Comencé a escribir esta historia hace ya varios meses. Sentía que un gobierno totalitario que se apoya tanto en los medios para sostener su poder, explotaría aún muchísimo más un fenómeno mediático como Peeta y Katniss por más que fueran un peligro. De hecho, eso les hubiera dado quizás un mayor margen para doblegarlos aún más. También me quedé pensando en la elección entre Peeta y Gale, ¿qué hubiera hecho más feliz a una persona como Katniss?, ¿estar con alguien por amor y pasión o honrar un sentimiento de lealtad y honor?
También quiero aclarar que sólo tengo dos capítulos más escritos así que quizás las actualizaciones comiencen a presentarse en forma más espaciada.
Gracias a todos los que estén leyendo esta historia y a los 6 que la han puesto entre sus alertas, ¡cuánta emoción!
Y por si no sabían, los personajes y la historia original de los Juegos del Hambre pertenecen a Suzanne Collins.
Con ustedes, el capítulo IV.
Me levanté temprano por la mañana y me dispuse a partir hacia el bosque. Estaba inquieta por demás ya que en unas horas arrancaría con la locura de la Gira de la victoria y sabía que sería un desafío. El hecho de que la hubieran adelantado tres meses me ponía frenética. Se lo anunció Effie a Haymitch por teléfono hace unas dos semanas y le contó que era una decisión del Capitolio: "Toda Panem está ansioso por volver a verlos", parece que le dijo como explicación y que era imposible esperar otros tres meses más. Como ya se habían roto las reglas tradicionales al haber coronado a dos vencedores para un mismo juego, a los vigilantes les pareció que, con nosotros, muchas otras reglas podían "re adaptarse" .Todo era muy sospechoso y me generaba una ansiedad y angustia descomunales. Eso, sumado a las pesadillas, la falta de sueño y un sinfín de etc, mantenían a mis nervios de punta.
Mamá y Prim aún estaban durmiendo, algo que agradecí en silencio. No es que no quisiera verlas pero la mirada de preocupación de mi madre y la de intriga crónica de Prim era algo que quería evitar. Cuando no nos quedaba otra forma de subsistencia mamá no tenía problema con mis excursiones al bosque, con que cazara o fuera al mercado negro. Ahora que soy una vencedora, veía con malos ojos que continuara con esta rutina. De hecho, un día, cansada yo de sus miradas desaprobatorias cada vez que me veía camino a la puerta con la bolsa de caza colgando del hombro, le pregunté qué era lo que le molestaba: "Es que no me parece… apropiado ya que deambules por la ciudad con un saco lleno de animales muertos".
- "No parecía molestarte mucho cuando estabas catatónica. Quiero recordarte que fue gracias a ese saco lleno de animales muertos que comimos durante más de cinco años. ¿Por qué esta preocupación tan repentina por mí?", le dije con un pequeño aire de desprecio para sentirme automáticamente culpable. Era verdad que luego de volver a casa quise arreglar las cosas con mi madre. Mientras sostenía a Peeta en la cueva, cuando casi se me muere en los brazos, sentí que si no lo salvaba podría llegar a quedar en el mismo estado que ella luego de que murió mi padre. Y eso que yo no había compartido una vida con él ni tenía dos hijas. Pude acercarme un poco más a ella desde ese lugar de dolor. Aún pretendía mantener mi promesa de ser más paciente pero cuando cuestionaba mis actitudes e intentaba imponerme sus opiniones, bueno, saltaba lo peor de mí.
- "Katniss, en aquel momento no nos quedaba otra opción. Ahora eres una persona pública y la gente va a comentar. No sé si es seguro…", y se calló la boca antes de agregar "ni para ti ni para nadie". Tanto el ir al bosque como el cazar estaban penados por la ley y quizás era cierto que ahora que era una persona pública, "una celebridad", como dijo alguna vez Effie, no fuera de lo más prudente. Pero quería dejar algo de carne para Gale y su familia. Sólo iban a ser dos semanas pero el invierno se acercaba y Gale ya no disponía de tiempo tampoco así que, arrojé la prudencia por la ventana y salí hacía la calle en dirección al bosque.
Mientras caminaba pensaba también en la consternación de Prim al comprobar que mi relación con Peeta era ficticia. Un par de veces le preguntó a mamá si podríamos invitarle a cenar. "No debe ser lindo sentarse solo a la mesa a comer. Solo, en esa casa tan grande, solo…"
- "Bueno, basta de decir que está solo. Peeta tiene familia y amigos, no está solo en la vida", le espeté en la cara y con un tono exasperado a mi hermanita. Y volví a sentirme culpable. "Lo siento Prim pero, estoy segura de que Peeta está bien".
