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"¿Qué pensabas? ¡Inútil! ¡Idiota! ¡Estúpido! ¡Imprudente! ¿No pudiste haber tenido más cuidado? ¿No? ¡Imprudente!" Pensaba el Hijo de la Luna, mientras atravesaba fugazmente el bosque, sin ver exactamente a dónde se dirigía. Un calor abrumador, que nada tenía que ver con su carrera, le recorría el pecho, como insistiéndole a ir aún más rápido.
Lejos, junto al río helado, bajo la luz de la primera estrella, los dos hermanos discutían.
-¿No es obvio, hermana? ¿Qué más podía querer hacer, el pálido? –el joven escupió el suelo.
-Quizá sólo pasaba por aquí, tal vez se dirigía justo al… ¿oeste, es? Sí, oeste. Podía tranquilamente pasar por aquí por casualidad. No debía querer necesariamente robar.
-¿Y por qué salió corriendo, entonces?
-Por si no lo has notado, hermano –dijo Anabel con voz helada-, es pálido, y aquí todos somos morenos. ¿No es de esperar que tema que lo atrapemos y lo metamos en alguna especie de circo? ¿Por qué, sino, roba en vez de pedirlo amablemente? Dudo que a ti te guste que te trataran como a un fenómeno.
-Tal vez tengas razón… ¿Deberíamos decírselo a nuestro padre? ¿O mejor esperar y vigilar? –el muchacho no parecía muy seguro de esta última opción, aunque acataría la decisión de su hermana mayor como si fuera un peón más.
La chica lo pensó un instante.
-Creo… que sería mejor esperar y vigilar. Si esta noche no aparece, se lo diremos a nuestro padre mañana en la noche, como si el encuentro sucediera en el próximo atardecer.
-Si… sí, tal vez tengas razón. –De pronto se dio cuenta de la oscuridad del cielo- Será mejor irnos.
La noche ya ocupaba todo el cielo, pero Erested dudaba. ¿Debía robar de nuevo esa noche o sería mejor ayunar hasta la noche siguiente? Pero su estómago rugió con impaciencia, recordándole que el día anterior los víveres fueron escasos. Debía ser mucho más prudente que en esa tarde. No podía cometer errores.
Esperó a que su madre se escondiese detrás de las nubes. La tormenta estallaría pronto.
-¡Apresúrate, Erested! No las contendré por mucho tiempo, están impacientes por caer –le dijo su madre, mientras él se deslizaba sigilosamente por el campo.
La cena fue tranquila, sin ninguna escenita sobre matrimonios o cosas así, lo que produjo un profundo alivio en Anabel. La noche era oscura, aunque no una boca de lobo. Había manchurrones de luz aquí y allá, en donde la luna podía atravesar las nubes.
La chacra medía, en su totalidad, treinta y cinco hectáreas (actuales), lo que no era poco para la gente de esos tiempos. En la zona de la entrada se encontraba la casa mayor, donde residía el dueño de la estancia con su familia y unos pocos criados más. No era muy grande. A su derecha e izquierda se encontraban los establos para las vacas, las ovejas y los cinco caballos. Detrás de la casa, estaba la casita de los peones que vivían demasiado lejos como para viajar todas las tardes y amaneceres al campo. Y unos pocos metros más atrás, se encontraban toda una fila de cuatro grandes almacenes donde se guardaba el trigo y el maíz, entre otras cosas. Detrás de toda la construcción se encontraba la zona de cultivo, y más atrás la de pastoreo.
Esa noche, Anabel patrullaba los almacenes cuidando de que su contenido quedara intacto. Recordaba vívidamente el rostro del chico pálido… era de un color extraño. No parecía blanco, como decían… no, estaba confusa de nuevo. Era pálido, pero al mismo tiempo tenía un matiz anaranjado, como si ese último saludo del sol le hubiese entregado su color. Pero, había algo más en él, algo raro, hermoso… irreal. ¿Cómo podía existir una criatura así? ¿De dónde provenía? ¿De verdad era el Hijo de la Luna, o sólo era un disfraz? No, su mente desterró ese pensamiento casi inmediatamente, pero ella la forzó. ¿Y qué si lo era? No debería pensar en esas cosas, no eran de su incumbencia. Quizá debería…
Pero las palabras en su mente se desvanecieron, al escuchar una de las chirriantes puertas al otro lado del almacén que acababa de pasar. ¿Podría ser…?
