Disclaimer: Los personajes le pertenecen al maestro Tite Kubo y la historia a la escritora Susan Elizabeth Phillips.


Capítulo cuatro


Chappy saltó de sumonopatín, se aga chó y metió la cabeza entre la maleza pa ra poder mirar dentro de la madriguera.

Chappy encuentra a un bebé conejo.

(Notas preliminares)

Ichigo se quedó rezagado detrás de la defensa. Sesenta y cinco mil aficionados gritaban en pie, pero una calma abso luta le envolvía. No pensaba en los aficionados, ni en las cá maras de televisión, ni en los locutores de Noche de fútbol del lunes que había en la cabina. No pensaba en nada excep to en lo que había nacido para hacer: jugar al deporte que se había inventado sólo para él.

Tetsuzaemon Iba, su receptor favorito, dibujó perfectamen te la jugada y se desmarcó, listo para aquel dulce momento en que Ichigo enviaría el balón a sus manos.

Entonces, en un instante, la jugada se fue al garete. Un defensa salió de la nada, dispuesto a interceptar el pase.

La adrenalina inundó el cuerpo de Ichigo. Estaba muy por detrás de la línea de marca y necesitaba a otro receptor, pero Jamás había sido derribado y Komamura tenía un marcaje doble.

Aaroniero y Gantenbeinne atravesaron la línea de los Stars y cargaron contra él. Estos mismos monstruos escupidores de fuego, disfrazados de defensas laterales de Tampa Bay, le ha bían dislocado el hombro el año anterior, pero Ichigo no pen saba regalar el balón. Con la misma imprudencia que le ha bía causado tantos problemas últimamente, miró hacia la iz quierda... Y, brusca, a ciegas y alocadamente, hizo un regate a la derecha. Necesitaba un hueco en ese muro de camisetas blancas. Deseó que estuviese allí. Y lo encontró.

Con la agilidad marca de la casa, se escabulló, y dejó a Aaroniero y Gantenbeinne jadeando. Se dio la vuelta y se quitó de encima a un defensa que pesaba treinta kilos más que él.

Otro regate. Un baile acrobático. Luego puso la directa.

Fuera del campo era un hombre alto de un metro con ochenta y dos centímetros y ochenta y siete kilos de múscu los, pero en el País de los Gigantes Mutantes era bajo, grácil y muy rápido. Sus pies conquistaban el césped artificial. Las luces del estadio convertían su casco dorado en un meteoro y su camiseta de color verde mar en una bandera tejida en el cielo. Poesía humana. Besado por los dioses. Bendecido en tre los hombres. Llevó el balón hasta la zona de anotación y cruzó la línea de gol.

Y cuando el árbitro señaló el touchdown, Ichigo todavía seguía en pie.

La fiesta posterior al partido tuvo lugar en casa de Ikkaku, y en el momento en que Ichigo atravesó la puerta, todas las mujeres se le echaron encima.

-Un partido fabuloso, Ichigo.

-¡Ichigo, cielo, estoy aquí!

-¡Has estado fantástico! ¡Estoy afónica de tanto chillar!

-¿Te has emocionado cuando la has metido? Dios mío, seguro que estabas emocionado, pero ¿qué se siente real mente?

-Felicidades.

-¡Ichigo, chéri!

El encanto era algo natural en Ichigo, y mientras exhibía una de sus sonrisas logró desembarazarse de todas ellas a ex cepción de dos de las más persistentes.

-Te gustan las mujeres hermosas y silenciosas -le ha bía dicho la esposa de su mejor amigo la última vez que ha bían hablado-. Pero la mayoría de las mujeres no son si lenciosas, por lo que buscas a chicas extranjeras con un inglés limitado. Un clásico caso de evitación de la intimidad.

Ichigo recordó haberle contestado con una fresca.

-¿Ah, sí? Pues escucha, doctora Inoue Orihime -le había dicho-. Intimaré contigo siempre que quieras.

-Por encima de mi cadáver -había respondido su ma rido, Uryuu, desde el otro extremo de la mesa del comedor.

Aunque Uryuu era su mejor amigo, Ichigo disfrutaba cinchándole. Había sido así desde los tiempos en que fue el su plente resentido del abuelo. Sin embargo, Uryuu ya se había re tirado del fútbol y estaba a punto de empezar su residencia de medicina interna en un hospital de Carolina del Norte.

Ichigo no podía resistirse a fastidiarle.

-Es una cuestión de principios, abuelo. Tengo que de mostrar una cuestión.

-Vale, pues demuéstralo con tu mujer y deja a la mía en paz -le había espetado Uryuu.

Orihime se había reído, había besado a su marido, le había dado una servilleta a su hija Rosie y había cogido en brazos a su hijo recién nacido, Tyler. Ichigo sonrió al recordar la res puesta de Uryuu cuando le había preguntado por las notas de Post-it que llevaba Tyler en los pañales.

-Eso es porque ya no le dejo a mi mujer que le escriba en las piernas.

-¿Sigue con ésas?

-Brazos, piernas... El pobre chaval se estaba convir tiendo en una libreta científica ambulante. Pero eso ha me jorado desde que empecé a ponerle a Orihime Post-its en todos los bolsillos.

La costumbre de Orihime de garabatear distraída ecuaciones complejas en superficies poco ortodoxas era bien conocida, y Rosie Inoue metió baza.

