CAPÍTULO III

Grimmauld Place, semanas después de la Batalla Final

Harry ha buscado hasta debajo de las piedras, pero a los Malfoy parece habérselos tragado la tierra. Ni siquiera los aurores o los miembros de la Orden del Fenix que se unen a la búsqueda, conscientes de que la salud mental del héroe se está yendo por el desagüe, logran encontrarles. No pesa ninguna orden de detención contra ellos, puesto que desde la clandestinidad han colaborado en la consecución de la victoria. Así que, si han decidido irse, nadie puede obligarles a regresar. Y si además no quieren ser encontrados, siendo Lucius Malfoy un mago capaz y poderoso, difícilmente podrán hallarlos. Cuando Harry llega a la misma conclusión, cuando por fin es realmente consciente de que Draco le ha abandonado, se desmorona.

El héroe se encierra en la ancestral mansión heredara de su padrino, Sirius Black, a pesar de que los Weasley intentan por todos los medios convencerle de que pase algunos días con ellos en La Madriguera. Harry no come, no duerme, ni se ducha ni se cambia de ropa. Tan sólo languidece sentado en un sillón del salón de la mansión, inmóvil, sin que nadie sea capaz de sacarle de su depresión.

—¡Maldito hijo de puta! —Ron golpea con el puño la mesa de la cocina de la mansión con la rabia nacida de la impotencia que siente.

Es incapaz de entender lo que Malfoy le ha hecho a su amigo. El porqué se lo ha hecho. Ni durante un partido de quidditch había visto a Harry lanzarse con su escoba de manera tan suicida como en esa sala llena de fuego demoníaco, buscando a Malfoy como si no le importara perder en ello la vida. Harry casi había llorado cuando lograron salir de ese infierno y comprobó que el maldito hurón seguía entero. Y ya fue suficientemente penoso para Ron contemplar esa escena. Ahora Harry tiene los ojos secos, hundidos, apagados, enmarcados en las profundas ojeras que todavía realzan más la palidez de su rostro. Ya no le quedan lágrimas. Y Ron se ha jurado que Malfoy llorará lágrimas de sangre el día que caiga en sus manos.

Esta noche se han reunido todos en Grimmauld Place para intentar razonar por última vez con Harry, cosa que en realidad ya no esperan conseguir. Han tomado una decisión: le ingresarán en San Mungo a primera hora de la mañana. Alrededor de la mesa están todas las personas que una vez fueron importantes para el joven héroe: Hermione, Ron y toda su familia, también Luna, que en ese momento se encuentra con él en el salón, Neville y la Profesora MacGonagall. Después de la explosión de Ron, se han quedado en silencio durante un buen rato, incapaces de comprender cómo un chico inteligente, valiente, testarudo y tan lleno de vida ha llegado al estado en que ahora se encuentra.

—No sé si pensaréis que estoy loca… —la dulce voz de Fleur Weaslely se eleva sobre el silencio de la cocina con su marcado acento francés— Yo misma me digo que es imposible pero…

Mira a su marido, Bill Wealey, como si ambos ya hubieran tenido esa conversación con anterioridad y la hubieran desechado.

—Adelante, querida, cualquier idea por muy extravagante que parezca ahora mismo será bienvenida —la anima la Profesora MacGonagall.

Ella asiente y mira a su marido nuevamente. Bill se encoje de hombros, dando a entender que ante tanto desconcierto, no importará lo desconcertante de su teoría.

—Veréis —dice Fleur—, si no supiera que los veela macho no existen, juraría que Harry tiene todos los síntomas de abandono por parte de una veela.

Un rumor de sorpresa e incredulidad recorre la mesa.

—Esperad, esperad, dejadla hablar —pide Hermione, interesada.

—Eso es imposible —interviene Ron de todos modos—. Recuerdo muy bien que cuando estuvisteis en la escuela para el Torneo de los Tres Magos, Harry no se sintió afectado por vosotras —enrojece un poco—, como todos los demás.

—Es cierto —reconoce Fleur—, las veelas no afectamos a las mujeres… ni a los hombres que prefieren como pareja a otro hombre.

—¡Pero en aquel momento Harry estaba loco por Cho!

—Harry era un adolescente hormonal, buscando su camino, como todos a esa edad —interviene George y añade en un tonito burlón— Tú has tardado siete años en darte cuenta que te gustaba Hermione, hermanito.

