Las muy inmerecidas tribulaciones de Draco Malfoy
Capítulo 4 – Alguien que te admira en secreto
Después de ese incidente, redoblé mis esfuerzos para atormentar a Potter.
Me había dado múltiples razones para detestarlo. Debo reconocer, sin embargo, que había ocasionalmente una voz en mi mente que se preguntaba ¿por qué? ¿Por qué me volvía tan fanático procurando hostigarlo? Más aún considerando que los frecuentes roces y enfrentamientos de otros años habían pasado a ser definitivamente cosas del pasado.
Porque verán… Harry Potter ya no cumplía con el papel que le correspondía.
Aunque yo continuaba incitando e insultando al trío cada vez que los tenía cerca, ellos ya no reaccionaban de la misma forma. Potter me sonreía plácido, algo que estaba empezando a inducirme preocupantes estremecimientos, y luego me volvía la espalda. Se negaba a entrar en el juego de mis provocaciones mordaces. Era claro, no obstante, que a Ronnikins le costaba mucho más controlarse, su rostro adquiría un gratificante tono colorado al oír mis injuriantes comentarios sobre su familia, pero se contenía y nunca replicaba. Y Granger se limitaba a chasquear la lengua distraídamente cuando la llamaba sangresucia, era un sonido que me irritaba particularmente, me recordaba el grito de una gallina clueca.
Enfrentado con tales tácticas tan poco deportivas, me vi forzado a admitir la derrota y dejé de acecharlos desde rincones oscuros con el fin de emboscarlos. Pero eso sólo después de noventa y tres fracasados intentos. Era una verdadera lástima porque disponía de tanto material que no iba a poder usar. Había ido recorriendo metódicamente cada una de las maneras enumeradas en: "El gran libro del estudiante adolescente malvado: Las mil y una formas de insultar, zaherir y atormentar psicológicamente". Pero las torturas propiamente dichas no empezaban sino después de la cuatrocientos veintidós.
A Potter le habría venido muy bien una tortura.
Por supuesto no me tomó demasiado tiempo más darme cuenta de que ignorarlo tampoco iba a ser una solución. Adondequiera decidiera yo ir, a los pocos minutos, Potter y sus inseparables seguidores se hacían allí presentes. ¿Acaso era demasiado pedir que si Potter se negaba a reaccionar ante mis dichos, al menos procurara evitarme… como yo a él? Esta desafortunada cadena de eventos me obligó a recurrir a medidas desesperadas: Opté por desplazarme de un lado a otro utilizando la vía de los subsuelos en la mayor medida posible.
Valiéndome de esa estrategia pude llegar ese día al Gran Salón para almorzar y los Gryffindors no habían logrado interceptarme. No había plato en mi lugar, no me llamó la atención para nada, ocurría con frecuencia. Mal les iba a ir a mis compañeros Slytherin si pensaban que la falta de cubierto podía ser un factor que me hiciera retroceder. Recorrí la mesa con una mirada estudiadamente distraída. El plato de Pansy estaba lleno de galletitas dulces… sinceramente… ¡no era la hora del té sino la del almuerzo! Los platos de Crabbe y Goyle rebosaban de grasas amenazando con inminentes ataques cardíacos. Nott, al parecer, se había embarcado en los últimos días en una dieta de sólo carne. Fruncí la nariz con desaprobación. El plato de Blaise en cambio… una presa de pollo asado, papas noisette doraditas y ensalada fresca… ¡qué mejor!
—Accio plato… —murmuré con un disimulado movimiento de varita. Por desgracia para Blaise, no notó la excelente movida sino un par de segundos tarde, cuando el plato ya estaba lejos de su alcance y posándose delante de mí. Claro que hubiera podido reaccionar exigiéndome que le devolviera lo que acababa de birlarle, pero eso habría significado tener que reconocer mi presencia… apretó las mandíbulas, se puso de pie y fue a buscarse otro plato.
Sonreí más que satisfecho y me puse a comer con deleite.
Un rato más tarde cuando ya casi terminaba, noté que entraba una lechuza y que volaba en mi dirección. Era algo inusual, normalmente el correo llegaba durante el desayuno.
El ave portaba precariamente en sus garras un paquete grande y largo, envuelto en papel madera. Y lo dejó caer justo cuando pasó por encima de mi cabeza. Con un rápido y diestro movimiento de la mano logré desviar su trayectoria para que no me dañara. Y salí indemne, pero Pansy no tuvo tanta suerte, le impactó el pecho y la hizo caer hacia atrás, alguien logró sostenerla antes de que llegara al suelo pero los pies le quedaron en el aire… bueno… pensándolo bien quizá era mejor verle los pies y no la cara.
