Descubriendo la pasión
Por: Wendy Grandchester
Capítulo 4
Leí el mensaje una y otra vez. Me siento nerviosa cada vez que lo leo, siento un hormigueo en el estómago. Desde que Christian Grey apareció en mi vida hace tres semanas me siento perseguida constantemente. No entiendo cuál es su empeño, su interés en mí.
Aunque su actitud y su mirada penetrante, sus maneras autoritarias me asustan, él ha sido siempre muy amable, educado, gentil, pero sé que hay algo oscuro en él, algo infernal, mi intuición me lo dice.
No puedo olvidar que para su perverso placer me siguió el juego en el restaurant, fue humillante, ¡no lo perdonaré jamás!
"Piensa en tu futuro, Anna". Me repetía mi voz interior, bueno, realmente, cada vez que leo esa línea, puedo escuchar la voz arrogante de Christian.
Yo sólo quiero un helado, algo de distracción que no involucre a ningún tercero, sólo yo y el placer absoluto de un frío y delicioso helado para este calor. Pero ahora tengo que pensar en mi futuro y de alguna forma eso me abruma.
No es que esté evadiendo mi futuro, pues sí pretendo hacerme de una carrera profesional tarde o temprano, mi futuro había estado más o menos planificado, pero la enfermedad de mamá nos obligó a tocar los fondos destinados a mi educación, Ray quedó endeudado y pretendo darle la mano hasta que la carga le sea más ligera, entonces... comenzaré a estudiar. Cuando encuentre mi pasión y decida qué quiero hacer con mi vida. ¡No cuando Christian Grey lo diga!
Conduje hasta el Carvel que está a pocas millas de casa, me estacioné y fue una bendición cuando entré a ese local, el aire acondicionado me abrazó, olía divino, una amalgama de dulces sabores.
—¿Lista para ordenar, Anna?
—¿José? ¿Desde cuándo trabajas aquí?
Me sorprendió ver a José trabajando en la heladería, no he venido desde hace más o menos un mes.
—Comencé hace unas dos semanas, es un segundo empleo, ya sabes, el sueño americano.—me sonrió, aún con ese uniforme de camiseta rosa y morada con la gorra a combinación, se ve muy mono, su auténtica simpatía es un buen plus.
—Más bien es la pesadilla americana...—dije bromeando, de pronto me siento muy relajada con él, no estoy nerviosa, mi corazón no está latiendo como loco.
—¿Qué quieres que te sirva, preciosa?
Me paralicé por un momento, no por el efecto de ese adjetivo coqueto con que José me había llamado, sino porque curiosamente, no tuvo en mí ningún efecto. Hace tres semanas, una mínima atención por parte de él me habría dejado veinticuatro horas de sonrisa idiotizada.
—Una barquilla mediana de Caramelo y pralines.—le dije con una sonrisa serena.
Sin perder la sonrisa que lo caracteriza, lo veo tomar la cuchara y poner dos bolitas en el crujiente cono. El trabajo no le sienta mal, sin embargo, puedo entender lo que me quiso decir Christian en el restaurant, no me imagino a José trabajando aquí por años o no haciendo otra cosa más que vender helados.
—Por aquí.— me extiende mi helado mientras yo ya había sacado el dinero para pagarle.
Me senté en una mesa de dos sillas, en una esquina solitaria, soy la única clienta en ese momento, puedo irme a casa, pero es incómodo conducir y comer helado a la vez, por lo que decido sentarme y saborearlo lentamente, es divino.
Mientras devoro mi helado, llegan unas cuantas personas, me enfoqué en una pareja de abuelitos de mediana edad que entraron con sus nietos, dos niños que debían tener unos siete u ocho años respectivamente.
Estaban volviendo loco a José, no se decidían, pedían a la misma vez y constantemente cambiaban de idea, pero él parecía desenvolverse bien, tenía tres hermanos menores.
Cuando terminé mi helado, me puse de pie, me despedí de José con un gesto de mano que él a penas notó por lo contrariado que estaba.
Llegué a casa y toda la sensación de tranquilidad me abandonó, porque sólo pensaba en Christian y su mensaje. Christian y su insistencia... mi indiferencia hacia José... todo eso estaba abrumándome, tanto, que no escuché a Ray llegar.
—Tuve suerte hoy.—dice y yo doy un salto mientras él me muestra los pescados que capturó.