- "¿Y cómo es que estás tan segura si apenas lo viste en todo este mes?", preguntó con un hilo de voz. No podía aguantar que tuviera aprensión hacia mí así que, la abracé lo más fuerte que pude y con un tono mucho más suave intenté explicarle que sabía porqué a veces me lo cruzaba en la ciudad y lo veía bien. Alegre y saludable.
- "No entiendo igual porque no podemos invitarle a comer o porque no se ven o, simplemente, porque no nos visita como cualquier otro vecino".
- "¿Acaso lo ves a Haymitch mucho por acá? Esta no es la Veta Prim, aquí no hay tanto espíritu de vecindad", y esperé que esta explicación fuera suficiente pero también sabía que era un pensamiento optimista por demás: ni Peeta estaba "alegre y sano" ni mi hermanita iba a darse por satisfecha con semejante mentira.
Por eso me generaba mayor tranquilidad que Prim estuviera dormida aún esta mañana. Parecía que ella sintiera una suerte de apego idealista hacia Peeta. Nunca quise preguntarle porqué. Me imaginaba su respuesta. Algo parecido quizás a lo que Sae me dijo en el Quemador ese día: "Nunca creí que de nuestro distrito pudiera salir alguien con tanto coraje, decisión y entrega al amor. ¡Ese muchacho tiene tal pasión por la vida que es capaz de sacrificarla por la mujer que ama!", y esa frase quedó dando vueltas en forma infinita en mi cabeza. Así que no, prefería que no compartiera conmigo el por qué de sus sentimientos hacía mi chico del pan. Sólo aumentarían mi confusión.
Para cuando llegué a la cerca, ya podía sentir el aire del bosque y con él, se limpiaba mi espíritu. Era increíble como mi ánimo cambiaba con solo respirar el aroma de los pinos y de la tierra húmeda. Estábamos en pleno otoño y el bosque parecía en llamas, con esas tonalidades que iban desde el dorado hasta el ocre y del anaranjado a un rojo profundo… todo parecía estar a punto de estallar antes de sumirse en el más profundo de los sueños. Ahí podía percibir cómo los ciclos de la naturaleza podía encontrar paralelismos con mi propia vida.
Tres horas luego de solitaria actividad, la verdad es que ya me sentía como mí misma nuevamente. Y cuando estaba dispuesta a sentarme a comer algo antes de volver a casa a esperar a los capitolinos que venían a prepararme para la Gira de la Victoria, una cabeza familiar asomó por entre los árboles.
- "¡Gale!, ¿qué hacés acá?"
- "Hoy sólo trabajamos un turno, por la Gira. Ya sabés, quieren a todo el distrito ahí en la estación."
- "Es verdad. Me había olvidado. Bueno, ya junté todo lo de tus trampas y me disponía a ir hacía tu casa a dejarle las presas a Hazle pero te doy todo a vos. Ya no tendría caso que yo…", estaba divagando. No sé porqué pero me había puesto nerviosa frente a Gale.
- "Vine a despedirme," dijo Gale
- "¿No pensás ir la estación?"
- "No, mucha gente. Prefiero hacerlo en privado y me imaginé que estarías acá". Me quedé callada. ¿Qué podía decir? Dos semanas…
- "Sólo van a ser dos semanas Gale, dos semanas con regreso asegurado. Ida y vuelta al 12."
- "Mucho puede pasar en poco tiempo…"
- "Gale…"
- "Tengo miedo de que me quiten otra parte de ti…"
No podía tener otra vez esta conversación. Ya no me daban ni la cabeza ni el cuerpo. ¿Qué quedaba por decir?, ¿Qué podía decirle?, ¿Qué no iba a besar a Peeta?, ¿Qué me esperara porque iba a ser suya para el resto de la eternidad? Nada de eso ni era cierto ni era mentira.
- "No pasa nada Gale…. se hace tarde, necesito irme. En un rato van a llegar y…"
- "¿Podemos hablar un poco antes?", me interrumpió.
-"Ehhh…, sí, claro pero rápido, ¿sí? Effie se va a poner insoportable si llego tarde y no quiero arrancar la gira así", le dije como excusa. Ya estaba acostumbrada a los malhumores de Effie por mi impuntualidad.
- "Katniss, por favor."
Me quedé callada y asentí con la cabeza. Cualquier cosa que fuera, no sabía si quería escucharle.
- "Quiero pedirte disculpas por cómo te recibí cuando llegaste de los Juegos. Sé que lo que… pasó… fue solamente una actuación, que lo hiciste para sobrevivir. Fui un estúpido".
- "Bien. Gracias"
- "Te lo quería aclarar porque, bueno, te estás yendo con él y seguramente tendrán que retomar la pantomima y quería que supieras que estoy bien,… con eso. ¿Sabés? Así que, tranquila".
