Buenas. Tras tiempo sin actualizar y ya saben las razones, traigo esta continuación. No es larga y tampoco estoy a las consecuencias que me gustaría estar junto a la llegada de clases nuevamente con lo que llevo encima. Pero bueno, es el capítulo lo que importa y no la tardanza por tal y ect de culpas que seguramente me echarán encima u.ù. Les dejo las notas y comiencen a disfrutar :3

Notas:

-OOC: Seguramente, sí tendrá OOC, intentaré ir modelandolo y cambiándolo, pero será imposible que de vez en cuando tenga.

-Temas: UA, DRAMA, ROMANCE, MISTERIO Y ALGUNOS TOQUES DE HUMOR Y VIOLENCIA.(Aunque esto último no será explicito, creo).

-Parejas: Hetero. AVISO SOBRE ESTO ANTES DE LEER: El fic comenzará con la pareja de Tomoka y Ryoma, pero por favor, antes de comerme (entiéndase matarme), denle tiempo al fic. NO sera un TomoRyo.

-Se actualizará después de: De la "a" a la "z".

-Capítulos en totalidad: no lo sé. Los hago al instante que toca el fic, pero ya tengo las ideas, parejas y demás, decidido.

-LEMON: En su momento. Y si no hay Lemon, habrá roces. (aún está por decidir) (lo digo porque ultimamente parece que solo leen mis historias porque hago lemon T.T. Me deprimi mucho T-T)

Resumen:

La vida perdida. Hundida en una nuve cruel y una única persona será quien la saque de el tormento. ¿Conseguirá superar el cruze al amor y ahuyentar el pasado para poder vivir adelante?

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Capítulo 3:

Libertad

La entrega de notas no era algo tan sencillo como muchos otros creían. Dejar las notas a los profesores y marcharse. Bien. Eso podía sonar sencillo. Pero para una persona que ha sufrido cada dos por tres los violentos deseos de buscar pelea de sus compañeros y ser la diana preferida de las "bromas" de todos, no era fácil. El mundo podía avanzar cuanto deseara, pero el ser humano continuaba siendo cruel hasta el último de sus días.

Hubiera sido más sencillo pedirle a Tomoka que la acompañara. Al fin y al cabo, ella también tenía que entregarlas. Pero no se había visto con corazón de hacerlo. ¿Qué cara ponerle tras esa noche de besos? Era imposible. ¿Podría mirarle a la cara mientras momentos después de que Osakada hubiera roto con Ryoma, ella había caído en los brazos de su ex? Imposible. La persona que lograra hacer eso debía de tener un estómago de hielo.

Mucho menos, podía haberle pedido compañía a Ryoma Echizen. Había salido de su cama muchas horas antes de que él despertara, a escondidas. Como si de un ladrón vulgar se tratara. No podía jurar que fue sencillo. El calor. El aroma. El tacto. Todo la atraía. Pero sabía que si sucumbía a su cuerpo, volvería a perder la conciencia como la había perdido.

Todos sus demonios parecían señalarla y llamarla traidora cuando había sido un impulso mucho más poderoso que su razón la que había cedido a corresponder a aquellos besos, aunque fue capaz, con mucho esfuerzo, de detener el momento cuando éste se estaba yendo de sus manos. Un poco más y...

No. Aquello no podía haber sucedido. Y no se arrepentía de haberlo detenido, por mucho que a otras personas les molestara o pensaran que había sido tonta. Sí. Seguramente, muchas dirían "Yo en su lugar no me lo pienso. Hubiera cedido" Dios. Ella no. No podía perder su moral de aquella manera.

Primeramente, Ryoma acababa de terminar con su mejor amiga y había ido a sus brazos en busca de calor reconfortante que le aliviara aquel sentimiento de rutura amorosa que ella desconocía. Si hubiera caído en la pasión, únicamente habría sido una mujer de sustitución. Y no quería eso. Quería algo más grande que no podía tener.

Por eso, esa frase que muchas otras podrían considerar como parte de su decisión, ella no la veía así. Tenía conciencia y pensamientos responsables. Aunque le hubieran costado mantenerlos en su sano juicio.