-Una vez me escribió en el pie, ¿verdad, mamá? Y otra vez...

La doctora Orihime le metió a su hija una baqueta en la boca.

Ichigo sonrió al recordarlo, pero una hermosa francesa que gritaba por encima de la música interrumpió sus pensa mientos.

-Tu es fatigué, chéri?

Ichigo tenía facilidad para los idiomas, pero había apren dido a mantenerlo en secreto.

-Gracias, pero ahora no quiero nada para comer. Oye, deja que te presente a Komamura. Creo que los dos te néis mucho en común. Y.. ¿Heather, verdad? Mi compa ñero León lleva mirándote con intenciones lascivas toda la noche.

Era el momento de desprenderse de un par de hembras.

Nunca le admitiría a Orihime que tenía razón acerca de sus preferencias con las mujeres. Pero, al contrario que algunos de sus compañeros de equipo, que no hacían más que vana gloriarse de que lo daban todo en el terreno de juego, Ichigo se limitaba a entregarse de veras. Y entregaba no sólo el cuer po y la mente, sino también su corazón, y eso no se podía hacer teniendo a una mujer de altas exigencias en su vida. Hermosa y nada exigente, eso era lo que quería, y las muje res extranjeras encajaban en la descripción.

Jugar con los Stars era lo único que le importaba, y no iba a dejar que nadie se interpusiera. Le encantaba poner se el uniforme verde mar y dorado, saltar al campo en el es tadio Midwest Sports Dome, y, sobre todo, trabajar para Rangiku y Gin Ichimaru. Tal vez era el resultado de haberse pasado la infancia ejerciendo como hijo de un predicador, pero era un honor ser un Chicago Star, y no se podía decir lo mismo de todos los equipos de la liga de fútbol americano.

Cuando jugabas para los Ichimaru, el respeto por el jue go era más importante que el dinero. Los Stars no eran un equipo para bandidos ni para prima donnas, y, en el trans curso de su carrera, Ichigo había visto traspasar a algunos ju gadores de gran talento por no cumplir con los valores de conducta establecidos por Rangiku y Gin. Ichigo no se podía imaginar jugando en ningún otro equipo, y cuando ya no fuese capaz de dar la talla con los Stars en el campo, se reti raría para entrenar.

Entrenar a los Stars.

Aunque aquella temporada habían pasado dos cosas que ponían en peligro sus sueños. Una era culpa suya: esa loca imprudencia que había cometido tras la pretemporada. Siem pre había tenido tendencia a ser imprudente, pero, hasta en tonces, se había limitado a serlo durante las vacaciones entre temporadas. La otra era la visita de Chappy Aizen a su dormitorio a medianoche. Eso hacía peligrar su carrera más que todos los saltos en caída libre y todas las carreras de mo tocross del mundo.

Ichigo tenía un sueño profundo, y lo cierto es que ésa no había sido la primera vez que se despertaba a medio hacer el amor, pero hasta entonces siempre había elegido a sus com pañeras. Irónicamente, si no hubiera sido por sus relaciones familiares, tal vez se habría planteado elegirla a ella. Tal vez era la atracción de la fruta prohibida, pero se lo había pasa do muy bien con ella. Le había hecho tocar con los pies en el suelo y le había hecho reír. Aunque había procurado que ella no se diera cuenta, la había estado mirando. Se movía con una confianza de niña rica que a él le parecía muy sexy. Tal vez no tenía un cuerpo de relumbrón, pero todo estaba en su lugar y no podía negar que se había fijado en ella.

Aun así, había mantenido las distancias. Era la hermana de su jefa, y nunca confraternizaba con mujeres relacionadas con el equipo: ni las hijas de los entrenadores, ni las secreta rias de las oficinas, ni siquiera las primas de sus compañe ros de equipo. Y, a pesar de eso, mira qué había pasado.

Con sólo pensar en eso volvió a ponerse de mal humor. Ni siquiera un quarterback de aúpa era más importante para los Ichimaru que la familia, y si jamás descubrían lo sucedi do, sería a él a quien pedirían explicaciones.

Su conciencia le iba a obligar a llamarla pronto. Sólo una vez, para asegurarse de que no hubiera habido consecuen cias. No las habría, se dijo, y no se iba a preocupar por eso, especialmente en ese momento, en que no podía permitirse ninguna distracción. El domingo se jugaría el Campeonato AFC(1), y tenían que hacer un partido impecable. Entonces se haría realidad su mayor sueño. Llevaría a los Stars a la gran final, a la Super Bowl(2).

Pero seis días después, su sueño se había hecho añicos. Y no podía culpar a nadie más que a sí mismo.

Tras trabajar día y noche, Rukia terminó Chappy se cae de bruces y lo envió la misma semana que los Stars perdie ron el Campeonato AFC(1). Cuando quedaban quince segun dos en el reloj, Ichigo Kurosaki no había querido jugar con servadoramente y le había lanzado el balón a un compañero marcado por dos rivales. El pase había sido interceptado, y los Stars habían perdido por un gol de campo.

Rukia se sirvió una taza de té para protegerse del frío de las tardes de enero y se la llevó a la mesa de trabajo. Tenía que escribir un artículo para Chik, pero en lugar de conectar su ordenador portátil, cogió unos papeles que había dejado en la butaca para tomar nota de algunas ideas para un nuevo li bro, Chappy encuentra a un bebé conejo.

