La tragedia real
Disclaimer: Los Pingüinos de Madagascar y sus personajes no me pertenecen. Son propiedad de sus respectivos creadores, a los que amo por habernos brindado tal maravilla. Yo sólo escribo por diversión, sin ánimo de lucro.
Espero les guste.
Resumen: Es una historia que se ha contado clandestinamente por mucho tiempo. Existen muchas versiones, y aunque ninguna se acerca realmente a la trágica verdad, todas coinciden en una cosa; un romance, cuyos protagonistas fueron un miembro de la realeza y un soldado. Así que acómodate, Private.
Advertencias: AU (Universo Alterno). Humanizados. Slash (relación chicoxchico). Mucho, mucho drama y angustia. Futura muerte de algunos personajes. Es diferente a lo que suelo escribir.
Sí pese a ello decides continuar, adelante. ¡Espero que te guste!
Capítulo 3: El entrenamiento.
Skipper sonrió al sentir la brisa nocturna acariciar su rostro con delicadeza, mientras él admiraba el panorama que se presentaba ante él. Era una maravillosa noche para los amantes secretos y los poetas frustrados, se dijo.
Pero no estaban para romanticismo. Ellos iban a entrenar.
-De acuerdo muchachos. Cola Anillada me ha otorgado cierto poder por esta noche para empezar con el entrenamiento. La noche es perfecta, ¿no les parece? -cuestionó, sonriendo arrogante.
Sus soldados bostezaron y se restregaron los ojos, somnolientos. Skipper había esperado a que ellos entraran a un sueño profundo para despertarlos y declarar que entrenarían hasta el amanecer.
-¿En verdad es necesario, Skipper? Son las tres de la mañana -comentó Kowalski. El capitán ni siquiera les había permitido arreglarse a quienes ya estaban en pijama. Afortunadamente, él había caído dormido con su uniforme puesto.
Pero eso concernía a él, que llevaba más tiempo siendo subordinado de Skipper que el resto. Sus compañeros portaban sus adorables pijamas de pingüinos. Excepto Rico, él estaría desnudo sino fuera porque Skipper supuso que no podría sacarlo así, por lo que fue al único que dio permiso de colocarse unos boxers.
-¡Es absolutamente necesario, soldado! -vociferó Skipper, cruzado de brazos y mostrándose ofendido ante lo dicho por su teniente. Bufó.- ¡Tú tropezaste cinco veces de camino acá!
-¡Nos vendaste los ojos!
El capitán hizo un gesto con la mano para quitarle importancia a su réplica.
-Creo que ya han sido mimados lo suficiente en su primer día aquí. Así que el último hombre que quede en pie al amanecer, será acreedor a una jugosa recompensa.
Sus compañeros se miraron entre sí, confundidos. Pero entonces, Private lo señaló, acusador.
-¡Por eso permitiste que satisfacieran en todo!
Skipper se carcajeó.
-¡Correcto, Private! Me alegra que seas más intuitivo; aunque por lo general los listillos son los primeros en caer.
Empezaron a replicar, pero el capitán los ignoró. Él caminó hasta llegar a una palmera fornida y alto, el cual empezó a escalar ante la mirada confundida de sus hombres. Él estaba más acostumbrado que nadie al ambiente tropical.
-¿Crees que se haya vuelto loco? -cuestionó Johnson a su inseparable amigo, el cual se encogió de hombros.
-No, sólo creo que tiene algo raro con los árboles. Pero bueno, mujeres, árboles... ¿qué más da? ¡El punto es meter el p...!
Pero no pudo terminar su frase, pues un coco lo golpeó en la cabeza y él cayó, desorientado y viendo estrellitas frente a él. Skipper, a tres metros del suelo, sonrió burlón.
-¡Manfredi está fuera!
Ante su sentencia, una lluvia de cocos se hizo presente. Empezaron a correr, entreviendo a duras penas las siluetas de hombres colgados en las palmeras y lanzando a diestra y siniestra cocos en su dirección. Perdieron de vista a Manfredi.
Johnson tropezó y comenzó a rodar cuesta bajo hasta llegar a la costa y sumergirse en el mar.
-¡Perdimos a Johnson!
-¡Ya lo ví, Private! -vociferó Kowalski, cubriéndose la cabeza con las manos. No quería que su preciado cerebro sufriera alguna lesión permanente por culpa de ese ataque tropical.
Rico gruñó algo que en ese momento no entendió, pues se escuchó el fuerte sonido de cien caracoles, de esos que los más ancianos utilizaban para dar por concluido el trabajo del día. Ensordecidos, se resguardaron detrás de una enorme roca.
El teniente se volvió hacia el sargento y cadete. Todos se cubrían los oídos, esperando a que cesara el estruendoso sonido que rompía con la tranquilidad de la noche.
-¡Tranquilos! ¡Sólo nos faltan cuatro horas para que ésto termine! -indicó el teniente, aunque recibió miradas fulminantes de sus compañeros.
Los caracoles cesaron, pero no levantaron la mirada. A saber qué tipo de indicaciones estaba dando Skipper a los habitantes de Madagascar. Pero sabían que iban a sufrir.
Y la noche apenas empezaba.
El anciano tosió durante minutos, interrumpiendo el relato de lo que sucedió aquella noche. Quiso proporcionarle algo de agua, pero no tenía.
Afuera escucharon el escándalo de su tos seca haciendo eco en las paredes. Parecía bastante enfermo.
-¡Cállate, viejo! -masculló un guarda, desde afuera.
-Si nos dieran algo de agua, podría hacerlo .- refutó el chico, dándole un par de palmadas al hombre de barba.
El hombre de afuera chasqueó la lengua e intercambió un par de palabras con su camarada. Este negó efusivamente ante algo que había hecho.
-Qué se pudra -sentenciaron, retirándose de ahí. El chico bufó, molesto y volvió su mirada hacia el anciano. Pero este ya no tosía. Estaba temblando, y mirando un punto fijo en el suelo con un brillo extraño en los ojos.
-Pronto saldremos de aquí. -afirmó.
-¿De qué hablas, viejo?
-¿No lo notas, Private? Creí que eras más intuitivo.
¡Espero que les haya gustado! Lamento la demora.
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¡Saludos!
