Aclaración. Aquí de nuevo los personajes pertenecen al grupo CLAMP, y la historia es una adaptación de Linda Howard. Nada me pertenece u.u, y no gano dinero por hacer esto xD, solo diversión para dar y recibir.


Cuatro

Poco después del amanecer llegaron dos camionetas cargadas con cinco hombres de Syaoran y postes y traviesas de cercado. Sakura les ofreció una taza de café recién hecho, que ellos rehusaron amablemente, al igual que rechazaron su ofrecimiento de enseñarles el rancho.

Syaoran, probablemente, les había ordenado que no la dejaran hacer nada, y se lo habían tomado muy en serio. Las órdenes de Li no se desobedecían si uno quería seguir trabajando para él, de modo que Sakura no insistió, y por primera vez en semanas se encontró sin nada que hacer.

Procuró recordar qué hacía antes con su tiempo, pero había años enteros de su vida en blanco. ¿Qué había hecho? ¿Cómo iba a llenar las horas, si le impedían trabajar en su propio rancho?

Syaoran llegó un poco antes de las nueve, pero Sakura, que estaba lista desde hacía más de una hora, salió a recibirlo al porche. Él se detuvo en los escalones y la miró de arriba abajo con aprobación.

-Muy bien -murmuró lo bastante alto como para que ella lo oyera.

Tenía el aspecto que debía tener siempre: fresco y elegante, con un vestido de vuelo amarillo pálido, de seda, sujeto solamente por dos botones blancos en la cintura, con unas mangas que casi le llegaban al codo y un pavo real de esmalte blanco prendido en la solapa. Llevaba el cabello castaño recogido hacia atrás en un moño suelto, y unas gafas muy grandes cubrían sus ojos. Syaoran percibió la fragancia turbadora de su perfume, y su cuerpo empezó a acalorarse. Sakura era distinguida y aristocrática de los pies a la cabeza; hasta su ropa interior sería de seda. Syaoran deseó poder quitársela prenda a prenda y tumbarla desnuda sobre su cama. Sí, aquel era el aspecto que debería tener siempre.

Sakura se colocó el bolso de mano blanco bajo el brazo y caminó junto a él hacia el coche, pensando aliviada que había hecho bien poniéndose las gafas de sol. Syaoran era un ranchero que trabajaba con ahínco, pero, cuando la ocasión lo requería, podía vestir tan bien como un abogado de Filadelfia.

Cualquier ropa le sentaba bien a su figura de anchos hombros y caderas estrechas, pero el severo traje gris que llevaba parecía enaltecer su virilidad en lugar de constreñirla. Se había alisado las ondas de su cabello castaño y, en lugar de la camioneta que solía conducir, llevaba un Mercedes biplaza de color gris oscuro, una belleza resplandeciente que a Sakura le recordó el Porsche que vendió para conseguir dinero tras la muerte de su padre.

-Dijiste que tus hombres iban a ayudarme -dijo ella sin inflexión unos minutos después, mientras Syaoran tomaba el desvío de la autopista-. No que se encargarían de todo.

Él se puso unas gafas de sol, pues el sol de la mañana relucía con fuerza, y las lentes oscuras ocultaron la mirada penetrante que le lanzó.

-Van a hacer el trabajo duro.

-Cuando la cerca esté reparada y hayamos llevado el ganado a los pastos del este, podré arreglármelas sola.

-¿Y qué me dices de refrescar a las reses, de castrarlas, de marcarlas, de todas las cosas que hay que hacer en primavera? No puedes hacerlas sola. No tienes caballos, ni hombres, y seguro que no podrás echarle el lazo a un novillo desde esa vieja camioneta que tienes.

Ella juntó las manos sobre el regazo. ¿Por qué tenía que tener razón? Era cierto: ella no podía hacer ninguna de esas cosas, pero tampoco se contentaría con ser un ornamento sin ninguna utilidad.

-Sé que no puedo hacerlas yo sola, pero puedo ayudar.

-Lo pensaré -respondió él, sin comprometerse, aunque sabía que no se lo permitiría de ninguna manera. ¿Qué podía hacer ella? Aquel era un trabajo duro, sucio, hediondo e incluso cruel. Físicamente, solo sería capaz de marcar a las terneras, y Syaoran no creía que pudiera soportar el hedor, ni las coces frenéticas de los animales aterrorizados.

-Es mi rancho -le recordó ella con voz gélida-. O ayudo, o se acabó el trato.

Syaoran no dijo nada. No tenía sentido ponerse a discutir. Sencillamente, no la dejaría hacerlo, y se acabó. Se las vería con ella cuando llegara el momento, aunque en realidad no esperaba mucha resistencia por su parte. Cuando viera en lo que consistía aquel trabajo, no querría participar en él. Además, era imposible que le gustaran las arduas tareas que había estado haciendo, aunque era demasiado orgullosa para reconocerlo.

