"Entrevista".
I
Cuando llegó a su residencia el mediodía del domingo, fue recibido con un gesto de preocupación por parte de su abuelo y un montón de palabrotas por parte de su hermano. Al parecer, preocupados por su retraso, habían llamado unas cuantas veces al celular del fotógrafo, hasta caer en cuenta de que el muchachito se lo había olvidado en la casa.
Feliciano estaba seguro de haberle mencionado a su hermano que pasaría por la biblioteca antes de regresar, aunque no había mencionado para qué ni cuánto tiempo tardaría, por lo que no reprochó nada al respecto. Se dedicó a explicarles la situación, mientras se quitaba las prendas húmedas y se secaba el cabello cuidadosamente con ayuda de una toalla. Para su suerte, el mayor, aunque enfurruñado por haber perdido la apuesta con el menor de los hermanos -porque al final, Feliciano no se había resbalado corriendo por las escalinatas de la biblioteca-, le dejó en paz de mala gana; internándose en la cocina para cocinar el almuerzo.
Y todos felices, porque sin duda las pizzas de Lovino eran las mejores. Claro que éste se regocijaba con los cumplidos de sus familiares, por más que intentase ocultarlo modestamente (porque sí, cuando Lovino negaba tal cosa violentamente, con alguna que otra maldición de por medio, mientras se sonrojaba de manera notable, significaba sin duda, su forma de expresar modestia).
Pese a esto, tras despedirse de los dos visitantes, una vez hecha la hora de irse a dormir, Feliciano tardó más de lo habitual en lograr cerrar sus párpados y caer dormido profundamente. El simple motivo que se lo impedía era que, inexplicablemente, no podía evitar recordar la amabilidad de Ludwig. Observando el techo, mordió su labio inferior, queriendo bloquear aquellos pensamientos de una buena vez. ¿Por qué seguía pensando en ello?
Se giró sobre su cama observando el costado de su mesita de luz [*], aún sin lograr siquiera relajarse.
Había sido muy amable, sí; pero nunca le dirigió la palabra, y lo único que había hecho en todo el camino había sido observar por la ventanilla del auto como la lluvia caía, demasiado inmerso en sus pensamientos como para que Feliciano se atreviese a hablarle. Y mientras la distancia entre la biblioteca y el final de su recorrido iba disminuyendo, Feliciano se sentía decepcionado por alguna razón.
Pero era inútil andar pensando en él, se dijo una vez que sus ojos lograron cerrarse por completo y la somnolencia se apoderó de sí, llevándoselo al mundo de los sueños inevitablemente.
II
El celular del italiano rompió el silencio de la habitación con una melodía escandalosamente dulce. Feliciano tanteó desganado el mueble hasta conseguir dar con el aparato. Aún sin abrir sus ojos, desbloqueó la pantalla y atendió la llamada.
— ¿Diga? —balbuceó con voz adormilada, sintiendo sus párpados pesados, y bostezando ruidosamente.
— ¡Feliciano Vargas! —La voz de una muchachita que pronunció su nombre con frustración, hizo que el aludido se incorporase de golpe, abriendo los ojos, y logrando marearse un poco por lo repentino de sus acciones—. ¡Te he mandado mil y un mensajes! ¿Qué hora crees que es, niño? —preguntó retóricamente—. ¡Ya tendrías que estar aquí!
— ¡Lo siento, lo siento! —murmuró, tropezándose con sus palabras. Ya se había puesto de pie y se colocaba torpemente los pantalones de jean que yacían en el piso desde la noche anterior, sosteniendo el celular con ayuda de su hombro—. Eli, no te enojes… —susurró con tono apenado—. Me quedé dormido...
—No me puedo enojar contigo, cariño. ¡Apresúrate!
La llamada finalizó y el italiano recorrió su habitación en busca de su ropa y lo necesario para ir en ayuda de Elizabeta. A esa hora, su hermano debería estar en la universidad -cursaba su último año en Diseño de Indumentaria-, por lo que ni siquiera se preocupó por dejar todo desordenado y hacer un barullo horrible antes de salir disparado. El autobús apareció justo cuando estaba llegando a la parada y aunque tuvo que correr, lo alcanzó. El viaje duró al menos unos 10 minutos, en los que el italiano sentía como su estómago comenzaba a molestar por el nerviosismo.
