aventura así, llevando solo como equipaje el nombre la ciudad en donde nunca había estado? Venecia, la ciudad de los enamorados… Un destino bien extraño que le hacía presagiar una feliz conclusión: ¡Su reencuentro! Él no tenía ninguna duda al respecto y le probaría a Albert qué era capaz de hacer, incluso si tenía que pasarse la vida buscándola.

Pero, por ahora, a pesar de toda la convicción que pudiera demostrar, la difícil situación en que estaba complicaba su buena voluntad. Apoyado en la baranda de la terraza, observó con desapego el río Hudson fluyendo a la distancia, desembocando en la bahía de Manhattan. Escuchó la sirena de un barco de carga y enseguida una brillante idea cruzó por su mente. Si un barco crucero no salía hoy para Europa, ¡Sin duda uno de carga sí! Y sería necesario convencer a la tripulación para que lo dejaran ir a bordo... Pero él tenía músculos bajo su esbelta figura. Y también sabía maldecir, al punto de hacer ruborizar a un coro de monjas, podía fumar como una chimenea y beber como un pez si era necesario. En un dos por tres preparó su equipaje, y después le escribió una carta a su madre, quien estaba de gira por el país, y otra a Robert Hathaway, director de la compañía de teatro, para explicar el por qué de su precipitada partida. Esperaba que no le guardara rencor por abandonarlo en plena preparación de su próximo espectáculo, y que lo dejaría volver al grupo, pero estaba dispuesto a correr ese riesgo. Todo se había vuelto ridículo después de haber visto a Candy, y si eso significaba renunciar a su propia carrera, estaba dispuesto, ¡Siempre que pudiera recobrar muy pronto a su amada!

Al momento de partir, le entregó las cartas a su ama de llaves, quien le insistía en que llevara una bolsa de papel que contenía algo para comer que le había preparado.

− Debe guardar fuerzas para encontrarla, señor – le dijo con una voz temblorosa, mientras le empacaba el paquete.

− Gracias Denise. Eres un ángel – Le dijo Terry, tan emocionado como ella.

Él le tendió una mano que ella agarró con timidez. Pero cuando estaba a punto de pasar el umbral de la puerta, ella lo atrajo hacia ella y lo apretó con fuerza contra su corazón, como lo hubiera hecho con su propio hijo y finalmente se apartó, con los ojos llenos de lágrimas.

− Cuídese señor. Rezaré para que tenga un viaje seguro y para que se reúna con ella muy pronto. ¡Buena suerte!

Emocionado, Terry le dio las gracias por última vez y desapareció en el ascensor. Se apoyó contra la pared y cerró los ojos, suspirando. Iba hacia lo desconocido, no sabía muy bien cómo le iría, pero estaba contento de seguir el camino que lo llevaría a Candy, deshaciéndose de las cadenas que se lo impedían. Cuanto ansiaba que llegara ese día que los reuniría. No había dormido en toda la noche y sabía de antemano que iba a tener un sueño ligero, todo el tiempo. La felicidad estaba finalmente a su alcance y tenía la intención de disfrutar de cada momento.

Llegando a la calle, tomó un taxi que lo conduciría al puerto de los barcos de carga. Después con todo el coraje del que contaba, y tomando una bocanada de aire, caminó por el muelle, con su corazón lleno de esperanza.

Un marinero sentado en una de las zonas del puerto, terminó de fumar su cigarrillo.

− Debería ir a la parte de atrás − murmuró el hombre escupiendo un pedazo de hoja de tabaco − Allí es donde se comercializan ese tipo de transacciones. Si usted tiene dinero, encontrará a alguien que no tenga ningún problema.

El lugar estaba lleno de humo. Muchas personas estaban frente a las mesas, ocupados en beber una cerveza, leer un periódico o jugar a las cartas. Miraron hacia arriba cuando el joven actor entró y resonaron algunas risas. A pesar de que había tenido la precaución de vestir de la manera más simple posible, realmente no tenía el aspecto de un marinero. No tenía la piel bronceada por el sol y el mar, o las manos callosas por haber sostenido las cuerdas o las uñas ennegrecidas por la suciedad. Sintiéndose algo incómodo se dirigió hacia la barra y le explicó la situación al barman. Sin dejar de limpiar sus gafas, éste le hizo señas con una inclinación de cabeza, apuntando hacia una mesa con cuatro personas de cara sombría, que jugaban una pieza de poker. Terry con aprehensión se acercó a ellos.

− Discúlpenme…

- ¿No puede ver que nos molesta, hombre? - gruñó uno de los jugadores con las cejas arqueadas, mientras proseguía con su juego. Los otros que estaban alrededor de la mesa siguieron jugando, como si nada hubiera sucedido y lo ignoraron. No fue una buena bienvenida, pero Terry no se desanimó.

− ¡Me gustaría insistir! – dijo con un tono más firme. Obviamente lo estaban probando y tenía toda la intención de hacerlos entender que no se trataba de un snob, que quería lucirse en el muelle. De todas maneras, si se trataba de alardear, él era un experto. No había practicado durante mucho tiempo, pero no le importaría una buena pelea, que le recordara los viejos tiempos.

− ¡Creo que no me he hecho entender! – Dijo el marino enojado, dejando sus cartas sobre la mesa de juego. Se levantó mostrándole su corpulento cuerpo, que sobrepasaba por una cabeza al joven actor, quien no se perturbó. ¡Su amor para Candy le daba valor de sobra!

− ¡Le comprendo perfectamente!, ¡Por el contrario! Si usted quiere tener una discusión afuera, ¡Yo estoy dispuesto!

− No hay necesidad de salir afuera, ¡idiota! - Gritó el coloso, lanzándole un golpe que lo hizo tambalear unos pocos metros hacia atrás, golpeando una mesa en su camino.

Con orgullo puso sus puños en las caderas, mirándolo mientras agitaba su cuerpo grasoso, con una risa chirriante que mostraba el mal estado de sus pulmones obstruidos. Atontado, sacudiendo la cabeza para recuperar sus sentidos, Terry se levantó y comenzó con dificultad a tomar una posición de lucha. Pero rápidamente se dio cuenta de que había sobreestimado un poco su capacidad. A pesar de todo su valor, al parecer el superar esta montaña de músculos parecía improbable. Con un golpe, ya había quedado medio aturdido, el siguiente podría ser fatal. ¡Tendría que enfrentar su destino con garbo! Muchos de sus antepasados murieron en la acción, no iba a faltar a la costumbre. Con los puños hacia delante y las piernas separadas, se enfrentó a su gigantesco oponente, quien estaba peligrosamente acercándose a él, gruñendo como un animal salvaje.

− Ese gancho no fue suficiente, diría yo − exclamó, levantando su mano amenazante, ancha como la de un boxeador.

Casi estaba cayendo sobre él cuando una voz desde el fondo de la sala, lo interrumpió en seco.

− Si yo fuera tú, Youri, ¡Me detendría de inmediato!

− ¡Eh! ¿Qué? – deteniéndose el gigante buscó en todas direcciones al inoportuno indeseado. Finalmente lo encontró, oculto en la oscuridad, sentado en una silla con el respaldo apoyado contra la pared, y su sombrero ocultándole el rostro. − ¿Por qué te entrometes? − Rugió arrastrando sus grandes pies de ogro hacia él.

El temerario e inconsciente personaje no se veía impresionado, levantó la visera de la gorra con el dedo índice y continuó:

− Sólo te estoy diciendo, bruto sin cerebro, que si quieres ser maldecido por el resto de tu vida por aquella cuyas fotos cubren tu cabina, ¡Te lo ruego!, ¡Sigue golpeando a su hijo!

Con estas palabras, su puño cayó tan rápidamente como se había levantado. Se dirigió a Terry, desconcertado. E joven actor por instinto de supervivencia, se retiró inmediatamente. El boxeador se quedó estático durante unos segundos, observando con su gran y ebria nariz la que tenía en frente, que estéticamente era perfecta.

− ¿Lo que dice mi amigo de allí es verdad? ¿Usted es el hijo de Eleanor Baker?

− Eh... En efecto señor, soy su hijo − Se oyó balbucear a Terry mientras se preguntaba si no había caído en un manicomio.

Por el rabillo del ojo, trató de distinguir al rostro del hombre de la gorra, pero no lo podía ver bien. Fue entonces que el húngaro le asestó una fuerte palmada en la espalda que lo hizo recorrer tres metros de distancia.

- ¡Jajaja! ¡Mi palabra! ¡El hijo de Eleanor Baker! ¡Es increíble!

La cara del hombre musculoso estaba iluminada con una amplia sonrisa, que se veía a través de la gran cicatriz en su ojo derecho. Su voz se hizo más suave.

− ¿No podrías haberlo dicho al llegar?

− ¿Decir qué? − Dijo Terry, doblado en dos, con las manos en los muslos, tratando de recuperar el aliento − "Hola, soy el hijo de Eleonor Baker!". ¿Cree usted que esa es la forma con la generalmente me presento?

Ese mastodonte no estaba escuchando. Le obsesionaba un pensamiento: Eleanor Baker, la actriz más popular de América, que había hecho volcar su corazón tan pronto como sus ojos se habían posado en uno de sus carteles, hace muchos años.

