4. Batallas insalvables
Sentía el corazón en la boca, bombeando sangre tan fuerte y rápido como era posible y aún así, sentía que sus piernas flaqueaban, igual que el vano intento de no parecer a apresurada. Había bajado las escaleras del desván a trompicones, cerrando la escalerilla de emergencia tan torpemente como le fue posible y a continuación, olvidándose por unos momentos de la foto que llevaba guardada bajo su ropa, corrió como pudo hasta la primera planta donde su padre y Sherlock habían llegado de sus tareas oficiales.
—¿Rose? —exclamó John, mientras se adentraba en la cocina— Nena, ¿estás por aquí?
—Está bajando— aseguró Holmes
En cuanto sus pies derraparon por la alfombra del pasillo central, la joven Watson sonrió de manera forzada para pretender que no había hecho nada prohibido ni desubicado, pues si su padre descubría lo que ella había encontrado en el desván (y el hecho en sí de que había estado en el desván), posiblemente tendría que mudarse definitivamente a un colegio, de interna.
—Hola papis, ¿ya habéis vuelto? —preguntó con absoluta inocencia, mientras se apartaba el cabello de la frente— No os esperaba tan pronto en casa…
—Si, hemos vuelto porque parece que Sherlock no puede trabajar sin quebrantar la ley —explicó John, rodando los ojos
—No es quebrantar la ley, es tomar prestada una información esencial para resolver un caso— reclamó el inspector
—Ya… del FBI. O de sabe Dios qué fuente confidencial y clasificada de la cual sería delito extraer información
Sherlock no dijo nada más, sabía que John era su "Pepito Grillo" particular, siempre en su oreja contándole qué debía o no debía hacer, qué era correcto y cómo debía actuar… gracias a Dios que era así en ocasiones.
—¿Y tú? ¿qué has estado haciendo? Se supone que debes ir a clase y esas cosas, cielo
—Lo sé, lo sé, pero… uhm, bueno, la verdad es que me he tomado el mundo por montera y me he dicho: "Rosie, la escuela no te aporta nada que tú ya no sepas" …
—…ni un certificado de estudios ni nada…— añadió John, irónico
—…" así que quédate en casa, relájate y espera a tu papi amoroso para hacerle el desayuno"
—¿Vas a hacer tú el desayuno? — preguntó Watson, intrigado
—Claro, ¿por qué no?
Sin mediar más palabra, tan solo con una sonrisa, Rose se retiró rápidamente a correr por el pasillo, yendo a su habitación para guardar la foto que comenzaba a resbalar entre su ropa y así, evitar un accidente mayor si se ponía a cocinar, ahora que ya estaba encomendada a ello. Entró en su dormitorio, apresurada como el alma de un condenado a muerte, notando el calor tomando cuerpo en sus mejillas, revisando con suma rapidez su estancia para saber donde podría esconder la foto, pero no disponía de tiempo: la dejó junto a su mesita, sabía que nadie entraría en su dormitorio sin su permiso, era algo que siempre se había inculcado a fuego en su casa… a excepción de Sherlock, que era bastante escueto en cuanto a normas y convicciones sociales para la convivencia. Pero era de suponer que Sherlock no tendría motivos para entrar en su pequeño territorio e invadir su privacidad o comprometerla.
—Le pasa algo raro a tu hija. Y no es el hecho de ser tu hija— dijo Sherlock, observando a John— Creo que ha hecho algo malo
—¿Crees que no lo sé? —sentenció el doctor— Algo ha hecho, lo sé. Pero no puedo sonsacarle información, así como si nada. Después del desayuno…
—¿Estás pensando con la cabeza o con el estómago?