Y Eiji... Tenía que verle. Sí. Había metido en un alocado sentimiento de decisión el regalo del pelirrojo. Pero, ¿Verle como si nada? Se sentía incapaz. Mucho menos, pedirle compañía. Se sentía terriblemente culpable. Especialmente, si tenía en cuenta el regalo que había tenido esas navidades.

"Buah, yo también querría un regalo así"·

"Un Ryoma de regalo de navidad".

Meneo la cabeza. Ryoma no era un objeto que se pudiera regalar. Ni mucho menos, una cosa que desear de esa forma, olvidando sus sentimientos. Pensar de esa forma tan estúpida, solo la haría sentirse como las peor de las bazofias. No quería tener esos pensamientos de mujer necesitada. No le gustaban.

-¡Mamá! ¿Trajiste mi regalo de navidad?

-...-

-¿Mamá?

-¡Quítate del medio, demonios! ¿Cómo puedes pedir un regalo cuando no tenemos dinero ni para comer? Los niños deberían de crecer más rápido. Tú te quedaste atrás a la hora de repartir los cerebros.

Sonrió tristemente. Su madre tenía razón. ¿Como desear un regalo cuando no se lo merecía? No. Por más vueltas que le diera, lo que sucedió con Ryoma fue una simple necesidad del peliverde.

-Institutos- informó la robótica voz del autobús- institutos.

Suspiró para darse ánimos y descendió del vehículo. El frio la golpeó, devolviéndola a la realidad. No tenía que enfrentarse únicamente con los pensamientos negativos de su mentalidad trastocada brutalmente por unos simples besos vacíos. No. Habían otras muchas cosas.

El autobús abandonó el lugar sin darle tiempo a retroceder. Bien podría volver hacia atrás, pero no sería una salida. Mucho menos, buscar otra salida. El camino era ese. No podía dar vueltas. Aunque la gente estuviera ahí. En grupos. Cuchicheando. Riéndose de las desgracias físicas de los demás. Metiéndose con la persona solitaria que encontraran o de carácter diferente al suyo. Si no pertenecías a ellos, no eras nada.

Aunque tampoco podía decir que eso fuera cierto. Había visto muchas veces como entre ellos se habían peleado y si una de las personas se quedaba solo, iban a por el sujeto hasta que lo derrotaban o hacían que se fuera del lugar. Claro está, era entonces cuando se descubría que la persona era en realidad más débil de lo que hacía ver cuando se habían metido contigo.

Ajustó el abrigo a su cuerpo y cerró los ojos mientras sus pies se movían con un fuerte impulso, dispuestos a correr cuando el momento fuera indicado... y si le daba tiempo. La última vez, no le dio.

La acorralaron entre cuatro chicas. Las más populares de otra clase, pero de su mismo curso. Recordaba que la habían acusado de haber robado el dinero de una excursión que esa clase iba a hacer. Estaba tan confusa, que no logró articular palabra. ¿Cómo robar ese dinero si no pertenecía a esa clase, y, mucho menos, sabía que habían estado recaudando dinero para el viaje?

Pero ellas no hicieron caso. Empezaron a gritarle. Amenazarle. Romperle los libros y parte de la ropa. Su cabello fue agarrado con fuerza y su rostro golpeado con uno de los móviles. En un intento de defenderse, había movido su manos hasta el rostro de la agresora, arañándole parte del ojo y la nariz. Las repercusiones, hicieron que fueran más graves.

Aunque parecieron cansarse de ella, al día siguiente, fue llamada ante el director. El hombre era bastante severo y odiaba las mentiras. Sin embargo, no logró ver quien mentía y quien no. El caso era, que aquellas cuatro chicas, regresaron al colegio con magulladuras y heridas, acusándola de haber sido la culpable.

Cuatro lágrimas por parte de las abusonas, bastaron para ser creídas. ¿Y qué importó si ella lloró? ¿Quién la defendería? ¿Quién había grabado el momento o había pasado por el lugar? Nadie.

Absolutamente, nadie.

