CAPITULO 4
¡He aquí el cuarto capítulo! Espero lo disfruten y les guste los pequeños plot-twists que he decidido darles a las relaciones de estos personajes. Como pueden ver es casi un AU en su totalidad empezando por el hecho de que no todos detestan a Regina ya.
Por otro lado, espero sigan dejando reviews porque es genial leerlos. Tampoco teman en mandarme preguntas por Tumblr (jerriesdaughter) o Twitter (fixmepesy) que con gusto responderé.
Espero no sientan que es corto, pero poco a poco serán más largos. Lo prometo. Así que... ¡Disfruten! Y recuerden que Swan Queen es endgame en todos los universos alternos, y saben a qué me refiero con todos.
Emma
La rubia comenzaba a guardar sus cosas cuando la casa de Regina ya estaba casi vacía y hecha un desastre. Claro que Emma había sacado su lado excepcional con la fotografía, sacando fotos de todo momento del que pudo. Porque, por más que Emma quisiera frustrar a la alcaldesa, no podía evitar hacer un buen trabajo.
Durante toda la tarde y lo que iba de la noche, Regina le había lanzado miradas irritadas. A ese punto, ambas mujeres habían dejado en claro que por ahora podrían soportarse, pero no mostrarse alguna señal de agrado. Así que la ojiverde le había devuelto las miradas sin más.
Por otro lado, Emma se había encontrado haciendo conocidos en la cuidad; aprendió que la linda castaña que había tomado la mano de Regina con afecto se llamaba Ruby, también había terminado conociendo a Robin, uno de los oficiales en la comisaría que era dirigida por David –el esposo de Mary Margaret– y el hombre parecía ser demasiado bueno para ser verdad pero estaba ahí por su pequeño hijo Roland, que parecía ser gran amigo de Henry, y Emma incluso lo había visto hablar con Regina, descifrando en segundos que el hombre estaba interesado.
— Ems, ya nos vamos —le dijo Mary Margaret recargándose en el sofá en el cual estaba la rubia sentada—. ¿Nos sigues?
Emma le sonrió. — Claro, sólo termino con esto y salgo ¿sí?
La pelinegra asintió, ofreciéndole una dulce sonrisa. Pronto ambas mujeres se habían olvidado del pequeño intercambio de palabras que habían tenido cuando Mary Margaret le había pedido sacar fotos.
Emma siguió guardando sus cosas hasta que escuchó un par de tacones acercándose, haciendo de la rubia atenta a lo que venía pues había aprendido a reconocer rápido el sonido de los tacones de Regina.
— Señorita Swan...
Emma subió la mirada, yendo de las sensuales piernas de la alcaldesa a sus exquisitos labios hasta llegar a sus ojos.
La rubia no podía evitar pensar que ambas la habrían pasado bien si ninguna de las dos fuera demasiado testaruda como para ceder un poco.
Así que Emma le ofreció una mirada retadora y una sonrisa falsa, algo que sabía que haría a Regina ir al límite porque rápido habían aprendido a llevar a la otra hasta ese punto. Y eso asustaba un poco a Emma, pues parecía ser que se podían leer la una a la otra como si estuvieran sincronizadas o incluso, conectadas.
— ¿Sabes? A diferencia tuya, yo no tengo ningún problema con que me llames Emma —dijo ella.
Regina rodó los ojos. — Sólo quería saber cuándo estarían las fotos, y cuanto he de pagarte.
— Tómalo como regalo de cumpleaños para Henry —dijo Emma, porque realmente no quería el dinero. No lo necesitaba –mucho menos viniendo de Regina– y sólo eran fotos.
— Señorita Swan —dijo la alcaldesa entre dientes.
— Y tal vez en una semana y media, primero necesito encontrar una habitación que pueda tornar en una especie de cuarto oscuro improvisado y también veré cuales deba editar para dar mejor calidad —dijo ignorándola.
Regina frunció el ceño y por una fracción de segundo, Emma pensó que se veía tremendamente sexy haciendo eso.
— ¿Eso no es para las imágenes de blanco y negro? Es más, ¿no se supone que tu cámara es digital? Pensé que sólo debías imprimirlas y ya.
Emma alzó una ceja, impresionada por los pequeños conocimientos de la castaña sobre fotografía. La rubia se encogió de hombros y dejó de mirar a Regina para terminar de guardar sus cosas.
