e.e Nuevo capítulo :)
Gracias por los comentarios que llegaron!
Capítulo 4: Mi Piel Artificial.
1.
- ¿Dónde tenemos que ir ahora?
Continúo con lo cinco minutos de inesperada transmisión. El viaje en tren ya es historia y los pasajeros nos arrimamos a la estación de tren privada que nos entregan para nuestro aterrizaje en el nuevo mundo. El tren nos deja y comienzo a sentir el control sobre mis pies. Hace un día que me muevo por inercia.
Nos dejan en un sector enterrado debajo de quién sabe dónde. Lo único que me han informado es que ya arribamos al Capitolio. Ya tuve el placer de optimizar mi tiempo escuchando a todos los capitolinos que, según Leela, acamparon cerca del lugar de acopio de trenes para poder vernos al llegar es una locura pero la algarabía de los juegos no es algo nuevo. Lo novedoso es saber que yo misma soy parte de ellos. Aunque hace tiempo que esas palabras perdieron su sentido y sólo están para rellenar.
Muchos Agentes de la Paz nos acompañan a los costados, al igual que cuando salimos del distrito. Sus trajes claros los hacen ver como robots motorizados. Sólo uno de ellos se dispone a hablarnos para la transmisión se simples instrucciones.
- Deben seguirnos el paso hasta llegar al destino final, por aquí por favor. –Se programa para enderezarse y todos asentimos con la cabeza. Leela un poco más divertida, me reveló en el tren que goza observando a los Agentes de la Paz, cree que son atractivos al sacarse el casco.
Luego de caminar un poco debo acostumbrarme para no quedarme atrás, aunque eso daría lo mismo puesto que ya hay un Agente en mis espaldas. Me desespero al no saber la dirección de su mirada detrás de esa visera polarizada.
Darnell continúa rígido como una varilla delante de mí y Tamarin y Finnick van algo más holgados con su paso. Ya han hecho esto varias veces, como tributos o mentores. La chica mira hacia atrás y nos hace ojitos a cada uno.
- Tranquilos, dejen esas caras. En cualquier momento nos separarán y ustedes irán con sus estilistas, apuesto a que están desesperados por conocerlos a ambos. Luego nos de nuevo cuando sea hora para los carruajes. En todo ese intertanto deben portarse bien, no nos hagan quedar mal.
Tamarin se voltea no sin antes echarle una ojeada contemplativa a todos los Agentes que la rodean a su respectiva altura. No parece tomarlos muy por autoridades. A mí no me hacen mucha gracia y prefiero dejarlos de lado como otra especie humana. Nunca los he visto en otra faceta que no sea esta. Las historias de distintos Agentes de la Paz que hacen amistad con ciudadanos comunes y corrientes ya han pasado a la categoría de leyenda.
Todo aquí combina, pero con un gusto poco imaginativo. Supongo que es la faceta de las instalaciones dedicadas a nosotros. Las paredes blancas y los Agentes de la Paz igual de pálidos cumplen su rol de amargura entre los demás accesorios, como lámparas de vez en cuando amarillentas alojadoras de luces igual de brillantes que las paredes. Es aburrido. Todos los individuos que se cruzan en nuestro camino comparten la misma identificación pegada en la chaqueta que indica que pueden estar allí. Cada una de esas personas no se esfuerza en disimular su asombro y alegría al vernos pasar. Susurran entre ellos y nos apuntan. Es lo mismo que en el tren, sólo que aquí no descarto la posibilidad de que se me tiren encima como ardillas.
- Como se disfruta de la atención estos días –dice Tamarin por delante, lo que hace reír a un Agente. –Y hasta puedo desenterrar a uno de estos deslumbrantes loqueros. –El hombre se endereza ante su alusión.
La escena también me desprende una carcajada silenciosa a mí.
Poco a poco dejamos atrás a los seres embelesados por nuestra belleza única y equiparable, hasta que no se oye ni una voz que no sea monótona, como la mujer que les pide las identificaciones a los Agentes que van delante. Admito que este paseo me sorprende, pensé que nos recluirían de inmediato como lo hicieron en el tren. Aquí la libertad consentida no es uno de los privilegios. Quizá haya muchos, pero no pasan por encima de nuestra inexcusable encarcelación.
Ya hablo con extremismos pero es imposible no hacerlo. Todo en esta experiencia parece amplificarse por mil. No le deja lugar a la naturaleza críptica que tan curtida se me aprecia. Mi cerebro absorbe a mil por hora. ¿Cómo podría no hacerlo?
- Equipo de preparación de Anne Gabrielle Cresta. –El hombre habla mientras me observa a través de su visera, casi puedo distinguir sus ojos, pero tengo que ingresar a la habitación. Supongo que el paseo se terminó.
- Equipo de preparación de Darnell Salander –anuncia otra voz de Agente al otro lado del pasillo. Los vidrios parecen polarizados pues se cubren con un leve tono grisáceo pero no tan concreto como una pintura. Se pasa por la cabeza lo incómodo que debe ser todo esto.