Lo miré con incredulidad. No entendía realmente qué me estaba diciendo. ¿Por qué me estaba diciendo lo que me estaba diciendo?, ¿Qué me quería decir?, ¿estaba acaso dándome permiso? Algo comenzaba a bullir en el medio de mi tórax y amenazaba con saltar por la tapa de los sesos.
- "Estoy tranquila.", dije al tiempo que apretaba las muelas.
- "Que bien por qué ahora sé que nunca podría ser cierto aquello. No sé cómo pude dudar. Reconozco que lo que hizo fue muy valiente pero Mellark y vos no tienen nada que ver. Entiendo que es tu camarada pero no pertenece a tu mundo", y abrió los brazos señalando el bosque a nuestro alrededor, "él no es de aquí y este es tu lugar".
Fruncí el entrecejo aún más de lo acostumbrado. Podía percibir que lo que Gale acababa de decir tenía una cantidad de implicancias importante pero no podía identificarlas del todo. Un tumulto de emociones diferentes se abarrotaron en mi pecho: enojo, tristeza, angustia, bronca… Me enojaba que implicara que Peeta y yo no teníamos nada que ver ni podríamos tenerlo. Me enojaba que me diera un seudo permiso para actuar frente a las cámaras que estaba enamorada de otro que no era él. Tristeza porque aún no sé lo que me pasa ni con uno ni con otro. Y, sobre todo, porque yo pensaba algo parecido aunque no lo sentía. Él se preguntaba cómo podía haber dudado y yo sabía la respuesta: porque yo dudaba. Gale, de una forma pasiva y sostenida, ejercía una fuerte presión. Y ya no podía soportarla. Eso me generaba angustia y bronca. Necesitaba distancia. Estaba inmóvil, mirándolo con insistencia a los ojos sin abrir la boca. ¿Qué podía contestar?
- "Vamos Katniss. Sabes que es cierto, ustedes no tienen nada que ver, él es de la ciudad vos de la naturaleza".
- "Tengo que irme Gale. Quiero pasar antes por el Quemador. ¿Vamos? Ah, y llevate la bolsa. No la voy a necesitar en un tiempo.", sin decir más comencé a caminar en dirección hacia la cerca.
A llegar al Quemador, compré vendas para mi madre, licor blanco para Haymitch y unas hierbas aromáticas para que Prim pusiera en sus cajones de ropa. Le encantaba repartir perfume entre las prendas. Hasta ponía en los míos y en los de mamá. Quería distribuir la mayor cantidad dinero posible antes de irme. Al llegar al puesto de Sae la grasienta acepté un tazón de estofado caliente. Me senté al mostrador con Gale a mi lado y, cuando Sae depositó el boul delante de mí, lo hizo acompañado con una rodaja de pan. Al verlo, miré a la cocinera con un signo de pregunta estampado en la cara pero fue Gale el que esbozó la pregunta: - "¿Pan?, ¿desde cuándo tenemos el lujo de acompañar la comida con pan?"
- "Desde que un panadero vencedor decidió comenzar a traérnoslo un par de veces por semana"
- "¿Cómo?, ¿Peeta les está regalando pan?", pregunté con un tono de voz un poco chillón y un chiquitín histérico.
- "Sae, ¿cómo puedes aceptarlo? Será un vencedor pero también es un chico de la ciudad, un mercader. No lo quiero. No quiero deberle aunque sea por triangulación", dijo Gale con tal vehemencia que escupió saliva de la boca hacía todas las direcciones, hasta cayó un poco en mi mejilla. Fue la gota que me rebalsó el vaso. Ya venía cargada de nervios con la inminencia del viaje, la ida al Capitolio más las tonterías que había dicho en el bosque y ahora sumaba esto. Me llevé la mano a la mejilla y mientras me limpiaba su saliva le espeté a mi vez: "¡Por dios Gale, es sólo un pedazo de pan! ¡Cómetelo y listo!" Creo que nunca me dirigí a Gale en ese tono. En seguida sentí cómo me subían los calores por el cuerpo hacia la cara y seguramente estaría ya roja como un cartel de NO PASAR. Intenté reaccionar antes de que la sangre llegara al río: "Lo siento Gale, estoy nerviosa por la gira, ya lo sabés…".
