NORMAL POV

–Yo soy Lharast'len–dijo, de forma agradable, haciendo que los chicos se preguntaran si realmente todas estas mujeres estaban locas. La chica rió justo cuando lo estaban pensando. Se miraron unos a otros, algo temerosos. Lharast'len ladeó la cabeza e irguió las orejas, en posición dudosa. Al poco, sin embargo, se relajó y sonrió –Pero llamadme Lhery. Mi nombre completo me hace parecer demasiado importante.

Una sonrisa tranquila, afable, volvió a hacerse presente en esa cara lobuna Sus cejas, las cuales eran muy pequeñas, gruesas y con forma de gota de agua horizontal sobre sus ojos, hacían que su expresión fuera más animal, por mucho que ella intentara parecer ahora lo mas humana posible.

El brillo en los ojos de la chica lobo no mostraban señal de miedo alguno, sólo de simple y purísima curiosidad, cosa que sorprendió sobremanera a los chicos. No encontraban a mujeres así todos los días.

Sus pensamientos fueron interrumpidos al poco, sin embargo. Por el estrecho camino se acercaba un grupo que procedía de la pequeña villa, el cual estaba encabezado por la cazadora felina. Detrás, tres mujeres la seguían. Éstas no iban ataviadas con ropas de caza como las demás, sino que vestían menos pieles y más ajustadas, para que sólo ofrecieran protección contra el frío nocturno. La antorchas iluminaban sus cuerpos con suavidad, a la vez que sus sombras se entremezclaban en la noche. Los vampiros hubieran jurado que aquellas sombras aullaban a la luna.

Lhery, al ver al grupo, se dirigió con un trote feliz hacia él, moviendo con energía su blanca y esponjosa cola al son de sus pasos.

Ayato sintió un empujó, y cuando se giró enfadado hacia el causante, se encontró cara a cara con una mujer mayor que él, de profundos ojos negros como su piel y cabello. Su mirada era feroz y enseñaba los dientes. Hizo un gesto con la cabeza hacia el camino, y sacó una daga señalando al grupo, al igual que sus compañeras. Los chicos, con gestos de disgusto, no tuvieron más remedio que hacer lo que les decían y continuar por el camino.

Vieron como, más adelante, la chica abrazaba a las mujeres.

Andaran atish'an, Lharast'len –dijo una de las mujeres, la cual parecía ser la más importante de las tres. Las pieles que vestía eran blancas con vetas grises, y llevaba una corona de hojas de pino que se entremezclaban con su cabello castaño. Finas arrugas marcaban su piel oscura y su pose recta, imponente, completaban su apariencia de sabia.– Y tú también, Banal'ras. Bienvenidas seáis de nuevo.–al terminar, la mujer hizo un gesto que los vampiros nunca habían visto antes. hizo una reverencia parcial, a la vez que posaba una mano en su frente y la bajaba hasta su barbilla acariciando su cara en el proceso, formando una media luna.

Banal'ras se quitó por fin el cráneo de sable, mostrando a una chica de la misma edad que la peliblanca, seguramente algo mayor. Su pelo era negro azabache como la noche sin luna, liso y abundante. Sus ojos eran de un marrón otoñal, tirando al rojizo pero sin dejar de ser pardo. Su piel morena se asemejaba a todas las demás, y sus cejas oscuras y finas enmarcaban a sus ojos afilados de pestañas negras. Su expresión era seria, y sus labios formaban una fina línea que incrementaba esa apariencia de seriedad constante. Al girarse para ver a los vampiros, un gran odio cubrió su mirada sin que pudiera evitarlo, y apartó la vista casi inmediatamente. Aunque era joven, una gran mancha marcaba su inocencia; su lethallan, al contrario, había dejado el aura de cazador para dar paso a una infantil y sonriente.

–No hay necesidad de tantas formalidades, Pyrriah. ¿Verdad, Bary?–le contestó Lhery, con una mano en la cabeza rascándose las orejas y pasando la otra por los hombros de su compañera. Banal'ras, la cual se había revuelto el cabello dejando las suyas al aire libre, simplemente sonrió ante la positividad de su hermana y su ya común mote. Asintió mirando a la mujer, y ésta sonrió también. Aquellas dos siempre habían estado demasiado unidas.

–Lhery, te has vuelto a saltar tus clases...

–¡Ay, ya, ya sé! ¡Pero no puedes pretender que vaya a eso! ¡Simplemente no es lo mío!

–Sabes perfectamente que...