El trayecto hasta la ciudad era largo, y pasó media hora sin que ninguno de los dos abriera la boca. Por fin, Sakura dijo:

-Antes te burlabas de mis cochecitos caros.

Syaoran comprendió que se refería al flamante Mercedes, y lanzó un gruñido. Personalmente, prefería la camioneta. En resumidas cuentas, él era un ganadero y poco más, pero era muy bueno en lo que hacía, y sus gustos no eran caros.

-Es curioso lo de los banqueros -dijo a modo de explicación-. Si creen que no necesitas el dinero desesperadamente, se muestran ansiosos por dártelo. La imagen cuenta. Y este coche es parte de la imagen.

-Y apuesto a que las chicas de tu harén rotatorio también lo prefieren -dijo ella con sarcasmo-. Salir por ahí en una camioneta no tiene encanto.

-No lo sé. ¿Alguna vez lo has hecho en una camioneta? -preguntó suavemente y, pese a las gafas oscuras, Sakura sintió el impacto de su mirada.

-Seguro que tú sí.

-No, desde que tenía quince años -se rio él, ignorando la agria frialdad de su comentario-. Pero tú eras de otro estilo, ¿verdad?

-Sí -murmuró ella, echando la cabeza hacia atrás.

Algunos de sus novios conducían carísimos coches deportivos; otros antiguos modelos de Fords y Chevys. Pero a ella no le importaba qué coche condujeran, porque nunca llegaba a nada con ellos. Eran chicos agradables, casi todos ellos, pero ninguno era Syaoran Li, así que qué más daba. Syaoran era el único hombre al que había deseado.

Quizá, si hubiera sido más adulta cuando lo vio por primera vez, o si se hubiera encontrado más segura de sí misma, las cosas habrían sido distintas. ¿Qué habría pasado si no hubiera iniciado aquellos largos años de hostilidades, en un esfuerzo por protegerse de una atracción demasiado fuerte para que pudiera controlarla? ¿Y si hubiera intentado que Syaoran se interesara por ella, en vez de ahuyentarlo?

Nada, pensó, cansada. Syaoran no habría perdido el tiempo con una ingenua muchacha de diecisiete años; mientras, con solo veintiuno, levantaba su imperio. Quizá más tarde, después de su graduación en la universidad, habría sido distinto, pero en vez de volver a casa se marchó a Filadelfia... y conoció a Yue.

Salieron del despacho del abogado al mediodía; la reunión no fue muy larga. Se tasarían las tierras, se prepararía la escritura, y el rancho de Syaoran aumentaría su tamaño considerablemente, mientras que el de Sakura disminuiría, y, sin embargo, ella se sentía agradecida porque le hubiera ofrecido aquella solución. Al menos, así tendría una oportunidad.

Syaoran la agarró calurosamente del codo mientras se dirigían al coche.

-Vamos a comer. Tengo hambre y no me apetece esperar a llegar a casa.

Sakura también tenía hambre, y el calor abrasador le producía un sopor letárgico. Murmuró un sí mientras buscaba sus gafas de sol, y se perdió la sonrisa satisfecha que curvó fugazmente la boca de Syaoran. Este le abrió la puerta del coche y, mientras la sujetaba para que entrara, miró sus piernas suaves, que quedaron levemente expuestas cuando se acomodó en el asiento. Sakura se recompuso la falda apresuradamente y cruzó las piernas, lanzándole una mirada inquisitiva al ver que seguía de pie junto a la puerta abierta.

-¿Sucede algo?

-No -cerró la puerta y rodeó el coche.

No sucedía nada, a no ser que ella se diera cuenta de que mirarle las piernas le provocaba una intensa excitación. Sakura no podía moverse sin que Syaoran pensara en hacerle el amor. Cuando cruzaba las piernas, él pensaba en descruzárselas. Cuando se bajaba la falda, él pensaba en subírsela. Cuando se echaba hacia atrás, sus pechos henchían las solapas del vestido, y él deseaba abrírselas de par en par.

¡Y qué vestido llevaba! Se ceñía a su cuerpo pudorosamente, pero la seda besaba sus curvas suaves como él deseaba hacer, y durante toda la mañana Syaoran no dejó de preguntarse cómo era posible que se sostuviera solo con dos botones. ¡Dos botones! Tenía que hacerle el amor, pensó con ansiedad. No podía esperar mucho más. Ya había esperado muchos años, y se le había agotado la paciencia. Había llegado el momento.

