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Capítulo IV

Sobre Un Perentorio Compromiso

Los últimos rayos del Sol besaban las costas azuladas de Japón, diciéndole en tierno adiós a su tierra de origen, para darle paso al oscuro, indefinido y misterioso manto nocturno, prueba absoluta del erguimiento del reinado ennegrecido de la Luna. Aquella noche no había ningún lucero brillando en el cielo, y si lo había, se encontraba evadiendo vilmente la desmayada y enrojecida mirada de Nariko, jugando indeseadas escondidas con el indispuesto y fatigado corazón de la princesa. Recogida entre las sábanas finas de seda natural y la colcha voluminosa de algodón que vestían a su camastro, Nariko hundió su rostro entre sus rodillas flexionadas y su pecho, donde su prenda de dormir estaba húmeda a causa de sus ardientes lágrimas, y continuó con su imparable y asfixiante llanto.

¿No te lo he dicho ya, Neru-chan? No llores más… Yo también lamento lo que dije, ¿está bien?

No de nuevo, por favor. Neru cubrió con desesperación sus oídos, queriendo espantar con toda su voluntad, o la mayor parte de lo de ella restaba, aquel espejismo, producto de su eclipsado juicio debido a la memoria lastimera de su hermano, que le perseguía día y noche desde el día de su partida. Nero ya no está, acéptalo de una vez. Nobuhito ya no forma parte de este mundo. Aquel impresionante fantasma, que trabajaba susurros ordenados con las mismas palabras una y otra vez en la profundidad de su conciencia cada vez que caía el Sol, se estaba robando su vida, se chupaba su tranquilidad y jovialidad, y le hundía en aquel foso siniestro y frívolo de vesania. El espíritu al que había nacido unida parecía haber dejado una sombra que le seguía durante el día y le hablaba durante la noche. Neru gimió; por más que intentase convencerse de que su hermano ya no regresaría, le era imposible abandonar su recuerdo y enterrarlo bajo la indiferencia del olvido.

—¿No puedes conciliar el sueño de nuevo, Neru?—Habló una voz suave desde la puerta. La aludida destapó sus orbes ensangrentados y amarillentos, para encontrarse con Rinko de pie, parada en el marco labrado de su puerta, observándole con una comprensiva y expectante preocupación. Neru sollozó aún más.

—Las alucinaciones están empeorando—dijo entre sus apenas perceptibles lamentos, ardiendo su garganta por sus sollozos, su voz raspada por la sequedad de su dolor. Siete días después de la muerte de Nobuhito, cuando se hubo acabado el luto que dieron en memoria del honorable joven príncipe fallecido, con millares de condolencias y más centenares de pésames entregados; Naoko, Nariko y Rinko terminaron con sus nombres apuntados en los registros de consultas privadas de uno de los psicólogos de fama destacada y de experiencia aún más reconocida y más demandada en Tokio, el doctor Oliver Swan.

El primer reporte oficial y privado que Oliver preparó y proporcionó a la Agencia de la Familia Real, con respecto a la condición de Nariko después de cinco sesiones, fue alarmante. Mientras Lenka y Rin prometían reponerse, llorar su luto y evolucionar, aunque lentamente, de la muerte de Nobuhito, Nariko, por su parte, daba señales y mostraba los primeros síntomas de estar enredándose en una locura depresiva. Todo empeoró la tarde anterior, cuando Oliver había dejado sin aliento a Su Majestad el Emperador, revelándole sobre los extraños runrunes que su hija oía en la noche, y que, poco a poco, fueron moldeándose hasta tornarse en espectros nocturnos o, como les llamó directamente el doctor en su conversación con el Emperador Rinto y con Alpha Haiiro, alterantes alucinaciones. Efectivamente, la pérdida de su mellizo y su inmortal y abrasador deseo de volverle a ver estaban jugando trucos malos a la mente frágil, joven y vulnerable de Nariko, según el diagnóstico del escéptico psicólogo. Oliver puntualizó que la raíz del trauma de Nariko penetraba y se nutría, probablemente, del último recuerdo que compartía con su hermano. Y, para la conmoción del Palacio y de Japón entero, no se equivocaba en su predicción lógica. Durante el funeral de Nobuhito, Nariko, aislada en medio de una hueste de guardias y una camada de doncellas, no se detuvo ni un segundo en recapacitar sobre la fuerte discusión que su hermano y ella habían sostenido en la residencia real antes de que él se marchase a China junto con su padre y los legisladores japoneses.