—Y recuerda lo poco que le afectó que Cho empezara a salir con otro después… —rememora Hermione.

Ron se encoge de hombros, sin saber qué decir.

—Fijaos en los rasgos físicos de los Malfoy —prosigue Fleur—. Rubios, ojos claros, piel blanca y perfecta, a pesar de ser hombres. Y muy atractivos.

—¡Oh, por favor! —gime Ron, llevándose las manos a la cabeza.

—Bueno, Malfoy tenía mucho éxito entre las chicas —reconoce Ginny—. Corrían historias muy calientes de las cosas que era capaz de hacer en la cama. Todas las hemos oído —dirige a Hermione una mirada de complicidad.

Ron se tapa las orejas, con los brazos apoyados sobre la mesa, y cierra los ojos.

—No quiero oírlo —gruñe.

—Es cierto —admite Hermione—, si no fuera el hijo de puta que es y por el odio que le tenemos, supongo que hubiera sido más difícil resistirse a sus digamos… —tira de una de las manos de Ron y susurra en su oído con malicia—… encantos.

—Pero Fleur —interviene el señor Wealsey—, como tú has dicho, los veela macho no existen.

—Lo sé —asiente ella—, de ahí que me desconcierte que el comportamiento de Harry sea tan parecido, por no decir igual, al de la pareja abandonada de una veela.

—Harry ha sido hechizado, ¿cuántas veces os lo tengo que repetir? —vuelve a gruñir Ron.

—Y yo te recuerdo que Kingsley y otros aurores buscaron todo tipo de hechizos y encantamientos en Harry. Con resultado negativo —dice Charlie.

Todos se quedan en silencio durante unos instantes.

—¿Y cómo se cura? —pregunta de pronto Neville a Fleur—. Quiero decir, cuando una veela abandona a su pareja, ¿cuánto tiempo tarda en recuperarse?

Fleur les mira a todos con expresión entristecida antes de decir:

—La pareja abandona de una veela no se cura, Neville. Muere de melancolía.

Ron golpea de nuevo la mesa, esta vez con ambos puños y con el rostro enrojecido de furia hasta la punta de las orejas.

—¿Y no os parece eso motivo suficiente como para que los aurores emitan una orden de detención contra los Malfoy?


Algún lugar en Suiza, cuatro meses después de la Batalla Final

Lucius Malfoy entra en el salón donde se encuentran su esposa y su hijo con un pergamino en la mano. Noticias que acaba de recibir de Londres.

—Lleva un mes ingresado en San Mungo —exclama con satisfacción—. No creo que falte demasiado para que quedes libre y podamos empezar a pensar en un matrimonio conveniente para ti, Draco.

El joven no responde. Sigue con la mirada fija en el libro que tiene abierto sobre su regazo y que lleva horas sin leer.

—¿Draco?

—Te he oído, padre —responde finalmente, de una forma demasiado áspera, quizás.

El matrimonio intercambia miradas de preocupación. Draco ha estado raro desde que abandonaron Inglaterra. Demasiado callado e incluso sospechan que algo deprimido. Lo han atribuido a las duras experiencias vividas en los dos últimos años, por supuesto. Sin embargo, hace algunas semanas que Narcisa ha empezado a temerse que puede haber algo más.

—¿Te preocupa Potter, cariño?

La pregunta parece sobresaltar a Draco, y por unos breves instantes, su rostro manifiesta una pequeña emoción, que reprime rápidamente.

—¿Por qué habría de importarme? —y repite una vez más, como si necesitara decirlo en voz alta para creérselo—: Lo hice por la familia.

Lucius se sienta junto a Narcisa y observa cuidadosamente a su hijo.

—No pretendemos que te sientas cómodo con lo que nos hemos visto obligados a hacer con Potter —razona—. Otro asunto muy distinto sería que no estuvieras hablando sólo de "incomodidad".

—No sé a qué te refieres —desdeña Draco, con un vago gesto de su mano.

—Por supuesto que lo sabes —insiste Lucius—. Y yo necesito oírtelo decir con absoluta claridad, porque tu respuesta podría cambiar muchas cosas.

Ahora Draco mira a su padre con un deje de temor.