Los pasos que se oyeron por detrás interrumpieron la conversación. Las dos chicas se giraron entonces hacia los vampiros, y éstos no pudieron evitar pero fijarse en lo mucho que ambas contrastaban y se complementaban a la vez. Mientras que Lhery los miraba con una sonrisa dulce pero llena de colmillos afilados, con aquellos ojos que habían congelado un anochecer salvaje y misterioso en su interior y con aquella melena blanca de luna, Bary no era sino lo contrario, una oscuridad y un odio reflejado en todos los poros de su cuerpo, que parecía opacar todo a su alrededor. Todo, excepto a su amiga.

Era como si Lhery quisiera aparentar más humana y Bary más animal de lo que realmente eran.

–Los llevaremos al centro de Santuario. Es lo justo. Allí podremos interrogarles–dijo Lhery, asintiendo ante sus propias palabras.

–¿Y con qué fin, lethallan? Son culpables.–le respondió la otra, mirando a los chicos con desdén.

–Vamos, Bary. Tanto tu como yo sabemos...

–¡Estoy harto! ¡Callaos de una vez!

El repentino grito de Ayato interrumpió su conversación, haciendo que ambas lo miraran sorprendidas. Mientras que la de pelaje negro frunció el ceño y lo miró con odio, la blanca sonrió aún más, con una curiosidad insaciable en sus ojos.

Ayato no le dio importancia, sin embargo. Estaba demasiado cabreado.

–¡¿Quienes os creéis para encerrar al gran Ore-sama de esta forma?! ¡A mí, al gran Sakamaki Ayato! ¡No pienso...!

–Ayato...–dijo bajo pero amenazante Shuu–...cállate, idiota.

El pelirrojo lo miró con enfado por interrumpirlo, pero cuando se volvió hacia las mujeres, sus caras lo dejaron perplejo. Ahora sí que sí; ambas tenían la cara descompuesta, la boca abierta a más no poder. Las dos se miraron entre ellas.

Y entonces, para sorpresa de todos, la de cabello negro levantó la cabeza y empezó a reír a carcajada sonora.

–Sabía que...que de la boca de los hombres solo salen tonterías...hahaha...–dijo, entre risas–...pero nunca pensé que fueran tan idiotas.–terminó, con una sonrisa triunfadora en el rostro.

Por otro lado, todo rastro infantil o positivo de la peliblanca había desaparecido. Su rostro se tornó cejo, sus pequeñas cejas fruncidas y unos ojos fríos, intimidantes.

–Sois los hijos de Karl Heinz.–dijo Lhery, con voz monótona.

No era una pregunta, era una afirmación. Una afirmación que sellaría su destino, supieron los vampiros.

–Es una pena, Lhery. Una verdadera pena. Los primeros hombres que conoces...–continuó Banal'ras, mirando a los jóvenes como si hubiese salido victoriosa de un horrendo juego–...y son los hijos del asesino de tu madre.

El silencio general se hizo presente. Ayato abrió la boca a más no poder, comprendiendo demasiado tarde su fatídico error. Si habían tenido la mínima esperanza de que la chica los apoyara en aquel juicio del que hablaban, había desaparecido.

Shuu chasqueó la lengua, irritado. Sus hermanos siempre tenían que estropearlo todo.

–¡OE! ¡Nosotros no tenemos la culpa de lo que haya hecho el viejo!–gritó Subaru, furioso.

Sus gritos fueron ignorados, sin embargo. Al igual que lo siguieron siendo cuando fueron atados de manos con cintas lo suficientemente duras para no ser rotas por seres sobrenaturales. El grupo que les dio la bienvenida comenzó a andar camino abajo, dirección Santuario.

Sólo la más pequeña quedó con ellos, mirándolos incansablemente, como si realmente estuviera valorando la posibilidad de que aquellos extraños seres llamados hombres fueran idiotas por nacimiento.

Al poco todos iniciaron la marcha, y Banal'ras pasó el brazo por los hombros de una perdida Lharast'len, la cual no podía salir de la inmensidad de sus pensamientos.

Los vampiros no podían sino preguntarse de nuevo cómo aquel paraíso natural no había sido descubierto aún.