El restaurante al que la llevó era uno de los preferidos de la gente de negocios de la ciudad, pero Syaoran no se molestó en reservar una mesa. El maître lo conocía, como la mayoría de los comensales que había, aunque fuera solo de vista o de oídas. Fueron conducidos a través del salón atestado, hasta una mesa selecta, junto a la ventana.

Sakura notó cómo los miraba la gente.

-Bueno, ya va una -dijo secamente.

Él levantó la vista de la carta.

-¿Una qué?

-Me han visto contigo en público una vez. Las malas lenguas dicen que, si se te ve con una mujer dos veces, es seguro que te has acostado con ella.

Él frunció el ceño, asombrado, y su labio superior se movió ligeramente.

-Las malas lenguas suelen exagerar.

-Normalmente, sí.

-¿Y en este caso?

-Tú sabrás.

Él dejó la carta a un lado, sin apartar los ojos de Sakura.

-Da igual lo que digan las malas lenguas. A ti no tiene que preocuparte convertirte en parte de ningún harén. Mientras estemos juntos, serás la única mujer en mi cama.

A Sakura le temblaron las manos, y dejó precipitadamente la carta sobre la mesa para disimular el temblor que la delataba.

-Das muchas cosas por sentado -dijo con ligereza, en un esfuerzo por contrarrestar la intensidad que irradiaba de él.

-Yo no doy nada por sentado. Solo hago planes.

Su voz era plana y confiada. Tenía razones para sentirse seguro de sí mismo. ¿Cuántas mujeres lo habían rechazado? Proyectaba una sensación de virilidad avasalladora que resultaba al menos tan seductora como la del amante de técnica más depurada y, por lo que había oído, Syaoran también poseía aquella cualidad. Con solo mirarlo, las mujeres empezaban a fantasear, a soñar con cómo sería estar en la cama con él.

-¡Sakura, querida!

Sakura no pudo remediar dar un respingo al oír aquella frase en particular, aunque la había pronunciado una voz femenina y cantarina, y no la voz grave de un hombre. Miró a su alrededor rápidamente, sintiéndose aliviada por aquella interrupción, a pesar de que odiaba que la llamaran «querida»; al reconocer a quien había hablado, su alivio se convirtió en mera cortesía, pero dominaba con tal maestría su expresión que la mujer que se acercaba no notó la leve crispación de su rostro.

-Hola, Bitsy, ¿qué tal estás? -preguntó amablemente mientras Syaoran se ponía en pie-. Este es mi vecino, Syaoran Li. Syaoran, esta es Bitsy Summer, de Palm Beach. Fuimos juntas a la universidad.

Los ojos de Bitsy relucieron al mirar a Syaoran, mientras le tendía la mano.

-Es un verdadero placer conocerlo, señor Li.

Sakura notó el regocijo de la mirada de Syaoran cuando este le estrechó a Bitsy la mano perfecta y enjoyada. Naturalmente, él ya había notado cómo lo miraba Bitsy. Probablemente había visto aquella mirada muchas veces desde su pubertad.

-Señora Summer -murmuró, reparando en la alianza de diamantes que ella lucía en la mano izquierda-. ¿Le apetece unirse a nosotros?

-Solo un momento -Bitsy suspiró, deslizándose en la silla que Syaoran había retirado para que se sentara-. Mi marido y yo hemos venido con unos socios y sus mujeres. Mi marido dice que es bueno para los negocios que alternemos con ellos de vez en cuando, así que vinimos en avión esta mañana. Sakura, querida, hacía mucho tiempo que no te veía. ¿Qué haces en esta parte del estado?

-Vivo al norte de aquí -contestó Sakura.

-Has de venir a visitarnos. Alguien comentó el otro día que hacía una eternidad que no te veíamos. El mes pasado celebramos una fiesta fantástica en la villa de Nakuru. Deberías haber ido.

-Tengo mucho trabajo, pero gracias por la invitación -logró componer una sonrisa, aunque sabía que Bitsy no tenía ningún interés en invitarla; era simplemente algo que la gente decía, y seguramente sus antiguas amistades tenían curiosidad por saber por qué había abandonado su círculo.

Bitsy se encogió de hombros con elegancia.

-Oh, el trabajo, qué fastidio. Dile a alguien que te sustituya durante un mes o dos. ¡Necesitas divertirte! Ven a la ciudad, y trae al señor Li contigo -la mirada de Bitsy se deslizó de nuevo hacia Syaoran, y de pronto adquirió una expresión ansiosa-. Se divertirá, señor Li, se lo prometo. Todo el mundo necesita un descanso de vez en cuando, ¿no cree usted?

Él arqueó las cejas.

-De vez en cuando.

-¿A qué clase de negocios se dedica?

-Al ganado. Mi rancho linda con el de Sakura.