− ¡Si supieras! − Dijo, tomando la mano de Terry y sacudiéndolo fuertemente, casi dislocando su hombro. Lo apretó con tanta fuerza que el joven no pudo reprimir un grito − ¡Soy un gran admirador de tu madre! ¡Incluso fui a ver una de sus obras a Broadway!

Terry estaba petrificado de asombro. Cinco minutos antes, el salvaje se había precipitado sobre él, decidido a hacerlo pedazos, y ahora estaba de pie delante de él, tan dócil como un cordero, tratándolo de tú con arrullos y moviendo sus pestañas.

− ¿Crees que podrías conseguirme un autógrafo de tu madre, señor Baker? − Le preguntó suplicante.

− B... Por supuesto... Tan pronto como la vuelva a ver... − Terry tartamudeó, todavía sin comprender plenamente su cambio de actitud.

Lo sorprendió mucho más el ser llamado por el apellido de su madre. Él había elegido el apellido Graham para no alertar sobre la filiación con sus padres, por lo que lo encontraba cómico. Pero no quiso correr el riesgo de contradecirlo.

− ¡Oh, gracias, gracias! − Exclamó el gigantón, sacudiendo a su nuevo amigo contra él, saltando hacia arriba, haciendo crujir el piso y los muebles. A continuación, extendió su amplio brazo poniéndolo alrededor del joven hombre y lo invitó a sentarse a su mesa.

− Espero que no lo tomes en contra de mí por haberte tomado del pelo – le dijo, riendo de vergüenza, mientras le hacía un gesto al camarero para que le llevara cervezas − mi sentido del humor húngaro a veces se malinterpreta.

− Ciertamente, el humor húngaro no me es muy familiar... - Terry respondió, horrorizado.

¡Tomándolo del pelo!... Casi le había aplastado el cráneo, ¿y se atrevía a llamarlo una burla?

− ¡Entonces tomemos una bebida por la paz, señor Baker! –gritó Youri levantando hacia él el vaso lleno de cerveza.

Terry dudó por un instante, pero finalmente aceptó la invitación. Los dos hombres unieron sus vasos, acompañados por los que estaban en la mesa. La sala de juegos se recuperó del pesado silencio en el que había caído durante la pelea. Terry tomó unos sorbos, con una sonrisa nerviosa. Una cosa empañaba el ambiente: la identidad del hombre de la gorra.

Sin aguantarse más, se disculpó con Youri y sus amigos, se levantó y se acercó al extraño personaje, que permanecía en el fondo del salón. Llegó delante de él, lo observó por unos segundos, en busca de la más mínima pista que le permitiera identificarlo. Parecía joven, de estatura mediana, pero aún así era un total desconocido para él, pero que parecía saber mucho sobre su vida. Molesto, le preguntó:

− Usted parece conocerme muy bien señor. ¿Puedo conocer su identidad?

− ¡Jajajajaja! – rio el desconocido, sacudiéndose en su silla − ¡No has cambiado! ¡Todavía con los aires de aristócrata!

− ¡No le permito que se dirija a mí de esa manera, señor! – gritó Terry enojado por esa familiaridad.

Furioso, le quitó la gorra. El quería ver la cara de quien se estaba riendo tan escandalosamente de él. Al descubrir las características de su interlocutor, se quedó sin habla. Esos grandes ojos negros que lo miraban con malicia, esa sonrisa, ese cabello rojizo, todo le recordaba a un muchacho joven que había conocido en otra vida, en los muelles de Southampton, el día en que había dejado el colegio San Pablo, para ir a Estados Unidos. Poco a poco, recuperó la memoria.

− ¡Por Dios! ¡Cookie!

− ¡Te has tomado tu tiempo para reconocerme! - Exclamó el joven marinero riendo − ¡Oh Terry, nunca imaginé encontrarte de nuevo!

Los dos jóvenes se abrazaron, y saludaron con una risa cálida, mientras eran observados por los clientes desconcertados de la barra.

− ¡Debo decirte que has cambiado! ¡Te dejé siendo un niño y me encuentro con un hombre! - Exclamó Terry, retrocediendo un poco para ver mejor a su amigo.

− ¡Bueno, cuando nos encontramos, no eras much mayor que yo!, ya sabes. ¡Tenía quince años!

− ¿verdad?... Tienes razón... Yo no era mucho más viejo, de hecho. ¡fiouuuuu! ¡Éramos unos jóvenes aventureros!

- Y lo hicimos bien finalmente, ¿verdad? Te has convertido en una gran estrella y yo he viajado por todos los mares, lo que siempre soñé. ¡Hemos conseguido lo que queríamos hacer en nuestra vida, ¿No te parece?

Terry asintió tristemente, con una sonrisa irónica. ¿Cómo decirle que su vida no era tan perfecta como parecía? que...

− Pero díme Terry, ¿Qué haces aquí?, ¡no has venido solamente para pelear con un mástil!

− Para decirte la verdad, ¡No! – frotándose el mentón con algo de dolor – Vine a buscar un barco para embarcarme a Europa lo más rápido que pueda.

− ¡Bah!... ¿Y no has ido a la compañía marítima?

− Sí lo he hecho, pero el próximo barco saldrá en dos días más, y no puedo esperar tanto tiempo.

Cookie lo observó sin comprender. Y entonces una sonrisa traviesa apareció en su cara.

− Tú, mi querido amigo, debes tener una buena razón para tener esa prisa para partir. Y no me sorprendería el saber que hay una chica involucrada…

− Es algo así, sí… − dijo el joven actor, sonrojándose, y frotando su nuca con algo de vergüenza.

− No me digas entonces que es esa bonita chica rubia, de la que estabas enamorado en aquella época. Espera… Candy, ¿Es así?

− ¡Sí, en efecto, es ella! ¡Tienes buena memoria!

− Debo admitir que es una chica muy linda.

− Te la describí bien, ¿No?

− ¡Oh, sí! ¡Y toda la noche! – respondió el riendo – Pero me convencí más de eso ¡Cuando la ví en carne y hueso!...

Terry lo observó, con la boca abierta, y los ojos muy abiertos de sorpresa. El joven marino, entretanto, tuvo el placer de mantener el misterio…

− ¡Explícate Cookie! ¿Cómo conociste a Candy?

El joven hombre esperó unos segundos para responder, le divertía la estupefacción de su amigo.

− El mundo es pequeño, ¿No es cierto? Figúrate que nos encontramos en el puerto de Suthampton, unos días después de tu partida. Ella como yo, queríamos ir a América, y como no teníamos dinero, hicimos el viaje clandestinamente.

− ¿Clandestinamente? – exclamó Terry, con un estremecimiento de angustia que le recorrió por todo el cuerpo − ¡Yo no sabía que Candy había tomado tales riesgos para volver a América!

− ¡Esta chica es recursiva! ¡Me sorprendió varias veces!

¡Parece una locura, pero realmente es algo que haría ella! Nada la asustó alguna vez o la hizo retroceder, ¡Incluso viajar en una bodega! Pensé que había vuelto junto con sus primos. Candy ¡Ah, mi amada!, ¿qué no serías capaz de hacer para cumplir tu deseo?

Cookie sacudió el abrazo de su amigo, quien estaba con una sonrisa ausente, soñando felizmente.

− ¡Veo que ella realmente te ha hechizado! − Dijo, riéndose mientras imitaba su sonrisa beatífica. Terry asintió riendo con un aire cándido.

− ¡Hechizado, y te hizo tonto! - Cookie continuó con malicia.

Contra todo pronóstico, Terry se encogió de hombros. Él no tenía la intención de llevarle la contraria. Amar a Candy lo ponía eufórico, y si tenía que ser tomado por un loco, no le importaba. Era más que un cumplido para él.

Dos asientos quedaron libres al frente de la barra y Cookie le hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera. Se sentaron cada uno en un taburete y le pidieron una cerveza al barman, quien les sirvió un buen vaso espumoso. Terry por segunda vez brindó en cuestión de minutos. Ambos vasos chocaron con alegría, derramando un poco de cerveza por su borde. Los dos se llevaron la bebida oscura y fuerte a los labios, con sabor a caramelo irlandés, llamada Guinness. Terry siendo un gran aficionado a las maltas y cervezas escocesas, no podía negar su calidad de sabor, pero tuvo cuidado de no decirlo, por puro chovinismo escocés. Cookie se lo bebió como si fuera un simple vaso de agua, y luego se apoyó en la barra de zinc lanzando un eructo de satisfacción. Era evidente que estaba muy bien adaptado a las costumbres marítimas y las aplicaba a conciencia. Sintiéndose más ligero, continuó con su conversación.

Sé que eres muy discreto, Terry, pero no me puedes ocultar nada ¿Cómo es que quieres ir a Europa? Estaba seguro de que finalmente se habían encontrado. Fue por eso que ella vino a América. Entonces ¿Qué es lo que ha sucedido, amigo?

− ¡Es una larga historia!… − suspiró tristemente Terry, jugando inconscientemente con un pequeño encendedor – nuestros caminos se cruzaron varias veces, pero nunca pudimos reencontranos. Un evento dramático lo impidió…

− Debió ser algo realmente terrible para que los haya separado. ¡Ella te amaba mucho!