¡Maldición! ¿Lo habrá escuchado? Su cuerpo se movió a la velocidad del rayo, introduciéndose en el almacén. No podía hacer otra cosa, a menos que quisiera que la chica lo atrapara. Pero, claro, ahora estaba golpeándose a sí mismo ¿Cómo había sido tan estúpido? En ese momento ella lo tenía donde quería. Esperó, por si escuchaba cualquier sonido. Aparte del viento no pudo escuchar nada, así que agudizó el oído. El resoplido de un caballo, el temblor de una oveja a lo lejos… una respiración rápida. Humana. Debía ser ella, estaba demasiado cerca como para que fuera alguien que dormía, así como era demasiado rápida. ¿Por qué no venía? ¡Ah! ¿por qué lo había pensado? Ahora se acercaba. Lentamente. La curiosidad lo impacientaba, le irritaba, le quemaba.
¿Por qué? Estaba en la esquina, su respiración se volvía entrecortada y sus pasos más lentos y pesados. Él ya podría haber tomado lo que necesitaba y largarse, ¿por qué se quedaba? ¿Qué era lo que lo paralizaba? ¿Por qué se detenía a pensar? ¿Por qué pensar estas cosas? ¿Qué le pasaba? ¿Por qué…?
Sus pasos se hacían más vacilantes a medida que avanzaba. De pronto se paró en seco a meditar. Creía saber quién era el que estaba allí dentro, pero no estaba tan segura. Si era él… Ella lo comprendía, si hasta lo más fantástico de los rumores era cierto, ella lo entendía. ¿A quién le gustaría que todos lo mirasen como un animal de circo al pasar? Era simple: Nadie. ¿Y si lo dejaba pasar? ¿Y se le daba de comer? No sería tan malo. Lo podía ayudar, que se escondiese por ahí por un tiempo y que cuando el clima mejorase, que se fuera. No, mejor no. ¿Por qué se quedría ir de un lugar que le proporcionaba alimento? Pero, si fuera sólo por esta vez... De paso, podría verificar que no era un impostor. Adelantó unos pasos y puso la mano en la manija con el corazón en el puño.
Su corazón latía muy rápido. Entre el de ella y el suyo, casi no podía concentrarse en nada. Escuchó cómo la palma de su mano se posaba suavemente, pero con decisión, en la manija de la puerta. Se preparó para echar a correr ni bien tuviera la menor oportunidad. Con una desesperante lentitud, la puerta comenzó a abrirse.
¡Qué lata! La puerta estaba oxidada, y chirriaba de tal forma que despertaría a cualquiera hasta en la casa mayor. Debía apresurarse.
Con un último tirón la abrió, recibiendo pequeños pedacitos de metal oxidado…, y allí estaba él, mirándola con esos ojos grises cautelosos. Los ojos desaparecieron inesperadamente en un borrón, y su primera reacción fue interponerse en la puerta. El choque fue silencioso.
De pronto se encontraba encima de ella. El mismo calor abrumador de esa tarde, surgió en su pecho avanzando rápidamente hacia su cara. Se disponía a levantarse y salir corriendo de nuevo, cuando notó las manos de la chica en su muñeca y su camisa. Un dolor infinito surgió en la zona más privada de su anatomía, y no pudo evitar lanzar un grito ahogado. Dejó que la criatura humana rodase contra un costado, dejándole a el en el suelo helado. La muchacha movió una de sus manos a la otra muñeca suya, pero él no se resistió. Se notaba en su semblante que quería algo… vería qué era.
Ella vaciló un instante, mirando alrededor. De improviso, se levantó (levantándolo a él también con ella) poniéndole una mano en el cuello y la otra, que seguía en su muñeca, en su espalda.
-¡Camina! –ordenó. Tenía suerte de que la luna no pudiera verla. Ella no era tan complaciente como su hijo.
Lo llevó dentro del almacén, y lo sentó sobre un montón de paja. Dejó sus manos libres y llevó las suyas al cuello del Hijo de la Luna. La duda apareció de nuevo en su rostro, pero algo lo endureció.
-¿Quién eres y qué haces aquí? –Ahora sabía algo más: era práctica.
-Si te lo dijera no me creerías. –le respondió.
-No te pregunté lo que creería o no. Te pregunté quién eres y qué haces aquí –su voz sonaba serena, pero una leve presión en su cuello le indicó que no estaba para bromas y rodeos.
-Soy Erested, El Ladrón Pálido, El Plateado, La Centella… el Hijo de la Luna.
Erested esperaba hallar sorpresa, pero nada cambió en su postura. Lo miró esperando que continuara, y él recordó la segunda pregunta. Le convenía ser seco y claro.
-Vine a robar. –notó que la presión de los dedos aflojaba hasta que sólo quedaron apoyados (a modo de advertencia, supongo) en su cuello. La miró a los ojos y vio que eran amables.
-¿Qué querías robar? –la expresión amable no había abandonado su rostro. ¿Qué significaba? Se encogió de hombros.
-Comida, principalmente… Si por casualidad me encontraba algún abrigo de utilidad tampoco lo hubiera dejado.