Él solía ilustrar los artículos de Elizabeta la mayoría de las veces; ella trabajaba como redactora en la sección de Cultura y Sociedad, por lo que la mayoría de sus artículos eran reportajes a personas influyentes como artistas, entre otros. Gracias a eso, había conseguido conocer a mucha gente interesante y había aprendido mucho de esas personas. En esta ocasión su amiga, oriunda de Hungría, se encargaría de entrevistar a un novelista de un bestseller que se había mudado a Pistoia hacía un par de semanas. Ella estaba emocionada, pues había leído el libro y se había convertido en uno de sus favoritos. Empero, él no estaba enterado de quien se trataba… lo único que esperaba era que no se hubiese enfadado con ella por su culpa.
— ¡Ahí estás! ¡Te estábamos esperando! —En el momento en que el de sangre italiana entró por la puerta de "la sala de reuniones" (un cubículo despejado donde solían reunirse para esa clase de cosas; de paredes blancas y luz tenue) una joven medianamente alta, de ojos oliva y largo cabello castaño claro ondulado, le recibió con las manos en la cintura—. Anda, ¡vamos! ¿Qué esperas? —Perspicaz, impulsó al interior de la oficina al muchachito, haciéndole tambalear—. Saca tu varita mágica y haz tu arte, Feli.
El joven de ojos ámbar quitó de su estuche la cámara y sacó de su mochila el trípode para colocarla en donde su compañera le indicaba, sumiéndose en el trabajo de configurar su aparato para las fotografías.
» Supongo que antes de continuar sería justo una presentación cordial —mencionó la húngara, sacando al italiano de su trabajo—. Feli, quiero presentarte a Ludwig, —ella sonrió amablemente, mientras el fotógrafo abría sus ojos ampliamente—. Ludwig, él es nuestro fotógrafo: Feliciano. Espero que no te moleste que te tome un par de fotos luego, ¿eh? —le guiñó un ojo sutilmente.
—Un gusto —mencionó el rubio, que a diferencia del italiano, no se había mosqueado. Le tendió su mano y Feliciano se la estrechó robóticamente.
—I… Igualmente. Siento el retraso.
— ¡Bueno, bueno! Ludwig, continuemos con el cuestionario —mencionó afablemente ella, mientras tomaba asiento en la silla detrás del escritorio. El alemán asintió, sin abandonar su formalidad. Ella des-pausó su grabadora, que se encontraba sobre el escritorio, y acomodó las hojas que traía en manos—. Bien, todos sabemos el éxito y el importante alcance que tuvo tu libro, Ludwig, alrededor del mundo —Feliciano torció los labios con el pensamiento, «menos yo», mientras se dedicaba a acomodar el equipo de iluminación -que se encontraba en el costado de la sala-, como normalmente acostumbraba. En esa ocasión, se sentía extrañamente curioso por las respuestas que podía dar el rubio. Aunque, por supuesto… no era un acosador.
» Una pregunta que todos podemos hacernos es, indudablemente, ¿qué fue lo que te inspiró para escribir? Normalmente el tema de la Segunda Gran Guerra es el disparador de muchas historias, pero en otra ocasión admitiste que no era tu caso. ¿Recuerdas cómo fue que surgió?