Con un nudo en la garganta, Terry bajó la cabeza y se quedó mirando el contenido de su cerveza, para ocultar las lágrimas que asomaban por el borde de sus ojos. Evocar ese período todavía era doloroso. A pesar de los años, todavía no se había acostumbrado a ello. Había vivido todos estos años sin ella como una verdadera tortura. Todas sus esperanzas de felicidad habían sido arruinadas en un segundo... Habría preferido haber muerto en en ese otoño, y en ese momento bajo el proyector de luces, en lugar de tener que vivir todos esos años sin ella, al lado de una persona por la que no había sentido nada, ¡sino indiferencia!... ¡Ella ya estaba muerta!, ¡Que descansara en paz!… Pero él no había sanado de sus heridas. ¿Estaba hecho para tener felicidad, él que había sido perseguido por la mala fortuna de manera permanente? Solo un ángel podía poner fin a ese maleficio, un ángel rubio, con una nariz llena de pecas, y que subía a los árboles como una ardilla.

− Candy… − murmuró, suspirando tristemente.

Una mano reconfortante se posó sobre su espalda.

− La encontrarás Terry, Ten confianza… Dentro de algunos días estarás frente a ella. Ten un poco de paciencia. ¿Qué son unos pocos días con los años que perdiste lejos de ella?

− Yo no sé ni siquiera como encontrarla… − Gimió él, poniéndose las manos entre la cabeza – No tengo más que el nombre de una ciudad y tengo que arreglármelas con eso. Venecia…

− ¿Venecia? Bueno, ¡Es más romántico que Le Havre! Me gustaría tener la oportunidad de buscar a mi novia en las calles de esa hermosa ciudad!, ¡Pero en primer lugar tendría que buscarme una!... Sim bromas, por ahora, vamos a centrarnos en tu caso... Ves al hombre que fuma la pipa en la mesa de Youri?, él es el capitán del barco en el que trabajo. Tienes suerte, finalmente nos vamos esta noche para Europa, a Inglaterra. No es Italia, pero te acercará.

− Yo podría esperar a otro barco… − propuso Terry, contrariado por tener tan mala suerte.

− Sí, tú podrías, pero de acuerdo a lo que sé, el próximo barco para Italia no saldrá sino en varios días. Mientras que si nosotros arribamos a Southampton, podrás tomar una nave que te conduzca a Francia, y allí tomarías el primer tren hacia el sur. Estarás en Venecia antes de creerlo.

Terry lo escuchó en silencio, con aire escéptico.

− Me encantaría creerte - dijo Terry suspirando - pero con el destino de perros que tengo contra mí, apostaría que todavía me espera algo que me hará retrasarme más.

− ¡Imposible si permaneces con tu amigo Cookie! Los tipos de aquí me llaman "Lucky" (suerte en inglés), ¡y no es por nada!

Terry mostró un esbozo de sonrisa, frente a los esfuerzos de convicción desplegadas por su amigo.

− ¿Crees entonces que el capitán aceptará llevarme a bordo? Yo le puedo pagar, ¿Sabes?

− Yo no creo que el capitán refuse algunos billetes… Pero lo que necesitamos especialmente son brazos, y un poco de ejercicio de mar te hará el mayor bien. Estás demasiado pálido y flaco... Si te ve Candy con esta pinta, ¡Se alejará corriendo!

− ¡Yo voy a hacer todo lo posible por retenerla! – respondió Terry riendo – No tengo miedo de trabajar Cookie, y haré todo lo posible por ayudarte durante esta travesía.

- ¡Todo a su tiempo, hombre! Entonces, concluyamos esto con el capitán! Convéncete que desde ahora eres parte de la tripulación del Orca. Pero evita contrariar a Youri, ¡Pues es un sanguinario!

A pesar del guiño de Cookie, a Terry le palpitaba fuertemente el corazón. Sabiendo que debía compartir con Youri – el terrible – algunos días, lo que no le entusiasmaba mucho, pero si tenía que pasar por ello para encontrar rápidamente a su encantadora Candy, aceptaría su destino sin queja. Estaba ansioso por salir, deseoso de sentir el oleaje y la agitación de las aguas, con ganas de navegar hacia Candy y llegar a la ciudad de Venecia, la que sería testigo de su reunión. Sin embargo, se preguntó, cuando sintió la mano dura de Youri, que puso suavemente sobre su espalda, casi aplastándolo, cómo sería capaz de llegar a su destino sin ser mutilado o desfigurado. La sonrisa salvaje del gran bruto no lo tranquilizó, pero sonrió, reteniendo un grito de dolor, bajo los ojos divertidos de su traidor amigo, que se controlaba para no estallar de la risa.

La primera noche fue difícil para Candy. Era difícil acostumbrarse a la oscilación y balanceo del barco. Pero, en realidad, no podía cerrar los ojos, demasiado obsesionada con lo que acababa de experimentar.

¡Terry!...

¡Ella había visto a Terry! Y a pesar de la certeza de haber vivido verdaderamente este maravilloso momento, no podía dejar de dudar. Durante todos estos años había tratado de olvidar, tratando de mantenerse alejada de él. Y entonces, en un día, ¡todo estaba al revés! Él corría entre la multitud, gritando su nombre, ¡Y corría detrás del barco que la transportaba! Era como si en un momento, este largo y doloroso período sin él se hubiera esfumado, como si nunca hubiera existido, como si nunca se hubieran separado… Ella sólo tenía que cerrar los ojos para ver su sonrisa maravillosa, sus hechizantes ojos aguamarinos, su hermoso rostro radiante de alegría, una expresión tan inusual que estaba todavía profundamente conmovida. Terry había hecho el viaje hasta el puerto por ella. ¿Podría entonces tener la esperanza de que él la apreciaba un poco? A pesar de la evidencia, persistían sus dudas, y se mantenía en esta incertidumbre, evitando deliberadamente el contarle a Patty. A pesar de la intensa alegría que vivía, se había negado a decirle lo que había sucedido. ¿Para qué aburrirla con una historia que quizás no tendría ninguna continuación? En pocas palabras, era posible que Terry se hubiera encontrado accidentalmente en el puerto y su presencia no tuviera nada que ver con ella... Una vez más, la duda le abrumaba y suspiró tristemente con la esperanza de que el sueño finalmente aliviara estos pensamientos negativos que la afectaban.

Finalmente se durmió a la madrugada por agotamiento, por lo que su descanso fue de corta duración. El barco las despertó con el ritmo a la salida del sol, con sus máquinas haciendo ruido y el personal caminando por los pasillos. Después, poco a poco, empezaron a golpear las puertas de las habitaciones, con los niños gritando efusivamente, sacándola definitivamente de su sueño. Entumecida, fue a correr las cortinas que ocultaban la amplia ventana de su habitación y se encontró de cara con la luz de un sol cegador y abrasador. Cerró los ojos y se mantuvo por un momento bajo el vigorizante y caluroso sol, pero cuando abrió los ojos para mirar el océano, tuvo que resignarse a volver la cabeza en otra dirección, porque el movimiento de las olas, que veía a través de la apertura de la ventana le dio una sensación de inquietud que casi le hizo perder el equilibrio. Estaba especialmente hambrienta, ya que no había comido nada desde el día anterior. Un buen desayuno la revigorizaría. Si había una cosa que se mantenía constante en su estómago, era la capacidad que tenía para manejar las emociones. Pero esta vez, sería más difícil porque no sentía un hambre persistente. Este nudo en su vientre que se movía, no tenía nada que ver con su apetito. Ella sospecha que esta sensación extraña y desagradable la acompañaría hasta que no pusiera orden en su mente. Pero, ¿cómo mantener la calma mientras todo su ser ardía en deseos de ver a Terry? Había hecho un cálculo. El viaje a Havre duraría seis días y, aunque se devolviera inmediatamente, ella no estaría de vuelta sino en dos semanas. Por otra parte, no podía abandonar a Patty quien confiaba en ella. No, en serio, ella debía tener que esperar seis semanas para volver y tenía que asumir su conflicto con paciencia. Esa era una razón adicional para no contarle a Patty y no hacerla sentir culpable y obligarla a regresar. Ahora tenía que dedicarse a su amiga, y apreciar la oportunidad que tenía su corazón de ser feliz, disfrutando de esa amistad. Por primera vez en muchos años, Candy sintió sincera alegría, reconfortante, sin ninguna pretensión. Ella no tenía ninguna necesidad de simular. Ella estaba realmente feliz, y apreciaría esa emoción hasta regresar a América.