Y hablando de eso, ¿qué es un equipo de preparación?
2.
Descubro la respuesta al otro lado de la puerta. Hay movimiento y sonido, junto con dos cortinas que pretenden contenerlo dentro de mi pequeño cubículo provisorio. Una camilla se me planta delante y me quedo helada; junto a ella se plantan en igual de condiciones tres chicos a mi parecer andróginos, que me observan con sonrisas amplias y artificiales.
Noto que el Agente de la Paz continúa detrás de mí cuando me empuja levemente, en el instante no me propongo avanzar. Los rostros de las personas aquí no me agradan. El ruido de agua corriendo y una especie de ducha tampoco. Me fijo en el rastro del atuendo de alguien al otro lado de la cortina cuando esta se mueve y veo noto la misma disposición que uno de los tres gemelos cadavéricos que no me quitan los ojos de encima.
Avanzo tambaleándome. Uno de ellos, con el cabello espigado y de un fucsia algo femenino para sus rasgos levemente reconocibles. No, no pretende cambiar la expresión.
- ¿Anne Gabrielle Cresta? –Su voz es algo chillona y se me asemeja a una grabación de computadora. ¿Qué ahora me dirán que es un robot?
- Annie –corrijo suavemente. En definitiva mis instintos de identidad no planean quedar inhibidos por la palpable severidad de la situación. No importa si estoy muriendo y unos seres extraños estás por interactuar conmigo y no sé qué otra cosa, tengo que mostrar mi molestia a los nombres compuestos.
- Está bien, Annie, entonces –me dice, con la misma sonrisa que los demás también imitan… como si estuvieran programados-. Soy Galphie. Él es Elphie y el Lorphie. Como notarás somos muy parecidos, puedes distinguirnos por nuestros colores de cabello. Somos tu equipo de preparación.
Bueno, pregunta respondida. Ellos son mi equipo de preparación, sólo una duda más se me cruza por la mente. Estoy a punto de formularla cuando Lorphie, el de cabello azul índigo, me interrumpe levantando la voz.
- Debes acostarte aquí para que te inspeccionemos antes de llevarte con tu estilista. Estamos muy ansiosos porque aprecies nuestro trabajo pero ya se hace tarde, Los demás tributos están a la mitad. No sé qué les hizo tardarse tanto.
Por supuesto, concluye el pequeño discurso presuroso con una sonrisa. Surgen ganas de decirles que sólo se detengan, ya he tenido suficiente emoción espeluznante por un día.
Mi cubículo se alinea con los demás en lo que a sonidos se trata y cada uno de mis "estilistas" se encoge en un taburete o simplemente se queda de pie. La escena debe ser divertidísima, con su similitud y mi rostro de desconcierto. De todas formas no transcurren muchas vueltas de reloj hasta que me entrego a la situación.
Mi pánico se agrava cuando pasamos a la parte en que debo desvestirme. Como si no tuviera a tres hombres –por andróginos que sean- delante de mí, enfundados en rostros pícaros y ansiosos. No soy capaz de catalogar su mirada como normal –apreciando un juguete envuelto en papel de regalo, del que has sospechado su identidad hace días- o eróticamente –dispuestos a poner manos a la obra en una orgía poco censurada. Mi primer instinto es decir que no, pero imagino lo que sucederá es incorrecto desde todas las perspectivas morales, pero prefiero este ángulo a ser expuesta por los mismos agentes de la paz.
- Lo sentimos, pero por alguna razón su tren se atrasó y no tuvieron tiempo para llevarte a la sala contigua para ponerte la bata. –La voz de Galphie, el rosado chicle. La voz no varía de sus primeras frases, continúa nasal y sobre emocionada, pero insiste en ser el portavoz del peculiar trío. –Prometemos mirar hacia otro lado, hemos hecho esto muchas veces, no te preocupes.
- Está bien –consiento luego de reflexionarlo con pobreza. No tengo muchas otras opciones, y admito que sus palabras me han convencido. Están a punto de continuar con mi exposición personal a nivel de todo el Panem. Mi rostro estará en la televisión, en las calles y se transmitirá por días –si tengo suerte-, unos minutos de pudor frente a unos "estilistas" poco humanos será sólo una preparación. No es como que tenga mucho que esconder. Esta situación se tornó sobrenatural en el momento que Leela anunció mi nombre a grito pelado.
- Muchas gracias.
A continuación, los tres se voltean hacia la puerta blanca y yo me dispongo a quedar como Dios me trajo al mundo.
Podría llorar porque me obligan a hacer esto. Pero en la práctica no ganaré nada. Puede que incluso pierda.
Ya colocada en posición sobre la extraña bañera en altura, anuncio que pueden venir. Me reconforta que ninguno muestre señales de masculinidad. No, se mantienen fríos como rocas. Me siento como rata de laboratorio, pero manipulada con experticia.
Cuando mi cabello está sedoso como si lo hubieran remojado en bálsamo unas quince veces, me permiten envolverme en una bata blanca y felpuda. Elphie me adula con un cumplido tipo mejor amiga que me hace sonreír.
