Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Lindsay Armstrong.

CAPITULO 3

—¡Isabella, Isabella! —gritó alegremente Mike, subiendo al todo terreno—. ¿A que no sabes lo que soy?

Edward salió del coche y abrió la portezuela trasera para que Paddy y Flynn pudieran subir.

—¿Un indio? —preguntó Isabella.

—¡Pues claro! —Contestó el niño, haciendo un gesto de impaciencia—. ¿Pero de qué tribu?

—¿Un sioux, un cheyenne, un apache? No —dijo Isabella, al ver que Mike negaba con la cabeza—. Entonces, me rindo.

—Soy un Nez Percé —dijo Mike, orgulloso.

Isabella y Edward se miraron, sorprendidos. Edward había vuelto a arrancar el coche y atravesaban el camino rodeado de nogales que llevaba a la casa.

—Nunca he oído hablar de ellos —confesó Isabella.

—Eran los mejores —dijo Mike entusiasmado—. Eran buenos cazadores y guerreros hasta que el gobierno de Estados Unidos les quitó sus tierras en 1878. Nez Percé significa nariz agujereada.

—Pues me alegro de que tú no te hayas hecho ningún agujero.

—Iba a hacerlo, pero mi tía Esme me dijo que si lo hacía probablemente me moriría desangrado y ella sería la primera en bailar sobre mi tumba.

—Mike, espero que no estés todo el día incordiando a tu tía Esme.

—¿Quién, yo? —dijo el niño, ofendido—. Por cierto, el traje de indio me lo ha regalado Irina. Es posible que no sea una madre modelo, pero desde luego sabe lo que le gusta a un niño.

De nuevo, Isabella y Edward se miraron sorprendidos. No sólo por la inteligencia y la elocuencia de aquel enano de ocho años, sino por la insistencia en llamar a su madre por el nombre de pila y por su forma de hablar de ella, como si fuera simplemente una hermana mayor.

Esme Cullen estaba esperándolos en el porche de la antigua mansión, situada sobre un promontorio que permitía contemplar la magnífica vista de la plantación. Construida más o menos al mismo tiempo que los Nez Percé habían perdido sus tierras, era una casa de dos pisos con tejado de pizarra, grandes chimeneas y un porche que daba la vuelta a la casa. Y estaba rodeada por una alfombra de césped y rosales.

Esme Cullen era la hermana soltera del padre de Edward y había vivido en Rosemont toda su vida, excepto durante los años que trabajó como profesora en un caro internado para señoritas. Después de retirarse se había dedicado a educar a Mike. Nunca hubieran podido encontrar mejor educadora para un niño tan brillante como él, aunque solían estar en permanente estado de guerra.

Edward nunca había hablado de ello, pero Isabella había podido adivinar por algún comentario de Esme que la razón por la que Irina no se había opuesto a que Mike siguiera viviendo con su padre era que ella misma no podía con él.

De modo que, en lugar del acuerdo más habitual, un niño viviendo con su madre y visitando a su padre de vez en cuando, en el caso de Mike Cullen había ocurrido al revés. Y parecía funcionar a la perfección a pesar de que Esme lo amenazara con bailar sobre su tumba.

—¡Isabella, qué alegría volver a verte! —exclamó Esme, bajando los escalones del porche para abrazar a la recién llegada. Era una mujer alta, con el pelo del mismo color rubio oscuro que Edward y una cara llena de arrugas, pero fascinante, llena de personalidad. A pesar de que siempre iba vestida de forma elegante, Isabella sabía que le gustaba la vida en el campo—. Espero que te quedes a comer con nosotros —seguía diciendo la mujer—. Mike, ve a lavarte la cara y, por favor, quítale esas plumas a los pobres perros.

Mike parecía dispuesto a discutir las órdenes, pero su padre le puso una mano en la cabeza.

—Mike, la vida está llena de coincidencias.

—¿Qué? —preguntó el niño.

—¿Sabes que hace una semana leí un libro sobre los Nez Percé? Y tienes razón, eran buenos guerreros.

—¿Puedo leerlo yo también?

—No es mío, me lo prestaron. Pero había una cosa en el libro que me pareció muy interesante y era la afinidad de esa tribu con los lobos. Te lo contaré mientras nos lavamos un poco.