—He oído que los gofres belgas están muy buenos…
El doctor Watson sonrió con amplitud, mientras se cruzaba de brazos en postura bonachona y se dirigía a la cocina para observar el trabajo de su hija, su única y adorada hija que escondía secretos que él se encargaría de desvelar. Por su parte, Sherlock estaba confuso por la aparente falta de interés en saber qué había hecho mal Rosie, por lo que sin decir nada, como una veloz sombra, se dirigió al dormitorio de la chiquilla: ni en mil vidas habría dejado pasar el detalle de su frenética carrera a la recámara de Rose antes de empeñarse en jugar a las cocinitas con su padre.
En la comisaría central, Lestrade estaba a punto de perder los estribos en cualquier instante: toda la oficina, todos los efectivos estaban como locos tratando de estudiar y descifrar donde sucedería el siguiente ataque, donde podría perpetrarse el siguiente homicidio, pues estaba convencido que sería allí, en la capital, ¿Dónde más sino? Algo que seguía torturando al inspector eran las letras que habían dejado en el escenario del crimen: S, T, W. Seguramente, significaban algo importante… ¿o sería para despistar la investigación? ¿sería un acto terrorista? ¿o algo incluso más trascendental y secreto? Después de todo, estaban enzarzadas las fuerzas de investigación americanas, lo que no podría ser nada bueno en absoluto. Como si de una bombilla se tratase, la mente de Lestrade iluminó gran parte de sus dudas incesantes con un nombre: Holmes… pero esta vez, no necesitaría a Sherlock.
—¿Está bueno? — preguntó la joven cocinera
—Si, si… está bueno— admitió John, con una leve sonrisa
—No mientas, Hamish— intervino Sherlock— está siendo amable contigo porque es tu progenitor, pero está decepcionado de que tus habilidades culinarias se vean reducidas a unas tortitas y un poco de café, en vez de los ansiados gofres belgas que John planeaba comer en esta gloriosa mañana
Ambos, padre e hija, dirigieron la misma mirada con el ceño fruncido al inspector, quien no se daba por aludido mientras revisaba su teléfono con gran interés: al parecer, Mycroft requería de información sobre el caso para poder ofrecerle su ayuda a Lestrade.
—Ese babuino con gabardina…— murmuró molesto
—¿Ocurre algo, Sherlock? — preguntó John, intrigado
—Greg
—¿Qué pasa con él?
—Le ha pedido ayuda a mi hermano
—Eso es bueno, ¿no? Quizás así consigas el acceso a los archivos que tanto deseas, ¿cierto?
—¡Le dije que vendiese su cuerpo si era necesario, pero no pensaba que recurriría a mi hermano! — exclamó, dando un leve golpe en la mesa
—¿Por qué te molesta tanto tío Mycroft? — preguntó Rose
—T-Tío… ¿Tío Mycroft? —titubeó el inspector, sorprendido— ¡JOHN! Haz algo con tu hija, por favor
—¿Qué? —replicó la joven
—No es tío Mycroft, ¿de acuerdo?
—Para mí lo es— aclaró Rosie
—¡Que no! Y no quiero que mi hermano se vuelva a involucrar en mis investigaciones. He tenido suficiente con el tema de Eures, gracias
Al ver que la conversación no avanzaba por buen camino, Rosie se quedó absorta mirando a su padre postizo y a su papá: John estaba sonriendo, como si realmente le hiciese gracia todo aquello. Sin embargo, estaba preparando otra cosa para ese mismo instante.
—Sea como fuera, supongo que no necesitamos a Mycroft ahora mismo para saber por qué estabas tan acelerada cuando llegamos a casa, Rosie…
Lo soltó con toda la delicadeza y dulzura del mundo, con su voz aterciopelada, paternal y amigable que empleaba con Rosie desde el mismo día que había nacido. Eso pilló completamente desprevenida a la joven, quizás incluso un poco al mismo Sherlock, hasta el punto de que ninguno de ellos fue capaz de reaccionar.