Cuando su madre se entero de que había sido expulsada una semana por pelearse, la bronca fue peor que la que recibió con aquellas cuatro chicas. Sin embargo, Rinko simplemente la meció entre sus brazos y cuidó de ella en esa semana. No era capaz de mentir cuando algo así sucedía. ¿Por qué nadie la creyó? No lo sabía.

Volvió la mirada hasta la gran escalera que la llevaría al interior del instituto. No era difícil, si no fuera porque el corralillo de personas que se encontraban eran las peores y las únicas que no deseaba encontrarse. Yoshi.

Era una locura meterse en la boca del lobo, pero es que no le quedaba nada más. Apretó las ropas entre sus dedos y tragó. Sus pasos fueron lentos y bastante miedosos. El primer escalón quedó ante ella. Movió su pie. Subió. Las risas que habían animado el grupo, fueron rotas en un momento. Lo sabía. Todas las miradas fueron clavadas en ella. Tragó nuevamente y jadeó asustada.

Otro paso. Otro más. Un escalón. Se detuvo. La figura masculina de Yoshi impedía su paso. Movió su cuerpo con ideas de esquivarle, pero el juego comenzó a divertirle a él y emitió el movimiento digno de interponerse. Alzó la mirada levemente, buscando el rostro contrario. Error. No había sido un simple fallo, era diversión. Su rostro mostraba eso.

-¿Dónde va la princesita?- Preguntó, agachándose hacia ella.

-Las... las notas...- respondió con miedo- tengo que... entregarlas...

-¿Las notas?- Divertido, chasqueó los dedos- que tonta eres, claro que vienes que para eso. Igual que todos. ¿Para qué respondes, tetiplana?

Arrugó la boca avergonzada. Tratada como una idiota y además, ofendida por su cuerpo. Era delgada y por lo tanto, su desarrollamiento no era el de una modelo de talla cien. Había pasado noches de hambre como para tener algo más de carne que las jóvenes de su edad. Únicamente comía decentemente cuando comía o cenaba en casa de los Echizen. Muchas veces, había pasado un día entero sin poder comer, gracias a su madre o su padre.

Era frecuente los días en los que su plato desaparecía para que fuera su padre quien comiera o cenara. Y como su estómago tuviera la delicadeza de gruñir, sería terriblemente castigada.

-Ey, siempre estás en las nubes, chica- se quejó el joven moviendo la mano ante su rostro.

-Dé... déjame pasar- rogó.

-¿Cómo?- Preguntó divertido Yoshi mientras colocaba su mano tras su oído- repite.

-Quiero... pasar...- repitió.

-Por supuesto, madame- invitó el muchacho con una reverencia antes de tomarla de la mano- deja que sea yo quien te acompañe.

-No... no hace...

El tirón proporcionado por él interrumpió su defensa. Las risas volvieron a crecer a su alrededor y aunque intentó zafarse del agarre de aquella mano, no lo consiguió. El aula donde debería de entregar las notas quedó lejano y sin poder evitarlo, fue arrastrada hasta el patio. Una mano en su boca había impedido cualquier grito y conociendo el miedo que muchos tenían a los participantes, nadie diría nada.

El terror ahogó su voz.

-Dejarla calva- ordenó Yoshi- tendremos una nueva diversión.

-¡No!- Exclamó aterrorizada.

Movió su cuerpo con deseos de defenderse. Escapar. Pero no consiguió nada. Dos muchachos aguantaban sus brazos y piernas. Alzada en el aire, su cabeza cayó hacia atrás junto a sus cabellos. Las tijeras crujieron, cerrándose y abriéndose. Los destilantes ojos de diversión de la muchacha que parecía estar dispuesta a ejercer la orden, la aterró todavía más.

Ella también portaba el cabello largo y negro caoba. ¿Cómo demonios podía cortarle el cabello a otra persona como si nada. Entrecerró los ojos, suplicante. Rogativa.

"No lo hagas... no..."

El filo metálico se acercó hasta uno de los mechones, apretados con brusquedad entre los dedos de Yoshi, mostrándoselo a su compañera.

-Nya, ¿qué hacéis?- Preguntó una voz- No me parece divertido. Es más, parece que no tuviste bastante, Yo-shi.

Un chasquido de molestia escapó de la garganta del nombrado. Sus ojos destilantes de odio.