Edward y su hijo entraron en la casa en amistosa compañía y Mike no protestó en absoluto por tener que lavarse. Buen truco, pensaba Isabella.

Esme sonrió y le ofreció un jerez a su invitada.

—No... Gracias. ¿Podría tomar un vaso de agua fría?

—Claro. Siéntate.

Esme había puesto la mesa en el porche, con un mantel bordado y servilletas sujetas por anillas de plata. Había ensalada, carne en salsa y pan recién hecho.

—¿Vas a quedarte sola con Mike mientras Edward está de viaje? —preguntó Isabella.

—No, por Dios. Mañana voy a llevarlo a Sidney para que se quede dos semanas con Irina. Al menos, sólo me volverá loca durante siete días.

—Podríais venir a pasar un fin de semana a mi apartamento —sonrió Isabella—. Está en la playa y el ejercicio haría que Mike... se calmase un poco.

Edward había aparecido en el porche en ese momento.

—Me encantaría, Isabella —dijo Esme—. Pero hay un problema. Tendríamos que instalar allí su ordenador. Sin el ordenador no va a ninguna parte. Así es como se ha enterado de la existencia de esos indios.

—Yo tengo un ordenador portátil y dos habitaciones libres...

Isabella se dio cuenta entonces de que Edward la miraba fijamente sin decir nada. Y también se dio cuenta de que había traspasado una línea invisible, la línea que dividía su aventura amorosa y la vida familiar del hombre. Y se preguntó por qué lo había hecho. Quizá porque le gustaba Mike, a pesar de que era un demonio. O quizá porque el niño sería hermano del hijo que esperaba.

—Eres muy amable, Isabella —dijo Edward por fin—. Decide tú, Esme.

—No nos iría mal pasar unos días en la playa —dijo ella suavemente, mirando de uno a otro.

—¿Vamos a ir a la playa? —preguntó Mike, saliendo en ese momento al porche con la cara lavada, pero aún con restos de pintura de guerra.

—Isabella os ha invitado a ti y a tía Esme a pasar un fin de semana en su casa mientras yo estoy fuera.

—¡Qué bien! Podré pescar y nadar y hacer surf. ¡Ya verás cuando se lo cuente a Irina!

...

—Lo siento, no debería haberlo hecho.

Después de comer, Isabella y Edward estaban dando un paseo a la orilla del riachuelo que regaba la plantación. Esme había preferido no acompañarlos y Mike estaba practicando sus danzas guerreras.

—¿Hecho qué? ¿Quieres que nos sentemos? —preguntó Edward, señalando un banco de piedra bajo un hermoso nogal.

—Sí, gracias.

Rodeada de todos aquellos árboles, Isabella no podía dejar de pensar en las raíces de la familia Cullen, su orgullo y su habilidad para cultivar la tierra. Aunque Edward era un hombre educado y un astuto hombre de negocios, sólo había que pasear con él por la enorme plantación para darse cuenta de que su amor por la tierra era más fuerte que cualquier otro sentimiento.

Sin embargo, ella encontraba aquella plantación demasiado silenciosa, casi fantasmal y nunca había cultivado nada en su vida...

—¿A qué te refieres?

—Quizá no debería haberlos invitado a pasar unos días en mi casa.

—¿Te arrepientes?

—No es que me arrepienta —contestó ella muy seria—. Me caen bien Mike y Esme.

—¿Entonces? —volvió a preguntar él, arrancado una brizna de hierba. La luz del sol que se filtraba entre las ramas de los árboles hacía que en su cabello aparecieran reflejos dorados. Como dorado parecía el vello de sus brazos por debajo de la camisa de cuadros azules.

Isabella suspiró, mirando la blusa de seda beige que se pegaba a su cuerpo debido al calor, la falda de lino y los zapatos planos de piel marrón que se había puesto aquella mañana para ir a trabajar. Aquella ropa hacía que se sintiera fuera de lugar en medio del exuberante paisaje, pero se habría sentido de la misma forma, aunque llevara vaqueros. Simplemente, no estaba acostumbrada a la vida en el campo.

—Vi que te pillaba por sorpresa. Era como si hubiera cruzado la línea de algo prohibido. Y cuando Mike mencionó a Irina, me di cuenta de por qué.

—¿Tú crees que Irina se negaría?