- ¡Ambreal estará fascinada! Se atrevió a decir que no confiaba en nosotros –dice el de cabello azul, juntando las manos en un ademán agradecido.
- No cultives falsas esperanzas, aún no la ha visto –corrige Elphie, ordenando su cabello en el proceso-. Esa Ambreal no se contenta con nada. Ya saben de los otros equipos de preparación. ¡Antonette intentó disuadirme el otro día!
- Antonette es su novia –me dice en un susurro Galphie sin esperar a mí respuesta. Lo siguiente no se preocupa en confidenciarlo-. ¡El día que terminen será el fin de Los Juegos del Hambre!
Lorphie se ríe por lo bajo y Elphie reprocha a Galphie con una mirada poco amigable. Yo quedo sorprendida más que nada por el hecho de que uno de ellos tenga novia. Sin intención de ser poco amistosa.
- Cállate garlopo, consíguete una primero –repone Elphie cruzando los brazos mientras se me acerca finiquitando el tema.
-Sí claro.
- Annie, supongo que no te diviertes escuchando nuestras conversaciones mundanas. Quieres ir a la verdadera acción, ¿cierto? -¿no?- Ambreal estará encantada de conocerte, puede que incluso venga a escoltarte ella misma.
- Pero cuidado con sus garras –añade Lorphie, imitando luego a un animal salvaje.
- Sí, puede ser.
- Y con su genio –dice Galphie frunciendo el ceño.
- También.
- Y con el abrelatas que guarda en el tercer cajón.
Elphie y Galphie comparten el mismo temple confundido. Lorphie sólo se encoge de hombros mientras continúa:
- Es una leyenda urbana. Nadie sabe lo que sucede cuando Ambreal se encierra en su oficina de estilista. Algunos dicen que descuartiza gatos y los embalsama en la pared de su habitación.
- ¿De qué hablas chiflado? Annie se va a asustar –interviene Elphie, zarandeando con exageración al narrador.
- Annie, no creas nada de lo que dice –añade Galphie con ojos cálidos, nuevamente se arregla el cabello. ¿O ese fue Elphie?- Y de todas formas intentó tirársele Ambreal una vez y es por su rechazo que inventa chismes de ella. Lo hace con todo el mundo.
- ¡Eso no es verdad!
Galphie lo observa con compasión y el otro se taima.
- Él también quería ser estilista pero escogieron a la chica el año pasado. Fue una lástima que tuviera que quedarse con nosotros como compañeros. Tu doble del año pasado lo aporreó con preguntas. Lorphie acabó sorteándola alegando que estaba deshidratado. Qué feo, Lorphie. –Esta vez no se voltea, pero hace un ademán de rendición. –De todas formas todo se devuelve a Ambreal a cada rato.
Lorphie lo mira indignado.
- ¿En qué quedó eso de "todos para uno y uno para todos"?
- En todo caso la familia de esa chica podría mandarte a acribillar con mayonesa cuando les plazca, ten cuidado –advierte Galphie.
- Tú eres el que menos fideliza ese slogan –encara Elphie, mitad serio y mitad bromista-. Y sí, Ambreal tiene sus movidas. Pero ahora hablemos de Annie, no todo se trata de ti. –Luego es mi turno de recibir su atención. –Annie, querida, ¿de qué quieres hablar?
No hay mucho de lo que pretenda comentar con estos tipos. Son más extraños que sus mismas apariencias, pero debo admitir que son chistosos. Distingo un aire entonado a Lacey en sus palabras, lo que me llena de nostalgia. Sólo he pasado un día lejos de casa. Incluso, hace un día aún estaba en casa.
Los tres me miran expectantes, como si los hubieran programado para hacerme sentir incómoda.
- Emmm, bueno, no soy muy interesante que digamos.
- Patrañas, tenemos tiempo. Y todos guardamos cosas interesantes dentro –asegura Galphie.
¿Tenemos tiempo? ¿No que debían llevarme donde mi tal estilista Ambreal? Y hablando de estilistas. ¿Qué hace exactamente uno de esos? ¿Me entrega los trajes y ya? Un traje calientito recién salido del horno, para que yo lo luzca.
No hago eco de mi pregunta verbalmente, pero eso me deja a la deriva con la necesidad de un buen tema para entretener a estos tipos.
Nunca he sobresalido en el arte de entretener a tipos. A nadie en especial.
Y a decir verdad, no tengo nada qué estar haciendo aquí describiéndole gracias a la gente. Asúmelo, amiga, estás en Los Juegos del Hambre y no hay vuelta atrás. Puede que ellos estén emocionados porque me verán a mí en la Arena. No a ellos mismos. Yo seré la que muera y ellos atenderán al tributo de turno año tras año, probablemente repitiendo el mismo cauce de oraciones estúpidas hasta ahora.
Dicho eso, pregunto lo que sigue.