-Eiji Kikumaru... Métete en tus asuntos.

Eiji sonrió gatunamente, alzando un dedo.

-Es que es mi asunto- señaló- Sakuno siempre será mi asunto. Sed buenos y soltadla.

El silencio reinó. Y, cuando finalmente sonó sonido alguno, fue su cuerpo cayendo sobre el suelo.

-Maldita afortunada- se quejó Yoshi escupiendo a su lado- Algún día te pillaré sola.

El grupo se alejó y con miedo, buscó sus cabellos. No habían logrado cortarlos. Volvió su mirada hacia la figura masculina que por momentos había sido capaz de darle miedo hasta a ella. Eiji se acercó hasta ella, arrodillándose a su lado y acariciándole la cabeza.

-Ya pasó, Sakuno. Vamos...

Lo miró absurdamente atemorizada. Sus manos se movieron solas para abrazarse a él. Necesitaba un abrazo reconfortante. Que alguien le dijera que ya estaba a salvo y resultó ser él.

-Eiji...- llamó en un susurro- lo siento...

-¿Por qué?- preguntó sorprendido el joven.

-Por... abrazarte así... por tener que ayudarme... y...

-Ya, ya- detuvo Eiji correspondiendo al abrazo- debes de... hacerlo siempre que desees.

Entrecerró los ojos. Eiji no podía reprimir lo que sentía cada vez que hablaba con ella. Tocarla era algo que no podía refrenar, especialmente, al ser una persona tan cariñosa y abierta. A ella, esos gestos, la confundían.

-No te disculpes nunca por abrazar a nadie. Por cierto- los ojos azules buscaron a su alrededor- ¿Te separaste de los otros?

-No...- negó apartándose- no... no vine con ellos.

Eiji no preguntó. Sabía que el pelirrojo últimamente estaba reacio a la cercanía con Echizen, cosa extraña en su carácter. Sin embargo, se sentía culpable por esto. Si Eiji había comenzado a deshacerse de la amistad que le unía con Ryoma, era por los sentimientos que sentía por ella.

-Bueno, tienes que entregar las notas, ¿Verdad?- Preguntó- será mejor que esté contigo. Esos son capaces de volver...

Afirmó y agradeció mentalmente aquel gesto por parte de él. Nada más entrar en el aula, sus notas fueron recogidas y garantizadas de tener la firma correcta. No hubo señas de Ryoma o de Tomoka. Probablementes, habrían ido días distintos. Ella fue el último día precisamente porque no quería encontrarse lo que había sucedido. Pero había fallado y tampoco los había visto.

-Eiji... gracias- agradeció tras salir del edificio- ahora... solo me queda la universidad.

Eiji afirmó, colocando sus manos en las caderas.

-¿Dónde la harás? Dentro de nada cumples años, ¿Verdad? Creo que la madre de Ryoma quería llevarte a Japón.

-Sí- afirmó- e iré. Pero antes, quiero comenzar aquí. No puedo cambiarme tan rápidamente. Tengo que... asegurarme de tener las cosas preparadas.

-Lo dices por tus padres- aseguró el pelirrojo.

-Sí...- afirmó- mis padres nunca han estado de acuerdo con que me gustara ese tipo de país. Mucho menos que me vaya. Si me voy ya, que todavía no los he cumplido... será terrible. Pero de todas formas, tengo que decírselo.

-Espera a ser mayor de edad... no se lo digas en persona- recomendó preocupado.

Negó con la cabeza. Era mejor decírselo cuanto antes. Quitárselo de encima. No era tan valiente, tenía que reconocerlo, pero, al menos, debía continuar con esa decisión y luchar para poder irse. Rinko le había asegurado demasiadas cosas preciosas y por una vez, quería confiar en alguien. Después, se encargaría de devolverle todo.

Aunque tenía que reconocer, que le daba mucho miedo.

-Ah, cierto- recordó- Tengo tu regalo de navidad- informó sonriente- pero está en mi casa... si quieres...

-Iré- interrumpió rápidamente el joven- vamos.

