Disclaimer: Todos los lugares y personajes conocidos pertenecen a J. K. Rowling.

Respuesta al Reto Cinco Cosas de la Comunidad Weird Sisters.

Capítulo especialmente dedicado a Dryadeh, que deseaba un Dumbledore/Grindelwald, ojalá que te guste.


Albus Dumbledore sentía que se le acababa el tiempo, la muerte parecía cada vez más cercana; el joven Malfoy procuraba recordárselo con frecuencia, aún cuando no lo supiera, pobre muchacho. Al menos el haber obtenido la promesa de Severus de actuar una vez que llegara el momento le dejaba más tranquilo.

Según sus cálculos, no podía tener más de un par de meses y con la memoria que Harry consiguiera de Horace sólo había confirmado sus peores temores. Pero estos también tenían visos de esperanza, pues contaba con la seguridad de andar a paso firme, sabía cuál era el lugar donde podría encontrarse otro de los Horrocrux y esta vez llevaría a Harry con él. Era necesario que el joven tuviera una idea más concreta de a qué se enfrentaba, ya iba siendo hora de acabar con las lecciones teóricas.

Pero antes de eso…

Se movía como un autómata, su aparición fue automática y ni siquiera necesitó pensar en su destino, antes de darse cuenta estaba allí, en la cima de esa montaña que había evitado a toda costa por décadas, contemplando el oscuro castillo devenido en prisión para albergar a uno de los magos más siniestros de todos los tiempos.

Nurmengard. Esa amplia fortaleza de la que apenas si podía divisar la torre más alta, allí donde se encontraba Él.

Grindelwald el villano, su adversario en aquel épico duelo que la gente tanto comentaba, el que fuera alguna vez terror del mundo mágico.

Pero en ese momento, cuando pensaba en cada detalle de ese poco tiempo compartido, sólo podía pensar en él como Gellert, el joven que llegó a su vida en su época más sombría y la llenó de una luz cegadora que arrasó a su paso con cada sombra que se interpusiera entre ambos.

Por primera y última vez en su vida, Albus Dumbledore simplemente se dejó llevar por esa marea viviente, esa fuerza de la naturaleza que habitaba dentro del hombre que alguna vez llamó su mejor amigo.

Cuando las responsabilidades lo oprimían y sentía sus ilusiones morir, él llegó a su vida para llevarlo de la mano por caminos inexplorados.

Entonces, apenas con dieciocho años, debió abandonar su sueño de conocer el mundo por la imprevista muerte de su madre y sintió que un peso infinito caía sobre sus hombros; no sólo era de los pocos que conocía las horribles circunstancias del accidente, sino que además debía encargarse de Abeforth y Ariana. Un hermano de carácter rebelde que hacía lo que le daba la gana y una hermana que demandaba toda su atención para evitar que se lastimara a sí misma y a quienes la rodeaban.

La frustración resultaba insoportable hasta que la buena de Bathilda llegó un día a casa con su acostumbrada tarta de calabaza, sólo que esta vez no estaba sola y fue entonces cuando todo empezó.

Albus contemplaba hechizado al joven hombre que sentado en la cerca de su casa, con los claros cabellos al viento y mil ademanes entusiastas, exponía lo que para él consistiría el futuro de la raza mágica.

- Te lo digo, Albus, juntos seremos invencibles; nadie se atrevería jamás a hacernos frente y lo mejor es que no hará falta. ¿Quién va a rebatir nuestras ideas? ¿Quién dirá que estamos equivocados? Nadie podrá hacerlo, jamás. Mucha gente piensa igual que tú y yo, es sólo que no tienen las agallas para admitirlo, son borregos que siguen a sus jefes de turno; pero nosotros, Albus, seremos líderes, les daremos voz a todos aquellos que saben de la supremacía del mundo mágico. – sostenía Gellert Grindelwald con los ojos brillando por la emoción.

- Tienes razón, Gellert, pero debemos actuar con mucha precaución; habrá desconfianza, es natural. – mencionó Albus con tono más calmado.

- ¿Desconfianza? ¿De quiénes? Cobardes que se resisten a los cambios, defensores de los muggles, ellos no significan nada. – replicó su amigo con desprecio.

- Comprenderán, tienen que hacerlo, todo esto es por su bien. – dijo Albus convencido.

- Por supuesto, amigo, por el bien de todos, por el Bien Mayor. – le recordó Gellert con una sonrisa apoyando la mano sobre su hombro.