-¡Oh, un ranchero!

Sakura comprendió por su sonrisa fatua que Bitsy estaba evocando las románticas imágenes de vaqueros y caballos que casi todo el mundo asociaba a aquella vida, pasando por alto, o simplemente ignorando, el trabajo demoledor que entrañaba sacar adelante un rancho ganadero. O quizá fuera el ranchero, y no el rancho, lo que nublaba la mirada de Bitsy.

Ella miraba a Syaoran como si pudiera comérselo vivo. Sakura escondió las manos en el regazo y cerró los puños, intentando contener el impulso de abofetearla con tanta saña que se le quitarían las ganas de volver a mirar a Syaoran Li. En su imaginación desarrollo la idea de ponerse de pie y tomarla de sus trabajados bucles rubios, apretar todo lo posible con su mano y acercar su cara para que viera bien su expresión cuando le dijera "no te le vuelvas a acercar en tu vida, zorra".

Una enorme sonrisa se posó en sus labios y por suerte, los buenos modales de Bitsy la hicieron regresar a su mesa al cabo de un momento. Syaoran la vio alejarse entre las mesas y luego lanzó a Sakura una mirada divertida.

-¿Se puede saber cómo es posible que una mujer adulta se llame Bitsy?

Resultaba difícil seguir conteniendo la carcajada.

-Creo que su verdadero nombre es Elizabeth, así que Bitsy es un diminutivo razonable.

-Creía que hacía referencia a su capacidad intelectual -dijo él sarcásticamente. Entonces el camarero se acercó para tomarles nota, y Syaoran volvió a concentrarse en la carta.

Sakura dio gracias porque Bitsy no se hubiera quedado con ellos. Aquella mujer era una de las mayores cotillas que había conocido, y no le apetecía enterarse de los últimos trapos sucios de todos sus conocidos comunes. Los amigos de Bitsy formaban un círculo de desarraigados, un tanto salvajes en su búsqueda del placer, y Sakura siempre había procurado mantenerse alejada de ellos. No siempre le había sido posible, pero al menos nunca había sido arrastrada al centro de aquella horda.

Después de comer, Syaoran le preguntó si le importaba esperar mientras él veía a uno de sus socios. Sakura abrió la boca para quejarse, pero entonces recordó que los hombres de Syaoran estaban ocupándose de su ganado; no tenía prisa por volver y, en realidad, le iría bien tomarse el día libre. El agotamiento físico le estaba pasando factura.

Además, aquella era la primera vez que podía pasar algún tiempo en su compañía, y no deseaba que el día se acabara. No estaban discutiendo y, si pasaba por alto la arrogante convicción de Syaoran de que acabarían acostándose juntos, el día había sido realmente tranquilo.

-No tengo prisa -dijo, dejando que él decidiera a qué hora volverían.

Al final, era ya de noche cuando salieron de la ciudad. La reunión de Syaoran fue más larga de lo que esperaba, pero Sakura no se aburrió, porque no la dejó sentada en la recepción. La llevó a la reunión, y esta resultó tan interesante que a Sakura se le pasaron las horas volando. Eran casi las seis cuando acabaron, y para entonces Syaoran tenía hambre otra vez; pasaron otras dos horas antes de que se pusieran de camino.

Sakura iba sentada a su lado, relajada y un tanto somnolienta. Syaoran se había tomado un café, porque iba a conducir, pero ella se había bebido dos copas de vino con la cena, y notaba los huesos flácidos. El coche estaba a oscuras, iluminado solo por las luces del salpicadero, que le daban un aire satánico a la cara de rasgos duros de Syaoran, y apenas circulaban coches por la carretera. Sakura se recostó en el asiento, hablando solo cuando Syaoran decía algo que requería una respuesta.

Al cabo de un rato empezó a caer una fuerte lluvia, y el vaivén rítmico de los limpiaparabrisas aumentó su sopor. Las ventanillas empezaron a empañarse, y Syaoran subió el aire acondicionado. Sakura se incorporó, abrazándose, al sentir que el aire frío difuminaba su somnolencia. El vestido de seda apenas le daba calor. Syaoran la miró y detuvo el coche a un lado de la carretera.

-¿Por qué nos paramos?

-Porque tienes frío -él se quitó la chaqueta del traje y la cubrió con ella, envolviéndola en el calor y el olor de su cuerpo, que la tela conservaba aún-. Todavía nos quedan casi dos horas de camino, así que, ¿por qué no te duermes un rato? El vino te está haciendo efecto, ¿verdad?