Tomados de las manos, caminaron en silencio. No sabía si hacía bien. Si era corrector y cogida de la mano de aquel chico. Pero en ese momento, le daba igual. Estaba tranquila y aquella mano era tan cálida que podía sentir una fuente agradable de calor, la cual relajaba por completo la angustia anteriormente servida.

Cuando la vista de los edificios donde vivía comenzaron a dejarse ver, suspiró inquieta. Solo sería subir y recoger el regalo. No tenía por qué encontrarse con sus padres. Su madre seguramente habría ido en busca de algún que otro cuchicheo mientras su padre trabajaba en algún que otro trabajo temporal.

La entrada a su piso nunca era agradable. El tormento de los recuerdos siempre se hacía más fuerte y terminaba por engullirla por completo. Sobretodo, cuando entraba sola. Sin embargo, no quería que Eiji entrase. La casa seguramente no estaría para que alguien la viera y así fue. Nada más entrar, el olor a cerrado y aire viciado la recibió.

Por su fuera poco, ante la puerta de su dormitorio, descansaba un anticonceptivo utilizado. Apretó los puños asqueada. Sus padres desde luego, eran como críos incesantes de responsabilidad nula. Saltó el objeto y se adentró en su dormitorio, suspirando al ver que no había rozado tal guarrería.

Debería de haber estado más alerta, desde luego. Un fuerte golpe en su rostro la hizo volverse hacia atrás y chocar contra la pared. Parpadeo, todavía conmocionada por tal sorprendente momento de violencia inesperada.

-¿Qué...?- Exclamó.

-Finalmente te dignaste a venir- gruñó la ronca voz de su madre- creo que deberías de empezar a hacerte responsable. Tu padre y yo no somos un hotel. No puedes venir cuando te venga en gana.

-Ma... má...- jadeó- yo no...

¿Cómo decirle a su madre que ni siquiera había estado en casa de los Echizen en esos días? Y prefería no decir dónde había estado. Un secreto propio.

Uno de sus mechones quedó atrapado entre las manos de su madre, siendo arrastrada al instante hacia los pies de su progenitora. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, un puñetazo se estampó contra su estómago. No sería el único golpe. La chaqueta que comenzó a amortiguar los golpes, fue retirada.

-Ma... ¡Mamá!- Gritó en un intento de detenerla.

-¡Cállate! ¡Cállate! ¡Nunca deberías de haber nacido!- Gritó una desesperada mujer- Así, no molestarías a la gente que nos rodea. Eres una...

Entrecerró los ojos. Sus oídos se taponaron al instante. No quería escuchar. No quería sentir. Ni siquiera cuando su cuerpo golpeó contra el suelo nuevamente y la vio alejarse a gran prisa se movió. Parpadeó, al sentir algo cálido rodar por su frente. Momentos después, su progenitora regresó y la oscuridad, invadió su cuerpo por completo...

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El olor a desinfectante marcaba claramente el lugar en el que se encontraba. Un olor inconfundible para cualquier persona. El olor de un hospital. Sus ojos se negaban rotundamente a abrirse, pero su mente lograba describir cada movimiento a su lado. Había despertado hacía rato. Un sentimiento nauseabundo fue la causa. Sin embargo, se negaba a decir algo. Dar señas de que estaba despierta.

Había escuchado la voz de Rinko maldecir y gritar, cosa extraña en aquella mujer. Nanjiro intentaba calmarla de vez en cuando, susurrando alguna que otra palabra, sin embargo, nada conseguía. Rinko estaba furiosa. No entendía qué le había hecho ponerse tan furiosa. No recordaba nada de lo sucedido. No sentía dolor.

Igual estaba anestesiada con calmantes fuertes. No lo sabía. También había logrado escuchar la voz de Eiji, maldecirse por no haber subido con ella al piso. Tomoka estaba frustrada y descargaba su rabia con el pelirrojo. No podía jurar que Ryoma estuviera, pero así era, no quería verle. No podía verle.

-¡Es suficiente!- Exclamó la voz de Rinko- esto ya ha pasado de castaño oscuro. Esa niña no puede seguir así. Esta vez, casi la mata. ¡Demonios, Nanjiro! Déjame ir.

-Espera a que despierte- aconsejó suavemente el hombre- habla con ella.