Neru chilló, tal cual animal cautivado, cuando el enloquecedor aullido del portazo de Nobuhito golpeó sus oídos al mismo tiempo en que Rin encajaba la puerta de su recámara en su respectiva moldura, originando una ola delirante que causó estruendos en la tensa habitación ambientada con silencio. Su hermana se restregó en medio de sus cobijas tersas y lisas, plañendo por la culpa y la melancolía, ahogando su rostro en el almohadón de elegantes brocados y relleno con plumas sobre el que descansaba su cabeza. Su melena amarilla estaba despeinada, enredada y descuidada. Unas largas ojeras moradas, unas mejillas arañadas y una nariz roja y goteante dañaban la elegante máscara con la que el mundo veía y decía conocer a la Princesa Imperial Nariko. Su consumación y agotamiento habían surgido a partir de las constantes lágrimas saladas que derramaba en vela, reemplazando plácidas horas de sueño en su mullido colchón, envuelta por los cuidados inigualables de su linaje dentro del palacio. Su piel estaba adornada con moretones y rasguños, consecuencia de los peligrosos tropezones, las abruptas caídas y los brutales choques dados durante sus intentos fallidos de huidas para alejarse de aquellas tinieblas hablantes, producto de sus trastornos humorísticos. Rinko compadeció a su hermana menor cuando la lozanía y la viveza que caracterizaban sus trece años desaparecían para mostrar facciones molidas, hechas polvo por rústicos acabados.

—¿Te apetece que durmamos juntas de nuevo?—Musitó Rinko, apenas audible, inclinándose sobre la cama para encontrarse con la mirada de su parienta. Neru no abrió la boca para responderle, considerando y aceptando el amargo hecho de que resultaba inútil intentar articular algo coherente en su aciago estado, sino que levantó parte de su gruesa manta y le hizo espacio a Rinko en su cómoda cama. Un claro y preciso gesto que no necesitó de la pronunciación de más palabras. La mayor se escurrió cuidadosamente, arropándose hasta la cintura, mientras analizaba el exhausto, enfermizo, desgastado y cariacontecido rostro de la menor.

—Ane, ¿podrías arrullar mis pesares con una memoria de dicha? Una memoria que olvide lo infeliz que es un gemelo sin su otra mitad…—Suplicó, el bisbiseo de su voz alcanzando el oído de Rin con un triste deje de desesperación y angustia. La mayor dio su consentimiento, acariciando con las puntas de sus dedos la arruga de aflicción que endurecía la frente de Neru. Nariko dejó brotar tibias lágrimas de sus ojos.

Rinko nunca había presenciado un llanto tan agrio, adolorido y miserable como el que Nariko despedía por la ausencia de Nobuhito. Ni siquiera el de su amante madre, Lenka, quien, tras haber sellado sus labios y guardado sus acerbos sollozos en lo más recóndito y desconocido de su persona, esforzándose por mantenerse compuesta, resistente y serena al recibir en sus manos el duelo de tantos dolidos, solo exteriorizaba su pena y desgracia a través de sus desvelados ojos de madre, honestos y candorosos, demasiados puros para engañar tras facetas ensayadas. Nariko fue perdiéndose en sus sueños, lentamente, con el murmullo cálido de la historia de Rinko. Sus ojos se rindieron ante el mágico embrujo, consiguiendo visitar el país de Morfeo, por primera vez aquella semana, sin sobrepasar las tres de la mañana. Cuando hubo comprobado que Nariko estaba completamente dormida, Rinko musitó:

—¿Por qué, de todas las desventuras que hacen caído sobre este mundo y entre todas las víctimas que han podido elegirse, hemos sido movidos nosotros, cabeza de los innatos exculpados, entre tantos para sufrir de estas penurias? ¿Ante qué placer nos hemos rendido que el destino se ha puesto en nuestra contra?

Se cayó entonces desde el borde de la mesa de noche una esfera de nieve que una de las guardianas de Nariko le había entregado durante su cumpleaños. Curioso era el hecho que Nobuhito había recibido la misma esfera y Nariko la había roto dos días después de su muerte.

Cuando las dos princesas fueron transportadas lejos de la insípida realidad una dulce tierra de amenos sueños, una mujer de finos cabellos rosados, aplacados estrictamente, asomó su seria mirada celeste en la habitación. Cerró la puerta detrás de ella y enfrentó un par de miradas asustadas.

—Rinko Naishinnō se encuentra con Nariko Naishinnō—anunció, y el alivio se reflejó claramente en los rostros de las otras dos. Apareció en la cabeza del pasillo otra mujer, uniformada de la misma manera que las otras tres.

—CUL, mañana despertarás primero a Rinko Naishinnō y le enviarás a su habitación antes de preparar a Nariko Naishinnō para su consulta. ¿Entendido?


El reloj de la sala marcaba las 12:35 am. Sigilosas y apaciguadas pisadas conducían, de un lado a otro, a lo largo del perímetro de aquel sencillo y acogedor salón, a una joven de peculiar cabellera mitad castaña, mitad rubia; quien crispaba los nervios de ciertos pares de ojos con su andar despropositado e inquietante. El más chico del grupo, Lui, gruñó por lo bajo cuando, pasados infinitos minutos en la misma posición, encontrando sus músculos ya entumecidos y contraídos, descubrió que las manecillas hollaban las 12:45 am.