Justo cuando se disponía a sentarse sonó el teléfono.

-¿Diga?

-¿Chappy? Soy Ichigo Kurosaki.

El té se le derramó y Rukia se quedó sin aliento. Hasta hacía poco tiempo, había estado encaprichada por aquel hom bre. En ese momento, el simple sonido de su voz la aterró.

Se obligó a respirar. Si todavía la llamaba Chappy signi ficaba que no había hablado con nadie sobre ella. Eso era bueno. No quería que él hablara de ella, ni siquiera que pen sara en ella.

-¿De dónde has sacado mi número?

-Te pedí que me lo dieras.

Rukia había logrado olvidarlo.

-Yo... ¿Qué quieres de mí?

-Ahora que ha terminado la temporada, estoy a punto de marcharme de la ciudad durante un tiempo. Y quería ase gurarme de que no hubiera habido... ninguna consecuencia desafortunada de... lo ocurrido.

-¡No! Ninguna consecuencia en absoluto. Por supues to que no.

-Me alegro.

Más allá de la respuesta glacial, Rukia percibió un suspi ro de alivio. De pronto, se le ocurrió el modo de hacer las co sas más fáciles.

-¡Ya voy, cariño! -le gritó a una persona imaginaria.

-Veo que no estás sola.

-Pues no. ¡Estoy al teléfono, Kon! -dijo, levantan do de nuevo la voz-. Enseguida estoy contigo, cielo.

Rukia sintió un escalofrío. ¿No se le podía haber ocu rrido un nombre mejor?

Ginnnosuke trotó desde la cocina para ver qué ocurría. Rukia asió el teléfono aun más fuerte.

-Agradezco la llamada, Ichigo, pero no hacía falta.

-Mientras todo vaya...

-Todo va de perlas, pero tengo que dejarte. Lo siento por el partido. Y gracias por llamar.

Cuando colgó el teléfono, la mano todavía le temblaba. Acababa de hablar con el padre del hijo que estaba esperando.

Se acarició el abdomen. Todavía lo tenía liso y no se ha bía hecho del todo a la idea de estar embarazada. Cuando tuvo la primera falta, lo achacó al estrés. Pero con cada día que pasaba tenía los pechos cada vez más sensibles, y había empezado a sentir náuseas, así que finalmente decidió com prarse un test de embarazo. De eso hacía sólo dos días. El re sultado la había dejado tan aterrorizada que salió corriendo a comprar otro.

No había error posible. Iba a tener un bebé y el padre era Ichigo Kurosaki.

Sus primeros pensamientos, sin embargo, no habían sido para él. Habían sido para Rangiku y Gin: la familia era el cen tro de su existencia, y ninguno de los dos podía imaginarse educar a un hijo sin el otro. Eso les iba a sumir en la tristeza.

Cuando finalmente se puso a pensar en Ichigo, llegó a la conclusión de que tenía que asegurarse de que él no lo su piera nunca. Él había sido su víctima inocente, de modo que cargaría con las consecuencias ella sola.

Tampoco sería tan difícil ocultárselo. Ahora que la tem porada había acabado era poco probable que se topara con él, y bastaría con no acercarse a las oficinas de los Stars cuan do se reanudaran los entrenamientos en verano. Excepto en algunas pocas fiestas del equipo que organizaban Gin y Rangiku, nunca socializaba demasiado con los jugadores. Fi nalmente, Ichigo tal vez sabría que ella había tenido un bebé, pero tras la llamada de aquella mañana debía de pensar que había otro hombre en su vida.

A través de las ventanas de su loft observó el cielo inver nal. Aunque no eran ni las seis, ya había oscurecido. Se echó en el sofá.

Hasta hacía dos días nunca se había planteado ser madre soltera. De hecho, nunca había pensado demasiado en la ma ternidad. Pero ya no podía pensar en otra cosa. El desaso siego, que siempre había aparecido como una maldición en su vida, había desaparecido, dejándola con la extraña sensa ción de que todo era exactamente como tenía que ser. Por fin tendría una familia propia.

Ginnosuke le lamió la mano, que colgaba a un lado del sofá. Rukia cerró los ojos y se dejó llevar por la ensoñación que se había apoderado de su imaginación una vez pasado el sus to inicial. ¿Un niño? ¿Una niña? No le importaba. Había pa sado el tiempo suficiente con sus sobrinos para saber que en cualquiera de los casos sería una buena madre, y le daría al bebé tanto amor como dos padres.

Su bebé. Su familia.

Por fin.

Se estiró, satisfecha de pies a cabeza. Eso era lo que ha bía estado buscando durante todos aquellos años, una fami lia realmente suya. No podía recordar haber sentido jamás tanta paz. Incluso su pelo estaba en paz: ya no lo llevaba tan exageradamente corto y había recuperado de nuevo su color negro natural. Volvía a quedarle bien.

Ginnosuke restregó su nariz húmeda en su mano.

-¿Tienes hambre, amiguito?

Rukia se levantó, y cuando ya iba de camino a la cocina para darle de comer, volvió a sonar el teléfono. El pulso se le aceleró, pero esta vez era Rangiku.