-Todavía es una cría, no tiene conciencia de adulto.

-Estamos en España- recordó Tomoka- nosotros... somos mayores de edad a los dieciocho.

-Todavía no los tiene- gruñó Rinko-. Es una cría. Deben de pagar por cuanto le han hecho.

El silencio reinó, dando así la razón a la escritora. No podía permitirlo. No aún. Escuchó los pasos rápidos de varios de los visitantes alejarse tras Rinko y aprovechó para abrir los ojos. No fue fácil. Pesados y fáciles de ser heridos por la tenue luz. Un sopor inevitable para una persona.

-Dormilona- gruñó una voz a su lado.

Parpadeó, intentando descifrar a quien pertenecía aquel apodo bastante suave. Cuando la figura del joven quedó ante sus ojos, deseó huir. Escapar, pero era imposible. Una vía en su brazo, dolor en el costado izquierdo y maniatada a la cama. Asustada, se removió.

-¿Qué...?- Jadeó, sintiendo su garganta dolorida y ronca- ¿... sucede...?

-Hum.

-Ry... Ryoma-kun...

Ryoma frunció las cejas, sentándose junto a la cama en la silla del acompañante. La miraba con seriedad y si no le conociera, pensaría que estaba realmente ido. No. Ryoma estaba cabreado en totalidad. El apretón de sus dedos mostraba los esfuerzos que hacía para reprimirse, al igual que su mandíbula apretada.

-¿Qué... sucedió esta vez...?- Preguntó asustada de esa reacción- ¿Por qué... estoy en el hospital?... me duele la garganta... el costado... todo mi cuerpo arde... ¿Qué sucedió...?

Ryoma suspiró, a tiempo de calmar el tono de voz, pero sin llegar a dejar de ser frio y seco.

-Te entubaron- explicó- en la ambulancia.

Abrió los ojos incrédula.

-¿En... la ambulancia?- Preguntó a media voz- imposible...

-Eiji la llamó a tiempo- continuó, ignorando su incredulidad- Tu madre también le cortó.

-¿Cor... tó?- Asustada, intentó levantarse deseando que no fuera cierto lo que sus oídos escucharon.

-Sí- reconoció el muchacho- el brazo. No es grave. No como eso.

Le señaló el costado con la mirada, asegurando la zona donde el dolor se hacía más fuerte. No podía verse por las sábanas, pero sentía una venda cubrirla. Una leve idea cruzó su cabeza, deseando borrarla. Cerró los ojos con fuerza, sintiendo el llanto vencerla.

Nunca. En todas las veces que había sido agredida de forma tan grave. Su madre se encargaba de herirla de forma que nadie se diera cuenta, no de esta última forma. Generalmente, era su padre quien más dolor creaba y hasta estaba segura que alguna que otra vez, había recibido una rotura. Pero, lo que nunca se imaginó, fue que Eiji saliera herida.

Se podía imaginar que había sucedido. Cualquier persona con mentalidad, podría imaginárselo. Pero ella no quería. Pensar de qué forma había herido a Eiji, la aterraba. Y todo, por su culpa.

-La tita...- susurró- detenla...- rogó.

-No- negó con firmeza.

Lo miró rogativa, pero él no cedería. Era tan cabezón o más que su madre. Con deseos de volver a quejarse abrió la boca, sin embargo, la entrada del doctor interrumpió sus deseos. Sobretodo, por el aumento de calmantes. El sopor que calmaba su cuerpo volvió a acogerla entre sus brazos, obviando lo que en el mundo real, fuera del de lo sueños, se estaba aconteciendo.

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Unas semanas después, ella bien no sabría decir cuanto, estaba fuera de hospitalización. No era una sorpresa cuando sus padres no vinieron a verla. No los esperaba. No tenía ilusiones de que así fuera y, seguramente, si hubieran venido, se habría armado una buena. Rinko no había hablado nada de lo sucedido, sin embargo, Nanjiro sí.

Takeuchi había ido a su casa y recogido todas sus pertenencias, aprovechando que sus padres no estuvieran. Si anunciaban un robo, sus progenitores hubieran sido bastante interesantes por una vez. Sin embargo, eso no había sido así.