—Oneesan, ¿por qué no podemos irnos a dormir? Mira qué tarde se ha hecho ya. Estoy seguro de que aniki, dondequiera que se encuentre, está perfectamente bien—aseguró con necedad, levantando con su tono malhumorado a la somnolienta muchacha de cabellos rosados que reposaba a su lado, con su cabeza adosada a su hombro. Ésta restregó sus ojos con pereza para luego enfocarlos en la alta figura delante de ella y registrar la hora en su inserviblemente cansado cerebro.

—¿Cómo puedes saber eso? No hay manera de que si, ni Dios lo quisiera, le llegase a suceder algo, nos pudiesen contactar. Tú te quedaste con su celular, pequeño sabihondo—replicó la muchacha de ojos ambarinos, agitando con euforia su particular cabellera amarilla-marrón. Lui exhaló. Iroha, la otra chica más baja y delgada, reprochó:

—Gala-chan, ¿no crees que te estás preocupando demasiado por Lenny oniisan? Él es un adulto maduro, además de ser un súper genio, y sabe muy bien lo que hace. Lenny oniisan fue a ver a Piko-kun y, tú sabes, después de tantos años no es de extrañarse que se tomen todo el tiempo del mundo para ponerse al día. Después de todo, Piko-kun es el único amigo íntimo y verdadero que le queda a oniisan.

—Sí, ¡exacto! ¿Por qué no escuchas a tu mejor amiga, ah? Ella posee el sentido común que tú has perdido por completo—Lui esputó, exasperando a una ya estresada Galaco. Su único deseo era el de deleitarse en su cama, en medio de sus cobijas calientes de lana, durante aquella noche frívola de primavera.

—¿Está mal que me preocupe por oniisan? En estos días ha habido tanta tensión en las calles, tantas revueltas y pleitos, que me da pavor el solo pensar que oniisan podría quedar envuelto en algún incidente, en especial sabiendo que visitará las calles de Roppongi donde los clubes nocturnos están atestados con bandas.

—Muchacha de poca fe—Lui escrutó los ojos vacilantes de Galaco, frunciendo el ceño y cruzando sus brazos sobre su pecho, y dijo:—¿Dónde ha quedado la confianza en tu oración? La montaña no conseguirá moverse si tu actitud permanece tan veleidosa. Oniisan estará bien.

—Lui, sabes que estoy siendo realista y por más que intentes convencerme de otra cosa, será en vano. El peligro existe y, quien lo busca, lo encuentra. Yo…

—Te consideraré una tonta y mediocre, Galaco oneesan, si no recapacitas lo que acabas de decirme y el grave error que acarrea tus palabras. Aniki nunca, repito: nunca, intentaría buscar el peligro. Y déjame decirte que no ganarás nada ahogándote en tu improductiva preocupación, mucho menos si egoístamente nos arrastras a Iroha y a mí a ella. "Que nada te turbe, que nada te espante. A quien Dios tiene, nada la falta…" ¿No lo olvides, está bien?—dijo enojado, poniéndose de pie y largándose a su habitación, dejando atrás a una extenuada Galaco y a una solitaria Iroha.

—Gala-chan, Lui tiene razón. Estoy segura de que nada malo le sucederá. Len sabe cómo cuidarse, no es bobo ni estúpido, y tiene una muy buena intuición. Él tiene un aliado que le vigila veinticuatro horas, siete días a la semana. Eso es lo que él siempre dice.

El sonido metálico de llaves meciéndose en el aire y estrellándose contra la cerradura de hierro de la puerta despertó a Iroha por completo de su pasado trance y arrancó la atención de Galaco lejos de su interlocutora. Los dos pares de ojos, miel y dorados, se asomaron cuidadosamente, tras tirar de la puerta que daba acceso a la sala, por el largo pasillo que dirigía hasta la entrada, encontrando a Len tambaleándose para mantener el equilibrio en el portal del hogar.

—¿Qué?—Galaco olfateó la disgustosa fragancia que perfumaba los alrededores de su hermano mayor al instante en que Iroha y ella se acercaron a él, y arrugó su frente, notablemente contrariada por el olor que embriagó sus narinas—. ¿Eso que huelo es alcohol? ¿Estuviste bebiendo hasta tan tarde?

—No te alarmes—respondió él, cerrando la puerta detrás de sí. El cuerpo dormido de Piko se desplomó en el suelo de madera con un reservado eco. Él, acurrucándose cerca de la pared blanca, empezó a soltar vagos ronquidos. Iroha y Galaco arquearon sus cejas—. Mi lengua continúa preservada de cualquier gota de alcohol, tal como lo prometí antes de salir. No es de mi interés destruir mis células cerebrales con etanol. Las necesito preservadas.