—Ja. Fue una tarde de domingo en la que mi hermano mayor, Gilbert, se había quedado a cargo de mí mientras mi abuelo atendía unos asuntos en su taller —comenzó a relatar, ante el atento oído de sus oyentes—. Éramos pequeños… Si no me equivoco, mi hermano tenía unos diecisiete años, y yo, apenas trece. Él solía ser bastante escandaloso y travieso, incluso a plena adolescencia —El rubio meneó la cabeza con el pensamiento—. Me estoy yendo de tema… Esa tarde hacía un calor insoportable, por lo que él me sugirió subir a la buhardilla, la cual normalmente se mantenía fresca gracias a la sombra. Por supuesto acepté, sin embargo, una vez arriba él comenzó a curiosear los baúles y cajas de mi abuelo; fue ahí donde encontramos… varios recuerdos de aquella época. Gilbert aseguró que se trataban de pertenencias de nuestro difunto bisabuelo, un aviador de la Luftwaffe[2] —aclaró—. Yo, a diferencia de mi hermano, siempre fui más cuidadoso con esa clase de cosas; respetuoso a la palabra de mi abuelo, quien jamás había querido mencionar nada acerca de aquella oscura mancha en la historia de la familia. Pese a ello, en esa ocasión, me sentí muy tentado, y no pude evitar sentir curiosidad. En aquel viejo baúl había cartas de mi bisabuelo hacia una señorita italiana… Eran al menos unas cien, sin exagerar. Tuve que leerlas a escondidas durante la noche, para que mi abuelo no me regañara —recordó—. Tardé casi tres semanas leyéndolas. Fue eso lo que me inspiró... Sentir una historia tan real entre personas tan diferentes parecía casi imposible. Mi bisabuelo la describía como una mujer feliz, jovial, un tanto… diferente a lo que se estaba acostumbrado. Ella, sin embargo, expresó su admiración ante la inteligencia y determinación de mi bisabuelo. Lo extraño fue que ella nunca supo que mi bisabuelo estaba casado… con bisabuela, claro —suspiró—. Desde el momento en que leí aquellas cartas, hasta años más tarde, cuando comencé a escribir, jamás pude… olvidarlas. Todas ellas me dejaron marcado profundamente. Fue por eso que decidí basarme en el formato de cartas, en la época, el contexto social, y… lo más sentimental, como puedes ver.
—Esa es una historia… interesante. Dijiste que tu abuelo no quería revelar la historia de tu familia, entonces… ¿Cómo reaccionó él cuando se enteró de que el libro se inspiró en los recuerdos de tu bisabuelo?
—Bueno, él es una persona bastante temperamental en ocasiones, pero no reaccionó tan bruscamente como había imaginado. Dijo que hiciera lo que creyese correcto, que confiara en mi instinto y en mí razonamiento, y heme aquí…
— ¿Pensaste alguna vez en buscar a la mujer de las cartas?
—Lo hice. Hace un par de años rastreando por internet conseguí dar con el paradero de una de sus hijas. Me comuniqué con ella a través del e-mail —explicó, removiéndose en su asiento, incómodo por unos penetrantes ojos color miel—. Le conté sobre las cartas y la novela que estaba escribiendo. Ella me dijo que su madre estaría encantada de hablar conmigo, por supuesto. Viajé a Roma, donde residen, un mes después de eso. Ella me recibió gustosa. Es una mujer muy cálida, tal como describía mi bisabuelo, a pesar de su avanzada edad —Esbozó una pacífica sonrisa—. Fue una charla recíproca. Ella aún conservaba varias cartas que había recibido de mi bisabuelo, incluso aun luego de casarse; y me permitió leerlas. Me contó todo, cada detalle. Agradezco su gentileza, por supuesto, y el apoyo que me brindó.
— ¡Qué historia tan tierna! —admiró ella, sonriendo ampliamente—. Ludwig, estoy segura de que muchas de tus lectoras estarán felices de escuchar una respuesta positiva a esta pregunta: ¿Te gustaría enamorarte al igual que tu bisabuelo? ¿O ya experimentaste algo igual?
El rubio adquirió un tono rosa en sus mejillas y carraspeó antes de hablar.
—Nunca me he enamorado, no aún —declaró—. Pero sería un gusto encontrar a una persona que… me acompañe y se sienta feliz y cómoda en mi compañía.
— ¿Y qué fue lo que te trajo a Pistoia?
Ludwig frunció los labios ante aquella pregunta, un gesto poco visible, que duró un par de segundos antes de responder:
—Inspiración, sobre todo. He viajado a diferentes partes de Italia, para finalmente instalarme aquí. Es un lugar bastante tranquilo y agradable, como esperaba —admitió, frotando sus palmas.
— ¡Hm! ¿Un nuevo libro? ¿Podrías darnos un adelanto de qué va a tratarse? —Los ojos de la húngara brillaron, con entusiasmo; el fotógrafo pudo distinguirlo, incluso a distancia, antes de volver a su trabajo adecuando los reflectores.
—Honestamente… no quiero dar muchos detalles hasta tener más avanzada la obra —señaló, cruzándose de piernas.
—Oh, de acuerdo —susurró, antes de ser interrumpida por un sonido seco de objetos al caer y un lleve gemido de molestia. Tanto ella como el rubio, se voltearon de inmediato, encontrándose con el fotógrafo deteniendo la caída de uno de los reflectores y el trípode, en el suelo.