— Sí, e imprimiré algunas, pero otras... —la rubia se levantó del sofá y se acomodó la ropa para después mirar a Regina— merecen ser reveladas en blanco y negro. Y soy algo tradicional en ese aspecto —le ofreció una sonrisa con el ego brillando en ella, haciendo que Regina volcara los ojos nuevamente.
— Bien, si tú lo dices... —suspiró la alcaldesa, haciendo un desdén con la mano.
— ¿Acaso me estás dando la razón?
Regina bufó. — Ya quisieras que eso pasara, pero no. Simplemente estoy dejándolo pasar, y aquí tengo habitaciones que tal vez te sirvan —ofreció.
— Estoy segura de que eso es alguna especie de intento por tenerme más cerca; si querías verme otra vez sólo debías pedirlo ¿sabes? —dijo la rubia sonriendo con malicia.
— Nos íbamos a ver de todas formas, señorita Swan —dijo irritada—. Pero bueno, a Killian le iba a pagar tres mil por...
— ¡¿Tres mil dólares?! ¿Acaso las imágenes iban a ser de movimiento como las de Harry Potter? —Emma abrió los ojos, eso era un robo— No jodas.
— Señorita Swan, vocabulario.
— ¡Henry no está cerca! —se defendió— Y no, olvídalo. No aceptaré ni un centavo. Esto fue pan comido para mí así que estoy bien así, gracias.
Regina resopló con resignación. — Bien, como quieras.
— Siempre es como yo quiero —dijo con cinismo.
La alcaldesa rodó los ojos una vez más; Emma no tenía remedio, pero tampoco era como si la castaña lo tuviera así que hizo un movimiento desinteresado con la mano y antes de dar la vuelta miró a Emma.
Pero antes de que Regina pudiera pensar en decir algo para frustrar a Emma, un hombre alto y guapo se acercó. La rubia tuvo que reprimir una mirada divertida, pues sabía que estaba a punto de admirar uno de los tantos intentos de Robin por llamar la atención de la alcaldesa.
— Regina —llamó Robin y la recién mencionada volteó a verlo con media sonrisa en la cara.
El castaño llevaba a su hijo en un hombro, el pequeño niño totalmente inconsciente. Emma pudo notar cierto afecto fluir de Regina; tal vez Robin aún no conseguía invitarla a salir sin estropearlo en el intento, pero la alcaldesa tampoco le huía del todo.
— Robin, pensé que ya te habías ido —sonrió y la rubia frunció el ceño.
Era sorprendente como Regina podía pasar de estarla matando con la mirada a ofrecerle cálidas sonrisas al resto de sus invitados. Y Emma no sabía si sentirse frustrada o especial por el pésimo trato que le daba la castaña.
— Estaba terminando de recoger las cosas de mi pequeño, ya sabes —sonrió Robin.
El hombre dio un paso hacia delante y Emma tuvo que mirar a otro lado, pues por más cómica que le pareciera la escena –con esos dos coqueteando fallidamente– ahora le parecía incomoda y sentía que interrumpía un momento.
— ¿Se la pasaron bien? —preguntó la alcaldesa y Emma notó de reojo como ponía un mechón de cabello detrás de su oreja y se sonrojaba levemente.
— Muy bien, ¿crees que mañana Henry podría ir a jugar a la casa? —preguntó Robin y Emma alzó una ceja; ¿la alcaldesa dejaría a su hijo ir? La respuesta era un sí, pues la rubia la notó asentir— Perfecto, de hecho... —Emma alzó la mirada y lo vio pasarse una mano por el cabello de forma nerviosa— también estás invitada, ¿sabes? Los niños jugando y tú y yo tomando un café. ¿Qué tal suena eso?
Emma miró a la alcaldesa y por el rostro de la última vio cruzar una fugaz mueca de lastima por lo que podría haber sido una fracción de segundos.
— Oh, Robin —dijo intentando disimular la pena que Emma rápido pudo identificar—. Estaré algo ocupada con la señorita Swan —la señaló y Emma le ofreció una amigable sonrisa a Robin, y éste se la devolvió a pesar de que la rubia era quien ahora le impedía salir con la mujer de sus sueños—. Tal vez otro día, ¿qué te parece? — Robin asintió con cierta decepción— Vale, que tengas buena noche.