—¿Piko-kun está borracho?—Confirmó Iroha, hincada a un costado del inconsciente albino, palpando con su dedo índice su piel escuálida y pálida. Len dejó escapar un sonoro suspiro.

—Sí. Su novia y él iniciaron una disparatada discusión en el club, en una recámara apartada, conmigo como único testigo; y terminaron armando una escena escandalosa en el medio del abarrotado bar. Una pandilla de motorizados intervino en el litigio incoherente y el problema se tornó aún peor. En fin, el padre de su novia, dueño del lugar, acabó echándonos quince minutos después, a eso de las diez de la noche, bajo el subterfugio de que éramos la supuesta causa de la algarabía que se desató, por lo que Piko me llevó a otro club nocturno para desahogarse en más bebidas. Intenté detenerle, pero se rehusó a escuchar mis razones. Me ha quedado claro que poco le importa saber sobre los efectos que tiene esa droga psicoactiva en los órganos del cuerpo. Piko se mudó hace poco y, dado que no me ha enterado de su nueva dirección, decidí traerlo hasta acá. A todo esto, ¿qué están haciendo despiertas? Es tarde ya y, si no me equivoco, mañana empiezan los preparativos para el festival deportivo de su escuela, ¿cierto? Okāsan me lo comentó ayer. Creí que no hallaría a nadie desvelado…

—Yo intente advertírselo, oniisan—Iroha gimoteó, parándose de un brinco mientras le dedicaba a Galaco una mirada llena de desaprobación—. Si se nos hace tarde hoy, seremos regañadas por tercera vez este mes y nos darán un castigo por ser impuntuales. No quiero ir a detención mientras todos están divirtiéndose con las preparaciones del festival, pero Galaco desentiende mis súplicas y decide hacer lo que se le da en gana.

—Nadie va a ir a detención, Iro-chan. Mañana, uh, quiero decir hoy, asistiremos a tiempo a clases, ya verás que te estás preocupando por nada. Y yo no desatiendo nada. Simplemente, tú tiendes a exagerar mucho las cosas—Galaco se regresó a Len—. Ya que has llegado bien a casa, sano y salvo, podemos irnos a dormir en paz. Buenas noches, oniisan, descansa.

Iroha había abierto ya la puerta del cuarto de Galaco cuando Len les llamó de nuevo.

—¿Podrían ayudarme a cargar a Piko hasta mi habitación? Mi cadera comienza a doler después de haberle traído hasta acá…

—¿Estás bromeando, verdad?—Galaco llevó sus manos a su cintura, indignada por la revelación de su amado hermano. Él negó suavemente, sin mencionarle el hecho de que, a causa de la avanzada hora, había luchado para acortar un tramo de ocho minutos a cuatro desde la estación, tomando en cuenta que iba trotando con un hombre de 64 kg sobre su espalda y que hacía mucho tiempo que no realizaba ningún tipo de actividad física de alto impacto—, ¡pero si la estación Tsukiji está a menos de diez minutos de aquí, oniisan!

—Lenny oniisan siempre fue y siempre será tan poco atlético—enfatizó Iroha, divertida. El rubio les regaló una cálida sonrisa. Len pasó el brazo izquierdo de su mejor amigo por encima de su hombro, con Galaco rodeándose del brazo contrario e Iroha alzando con mucho esfuerzo las piernas gelatinosas del hombre, y así le elevaron del piso de madera y le condujeron hasta el cuarto.


—Oniisan, ¿qué harás el día de hoy?—Preguntó Galaco a su hermano mayor cuando éste les escoltaba hasta la entrada del departamento. Los rostros de los tres más jóvenes iban marcados con facciones trasnochadas.

Eran las nueve y cuarto de la mañana, es decir que contaban con menos de media hora para alcanzar la estación y llegar a la escuela. La desvelada les había privado de la energía necesaria para apurarse. En efecto, ya resignados a la idea, estarían retardados nuevamente y serían castigados. Iroha y Lui se calzaron sus zapatos lentamente mientras Galaco sacudía la falda de su uniforme, ensuciada por granos de arroz de su desayuno.

—Pienso visitar Nagata-cho para finiquitar los trámites de mi inscripción como miembro oficial del Jiyū-Minshutō. Si Dios así lo desea y todo resulta como se ha planificado, podré participar en las elecciones de este año como votante para la Cámara de Representantes. Después me reuniré con el abuelo en el Parque Ueno con el único fin de ponerle al tanto acerca del despegue de mi carrera política.

—¿El abuelo está en Japón?—Inquirió Galaco, apretando sus cejas. Su hermano realizó una mísera afirmación, con aquella expresión de agotamiento prematuro que adornaba su rostro cada vez que el tema de su abuelo reclamaba lugar. Galaco se compadeció—. Oh, buena suerte entonces. Qué Papá Dios esté contigo.