-Mmm -musitó ella. Syaoran le tocó la mejilla suavemente, viendo que sus ojos se cerraban, como si las pestañas le pesaran tanto que no pudiera sostenerlas abiertas ni un segundo más. «Déjala dormir», se dijo. Los efectos del vino se habrían disipado cuando llegaran a casa. Sintió que se excitaba. Quería que estuviera despejada cuando se detuvieran en su casa. Esa noche no pensaba dormir solo.

Llevaba todo el día reprimiendo el deseo de tocarla, de sentir su cuerpo. Llevaba casi diez años pensando en ella, deseándola. Pese a su engreimiento y su mal carácter. Ahora comprendía qué impulsaba a los hombres a mimarla, seguramente desde que nació.

A él, sencillamente, le había llegado su turno, y estaba decidido a llevársela a la cama, a disfrutar de su cuerpo terso y esbelto. Sabía que ella también lo deseaba; se mostraba esquiva por algún motivo que él no conseguía descifrar, quizá solo por una desconfianza instintiva.

Sakura no solía dormir bien. A menudo los sueños la impedían descansar, y era incapaz de dormir con alguien cerca, aunque fuera su padre. Su subconsciente se negaba a relajarse si tenía a un hombre a su lado. Yue la atacó una vez en mitad de la noche, cuando estaba profundamente dormida, y el trauma de que la sacara por la fuerza de un sueño profundo y apacible y la lanzara a una pesadilla de violencia había resultado en cierto sentido aún peor que el dolor físico.

Ahora, justo antes de quedarse dormida, comprendió con leve sorpresa que esa noche no sentía aquel antiguo desasosiego. Quizá aquella herida en particular hubiera sanado ya, o quizá fuera que con Syaoran se sentía completamente a salvo. Su chaqueta la abrigaba; su presencia la envolvía. La había tocado con pasión y con rabia, pero nunca le había hecho daño. Syaoran atemperaba su fortaleza cuando acariciaba el cuerpo delicado de una mujer, y Sakura se durmió, sabiendo instintivamente que estaba a salvo.

La voz profunda y aterciopelada de Syaoran la despertó.

-Hemos llegado, Sak. Ponme los brazos alrededor del cuello.

Ella abrió los ojos y, al verlo inclinado sobre ella, con la puerta del coche abierta, le dirigió una sonrisa adormilada.

-He dormido todo el camino, ¿no?

-Como un bebé -le dio un suave beso en los labios; una caricia cálida y fugaz.

Luego deslizó los brazos bajo su cuello y sus muslos. Ella dejó escapar un leve gemido al sentir que la levantaba, y le pasó los brazos alrededor del cuello, como él le había dicho. Todavía llovía, pero la chaqueta de Syaoran absorbió casi toda la lluvia que cayó sobre ella mientras él cerraba la puerta del coche y la llevaba rápidamente a través de la oscuridad.

-Ya estoy despierta; puedo caminar -protestó Sakura, notando que su corazón empezaba a palpitar con más fuerza al sentir su cercanía. Syaoran la llevó en sus brazos sin ningún esfuerzo, y subió los escalones del porche como si no pesara más que una niña.

-Lo sé -murmuró, alzándola un poco para enterrar la cara en la curva de su cuello. Frotó la cara suavemente contra su mandíbula, absorbiendo la dulce fragancia de su piel-. Mmm, qué bien hueles. ¿Ya se te han pasado los efectos del vino?

Su caricia era tan tierna que Sakura no se alarmó, sino que se sintió mimada, y la sensación de encontrarse completamente a salvo persistió. Syaoran la alzó en sus brazos para abrir la puerta; luego se volvió de lado para cruzar el umbral.

-Solo estaba adormilada, no borracha -le aclaró ella.

-Bien -musitó él, cerrando la puerta de un empujón, dejando afuera el sonido de la llovizna y envolviéndolos a ambos en el oscuro silencio de la casa. Sakura no veía nada, pero no le importaba, porque sentía el cuerpo cálido y sólido de Syaoran.

Entonces él la besó con voracidad, convenciéndola para que abriera los labios y aceptara la invasión de su lengua. La besó con un ansia ardiente, como si quisiera absorber toda su dulzura y su aliento y hacerlos suyos, como si el deseo se hubiera apoderado de él hasta tal punto que no podía controlarse. Sakura no pudo evitar responder a aquel deseo aferrándose a él y besándolo con repentino apasionamiento, porque todo lo masculino de Syaoran llamaba a todo lo femenino que había en ella, y encendía su ardor.

Syaoran apretó el interruptor de la luz con el codo, encendiendo la luz del vestíbulo, que iluminó las escaleras que había a la derecha. Se separó de ella ligeramente, y Sakura lo miró bajo aquella luz débil, sintiendo que sus sentidos se erizaban al ver la expresión implacable de su rostro, el modo en que su piel se tensaba sobre sus pómulos.