-Gin y yo hemos tenido una reunión en Lake Forest. Ahora estamos en Edens y Gin está hambriento. ¿Quieres venir con nosotros a Yoshi a cenar?

-Me encantaría.

-Genial. Pasaremos a recogerte dentro de una media hora.

Cuando Rukia colgó, la golpeó la certeza de lo mucho que les iba a doler la noticia. Querían que ella tuviera exac tamente lo que tenían ellos: un amor profundo e incondi cional que constituía la base de la vida de ambos. Pero la ma yoría de la gente no tenía tanta suerte.

Se puso su raído jersey Dolce & Gabanna y una escuáli da falda gris marengo que le llegaba a los tobillos y que se había comprado en Field's la primavera anterior, durante las rebajas. La llamada de Ichigo la había dejado intranquila, así que encendió el televisor. Últimamente se había acos tumbrado a ver reposiciones de Encaje, S.L. La serie des pertaba en ella sentimientos de nostalgia: era un vínculo con una de las pocas partes agradables de su infancia.

Todavía se preguntaba por la relación de Ichigo con Masaki Ishida. Tal vez Rangiku lo supiera, pero temía citar su nom bre, aunque Rangiku no tuviera ni idea de que Rukia había estado con él en la casa de Door County.

«Encaje está al caso, sí... Encaje resolverá el caso, sí...»

Hubo anuncios tras los créditos, y luego Masaki Ishida, en el papel de Ginger Hill, saltó por la pantalla con un pan talón corto blanco muy ajustado y los pechos asomando tras un top de biquini verde brillante. El pelo castaño on deaba alrededor de su cara, unos aros dorados acariciaban sus mejillas, y su sonrisa seductora prometía inimaginables delicias sensuales.

El ángulo de la cámara se amplió para mostrar a las dos detectives en la playa. En contraste con la escasa indumen taria de Ginger, Sable llevaba un malliot largo. Rukia recor daba que las dos actrices habían sido amigas fuera de la pan talla.

El interfono del vestíbulo sonó. Rukia apagó el televisor y, pocos minutos después, les abrió la puerta a su hermana y a su cuñado.

Rangiku la besó en la mejilla.

-Te veo pálida. ¿Te encuentras bien?

-Estamos en enero y esto es Chicago. Todo el mundo está pálido.

Rukia estuvo abrazada a su hermana un poco más de lo necesario. Celia la Gallina, una maternal habitante del Bos que del Seireitei que cuidaba a Chappy como a uno de sus polluelos, había sido creada a imagen de su hermana.

-Hola, señorita Rukia. Te hemos echado de menos -dijo Gin, dándole uno de sus acostumbrados abrazos de oso que la dejaban casi sin respiración.

Mientras le devolvía el abrazo, pensó en lo afortunada que era de tenerles a ambos.

-Sólo han pasado dos semanas desde Año Nuevo -di jo Rukia.

-Y dos semanas desde que viniste a casa. Rangiku se an gustia -repuso Gin.

Gin dejó su chaqueta en el respaldo del sofá.

Rukia sonrió mientras cogía el abrigo de Rangiku. Gin todavía pensaba que el auténtico hogar de Rukia seguía sien do el suyo propio. No comprendía sus sentimientos por aquel pisito.

-Gin, ¿recuerdas cuando nos conocimos? Intenté con vencerte de que Rangiku me pegaba.

-Es difícil olvidarse de algo así. Todavía recuerdo lo que me dijiste. Me dijiste que no era mala del todo, sólo ligeramente retorcida.

Rangiku se rió y dijo con un suspiro:

-Ah, los buenos viejos tiempos.

Rukia observó con cariño a su hermana.

-De pequeña era tan impertinente que me extraña que no me pegaras.

-Las niñas Aizen teníamos que buscar nuestra ma nera de sobrevivir -dijo Rangiku.

«Una de nosotras sigue haciéndolo», pensó Rukia.

Ginnosuke adoraba a Rangiku, y saltó a su regazo en cuanto se sentó.

-Me alegró mucho ver las ilustraciones de Chappy se cae de bruces antes de que las enviaras. La expresión de la cara de Kon cuando su bicicleta de montaña resbala en el charco es impagable. ¿Tienes alguna idea para un próximo libro?

Rukia dudó durante unos instantes y respondió:

-Todavía estoy en la fase preliminar.

-Ururu estaba delirante de alegría cuando Chappy le vendó la pata a Kon. Creo que no se esperaba que pudiera perdonarle -dijo Rangiku.

-Chappy es una conejita muy compasiva. Aunque uti lizó un lazo rosa de encaje para el vendaje.

-Kon tendría que ser más consciente de su lado feme nino -dijo Rangiku con una sonrisa-. Es un libro maravillo so, Rukia. Siempre consigues insertar alguna lección impor tante de la vida sin que se pierda la diversión. Me alegro tanto de que escribas.

-Es exactamente lo que siempre había querido hacer. Sólo que no lo sabía.

-Hablando de eso... Gin, ¿te has acordado...? -Rangiku se interrumpió al darse cuenta de que Gin no estaba allí-. Debe de haber ido al baño.

-Pues hace un par de días que no lo limpio. Espero que no esté demasiado... -Rukia sofocó un grito y se volvió rá pidamente.

Pero era demasiado tarde. Gin volvía del baño con las dos cajas vacías que había encontrado en la papelera. Esos tests de embarazo en sus enormes manos parecían un par de granadas cargadas.