Yo procedí a desenvolver el paquete, su contenido venía bien protegido por muchas bolas pequeñas de papel para amortiguar potenciales golpes. Admito que no puse demasiado cuidado y muchas de ellas fueron a parar a una fuente de salsa de tomate. Las salpicaduras asperjaron de rojo a Crabbe y Goyle. ¡Que se jodieran, bien merecido se lo tenían!
Mis ojos se desorbitaron cuando me di cuenta de qué se trataba el regalo. ¡Era una escoba! Y no cualquier escoba… ¡una Firebolt! ¡Mejor que la Nimbus que había sido destruida!
Y venía acompañada por una nota: De alguien que te admira.
¡Alguien que me admiraba! ¡Al fin alguien que se daba cuenta de lo mucho que yo valía! ¡Y me mandaba un merecido y regio obsequio para reverenciarme!
Me tomé unos segundos para reflexionar… ¿de quién podría tratarse?
¡Dioses! ¿¡Por qué habré nacido tan espectacularmente sexy?! ¡Podía ser cualquiera de los de la escuela! Ni siquiera podía descartar a los profesores… desvié la vista hacia la mesa principal, pero Severus estaba mirando para otro lado. Por desgracia mis ojos se cruzaron con los de Dumbledore… que me miraban titilando frenéticos… no, no podía ser él… ¡puaj!
Decidí volver a concentrarme en mi regalo. ¡Cuánto me habría gustado poder compartir tal fortuna con un amigo! Pero yo no tenía ningún amigo…
Bueno… poco importaba… al menos podía darme el gusto de ir a alardear ante un rival. Y mi más enconado rival se hallaba sentado casi en la otra punta del salón, en la mesa de Gryffindor.
Me puse de pie y, escoba nueva en mano, dirigí mis pasos cruzando el recinto. Muchas cabezas se voltearon para contemplar mi decidido desplazamiento. Las conversaciones se acallaron y arreciaron los cuchicheos. Cuando ya llegaba a destino, Potter, que estaba sentado dándome la espalda, se dio vuelta.
—¡Draco! —exclamó sonriéndome. —Qué bonito día, ¿no?
—No tan bueno para vos como para mí. Lamento informarte que vas a perder el próximo partido. —declaré triunfante y le enrostré la escoba poniéndosela bajo la nariz.
—¡Pero que escoba más estupenda! —se admiró, los ojos verdes se le habían desorbitado.
—Bien podés decirlo. —dije en voz alta y luego me incliné para susurrarle al oído: —Pero a mí no podés engañarme, yo sé que por dentro te estás muriendo de envidia… este modelo supera al tuyo.
Mi tono de voz se tornó más sedoso y agregué: —Es un regalo de alguien que me admira en secreto.
Potter me susurró en respuesta: —¿Y sabés quién es?
Su aliento había reverberado cálido en mi mejilla. Había algo que estaba mal… se suponía que mi cercanía tan próxima debiera resultarle muy incómoda y sin embargo su tono había sido dialogal, como si intercambiáramos ese tipo de confidencias a diario.
—No. —respondí con altivez— Pero no me cabe duda de que debe tratarse de una chica de la más alta cuna… nadie que podría fijarse en vos. —agregué con desdén.
—Che, Draco, dejate de flirtear y mostranos eso que trajiste.
Lo último había sido pronunciado por una voz de tono irlandés claramente vulgar. Sentí que alguien me agarraba la espalda de la toga y me tironeaba hacia atrás. No podía ser otro que…
¡Finnegan! ¡Que me rodeó con los brazos y me sentó sobre su falda! Su barbilla se apoyó sobre mi hombro y me sacó la nota de la mano.
¡No podía creerlo! ¡Ese palurdo tosco e inmenso que solía seguirme con frecuencia con claras intenciones de robarme el dinero! ¡Y me estaba reteniendo, contra mi voluntad, sobre su falda! ¡Era inaceptable! ¡No era así como debían tratarse los enemigos! Un gruñido indignado se me escapó de los labios.
—No me parece que esto lo haya escrito una chica… —farfullaba el muy plebeyo— Los trazos son demasiado enérgicos… —agregó apretándome más contra su pecho.
Con una exclamación indignada logré zafarme y me le bajé de la falda. Mi mirada salvaje recorrió rápidamente el salón.