-Voy a quedarme aquí esta noche -masculló él ásperamente, subiendo las escaleras con ella en brazos-. Ya hemos retrasado esto más que suficiente.

No iba a detenerse; Sakura podía verlo en su cara. Y ella no quería, que se detuviera. Cada poro de su cuerpo lo llamaba a gritos, sofocando la vocecilla que le advertía que no se enrollara con un rompecorazones como Syaoran Li. Tal vez, de todos modos, fuera una lucha inútil; entre ellos siempre había existido aquel deseo que ahora ardía fuera de control.

Syaoran la besó otra vez mientras la llevaba escaleras arriba; los músculos de sus brazos sostenían su peso sin apenas esfuerzo. Sakura se abandonó al beso, apretándose contra él. Su voz murmuraba en sus venas, enardeciéndola, haciendo que sus pechos se endurecieran, ávidos de sus caricias. De pronto notó una dolorosa sensación de vacío que la dejó confundida, porque sabía que solo él podía llenar aquel vacío.

Syaoran había estado en la casa muchas veces a lo largo de los años, de modo que la ubicación del dormitorio de Sakura no era ningún misterio para él. La llevó allí y la tumbó en la cama, y luego se tendió sobre ella, apretándola contra el colchón. Sakura estuvo a punto de gritar al sentir el intenso placer que le produjo que la cubriera con su cuerpo. Syaoran estiró un brazo por encima de su cabeza y encendió la lámpara de la mesita de noche; la miró, y sus ojos achocolatados se llenaron de satisfacción al ver la mirada de pasión que enturbiaba los ojos de Sakura, y el temblor de sus labios carnosos y henchidos por los besos.

Lentamente, metió la rodilla entre las de ella y le separó las piernas. Luego acomodó las caderas en el hueco formado por sus muslos. Sakura contuvo el aliento al sentir su erección a través de los pliegues del vestido. Sus ojos se encontraron, y comprendió que Syaoran sabía desde el principio que ese día acabarían en la cama. Estaba harto de esperar, e iba a poseerla. Había aguardado pacientemente todo el día, dejando que Sakura se acostumbrara a su presencia, pero su paciencia se había agotado, y sabía que a ella no le quedaban fuerzas para resistirse. Lo único que le quedaba era el deseo.

-Eres mía -dijo con voz baja y áspera.

Se apoyó sobre un codo y con la mano libre le desabrochó los dos botones de la cintura, abriéndole el vestido con la determinación de un hombre que desenvolviera un regalo que deseaba desde hacía mucho tiempo. La seda se deslizó hasta las caderas de Sakura, atrapada por el peso de Syaoran. Este alzó las caderas y tiró de los bordes del vestido para abrirlo del todo, desnudando sus piernas. Luego, volvió a colocarse sobre ella.

Se sentía como si todo el cuerpo fuera a estallarle mientras la miraba. Sakura no llevaba ni sujetador. El vestido de seda le había ocultado todo el día el hecho de que lo único que llevaba debajo eran las medias y una diminuta tira de encaje a modo de bragas. Si hubiera sabido que llevaba los pechos desnudos bajo el vestido, no habría podido remediar abrírselo y tocarlos y saborearlos. Sus pechos eran redondos y erguidos, su piel satinada, sus pezones del color del coral, pequeños y erectos.

Lanzando un áspero gemido, bajó la cabeza y le lamió los pechos, metiéndose un pezón en la boca y amoldando los labios a su carne blanca y tersa. Con la mano tomó su otro pecho, acariciándolo suavemente y frotando el pezón con el pulgar. Un gemido entrecortado salió de la garganta de Sakura, y esta se arqueó contra su boca, hundiendo las manos en su pelo, ahora despeinado, para apretarle la cabeza contra sus pechos. Estos eran tan firmes… y su firmeza lo excitaba aún más. Tenía que saborear el otro, rindiéndose a la dulce embriaguez de su olor y su piel.

Sakura se retorcía lentamente bajo él, tirando de su camisa, en un esfuerzo por librarse de la tela que los separaba. Necesitaba sentir el calor y el poder de su piel desnuda contra sus manos, contra su cuerpo, pero las caricias de Syaoran la estaban enloqueciendo de placer, y no conseguía controlarse lo suficiente como para quitarle la camisa. Cada pasada de su lengua transmitía una oleada de fuego a lo largo de sus nervios, desde los pezones a la entrepierna, y se sentía incapaz de hacer nada, salvo entregarse a aquella sensación.

Entonces él la soltó y, poniéndose de rodillas, se quitó la camisa y la tiró al suelo. La siguieron los zapatos, los calcetines, los pantalones y los calzoncillos, que salieron volando de la cama. Syaoran se arrodilló entre sus muslos abiertos. Le quitó las medias y las bragas, dejándola abierta y vulnerable.