- ¿Dónde está mi estilista? –Refuerzo el tono autoritario, no pierdo nada. Y ellos no parecen de los que guardan rencores larguiruchos.
- ¿Ya quieres irte? –pregunta Elphie, entrecerrando los ojos. Quizá me equivoqué.
- ¿Ya hemos terminado aquí?
Se miran entre ellos, haciendo un repaso fugaz de mi yo al completo que muero por apresurar. Es íntimamente probable que mi golpe de rectitud se inhiba en cualquier instante y comience una amable conversación de tipos de pescado para la cena.
- Pues sí –rectifica Lorphie, ya recuperado.
- Entonces es hora de que me lleven con esa tal Ambreal, ¿no?
Me sorprende que no haya venido un Agente de la Paz ya. El sonido de las duchas en las otras áreas se apagó hace poco, al igual que las voces de los demás equipos.
No puedo asimilarlo bien, pero este lugar me parece cada vez más ajeno y artificial. De un momento a otro, ya quiero cortar todo tipo de relación con estos chicos que no me han tratado mal de ninguna forma.
Como por arte de magia, un Agente se materializa en la puerta.
- Anne Gabrielle Cresta, por aquí por favor –dice guiándome hacia afuera. Es una mujer esta vez, pero no se quita el casco.
Camino con la espalda recta, asustada de cualquier cosa que pueda ocurrir. La Agente coloca una mano en mi espalda recién acicalada y noto las palmas tensas que me hacen contacto. No reacciono, no se me hace extraño, el carácter de un Agente de la Paz siempre me ha intrigado mucho.
- Adios Annie, nos vemos –oigo despedirse a uno de los tres, no distingo cuál.
3.
Me mantengo enfocada hacia adelante, con cierto temor a la persona que no se quita de mi espalda. No discuto que hayan mandado apenas un Agente de la Paz para trasladarme de un lugar a otro, no soy mucha amenaza.
El escenario no cambia sus peculiaridades. Nos adentramos en un pasillo lleno de puertas idénticas entre sí. Pasamos siete u ocho hasta que la voz me dice en voz baja:
- Es aquí, entra.
Giro el pomo como me ordena, hallándolo algo difícil de forzar, lo que me amedrenta con el sentimiento de que estamos haciendo algo malo. No puedo girarlo y aminoro el esfuerzo mientras miro a mi guarda espaldas. Es en ese instante que distingo un ligero tono rosado en su casco y cuello. Me extraño, y una risilla proveniente del pulcro traje me confirma que esto no es normal.
- Está bien, yo lo haré. –Ya no distingo el tono seco y serio que se me dirigió en la habitación del equipo de preparación. En cambio, noto un tinte de sarcasmo. –Espera un poco, creo que la dejé muy dura.
Luego de unos segundos y un par de movimientos bruscos y metódicos al mismo tiempo, la puerta reacciona y la voz repone con satisfacción.
- Funciona.
No espero más y me adentro en la habitación junto con el Agente sospechoso. No se toma su tiempo –luego de cerrar la puerta- para quitarse el casco. La maniobra me sorprende por igual pues es extraño presenciar a uno de los de su especie hacerlo. Es, o verlos con la cáscara encajada o el rostro libre. Me asombra la facilidad con que puede hacerlo, cosa que me convence más de que no se trata de un ejemplar normal, como los demás.
De debajo de la máscara surge, en primer lugar, un cabello rosa chillón y tallado en una trenza meticulosa y brillante, la que se acurruca al cuello de la chica en todo su largo. Facciones afiladas y ojos azules muy claro le prosiguen, al igual que una sonrisa muy marcada que espera respuesta.
Se la doy, sólo que no me despego del asombro natural del momento.
Y por alguna razón, no puedo evitar pensar que la he visto en alguna parte.
- No me mires así –dice, mientras coloca el casco en una mesita también rosada-. Era mucho más divertido que yo te fuera a buscar. Hice algunas moviditas, y ya te tengo.
Me quedo callada. No sé qué decir ni tampoco descifro en primera distancia de qué habla.
- Mejor me presento. Soy tu estilista. –Luego de eso me tiende la mano con manicura en tonos de rosa pálido, también hay algunos puntos negros. –Tú debes de ser Annie Cresta.
- Sí… yo. –De veras que no pretendo murmullar un tartamudeo de ese tipo, pero varias cosas me descolocan, esta una de ellas-: Espera… ¿me dijiste Annie?
- Hablé con Tamarin Fray, tu mentora. Una de las primeras cosas que me dijo fue que no te llevas muy bien con tu nombre. Supongo que iré a tu corriente, ustedes tributos suelen ser ariscos.
¿Ariscos? Creo que tenemos nuestras razones, yo no culparía a nadie. Pero en todo caso, ¿qué sabe ella? Se ve muy joven, no creo que haya sido estilista por mucho tiempo.
- Yo soy tu estilista, como ya lo sabes. –Vuelve a tenderme la mano-. Amber Charelle Snow. Suelen llamarme Ambreal.