—Ya lo creo...
—¿Crees que te sirvan de algo? ¿Para la cena quizás? Ya los he descamado y limpiado...
—Claro, algo se me ocurrirá...
Si hay algo que amo, además de la música y una buena novela inglesa de época, es cocinar, la cocina me inspira. Mientras Ray se da un baño, me pongo a sazonar dos pescados, los condimento bien, como había aprendido en el canal de recetas, los dejo a fuego lento mientras voy cortando unas patatas en rodajas. Condimento también las rojadas de patatas y les pongo un poco de orégano. Corto un poco de cebolla morada y se las agrego a los pescados que están ya medio cocidos mientras preparo una salsa especial para ellos y dejo que las patatas se cocinen.
Aunque somos dos nada más, procuro que la cena siempre sea un momento agradable y memorable, por lo que coloqué los pescados en un plato blanco y cuadrado, bañado en la salsa quedando sobre las patatas, lo decoré con tomatillos y espárragos y los puse a la mesa con una jarra de jugo de uvas blancas.
—Tienes el don de preparar delicias en cuestión de segundos, siempre te lo he admirado.—agradecí el cumplido, luego comimos en silencio, él se quedó en el salón viendo las noticias de la noche, yo me interné en mi cuarto.
...
A penas son las diez de la noche, pero me siento muy cansada, emocionalmente más que todo. No dejo de pensar en Christian, pensar en él está consumiendo mis neuronas. Aún no he decidido si iré al encuentro con él, pero de todas formas programé una alarma para las ocho en caso de que me quede dormida hasta tarde.
Me desperté a las siete y treinta, antes de que mi despertador sonara, pese a mi cansancio, la ansiedad no me dejó dormir hasta tarde. No confío en Christian, ¿por qué? No lo sé, pero la curiosidad me está mantando, además, ¿qué podría perder? No iba a quedarme con la duda.
Decido pararme de la cama, me lavo la cara y los dientes, me recojo el pelo en un moño alto y me meto a la ducha tibia, salgo veinte minutos después y envuelta en la toalla me doy cuenta de que no tengo ni idea de qué ponerme para una entrevista con Christian Grey.
Realmente, no es que pretenda impresionarlo demasiado, poco me importa lo que Christian piense de mí, pero si su empresa está ubicada en Manhattan, supongo que me toparé con altos ejectuvos, hombres de trajes y mujeres elegantes, esparciendo inteligencia y seguridad en un mundo de hombres y tan competente como lo es la tecnología.
Elijo una falda de tubo ceñida que llega hasta encima de mis rodillas, roja, la combino con una blusa blanca, con las mangas hasta los codos y me calzo unos tacones rojos. Me ondulé el pelo y utilicé un fijador para que mis artificiales ondas resistan la entrevista. Me apliqué polvo base, sombra oscura en los ojos, rimel en las pestañas, un poco de rubor a mis mejillas y... aquél labial rojo.
Me miré en el espejo, nuevamente siento que esa no soy yo, quiero verme profesional, segura... no quiero que Christian Grey me tome por una zorra que planea seducirlo...
Déjate de tonterías, estás divina, me dijo aquella vocesita.
Fui a la cocina, Ray ya no estaba, pero había dejado café hecho, me serví una taza y me la tomé con un par de galletitas de soda, la ansiedad me cerraba el apetito.
Ya eran las nueve, decidí que era momento de salir si quería llegar a tiempo, la empresa de Christian me quedaba a unos cuarenta y cinco minutos.
Cuando me pongo en marcha, consulto la dirección en su mensaje una vez más. Mientras más me acerco a mi destino, más nerviosa me pongo.
Llego al imponente edificio, Grey Software Solutions está ante mis ojos, todo en cristal, tan elegante y arrogante como el mismísimo Christian. Me estacioné y miré mi reloj, faltaban diez minutos para las diez.
Una hermosa fuente decora el estacionamiento, subo una escalera y un guardia de seguridad me recibe en la puerta, me guía hasta el escritorio de la recepcionista.
—Buenos días, señorita.— Una rubia de unos veinticinco años y sonrisa espléndida me saludó, tenía un sofisticado micrófono y una moderna computadora en la que había dejado de teclear tan pronto yo llegué.
—Buenos días.—respondí a su saludo.
—¿Es usted suplidora, vendedora...?
—No...
—¿Tiene cita previa?