El joven Dumbledore lo observó riendo entre dientes y colocando una mano sobre la otra.

- Por el Bien Mayor, Gellert. – concordó.

Ahora, tantos años después, Albus Dumbledore observó su mano calcinada con profunda concentración, examinándola minuciosamente como si esperara encontrar algo especial en ella, la mano que le había dado tantas veces sellando un pacto de amistad.

- El Bien Mayor. – dijo el viejo con una mueca amarga.

No recordaba cuándo fue la primera vez que usó esas palabras, si se lo dijo o lo escribió en alguna de esas notas enviadas a media noche, cuando las horas no eran suficientes para decirse tantas cosas, cuando se levantaba antes del amanecer para correr a buscarlo y contarle alguna idea que se le había ocurrido mientras dormía.

Ese periodo maravilloso duró hasta esa mañana, esa horrible mañana. Su propuesta de esconder a Ariana, los reclamos de Abeforth, los gritos de su hermano torturado, las malditas palabras murmuradas en simultáneo, el golpe del cuerpo al caer, el llanto, correr a buscarlo y no encontrarlo. ¿Cómo pudo huír el muy cobarde? Y una parte de él se lo agradecía, porque no hubiera podido enfrentarlo entonces.

Enterró ese recuerdo en su memoria profundamente, haciendo oídos sordos de sus crímenes porque habían demasiados motivos para esperar que otro tomara su lugar. Pero no había otro, fue entonces que comprendió que el pasado no da tregua, siempre regresa a cobrar sus deudas; una seguridad que lo acompañaría por el resto de su vida.

Lo buscó por medio mundo, retrasando el encuentro tanto como le fue posible, pero el día llegó y tuvo a su viejo amigo cara a cara a su pesar.

Dumbledore caminó con paso tranquilo, la varita en mano y una falsa expresión de placidez; las noticias indicaban que ese viejo bosque rumano era uno de sus lugares favoritos para retirarse luego de una masacre.

Lo encontró al pie de un claro, también armado y con una sonrisa burlona en el rostro, tan hermoso como siempre, pero ahora podía ver tras ese falso exterior, había en su mirada ira y también… ¿miedo? Sí, su viejo amigo le temía, no esperaba eso.

- Te has tomado tu tiempo. – le dijo Gellert.

- Algo, si; el profesorado es una actividad absorbente. – replicó Albus sin perder la calma.

Los magos empezaron a moverse con suavidad, un paso a la vez y sin quitar la vista del otro.

- Íbamos a liderar al mundo y terminaste dando clases a mocosos malcriados. – negó Grindelwald con aparente decepción.

- Confío en que ellos trabajarán por el mundo, algunos al menos, y no dudo de que lo harán mucho mejor de lo que lo hubiéramos hecho juntos o haces tú ahora, claro. – le dijo Dumbledore con sencillez.

- Sobre mi cadáver. – espetó el rubio alzando la varita.

- Esperemos que eso no sea necesario. – asintió pesadamente el profesor.

Los antiguos compañeros empezaron a intercambiar ataques a discreción, parecían medir al adversario con cada hechizo, sopesando sus habilidades, pensando el próximo movimiento.

Un momento Albus se vio lanzado a la grava con un grueso roble a punto de caer sobre él, pero con un rápido movimiento de varita lo hizo a un lado.

- ¡Incarcerus! – gritó el profesor.

Los arbustos tras Gellert crecieron y se arremolinaron a su alrededor sujetándolo por brazos y piernas.

Albus se acercó sin bajar la guardia, deteniéndose a cierta distancia.

- Aquí podemos terminar, Gellert, es suficiente. – le dijo al otro.

- ¿Terminar? ¿Crees que alguna vez tú y yo acabaremos? Imposible, Albus, lo sabes. – negó Grindelwald sin variar su sonrisa.

- Lo pensaba también, pero ya dejé eso en el pasado, deberías hacer lo mismo. – le aconsejó Dumbledore bajando la varita inconscientemente.

- De nuevo, no estamos de acuerdo. – espetó su rival.

Antes de que el otro alcanzara a reaccionar, los arbustos se incendiaron y cayeron a los pies del mago sin dañarlo; su adversario recibió una maldición que lo lanzó contra un árbol cercano, dejando caer su varita en el proceso.

- Confiado, siempre confiado; tu peor defecto, en eso no has cambiado. – se acercó Grindelwald.