Rukia se mordió los labios. No quería decirles nada por el momento. Todavía tenían que digerir la derrota en el Cam peonato AFC, y no necesitaban otro disgusto.

Rangiku no pudo ver lo que tenía su marido en las manos hasta que dejó caer una de las cajas en su regazo. La levantó lentamente y se llevó la mano a la mejilla.

-¿Rukia?

-Ya sé que tienes veintisiete años -dijo Gin-, y am bos intentamos respetar tu intimidad, pero tengo que saber qué significa todo esto.

Parecía tan alterado que Rukia no pudo soportarlo. A Gin le encantaba ser padre, y le iba a costar aceptar aquello más que a Rangiku.

Rukia cogió las dos cajas, las dejó a un lado, y dijo:

-¿Por qué no te sientas?

Gin dobló lentamente su enorme cuerpo y se sentó en el sofá, junto a su esposa. Rangiku le cogió instintivamente la mano. Los dos juntos contra el mundo. A veces, al ver el amor que se profesaban el uno por el otro, Rukia se sentía sola en lo más profundo de su alma.

Rukia se sentó en una silla frente a ellos y forzó una dé bil sonrisa.

-No hay ninguna forma fácil de deciros esto. Voy a te ner un bebé.

Gin se encogió y Rangiku se inclinó hacia él.

-Ya sé que es un disgusto, y lo siento. Pero no lo sien to por el bebé.

-Dime que antes habrá una boda -musitó Gin sin ape nas mover los labios.

Rukia se acordó nuevamente de lo inflexible que podía llegar a ser: si no se mantenía en sus trece, él nunca la dejaría en paz.

-No hay boda. Ni hay papá. Eso no va a cambiar, así que será mejor que os lo toméis con tranquilidad.

Rangiku pareció aún más apenada.

-No... No sabía que te estuvieras viendo con nadie es pecial. Normalmente me lo cuentas.

Rukia no podía permitir que profundizara demasiado.

-Comparto muchas cosas contigo, Rangiku, pero no todo.

A Gin se le había disparado un tic en un músculo de la mandíbula: sin duda alguna una mala señal.

-¿Quién es él? -preguntó.

-No te lo voy a decir, Gin -dijo Rukia con sereni dad-. Esto es cosa mía, no de él. No le quiero en mi vida.

-¡Pues lo quisiste en tu vida el tiempo suficiente para dejarte embarazada!

-Gin, por favor-dijo Rangiku, que nunca se había de jado intimidar por el mal humor de Gin. Parecía mucho más preocupada por Rukia, y, con voz pausada, le dijo-: No de bes precipitarte en tu decisión, Rukia. ¿De cuánto estás?

-Sólo de seis semanas. Y no pienso cambiar de idea. Se remos sólo el bebé y yo. Y vosotros dos, espero.

Gin se levantó de un brinco y comenzó a deambular nervioso por la habitación.

-No tienes ni idea de en qué te estás metiendo -le es petó.

Ella podría haber subrayado que miles de mujeres solte ras tenían bebés todos los años y que su punto de vista estaba algo anticuado, pero le conocía demasiado bien como para gastar saliva. En vez de eso, se concentró en los aspectos prác ticos:

-No puedo evitar que os preocupéis, pero tenéis que recordar que estoy mejor equipada que la mayoría de ma dres solteras para tener un bebé. Tengo casi treinta años, me encantan los niños y tengo una estabilidad emocional.

Por primera vez en su vida, se sintió como si eso pudie ra ser verdad.

-También estás arruinada la mayor parte del tiempo -dijo Gin apretando los labios.

-Las ventas de Chappy aumentan lentamente -repu so Rukia.

-Muy lentamente -puntualizó él.

-Y puedo hacer más trabajos como freelance. Ni siquie ra tendré que pagar a una canguro porque trabajo en casa.

Gin la miró con testarudez y declaró:

-Los niños necesitan a un padre. Rukia se levantó y caminó hacia él.

-Los niños necesitan a un buen hombre en su vida, y espero que tú estés allí para este bebé porque eres el mejor hombre que existe.

Eso le llegó al alma, y la abrazó.

-Sólo queremos que seas feliz -susurró.

-Ya lo sé. Por eso os quiero tanto a los dos.

-Sólo quiero que sea feliz -le repitió Gin a Rangiku esa misma noche en el coche mientras volvían a casa después de una cena llena de tensión.

-Eso queremos los dos. Pero es una mujer indepen diente, y ha tomado una decisión -dijo ella frunciendo una ceja con preocupación-. Supongo que lo único que pode mos hacer ahora es darle nuestro apoyo.

-Tuvo que ocurrir hacia principios de diciembre -dijo Gin entornando los ojos-. Te prometo una cosa, Rangiku. Voy a descubrir quién es el desgraciado que le ha hecho el bombo y le arrancaré la cabeza de cuajo.

Pero eso de descubrirlo era más fácil de decir que de ha cer, y a medida que iban pasando las semanas, Gin no lo graba acercarse a la verdad. Inventó excusas para telefonear a las amigas de Rukia y, tímidamente, intentar sonsacarles información, pero ninguna de ellas recordaba que hubiera salido con nadie en esa época. Sondeó a sus propios hijos con el mismo éxito. Llevado por la desesperación, llegó a con tratar a un detective, algo que no se atrevió a comentarle a su mujer, que le habría ordenado que se metiera en sus asuntos. Lo único que obtuvo fue una elevada factura y nada que no supiera ya.