—Uh… eh…
—¿Y bien? — insistió el doctor, sin cambiar su tono de voz ni su sonrisa, que comenzaba a resultar estremecedora dadas las circunstancias— Creo que tienes algo que explicarme, Rosie…
—Es que… uhm… yo no… no sé…
—Oh John, ¡por el amor de Dios! Es evidente que se asustó porque habíamos llegado a casa y no estaba en la escuela
Después de esos instantes de tensión, Sherlock salió al rescate de la chiquilla, a la cual sorprendió (gratamente, por cierto) y le dedicó una sonrisa a su salvador. Sin embargo, John no pudo evitar fruncir el ceño levemente, pues no se veía convencido con aquella respuesta, pero sí era plausible, era de hecho lo más lógico que podría considerar… pero no acababa de convencerle, su hija era bastante autosuficiente en ese aspecto y su resolución de vivir por encima de la media (en todos los ámbitos, especialmente el académico) no era vinculante a esa respuesta de Sherlock. Pero con los años había aprendido que, en cuanto Sherlock y Rosie hacían equipo, a veces era mejor retirarse que perder una batalla insalvable. Al terminar de desayunar, Rose se ofreció nuevamente para lavar y fregar todos los platos y las tazas, mientras Sherlock permanecía junto a John, esperando a que alguno dijese algo: tras unos minutos, John se disculpó para ir a ducharse, ya que quería regresar a la estación, seguir trabajando con el cuerpo de policía y por supuesto, arrastrar el intelecto de Sherlock para continuar trabajando juntos (especialmente, si conseguían ayuda de Mycroft para evaluar la posible información que consiguiese con sus contactos). Una vez que la joven Watson terminó sus labores de limpieza, desapareció corriendo como un suspiro hacia su ya inexorable "pequeño hogar" donde guardaba tesoros y sobretodo, secretos.
A unos 25km de la residencia Watson, en una concurrida plaza con un mercadillo artesanal, la gente pasea tranquilamente, ojeando cada stand con curiosidad: mermeladas orgánicas, ropa hecha con algodón a mano, bolsos y complementos hechos de esparto, discos y vinilos antiguos de colección, cuadros tejidos o pintados a mano… todo es natural, todo es tranquilo y pacífico, sin duda alguna no es peligroso ni tiene intención de serlo. Sheryl Avenue, a sus seis años, tenía una grandísima curiosidad por los mercadillos y todo lo que le pudiese pedir a su mamá como regalo: estaba ojeando con impaciencia cada puestecillo, yendo de la mano de su progenitora, que preguntaba precios y observaba todo lo expuesto. Sheryl estaba deleitada con los que sus ojos azules ofrecían y sonreía ampliamente ante la agradable condescendencia de los adultos. Hubo una persona en concreto que le sonrió con mayor efusividad, desde lejos, una mujer rubia, con rizos (igual que Sheryl) que se escondía tras una gran gabardina negra y guardaba sus manos en los bolsillos de ésta. La pequeña Avenue saludó con su mano al ver la atención que le prestaba la figura lejana, pero al cabo de un rato, la mujer se dio media vuelta y comenzó a caminar hasta abandonar la proximidad del mercado. Cuando Amick Avenue tiró suavemente de la mano de su hija para continuar caminando, la pequeña no opuso resistencia, se acercaron a varios puestos más y continuaron buscando entre los vendedores. Sin previo aviso, Sheryl sintió que su cuerpo iba por los aires, sin entender cómo ni por qué, pero antes de poder tan siquiera evaluar su situación, todo se volvió negro y en silencio.
¡Hola a todos! Gracias si has leído hasta aquí. Siento muchísimo la espera, realmente no tengo excusa pero me he mudado a Italia este verano, he empezado un nuevo trabajo y el tiempo me consume pero por fin conseguí un ratito (y algo de inspiración) para seguir escribiendo. Próximamente, seguiré avanzando capítulos y espero que os guste tanto como me está gustando a mi explorar toda esta parte de Sherlock, John y Rosie. Un saludo enorme, gracias por las lecturas y las reviews y nos vemos pronto.