- ¿Porqué no el Avada Kedabra, Gellert? ¿No resulta más práctico? Siempre lo has usado sin dudar.- le dijo el otro con rencor y buscando la varita con el rabillo del ojo.

- Deseo matarte tanto como tú a mí y de lo otro no puedes culparme, nunca quise que ocurriera. – le aseguró con aparente sinceridad Grindelwald.

- ¡Pero ocurrió! ¿Por qué, Gellert? Y ni siquiera tuviste el valor de dar la cara. – lo acusó el profesor sin reprimir su condena.

- Tenía antecedentes y no era tan fuerte como ahora, Albus, hubiera terminado en Azkabán, pero sufrí por ti. – le dijo el rubio con un brillo de pena en la mirada.

- Aprecio la mentira, Gellert, es muy considerado de tu parte. – se burló Dumbledore.

- Piensa lo que quieras. – retomó su mirada airada el mago.

- Desde luego. – dijo Albus.

Grindelwald lo vio desde su altura con desprecio, dando vueltas alrededor del árbol contre el que su rival se apoyaba, sin notar que la varita del caído había volado a su dueño hacía ya un buen rato. Cuando el mago de pie se disponía a dar un nuevo rodeo, fue sorprendido por Dumbledore con un hechizo que le dio de lleno en el abdomen y lo hizo trastabillar dejándole sin respiración.

- Lamento el truco, pero este no es un duelo convencional. – se disculpó Dumbledore lanzando unas luces rojas de su varita al tiempo que se incorporaba.

- ¿Y eso? – preguntó Grindelwald aún aturdido.

- Un cuerpo de aurores vendrá en un segundo para detenerte, Gellert: como ya dije, aquí terminamos. – le recordó Albus caminando hacia su oponente.

- ¡Nunca! – bramó el mago furioso y alzando la varita para atacar.

Dumbledore no le dio tiempo, lanzó un hechizo que lo derribó e inmovilizó en lo que dura un suspiro. Grindelwald parpadeaba desesperado, intentando mover su cuerpo, pero era inútil, apenas si podía susurrar incoherencias.

- A-va-da – alcanzó a decir con una mirada febril.

Albus Dumbledore se acercó lo suficiente para inclinarse a su lado y rozar un mechón de sus largos cabellos con cierta añoranza en la mirada.

- No puedo, Gellert, lo siento. – susurró en su oído poniéndose trabajosamente de pie y cogiendo la varita de su rival.

Le dio la espalda tan pronto como los aurores hicieron su aparición y caminó en dirección contraria sin decir una palabra, ignorando las miradas de admiración y las felicitaciones. Fuera del claro puso una mano sobre el árbol más cercano y lloró.

Ahora, décadas después, el dolor había disminuido. Aún estaba allí, latente, pero la experiencia le enseñó dolorosamente que nada es lo que parece y el amar a alguien no te asegura que serás correspondido.

¿Gellert lo quiso? Le agradaba pensar que al menos le tuvo algún tipo de aprecio a su manera, no esperaba más.

Le dio vueltas a la varita entre los dedos de la mano sana y sonrió desdeñoso; para él ya no tenía sólo valor por ser la varita de saúco con la que soñara tanto en su juventud, sino porque era lo único que tenía de Él.

Con una última mirada a la torre más alejada, desapareció en la oscuridad.

Dumbledore no supo jamás que durante todo el tiempo que permaneció allí de pie, recordando, el hombre en la celda se había incorporado tanto como su maltrecho cuerpo le permitiera, fijando la mirada casi vacía en los barrotes de la pequeña ventana. Una sombra de su antigua sonrisa burlona cruzó su semblante cuando percibió la conocida presencia.

- Buenas noches, Albus. – susurró antes de recostarse de vuelta sobre el raído colchón.


N.A. Esto ha resultado más complicado de lo que pensé, es que hay tantas lagunas y poca información, pero me ha gustado el resultado final, yo sí creo que Grindelwald quiso a Dumbledore a su manera, no muy noble, si, pero así somos después de todo. . Cada vez compadezco más al pobre Dumbledore, en serio. Había tanto que escribir que esto casi parece un oneshot y me alegra haber plasmado lo que quería. Disculpas por la pobre batalla, he comprobado otra de mis limitaciones. Espero que les gustara, especialmente a Dryadeh, ojalá fuera algo de lo que tenías en mente. Besos para todos, ya saben cómo hacerme feliz. Van cuatro y falta una. Aglaia.