A mediados de febrero, Gin y Rangiku se llevaron a los niños a la casa de Door County para pasar allí un largo fin de semana y montar en las motos de nieve. Invitaron a Rukia a acompañarles, pero ella debía cumplir un plazo de entrega para Chik y tuvo que quedarse a trabajar. Gin sabía que el auténtico motivo era que no quería escuchar más discursi tos de los suyos.

El sábado por la tarde, justo cuando acababa de volver a casa con Toushiro tras dar un paseo en la moto de nieve, Rangiku entró en el vestíbulo, donde padre e hijo se estaban quitando las botas.

-¿Te diviertes, cielo? -le preguntó Rangiku a Toushiro.

-Sí.

Gin sonrió mientras Toushiro patinaba sobre el suelo mo jado en calcetines y se lanzaba en brazos de su madre, algo que solía hacer cuando llevaba separado de uno de los dos más de una hora.

-Me alegro -dijo, enterrando los labios en su pelo y dándole un pequeño empujón hacia la cocina-. Ve a por tu merienda. El chocolate está caliente, pídele a Tess que te lo sirva.

Mientras Toushiro salía corriendo, Gin observó que Rangiku estaba especialmente deleitable con sus vaqueros dorados y su jersey marrón claro. Ya iba a por ella cuando le enseñó un recibo de tarjeta de crédito.

-He encontrado esto arriba.

Gin le dio un vistazo y vio el nombre de Rukia.

-Es un recibo del colmado del pueblo -dijo Rangiku-.Y fíjate en la fecha, arriba.

Gin se fijó, pero seguía sin comprender por qué su mu jer parecía tan trastornada.

-¿Y pues?

Rangiku se apoyó en la lavadora y añadió:

-Gin, fueron los días que pasó Ichigo aquí.

Ichigo salió del café y empezó a andar por el paseo ma rítimo de Cairns en dirección a su hotel. Las palmeras se bamboleaban bajo la soleada brisa de febrero y, en el puer to, las barcas se balanceaban. Tras haber pasado cinco días bu ceando en el mar del Coral junto a los tiburones que nada ban cerca del cuerno norte del arrecife de Great Barrier de Australia, resultaba agradable volver a la civilización.

La ciudad de Cairns, en la costa nororiental de Queens land, era el puerto de embarco de las expediciones de buceo. Tenía buenos restaurantes y un par de hoteles de cinco estre llas, así que Ichigo decidió quedarse allí un tiempo. La ciudad estaba lo bastante lejos de Chicago como para no correr el riesgo de encontrarse con algún aficionado de los Stars que quisiera saber por qué le había lanzado el balón a un com pañero doblemente marcado en el último cuarto del Cam peonato AFC. En lugar de darles a los Stars la victoria que los habría llevado a la Super Bowl, les había fallado a sus com pañeros, y ni siquiera nadar junto a un banco de peces mar tillo le estaba ayudando a olvidarse de aquello.

Una preciosidad australiana con un top anudado a la espalda y un ceñido pantalón corto blanco le paró con una sonrisa invitadora.

-¿Necesitas una guía turística, yanqui?

-Hoy no, gracias.

Pareció disgustada. Tal vez debería haber aceptado la in vitación, pero no logró despertarle el suficiente interés. Tam poco había respondido a las seductoras proposiciones de la atractiva rubia candidata a doctorado que había cocinado en el barco de inmersión, aunque eso era más comprensible: se trataba de una de esas mujeres inteligentes con exigencias ele vadas.

Queensland estaba en plena temporada del monzón, y empezó a caer una ráfaga de lluvia. Ichigo decidió ejercitar se en el gimnasio del hotel durante un rato, y luego se diri gió al casino a echar unas partidas de blackjack.

Acababa de ponerse la ropa deportiva cuando alguien aporreó la puerta. Ichigo se dirigió hacia allí y la abrió.

-¿Gin? ¿Qué haces tú...?

No pudo terminar la frase porque se encontró el puño de Gin Ichimaru en la cara.

Ichigo se tambaleó hacia atrás, se agarró a un extremo del sofá y se desplomó en el suelo.

La adrenalina le subió al máximo. Se reincorporó, listo para darle una paliza a Gin, pero de pronto dudó, no por que Gin fuera su jefe, sino porque la furia bruta que vio en su rostro indicaba que algo iba drásticamente mal. Gin había sido con respecto al partido más comprensivo de lo que Ichigo se habría merecido, de modo que Ichigo sabía que aque llo nada tenía que ver con aquel pase imprudente.

Se le hacía difícil no contraatacar, pero se obligó a bajar los puños.

-Será mejor que tengas un buen motivo para esto -dijo por fin.

-Eres un desgraciado. ¿De verdad creías que podrías li brarte tan fácilmente?

Al ver tanto desprecio en el rostro de un hombre al que respetaba se le hizo un nudo en el estómago.

-¿Librarme de qué?

-No significó nada para ti, ¿verdad? -se mofó Gin.

Ichigo se quedó a la espera.

Gin se le acercó, con el labio torcido.