La travesía se había desarrollado perfectamente. "El Orca" se veía favorecido por el buen clima, navegaba a buen ritmo, por lo que parecía que las predicciones de Cookie estaban realizando. Si el clima se mantenía así, deberían observar las costas de Inglaterra en tres días, y Terry tenía dificultad para ocultar su impaciencia. No se podría decir que estaba aburrido en el barco. Al no ser un hombre de mar, le habían asignado tareas de mantenimiento del casco, es decir, pulir, limpiar, arreglar, pintar sobre el óxido pernicioso del metal, que se roía sin cesar. Cada mañana, al amanecer, después del desayuno, vestido con su uniforme de trabajo, subía veinte metros las escaleras exteriores que lo separaban de su cabina, y luego comenzaba a trabajar para detenerse sólo cuando el cocinero tocaba la campana para comer. Por la noche cenaban juntos en el comedor, riendo y compartiendo historias de sus vidas, a menudo agitadas y emocionantes. Youri era amante de la música y cantaba canciones de su país, con su acento eslavo, fuerte y lírico, transportándose en el espacio de unas pocas notas a tierras lejanas, orgullosas y salvajes. Después de todo, Youri no era un mal tipo y Terry había llegado a apreciarlo, al igual que a todos sus compañeros, bravos, valientes y gallardos que no tenía una vida fácil. Sólo veían dos veces al año a sus familias, y el resto del tiempo lo pasaban en el barco. Durante esta travesía, en contacto con hombres que nunca se lamentaban, Terry entendió que tenía una vida privilegiada, que debía disfrutar y prometió no volver a quejarse de su destino. Su trabajo, sin embargo y contrario a las apariencias, no era el más fácil, porque en ese trabajo requería concentración y perfección, pero la recompensa que recibía a cambio le parecía exagerada, rozando con la indecencia en comparación con lo que estaba presenciado aquí. Estos hombres nunca serían adorados o glorificados a su llegada al puerto, habiendo cruzado tormentas difíciles, para llevar los bienes que esperaban con impaciencia al otro lado del continente. Mientras que a él le pagaban sumas astronómicas por aparecer en el escenario y recitar un texto, por supuesto, con mucho talento, ¿se merecía tal veneración? Envidiaba a los hombres que trabajaban codo a codo, se apoyaban cuando uno de ellos estaba mal, por sobre los que lo rodeaban a él, gente que soñaba con ocupar su lugar, que estaban celosos de él y lo criticaban, al nivel de sentirse constantemente en situación competitiva, como si tuviera que demostrar su talento en cada aparición. Pero en el fondo de sí mismo, sabía que no iba a cambiar nada, porque su amor por el teatro superaba todos estos abusos. Esta pasión que vivía había sido su mejor amiga en todos estos años sórdidos que había atravesado. El teatro le ayudó a seguir viviendo, a pesar de que había perdido el gusto por hacerlo, lo acompañó, fiel y discretamente, y se preguntó qué hubiera hecho si no lo hubiera tenido. Pero por primera vez aquí, ya no se sentía solo, se dio cuenta de que era capaz de hacer amigos, buenos amigos que no veían en él al artista famoso, pero sí a un joven sencillo, que se forjó una armadura para protegerse mejor de las tragedias de su vida, defensas que poco a poco fueron cayendo, dejando a un lado su arrogancia. Cookie compartió una cabina con él y, a menudo, antes de ir a dormir, se contaban momentos de sus vidas. Irónicamente, Terry, taciturno habitual, le gustaba confiar en él, y estaba lleno de historias sobre el colegio San Pablo, y de los momentos gloriosos cuando hacía enojar a Candy. Cookie estallaba en carcajadas que se sofocaban rápidamente cuando golpeaban furiosamente contra su pared, debido al ruido que hacían. Pero sobre todo, se dormían agotados por la fatiga después de tanto conversar.

La vida de Terry en el carguero fluía de forma pacífica. Por razones de seguridad, algunos lugares le fueron prohibidos, como el puente de acoplamiento a las salidas y llegadas. Cookie le había contado algunas historias de miedo, como lade su ex colega que había tenido un corte brutal de la pierna por una cuerda de amarre, o ese otro que se había amputado el extremo del dedo atrapado en una de las pesadas puertas de la nave. En raras ocasiones, se iba a la caseta donde tenía la mejor vista de la embarcación. El control de la maquinaria era bastante rudimentario, pero eso no impedía que le fascinara, admirando la habilidad del capitán y de su oficial, capaz de estar en el mar con simples tarjetas simples, papel, lápices y brújulas. A veces se las arreglaba para tener un momento de descanso, y amaba sentir el aire marino y para ello seguía un pasillo estrecho, sobre el vacío, para alcanzar el puente externamente. Desde allí, veía la carga y el horizonte. Le gustaba sentarse al frente, para que el viento golpeara en su cara; sus largos cabellos castaños azotaban su rostro, había perdido su palidez y adquirido un bonito color dorado, que hacía brillar más sus grandes ojos de color turquesa. Pero lo que más le gustaba era la vista que tenía en aquella ubicación: ballet de pintores, suspendidos en el aire, oscilando con las cuerdas que estaban atados a las barandas, que le echaban una capa de pintura al casco de la nave. Le recordaban a los trabajadores de Nueva York que construyeron los rascacielos, que además de ser buenos trabajadores debían ser especialmente buenos escaladores y equlibristas en la cuerda floja. Terry, por su falta de experiencia, no tenía derecho a participar en este trabajo, pero envidiaba a aquellos navegantes que se podían mover libremente a lo largo del casco, refrescados por el rocío del agua de mar y acompañados de las aves marinas.

Pero esa noche el mar quería impresionarlos. El sol se había ocultado, el cielo se cubrió rápidamente, el aire se refrescó y la vista del horizonte se redujo gradualmente.

− Humm... ¡Vamos a tener una buena tormenta! – Dijo Cookie al regresar al interior.

Con los labios cubiertos por la sal arrojada por el viento marino, sal pegajosa que se pegaba a los zapatos y era arrastrada por toda la nave, Terry se dio una rápida ducha y se puso ropa limpia antes de que no pudiera hacerlo por el fuerte oleaje. Cuando se reunió con sus compañeros en el área que servía como comedor y sala de descanso, el oleaje se hizo más vigoroso y el barco se sacudió. Se sentó en una esquina y trató de leer un libro, pero tuvo que abandonarlo, por el malestar que sentía en su estómago. Afuera estaba totalmente oscuro, y no se podía ver el horizonte. Las fuertes ráfagas de viento azotaban el casco y la carga y se sentía sobre las ventanas, reforzadas por las fuertes gotas de lluvia que se estrellaban ruidosamente en las paredes. El barco estaba siguiendo los movimientos de las gigantescas olas, que lo hacía subir subir y bajar varios metros, por lo que tenía que aferrarse para evitarse caer y rodar en la habitación, con el riesgo de tener lesiones por algún golpe fuerte. De repente, una ola más fuerte que las anteriores sacudió la nave como si fuera una pluma. Todo el mundo en la habitación fue arrojado en todas direcciones y cuando Terry se levantó, se frotó la cabeza con dolor. Pero no tenía tiempo para comprobar si su herida era profunda ya que un hombre cubierto por hollín negro, apresuradamente abrió la puerta gritando:

− ¡Fuego! ¡Hay fuego en la sala de maquinas!

Toda la tripulación se precipitó como pudo al piso inferior. Un humo acre y negro subió e invadió los pasillos estrechos. La sirena de la alarma estaba encendida y un rugido ensordecedor se expandió por el barco. Había gritos en todas las direcciones que se mezclaban con las las instrucciones dadas por las personas al mando. Youri subió a cubierta para encender la bomba de agua, y mientras que abajo las mangueras se llenaban de agua de mar para arrojarla sobre las llamas. Era difícil distinguir lo que sucedía en la sala de máquinas, ya que el humo era espeso. Cookie decidió acercarse al fuego, que invadía las máquinas a vapor para apargarlo. Equipado con un simple pañuelo alrededor de la boca y su manguera de bomberos, sordo a las llamadas de sus compañeros que le insistían en que volvieran, entró al área de las calderas y desapareció bajo la nube opaca. Fue en ese momento cuando un sonido de explosión sacudió fuertemente la nave. Terry, al igual que los otros marineros sufrió la peor parte de la explosión, y fue lanzado varios metros hacia atrás. Aturdido por el golpe, se esforzó por recuperar sus sentidos. El fuego persistía en la sala de máquinas, pero lo peor no había pasado. La explosión creó un orificio en el casco y el agua empezó a entrar.

− ¡Corramos! − Gritó alguien detrás de él - ¡Preparen los botes salvavidas y den un aviso de SOS por la radio!

Era la voz del capitán, firme y segura, a pesar de la trágica naturaleza de la situación. Tenía que actuar y salvar a la tripulación en primer lugar. El fuego amenazó con hacer estallar todo y tuvieron que salir rápidamente. Pero cuando estaban a punto de salir, Terry se dio cuenta de que Cookie no había salido de entre las llamas.

− ¡Cookie! – Gritó Terry, desde la entrada de la sala de máquinas. Sin embargo, alguien lo agarró fuertemente y no le permitió entrar.

− Es demasiado tarde mi amigo. Con esta explosión, por desgracia no debió haber quedado mucho de "Lucky" - dijo el marinero, moviendo la cabeza tristemente − No hay nada más que hacer, excepto tratar de salvar nuestro pellejo. Date prisa, ¡Vamos!

Pero el joven no hizo caso. Cookie era su amigo, no podía abandonarlo en ese pozo. ¡Él estaba en peligro y tenía que ir en su rescate!

Safándose con energía del brazo del marino, corrió hacia la entrada de la sala de calderas, y sin dudar, entró a las llamas que devoraban todo, ante los ojos horrorizados del marinero.