—No lo sé —contestó ella—. Ni siquiera sé si sabe lo nuestro —añadió. Aunque le hubiera gustado preguntar si él mismo tenía una definición para lo que había entre ellos—. ¿Esme sabe lo nuestro?

—A mí me parece que sí —bromeó él—. Pero a Esme no le gusta meterse en la vida de los demás.

—A menos que tenga algo que ver con Mike —murmuró Isabella.

—Eres muy perceptiva —sonrió él—. Esme iría a la luna por Mike, a pesar de que, aparentemente, siempre estén en pie de guerra. Esme fue como un regalo del cielo cuando... bueno, cuando las cosas empezaron a ir mal entre Irina y yo. Pero no creo que haya nada malo en pasar unos días en la playa contigo —añadió. Isabella se quedó en silencio. Con ella, pero sin él, claro. Quizá no quería que el niño viera que dormían juntos—. Aunque te vas a arrepentir. Mike agota a cualquiera.

—En fin, dejaremos que Esme decida —dijo Isabella por fin.

En ese momento se le ocurrió que, si volvía a tener náuseas, sería muy difícil que Esme no se diera cuenta... Pero, ¿cómo iba a esconder su embarazo unos meses más tarde? ¿Cómo podría esconderlo de sus empleados, sus vecinos, sus clientes, por no mencionar al propio Edward?

Isabella tomó aire para calmar los latidos de su corazón.

—¿Sabes lo que me gustaría que hiciéramos ahora mismo? —preguntó él entonces. Isabella lo miró—. Quitarnos la ropa y nadar un poco.

—¿Aquí?

—Yo he nadado en este riachuelo toda mi vida. El agua está muy limpia y fresca. Además, con un poco de suerte, podremos ver algún ornitorrinco.

—Si... hubiera traído un bañador, me encantaría.

—Puedes nadar en ropa interior —rió él—. No me digas que no tienes calor, Flaca.

—Estoy muerta de calor —sonrió ella—. Pero no me gustaría que los Nez Percé nos pillaran en una emboscada.

Edward lanzó una carcajada.

—Entonces tendremos que contentarnos con esto —dijo, levantándose para mojar un pañuelo en el río. Unos segundos más tarde, volvía a su lado con una sonrisa.

—Gracias —sonrió Isabella, pasándose el pañuelo empapado por la cara y el cuello—. El agua está estupenda.

—Tú también —susurró él. Cuando Isabella levantó la cara, se dio cuenta de que Edward estaba mirando su escote. El agua había empapado la blusa de seda y permitía adivinar debajo un fino sujetador de encaje. Y debajo del sujetador, por efecto del agua fría, se transparentaba algo más. Isabella se puso colorada, pero cuando hizo ademán de levantarse, él la sujetó del brazo—. No te muevas.

—Yo...

—Hazlo por mí.

—¿Para qué? —preguntó ella, con voz ronca.

—Para que pueda llevarme este recuerdo conmigo. Para que pueda pensar en ti cuando esté solo. Tan elegante, tan seria, tan encantadora. Tan hermosa y... tan inocente algunas veces. Y para que al menos pueda imaginarte desnuda en el agua, con el pelo suelto como una dríade*, con esos ojos chocolates y esa piel de marfil... o terciopelo rosa —susurró. Isabella se pasó la lengua por los labios mientras la familiar sensación que Edward causaba en ella empezaba a recorrer todo su cuerpo—. Eres tan delgada que a veces temo que vaya a romperte. Pero me encanta tu cuerpo, ¿lo sabías, Isabella? Tus pechos son una tentación para mí y a veces tengo que hacer un esfuerzo de voluntad para contenerme.

—Edward... —empezó a decir ella.

Pero no pudo seguir porque él la tomó en sus brazos.

—Piensa en mí cuando me marche, Isabella. Y en esto —susurró él, antes de besarla. ¿Cómo podría olvidarlo?, se preguntaba Isabella, devolviéndole un beso apasionado, enfebrecido—. Se supone que tú eres la fuerte, Isabella —sonrió él burlonamente, apartándose un centímetro de sus labios.

—Y hablando de fuerza de voluntad, Edward —rió ella a su vez—. ¿Has oído eso?

Edward inclinó la cabeza para escuchar.

—Vaya, qué suerte que tengas tan buen oído. Pero no podía llegar en peor momento... para mí.