La oscuridad proporcionada por los árboles era casi permanente en aquel lugar, de no ser por la tibia luz azulada de luna que se colaba por sus copas, creando hermosos claroscuros. Lianas y enredaderas caían de los mismos, mientras que las hojas se movían al son del viento. Las cascadas formadas por los pequeños ríos que caían de la montaña lamían suavemente la roca, erosionándola con delicadeza. A sus pies, pequeños estanques se formaban, y de ellos riachuelos fluían libres por toda la zona, haciendo que la vegetación fuera frondosa. En los escarpados salientes, tiendas fabricadas de pieles, madera y follaje se erguían con esfuerzo. El camino que seguían ,siempre iluminado, los conducía directamente a una enorme tienda que rodeaba el tronco de un aún más enorme árbol, justo en el centro. Los chicos pudieron divisar varios caminos a parte del que ellos seguían, pero todos llegaban al mismo punto: aquella majestuosa forma de vida. Sus ramas eran más altas que las copas de los árboles y se retorcían, intentando llegar a todos sitios. Las luciérnagas revoloteaban como siempre habían hecho, y mariposas volaban con gracia.

Una de ellas, azulada como una lágrima, fue a parar al dedo de la de ojos crepusculares, la cual encabezaba el grupo de chicos con su amiga. Con un delicado soplo, hizo que el mimoso insecto iniciara de nuevo el vuelo.

Arbustos de tallos retorcidos y espinas gruesas decoraban y se enroscaban el tronco de los árboles, y sus flores, las cuales variaban de tonos carmesíes, violáceos, soltaban pétalos que cubrían el musgoso y blando suelo, llenándolo de colores, los cuales estaban ahora opacados por la falta de luz. Habían pasado de un paisaje yermo a uno lleno de vida.

Los Sakamaki y Mukami no podían evitar mirar a todas partes, a todos los rincones de aquel lugar. Las hogueras bullían con fuerza, y pronto supieron que no estaban solos. Mujeres, niñas y niños de corta edad estaban también presentes, escondidos entres los arbustos, subidos a los árboles.

Sintieron el escalofrío en su espalda. A pesar de ser depredadores natos, ahora eran una presa.

Realmente se sintieron cómo si hubieran profanado un lugar sagrado, la guarida más preciada de aquella manada. Ojos salvajes los observaban, oyeron los gemidos nerviosos y los gruñidos de ansiedad. Las sombras los confundían: veían a lobos, luego a mujeres, y luego nada. Incluso los pocos niños que había los observaban con miedo y odio, como si no sintieran piedad alguna por miembros de su género. Todo esto, en silencio. Siempre en el más profundo silencio, el cuál sólo era perturbado por las pisadas de los chicos, ya que las mujeres del grupo iban descalzas y sus pies no provocaban el menor sonido. Ojos, dientes y garras brillaban en la oscuridad.

La tensión creció en los vampiros. Sus cuerpos percibían inconscientemente el peligro, y mantener la cabeza clara era imposible ahora. Sus colmillos estaban afilados y sus ojos relucían con la amenaza.

Antes de darse cuenta, llegaron a la gran tienda. La entrada estaba protegida por una cortina de piel decorada con piedras, flores y huesos. Pyrriah, la mujer mayor del grupo, la apartó, dejando a todos entrar.

El aroma a fuego y a humo, así como de carne, llegó a las fosas nasales de todos. Una luz anaranjada proveniente del gran fuego del centro de la estancia iluminaba todo el recinto, y las sombras producidas por la misma se fusionaban y contorneaban, como si fueran diablillos juguetones quienes su única función era asustar. A ambos lados de la amplia habitación se encontraban otras dos cortinas, las cuales daban paso a más habitaciones. La estructura era una corona circular, y la pared más alejada no era sino el tronco del gran árbol.

Tras la fogata, pegado al árbol, un gran trono de madera tallada forrado en pieles se alzaba majestuoso. A su alrededor, un grupo de mujeres de edad avanzada se reunían, discutiendo en susurros asuntos con la persona que ocupaba el trono. Al oírlos llegar, las mujeres alzaron la cabeza. Sus ojos brillaban de cansancio, pero esa fuerza que caracterizaba a su tribu aún estaba latente, y al ver a los chicos, un rencor se hizo patente en sus expresiones, y las viejas arrugas marcaron sus rostros contraídos por la edad y el sufrimiento. Sus cabellos, antaño llenos de color y vida, ahora estaban tintados de grises y blancos sucios, contaminando el pardo y el negro.

Una voz, fuerte, poderosa y antigua, acalló toda duda o tensión.

–Dejadnos–dijo la voz, que provenía de la persona oculta en el trono– Que salgan todos menos los cazadores y sus presas.