- "Sí, bueno, ya no tengo hambre. De hecho, no creo que pueda pasar un bocado. Va a ser mejor que vaya para mi casa, tengo que poner esto a enfriar- dijo al señalar mi bolsa de caza- antes de que se ponga malo", acto seguido se paró y se quedó detrás de mí. Me di vuelta en la banqueta, como un intento para darnos un poco de privacidad frente a Sae. No quería despedirme enojada. "Espera, Gale.", me paré y quedamos cara a cara. "Por favor, discúlpame por el arrebato de recién. No quiero irme así con vos, por favor, ¿sí?", y lo miré suplicante a los ojos. Gale sonrió como respuesta, bajó un poco la cabeza hacía mí, me tomó del mentón y me dio un beso corto, chiquito pero cálido y húmedo. Bajé la cabeza al instante. No sé porqué. No era que no me agradara el contacto o el beso en sí es que, no sé, no lo sentía correcto.
- "Bien, ehh, nos vemos a la vuelta, ¿sí Catnip? En el lugar de siempre. Cuídate.", y con estas palabras, Gale dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del mercado. Volví a sentarme a la mesada y comencé a tomar mi sopa. De vez en cuando mojaba el pan en el caldo. Era exquisito, esponjoso y con semillas como algunos que habíamos comido en el Capitolio. Una sonrisa torció mis labios. No sé porqué pero me alegraba que la gente de la veta tuviera un poco de los exclusivos manjares de allá por más que fuera uno de los más simples. Prohibidos por imposibles acá. Seguramente Peeta habría mandado a traer las semillas desde el Capitolio.
- "¿Una sonrisa luego de semejante estallido?, ¿es que la despedida con Gale fue buena o será más bien que es el pan lo que te pone de buen humor?", y ahí, en forma de lo más simple, Sae ponía en blanco y negro la duda que me atormentaba.
Aunque la pregunta socarrona de Sae me había tomado por sorpresa, no me había caído mal. Luego de la conversación que tuvimos a mi vuelta, comencé a ser cada vez más abierta con ella. En realidad, es con la única persona con la que hablé sobre esta dualidad (por llamarla de alguna manera) aunque sin demasiados detalles. No era seguro ni para ella ni para nadie que alguien más afuera de nuestro triángulo de vencedores supiera la verdad sobre Peeta y yo. Pero hubo un día, uno particularmente malo, en el que algo se apoderó de mí y mi boca se abrió.
Hacía varias noches que no dormía y creo que mi total de sueño en cuatro días no llegaba a sumar un par de horas. Cuando estaba así, mi paciencia era más corta, mis silencios más profundos y apenas si podía sostener mi ánimo. Intentaba estar el menor tiempo posible en mi casa así que siempre pasaba el día en el bosque y a la vuelta, me iba al mercado para hacer un poco más de tiempo y continuar con mi mente ausente. Casi siempre me sentaba en la mesada de Sae y me quedaba ahí hasta que se hiciera la hora de la cena para volver a la aldea. En este día particularmente malo, a la falta de sueño se le había agregado uno de mis pocos encuentros accidentales con Peeta. Yo estaba saliendo de mi casa con mi bolsa de caza colgando y con la intención de chequear a Haymitch antes de que se fuera a dormir cuando me lo choqué a medio camino. Y literalmente, me lo choqué.
Con un estado de sopor y torpeza por el cansancio, estaba aún acomodándome la bolsa de caza sobre los hombros, medio enredada con la correa cuando, de repente, siento como mi cara estalla contra algo duro y me aplasté el interior de uno de mis labios contra los dientes. Trastabillé frente al impacto pero sentí como un par de manos fuertes me agarraban por mis antebrazos y evitaban que cayera.
-"¿Estás bien?", me preguntó Peeta mirándome en forma directa a los ojos. No contesté, no podía hablar al ver su mirada de un azul más profundo que el que recordaba, posada en mí en esa forma sostenida. Bajó los ojos hacía mi boca que aún no emitía sonido. "¡Estás sangrando! Vení", y me puso su mano izquierda detrás de la nuca mientras que con su mano derecha hurgaba en el bolsillo trasero de su pantalón de gabardina negro. Tenía un delantal blanco con restos de masa seca y harina pegados y arriba, solo una chaqueta liviana sin cerrar. Cuando vi lo que sacó de su bolsillo, me encontré con algo que no veía desde que mi padre había muerto: un pañuelo de hombre. Era de un celeste inmaculado y lo apoyó sobre mi labio superior. Los de mi padre estaban más gastados y siempre arrugados y no doblados como este pero la imagen de mi padre sonándome la nariz con su pañuelo vino a mi cabeza al instante.
- "Perdón, no estaba mirando, no te vi. ¿Te lastimé?", me preguntó con preocupación. Sentía sus dedos en mi nuca y, desde ese punto, comenzó a bajar una cálida sensación que amenazaba con desperdigarse por todo mi cuerpo.