Emma lo escuchó murmurar lo mismo y después vio desaparecer al desdichado hombre con su hijo en el hombro. La rubia se sintió mal por él, parecía ser que invitarle un café a la alcaldesa le había tomado una vida por lograr hacer y ahora había sido rechazado. Pero pronto sus preocupaciones se disiparon, encontrándose con los ojos de Regina que le incitaban a verlos arder.
— Pobre hombre, se ha de sentir triste que te rechacen por una mujer —comentó Emma, provocando a Regina de la forma en la que ella sólo sabía—. Peor, una mujer que apenas conociste y detestas, pero no te culpo. Si yo fuera tú, también dejaría a cualquier tipo por una belleza como yo.
Regina bufó.
— Mañana te quiero aquí a las nueve para que te muestre tu espacio de trabajo —dijo irritada—. No pienses en llegar tarde, te haré lamentarlo.
Y Emma la vio darse media vuelta y alejarse en dirección a la cocina. Claro que la rubia estaría temprano, molestar a Regina era su nuevo hobby ¿qué más podía hacer?
Detuvo el auto detrás de la camioneta de David y se bajó. Abrió su maletero y sacó sus cosas; Emma era práctica así que viajaba con poco, pero lo suficiente como para sobrevivir.
— Te ayudamos —dijo David apareciendo detrás de ella.
El hombre era igual a su esposa; enfermizamente feliz y atento, pero muy lindo. Al ver a la pareja podías notar porqué eran el uno para el otro.
Emma le sonrió y dejó el hombre le ayudara con sus maletas y ella se permitió seguirlo sin llevar nada más que sus cosas de fotografía. Y al verlas recordó que necesitaría material para la revelación de las fotos de Henry, y que todo estaba en su estudio en Nueva York.
Sacó el celular y lo meditó. ¿A quién iba a llamar? Lily estaba fuera de posibilidad pues la rubia estaba segura de que después de darle detalles de su nueva ubicación, la pelinegra la asfixiaría hasta el punto de hacer que Emma quisiera suicidarse o algo por el estilo. ¿Sus padres? Claro que no. Así que marcó el único número que sabía sería de alguien confiable y discreto, alguien que no le haría preguntas, pero le ayudaría.
— ¿Ems? —contestó August tras el cuarto timbrazo.
— Hey —saludó tranquila—, ¿te he despertado o algo? Lo siento no fue mi...
— Tranquila, no lo estaba —aseguró—. ¿Tú estás bien? No he sabido nada de ti en...
— ¿Puedo pedirte un favor? —cortó Emma y el castaño supo que debía dejar ir el tema, porque August sabía lo que era huir de tus demonios y que Emma era igual que él en ese sentido.
— Claro, Em —dijo amigable—. ¿Qué puedo hacer por ti?
— ¿Podrías ir a mi estudio y empacar una lista que te mandaré a la dirección que también adjuntaré? —dijo con cierto tono críptico que hizo que August se replanteara la idea de hacer preguntas.
— ¿Ahorita? —preguntó confundido.
— De preferencia. Yo pagaré por los gastos de envío, tal vez quieras rentar una mudanza o algo. Algo que sea express y puedan llegar las cosas mañana en la mañana.
— ¿Vas a dejar Manhattan?
Emma frunció los labios, tornándolos en una fina línea. ¿Iba a dejar Manhattan? No, o al menos esos no eran sus planes por ahora pues, aunque Emma quisiera negárselo, su vida entera seguía ahí. Todo lo que ella era y todo lo que ella tenía estaba ahí; tal vez no tenía un hogar como tal — tenía un techo bajo el cual dormir, pero no consideraba hogar a ese departamento que le había dado su padre —, y tal vez la única persona que la ataba a la ciudad se había ido ya, pero la rubia había encontrado estabilidad. Y, a menos de que encontrara algo parecido en otra parte del país, ella no dejaría Manhattan.
— No —resopló, cierta resignación en su voz que August decidió que era mejor ignorar y no forzar—. Sólo que... Surgió un trabajo, ¿de acuerdo? Y aunque no planeaba hacer nada de eso, pues pasó y ahora necesito mis herramientas de trabajo.