—Nunca pensé que tendría que rescatarte de algo peor que la muerte —sonrió ella, besándolo suavemente en los labios—. Pero, ¿qué se le va a hacer?

—Habrá otros momentos —advirtió él, guiñándole un ojo.

En ese momento, Paddy y Flynn, de nuevo emplumados, llegaban corriendo con un pequeño Nez Percé en pie de guerra tras ellos.

El resto de la tarde transcurrió de forma pacífica. Habían tomado el té en el porche e Isabella había comido dos pedazos de tarta de chocolate con cerezas, aunque le hubiera gustado tomar un tercero. En aquel momento estaba jugando con Mike en el ordenador mientras Edward hablaba con su capataz. Mike le había dicho lleno de admiración que ella era la única persona que sabía tanto de ordenadores como él.

—¡Eso sí que es un cumplido!

—¿De verdad puedo ir a tu casa, Isabella? —había preguntado el niño.

—Si tu padre y tu tía dicen que sí...

—Yo creo que nos llevaríamos muy bien. ¿Y tú?

Mike tenía los ojos azules, la carita delgada y el rubio cabello rebelde.

—Yo también.

—Eso sería muy importante si mi papá se casa contigo...

—¡Mike!

—No te preocupes, no le he dicho nada, pero me gustaría. Mi madre tiene novio y van en serio —seguía diciendo el niño—. Es un tipo horrible. ¡Me habla como si yo tuviera dos años! Pero tiene una casa muy grande con jardín e Irina me preguntó el otro día si me gustaría vivir allí con ellos. Me dijo que me dejaría llevarme a Paddy y a Flynn.

—¿Y tú qué dijiste? —preguntó Isabella, fascinada.

—Que lo pensaría, pero que por ahora estaba contento con papá. Además, he vivido aquí toda mi vida —explicó el niño, como si tuviera cien años.

—¿Y ella qué ha dicho?

—Que sería mejor para mí vivir con un padre y una madre, aunque el padre no fuera de verdad. Y yo he pensado que, si tengo que vivir con una familia completa, prefiero que tú te cases con mi padre porque me caes mejor. Y además me puedes ayudar con el ordenador.

—Mike... —musitó Isabella, sin saber si reír o sentir pena por el dilema del pequeño.

—Además, si me voy, mi padre se quedaría triste y solo. O sea, que, si te pide que te cases con él, a mí no me importa ser tu hijastro, Isabella. Y entonces nadie tendría que preocuparse porque tendría una familia completa —añadió el niño, mirándola fijamente.

Isabella tuvo que pararse un momento para pensar.

—Mike, tu padre y yo... nunca hemos hablado de esto.

—Bueno, pero si te lo pide, ya sabes lo que pienso.

—¿Lo que piensas de qué? —preguntó Edward, entrando en ese momento en la habitación.

—De la vida —contestó Mike, encantadoramente impertinente.

Edward miró a Isabella con expresión inquisitiva y ella se puso colorada.

—¿Quieres que te lleve a casa?

—Sí —contestó Isabella, levantándose para darle la mano a Mike—. Mike, eres el niño más listo que conozco. Y el más simpático.

Mike estrechó su mano seriamente y después volvió a ocuparse de su ordenador.

—¿De qué hablabais? —preguntó Edward cuando salían de la casa.

—De cosas —contestó ella, contagiada por el niño—. Nos admiramos mutuamente.

Hicieron el camino de vuelta en silencio y pronto estuvieron en la ciudad.

—¿Quieres que te lleve a tu despacho? —preguntó Edward.

—No, gracias. Iré andando mañana para buscar mi coche.

—Siento no poder pasar la noche contigo —dijo él cuando se acercaban a su apartamento—. Le prometí a Mike...

—No importa —lo interrumpió ella.

—Especialmente porque volvemos a estar de acuerdo —dijo él, mirándola—. Espero que me hayas perdonado por secuestrarte.

—Lo he pasado muy bien.

—¿Me has perdonado?

—Sí.

Se quedaron mirando el uno al otro y, después de unos segundos, Isabella acarició la boca del hombre con un dedo.

—Cuídate, Edward. Yo... estaré aquí cuando vuelvas —dijo, antes de bajar del coche y desaparecer en su apartamento.