—Sí. Tengo una entrevista con el señor Grey...—dije casi con miedo, la mujer se extrañó, pero lo disimuló.
—¿Me permite una identificación, por favor?
—Claro.—le pasé mi carné de conducir.
La mujer lo mira, confirma mi rostro con el de la foto, le hace una discreta señal al de seguridad, indicándole que todo está bien, anota mis datos en lo que asumo es un récord electrónico. Se comunica por el micrófono con alguien.
—Muy bien. El señor Grey la está esperando. Piso diez, siga este pasillo a la izquierda para tomar el elevador.
—Gracias.
Mientras camino la corta distancia que conduce a los elevadores, le sonreí al gorila de seguridad, un afroamericano de al menos dos metros de altura y musculatura terrorífica, pero tenía una amable sonrisa de dientes blanquísimos.
Entro al elevador y presiono el piso diez, por cada piso que sube, mi corazón se tensa, cuando aterricé en el piso destinado, mi corazón aterrizó de igual manera.
Llego a un pasillo, hay una puerta de cristal que tiene inscrito el nombre de Christian Grey. Al asomarme, escuché un timbre que me indicaba que ya podía abrir la puerta. La seguridad de este lugar es envidiable.
Al entrar, hay un enorme mostrador en el que está ubicada una secretaria, una elegante mujer de unos cuarenta años, pelo rojizo natural y vestida impecablemente.
—Buenos días, ¿Anastasia Steel?
—Sí...—hasta un gallo me salió.
—El señor Grey la está esperando.
La peliroja me escoltó hasta la oficina de Grey y luego se retiró. Christian está sentado en su escritorio, me está mirando intensamente, recorriéndome toda sin decirme nada. Mis piernas comienzan a temblar, la boca se me seca.
Ese hombre es demoniacamente guapo, su traje a la medida le queda de infarto, su pelo... he fantaseado tanto con enredar mis dedos en él. Sus ojos grises se fijan en mí, sabe que me ponen incómoda y sé que lo está disfrutando, sus labios se curvan en esa sonrisa perversa.
—Buenos días, Anna. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Estoy nerviosa.—le confesé con toda honestidad.
—Toma asiento. Relájate.—me indica la silla frente a él.
—¿Por qué estoy aquí, señor Grey?
—Tienes una boca tan directa, dulce Anna...—respiré profundo.
—Señor Grey, si pretende hacerme perder el tiempo y burlarse de mí como lo hizo en su restaurant...—hice énfasis en "su".
—Te aseguro que no tendrás nada que perder, Anna y mucho que ganar. Y sólo por curiosidad, ¿por qué dices que me he burlado de ti?
—¡¿Y todavía pregunta?!—me exhalté tanto que sentí vergüenza.
—Sabes, para ser empleada tienes una actitud muy desafiante, eso no te conviene, Anna.—me lo dijo muy serio, había una amenaza lasciva en su tono.
—Lo siento, no quise faltarle el respeto, pero lo que usted hizo fue humillante.
—¿Humillante? Realmente... ¿qué fue lo que te hice?
—Usted sabía que yo no tenía ni idea de que era el dueño del restaurant, se divirtió a mi costa y encima... me dejó aquella propina con la que me ridiculizó delante de todos...
—Su acusación es muy seria, señorita Steel. Primero que nada, yo no sabía que usted ignoraba que yo era el propietario del Picasso, no lo supe hasta que me dejó la cuenta y se desapereció sin darme tiempo de explicarle nada...
—¿Pretende que yo le crea que todo a sido mera casualidad?
—Puedes creer lo que quieras, Anna, para mí es irrelevante, pero te lo aclaro si con eso te sientes menos ¿humillada? Y sobre la propina, jamás tuve la intención de ridiculizarte, sólo fui generoso con una mesera eficiente, no fue una obra de caridad...
—¿Por qué cien dólares? No le parece que...
—Porque puedo.—se encogió de hombros, como si fuera lo más natural del mundo.
—Porque puede... ¡claro!
—Y porque te lo ganaste. Anna, yo no ando por ahí despilfarrando mi dinero ni dándoselo a quien no se lo merece, si yo te di esa propina, fue porque te la ganaste, ¿entendido?
Sólo asentí. Fue tanta su autoridad, aunque ni siquiera alzó la voz que yo ni me atreví a replicar.