-¿Por qué no me contaste que no habías estado solo cuando estuviste en mi casa en diciembre?

A Ichigo se le erizaron los pelos del cogote. Eligió sus pa labras con cuidado.

-Pensé que no era cosa mía. Pensé que le correspondía a Chappy contarte que había estado allí.

-¿Chappy?

Ichigo se hartó y también perdió los nervios.

-¡No fue culpa mía que apareciese la tarada de tu cu ñada! -exclamó.

-¿Ni siquiera sabes cómo coño se llama?

Gin parecía estar a punto de abalanzarse sobre él, y Ichigo ya estaba demasiado cabreado como para quedarse es perando.

-¡Quieto ahí! Ella me dijo que se llamaba Chappy.

-Sí, claro -se burló Gin-. ¡Pues se llama Rukia, mal dito cabrón, y está esperando un hijo tuyo!

Ichigo se sintió como si le estuvieran despidiendo.

-¿De qué estás hablando?

-Estoy hablando de que estoy hasta las narices de de portistas millonarios que creen que tienen el derecho divino de ir dejando hijos ilegítimos por ahí, como si nada.

Ichigo sintió un mareo. Ella le había dicho que no había habido consecuencias cuando la llamó. Si incluso estaba con un novio.

-¡Al menos podrías haber tenido la decencia de utilizar una goma!

El cerebro de Ichigo volvía a funcionar y no estaba dis puesto a asumir las culpas por lo ocurrido.

-Hablé con Chap... con tu cuñada antes de marcharme de Chicago, y me dijo que no había ningún problema. Tal vez sería mejor que tuvieras esta conversación con su novio.

-Ahora mismo está un poco preocupada como para te ner novios.

-Te está ocultando algo -dijo con cautela-. Has he cho este viaje en balde. Está saliendo con un tipo llamado Kon.

-¿Kon?

-No sé cuánto tiempo llevan juntos, pero me temo que él es el responsable de su estado actual.

-¡Kon no es su novio, cabronazo arrogante! ¡Es un puto tejón!

Ichigo se quedó mirándole y luego se dirigió al mueble bar.

-Tal vez será mejor que volvamos a empezar desde el principio -dijo finalmente.

Rukia aparcó su Escarabajo detrás del BMW de Rangiku. Al salir del coche, esquivó un montón de nieve sucia. El norte de Illinois vivía en plena ola fría y todo parecía indi car que iba para largo, pero no le importaba. Febrero era la mejor época del año para acurrucarse junto al calor de un ordenador y un cuaderno de dibujo, o simplemente para so ñar despierta.

Chappy se moría de ganas de que la bebé conejita fuera lo bastante mayor como para jugar con ella. Se pon drían faldas con lentejuelas brillantes y dirían: « ¡O lá lá, estás divina!» Luego les lanzarían globos llenos de agua a Kon y a sus amigos.

Rukia estaba contenta de que su charla en la comida li teraria hubiera terminado y que Rangiku hubiera ido a darle apoyo moral. Aunque le encantaba visitar escuelas para leer les a los niños, dar charlas para adultos la ponía nerviosa, so bre todo con un estómago imprevisible.

Hacía ya un mes que había descubierto que estaba em barazada, y la idea del bebé se hacía cada día más real para ella. No había podido resistir la tentación de comprar un conjunto vaquero en miniatura, y se moría de ganas de em pezar a ponerse ropa de premamá, aunque, estando sólo de dos meses y medio, aún no resultaba necesario.

Siguió a su hermana hacia el interior de la laberíntica al quería de piedra. Había pertenecido a Gin antes de que se casara con Rangiku, y él no había tenido queja cuando se instaló allí junto a su nueva esposa.

Ginnosuke salió corriendo a recibirlas, mientras que su herma na Blues, más educada, trotaba detrás. Rukia lo había deja do allí mientras estaba en la comida, y en cuanto colgó su abrigo, se agachó para saludar a los dos perros.

-Hola, Ginnosuke. Hola, Blues, bonita.

Ambos caniches se tumbaron panza arriba para que les rascase la barriga.

Mientras Rukia cumplía con sus obligaciones con los pe rros, vio que Rangiku metía el pañuelo Hermés que había lle vado puesto en el bolsillo de la chaqueta de Toushiro.

-¿Qué te pasa? -le preguntó Rukia-. Llevas toda la tarde distraída.

-¿Distraída? ¿Por qué lo dices?

Rukia sacó el pañuelo y se lo entregó a su hermana.

-Toushiro dejó de travestirse cuando cumplió los cua tro años.

-Oh, vaya. Supongo que... -se interrumpió al ver apa recer a Gin por la parte posterior de la casa.

-¿Qué haces tú aquí? -preguntó Rukia-. Rangiku me había dicho que estabas de viaje.

-Y lo estaba. -Gin besó a su mujer-. Acabo de volver.

-¿Has dormido con la ropa puesta? Tienes muy mal as pecto.

-Ha sido un vuelo muy largo. Entra en la sala familiar, ¿quieres, Rukia?

-Claro.

Los perros la siguieron mientras se dirigía a la parte pos terior de la casa. La sala familiar formaba parte del añadido que se había construido al crecer la familia Ichimaru. Tenía mucho cristal y zonas cómodas para sentarse, algunas con butacas para leer, otra con una mesa para hacer los deberes o jugar. En el mueble para el equipo estéreo de vanguardia había de todo, desde Raffi hasta Rachmaninoff.