El otro lado de la línea permaneció en silencio por lo que a Emma le pareció una eternidad. Pero luego escuchó llaves tintinear y, sin que August tuviera que confirmarlo, la rubia supo que el castaño le haría el favor.
— Bien, mándame la lista con lo que necesitas y haré todo lo que esté en mi poder para que llegue a ti mañana, ¿de acuerdo? Todavía no es tan tarde, puedo conseguir algo.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de la ojiverde. Tal vez su vida apestaba ahora, pero uno de sus grandes constantes en su vida era August. Y ella quiso poder abrazarlo, porque no importaba qué él siempre estaría ahí.
Regina
La alcaldesa se había levantado al día siguiente con todas sus extremidades ardiendo. El día anterior no había sido consciente de todo el esfuerzo físico que había realizado hasta que, al abrir los ojos, tras una noche de total relajación, le hizo saber que tal vez se había excedido un poco.
Y claro que le habría gustado pasar el día en la cama, leyendo o viendo alguna película con su hijo, dormitando a ratos mientras su cuerpo comenzaba a tomar fuerzas suficientes, pero ella misma sabía que no podía ni debía.
Era por eso que se encontraba a treinta minutos para las nueve dejando a Henry en casa de Robin Locksley. Su hijo se removía impaciente junto a ella, emocionado por la idea de pasar un día entero con Roland y el resto de sus amigos, pero Regina sólo quería que pasara el momento.
Dios sabía que Robin lograba ponerla, en ocasiones, algo incomoda. ¡Claro que ella sabía que el hombre gustaba de ella! Pero eso no significaba que los sentimientos fueran en la misma dirección. Por supuesto que Regina le tenía afecto a Robin, llevaban tiempo de conocerse y él había sido el primero en notar que la alcaldesa no era maldad pura como se rumoreaba, pero tenerle cariño como un gran amigo estaba más que lejos de tenérselo como amante.
Y después de que el castaño le invitara un café, Regina estaba más que segura de que quería desaparecer de ahí lo antes posible. Aunque eso significara pasar el día entero con Emma Swan.
No era como había planeado su domingo, claro está, pero la rubia se había esmerado por colarse en su vida. No iban ni tres días y Regina ya sentía que la tenía incrustada en la piel.
Era una sensación rara la que atravesaba a la alcaldesa cuando la rubia cruzó por su mente. Era como sentir su piel arder, su sangre hervir y las puntas de sus dedos hormiguear, por lo que ella no podía explicarlo.
No llevaban tanto de conocerse, pero Regina no podía evitar sentir como si así fuera. Emma se sentía familiar y eso atemorizaba tanto a la alcaldesa que —aparte de que le encantaba hacer enojar a las personas– por eso había terminado tratándola con su mejor defensa.
En cuanto Robin abrió la puerta, la castaña le dio instrucciones específicas y salió corriendo antes de que él pudiera decir algo y después de haberle plantado un sonoro beso en la mejilla a su pequeño hijo.
Se subió a su adorado Mercedes y respiró profundamente; había quedado con Emma a las nueve y por eso había a dejado a Henry con treinta minutos de anticipación, pero ahora sólo le quedaban diez y no había tiempo para hacer algo de desayunar. Así que encendió el auto y condujo hasta Granny's.
— ¡Alcaldesa! —saludó Granny desde el otro lado de la barra— ¿qué puedo ofrecerle?
La alcaldesa le sonrió y se sentó junto a la barra. Pero fue en una fracción de segundo, justo cuando abría la boca para contestar, que Ruby apareció. Regina sonrió más al verla en rojo, porque ella misma admitía que ese color le quedaba perfecto a su amiga haciendo que sus ojos azules se vieran más claros.
— ¡Regina! —se acercó para saludarla— ¿Qué haces aquí tan temprano?
— Pues venía por el desayuno —respondió dejándose envolver en los largos brazos de su amiga, entonces miró a Granny—. Lo usual para mí y... —revisó atrás el largo pizarrón e hizo una mueca— Y un grilled cheese para Emma, por favor. Sin café, ese lo prepararé en casa.
La mujer mayor asintió y, después de lanzarle una mirada a Ruby dándole a entender que tenía dos minutos, fue directo a la cocina.
— ¿Emma? —curioseó su amiga sentándose a su lado.