Esa noche, Candy se despertó con sobresalto y su rostro bañado en lágrimas. Las horribles imágenes de Terry rodeado por las llamas que había visto en su sueño parecían tan real que quería gritar. Se levantó y se fue jadeante a beber un vaso con agua en el baño. También tenía mucho dolor de cabeza por lo que se tomó una aspirina. Vio su rostro demacrado en el espejo y se pasó la mano por el pelo enmarañado y sudoroso. Ella sabía que no sería capaz de volver a dormir después de esa pesadilla. Así que se dio una ducha y dejó correr el agua caliente sobre sus hermosas curvas, con la esperanza de que se le pasara. Pero las imágenes de agonía y terror todavía la perseguían. Necesitaba aire fresco y decidió ir al puente. Se vistió rápidamente, se puso la chaqueta más gruesa que tenía y salió de su habitación. A esa hora de la noche no se encontró con nadie en el camino, por lo que se dirigió a lo largo del pasillo y abrió la primera puerta que conducía a la cubierta. El cielo estaba claro y le dio la bienvenida una luna casi llena, que bañaba con un halo de color plata el pasillo, permitiéndole transitar fácilmente. Candy sintió el aire de mar inmediatamente en su rostro y aspiró el aire hacia sus pulmones. Siempre el respirar profunda y lentamente era un excelente remedio contra la ansiedad, pero después de unos minutos de probar la técnica, se dijo que quien inventó este precepto era un mentiroso o incompetente, pues el resultado fue contrario a lo esperado. Llena de ansiedad y temblorosa, buscó una silla para acomodarse. Eligió una al abrigo del viento, con vista hacia el piso inferior y al mar ondulante en el horizonte. Tomó una manta y se la puso sobre sí, cubriéndose y recostándose en la silla. La luna se reflejaba en las olas como en un espejo, deformada para adaptarse a las ondulaciones y en silencio, como si tratase de no molestar a nadie. Y solo atravesada por la noche, se observaba la luz de la fricción del barco sobre las olas.

Poco a poco, los latidos del corazón de Candy se hicieron más lentos y la respiración adquirió un ritmo más regular. El ambiente sereno del lugar estaba operando con mayor eficacia que su esfuerzo personal Ella trató de razonar. Había sido solo un mal sueño, como muchos otros que había tenido antes. Y a pesar de que parecía real, Terry no podía estar en una situación de este tipo, rodeado de máquinas en un incendio. Era evidente que estaba a salvo en Nueva York, ensayando una de sus obras de teatro.

El sueño había sido solo una representación del miedo a perderlo otra vez, justo ahora que se habían reencontrado. Como ella se estaba alejando físicamente de él, a pesar de que deseaba ardientemente estar cerca de él, todas sus dudas, todos sus temores se reflejaban de esta manera, y tenía que destruir esas terribles imágenes que eran sólo el producto de su imaginación. Para aclarar su cabeza, trató de pensar de nuevo sobre la travesía que estaba a punto de terminar y los buenos momentos que había pasado. Hacía años que no se había tomado unas vacaciones de verdad. Sorprendentemente, nunca había faltado a su trabajo en la clínica del Dr. Martin, y ahora pensaba en eso solo en raras ocasiones. Albert le había asegurado que su reemplazo se había planeado con anticipación y estaba bien organizado, por lo que no tenía nada de qué preocuparse. Así que ella se había basado en su buen consejo y había decidido aprovechar estas semanas de descanso. Patty era una compañera de viaje muy agradable. Se divirtieron mucho juntas y participaron en muchas actividades que se ofrecía en el barco: nadar en la piscina, jugar al tenis de mesa, o tenis en la cubierta, y después si se sentían agotadas por estas actividades, habían estado de acuerdo en tener largos periodos de lectura o de inactividad en las sillones de la cubierta, y luego recuperaban las fuerzas en el gran salón, alrededor de deliciosos cócteles y jugando a las cartas en el puente. Por la noche, cenaban en la mesa del capitán, a quien le gustaba rodearse de hermosas muchachas y de individuos ricos. Además también habían dejado sorprendidos a los comensales, cuando habían mencionado sus respectivas profesiones.

− ¿Cómo? – Se había ofuscado la condesa Pavlovich − ¿Ustedes trabajan? ¿Gente de su condición?

− Y nos ganamos la vida, gracias a ello... − respondió Patty, molesta, disfrutando por el desconcierto de la aristócrata rusa.

− Tenga la seguridad de que lo hacemos por el dinero... – adicionó Candy con malicia − Pero debo admitir que estoy contenta por haber sido adoptada, porque a pesar de mi sueldo, ¡Yo nunca habría sido capaz de tomar un crucero tan hermoso!

− A… ¿Adoptada? – había dicho extrañada la condesa.

− Sí, me crié en un orfanato y luego el Sr. William Andrew me adoptó, a la edad de trece años, cuando yo estaba en casa con sus primos...

Un pesado silencio había caído sobre la mesa, cada persona mirando avergonzada a su plato. Pero, de repente, como si un ángel hubiera pasado, un estallido de carcajadas había irrumpido en el otro extremo de la mesa. Era la señora Margaret Brown, también conocida como Molly Brown, una viuda rica, que, a pesar de haber sobrevivido a la catástrofe del Titanic, siguió disfrutando de cruceros en barco.

− ¡Ja, ja, ja! ¡Qué divertidas son ustedes dos! ¡Me recuerdan a la joven que era yo a la misma edad!

Candy y Patty la habían mirado, sorprendidas y encantadas por este inesperado apoyo.

− ¡Continúen así señoritas! Cuenten solo con ustedes mismas y no hagan como algunos aquí, que viven en épocas pasadas.

La condesa había saltado con la alusión, apenas velada, de la rica americana.

− ¡Sí, señora, el mundo cambia! – Había continuado la señora Brown, haciendo hincapié en cada sílaba − Las mujeres trabajan, tienen derecho a voto, y no necesita un marido para ser autónomas. ¿Esta libertad le hace tener temor, condesa?

Avergonzada por haber sido desafiada de esta forma tan abierta, la aristócrata no había respondido y aprovechó la llegada providencial de los postres para desviar la conversación sobre el tema de la gastronomía. Los otros huéspedes habían cambiado hipócritamente el tema, lo que había acentuado el malestar reinante.

- Apuesto a que ni siquiera sabe cómo servirse un vaso de leche... - murmuró Molly Brown, encogiéndose de hombros.

Las miradas de Candy, Patty y su nueva amiga se habían cruzado, y se habían reído de manera muy alegre. Apresuraron su partida con una vaga excusa, y continuaron su conversación en el salón, con una taza de café bien caliente.

− ¡Qué montón de snobs! − Molly exclamó con rabia, agitando su abanico - ¿Qué saben de la vida para juzgarlas de esa manera? Sólo son buenos para contar sus billetes verdes, ¡No tienen idea de lo que cuesta ganarlos!

− Tenga la seguridad señora Brown, este tipo de comportamiento no es desconocido para mí, y dejó de dolerme hace mucho tiempo. – Había respondido Candy con una sonrisa. − He tenido la oportunidad de ser criada por dos damas maravillosas, que me enseñaron los verdaderos valores de la vida y que me han ayudado mucho después. Estas personas son más objeto de compasión que de desprecio, porque no son nada sin su fortuna, mientras que si yo perdiera todo, sé que estaría rodeada por amigos fieles y sinceros y con un propósito en la vida. También tengo la suerte de tener un padre adoptivo que entiende y comparte mis aspiraciones. ¿Qué más podría pedir para ser feliz?

− ¿Un novio, tal vez? – Le dijo Molly, con los ojos brillantes de malicia – Curiosamente tú no has hablado de eso. Tan bonita como eres, Candy, estoy dispuesta a apostar que tienes mucho de donde elegir y que no te has decidido...

− El rostro de Candy se puso sombrío y bajó su cabeza, avergonzada. Al darse cuenta de su confusión, la señora Brown se puso inquieta en su silla con un suspiro, lamentando su torpeza.

Algo terrible debió haberle pasado, para que reaccionara de esa forma...

− Perdóname Candy, no quise hacerte daño – murmuró, poniendo sus manos sobre las de ella− Eres tan joven, tan hermosa, nunca imaginé que ya pudieras estar sufriendo los dolores del amor. Era un soldado, ¿verdad? ¿Murió en la guerra?

− Afortunadamente no... Pero todos estos años sin él, son como si hubiera sucedido algo así... − Candy se respondió con tristeza.

− ¿Cómo si hubiera sucedido? – dijo Patty, abriendo mucho sus ojos, con el corazón palpitante.

− ¡Oh Patty! – Exclamó Candy, dirigiéndose a ella, con lágrimas en los ojos y voz temblorosa − yo no quería hablar de ello porque no tenía nada que decir, pero tal vez... yo... yo... ¡Lo vi en el muelle cuando nuestro barco salió del puerto!

− ¡Dios mio! − Gritó Patty, por la emoción con sus manos en la boca - pero ¿Qué estaba haciendo allí?

− Creo... espero que se debió a mi visita a su apartamento poco antes de...