- "No, no, me aplasté el labio contra los dientes. Me pasa siempre, no te preocupes, no tarda en dejar de sangrar…". Llevé mi mano hacia el pañuelo y Peeta retiro la suya al instante. No pude sostener más su mirada y miré hacía el pedazo de tela que tenía entre mis manos: "Hacía mucho tiempo que no veía un pañuelo", dije en voz baja.
- "¿Cómo?, ¿hacía mucho que no veías un pañuelo?", preguntó con una mueca de interrogación. Asentí con mi cabeza y él, con una risa entre dientes me dijo: "Quedate con él."
- "No, no lo quiero. Tomá", dije en forma abrupta y determinada a la vez que le extendía de vuelta el pañuelo ensangrentado.
- "Es sólo un pañuelo. Vinieron en toneladas con nuestro vestuario del Capitolio. No me vas a deber nada, no te preocupes", me dijo con una impaciencia en el tono de voz que me dieron ganas de que la tierra se abriera y me tragara de lleno. "Haymitch ya se acostó así que no te recomiendo ir para allá si era dónde ibas… que tengas un buen día Katniss", y sin decir más, se dio media vuelta y se dirigió hacia su casa dejándome ahí parada en la media luz del amanecer y extrañando todo de él.
Ese día, cuando llegué por la tarde al puesto de Sae, ésta me miró y me preguntó un poco alarmada: "Pero niña, ¿qué te pasó?"
- "¿Por qué?, ¿qué tengo?", respondí ya sin recuerdo de la sangre que salió de mi labio.
- "Tu boca, está hinchada, ¿te golpeaste?"
Y ahí sobrevino el recuerdo de mi encuentro con Peeta al amanecer. Sin dejar de mirar a Sae, sentí como las lágrimas se formaban en mis ojos y comenzaban a derramarse a lo largo de mi cara y, lo más curioso es que no hice esfuerzo alguno ni por contenerlas ni por disimular mi estado de ánimo. Estaba agotada. De todo y, sobre todo, de fingir. De repente, comencé a llorar como no lo hacía en mucho tiempo, ni cuando llegué de los Juegos; con hipo y espasmos y todo. No había mucha gente ya en el Quemador y nadie en el puesto de Sae así que, la cocinera cerró el quiosquito y me condujo hacia un pequeño cobertizo detrás del local. Entramos, arregló unos banquitos que estaban apilados por ahí y me ofreció asiento. Mientras Sae hurgaba entre unos cachivaches yo aproveché para sacar el pañuelo que me había dado Peeta más temprano. Me sequé las lágrimas y me soné la nariz. Ya más recompuesta vi como Sae sacaba de entre los trastos una botella petisa y panzona llena de un líquido oscuro y dos vasitos chicos. En ningún momento intentó abrazarme o acariciarme de ninguna manera y eso se lo agradecía. La mujer entendía que no era muy buena con las demostraciones de afecto.
- "Este es un licorcito especial que hacemos con Ripper. Está hecho a base de una serie de diferentes hierbas digestivas que crecen a la vera de la cerca. Sólo aparecen en primavera así que, no podemos hacer más de dos botellas para cada una al año."
- "Sí, sé cuáles son. Yo las recojo en el bosque pero para cuando volví aún había y ya estábamos casi en otoño. De hecho, le junté varias a mamá. Si querés, te puedo traer algunas…".
- "Sí, ya sé de cuales estás hablando. Son parecidas pero no las mismas. Estás son más suaves en cuanto a lo medicinal, ayudan a la digestión pero no sirven para curar infecciones estomacales ni para evitar embarazos pero son mejores para destilar", me dijo sin vuelta ni vergüenza alguna mientras llenaba los vasitos con el líquido negro. "Es un poco amargo pero cae bien", agregó con una sonrisa y me pasó uno de los vasitos. A continuación hizo un gesto como de brindis a la vez que me saludaba con la mirada y se lo llevó a la boca. Antes de imitarla, llevé el vasito hacia mi nariz y olí el brebaje. Sí, eran definitivamente hierbas digestivas y muy concentradas. Hasta olía amargo. La imité y tomé un sorbo generoso del brebaje sin tener en cuenta las consecuencias. Sí, era amargo y fuerte. Me atraganté un poco y me costó tragar. Pero una vez que lo hice, sentí como el licor iba calentando mi cuerpo. Al segundo vasito ya sentía como mis músculos se iban aflojando y, para el tercero, la que se aflojó fue mi lengua.
- "Bueno chica, ¿estás más tranquila?", me dijo Sae con una sonrisa preocupada.
- "Sí, gracias", le contesté con una sonrisita forzada.