¿Snow? Apellido común pero de todas formas me aclara las dudas difusas.
Ya lo recuerdo. El presidente tiene tres hijos, según lo que muestran las imágenes de la farándula Capitolina de vez en cuando. Recuerdo los nombres… Bastien, el mayor por bastante. Luego vienen Mirage y Amber, llamada Ambreal de "cariño".
Me tomo mi tiempo en digerir la situación. A esta chica la he visto en fotos promocionales, en videos, es famosa por su padre –ahora ya comprendo lo que dijo Galphie sobre "la familia de Ambreal"- pero mi sentido común no consiente que sea… ¿mi estilista? Está fuera de sitio, ni siquiera sabía que tuviera algo que ver con los Juegos del Hambre.
- Por si no me conoces soy la hija de…
- Si lo sé, te he visto en la televisión –asiento, dándome un poco de tiempo. Me siento incómoda en frente de ella.
Debe tener unos pocos años más que yo. Máximo veinticinco. El cabello rosado la delata en juventud. Los estilistas que he visto de vez en cuando son ya mayores, "experimentados" si hay que hallarles un concepto a su presencia de profesionales. La chica frente a mí se nota algo novata, pero no puedo omitir que le sobra presencia y noto algo más, ¿confianza quizá? Al menos más que yo. Y debo admitir que el pequeño juego de ir a buscarme como un verdadero Agente de la Paz mortifica mis opiniones sobre los Capitolinos. No diré que me agrada, pero no está mal.
- Sí, creo que las cámaras son personajes en mi vida, no es que pueda hacer mucho al respecto. –Noto el acento de la ciudad muy marcado cuando habla coloquialmente. También tiende a tocarse el cabello con los dedos, eso es algo que también yo hago. –Pero esto no se trata de mí. Sino que de ti, Annie cariño.
- Creo que tenemos edades parecidas –acoto insinuándome a su tendencia a mirarme como pequeña. No lo hago decididamente en ofensa, pero es que aún no puedo hacerla calzar con todo el asunto.
- Lo sé, algo que tenemos en común. –Se pasea por la habitación, abriendo puertas en los armarios que suceden un patrón algo aleatorio. No sé si está nerviosa o quiere comenzar rápido, creo que estamos atrasadas. –Me alegro de que así suceda. Por como lo vi cuando era pequeña los estilistas son algo ajenos a los tributos que manejan. Hay muchas conversaciones artificiales, y eso es lo que quiero evitar. Y nos ayudará mucho que tengamos edades similares, hemos vivido cosas parecidas hasta ahora…
- ¿Cosas parecidas? –Creo que esta vez la intención se refleja como pretendía. -¿Qué tú vivas en el Capitolio y yo en un Distrito?
- He leído mucho acerca del Distrito Cuatro –se quita el tono tenso de la discusión con facilidad, como si hablara con una de sus mejores amigas. –Es de hecho mi favorito junto con el Seis. Tienen allá una buena calidad de vida.
- Junto con la amenaza de Los Juegos del Hambre –estampo.
Se encoje de hombros tiernamente mientras hace una mueca y extrae ciertas cremas del armario a su lado.
- Con la cantidad de voluntarios no lo veo algo del todo negativo. Las Academias están a rebosar con los chicos que quieren visitar el Capitolio.
¿Visitar el Capitolio? Esa es una de las cosas menos importantes. Un plus innecesario, lo que quieren los voluntarios es ganar, no venir a admirar su modo de vida. Es curioso, pero tiene un tinte extraño y artificial. Quizá los distritos tengan una personalidad algo más lívida, pero es menos agobiante. Creo que el hecho de nuestra fama no es el único factor que índice a los ciudadanos a mirarnos como rarezas impolutas.
- Eso no te dice nada, y no tiene nada que ver con…
- Está bien, no importa. No más opiniones acerca de estos asuntos, mi trabajo aquí es vestirte y pretendo ser lo más profesional posible. No vaya a ser que me eyecten.
Dice lo último con quizá demasiado dramatismo.
- No lo harán, eres la hija del presidente –comento sarcástica.
- Créeme, hay muchas cosas que no sientan bien de ser la hija del mandatario más importante de este mundo.
Eso lo dice con quizá demasiada condescendencia.
- Pero como dije antes, no importa. Y volviendo a lo que decía antes. Tenemos cosas en común, tendríamos el día entero para platicar sobre ellas. Por ejemplo: a ninguna de las dos nos gusta nuestro nombre completo y preferimos que nos llamen de otra forma. También está el hecho de que ambas tenemos algo que ver con esta festividad y tuvimos la suerte de quedar juntas.
Tengo el impulso de corregir su facilidad para asegurar que debería estar feliz por mi situación. También lo de la palabra "festividad", pero me contengo. Quizá tenga razón en algún porcentaje de lo que dice.
-Como digas, tú eres la estilista. Estoy a tu disposición –suelto, magnificando mi conformismo, que extrañamente no afloró a la mitad de la discusión como siempre lo hace.