− ¿Su visita al apartamento? − Interrumpió Patty, consumida por la curiosidad − Te lo ruego, Candy, ¡Explícate! ¡Cuéntanos todo! ¡No vas a salir de esta habitación antes que me digas… o nos digas todo al respecto!

− De hecho, Candy, ¡Yo me aseguraré de ello! − La señora Brown había añadido una sonrisa diabólica a su rostro − Toma tu tiempo mi niña, pero por encima de todo, no se te olvide ningún detalle...

Candy había asentido con una sonrisa. Primero explicó más o menos las razones de su separación a Molly, y después se centró en su historia. De manera ferviente, describió como encontró el lugar en donde vivía Terry, y su encuentro con el ama de llaves que la había invitado a su departamento, visitando la habitación con el piano y por sobre todo viendo el cuadro que la había inquietado tanto, hasta el punto de hacerla huir. Y, por último, a pesar de todo, la presencia de Terry en el muelle, la alegría de la reunión, las lágrimas derramadas, sus miradas intercambiadas, mientras el barco se alejaba y los separaba de nuevo...

Patty, temblando, había dejado que sus lágrimas fluyeran de alegría.

− ¡Dios mío, Candy! ¡Estoy muy feliz por ti! Tan pronto como lleguemos a Le Havre, tomarás la primera embarcación ¡E irás a buscarlo tan pronto como sea posible!

− Esa es la razón por la que no quería hablar contigo, Patty. ¡No tengas ninguna duda de que no te dejaré terminar el viaje sola! Yo quiero mucho acompañarte. ¡Vinimos juntas y volveremos juntas!

− ¿Por qué, Candy? ¿No estas impaciente por reencontrarte con él, después de todos estos años?

− Estoy de acuerdo contigo, Candy – intervino la señora Brown, visiblemente conmovida por la historia de la joven rubia − No hay ninguna razón para que tú cambies tus planes. No deberías hacerle las cosas demasiado fáciles a este joven. Debes hacer que te espere, que con impaciencia cuente cada día antes de su reunión. Eso será aún mejor, porque créeme, este muchacho no estaba en el puerto por casualidad, ¡Él estaba allí sólo por ti, preciosa! Todo indica que todavía te ama con locura. ¿Por qué mantiene tantos recuerdos guardados de ti, si no es así? Deja de dudar y concéntrate en cambio en ese día maravilloso que llegará pronto.

Candy había escuchado en silencio, se contentaba con tener una sonrisa y una mirada de ensueño. Su corazón comenzó a latir más rápido, con las mejillas encendidas. Pero Molly, curiosa como una urraca, había puesto fin rápidamente a sus sueños.

− Pero dime, Candy ¿Cuál es el nombre de este misterioso joven?

− Terry... En fin... Terrence... − respondió ella, sonrojándose.

− Terrence... Bueno, bueno... Eso me recuerda a este joven actor que actúa divinamente en el teatro ¡Y que he visto varias veces en Broadway!

Las mejillas de Candy se hincharon de repente y sus ojos comenzaron a brillar como miles de estrellas. La boca de Molly Brown se redondeó de inmediato, con los ojos abiertos de asombro.

− ¡Oh, Dios mío, Candy! ¿Estamos hablando de la misma persona? - Había exclamado con una risa nerviosa − ¡Oh, ahora entiendo! ¡ah! ¡Si yo tuviera tu edad, Dios es testigo de estaría loca por él!

Se había reído con una gran carcajada que obtuvo la mirada de desaprobación de los huéspedes del salón. Las mejillas de Candy se habían vuelto carmesí, mientras que los lentes de Patty se habían empañado, abrumada por las revelaciones de su amiga.

− ¡Me encantan las hermosas historias de amor! ¡El tuyo es tan delicioso que merece ser celebrado con honores! ¡Ahora, champán! − Había exclamado la rica americana, haciendo una señal al camarero, quien llegó algunos minutos más tarde, con los brazos cargados con un cubo de hielo y una botella con un hermoso tapón dorado.

La noche terminó con llantos, risas y burbujas. Patty y Candy, poco acostumbradas a beber alcohol, se habían sentido rápidamente mareadas, y habían tenido que llegar rápidamente a sus cabinas antes de perder la compostura. Podían ser jovenes y solteras, pero seguían siendo damas y Candy estaba segura de que a la familia Andrew no le hubiera gustado ver su nombre con letras grandes, en la sección de la prensa del corazón. La señora Brown, por su parte, totalmente en forma, había prolongado su estadía esa noche con un juego de poker en compañía de sus compatriotas, los ricos industriales de Colorado.

Todo esto acababa de pasar un par de horas antes, y Candy se rió interiormente, con la memoria de esta increíble noche. La señora Brown era realmente una mujer muy encantadora, que no había renunciado a sus orígenes sencillos, a pesar de su éxito social. Ella le gustaba la confrontación, agitar el orden establecido y sólo se reía con sus comentarios ácidos sobre la clase alta de la sociedad. También era una mujer que sabía de licores y Candy todavía estaba sorprendida por haberse dejado entusiasmar con tanta facilidad. Hay que decir en su defensa que el champán era de alta calidad, Cristal de Louis Roederer, que fue producido originalmente para el zar Alejandro II de Rusia. Un verdadero néctar, vinoso, delicado y con sabor a fruta, con un trago fue suficiente para hacerles perder la cabeza a ella y a Patty. Candy se dio cuenta de que el alcohol que había bebido probablemente había tenido efecto en sus sueños. En una situación normal, el hipo que todavía tenía de manera intermitente le hubiera molestado. Esta vez, por el contrario, la tranquilizó. Ella ahora sabía que incluso la mejor de las champañas podría perturbarle el sueño y causarle pesadillas. Por lo tanto, encontró una respuesta a sus preocupaciones y se tranquilizó. Cerró los ojos, y se dejó arrullar por el balanceo del barco. Acostada en el sillón, acurrucada bajo su manta, durmió tranquilamente, sin soñar esta vez, pero finalmente en paz.

El sonido de los gritos de personas nadando en la piscina del piso inferior, le quitaron el sueño. Candy abrió los ojos. Era de día, las personas ya estaban caminando en la cubierta, los niños jugaban, el personal y los oficiales venían e iban a su trabajo. Se estiró largamente y luego, lentamente, se puso de pie. Todavía le dolía la cabeza. Necesitaba una nueva aspirina y regresó a su habitación. Al llegar, se dio cuenta de que la puerta de Patty estaba abierta y la criada estaba tratando de hacer el aseo. Se sirvió un vaso de agua, rápidamente se tragó la pastilla, y luego fue en busca de su amiga; primero revisó el comedor, donde acababan de terminar de servir el desayuno, después en la sala de estar de lectura, a continuación en la parte exterior del puente, pero no la encontró. Después de largos minutos de búsqueda, y después de hacer por enésima vez la misma caminata, al ver la costa francesa acercarse, supuso cuál podría ser el lugar en donde podría encontrar a su amiga. Finalmente la vio a la distancia, en la proa, parcialmente oculta por una de las chimeneas. Apoyada en la barandilla, estaba mirando el horizonte.

− ¡Oh, Patty! ¡Te he estado buscando por todas partes!

La joven profesora se volvió y sonrió con tristeza.

− Espero que hayas dormido mejor que yo anoche. ¡Esa champaña le hizo un poco de daño a mi pequeño cerebro! ¡Ay! − Dijo Candy frotándose las sienes.

Pero Patty se quedó en silencio, mirando el mar. Candy puso una mano en su hombro.

− Patty... Sé por qué estás aquí... Si quieres estar sola, dime y yo me iré, si no, voy a hacerte compañía en estos momentos de dolor.

− Disculpa, Candy - dijo la joven morena con un suspiro - no me escondía de ti... Sólo quería estar aquí con él... Es aquí donde su avión se estrelló... Alistair murió en la batalla sobre estas olas, su cuerpo sin vida fue envuelto por ellas y aquí descansa...

Con el corazón apesadumbrado, Candy observó de una diferente manera el paisaje marino que se le ofrecía. Movió su mano hacia la de Patty que estaba apoyada en la barandilla y la apretó con emoción.

− Yo sé que las palabras no son de apoyo en estas circunstancias, Patty, pero quiero que sepas que comparto tu dolor. ¡También extraño mucho a Alistair!...

Contra todo pronóstico, Patty le mostró un rostro sereno.

− No te preocupes, Candy, ¡He estado esperando este momento por mucho tiempo! ¿Puedes imaginar lo que se siente no poder estar en la tumba de la persona que amas? Nunca quice volver a aquella que se supone es la suya en Lakewood. ¿Qué iba a hacer allí cuando sabía que esa tumba está vacía? Incluso si quisiera creer que su alma está conmigo, aunque a veces la siento tan cerca que casi creo que la puedo tocar, tenía muchas ganas de ver en donde reposa. Ahora, lo sé... No sé por qué, pero siempre me había imaginado un lugar oscuro, como un abismo infinito, y lo que hoy descubrí es el sol brillando y sombras de colores en constante movimiento. Justo cuando estaba vivo, era un sol que iluminó nuestras vidas con su rápido ingenio y gran bondad. Todos estos años, nunca encontré la fuerza para venir aquí, pero contigo, esta vez conmigo, sentí que podía hacerlo. Sólo tengo que mirarte, Candy, y espero que volveremos a recobrar todo lo que teníamos de mejor manera. Tú eres la prueba de que uno puede vivir con mucho dolor, sin nunca dejar de amar. Yo quería decirte que el estar aquí, tiene como objetivo acercarme a Alistair... y también llorarlo...