—No te estoy recriminando, Draco —se apresura a precisar Lucius—. Pero si algo ha cambiado con respecto a los objetivos que nos marcamos hace unos meses, tu madre y yo deberíamos saberlo.

El joven se remueve con inquietud en su sillón, sin atreverse a hablar todavía. ¿Qué puede decirles? ¿Qué sus manos añoran la piel de Harry? ¿Qué echa de menos despertar junto al cuerpo cálido que había llegado a ser tan familiar para él? ¿Qué ansía besar otra vez sus labios? ¿Que le gusta lo que descubrió de Harry durante los días que pasó junto a él?

—No vamos a juzgarte, Draco —dice Narcisa suavemente, apoyando la mano cariñosamente sobre el brazo de su hijo—. Pero necesitamos saber si tus sentimientos con respecto a Potter son distintos ahora. Antes de que sea tarde.

Lucius puede leer sin dificultad en el rostro de su hijo la lucha que éste mantiene consigo mismo. Tal vez lo que sospecha sea algo inesperado, pero no jugará con el corazón de Draco. No puede hacerlo. Porque si su hijo se ha enamorado, también lo ha hecho para siempre. Y aunque su destino no sea morir de melancolía, bien sabe que jamás podrá ser feliz con otra persona, por mucho que lo desee y lo intente. Vivirá una vida vacía y carente de sentido. Y Lucius desea para Draco lo mismo que él tiene con Narcisa.


San Mungo, septiembre de 1998

Esta noche es Arthur Weasley quien se ha quedado de guardia en la habitación del chico que quiere como a un hijo. Le destroza el corazón ver el delgado y demacrado cuerpo de Harry inmóvil en la cama, rodeado de los hechizos médicos que le obligan a vivir. Sin embargo, el sanador ya les ha dicho que esto no durará para siempre. Si Harry no quiere seguir adelante, ningún medio mágico logrará mantenerle con vida a largo plazo.

Son poco más de las nueve cuando se levanta de la silla y sale al pasillo a estirar un poco las piernas. Pasea cabizbajo, contando baldosas para no rendirse al sueño, cuando el eco de varios pasos hace que levante la cabeza y mire frente a él. Al principio, las tres figuras que avanzan por el pasillo le parecen una alucinación. Pero no lo es.

—Buenas noches, Arthur —le saluda Lucius. Señala la puerta detrás del mago—. ¿Es esa la habitación de Potter?

Arthur asiente, todavía impactado. No puede creer que frente a él se encuentren Lucius y Narcisa Malfoy. Y lo más importante, su hijo Draco.

—A Draco le gustaría pasar a visitarle, si te parece bien.

—¿Con qué fin? —pregunta finalmente Arthur, a la defensiva— De algún modo, toda esta situación parece ser culpa suya.

Draco da un tímido paso adelante.

—Por favor, señor Weasley, permítame ver a Harry.

El tono del joven, tan cercano a la súplica, logra conmover a Arthur. O tal vez sea la humedad que rezuman sus ojos.

—Está bien —accede—. Pero no os dejaré solos —advierte.

Desde que ha entrado en la habitación, Draco tiene un permanente nudo en la garganta que no puede tragar sin ahogarse. La mano de Harry entre las suyas se siente helada. Y el tener las manos frías siempre ha sido cosa de él, no de Harry. El señor Weasley les ha dicho que hace poco más de una semana que no está consciente. Ya no abre los ojos para mirarles en silencio, suplicando que le dejen ir. Draco acaricia su piel pálida, casi translúcida, besa sus labios secos y le susurra que le ama. Le suplica que no le abandone. Pero los ojos de Harry permanecen cerrados y su figura inmóvil.

La mañana sólo trae más angustia y un montón de pelirrojos cabreados. Aunque Ron no logra hacer llorar lágrimas de sangre a Draco todavía, sí consigue que ésta chorree copiosamente por la nariz que le ha partido. Las amenazas del sanador y varias enfermeras de sacarles a todos de la habitación y no volver a dejarles entrar, acaba con la refriega. El pulso entre Ron y Draco sólo termina cuando Hermione convence a su novio de que deje al rubio seguir sentado al lado de su amigo.

—Por el bien de Harry —le dice—. Sólo por Harry, Ron.

El pelirrojo le dirige una última mirada amenazadora a Draco y se apoya en la pared frente a la cama, con los brazos furiosamente cruzados sobre su pecho.