-Eso sonó extraño Annie. –Noto el tinte de inocencia. Está claro que todo lo que dice de veras lo piensa, no es que pretenda componer sus frases para manipularme de alguna forma y me quede callada. Puede que de veras tenga en mente entablar una amistad
Me extraña porque normalmente yo respondería con agrado a esas indirectas. Soy relativamente amigable, y no es que tenga mucho de donde escoger para formar mi círculo de conocidos.
- Hoy en la noche es el desfile de tributos, como tú bien sabes –me explica Ambreal con tinte profesional, como ella quería, me alegro. Gesticula mucho, lo que ayuda a mi intención de comprenderla. –Tenía el diseño ya preparado para hoy, y el modelo está muy bien ajustable a tu cuerpo, quizá sólo deba expandirlo un poco en las áreas bajas. Tienes más trasero de lo que pensé –dice, haciéndolo sonar como un genuino cumplido. Cuando echo un vistazo hacia sus proporciones no tiene nada que envidiarme-. Pero además de eso, está todo perfecto. Quedará espléndido con tu color de piel.
No puedo hacer nada más que compartir parte de su emoción. Puede que me vayan a vender a los espectadores que van más o menos a vitrinear, pero al menos me veré bien. En el fondo de todo, los estilistas trabajan para nosotros en una inocente y ambiciosa labor de sobresalir ellos. Es algo desconsiderado por nuestra realidad y su falta de tacto, pero no existen malas intenciones. Una cátedra acerca de las justicias en este lugar no me vendría mal, pero probablemente me afectaría el ánimo más de lo que está.
Ambreal parece dedicarse mucho al arreglo. Noto muecas en su rostro que lo denotan. Tiene ciertos tics de morderse la lengua cuando desciende a las telas inferiores. No puedo ver el traje puesto que decidió nutrir la incertidumbre en un acto pertinaz que confirma mi visión de los estilistas. Se ha colocado detrás de una pared que divide ambas estancias del la habitación que los fue ajustada, Sólo distingo la mitad de su figura y la veo haciendo arreglos a una obra que veré "más tarde". Tendré suerte si sé cómo luzco en el mismo desfile.
Me siento con la necesidad de iniciar una conversación. No pierdo nada y esto de llevar una buena relación estilista-tributo en decadencia no me parece una mala idea.
- ¿Cuánto demoras en hacer un traje como ese? –pregunto algo dudosa de la calidad de mi intervención. ¿De veras tiene mucha importancia? Podría preguntarle acerca de su familia, o amigos, o de cómo diablos llegó a ser estilista tan joven.
Reitera el tic con la lengua y concluye un complicado movimiento con una sonrisa satisfecha. Luego me pone más atención.
- Cerca de tres o cuatro semanas. No saben cuán difícil es conseguir estas telas –explica, orgullo latente-. Y eso que yo tuve suerte, hice algunas moviditas y las conseguí antes que los otros estilistas.
- Veo que eres buena para hacer moviditas.
Da un pequeño vistazo al vestido camuflando la composición de la respuesta. Puede que haya sido un comentario algo sardónico.
- La verdad es que estoy acostumbrada a ello. Si tengo la oportunidad de hacer las cosas más fáciles, no veo por qué no tomarla en el momento. –Acaba con una sonrisa que no muestra signos de petulancia alguna.
- Tiene sentido –asiento.
- Por supuesto que lo tiene. Sino no habría llegado a este lugar. No sabes la cantidad de oportunidades que la gente pierde por no tomar el primer barco que parece prometedor. Puede ocurrir con un estilista o con cualquier tipo de persona. Consejo empírico.
De repente me dan ganas de preguntarle sobre su vida privada. Mejor dicho, su vida como hija del presidente. Admito que tiene ciertos matices que le ha otorgado el estatus, pero sigo diciendo que a simple vista no se muestra como alguien muy diferente al resto de los ciudadanos aquí. El cabello colorido y el acento lo tienen todos. Y también la gran mayoría parece poseer una cuota de optimismo y bienaventuranza a la que no estoy acostumbrada.
Se me vienen muchas preguntas a la cabeza. Como, ¿cómo es su hogar? ¿Qué se siente ser tan conocida? ¿De qué diablos habla con su padre? ¿De la escuela? ¿De moda o tendencias? Es decir, su padre es el presidente. A alguien como él sólo puedo imaginarlo charlando acerca de crecimientos internos o reformas o análisis extraños de población y ese tipo de cosas. ¿Hablarán de cosas triviales? Una pregunta más envolvente, ¿hablarán de mi esta noche en la cena frente a un pavo cinco veces el precio normal?
Desde luego no verbalizo ninguna de estas preguntas. Son muy esporádicas y quizá sólo la pongan incómoda –la verdad lo dudo- pero no se me ocurre nada más.
De todas formas me salva la campana.
- Annie, preciosa, es hora de meterte en tu traje. –La sonrisa parece iluminar todo el lugar.
4.