Edward Cullen se encontró a sí mismo apretando el volante con inusitada fuerza. Tardó unos segundos en relajarse y arrancar de nuevo.

¿Qué tendría que hacer para conseguir a aquella mujer?, se preguntaba, imaginándola de nuevo desnuda en el riachuelo. Quizá nunca la conseguiría. ¿Realmente sólo le importaría su carrera? Ni siquiera estaba pidiéndole que se casara con él...

Edward sacudía la cabeza. Sus estilos de vida eran demasiado diferentes. ¿Podía imaginarse a Isabella Swan viviendo en Rosemont, aunque fuera tan diferente de Irina?, se preguntaba.

Y entonces empezó a sonreír con inusitada alegría.

Isabella se puso un vestido ligero y salió a la terraza.

La brisa del norte y las olas que se levantaban al atardecer habían atraído a muchos surfistas.

Siempre la asombraba. No sabía de dónde llegaban, ni quiénes eran, pero en cuanto la brisa y las olas eran suficientes, fuera un día de diario o un fin de semana, los surfistas aparecían en tropel. A menudo con el pelo largo, estilo hippy, a menudo en moto o en viejos coches, con las tablas bajo el brazo. Pertenecían a un mundo muy particular y eran muy diferentes entre sí, pero tenían un mismo objetivo: seguir las olas.

Isabella suspiró, deseando por primera vez una sola cosa: tener a su hijo en paz.

Y no debería ser un problema. Ella era económicamente solvente, no dependía de nadie y podía hacer lo que quisiera. Pero los niños se merecen un padre, o eso decían. Y Edward era un buen padre... la cuestión era si querría volver a serlo.

Sus pensamientos la llevaron de nuevo al riachuelo, donde había estado a punto de decírselo. Pero los cumplidos de él la habían detenido. Si era sólo su cuerpo lo que le gustaba de ella, pensaba, si sólo se sentía atraído porque era esbelta, elegante y parecía una dríade*, ¿qué ocurriría cuando no lo fuera? ¿Qué ocurriría cuando estuviera gorda y pesada?

Además, él ya había pasado por aquella experiencia. Había estado casado y tenía un hijo. ¿Por qué iba a complicarse la vida? ¿No era precisamente por eso por lo que la había elegido a ella como amante? Era perfecta. Una mujer independiente que no tenía necesidad de unir su vida a la de ningún hombre. Quizá su único punto débil era que no tenía tiempo para acompañarlo en sus viajes.

Isabella sacudió la cabeza. Y además estaba Mike. El niño era suficientemente inteligente como para darse cuenta de que había algo más que una amistad entre su padre y ella y le preocupaba que Edward se quedara solo si Irina volvía a casarse.

—¿Triste y solo sin él o sin Irina? —se preguntó en voz alta. En ese momento, se dio cuenta de que no podía apartar a aquella mujer de su mente.

Isabella se fue a la cama aquella noche habiendo resuelto sólo una cosa. Necesitaba contratar a alguien que la descargara de trabajo.

El destino llevó a esa persona a la puerta de su despacho el lunes por la mañana.

—Sue... ¿eres tú? —preguntó Isabella, con las llaves de la oficina en la mano.

—¡Sí! —exclamó Sue Clearwater, su mejor amiga de la universidad. Las dos se abrazaron, riendo. Sue era una chica bajita y divertida que tenía dos objetivos en la vida: ser una gran abogada y una campeona de surf. En aquel momento parecía lo segundo, con el pelo sujeto por una trenza, la piel bronceada y una ropa indescriptible.

—¿Cómo...? —empezó a decir Isabella.

—He parado en Lennox de camino a Brisbane. Mis padres tienen allí una casa y no quería perderme las olas —explicó su amiga, alegremente—. Me he bajado un momento del coche para comprar el periódico y he visto el letrero de tu bufete, así que aquí estoy. Veo que te va estupendamente. ¡Tu propio bufete! ¡Y yo que estoy sin trabajo!

—Porque tú quieres, estoy segura —rió Isabella.

—Es verdad. Me he tomado un año sabático para disfrutar del surf, pero se me está acabando el tiempo y... el dinero. ¿No tendrás un trabajo para mí? No, es una broma. Tengo un par de entrevistas en Brisbane...