- "¿No le querés contar a esta vieja qué es lo que te angustió tanto?", y esta vieja me miró con un cariño tan grande que, hasta ese momento, ignoraba por completo que sentía. Me arrojé a sus brazos y comencé a llorar nuevamente, fuerte, con desconsuelo. La grasienta me tomó en sus brazos y me acomodó sobre su falda. Olía a humo, cenizas y estofado. Me hamacaba al mismo tiempo que me decía en forma muy dulce: "Ya, ya, ya nena, ya. Eso es, sacalo todo afuera…". Más llanto y un grito un poco más ahogado: "Ahí va, sacalo…. Ahí va, muy bien". Luego de un rato largo así, me sentí más recompuesta y, la verdad, un poco avergonzada.
- "Ya, ya estoy bien", dije sorbiendo la nariz y pasando una mano pringosa por mi cara para secar las lágrimas. Me paré y me fui nuevamente hacia mi silla pero antes de sentarme, saqué otra vez el pañuelo del bolsillo de atrás de mi pantalón. Al llevar el pañuelo hacia mi nariz, vi algo que no había visto antes: P.M. Dos letras bordadas en un azul muy parecido al de sus ojos, profundo y cristalino a la vez. Más lágrimas comenzaron a caer por mi cara pero esta vez sin espasmos ni temblores. Sólo se derramaron en silencio.
- "Es un pañuelo muy bonito ese que tienes ahí", me dijo con suavidad y, ¿un poco de picardía?, "P.M, es de… ¿Peeta?", me preguntó no sin una obvia cautela. "Tan fría e impasible por fuera…", las palabras que me dijo a mi regreso volvieron a mi mente. Grasienta no me iba a presionar más de la cuenta. Sabía que, por más que fuera lo que fuera en mi interior, mi actitud no era la de una persona abierta.
- "Sí, es suyo. Me lo dio esta mañana. No veía por dónde caminaba y me choqué contra él; me corté el labio y me lo pasó… para limpiarme", le dije mostrándole las manchas de sangre en la tela a la vez que salía un sollozo de mi garganta al darme cuenta de que la sangre estaba cerca de sus iniciales: "Siento que todos los días lo estoy lastimando un poco más…".
- "¿Por qué dices eso niña?"
- "Las cosas no fueron tan reales como se vieron por televisión".
- "Nada de lo que se ve en televisión es 'tan real', eso ya lo sabemos todos." Asentí con mi cabeza.
- "No para él. No para Peeta...".
- "Veo...", dijo Sae en una voz baja y miró hacia su vasito, ya vacío. Volvió a llenar ambos vasos y nos quedamos bebiendo en silencio por un rato. "¿Estás segura de que nada fue 'tan' real?"
- "No lo sé", admití por primera vez en voz alta, no estaba pensando, sólo contesté. Cuando me di cuenta, agregué la razón por la que no podía permitirme caer en ese abismo que significaba dejarme llevar por lo que fuera que Peeta despertaba en mí: "Pero no quiero averiguarlo. Nunca quise enamorarme, casarme, tener hijos... nunca podría darle lo que quiere"
- "¿Y vos sabés lo que él quiere?"
- "Bueno…, yo…, quizás porque no lo conocés, pero seguro que Peeta, por cómo es quiere todo eso y más ahora…"
- "¿Más ahora? ¡Pero Katniss! Ustedes fueron al infierno y volvieron. Después de la arena, quizás él no quiera nada de eso. Por lo menos, no por varios años. Aparte, ¿cuántos años tienen ustedes?, ¿16, 17?" Asentí con mi cabeza y Sae continuó: "Son unos niños"
- "Más de la mitad del distrito se casa antes de los 20", dije como un intento de argumento a mi favor.
- "Eso no quiere decir nada. De hecho, cuando era chica, casi todo el mundo se casaba pasados los 20 y hasta casi los 30. La vida no era tan corta antes y todos sabíamos que la persona que eras a los 18 quizás no iba a tener nada que ver con la persona en la que ibas a convertir. Chica, yo hace mucho tiempo que ando por el mundo. Nací cuando los Juegos aún eran una novedad y la mayoría de la población del Capitolio los resistía". Mis ojos se abrieron como dos platos. ¿La gente del Capitolio estuvo alguna vez en contra de los Juegos? No podía ser…
- "No me lo creo. La gente del Capitolio adora los Juegos…"
- "Ahora adoran los Juegos."