—Ahora, Anna, me gustaría hablarte de tu futuro, el verdadero propósito de esta reunión, ¿no?—volví a asentir.
—Lo escucho...—le dije un tanto prepotente, no quiero que note en mí ninguna desesperación o interés y se aproveche.
—Yo soy una persona que cree en las oportunidades, especialmente en las personas que tienen talento y poseen una mente única. Desde que te vi, supe que tenías potencial, además de una sagacidad y una inteligencia competente, tú no encajas con el montón, Anna, eres... diferente, por eso cuando te vi de mesera... me llevé una gran sorpresa...
Mientras él hablaba, empleando un tono totalmente serio y profesional, se expresaba con naturalidad, no hubo sonrisas curvadas ni sutiles insinuaciones, se veía relajado en ese rol, más joven, ese hombre había nacido con liderazgo.
—No soy una mediocre, si eso es lo que piensa, yo...
—Sé que no lo eres, es por eso que te quiero ayudar, no quisiera verte sirviendo...
—Tengo dieciocho años, señor y ese tipo de trabajo es muy normal para las chicas de mi edad mientras...
—¿Mientras?
—Mientras pienso en qué hacer con mi vida, con mi futuro...
—Mientras, el tiempo pasa sin darnos cuenta, pequeña Anna, no lo desperdicies.
—Usted no entiende... no es que no quiera superarme o que soy una holgazana, es que...
—La enfermedad de tu madre no te dejó muy bien parada económicamente...
—¿Qué sabe usted de mi madre?—me puse de pie, furiosa.
—Vuelve a tu asiento, Anna.—dijo muy sereno, pero esa serenidad aterraba más que un grito.
—¿Me estuvo investigando?
—Como te dije, no malgasto mi dinero y mi tiempo en quien no merece la pena, sí, investigué un poco, hablé con mi cuñada, Kate, tu amiga...—¡Kate! Exclamé para mí misma.
—¿Qué es lo que quiere de mí, señor?
—Quiero que trabajes para mí.
—¿Pa... para usted?
—¿Por qué no?
—Es que... ¡míreme!—me señalé a mí misma despectivamente.
—Lo hago.
—¿Cómo piensa que yo podría trabajar para usted? ¿Haciendo qué?
—Hay cientos de plazas en esta empresa, Anna, en alguna debes encajar. Si puedes manejar a los clientes con la misma pasión con que me atendiste en el restaurant, una próspera carrera de negocios te espera.
—No creo que eso sea una comparación justa...
—Eres terca, inquebrantable, tus convicciones son muy firmes, serías una publicista excelente.
Suspiré me eché hacia atrás en la silla. Todas sus palabras tienen efecto en mí, puede que me esté ofreciendo la oportunidad de mi vida, pero... me siento presionada.
—No sé por qué usted hace esto... ¿por qué yo?
—Porque puedo. ¿Por qué se te dificulta tanto aceptar algo que sólo mejorará tu vida?
—¿A cambio de qué? No soy tan tonta como para pensar que aceptar su ayuda no me costará...
—Tengo mucho dinero, Anna, se lo doy a quien yo quiera, además, no estoy regalándote nada, te estoy dando un empleo, ¡por el amor de Dios!—perdió la paciencia.
—¡Ya tengo un empleo!—me puse de pie una vez más.
—Anna, no estoy comprándote...
Me susurró, estaba de espaldas a mí, yo estaba por abrir la puerta para salir de su oficina. Su voz aún bailaba en mis oídos, lo sentía detrás de mí, estaba prudentemente lejos, pero yo lo sentía pegado a la piel, un escalofrío me recorrió.
Me giré y quedé frente a él, me miró con sus ojos grises y ardientes y me encerró en sus brazos.
—Si no quieres un trabajo, no lo tomes, pero no te resistas más a explorar tu pasión, Anna...
El aire se me fue. Ese hombre alto, me había envuelto en su fuerza y su perfume embriagante. Hasta ahora, no conocía bien lo que era el deseo y me encuentro deseando a este hombre, deseo que me bese, deseo que me deje así, apretada entre sus brazos, me retiene posesivamente, yo no soy capaz de hacer ni decir nada, estoy en sus manos...
Continuará...
¡Hola!
Espero que les haya gustado, gracias a todas por sus comentarios. Mañana comienzan las clases, no podré actualizar tan seguido, pero mientras pueda lo haré.
Wendy