—Pero, Sue, tú podrías ser la respuesta a mis plegarias —dijo Isabella, abriendo la puerta de la oficina—. Pasa, por favor —añadió. Media hora más tarde, habían llegado a un acuerdo. A pesar de la pasión de Sue por el surf, Isabella sabía muy bien que tenía un cerebro brillante y perspicaz y que había sacado las mejores notas en la universidad. Además, había trabajado durante un año en un conocido bufete de Brisbane—. Creo que podemos darnos un plazo de tres meses por si acaso no es lo que tú esperabas. Esto es muy diferente del trabajo que habrás hecho en Brisbane, pero si dentro de tres meses las dos estamos contentas, es posible que te haga mi socia.

—Por mí no te preocupes —dijo Sue—. Me encanta tener las olas a la puerta de mi casa y tardaría años en llegar a socia de otro bufete. Además, conozco a mucha gente de por aquí y tengo contactos en Ballina y en Byron. Es posible que consiga casos para el despacho.

—Estupendo —dijo Isabella—. Pero debo advertirte que yo pienso empezar a trabajar menos.

—Te comprendo. Debe de haber sido durísimo llevar el bufete tú sola. Y conseguir clientes como los Cullen es increíble. ¿Cómo lo has hecho?

—¿Conoces a los Cullen?

—La tía de Edward Cullen era mi profesora en el internado. Me daba pánico — bromeó Sue—. No, es de broma. La verdad es que mi familia y la familia Cullen se conocen desde hace tiempo.

—Oh.

—Hace mucho que no se nada de ellos. Pero la verdad es que no puedo soportar a Irina. Está tan pagada de sí misma...

—Se han divorciado —la interrumpió Isabella—. Yo misma llevé el procedimiento.

—¡Vaya!

—Y hay algo más —añadió, antes de contarle toda la historia.

—Isabella...

—Lo sé. Soy la última persona a la que podrías imaginarte en ese lío.

—Claro, por eso estás tan guapa —exclamó su amiga, levantándose para abrazarla.

Y el abrazo hizo que a Isabella se le saltaran las lágrimas, aunque se reía a la vez.

—Eres la primera en saberlo... además de mi ginecóloga.

—¿Cuándo vas a contárselo a Edward?

—Cuando encuentre el momento adecuado. No sé cómo va a tomárselo.

—Isabella... bueno, iba a empezar a darte consejos, pero sólo quiero recordarte que ahora tienes una amiga. ¿Es niño o niña?

—No lo sé. Creo que aún es pronto. Pero la verdad es que no sé nada sobre niños.

—¡Mejor! Nos tomaremos esto como una nueva asignatura. ¡Y tú siempre sacabas las mejores notas, Isabella!

A la mañana siguiente, uno de los despachos de la oficina se había arreglado para Sue y Lucy parecía aprobar la nueva contratación.

—Me alegro de que haya contratado a una mujer. Así seguirá siendo un bufete femenino —dijo la secretaria, alegremente.

Las tres semanas del viaje de Edward estaban pasando rápidamente, mucho más deprisa porque tenía cerca a su compañera de universidad. Él no había llamado, pero Isabella no esperaba que lo hiciera y, en realidad, se alegraba de no tener que hablar con él. No habría sabido qué decir.

Esme llamó una semana antes de que Edward llegase para decirle que no podían ir a visitarla porque Mike estaba en la cama con gripe e iba a quedarse con su madre durante unos días.

A pesar de lo que el niño le había dicho y a pesar de que se sentía preocupada por él, Isabella respiró aliviada. Estaba embarazada de tres meses y empezaba a notarse, aunque disimulaba poniéndose ropa ancha.

Lucy, desde luego, la había mirado con expresión curiosa el día que apareció en el despacho con un vestido suelto de lino. Por el momento, sólo Sue sabía que estaba embarazada e Isabella sabía que debía decírselo al resto de sus empleados antes de que empezaran a hacer comentarios. Pero, ¿qué podía decirles? ¿Qué iba a tener un niño sin padre?

El mayor cambio se notaba en el tamaño y la sensibilidad de sus pechos. A veces le pesaban y su aureola estaba haciéndose más grande.

Por lo demás, se encontraba bien. Las náuseas habían desaparecido, aunque algunas comidas volvían a despertarlas.