− Patty... − murmuró Candy, con lágrimas y mirada preocupada.

- No llores Candy... Sé feliz por mí... - respondió Patty, con un estallido de emoción − ¡Dios sabe cuánto amé a Alistair! ¡Le amaré hasta el fin de mis días! Pero al acercarme a estas costas, a estos acantilados que lo vieron caer, mi corazón en lugar de sentirse más pesado se aligera. Me sentí tranquilizada, y la angustia, el dolor que me poseía desde un principio, se he ido, poco a poco. Me dio la impresión de que Alistair quería que entendiera que yo no tenía que preocuparme más por él, que todo estaría bien para él, al igual que para mí. Es como si el velo negro que cubría mi vida se rompiera, y volví a descubrir los matices sutiles de la existencia. Me siento como si saliera de un largo sueño, viendo y escuchando de nuevo, ¡Como si renaciera!

¡Oh, Patty! – dijo Candy presionando a su amiga contra su corazón - ¡No puedes imaginar la alegría que me da al escucharte decir eso! ¡Recé tanto para que un día salieran esas palabras de tu boca!

Abrazando con más fuerza a su amiga, sollozaba con alegría y tristeza. Alegría porque nunca habría esperado ver a Patty regresando a la vida, y tristeza también, porque la pérdida de Alistair había dejado un vacío inconmensurable en ella, difícil de llenar. Alistair... su compañero en los malos días, que siempre había encontrado la invención o la palabra adecuada para animarla. Ella guardaba la caja de música que le había dado en el andén de la estación, antes de despedirse, para unirse a Terry en Nueva York. Esa música bonita que en cuanto la oía la consolaba, y que conocía tan bien que sentía que él estaba a su lado. Extrañamente, parecía claramente escuchar la melodía a través del viento que acariciaba su rostro y se enderezó. Al mismo tiempo, una gaviota volando sobre ellas, casi rozándolas, dejó caer algo a los pies de Patty. Ella se agachó para recogerlo. Era una flor blanca con cinco pétalos y en su centro una curiosa forma de pistilo. Y una conmovedora sonrisa se dibujó en sus labios.

− Es una orquídea... − murmuró Patty, mostrándosela con una mano temblorosa a Candy − Esta es mi flor preferida... Alistair menudo me las daba porque sabía que las quería.

− Las orquídeas no crecen en el mar y, ciertamente, no a lo largo de la costa francesa, Patty... − Candy observaba, temblando, el fenómeno sobrenatural que se desarrollaba ante sus ojos.

− De hecho... Sí... - murmuró Patty, girando su cabeza hacia la costa, mientras que acercó la flor a su corazón.

Candy se acercó a ella con afecto y le pasó el brazo por los hombros. Con su vista fija en el horizonte, con la cabeza apoyada contra la de ella, dijo con voz relajada:

− Puedes tener en paz tu corazón ahora, Patty. Acabas de conseguir el más bello mensaje de amor, ¿no te parece?

Una lágrima cálida rodó por la mejilla de la joven trigueña que asintió, con su barbilla temblorosa.

− Oh... Sí... Ahora sé que él es feliz donde está... Eso es lo que me importa...

− Tienes que pensar ahora en tí, amiga. Estoy segura de que es lo que Alistair quiere. Por medio de un milagro, se las arregló para hacerte una señal. ¡Estás bendecida por los dioses, Patty!

− Me pregunto... Me pregunto por qué ... ¿por qué no se presentó antes?

- Debido a que no estabas lista. Debido a que tal vez no fue su primer intento, pero no lo oías... Cuando nos hundimos en el dolor, nos volvemos ciegos y sordos, perdemos nuestras marcas, todo lo que nos conecta con la realidad. Y cuando nos encontramos con todo esto, volvemos a la luz, quedamos deslumbrados por esta afluencia de sensaciones e impresiones que habían sido olvidados. ¡Pero es una alegría saber que no hemos sido abandonados!...

Candy entonces le contó lo que le había pasado en Escocia con Terry, cuando éste la obligó a montar por el miedo terrible que sentía desde el accidente de Anthony. Durante largos minutos, había gritado por terror, gritó el nombre de Anthony, luego poco a poco empezó a escuchar la voz suave de Terry, y a sentir los latidos de su corazón contra su cuerpo, sintiendo la vida que fluía a través de él. Olía a hierba recién cortada. Su pecho ardía. Sus palabras resonaban en sus oídos como si hubiera sido ayer.

¡Abre los ojos, Candy! ¡Abre bastante los ojos! Ya no mires al pasado, ¡Mira hacia el futuro!

Y cuando ella los había vuelto a abrir se encontró con todo lleno de vida a su alrededor, y él concluyó:

Anthony está muerto, pero nosotros estamos aquí Candy. La vida es el don más grande y debe dar paso a la realidad. Y la realidad eres tú y yo...

Al oír esto, se sintió renovada de esperanza, una esperanza que había creído había perdido para siempre. Pero lo más maravilloso de todo esto es que observando un poco mejor los árboles que estaban a su alrededor, vio el dulce rostro de Anthony mezclado con la luz que atravesaba el follaje. Una cara sonriente y serena, que significaba que estaba bien. Al redescubrir de nuevo la vida, pudo oír y ver lo que había sido incapaz de hacer antes, cuando estaba llena de desesperación. Patty tenía ahora una experiencia similar y estaba contenta por haber estado presente en ese momento, porque siempre podría tranquilizarla en caso de alguna duda, y certificar que lo que acababa de experimentar era real.

−Patty dijo entonces una frase que la desconcertó.

− Creo que tú también estás lista, ahora... − dijo, entregándole un sobre que acababa de sacar del bolsillo de la chaqueta.

− ¿Qué?... ¿Qué es? – murmuró Candy entre dientes, temblando, al reconocer sobre todo la escritura fina de Terry.

− Él me la entregó hace unas pocas semanas. Perdóname por no habertela dado antes... Pero él quería asegurarse de que estabas bien preparada para esto. No quería que sintieras alguna obligación hacia él. Parecías tan indiferente que yo no quería influir en nada. Pero lo que nos dijiste ayer me tranquilizó y me dio fuerza para tomar esta decisión.

− ¡Una carta de Terry!... – Candy lo dijo en voz alta, como para asegurarse de que no estaba soñando. Las lágrimas nublaron su vista y apretó más fuertemente la carta por miedo a que se deslizara entre sus dedos y cayera arrastrada por el viento – Tanto que esperé en lo profundo de mi corazón que me escribiera algún día. Nunca tuve el valor para enviar la mía. ¡Oh, Patty! ¡Me siento como en un sueño!...

− ¡Oh, no Candy!, ¡No estás soñando! ¡Estoy muy feliz de ser la mensajera! Ver tu cara iluminada, y escuchar pronunciar su nombre sin tener una voz entrecortada por el dolor, es la mejor recompensa. ¡Date prisa, Candy! ¡Apúrate para ir a leer esa carta! ¡Qué haces parada aún aquí, anda!

Candy le dio un beso de reconocimiento en la mejilla a su amiga y se escapó rápidamente a su camarote. Su corazón latía con fuerza, ¡Parecía que iba a reventar! Corría por los pasillos sin reconocerlos, con la mente vacía de todo pensamiento. Al llegar a la puerta de su habitación, tardó bastante tiempo en introducir la llave en la cerradura por su mano temblorosa. Finalmente al entrar, abrió el gran ventanal. El aire fresco de la habitación le ayudó a salir de su letargo. Abrió el cajón de su escritorio y sacó un abre cartas de marfil, usando su filo para desgarrar el sobre. Había una hoja de color amarillo pálido en su interior, un color que le recordaba los narcisos del Colegio San Pablo, ese cuadrado de flores sobre el que había tropezado, cayendo sobre Terry, quien yacía entre ellos.

Bueno, ¡Sé que te gusto mucho, pero nunca imaginé que intentarías seducirme de esta manera!...− le dijo él, burlándose, mientras le rodeaba la cintura con los brazos.

Sonrojándose lo había repelido brutalmente.

¡Casi te pisé, Terry! Eres como las piedras, ¡Te pones en cualquier lugar!

Las piedras no son sensibles al olor de los narcisos...

Candy suspiró de melancolía, recordando aquel bello recuerdo.

Terry entre las flores... ¡Qué espectáculo cómico!

Sus ojos se posaron de nuevo en la carta. Frenéticamente, sacó la hoja del sobre. Su corazón comenzó a latir con furia, dolorosamente sentía sus golpes contra su pecho. Un miedo incontrolable le impedía leer el contenido de la carta, como si al hacerlo se rompiera el hechizo. ¡Le había echado tanto de menos! ... Un gesto de ella ahora y esa ausencia se desvanecería. ¡Parecía irreal! Por último, reuniendo todo su valor, tomó la carta en sus manos y lo que descubrió agitó hasta lo más profundo de su ser.