Todos, y con ello quiero decir todos —incluyendo para mi gran desmayo al profesor Snape— tenían los ojos fijos en mí.
Oí una risa sarcástica que provenía de la mesa de Slytherin, podría haber jurado que había sido Zabini el que la había proferido… ¡maldición! A partir de allí las risas se multiplicaron. Las de los Hufflepuff eran más bien risitas disimuladas pero las de los Ravenclaw eran francas carcajadas. Varios Gryffindors se habían puesto de pie y me señalaban, algunos se agarraban el estómago riendo a más no poder. Los mellizos Weasley estaban reproduciendo una farsa del incidente de la falda que acababa de ocurrir. Los muy… ¡yo no había sacudido los brazos así!
Lo cierto era que todos, excepto Potter que estaba mirado a Finnigan con el ceño fruncido, se estaban riendo a mis expensas. Granger incluida. No podía dejar las cosas así, tenía que recuperar mi dignidad.
Volví a enfrentar al irlandés y le quité la nota de la mano. —¿¡Pero cuál diantre es el problema de ustedes Gryffindors grandulotes y toquetones?!
—No te sulfures, varón, calma… y no es que yo sea un grandulón, es que vos sos tan chiquito y tierno.
Me erguí en toda mi altura de uno sesenta y cinco… eh… sesenta y seis. —Mi estatura es perfectamente normal para un chico de catorce años. ¡Para tu información, los varones alcanzamos la pubertad entre los doce y los dieciséis años y la estatura promedio para ese intervalo etario varía entre uno sesenta y cuatro y uno setenta y cuatro!
—Oh… realmente debés de estar muy traumado con tu altura si te aprendiste todo eso. —dijo Finnigan sonriendo.
—¡Acabo de probar que mi estatura no es baja! ¡Y vos sos un patán ordinario, imbécil y feo!
Finnigan se enjugó con el dorso de la mano las lágrimas de risa y luego dibujó una sonrisa intencionadamente maliciosa. —Los opuestos se atraen, según dicen… ¿quiere decir que a vos te gustan rudos y grandotes?
¿Que si a mí me gustaban rudos y grandotes? ¿¡Pero qué clase de pregunta era ésa?! Por un segundo pestañeé desconcertado e inmediatamente decidí que la mejor vía de acción era redoblar los insultos.
—Evidentemente el tamaño desproporcionado de tu cuerpo le quitó toda la nutrición a tu atrofiado cerebro de mosquito. ¡Sos vos el anormal! ¡Reconocelo! ¡Sos un mastodonte al igual que los búlgaros masivos! —le escupí haciendo un breve gesto hacia los aludidos que un par de mesas más allá y entre gruñidos se estaban atosigando de alimentos a paladas.
Probablemente me habían oído, porque interrumpieron la incorporación de forraje, alzaron la cabeza y me miraron. Aparentemente yo me había expresado en voz un poco más alta de lo que había creído. Poco podía importarme lo que pensaran, hasta ese momento ninguno de los visitantes de Durmstrang, ni tampoco los de Beauxbâtons, ya puestos, se habían percatado de mi existencia. Y no era que yo quisiera que me notaran tampoco.
Pero en ese instante era clara la actitud hostil hacia mi persona. No me arredré en lo absoluto y les devolví una mirada de total desprecio y muy amenazante al mismo tiempo. Y fue entonces que Viktor Krum que estaba sentado en el centro del grupo de bestias hizo algo muy desconcertante. Levantó una mano… pero no para mostrarme el puño o el dedo medio… ¡hizo juguetear las puntas de los dedos como saludándome! ¿¡Pero de qué se trataba eso?! ¿Acaso era una extraña seña búlgara para desafiar a alguien a un duelo? El mamut que Krum tenía al lado, al que sólo le faltaba un taparrabos y un garrote para tener todo el aspecto de un neanderthal, frunció los labios haciéndome un mohín. La imagen fue muy desagradable porque era muy jetón y los labios gruesísimos y toscos.
¡Y me sopló un besito!
—¡Puaj! —exclamé repugnado y giré bruscamente dando media vuelta. Todavía sostenía en la mano la escoba, cuyo extremo impulsado por el enérgico movimiento de giro impactó en Longbottom empujándolo. Fue a parar sobre la mesa de Ravenclaw ante los ojos de una muy atónita Luna Lovegood.
¡Todos parecían haberse vuelto locos de repente! Despavorido, salí corriendo del Gran Salón.
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