—Oneesan suena como si estuviésemos en un filme de Star Wars—intervino Lui, acomodando su mochila sobre sus hombros al momento en que una sonrisa pícara se esparcía sobre su rostro de pillo. Entonces alzó su mano y pronunció solemnemente, en un fluido inglés:—May God be with you.

—¡Oh Lui!, no hagas eso—le riñó Galaco—. Estás siendo tan bromista que parece irrespetuoso.

—Calma, lo digo con todo su significado e intención. No tienes que tacharme de blasfemo o algo así, oneesan—advirtió, rodando sus ojos. Galaco suspiró. Quién podría aguantar complemente a Lui—. En serio, aniki, que Dios te acompañe en tus faenas del día de hoy, te otorgue fortaleza y te devuelva a salvo a casa. No presumas tu calidad de torpe, ¿está claro? Menos en frente del abuelo. No queremos que avergüences nuestro apellido.

—Niño engreído, ¿es que nadie te enseñó respeto hacia tus mayores cuando no me encontraba cerca?—Dejó escapar una sonrisa ladera, incrédula y agraciada. Su hermano compitió con su inocente expresión jovial.

—Quizás Gala-chan intentó hacerlo, pero tú sabes, cada loco con su cuento—juntos rieron alegremente. Galaco negó con su cabeza antes de apresurar el paso y halar la puerta para que todos saliesen, dándole fin a los largos adioses. Cuando por fin se hubo cerrado la entrada de su casa, el rubio encontró la soledad más silenciosa de lo usual.


—Tennō Heika, Naoko Kōgō Heika ha llegado—anunció uno de los sirvientes del Palacio Imperial, haciendo una reverencia de cuarenta y cinco grados ante el hombre acomodado detrás del extenso escritorio, con una pila de documentos y folios amontonados a un lado. Rinto agitó su mano, indicándole al sirviente, sin hacer uso ni de su solemne voz ni de su penetrante y minuciosa mirada, para que dejase pasar a su consorte. Lenka sostuvo su kimono con cuidado y se acomodó en los taburetes que invitaban al descanso delante del escritorio de su esposo.

La súbita muerte innatural de Nobuhito había arrematado en el carácter abierto, ameno y amable del Emperador Rinto. Las acciones y el juicio vacilante y frívolo de Rinto de Japón contrastaban con los tranquilos reportes del doctor Oliver, quien juraba que el Emperador pronto se repondría de la pérdida inhumana de su único varón. Sin embargo, sus palabras eran tiradas en la falsedad y el olvido cuando las facciones de tristeza y tenebrosidad consumían el rostro del antiguo monarca sonriente, otorgándole un semblante agonizante. La Emperatriz Naoko comenzaba a preocuparse por la salud de su marido, tema que prácticamente se había tornado en un tabú después del accidente que precedió su coronación, y temía que algo malo pudiese ocurrirle a su esposo y, en consecuencia, a la nación. Por ello, bajo la supervisión del Gran Intendente y con el apoyo y la noción de los presidentes de los partidos de la Dieta, había convencido a su marido de releer las cláusulas dictadas en el testamento del Emperador Shōwa, donde se asentaban los últimos suspiros de su voluntad, sabiendo que una de ellos resultaba propicia y conveniente para la delicada situación que predicaba el porvenir. Ya habían quedado asentadas las condiciones para la coronación de la Princesa Imperial Rinko, quien debía de desposarse para ser nombrada Princesa Heredera y con ella, su cónyuge; y, con el ascenso de ambos a dicho título, se iniciarían las reformas de la Ley de la Familia Imperial. Toda la planificación fue organizada por la Emperatriz, con la vigilancia reservada del Emperador, a escondidas de la Princesa Heredera.

—¿Han concluido los preparativos?—Dijo Rinto cuando su esposa se entregó a un silencio obediente delante de él. Ella afirmó suavemente—. ¿Cómo es él?

—Para nuestro deleite y dicha, es un prodigio deslumbrante, un diamante ya trabajado por manos de magníficos labradores—ella indicó a una de las dulces fámulas que le acompañaba que tendiese al Emperador el archivero que protegía entre sus manos—. Ha descrito una trayectoria educativa impecable. En educación básica, fue inscrito con cuatro años de ventaja. Estudió en el extranjero durante siete años, desde su adolescencia hasta ahora; sus notas siempre destacando entre las más altas y perfectas. Es talentoso para las artes también. Aprendió a tocar el piano y el violín de niño, y cursó en una academia italiana de pintura durante tres años. Ha participado en exhibiciones y concursos, obteniendo distinciones entre los mejores.