Por primera vez, Sakura sintió miedo. Había pasado mucho tiempo, y el sexo no le había re portado ningún placer durante su matrimonio.

Syaoran se inclinó sobre ella, abriéndole un poco más las piernas, y ella sintió el primer empellón de su carne desnuda mientras se colocaba para penetrarla. Él era tan grande que su cuerpo mus culoso dominaba por entero el de ella, mucho más menudo y delicado. Sakura sabía por expe riencia que una mujer estaba indefensa frente a la fuerza mucho mayor de un hombre.

Syaoran era más fuerte que la mayoría, y más grande, y deseaba tanto el acto sexual como lo habían deseado los hombres desde el principio de los tiempos. Era la quintaesencia de la virilidad, la suma de la sexua lidad masculina. El pánico se apoderó de ella, y apretó la mano contra él, deslizando los dedos por los suaves y firmes músculos de su pecho. El filo negro del miedo se acercaba cada vez más.

Su voz sonó trémula y suplicante.

-Syaoran, por favor, no me hagas daño.

Él se quedó paralizado. El cuerpo cálido y dulce de Sakura lo llamaba, listo para franque arle la entrada, pero sus ojos parecían implo rarle. ¿Esperaba que le hiciera daño? Cielo santo, ¿quién le habría hecho daño? Las semillas de la furia comenzaron a germinar en el fondo de su mente, pero los gritos de su deseo sofoca ron su reclamo por el momento. Ahora, debía poseerla.

-No, Sak -dijo suavemente, con voz tan cá lida y tierna que el miedo se apagó en los ojos de Sakura-. No te haré daño.

Deslizó un brazo bajo ella, se apoyó en el codo y la alzó hasta que sus pezones rozaron con su pecho. De nuevo oyó que ella contenía el aliento, lanzando un in consciente gemido de placer. Sus ojos se encon traron, los de ella, turbios y suaves; los de él, como fuego negro, mientras la sostenía por las caderas y, muy suavemente, con sumo cuidado, empe zaba a penetrarla.

Sakura se estremeció al sentir que una ole ada de placer la invadía, y alzó las piernas para rodearle la cintura. Un gemido suave y voraz escapó de su garganta, y se tapó la boca con la mano para amortiguar el sonido. Él la miró con ojos ardientes.

-No -musitó-. Quítate la mano de la boca. Quiero oírte, Sak. Déjame que oiga cuánto te gusta.

Allí, en su interior, seguía sintiendo aquella lenta y ardiente arremetida, y su carne se estre mecía mientras intentaba acomodarse a él. El pá nico volvió a apoderarse de ella.

-¡Para! Syaoran, por favor, no sigas. Me estás... No puedo...

-Shh, shh -susurró él, besándola en la boca, en los ojos, lamiéndole los lóbulos aterciopelados de las orejas-. Está bien, Sak, no te preocupes. No te haré daño -siguió tranquilizándola con besos y suaves murmullos, y a pesar de que su instinto lo empujaba a hundirse en ella hasta el fondo, re frenó sus deseos con férrea determinación.

No quería hacerle daño. No, después de haber visto el miedo que enturbiaba sus ojos verdes. Era tan delicada y suave, y tan apretada a su alrededor, que podía sentir las lentas pulsaciones de su carne ajustándose a él. Cerró los ojos y se estremeció de puro placer.

Sakura estaba excitada, pero no lo suficiente. Syaoran puso en práctica todas las habilidades se xuales que poseía para que se volviera a concentrar en él, y solo en él, reteniendo su boca con besos profundos, mientras la acariciaba suavemente con las manos, y lentamente empezó a moverse dentro de ella. Lentamente, contenién dose, penetrándola solo superficialmente, a pesar de que con cada movimiento el éxtasis crecía va rios grados dentro de él. La deseaba con locura.

Sakura sentía que el dominio sobre sí misma se desvanecía poco a poco, pero no le importaba. El dominio no importaba, nada importaba salvo el fuego que consumía su cuerpo y su mente, ele vándose hasta que toda conciencia de sí desapare ció y no fue nada más que un cuerpo de mujer, que se retorcía y palpitaba bajo un hombre.

Una poderosa tensión atenazó su cuerpo, estremeciéndola, mientras aquel fuego la arrastraba sin piedad. Se estaba consumiendo, retorciéndose y de su boca escapaban suaves so llozos implorantes que la boca de Syaoran sofocaba, mientras con la mano acariciaba sus pechos sin perder el ritmo acompasado. Sakura tembló un instante en la cresta de una ola inmensa; luego se sumer gió en aquel placer avasallador. Syaoran la abrazó con fuerza, mientras la penetraba profundamente, dándole todo el placer de que era capaz.