- "Y, ¿cómo sabés esto? Los distritos no tienen noticias reales sobre el Capitolio o cualquier otro distrito"
- "No entonces. Quizás los del 11 o el 8 estaban más aislados porque siempre fueron los distritos más beligerantes. Pero en aquella época, nuestro distrito era uno de los más ricos de toda Panem. Antes de que se inauguraran las represas del 5, toda la electricidad del país provenía de usinas alimentadas a carbón. ¿De dónde venía el carbón? Pues de aquí. Los mineros eran respetados y casi te diría que hasta mimados por el Capitolio. Mucha gente solía bajar desde allá para hacer negocios con el carbón y conocer las minas. Hasta hubo una mujer del Capitolio que se enamoró de un minero y decidió mudarse aquí. Fue bastante escandaloso, de hecho, todo el mundo pensó que el minero en cuestión solo se casó con ella para salvar su reputación. Y ella fue quien nos contó todo esto aunque más de una vez las noticias mostraron las manifestaciones en contra de los Juegos que se realizaban cada año el día en que comenzaban. Mi madre me contó que eso fueron los primeros tres años, luego sólo se limitaron a mostrar la algarabía de los que sí estaban a favor. Con el tiempo, la gente que pensaba que soltar en una zona inhóspita a un montón de niños para que se mataran entre ellos era una aberración comenzó a desaparecer, muchos en forma misteriosa otros, solo fueron muriendo con los años. Mientras tanto, los Juegos se incrustaron dentro de su cultura: los disfrazaron con palabras como "orgullo", "hermandad" y "honor" y así la gente no solo los fue aceptando si no que ahora, tacha los días en su calendario a la espera del día en que por fin suene ese maldito cañón". A medida que la cocinera avanzaba con su relato, se abstraía cada vez más en si misma hasta que pareció haberse olvidado por completo de que yo estaba ahí.
- "No tenía la menor idea…", dije con un hilo de voz y agregué un poco más resuelta: "Igual, no me creo que la gente del Capitolio pudiera alguna vez estar en contra. Si solo los hubieras visto cuando llegó nuestro tren…"
- "¿Qué fue lo que viste?"
- "La gente sonreía, gritaba, nos saludaba, reía. Estaban fascinados".
- "Exactamente. Solo es la otra cara del disgusto. A ustedes los pintan como si fueran héroes, mártires honrosos que se sacrificarán por el orgullo de su distrito. Los aman y aman sus historias. ¡Hasta no me sorprendería que los envidiaran! Los distritos somos, para ellos, tierras exóticas llenas de riquezas. No conocen nuestra realidad así como nosotros no conocemos la suya. Me niego a pensar que toda la gente del Capitolio sea mala gente. Si hay algo de lo que los podés culpar es de no tener un pensamiento independiente al del gobierno. Pero, ¿por qué lo van a tener? Nosotros no lo teníamos cuando el dinero fluía a borbotones desde las minas. Nadie estaba hambriento, nadie tenía frío, todo el mundo estaba cómodo. La única piedra en nuestro zapato era los Juegos y hasta eso parecía un mal menor, una cuota bastante barata a pagar luego de la locura de los Días oscuros. Pero luego de la caída del mercado del carbón, esa piedra creció hasta convertirse en una avalancha de rocas que nos sepultó. Sepultó nuestro espíritu, nos venció. Ahora, esto no es más que un cementerio con muertos que respiran." Hizo una pausa, terminó el contenido que había en su vaso y luego agarró una de mis manos con las suyas y la apretó fuerte, como en una plegaria. Me miró a los ojos y me dijo una vez más: "Por eso es tan importante lo que tú y Peeta demostraron en la arena. Mostraron que nuestro espíritu aún está en pie, doblado quizás pero no roto. Aún estamos paraditos sobre nuestras dos piernas. No dejes que esta conmoción te doblegue. Ni a ti ni a él. Sé que todo esto es complicado pero deben mantenerse unidos".
- "Sí pero, Gale…", y ahí me callé la boca. No quería ya poner en peligro a Sae más de lo que la había puesto contándole parte de mis secretos. Aunque quizás ella se arriesgo aún más al contarme todo aquello sobre el pasado de Panem. Todo era un lío y ya quería irme a mi casa. Comencé a sentir los nervios en mi estómago y a sentirme encerrada. El sudor no tardó en llegar y aparté mi mano de la de Sae: "Va a ser mejor que me vaya Sae. Mamá y Prim van a estar preocupadas y…, bueno, mejor me voy. Gracias por la charla y el licor."
- "Sí, claro"
Salimos del cobertizo y cada una enfiló en dirección a su hogar cuando, a los pocos pasos, Sae volvió a llamarme: "¿Katniss?", me di vuelta y ella me dijo en voz baja pero lo suficientemente alta como para que yo la escuchara: "Olvídate del matrimonio y del futuro en general. Si algo te tiene que haber enseñado esta desgracia es que nunca sabés qué es lo que va a pasar así que, solo ocupate de tu presente. Niña, vos no tuviste una vida fácil, lo sé y lo entiendo pero, tenés que aprender a abrirte un poco más. Quizás tengas una vida un poco mejor… Adiós niña, espero que puedas dormir".