-¿Y dónde has ido, si puede saberse? Creía que esta bas... -Las palabras de Rukia murieron en cuanto vio al hombre alto con el pelo anaranjado que estaba en pie en un rincón de la habitación. Los ojos ocre que antes le habían parecido tan atractivos la miraban en aquel momento con una hostilidad declarada.

Su corazón empezó a latir rápidamente. La ropa de Ichigo estaba tan arrugada como la de Gin, y llevaba barba de varios días. Aunque estaba bronceado, nadie hubiera dicho que acababa de llegar de unas vacaciones de relax. Más bien parecía peligrosamente malhumorado y a punto de estallar.

Rukia recordó la distracción de Rangiku de aquella tar de, su expresión furtiva cuando, justo después de la charla de Rukia, había salido un momento de la sala para responder a una llamada a su teléfono móvil. Aquella reunión no tenía nada de casual. De algún modo, Rangiku y Gin habían des cubierto la verdad.

Rangiku habló con determinación, pero también con se renidad.

-Sentémonos.

-Yo me quedaré en pie -dijo Ichigo, sin apenas abrir los labios.

Rukia se sintió mareada, enojada y atemorizada.

-No sé qué está pasando aquí, pero no quiero tener na da que ver con esto -dijo volviéndose; Ichigo, sin embargo, dio un paso adelante y le cerró el paso.

-Ni se te ocurra -le espetó.

-Esto no tiene nada que ver contigo -dijo ella.

-No es lo que me han contado. -Sus ojos ocre la atravesaron como témpanos de hielo .

-Pues te lo han contado mal.

-Rukia, vamos a sentarnos para poder hablar del tema -dijo Rangiku-. Gin ha volado hasta Australia para ir a buscar a Ichigo, y lo mínimo que...

-¿Has volado hasta Australia? -interrumpió Rukia volviéndose hacia su cuñado.

Gin le dedicó la misma mirada obstinada que Rukia había visto en sus ojos el día que se negó a dejarla ir a un campamento mixto tras el baile de despedida del instituto. La misma expre sión que había observado en su cara cuando no le permitió posponer sus estudios en la universidad para hacer turismo de mochila por toda Europa. Pero ya hacía años que había deja do de ser una adolescente, y algo se rompió en su interior.

-¡No tenías ningún derecho! -exclamó.

Sin pensárselo, se encontró atravesando la habitación co mo un rayo con la intención de pegarle.

Rukia no era una persona violenta. Ni siquiera tenía ata ques de mal humor. Le gustaban los conejitos y los bosques de los cuentos de hadas, las teteras de porcelana y los cami sones de lino. Nunca le había pegado a nadie, y menos a al guien a quien quisiera. Aun así, sintió que su mano se cerra ba formando un puño y volaba hacia su cuñado.

-¿Cómo has podido?

Rukia golpeó a Gin en el pecho.

-¡Rukia! -gritó su hermana.

Gin abrió los ojos como platos, asombrado. Ginnosuke empe zó a ladrar.

La culpa, la ira y el miedo se fundieron y formaron una bola en el interior de Rukia. Gin retrocedió, pero ella fue tras él y le asestó otro golpe.

-¡Esto no es asunto tuyo! -gritó.

-¡Basta, Rukia! -exclamó Rangiku.

-No te lo perdonaré nunca-dijo, volviendo a la carga.

-¡Rukia!

-¡Es mi vida! -Las palabras de Rukia se oyeron con toda claridad a pesar de los ladridos enloquecidos de Ginnosuke y las protestas de su hermana-. ¿Por qué no podías quedarte al margen?

Un brazo musculoso la tomó por la cintura antes de que pudiese golpear de nuevo. Ginnosuke aulló. Ichigo tiró de ella ha cia su pecho.

-Tal vez será mejor que te calmes.

-¡Suéltame! -gritó, clavándole un codazo.

Ichigo gruñó, pero no la soltó.

Ginnosuke le mordió el tobillo.

Ichigo gruñó, y Rukia le dio otro codazo.

Ichigo empezó a soltar tacos.

Gin se unió a él.

-¡Por el amor de Dios!

Un pitido estridente se adueñó de la sala.


AFC: Conferencia Americana en ingles American Football Conference, es una de las dos conferencias de la NFL

Super Bowl: traducido como supertazon es el partido final de la NFL principal campeonato profesional de futbol americano, en los Estados Unidos que enfrenta a los campeones de la NFC y AFC. El partido se disputa el primer domingo del mes de febrero y debe su nombre a Lamar Hunt


Notas Adaptadora: Se empezaron a complicar las cosas, pero Ichigo debía saberlo, puede que algunos encuentren esto algo predecible pero no desesperen que recién comienza

Cumplí de supero dos capítulos seguido, si me vuelvo a atrasar avisare pero me tiene que recordar de los dobles capítulos si fallo

No se si les quedo alguno duda, si es así pregunten y en el próximo capítulo les respondo

Dejen comentarios, dudas , sugerencias, es la única forma de saber si les gusta la historia. Muchas gracias a Yuki-chan que dejo su comentario y te avisare de la historia de Gin y Rangiku

Sin nada más me despido

Kanade