Sus pertenencias habían sido trasladadas a la casa de los Echizen. Cuando se enteró, negó que aquello fuera así, pero cualquier le negaba una cosa a Rinko. Más, en ese estado.

La suerte había estado de su parte. Su riñón no fue herido en gravedad y lo conservaba. Pero el terror no desaparecía. Cada vez era más fuerte. Por suerte, había aceptado la idea de Rinko. No volver más a encontrarse con sus padres.

Cuando la puerta de la entrada a los pisos donde los Echizen y los Osakada vivían se abrió, centró sus ojos en aquella puerta vieja y abandonada. Sonrió con tristeza y tocó la tosca madera.

-Sakuno- llamó Rinko invitándola a entrar- te estamos esperando. Entra.

Afirmó, sonriendo. Se adentró en aquella casa donde tantas veces se había refugiado. Esta vez, un aroma diferente la acogió. Ahora, era su hogar. Por el tiempo que hiciera falta. Hasta que lograra irse de España.

La habitación colocada para ella estaba pared con pared con la de Ryoma y lejos del matrimonio. Decorada con la mano de Rinko era una estancia femenina y a la vez, acogedora. Ropa nueva descansaba en el armario al igual que minuciosos y pequeños objetos que pertenecerían a su aseo.

No logró contenerse y terminó por llorar.

-Bienvenida a casa- susurró Rinko mientras la abrazaba maternalmente- bienvenida.

Tragó, demasiado emocionada como para poder hablar con normalidad.

-Gracias... tita. Gracias.

Escondió su rostro en el cuello femenino, sintiendo las caricias sobre su espalda. Una caricia maternal y cariñosa con una mano que nunca la heriría. No se alzaría para golpearla nunca más.

-Sakuno...

Se volvió hacia la puerta. Tomoka jugaba con una de sus pulseras, mientras sus ojos estaban fijos en el suelo. Rinko suspiró, saliendo de la habitación, cerrando la puerta cuando Ryoma entró, creando una situación bastante molesta. Si al menos Eiji hubiera estado presente. Pero lo había visto una única vez tras el suceso. Y no habían hablado gran cosa.

-Sakuno... lo siento. Yo... debí de haber quedado contigo para llevar las notas. Si te hubiera acompañado... nada de las dos cosas habrían sucedido- se excusó la castaña afligida- pero... no sé... creo que no sabía que cara ponerte.

-¿Por... por qué?

La angustia creció entre ellas. Ryoma miraba a través de la de la ventana, demasiado interesado en el exterior.

-Recién... terminamos nosotros...- explicó Osakada- y... como conoces más de antes a Ryoma... pues pensé que estarías más de su parte y... después... comencé a pensar cosas sobre vosotros. Me hice un lio tremendo y comencé a odiarte en pocas horas. No quería verte- confesó- no... mientras tuviera esos pensamientos. Sé que si te hubiera visto... te habría terminado golpeando o algo peor... yo... no quiero que eso pase.

Se cubrió los labios sorprendida. Realmente, las personas podían llegar a pensar de formas diferentes y a la vez, simétricamente. Negó con la cabeza y logró sujetar entre sus manos una de las de su amiga.

-No... no te culpes- rogó entrecerrando los ojos- no... puedo estar de parte de ninguno de los dos- confesó- ambos... sois los únicos amigos que tengo. Y...

-No insistas en disculparte- interrumpió sonriente Tomoka- creo que ya no hace falta que ambos finjais más.

Fue entonces cuando Ryoma decidió olvidar lo interesante que había en la calle para centrarse en lo que sucedía en el interior de aquella habitación. Tomoka había optado por un rostro serio y seguro, mirándola con detenimiento.

-Sakuno, sé que sientes- aseguró con firmeza- y también Ryoma. Hasta ahora, yo he estado entre medias sin darme cuenta. Desconocía los esfuerzos que hacías por esconder tus sentimientos, siendo "arisca" con Ryoma y animándome a mí. También comprendo porqué Ryoma no deseaba tocarme- Osakada movió la cabeza negativamente- he sido una ciega.

-Tomo...