Ya era de noche cuando llegué a la Aldea de la Victoria, aún un poco aturdida por el alcohol y sentía una necesidad imperiosa y nada racional de ver a Peeta. Me acerqué hasta su casa y vi que estaba completamente a oscuras. No estaba. Seguramente había ido a comer a lo de sus padres. Rodeé la casa sólo para sentirme un poco más cerca de él, no quería aún separarme y estar cerca de su casa, de alguna manera me hacía sentirme más próxima. De repente, percibí una luz en uno de los lados y ahí lo descubrí: Peeta estaba parado de perfil junto a una de las ventanas del piso superior. Tenía un pincel en la mano y un cuadro frente a él. El ceño fruncido y la mirada fija en la tela. Parecía estar como en un transe. Esa noche fue la noche en la que descubrí su afición por el arte. Me senté al lado del roble y lo estuve contemplando por un rato hasta que sentí que una tranquilidad que no tenía desde el día de la cosecha.
Ahora, esa conversación parece que hubiera sido hace millones de años. Miré a Sae con sumo cariño y, con el pan en la mano le pregunté: "¿Cómo pasó esto?".
- "¿Mmmm?, ¿el pan? Bueno, ¿te acuerdas del viejo Roger?"
- "¿El zapatero del Quemador?"
- "Sí. Bueno, el panadero siempre le trae sus zapatos de cocina a Roger. Dice que prefiere mil veces sus viejos botines recauchutados por las maravillosas manos del mejor artesano de Panem que comprar unos nuevos. El chico vino acompañando a su padre. Mientras el panadero hablaba con Roger, comenzó a dar vueltas y estacionó aquí. Me compró un cuenco de sopa y, mientras la comía y alababa me dijo: "Que bueno sería poder mojar pan en la sopa. Quedaría exquisito". Le expliqué que el pan era un lujo para nosotros pero creo que ya lo sabía. Se sonrojó un poco, como si le diera vergüenza. Me sentí mal por él e intenté explicarle que no quería hacerlo sentir así. Al día siguiente, apareció con un saco lleno con más de una docena de hogazas de pan. Lo rechacé de movida pero el chico se puso bastante mal. Empezó a respirar cada vez más rápido y se puso todo colorado. Me explicó que en realidad le estaba haciendo un favor. Parece que hornear pan lo calma, algo de amasar, usar las manos y solo sentir como se mezclaba la harina con el agua alrededor de sus dedos lo "abstraía de su cabeza", o algo por el estilo. Cuestión que lo tranquiliza y hace más de la cuenta así que lleva parte a lo de los padres y el resto, lo trae para acá. Todos del mismo tipo eh, tu chico no hace diferencia. Yo lo reparto entre la gente que viene al mercado y la gente de acá y, ahora, acompaño la sopa con un trozo de pan, ¿no es un banquete?", dijo con un acento capitalino forzado y una sonrisa satisfecha, sonreí con la ocurrencia y hasta me sacó una de esas risas de un solo "ja". "Ahora viene cada dos días, sin falta, con un saco y hasta a veces dos sacos de pan."
La reacción de Gale, aunque ahora me parecía desmedida, no era de sorprenderme en realidad. Lo que sí me sorprendía era que Sae o cualquier persona de La Veta aceptara el regalo de un tipo de la ciudad sin chistar. Y entendía porqué lo estaba haciendo. Parece que era verdad eso de que Peeta caló hondo entre la gente del 12.
- "Gracias por ayudarlo Sae".
- "Creo que estamos aprendiendo a ayudarnos entre todos." Sae siguió con sus labores y como ya era la hora de volver para mi casa, me levanté y acerqué para saludarla. Le di un abrazo corto pero sentido. Ella me deseó suerte y comencé a caminar hacia la salida del mercado pero, a los pocos pasos no pude más con mi intriga. Me di vuelta, volví hacia Sae, la llevé un poco aparte del mostrador y le pregunté: "¿Cómo puede ser que recién hoy me enteré de esto de Peeta, el pan y el mercado?"
- "Bueno, viene siempre a la mañana temprano cuando tu estás en el bosque y para cuando vienes acá, pues ya no hay más. De hecho, esos trozos que te serví a Gale y a ti eran lo último que quedaba del día".
- "Claro, sí… que tonta… Sí, perdón, solo me intrigó…"
- "Por lo que veo, ustedes dos aún no han cruzado palabra…"
Me quedé lívida y, si abría la boca para decir algo, seguro que iba a salir con un tartamudeo así que, no dije nada. Solo me limité a darle otro beso en la mejilla y un tímido adiós.
No, no habíamos vuelto a cruzar palabra pero, para bien o para mal, ese silencio bilateral se terminaba hoy.