—¿Estudió ciencias políticas en América?—Confirmó el Emperador al ojear el informe sobre el escogido para ser el esposo de su hija. Sus ojos no se apartaron entonces del apellido del joven—. Alumno egresado de Harvard. Impresionante. Parece un candidato esperanzador para nuestra princesa…

—Hemos contactado a su madre después de casi ocho años. Hibiki-san ha pautado con Hairo-san una reunión para sellar los arreglos del compromiso el próximo viernes. Sin embargo, ha quedado acordado que Rinko Naishinnō esté presente, al igual que Len-san, para que los trámites queden establecidos con los novios como testigos y al tanto de todos los detalles.

—Entonces, es necesario hablar con la Princesa tan pronto como sea posible. Gackupo—el Emperador llamó al hombre más joven de los presentes, maduro y discreto, asistente del Gran Chambelán de Japón, hombre ayudante del Emperador. Éste realizó una inclinación—. Ve y entrégale a la Princesa Imperial el siguiente recado: que su honorable persona se refugie en los aposentos del Kyūchū-sanden, que ahí habrá de reunirse conmigo, y escuchará atentamente sin dar opinión hasta que se le sea permitido. Por favor, retírate ya.

—¿Con qué motivo ha de citar Tennō Heika a Rinko Naishinnō en ese lugar? ¿Por qué ha de planear una reunión en los templos? ¿Tennō Heika?—Musitó Lenka, observando con una confusa curiosidad a su esposo reflexionar sobre algo. No obstante, éste no contestó su interrogación.

—Naoko, he de encargaros en contactar a la madre de Len Hibiki una vez más. Hazle saber, esposa mía, que será adelantada la cita para la tarde de mañana, después de las tres. No tardes más y marcha ya. Yo hablaré personalmente con nuestra Princesa Imperial sobre el compromiso, su inevitable necesidad y su imposible omisión. Reformule mis citas de mañana, Haiiro-san, para que pueda atender esta importante reunión sin ningún tipo de presión.


—¿Hahaoya? ¿Por qué he sido traída hasta acá?—Cuestionó la princesa al instante en que sus pies hicieron crujir la madera del santuario Kashiko-dokoro, dedicado a quien se creía ser una ancestro de la Familia Imperial, la diosa del Sol, Amaterasu. Su padre se hallaba en silencio, meditando en el callado naijin, la cámara interior del santuario. Rinko Naishinnō se tornó aún más indispuesta a entrar al notar un grupo de tres mozas que limpiaban las reliquias del templo principal—. Chichioya ha evadido toda alusión al tema que has de tratar ahora mismo cuando le he visto recorrer los pasillos del palacio. ¿Qué ha sucedido?

—Naishinnō—dijo su padre por fin, moviendo las cortinas para que su hija se escondiese de los demás—, pronto serás nombrada Princesa Heredera de Japón, abandonarás tu seudónimo de Flor Imperial, y tornarás a ser un capullo a Emperatriz. Todo pasará en este recinto sacro. ¿Comprendes, hija mía?

—Entiendo las palabras, hahaoya, pero no asimilo las circunstancias. Haiiro-san ha dicho que no podré acceder al trono a menos de que me vea desposada durante el mes que sigue a éste. Y eso, si mi estimado hahaoya perdona tal insolencia, es remotamente inadmisible. No he tenido jamás pretendientes de adecuada dignidad y no concibo la idea de contraer nupcias a la joven edad de dieciocho primaveras, con un esposo sobre el que no conozca algo y en quien dudo confiaré más que con incertidumbre.

—Pues esa decisión, Rinko Naishinnō, ya ha sido tomada por nuestros consejeros, con tu juicio y ponencia lejos de ser incluidos, y tu esposo ya ha sido reclutado—la princesa pareció recapacitar las palabras de su padre, exhibiendo una sonrisa nerviosa sobe su rostro turbado. A continuación, con el tiempo asentándose, no habló más, se quedó muda y estática, convenciéndose de haber escuchado totalmente mal lo que se repetía dentro de su cabeza—. Estarás casada para el próximo mes, como ha establecido la pauta de la Casa Imperial, y recibirás el título de Heredera con un hombre tan noble, honorable y fiel como es merecido por una dama de tu clase—su hija se tensó, abrió sus ojos desmesuradamente y su piel adoptó un tono lívido.

—¡Hahaoya!—Alzó la voz peligrosamente, esforzándose por mostrarse calmada, pero fallando terriblemente. Notando lo impetuosa que se oía, Rin aclaró su garganta y continuó:— Hahaoya, le suplico que lo reconsidere. No hay por qué apresurar tal unión…

—No, Rinko, lamento remarcar tú equivocación. La necesidad es grande y la oportunidad irrepetible. Ya han quedado firmados los acuerdos y has sido tú la elegida para ser la próxima Emperatriz. Gózate, hija, porque experimentarás una bendición de la que han sido privadas muchas antes que tú.