Regina conocía esa mirada, y de inmediato alzó la mano indicando que detuviera los pensamientos –posiblemente incorrectos– que ahora se atropellaban en su mente.
— Es para las fotografías —explicó—. Soy la persona que menos la quiere en mi casa, créeme.
— Yo no dije nada —le ofreció una sonrisa divertida a la alcaldesa y Regina rodó los ojos—. Nunca me dijiste bien por qué la detestas.
La pequeña castaña abrió la boca fingiendo sorpresa. — ¡No la detesto! Simplemente no me agrada lo suficiente y sólo la toleraré por las fotos.
Ruby rodó los ojos y bufó. Conocía a Regina, llevaban una vida haciéndolo, ¿y ella creía que no podía notar el brillo que había en sus ojos al sentir que podía estar desbaratando la vida de alguien?
— Bueno, ayer no se notó eso ¿sabes? ¿Fue ella la del viernes? —preguntó.
— Yep, y sinceramente no me parece una coincidencia que esté aquí. ¡La vida de mi hijo peligra! Es más —hizo una pausa para sacar el móvil y buscó un número—, Graham estará cuidando la puerta de mi casa mientras ella esté ahí. Si me va a matar, quiero que mínimo la arresten.
Ruby tomó su celular y lo bloqueó. — Debes estar jodiendo, ¿arrestarla? Regina, ¡conoce a Mary Margaret!
— Puede ser, pero...
— Bien, empezaron mal pero no seas tan dura ¿de acuerdo? A Henry le agrada —apuntó la castaña.
— ¡Lo sé! —exclamó apretando los dientes.
Entonces Ruby abrió los ojos con sorpresa.
— Es eso, ¿cierto? ¡Estás celosa!
Regina la miró boquiabierta y después bufó. ¿Ella celosa de aquella –posiblemente falsa– rubia? Ni en mil años. Emma simplemente la hacía sentir algo extraño por dentro, como si ya la conociera y encendía algo en el interior de la alcaldesa que ésta detestaba sentir.
— ¡Por supuesto que no!
— Claro que sí —rió Ruby—. Porque es la primera vez que Henry confía tanto en alguien que recién conoce, y las dos sabemos que no es normal.
Bueno, tal vez estaba algo celosa también.
— Es absurdo —insistió.
— Henry te ama, eres su madre —le aseguró la castaña.
En ese momento salió Granny de la cocina con la orden de Regina en las manos. Las depositó frente a ella y Regina comenzó a sacar la billetera.
— Va por la casa —la detuvo Granny.
— Pero... —Granny le lanzó una mirada que hizo que Regina tragara saliva y guardara su billetera—. Bien, gracias. Pero, ¿sí saben que no pueden estar haciendo eso todo el tiempo? Puedo pagar lo que...
— Lo sabemos, pero eres de la familia —la interrumpió Ruby y la alcaldesa sintió un extraño calor en el vientre, algo reconfortante.
— Gracias —musitó.
Ruby le pasó un brazo sobre el hombro y Regina dejó escapar una lagrima de alegría, haciendo que Granny y Ruby sonrieran.
Regina había llegado lejos, eso lo podían notar todos. Ese cambio de alcaldesa fría y sin corazón a ser una persona en su totalidad había sido lo que había hecho de Storybrooke un lugar armonioso y lindo. Y la misma alcaldesa se sentía mil veces mejor, aunque no podía evitar sentir que algo le faltaba para completar esa felicidad que ahora la abrumaba.
— No agradezcas, cariño —sonrío Granny y luego miró a Ruby— Ruby Lucas, sino comienzas a trabajar te dejaré sin paga una semana. Hasta luego, alcaldesa.
La alta castaña resopló y Regina rió. A veces Ruby se comportaba como una total adolescente, pero aún era joven así que se entendía.
— ¿Salimos esta noche? Tú, Mary Margaret, Belle, Kat y yo en The Rabbit Hole, ¿qué tal suena? —preguntó Ruby levantándose.
— Mejor mañana, hoy estoy exhausta y... —le sonrió Regina— Buscaré una niñera.
— Pídele a Tink, porque ha estado ocupada con el trabajo como para ir con nosotras y si es trabajo que se puede hacer en casa, no hay diferencia si lo hace en la tuya ¿cierto? —Regina asintió y Ruby le plantó un sonoro beso en la mejilla— Nos vemos, Regi.