Cuando todo acabó, Sakura se encontró dé bil y llorosa, empapada por el sudor de ambos.

-No creí que… -dijo con voz entrecortada, mien tras las lágrimas se deslizaban por su cara. Él murmuró algo, abrazándola con fuerza un mo mento, pero seguía dentro de ella, y ya no podía contenerse más. Deslizando las manos bajo sus caderas, la alzó para que recibiera sus poderosas y profundas embestidas.

Entonces fue ella quien lo abrazó, acogiéndolo en su cuerpo, rodeándolo con fuerza con los bra zos; Syaoran dejó escapar un grito, un sonido áspero y profundo, ciego e insensible a todo, salvo a la intensa fuerza de su placer.

Después, guardaron silencio durante largo rato. Syaoran permanecía tumbado sobre ella, tan sa ciado y tranquilo que no soportaba siquiera la idea de moverse, de separar su carne de la de ella. No fue hasta que ella se movió, gimiendo un poco para tomar aire, que se apoyó sobre los co dos y la miró.

En su cara había escrita una intensa satisfac ción, mezclada con ternura y cierta arrogancia masculina. Le apartó el pelo desordenado de la cara, acariciándole las mejillas con los dedos. Ella estaba pálida y exhausta, pero su cansancio era el de una mujer satisfecha. Syaoran trazó el con torno elegante de sus pómulos con los labios, sa cando levemente la lengua para percibir sabores que le produjeron leves estremecimientos de pla cer.

Luego alzó la cabeza otra vez y la miró con cu riosidad.

-Nunca antes habías disfrutado del sexo, ¿ver dad?

El rubor cubrió rápidamente las mejillas de Sakura, que volvió la cabeza sobre la almo hada, mirando fijamente la lámpara.

-Lo cual sin duda halaga tu ego.

Se estaba retrayendo, y eso era lo último que quería él. Decidió dejar pasar el asunto por el mo mento, a pesar de que quedaban muchas pregun tas por contestar. En ese momento, la tenía en sus brazos, débil y esponjada por el placer, y allí la mantendría hasta que Sakura se acostumbrara a él y aceptara su relación como un hecho.

Ahora era suya.

Cuidaría de ella, hasta la mimaría. ¿Por qué no? Estaba hecha para que la mimaran y la con sintieran, al menos hasta cierto punto. Había in tentado sacar adelante el rancho ella sola, y Syaoran apreciaba sus agallas, pero sabía que no estaba hecha para aquel tipo de vida. Una vez que Sakura comprendiera que no tenía que seguir lu chando, que él se ocuparía de ella, se tranquiliza ría y lo aceptaría como el orden natural de las cosas.

Él no tenía dinero para derrocharlo en viajes caros, ni para cubrirla de joyas, pero podía ofrecerle confort y seguridad. No solo eso: también podía asegurarle que las sábanas de su cama nunca se enfriarían. Incluso en ese mo mento, tan poco tiempo después de poseerla, sentía que el ansia y el deseo volvían a apode rarse de él.

Sin decir palabra empezó de nuevo, arrastrán dola consigo en un oscuro torbellino de deseo y satisfacción. Sakura cerró los ojos lentamente, y su cuerpo se arqueó en brazos de Syaoran. Años atrás, supo instintivamente que sería así, que la fuerza de la pasión de Syaoran borraría hasta su iden tidad. Que se perdería en sus brazos y sería sola mente su mujer.


Notas:

- Oh Dios, aún estoy sonrojada :$

- Ejem... cof cof... jaja, y pues nada, Sakura ha caído xD, diez años después... nadie sabe como resistió tanto xD

- Por cieeertooo, se preguntaran... ¿Cómo es que se me vino a ocurrir adaptar una historia con un sexy sexy Syaoran vaquero? :P, jaja, la verdad cedo esos derechos a Sakura Tsukino Martínez (y es que ya me amenazó de muerte D:) jajaja, xD

No pero en serio, xD, fue ella la que me dio la idea, la que me exigió buscar y adaptar a un Syaoran así. Así que gracias Saku, porque a mi no se me habría ocurrido... y esta historia no existiría... y muchas no seríamos tan felices como lo somos ahora :P

En fin, aunque parezca grabadora xD... agradezco de nuevo a las chicas que me dejan review! :D, dejaron muchos! ^^, y lamento el retraso, intente de todo por actualizar ayer, pero me fallaron bastantes calculos xD.

Gracias a las chicas Viviana Sanchez, Morena, Katia y Ross, por seguir pendientes y seguir dejando sus lindos reviews! :D

Nos vemos a la proxima!, cambio y fuera. ^^