Está bien. Podría decirse que Ambreal se lució con esto. Sus esfuerzos se veían prometedores como cualquier talento joven, y se reafirmaron con mi apariencia.
El traje es maravilloso.
- ¿Estás segura que tú hiciste esto?
Mi disculpa no alcanza a expandirse, pero no es un rostro de indignación el que me complace.
- Para que veas que la fama no lo es todo. -Aprecia sus uñas con ademán exhausto, pero sale del trance rápido. –Esto sólo es el principio. Originalmente tendría que haber ordenado tu peinado y maquillaje antes, pero no quise esperar. Ojalá no me reprendan por eso. Llamaré al trío de preparación ahora, tienen mucho que hacer.
- Está bien.
Ambreal habla cortésmente por una especie de grabadora estampada en la pared con una voz femenina. Le traspasa la información de que estoy lista para la acción. Me da piel de gallina en ese instante. La idea de repetir la experiencia de tanta gente trabajando en mí no me da buenos presentimientos.
Al parecer mi rostro no disimula tales congojas.
- No te preocupes –dice Ambreal con una mirada compasiva-. Saben lo que hacen. Si son raros puedes decirme y los callo, tengo cierto poder sobre ellos.
- Ya lo creo.
Nos quedamos en silencio un tiempo mientras esperamos a que acuda el Equipo de Preparación. La chica ordena lociones en una caja sobre el estante, haciendo pequeñas acotaciones acerca de cuáles podrá utilizar sobre mí. Oigo conceptos como "detersiva", "estíptico" o "antimicótico", los que no me molesto en cuestionar pues no me dan pista alguna. Confiero toda mi fe a las notas de Ambreal y reduzco mi interés en la etimología de la palabra.
Al parecer todas esas sustancias son especialmente transferidas a este sector de la ciudad, o mejor dicho a esta situación, pues la chica también se consuela con frases como "Llegará pronto a Ivory Lane" o "papá ya habló con los proveedores". Me parecería extraño que el presidente se preocupara por las lociones que maneja su hija, pero nuevamente, no pregunto nada. Hay otras cosas que se arremolinan en mi cabeza.
Como otras escenas que no son esta. Mi casa, mi familia, como estarán llevando esta situación. Dejaré un poco de lado el melodrama y la suficiencia. No diré que les quité un peso de encima ni nada de eso. Deben estar preocupados, el ambiente en casa será extraño y algo predecible, aunque no me decido entre dos apreciaciones. ¿Estará cada uno por su cuenta haciendo un recuento de los acontecimientos, o se habrán reunido pensando en que sería lo mejor? Admito que la segunda opción me agrada un poco más, pero la primera es más factible en muchos aspectos.
También me intriga Darnell, no puedo negarlo. He anhelado, por extraño que suene, una conversación con él. Pretendo tener las cosas claras. Después de todo vinimos juntos aquí y el interfirió con lo que yo concebía, sería el día de Cosecha. Lo menos que puede hacer es darme un par de aclaraciones.
Me concentro en todo esto con el objetivo de ignorar el verdadero asunto de calibre en mi cabeza. "Mañana hay entrenamiento" mencionó Tamarin esta mañana cuando nos bajábamos del tren. De inmediato comencé a visualizar todas las opciones que tenía, aunque primero debo cerciorarme de que mi relación –si existe- con otros tributos no será desastrosa. Alojo ciertas sospechas de que Darnell tendrá opciones con los Profesionales. Luego vengo yo y mis propias opciones.
Ambreal responde al llamado de timbre en la puerta. Excavo en mis recuerdos la imagen de un timbre fuera de la habitación. No había ninguno.
El interfaz se abre, revelando a Galphie, Elphie y Lorphie, el segundo sosteniendo un aparato electrónico en su mano, al que le tipea la pantalla con cierta somnolencia. En el instante en que capta la mirada de Ambreal y la mía, presiona un botón y se reproduce el mismo sonido de timbre que antes escuché.
- Buena grabación, ¿eh? La descargué de iBlues. –Acompaña el discurso con una sonrisa patriótica-. Está claro que tú ya sabías que era yo, ¿no Ambrey?
Ambreal detiene la risilla nerviosa con un tono hosco.
- Sí, Elphie, sabía que eras tú, bien hecho en informármelo. Y no, no me llames Ambrey. Pierden tiempo allí afuera y estamos atrasados. Annie debe estar lista para las ocho o rodarán cabezas.
- A la orden capitana –corean los tres yo jurando que está ensayado. Ambreal sonríe mientras los deja pasar. Noto que es más alta que los tres. Deben ir ellos por el metro setenta y ella pasa unos siete u ocho centímetros más. Aquí yo soy un chiste comparado, ni insinuaré mi estatura.
De a poco transforman mi cabello, uñas, rostro y demases en ejemplares de lo que verdadera belleza ellos estipulan. Me molesto un poco ante lo implícito de esa frase, no me reconforta saber que nunca han pisado ningún distrito y con suerte conocen a los ganadores o tributos que han pasado antes por su cuidado.