Y así, todas las mujeres, ancianas, maduras y jóvenes, salieron. Sólo quedaron las dos cazadoras, hermanas de diferente madre, y sus presas: los vampiros.

Fue entonces cuando la figura, la cual había estado envuelta en sombras, se levantó y se dirigió a los visitantes. Una mujer anciana, de cabello completamente blanco grisáceo por las canas apelmazado y sin fuerza y rostro carcomido por la edad se presentó ante ellos. Sus ojos estaban vendados; había perdido la visión hacía mucho. Estaba vestida por las mismas pieles que cubrían a mujeres como Pyrriah, telas blancas y abalorios verdes y negros, cosa que contrastaba con su piel morena de tantos y tantos años al sol. Aún en su edad, quedaban retazos del cuerpo de lo que fue una gran guerrera. Sus orejas lobunas eran romas, llenas de mordiscos y cortes, y sus dos colas eran la prueba irrefutable de que aquella mujer era poderosa, muy poderosa. Un bastón, en el cual estaban tallados inscripciones, dibujos tribales y en su parte superior una cabeza de lobo con alas de cuervo le ayudaba a caminar, ya que su cuerpo no era el de antes. Sus huesos crujían y sus manos temblaban ligeramente. Sin embargo, aunque aquella encorvada mujer podría ser confundida con una anciana corriente y débil, desprendía un aura de sabiduría infinita, como si sus cuencas vacías hubieran presenciado mas de lo que debería haber conocido.

Ambas chicas se arrodillaron e hicieron el gesto con sus manos de la media luna sobre sus rostros, mostrando un gran respeto. Los vampiros, anonadados ante aquella ancestral mujer, fueron obligados a agacharse por un tirón de Bary, a lo que respondieron con gruñidos.

Guilan–dijo entonces Lhery–nos presentamos ante ti en busca de sabiduría.

Una risita sorda proveniente de la anciana hizo que las chias alzaran las cabezas aún arrodilladas. La mujer mostró un rostro afable a los vampiros, a diferencia de todas las demás féminas. Se acercó a las chicas y las tomó de la mano, alzándola.

–¿"Guilan"? ¿Esque ya no soy la Abuela? Niñas, nunca me habéis tratado con tanto respeto, no cambiéis porque nuestros queridos visitantes estén delante.

Un rubor avergonzado tiñó las mejillas de Lharast'len, y su amiga continuó.

–Eres nuestra Abuela, pero más importante nuestra Guilan, nuestra guía.–se giró hacia los vampiros– Y a ellos no les hace ningún mal saberlo.

La Abuela se separó de las jóvenes y se dirigió al grupo. Los chicos la miraban con desconfianza, pero mantuvieron su porte. El bastón hacía eco a cada golpe que daba, y las colas grisáceas se movían y zarandeaban a su son, hasta que se acercó lo suficientemente a ellos. Los observó sin ojos y los olio sin olfato.

La mujer asintió para sí.

–Mañana al amanecer, en el momento en que la luna y el solo se encuentran juntos, será el juicio. Alí se decidirá si sois culpables o no.

–¿Podemos saber de una maldita vez de qué se nos acusa exactamente?–respondió un malhumorado Yuma

–Vuestro crimen no es otro que atraer hacia nuestra guarida a aquellos cazademonios–dijo la de cabello negro, casi escupiendo– cualquiera que se adentre demasiado en nuestro territorio es castigado con la muerte.

–¿Pero de qué demonios hablas? ¡Nosotros no trajimos a nadie! ¡Ellos ya estaban allí!–gritó Kanato, al borde de las lágrimas

–¡Silencio!–la voz autoritaria de la Guilan se hizo presente y acalló todas las voces– Todo se expondrá mañana.

–Abuela–continuó hablando Banal'ras–creo que deberías saber que estos hombres son-

–Los hijos de Karl Heinz. El que mató a mi madre. –todos los rostros se volvieron a una seria Lhery, la cual estaba apoyada en una de las columnas que sujetaban el maltrecho techo. Tenía los brazos cruzado, y el cabello, ahora liberado de la trenza, se revolvía a su alrededor en un baile de olas blancas como la nieve. Los chicos no se habían dado cuenta antes, pero ahora se fijaban en el pañuelo rojo con bordes de plata que envolvía su muñeca izquierda, cubriéndola por completo. Sus orejas estaban levemente bajadas, y su suave cola abrazaba su cintura. Sus extrañas cejas fruncían su rostro, pero su mirada era directa, decidida. –Pero eso no significa que sus descendientes sean iguales. Se siguen mereciendo el beneficio de la duda y un juicio justo.