—¿Por qué ha de ser Rinko Naishinnō quien se case por obligación, hahaoya?—Preguntó, a pesar de que sabía lo ridícula que resultaba su interrogante, pero encontró en ella el camino para resistir y rebatir la orden—. ¿Qué hay de Nariko Naishinnō? ¿Por qué no podría ocupar ella el trono que le correspondía a su gemelo? ¿Y si yo quisiese entregarle mi derecho?

—¡Rinko Naishinnō!—El potente y grave llamado del Emperador disparó la atención de las camareras que atendían el templo. Su hija cayó de rodillas ante él, llevó su frente cuidadosamente al piso y realizó lo que se denomina dogeza. Su padre se mantuvo concorde y modesto—. Debes obediencia a la nación que se te ha sido confiada. No estás en posición para rechazar este puesto, mucho menos para siquiera pensar dárselo a Nariko Naishinnō. Tu hermana menor está perdiendo la sensatez y la cordura, así que fue descartada antes de siquiera entrar en consideración. Además, tú eres la primogénita. No entiendo cómo has podido pisotear ese hecho y lanzar una cuestión tan absurda como la que es dicho. He de admitir que me ha sorprendido tu interrogación tan inusual y obvia. Pero, viendo la gravedad del asunto, no hay cabida para sorpresas. Has de entender que tu deber como la mayor es recibir el trono.

—Hahaoya, p-por favor, reconsidérelo…

—No hay nada que deba ser reconsiderado. Mañana será la primera y única entrevista entre ustedes dos, y lo que seguirá a ella serán los planes de la boda. La fecha de la ceremonia de anunciación del compromiso también será decidida con dicho encuentro.

—Hahaoya, te lo suplico, por favor, escucha lo que tengo que decir…

—Ya puedes retirarte, Rinko Naishinnō. Ve y busca tu confinamiento en tu habitación, recapacita sobre tu comportamiento tan rebelde y prepárate para el día de mañana y para los que seguirán a ése. Aún si tu alma no consigue consuelo, puedes confortarte con la vaga alternativa de que tu prometido aún tiene la opción de declinar la oferta. Pero, si ese fuere el caso, perderías todo los derechos a la Corona, y tanto tú como tu hermana serían expulsadas fuera de la Casa Imperial antes de estar casadas.

—¡No puede ser! ¿Por qué?—Chilló, horrorizada.

—La Agencia ha decidido que en el Estado Togu residirán solamente los hijos de la Corona, y tú, al rechazar el trono, quedarías fuera del listado. Mi honorable tío y mis primos han tomado posesión de las demás residencias en Togu. Y no podrás permanecer más en la Residencia Real si quedas desconectada de mí. Nariko, por otro lado, será transferida a una nueva residencia con atención psiquiátrica. Ya ves que se ha negado a abrirse y recibir ayuda si no eres tú quien se la ofrezca. Por ende, si has de abandonar el Palacio, Nariko se irá también.

—Hahaoya, esta decisión es muy abrupta, absurda, radical e irrazonable. ¿Por qué tanta brutalidad es arrematada contra nosotras? ¿Por qué, como tus hijas, somos amenazadas con semejante destierro?

—Ése ha sido el veredicto del Parlamento y de la Agencia, quienes se han fundamentado en vuestro comportamiento y el de Nariko en los últimos meses para formular su decisión. Puesto que ha quedado claro lo que necesitaba discutir, ya no hay necesidad de prolongar esta reunión—finalizó, retirándose del templo, utilizando el carruaje que había traído a su hija para su regreso al palacio. Rinko permaneció en un pasmo inquebrantable, mordiéndose los nudillos ante la impotencia, con lágrimas de rencor escurriendo por sus mejillas. Probablemente la amenaza iba dirigida a concientizar, aunque de una manera despiadada, a la Princesa de la fragilidad de la situación. Habían tocado un punto sensible en ella, su talón de Aquiles.

¡Aborrezco la hora en la que mi hermano fue arrebatado de este mundo! ¡Mil diablos arranquen desde lo más profundo a los malditos que tomaron su vida joven y fértil! ¡Deseo lo peor para los malvados detrás de este complot!


—¿Uh? ¿Por qué tanta seriedad?—Preguntó Len al colocar sus zapatos en el genkan y cambiarlos por un par de pantuflas mientras ingresaba en el apartamento. Sobre sus hombros poco a poco recaía el cansancio del día. Había acompañado a Piko a una librearía en la mañana, en donde había sucedido un encuentro poco agradable con cierta chica que había puesto su mundo de cabeza. Luego se había despedido hacia la sede del Partido Liberal Democrático y ahí había permanecido cerca de tres horas, entablando primeras impresiones con militantes del grupo. Más tarde, su abuelo lo retuvo por casi cuatro horas en los pasillos del Museo Nacional de Tokio, entre preguntas y planes para su futuro, y le había enviado a casa con un chófer. Su vista se fijó momentáneamente en los tres pares de zapatos negros ordenados en el ras del escalón. Galaco le recibió con una arruga en su frente, vistiendo una expresión austera e ilegible—. ¿Qué ha pasado? ¿Quién está aquí?