Galphie dice algo así como:
- ¿Qué le has hecho a tus puntas? Parecen mondadientes deshilachados, Annie.
Todos suspiran ante eso y yo me hundo más abajo en la silla. ¿Por qué lo dicen ahora? Tuvieron horas antes cuando nos conocimos para criticar mi apariencia y lo poco que al parecer me cuido.
Espero que Ambreal me defienda o algo parecido, pero pierdo las esperanzas cuando complementa una de las observaciones.
Dentro de poco, comienzo a sentir mi cabello algo rígido y la piel en la cara un poco aceitosa. Les comento eso a los cuatro y Elphie me contesta:
- Se te quitará en unos minutos, es para el brillo extra, así te verán desde kilómetros allá afuera. Si continúa la picazón puedo darte una de estas cremas…
Luego de eso continúa hablando como si yo comprendiera los conceptos que escupe a diestra y siniestra. Se dan consejos mutuamente acerca de productos. Cuentan experiencias de fin de semana, como que fueron a probar el nuevo restaurante de comida marina. "Como del Distrito Cuatro" acota Lorphie, a lo que frunzo el ceño. Él nunca ha ido al Distrito Cuatro. Eso no es una comparación válida.
Ambreal explica su agria experiencia hace una semana durante el concierto de despedida de una tal Saylor Twift.
- Ya van cincuenta años de fama. Trece premios Crammy y treinta y ocho nominaciones extra. El próximo año de darán el premio de trayectoria –dice soñadora-. Pero el otro día fue un fiasco, ¿cómo no pueden poner más guardias? La marea casi me aplasta y eso que uno de los guardaespaldas de papá estaba conmigo.
Los demás lanzan cumplidos poco genuinos y la charla se termina. Parecen todos concentrarse nuevamente en mí, temerosos de cometer un error. En el instante en que Lorphie destila el último encaje sobre uno de mis brazos y Galphie me ha decorado las uñas de los pies con muchas pintitas de colores, recién me dejan levantarme.
Los cuatro se ponen frente a mí como una procesión de padres orgullosos por los logros de sus retoños. No sé qué cara poner.
- Creo que somos inigualables –afirma Ambreal, desencadenando las muecas de satisfacción de los demás.
Las sonrisas persisten por segundos incómodos que me intrigan acerca de su experiencia en la materia. No pondrían a sólo novatos en el cuidado de un tributo, ¿cierto? No me estoy subiendo la moral con eso, pero es una pregunta válida, ¿no?
Lo próximo no surge con referencia vanidosa, es pura curiosidad. He visto a tributos en el antes y después.
- ¿Puedo verme al espejo? –Reprimo ansiedad, ya hay mucha en la sala que se escurre por los conductos de ventilación.
- ¡Por supuesto!
Ambreal me lleva por los hombros hacia mi reflejo estampado en una pared a pocos metros, el mismo en que vi mi vestido antes de que comenzaran con todo lo demás. Galphie, Elphie y Lorphie van en abanico detrás de nosotras fijando especial fascinación en mi rostro.
La imagen que se me presenta es deslumbrante. ¿Siente esto todo tributo en este instante? Lo sé, tampoco somos bestias venidas de una cueva, pero tenemos nuestros puntos flojos. Lo que veo de mi rostro, cabello, figura e incluso lo poco que se asoma de los pies es algo que me deja mal. Hago comparaciones fugaces con los vistazos matutinos de todos los días en mi pequeño espejo del baño de casa y me dan nauseas.
El vestido ya lo había visto antes. Es color celeste rozando un poco el verde claro. Es entallado en el busto, los brazos, la cadera y las piernas por encima de las rodillas –ni yo pensé que mi forma algo descuidada se vería bien en este traje de realeza tan ajustado-. Abajo se suelta de a poco, acompañado por un degradé desde el color original hasta el coral. A nivel de los hombros, el cuello y brazos, hay un forrado de pieles blancas y muy suaves, con miles de pelitos felpudos que dan la apariencia de espuma de mar. Esa área acaba en la baja espalda en forma de triángulo. También hay un poco en la cola del vestido, que se extiende más o menos medio metro detrás de mí.
El maquillaje mezcla los azules y blancos, llevo los labios pálidos en algo que oí como "nude" y los ojos con pequeñas líneas de colores. El cabello está tomado en una trenza tan complicada que no puedo describir muy bien. El cuadro general es algo que no puedo describir muy bien, sólo sé que me gustaría lucir así durante toda mi vida.
- ¿Te gusta? –pregunta Ambreal, mitad interrogando y mitad obligándome a asentir.
Siento un espíritu foráneo apoderarse de mí mientras consiento a mi estilista por su trabajo.
El peso muerto me cae cuando pienso en toda la gente afuera esperando a verme. Porque quieren verme, lo sé, es natural, somos como extraterrestres. Hago lo posible por respirar profundo y no desmayarme cuando nos llaman por el intercomunicador de la pared.
Hace frío afuera, por un momento siento que el vestido no es suficiente para mantenerme segura.