La cara de Bary era irrepetible, con una boca tan abierta que se le veían los colmillo y unas cejas arqueadas en la más pura sorpresa. La anciana, sin embargo, sólo asintió. Por supuesto, ella ya había adivinado la procedencia de los jóvenes.

–¡Lethallan, de qué estás hablando! ¡Acaso no te das cuenta de que...!

–¿He de recordarte que es MI madre la que está muerta por su culpa, no la tuya?

La voz de la chica murió en su garganta, todos sus argumentos con ella. Pocas veces había escuchado a su lethallan, a su hermana de otra camada, hablar de esa forma. Calló a regañadientes, decepcionada.

–Quiero que un tsukaima del clan Cuervo sea enviado a sus casas. Si queda algún miembro en ellas, que se les informe de la situación, y que se les diga que sus parientes no sufrirán ningún daño. –dijo, mientras se incorporaba y llamaba a dos familiares con un silbido. Aparecieron ante ella dos cuervos negros como la noche.–Decidles que el juicio será al amanecer, y que les está permitida su aparición. Habrá dos miembros de nuestro clan esperándolos en el mismo lugar donde fuimos atacados, y mientras sigan nuestras órdenes de que no intentarán violar nuestra privacidad.–se dirigió entonces a la entrada, con un cuervo en cada mano, y una vez fuera, los impulsó al cielo, haciéndolos volar.

La cazadora morena negaba con desaprobación. Simplemente no entendía por qué no podían deshacerse de la mugre allí y ahora. La Guilan, por el contrario, la miraba sin ojos, seria. Ella sabía perfectamente que en el corazón de la cachorrita latía la duda y el odio, pero su deseo de paz los eclipsaba. Sonriendo, se dio cuenta de cuanto había crecido aquella niña desvalida que en su día había sido el hazmerreír de todos.

–Seguidme–dijo tras un rato Lhery– os llevaré a vuestra habitación.

Atravesaron varias cortinas y habitaciones, ocupadas por diferentes personas. Finalmente, llegaron a un habitáculo más pequeño, con celdas en él de ramas entrelazadas y espinas retorcidas.

–Si piensas que nos vamos a meter ahí, lo llevas claro.

La lobo entonces se giró hacia ellos. Su rostro volvía a estar relagado, aquella aura positiva aún perdida, pero no tan seria.

De súbito, cogió las muñecas de los vampiros y cortó las tiras con su cuchillo.

Los chicos la miraron sin comprender.

–Este lugar respira magia. Vuestros poderes son inútiles aquí. Podría decirse que lo único que os queda es vuestra fuerza, pero–dijo finamente, con una sonrisa– no me fiaría mucho de ella. La más débil de nosotras sería toda una rival digna para vosotros.

Les pasó mantas entonces y algunos víveres. Los chicos la cogieron a regañadientes, odiando cada instante que pasaban allí, sabiéndose indefensos. Una vez repartido todo, la joven habló de nuevo.

–Tenéis unas cinco horas hasta el amanecer. No hagáis ninguna tontería y puede que salgáis de aquí con vida.

Con esto, la lobo se dispuso a irse, hasta que una voz la interrumpió.

–Por qué nos has ayudado antes.

Lharast'len se giró hacia el perteneciente de la voz, un vampiro rubio de ojos azules, mayor que ella. La chica ladeó la cabeza, así como las orejas, en un gesto demasiado animal. Meditando unos segundos la respuesta, habló.

–Mi clan se muere –la franqueza de las palabras de la chica sorprendió al rubio. Estaban llenas de melancolía, pero de determinación– Y la paz es lo único que nos salvará.

Tras esto, la chica desapareció tras una cortina, dejando a seis vampiros prisioneros sin cadenas.

Mientras que la noche fue bulliciosa con planes imposibles de escape y maldiciones hacia aquellas mujeres piradas, Subaru se acurrucó en una esquina donde se filtraba la luz de luna, pensativo. Ayato no paraba de dar vueltas, cansado y furioso. Kanato se desplazó a la esquina más alejada del grupo hablando sinsentidos con Teddy, y Kou y Yuma se sentaron apoyados al tronco del arbol, conciliándose el uno al otro. El rubio simplemente se tumbó y cerró los ojos.

Aquel prometía ser el amanecer de su vida, y mientras escuchaba a Bach, su propio destino dejó de importarle.