Desde que tenía a Sue, disfrutaba de su tiempo libre dando paseos por la playa, metiéndose temprano en la cama y pensando en el niño.

No podía evitarlo, estaba emocionada. Su reloj biológico debía de haberse puesto a funcionar sin que se diera cuenta porque parecía haber otra dimensión en su vida, a pesar de los problemas que su embarazo pudiera acarrear.

Y entonces llegó el día. Veinticuatro horas antes de lo que había esperado. Era sábado y había bajado a la playa para tumbarse al sol y nadar un rato. Había niños pequeños jugando en la arena e Isabella los miraba con ojos nuevos.

Cuando subía la suave colina de hierba que llevaba hasta su casa, se dio cuenta de que había un hombre observándola. Era Edward.

Su corazón empezó a latir con fuerza y el pánico dificultaba su respiración, pero se obligó a sí misma a seguir caminando hasta que estuvieron frente a frente.

No dijeron nada durante un momento porque ambos parecían querer llenarse de la presencia del otro. Él parecía cansado después de un vuelo de catorce horas desde San Francisco. Su pelo cobrizo caía sobre su frente como siempre y llevaba pantalones vaqueros y una camisa azul. Pero incluso cansado, con expresión taciturna, le quitaba el aliento.

¿Se habría dado cuenta de algo?, se preguntaba, mientras la mirada gris del hombre la recorría de la cabeza a los pies, desde el sombrero hasta la ancha camisa rosa que llevaba sobre un vestido corto de algodón blanco.

—Estás guapísima, Isabella.

—Gracias —sonrió ella—. No te esperaba hasta mañana.

—Y yo no esperaba encontrarte haciendo novillos. He llamado a tu oficina y me han dicho que no volverías hasta el lunes. ¿De verdad has estado tomando el sol en la playa?

—Sí —contestó ella, un poco incómoda.

—¿Y eso?

—Ven a casa. Te invito a tomar un té mientras te lo cuento.

—Hay algo que necesito más que un té, pero tú mandas —sonrió él, tomándola de la mano. Isabella tragó saliva y empezó a caminar a su lado. Cuando entraron en su apartamento, Edward le quitó el sombrero y la tomó en sus brazos sin preámbulo alguno—. Cálida y dulce como un melocotón maduro, pero también salada — murmuró, después de besarla—. No sé qué es lo que ha causado esta metamorfosis, pero bienvenido sea. ¿Sabes cuántos días llevo soñando con hacer el amor contigo, Isabella? Veintitrés días, cuatro horas y seis minutos.

Isabella no pudo evitar sonreír.

—¡Seguro que te lo has inventado!

La expresión de orgullo herido de Edward se transformó en una mueca traviesa.

—Bueno, sólo me he inventado las horas y los minutos. Que, por cierto, están pasando y me están haciendo la vida imposible —añadió, con una mirada sugerente mientras empezaba a desabrocharle la camisa—. ¿Puedo? —preguntó. Isabella se mordió los labios y Edward se dio cuenta de que ocurría algo—. Vaya, veo que las cosas han cambiado. Será mejor que me lo cuentes, Isabella. ¿Hay otro hombre en tu vida? ¿Te has enamorado de alguien mientras yo estaba fuera?

—Por supuesto que no —contestó ella, indignada—. ¿Qué clase de persona crees que soy?

—Creo que has cambiado, Isabella —replicó él—. Siempre me has parecido preciosa, pero ahora eres como el capullo de una flor que se estuviera abriendo. Te tomas los fines de semana libres, te tumbas en la playa... algo te ha pasado. ¿Es el amor? Tiene que ser algún cataclismo porque yo nunca he conseguido eso de ti.

Isabella se puso la mano en la boca y después la apartó, tomando aire.

—En cierto modo sí lo has conseguido, Edward. Yo... verás... estoy embarazada.

Dríade: En la mitología griega, las Dríades son las ninfas de los robles en particular y de los árboles en general. Surgieron de un árbol llamado «Árbol de las Hespérides». Algunas de ellas iban al Jardín de las Hespérides para proteger las manzanas de oro que en él había. Las dríades no son inmortales, pero pueden vivir mucho tiempo. Entre las más conocidas se encuentra notablemente Eurídice, la mujer de Orfeo y Dafne que fue perseguida por Apolo y los dioses la convirtieron en árbol de laurel.