Regina rió levemente. — Nos vemos, Red —y salió de ahí con la orden en las manos.
Condujo con cuidado, y para cuando llegó a la calle donde estaba su casa sólo se había pasado por cinco minutos. Regina había sido enseñada a ser siempre puntual, pero por tratarse de Emma Swan cinco minutos no debían ser nada.
Entonces, antes de estacionar su Mercedes en su pequeño estacionamiento, afuera del 108 de Mifflin Street había un gran camión de mudanza y detrás estaba un escarabajo amarillo. Regina abrió la boca con sorpresa, eso sólo significaba una cosa: Emma Swan.
Emma
La rubia se había apresurado a salir de casa de Mary Margaret, quien le había dicho que si quería conservar su cabeza en su lugar lo mejor sería que de verdad no llegara tarde con Regina. Y también porque el mismo August sí había logrado el viaje toda la noche con un camión de mudanzas que un conocido suyo pudo prestarle.
Para cuando llegó, el camión ya estaba estacionado afuera de la linda mansión de la alcaldesa y August estaba recargado en él. Sus brillantes ojos azules le habían proporcionado cierta paz que Emma no sabía que necesitaba sentir hasta que la obtuvo. Al final del día, la rubia sabía que el castaño también entendía su dolor pues él había sido parte de la familia de su abuela durante todos sus años cuidándola.
Se habían saludado, dándose un largo y fuerte abrazo mientras en un par de palabras casi inaudibles se habían asegurado que se habían extrañado bastante. Y Emma tuvo que ponerse fuerte porque hasta ese momento era cuando más débil se había sentido por la pérdida de su amada abuela.
Después de eso ambos habían caminado hacia el interior del jardín de la mansión, empujando la pequeña reja y caminando por el corto sendero hasta el pórtico. Fue entonces cuando Emma notó la falta del Mercedes de Regina y rodó los ojos porque supo que la castaña había llevado a Henry a casa de Robin y sólo Dios sabía dónde quedaba eso –tampoco era que Storybrooke fuera el lugar más grande del planeta–.
Así que August y ella se habían sentado en el pórtico, comenzando hablar de la alcaldesa pues el castaño se sentía intrigado por saber cómo es que Emma había terminado en aquel lugar trabajando. Y diez minutos después, Emma había notado el Mercedes llegar y estacionarse en su lugar habitual. Regina sólo iba atrasada cinco.
La castaña bajó del auto y caminó hacia ellos con una bolsa de papel en las manos, pero Emma notó cuando se detuvo en seco y bajó tres tonalidades perdiendo su lindo tono aceitunado.
— Regina.
Emma frunció el ceño, no había sido ella quien había hablado y se sorprendió al notar cuando August se levantó de un salto y caminó hacia la alcaldesa. El castaño nunca mencionó conocer a Regina, y la rubia estaba segura que había dicho que nunca había estado en Storybrooke pero que le parecía conocido.
— ¿August? —el nombre de su amigo abandonó los labios de la castaña, quien parecía demasiado conmocionada como para respirar con regularidad— ¿Qué haces aquí?
August se detuvo frente a ella y titubeó, entonces Emma supo que él quería abrazar a Regina, pero no estaba seguro de sí ésta lo dejaría o lo rechazaría. La acción aumentó la curiosidad que fluía por las venas de la rubia volviéndose casi tóxico.
— Yo... es que Emma... No sabía —August balbuceaba nervioso y la rubia notó como las facciones, antes tensas, de Regina se relajaban—. Por eso Storybrooke se me hacía conocido —musitó para sí mismo—, este es tu Storybrooke... Regina, yo... Dios, ha pasado tanto tiempo...
Regina soltó aire y miró fugazmente a Emma para después volver a mirar a August. Y entonces ambos castaños dieron un paso hacia delante y fue cuestión de una fracción de segundo para que se abrazaran con fuerza, y Emma pudo jurar que vio una lagrima escapar de los ojos de Regina mientras está hundía su rostro en el pecho de August.
— Sh, yo también lo extraño —le musitó August acariciando el cabello de la castaña.
Entonces Emma frunció más el ceño y se obligó a mirar hacia otro lado pues sentía que era una total extraña al momento. ¿Qué demonios estaba pasando?