—Oniisan, tenemos peculiares visitas—respondió en un susurro y le indicó que bajase el tono de voz—. Unos sujetos han venido a buscarte. Okasan está conversando con ellos en la sala.

—¿Unos sujetos?—Una pizca de peligro le impulsó a avanzar rápidamente por el pasillo, en un intento de adelantarse a Galaco, mas fue detenido por los brazos firmes de su hermana rodeando su codo izquierdo, impidiendo que se moviera—. ¡Galaco! ¿Qué haces?

—No he terminado contigo—replicó, azorada—. Déjame culminar mi reporte. Estos sujetos han sido enviados desde los cuartales de la Agencia de la Casa Imperial dentro de Chiyoda. ¡Trabajan para Tennō Heika, Len!

—¿Y qué asuntos pendientes han venido a tratar conmigo?—Cuestionó él, frunciendo el ceño, extrañado. Su hermana se disponía a contestarle, pero sus labios fueron dejados con las ganas en la punta de su lengua cuando alguien le arrebató la palabra. Una voz gruesa y de habla cortés, a las espaldas del rubio, contestó:

—Hemos traído una invitación para Hibiki, Len-san—a continuación una tarjeta fantástica inundó el panorama visual del aludido, quien, algo vacilante, la sostuvo entre sus manos, sin decir nada. Cuando admiró el sello oficial en el documento, supo que las cosas se tornarían en una dirección inesperada—. Hibiki-san ha sido citado a una reunión privada con Tennō Heika y Kōgō Heika mañana temprano, a las nueve en punto. Rinko Naishinnō será presentada más tarde, dependiendo del transcurso de la junta.

—¿Tennō Heika? ¿Kōgō Heika?—Las piernas de Len le hicieron balancearse. La fatiga le hubiese hecho desplomarse en el piso si Galaco no hubiese estado cerca de él para ayudarle a mantenerse compuesto. Rio empujó la puerta de la cocina y apareció con una bandeja en sus manos que exhibía unas modestas tazas humeantes. Su rostro estaba sereno, lo que desató los nervios de Len aún más, si eso era posible—. ¿Por qué Sus Majestades desean reunirse conmigo? ¿Qué asunto de tal trascendencia me compete que merece una reunión de un calibre tan alto? Yo no-

—Lenny—su madre interrumpió sus rápidos y agitados balbuceos. Len regresó en sí, carraspeó y puso su cerebro a funcionar. Tsk. No obstaculices tu raciocinio—. Se trata de un importante compromiso, cariño. Un compromiso que tienes con Japón. Tú eres el prometido de Rinko Naishinnō. Poco tiempo después de tu nacimiento, tal arreglo fue acordado mis padres y los difuntos Emperadores. Ha sido culpa de tu padre y mía el haber descuidado, por circunstancias ajenas a nuestra voluntad, este tema. Ahora es tiempo de retomarlo para cumplir con la deuda que tenemos con los abuelos.

—¿Pro-Prometido?—Iroha y Lui, quienes veían el espectáculo desde el sofá del vestíbulo, percibieron el color abandonando la cara patidifusa de Len. El muchacho perdía fuerza en su voz y su semblante evidenciaba que el shock estaba drenando la energía de su cuerpo. Él respiró dificultosamente—. Cómo es eso posible…

La pacífica seriedad que reinaba los rostros de su madre y del mensajero, así como la conmoción incrustada en las caras lívidas de sus hermanos, envió una escalofriante certeza a lo largo de su espina dorsal de que la situación era real. Todos se hallaban tan silenciosos todos estaban enterados del completo asunto, con detalles y datos que él desconocía y necesitaba saber. El único incrédulo y desorientado, sensaciones a las que no estaba acostumbrado, era él. Len abrió la boca una vez más y dejó escapar el devoto grito que su alma guardaba hasta ahora. Era una carga demasiado pesada para ser empujada de aquella manera tan abrupta sobre él.

—¿QUÉ YO SOY QUÉ?

Continuará…


¿Cómo se encuentran mis atesoradas lectoras el día de hoy? ^^

Espero que muy bien :3 Les dejo este capítulo~ Espero que lo disfruten, tanto como yo disfruté escribirlo.

Dejen sus comentarios, opiniones, críticas constructivas, quejas, etc... en sus reviews ;3

He estado un poco ocupada, así que se me ha hecho difícil sentarme a escribir :(

¡La próxima actualización será pronto, lo prometo!

¡Tengan un fantástico día!

Nos leemos pronto, ¿está bien?

Un gran beso y muchísimos abrazos virtuales.

Las quiere, Jess.