— ¡S-scusa! —se disculpó (o más bien gritó) antes de que alguien pudiese hablar—. Estoy bien… n-no se preocupen. Solo me enredé con el cable y caí. Eso es todo… c-continúen, por favor —explicó.
La efusividad del italiano en el habla dejó a los dos perplejos. Sin embargo, más allá de eso, la muchacha -notablemente familiarizada con el hecho- suspiró al ponerse de pie y acudió en su rescate. Desenredó el cable del pie del castaño y le ayudó a ponerse de pie.
—Ten más cuidado, Feli... ¿Te has hecho daño?
—Ve~ Estoy bien. Siento haberles interrumpido —volvió a disculparse, bajando la mirada con arrepentimiento. La húngara palmeó su cabeza suavemente y volvió a su lugar de antes. Feliciano, curioso, volteó hacia Ludwig.
Y aunque, extrañamente, lo hubiese deseado, la mirada celeste, bañada en preocupación que recibió, le hizo voltear rápidamente y regresar a su trabajo, con las mejillas encendidas.
—Regresemos. Entonces… ¿En dónde estábamos? Ah, claro… Si tuvieras que definirte como escritor en tres palabras, ¿cuáles elegirías?
—Coherente, perfeccionista, autocrítico —dijo tras haberlo meditado un buen rato.
— ¿Y en lo personal?
—Eh… tal vez: Reservado, lógico… ¿Curioso? —respondió, sin estar realmente seguro, mientras deslizaba sus dedos por su cabello, hacia atrás.
— ¿Algo que quieras añadir?
—Agradecer a ustedes por la entrevista y a quienes me apoyaron todo este tiempo. Ahora ya conocéis un poco más de mí.
—Gracias a ti, Ludwig —la húngara se puso de pie cuidadosamente, deteniendo por fin la grabadora y dejando los papeles sobre la mesa. Mantenía una sonrisa brillante, probablemente como costumbre—. Realmente estoy complacida de haber tenido el placer de ser quien te entrevistara. Tú trabajo es grato y adictivo al leer, te confieso —ella le hizo una seña para que le siguiera hacia el sector donde Feliciano tenía todo listo. Ludwig le siguió sin objetar nada—. Feliciano se encargará de esto ahora, mientras yo observo… Él sabe lo que hace.
El alemán observó al italiano indescifrablemente. Éste, ubicado detrás de su cámara, le indicó que se sentara en el sillón individual, de color naranja chillón, que contrastaba con lo aburrido de la habitación, y al que apuntaban las luces.
Ludwig aceptó, tenso, un tanto avergonzado, mientras acomodaba el cuello de su polera negra. Finalmente se acomodó el sillón, observando el foco de la cámara como si fuese un enemigo al que podría alejar usando una mirada espeluznante.
—Relájate, Ludwig —mencionó el ítalo, observando la pantalla de la cámara con una cálida sonrisa—. Si mantienes esa expresión parecerá que te amenazamos o algo así… Gira la cabeza un poco a la derecha, usa la pose que quieras, no es necesario ninguna en especial, sólo… Ponte cómodo.
Ludwig tragó saliva ante las palabras ajenas. Usualmente solía sentirse nervioso en situaciones así, pues no estaba acostumbrado, pero podía hacerlo. Relajó sus hombros primero y luego hizo un intento con su rostro: sereno, pero igual de huraño que siempre.
No podía decirse lo mismo de Feliciano, quien apuntaba la mira de su preciada cámara con práctica y flexibilidad. Era algo que él disfrutaba totalmente, sin lugar a dudas. Fotografiar. Quizás un sentimiento similar al de las cartas y la escritura de Ludwig. Capturar un momento para el recuerdo, para siempre…
Feliciano acarició el botón del aparato, deslizando su dedo alrededor de la figura sobresaliente de este. La imagen de Ludwig reflejada en ella provocó que el pecho del italiano se encogiera sin explicación alguna, justo en el momento en que tomó la foto.
Yaaaaay {?}.
¿Qué decir de este capítulo? Well… realmente no estoy segura de que sea uno de los mejores que haya escrito en mi vida, peeeero… tenía que sacarme las ganas de subirlo :v
Puedo rescatar que sabemos más de Ludwig, supongo.
Se aceptan con gusto críticas, comentarios, amenazas, permios nobel, matones, etc :D
Gracias a haneko-chan por sus reviews y a los follows y favs que me dejaron .