-¿Comida para cuánto tiempo?
-Uno o dos días… nunca robo mucho, no tengo con qué cargarlo.
Tal y como pensaba, pobrecillo…, pensó Anabel. Parecía de esos niños que, cuando rompen algo, solo dicen "¡Oh! ¿Esto se rompe?" La imagen le hizo esbozar una media sonrisa, que titiló como una estrella en su rostro.
Sin decirle una palabra, le tomó una mano, sin sacar la otra de su cuello, y lo llevó fuera del almacén. Él se iría en uno o dos días sin decírselo a nadie (rió ente dietes ante el pensamiento), y ella tendría la conciencia tranquila. No le hacía mal a nadie, ¿o no?
Recorrieron la corta distancia que había entre los almacenes y una de la casa de los peones que estaba deshabitada. Entraron, encendió una luz y lo hizo sentarse en la diminuta cocina-comedor. Se dirigió a la despensa y comenzó a sacar cebollas, papas, harina, pan, todo lo que allí había. En una pequeña cacerola le hirvió las papas, mientras cortaba el pan.
-¿Por qué haces esto? –le preguntó Erested.
-Porque eres un mendigo. Eres pobre y no posees nada. De pequeña me enseñaron a ser amable y generosa con los desposeídos. –hizo una pequeña pausa y le comunicó su pensamiento- Tú te irás en uno o dos días, quizás ni bien salga el sol. No le harás daño a nadie –lo miró arqueando una ceja, como cuestionándolo- y nadie se tiene por qué enterar, así que tendré la conciencia tranquila.
El ladrón se lo pensó unos momentos, y sonrió.
-Supongo que tiene sentido. –Ella también sonrió.
-Todo lo que digo tiene sentido… al menos para mí.- Las papas hirvieron y tuvo que apresurarse a sacarlas y cortarlas para que se enfriaran. Erested la miró atentamente mientras trajinaba, y sacudió un poco la cabeza.
-No eres como los demás.
-Y tú no lo entiendes.
-¿Me lo explicarías? –sonaba esperanzado.
-Supongo que no hago nada malo haciéndolo –contestó Anabel sonriendo, y mirándolo de frente- Me han enseñado que cada ser es único, que nada puede comparársele. Pero me han enseñado, también, que soy igual a mi padre en carácter e igual a mi abuela por fuera, exceptuando los ojos y las piernas. Entonces, me encontré con dos teorías que se enfrentaban. Mi aversión contra casi todos mis familiares tuvo bastante peso en la balanza de la primera teoría y con esa me quedé, intentando ser alguien diferente a ellos.
-Entonces, ¿no quieres casarte porque ellos sí lo quieren? –Anabel sonrió. Debería haber esperado que saltaría a esa cuestión.
-Estuviste escuchando, ¿no es así? –Él asintió- No, no –negó con la cabeza para enfatizar su argumento- Eso no tiene nada que ver con las teorías. No quiero casarme porque todavía no conozco a nadie con quien piense que puedo más o menos convivir diariamente.
-¿Qué es lo que les falta? –la pregunta le sonó extraña a Anabel. ¿Por qué se interesaba tanto?
-Creo que ninguno tiene la cantidad suficiente de humildad, o son tan humildes que terminan creyendo que todos lo somos y se tornan ingenuos. U otros tienen tanto orgullo que les chorrea como grasa de chancho. –y se echaron a reír ampliamente al escuchar la comparación. Anabel retornó a su tarea y Erested se entregó a sus meditaciones. Estaba pensando en quedarse unos días más, cuando sintió el peso de una bolsa en la falda, miró y allí estaba, todavía un poco tibia, la comida.
-Tendrás que conformarte con eso, si quieres un abrigo tendrás que venir mañana –la chica se echó a reír de nuevo, mientras que se dirigía con un bostezo a la puerta.
-¿Puedo? –le preguntó el ladrón pasmado.
-Mientras que nadie se entere, todo bien.
Salieron de la casita, apagando primero la luz, por supuesto. Caminaron lentamente, uno junto al otro, hasta el almacén. La despedida no debía ser dolorosa.
-Entonces… -empezó el Hijo de la Luna, pero la humana lo interrumpió.
-Mañana junto al río, ¿de acuerdo?
-¡Claro! Al atardecer.
-Buenas noches. –dijo ella con otro bostezo, y dándose levemente la vuelta.
-¿Cómo es tu nombre completo? –a los dos les sonó extraña la pregunta.
-Anabel.
-Que duermas bien, Anabel.
Un trueno sonó, y luego un relámpago los iluminó. Al siguiente, Erested estaba en la mitad del campo, y cuando la lluvia comenzó a caer ya se había perdido entre los árboles del bosque.