-No- interrumpió nuevamente la castaña- no puedo sobrepasar unos sentimientos. Quedarme con Ryoma... significaría hacerle sufrir a él y a mí. Dios. Me lo has enseñado. Siempre he sido egoísta, como hija de padres ricos que soy. No... llegaba a comprender lo que tú sentías y tampoco me lo creía. Hasta que lo vi. Entonces, me acerqué a ti. Comencé a conocerte y quererte. Comprendí lo que era.

Un suspiró escapó de la garganta de la chica adinerada mientras negaba con la cabeza.

-Quiero... que por una vez, seas feliz- reconoció Tomoka sonriendo tristemente-. Porque... creo que si no lo eres... yo tampoco lo seré. Es una conclusión idiota que he llegado sola. Igual no queda conmigo ser así, pero... eres tú- Suspiró largamente- uff... me quedé agusto. Finalmente dije todo lo que quería y no fue tan difícil.

Cubrió su rostro con sus manos mientras Tomoka la abrazaba y besaba la cabeza. Osakada no era una persona que lograra guardar todo interiormente. Especialmente, cuando de sentimientos se trataba. Demasiado eufórica como para pensar que se guardaría algo que le estuviera carcomiendo las entrañas.

-Descansa.

Alzó la mano como despedida cuando Tomoka cruzaba el umbral de la puerta que cerró nuevamente tras ella. Suspiró intranquila. Con aquellas palabras, Tomoka había dejado el terreno libre y seguramente, la confusión no cesaría de empujarla.

Miró de reojo al peliverde, que había optado por dejarse caer sobre su cama y cerrar los ojos. ¿Cómo podía querer dormir tras que su ex declarara todo aquello? Un movimiento de su mano la alertó, obligándola a parpadear perpleja. Invitándola con los movimientos, palmeó el colchón.

-Ven- terminó por ordenar.

Movió la cabeza dudosa. Que Tomoka se hubiera retirado no quería decir que tuviera todas consigo. El recuerdo de Eiji la atormentaba bastante. Pero tampoco podía negar lo que su cuerpo deseaba. Caminó con tímidos pasos hasta el lugar, tumbándose a su lado boca arriba. Ryoma gruñó un suspiro de alivio y se acurrucó contra ella. Extrañada, buscó el rostro contrario. En todo el tiempo que le conocía, jamás le había visto comportarse de aquella manera tan... ¿infantil? a la hora de dormir.

-¿Ryoma...?- Llamó con suavidad.

Demasiado tarde. Él había terminado por quedarse dormido por completo. Sonrió tiernamente, moviendo una de sus manos hasta los rebeldes cabellos verdosos, acariciándolos con suavidad.

Una nueva etapa. Un mundo de libertad que la asustaba más que la misma jaula en la que había estado encerrada y de la cual no daba al cien por cien de estar libre. Sin embargo, sabía una cosa: La figura que estaba durmiendo sobre su pecho, marcaría muchas etapas en adelante.

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Notas de autora:

Bueno, como ven, fue corto y bastante indicador. También dejé intriga, como dado siempre. Les recuerdo que esta actualización no significa que esté regresando. Solo podré escribir poco a poco y no tan deprisa.

Pero al fic, pues esto ya quedó claro anteriormente en otros de mis fics y en mi metro.

Como anuncié en el capítulo anterior, Sakuno iba a sufrir bastante impresión. Una impresión que fue la "última" paliza por parte de su madre, por la cual terminó recibiendo Eiji. En el instituto continuaba sufriendo los maltratos escolares de sus compañeros, por suerte Eiji llegó a tiempo. La relación con éste todavía no ha terminado claramente y mucho menos, ha comenzado con Ryoma. Sakuno es un muro indeciso que ella misma tendrá que romper y decidir entre ellos.

Un dato es que: Lo que le sucede a Sakuno en la escuela es real.

Como siempre, les recomiendo que lean con atención mis historias y revisen si creen que no han entendido algo. Perdonen las faltas por que no tengo beta e intenté hacerlo lo mejor que pude.

Nos vemos cuando pueda. Seguramente, colgaré un regalo para Aridhni por su cumpleaños, aunque fue atrasado u.ù.