Querida Candy,

¿Cómo estás?

Un año ha pasado desde entonces... Después de este período de tiempo, me prometí escribirte, pero luego, lleno de dudas, dejé pasar seis meses más.

Sin embargo ahora, mis maros se hicieron de valor y decidí enviarte esta carta.

Para mí, nada ha cambiado.

No sé si leerás un día mis palabras, pero quería, a toda costa, que supieras al menos esto.

T.G

Candy permaneció por mucho tiempo petrificada, en el borde de la cama, incapaz de pensar correctamente. Mientras leía estas líneas, le pareció que él estaba sentado a su lado y oyó su voz con profunda ternura, susurrando esas palabras. Le había parecido que estaba tan cerca, que podía sentirse envuelta en un ligero aroma de narcisos. Ella suspiró con satisfacción.

¡Oh, Terry..!. ¡Yo tampoco he cambiado...!

Su carta era muy corta, pero no necesitaba de largas líneas para que tuvieran un significado para ella.

Terry, mi amor... tú dudas, como yo... ¿Por qué tenemos tanto miedo el uno del otro? ¿Por qué no somos capaces de dar un paso hacia el otro? ¿Tienes tanto miedo como yo de sentirte frustrado por albergar esperanza, como ocurrió una vez? ¡Oh Terry!, me encantaría estar cerca de ti y romper la fatalidad que nos ha envuelto demasiado tiempo. ¡Me encantaría Terry! ...

Ella se echó hacia atrás y se dejó caer en la cama, los brazos extendidos. Desconcertada, mareada por nuevas emociones, cerró los ojos que observaban hacia el techo y lo veía dando vueltas por encima de ella, y dio paso a la risa, tímidamente al principio, luego con todo su corazón. Se maravilló de los sonidos que salían de su garganta, impregnada de alegría, con una ligereza que no había oído o sentido durante mucho tiempo. Estaba enamorada y nunca había experimentado tanta alegría de estar en ese estado...

Al día siguiente, al amanecer, un tren salió de la estación de Le Havre, llevando a bordo a dos jóvenes aventureras estadounidense. En unas pocas horas, después de un viaje de más de doscientos kilómetros, llegarían a París para tomar el Expreso de Oriente que las llevaría a Venecia. Cómodamente instaladas en su compartimiento personal, observaban a través de la ventana el paisaje, mientras se desplazaban. La costa de Normandía se mostraba con sus tierras claras, colinas con bosques y bosques de hayas y pinos. El ferrocarril siguió la ruta del Sena y cruzó varias veces el río, por lo que se había hecho necesaria la construcción de viaductos que alcanzaban los quinientos veinte metros. Las dos amigas se divertían cada vez que pasaban por esas estructuras, que tenían una gran vista del ancho río que serpenteaba decenas de metros más abajo.

Balanceada por el movimiento del tren, con la cabeza apoyada sobre el vidrio, Candy estaba somnolienta. Después de su partida de Nueva York, había dormido muy mal, y demasiado excitada por la esperanza renovada de ver a Terry, esperanza que había aumentado después de leer la carta. Por un momento pensó en empacar sus maletas y regresar a la isla de Manhattan. Pero rápidamente cambió de opinión. ¿Cómo podría ir donde Terry, timbrar a su puerta, teniendo como pretexto las breves palabras dichas en la plataforma del puerto, y unas pocas líneas en una hoja de papel? Por supuesto, en el fondo de su corazón, era más que suficiente para ella correr a reunirse con él, pero olvidaba que no era la forma de comportarse de una verdadera dama. Con el transcurrir de todos esos años, eso era en lo que ella se había convertido: en una bella joven mujer, que tenía una dicción perfecta, y que, lejos de abandonar sus orígenes, había dejado lo mejor, para integrarlo la requisitos de su condición de heredera de los Andrew. Ella era la única hija de Albert y en honor a él, había aprendido a observar, escuchar, aprender y aplicar todo lo que le habían enseñado. Haciendo caso omiso de los rumores, se había adaptado rápidamente a sus nuevas obligaciones, con una gracia que jamás se le ocurrió tener, una gracia natural que estaba esperando ser revelada.

Sin embargo, Terry se había burlado de ella en Escocia, cuando le había dicho que tenía la intención de convertirse en una dama, en honor al tío abuelo William.

¿Tú, una dama? ¡Eso no le va a todas! – Le respondió de la manera más natural del mundo.

No se dio cuenta de lo mucho que la había herido al decir eso. Él, al igual que todos a su alrededor, habían recibido una excelente educación, un conocimiento perfecto de las buenas costumbres y ella sufría regularmente por esas deficiencias, ya que a menudo eran la fuente de malentendidos. A pesar de esto, ella le había gustado a Terry, pero quería que el conociera esa cualidad que había desarrollado y mejorado con el tiempo. Ella quería que él estuviera orgulloso de estar con ella y no se acordara constantemente de su origen humilde. Sin embargo, se preguntaba si apreciaría el cambio que había ocurrido en ella. Ya no era la alumna del San Pablo, que saltaba por la pared por la noche y subía a los árboles como un chimpancé. Casi diez años habían pasado desde entonces. Desde que había adquirido cierta madurez, que ejercía durante su trabajo de enfermera, pero también como un importante miembro de la familia de la alta sociedad de Chicago, respetada y honrada. ¿Encontraría a la verdadera Candy debajo de todo esto?

¿Y Terry habrá cambiado también? El pretendía lo contrario a través de esta carta, pero la tragedia por la que habían atravesado los dos durante estos años ciertamente había dejado cicatrices. ¿Le gustaría el Terry que encontraría? Todo esto requería de mucha reflexión. Por esto le gustaba este viaje con Patty. No obstante, ella le había insistido en que volviera inmediatamente, pero Candy le había reafirmado su determinación. Ella quería aprovechar estas semanas alejada de cualquier cosa que le pudiera recordar a Terry, para reflexionar sobre su situación. Tenía gran impaciencia por verlo, pero no en estas condiciones. La señora Molly Brown le había dicho que la precipitación era la madre de muchas decepciones y sabía que tenía razón. La paciencia se convertiría en su mejor consejera hasta su regreso a América, pero por dentro admitía que le haría falta una buena dosis, con la sola evocación de Terry que la hacía vulnerable a todas las tentaciones.

Candy observó de manera afectuosa a Patty quien estaba dedicada al tejido: estaba haciendo un babero para el bebé de Annie. Y se dijo a si misma que no era una mala idea para ocupar sus manos. Una actividad manual sería buena para liberar su mente atormentada. Buscó entre sus pertenencias y sacó un tejido que había empezado a hacer previendo el próximo nacimiento. Lo puso hacia la luz para ver lo que se suponía era un chaleco, afligiéndose por el resultado: carecía de simetría, y estaba demasiado descubierto para los días húmedos y calurosos de verano, teniendo en cuenta el ancho de algunos puntos, que dejaban pasar fácilmente dos dedos. Acercó el tejido a su rostro, para mirar a través de uno de los agujeros y se cruzó con la mirada de Patty, quien levantó la cabeza. Los ojos de ésta se abrieron con sorpresa y se empezó a reir. Candy rió a su vez, arrastrada por la risa de su amiga que la hacía sacudir los hombros. Se estaban riendo tan fuerte que se podían escuchar en todo el vagón y no escucharon los silbidos de la locomotora que anunciaba la inminente llegada a la estación de San Lázaro, en París.

Cuando Terry abrió los ojos, su cuerpo le dolía tanto que le pareció que un edificio de diez pisos se había derrumbado sobre él. Estaba acostado en una cama y en el aire flotaba un olor desagradable de hospital. Su visión no era totalmente clara y discernía sólo vagamente algunas formas que estaban de pie, con la luz del día. Una figura se acercó a él, llevaba una bata blanca y una cofia del mismo color que le cubría la nuca.

− Candy… − murmuró él, con una voz casi inaudible.

La silueta saltó, se acercó un poco más y gritó reincorporándose:

− ¡Se ha despertado, ¡Se ha despertado!, !Rápido!, ¡Ve a informarle al señor!

El joven oyó pasos apresurados en el pasillo, luego, más tarde el sonido de una voz familiar, que lo sobresaltó, a pesar de su adormecimiento.

− ¿Cómo está? − Preguntó con voz febril.

− ¡Se acaba de despertar, señor...!

Terry volvió la cabeza hacia la voz y, a pesar de la confusión que hacía más lentos sus pensamientos, logró poco a poco distinguir las características de esa persona: un traje oscuro, porte altanero, el pelo gris que contrastaba con el delgado bigote negro, que cubría el seductor labio superior y que le daba un aspecto muy aristocrático y distante, bien reconocible.

− Padre… − gimió Terry con un suspiro.

− Terrence… mi hijo… − respondió el Duque de Grandchester.

La falta de sueño había resaltado los rasgos de su rostro y su mirada severa estaba enrojecida. Puso una mano afectuosa en el brazo de Terry, quien se estremeció.

− Bienvenido Terrence, bienvenido al mundo de los vivos…

Fin del capítulo 4.