—Te estoy vigilando, Malfoy —advierte.

Lucius se dirige al patriarca Weasley, enojado por el ataque que ha sufrido su hijo.

—Deberías enseñarle modales a tu hijo, Arthur —le recrimina en tono helado.

Éste le mira, sin amedrentarse y responde:

—Tal vez tu le hayas enseñado al tuyo a joder a la gente, Lucius. Yo a los míos les he enseñado a defender a sus amigos.

Y dicho esto, sale orgullosamente de la habitación. Pero a media mañana, con los ánimos ya calmados, por fin Lucius y Arthur se sientan para hablar, acompañados de Fleur y Narcisa.

—Draco es un cuarto vela, como yo —les contará más tarde Fleur en el pasillo a Ginny, Hermione y George—. El señor Malfoy no ha querido entrar en detalles, pero al parecer es producto de una maldición a un antepasado suyo.

—Lo de caer mal les viene de lejos… —ironiza George.

—En definitiva —dice Fleur—, que nos guste o no nos guste, Draco es la única opción de Harry para salir de ésta.

—¡Hay que joderse! —suspira Ginny.

—Mejor vuelvo dentro y le echo un vistazo a Ron —se preocupa Hermione—. Puestas así las cosas, más vale que no le rompa nada más a Malfoy.

Nunca le dejan a solas con Harry y eso le reviente un poco. Pero Draco es consciente de que el único aliado que tiene en esta habitación, a parte de sus padres, es él mismo. Procura ignorar los gruñidos de Weasley cada vez que acaricia a Harry o le besa. Y trata que las palabras que le susurra al oído no las oiga nadie más que ellos dos. Aunque, desgraciadamente, tampoco Harry las escucha.

Tres días después, sin que Draco se haya separado de su lado casi ni para ir al baño, Harry no parece experimentar ninguna mejoría. El veela empieza a pensar que ha llegado demasiado tarde. Sólo para verle morir. Esta noche, gracias a Merlín, no está Ron Weasley, quien parece estar compitiendo con él por el mayor número de horas sin dormir. Son Bill y su esposa Fleur quienes se quedan a hacer guardia junto a él. Los padres de Draco también se han retirado a descansar unas horas, pero su hijo sabe que estarán de vuelta mucho antes de las siete de la mañana. Los Weasley o los amigos de Harry casi nunca le dirigen la palabra, así que cuando Fleur se acerca a él, Draco se pone en guardia.

—La influencia que tenemos sobre nuestras parejas es tan absoluta como pavorosa, ¿verdad?

La joven le sonríe y Draco se siente extrañamente tranquilo. Fleur se sienta a los pies de la cama de Harry con cuidado. Bill dormita en la otra silla de la habitación.

—¿Sabes? —habla Fleur en tono confidencial— Cuando Bill está nervioso o inquieto, o se siente mal, tengo un método infalible para tranquilizarle y hacer que recupere su energía.

Draco la mira con curiosidad.

—No tomo sólo su mano —prosigue ella, señalando con la cabeza la que Draco tiene entre las suyas—. Le abrazo, piel con piel, hasta hacerle sentir cuánto le amo. Hundo su rostro en mi pecho y dejo que se llene de mi olor, mientras yo me lleno del suyo. Acaricio su pelo despacio, hasta que ronronea como un gatito… —Fleur sonríe con picardía—… y a veces decidimos seguir ronroneando y otras no.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —pregunta Draco, desconcertado.

¡Veelas macho!, suspira Fleur.

—Comprendo que no te atrevas a hacerlo, aunque lo desees —dice, sin embargo—, pero ahora Ron no está aquí… Y yo no voy a chivarme.

La mirada de Draco se posa en Bill.

—No te preocupes por él —le anima Fleur y añade otra vez en tono confidencial—: En realidad nunca te ha odiado. Fue Grayback quien le desfiguró.

Fleur le da la espalda y camina despacio hasta donde se encuentra su marido y se sienta en su regazo. Los brazos de Bill se mueven inmediatamente de los reposabrazos hasta el cuerpo de ella y lo rodean, aun dormido. Fleur apoya la cabeza en su hombro y cierra los ojos.

Draco se queda pensativo durante unos momentos. Pero después se levanta y se quita los zapatos, los calcetines, los pantalones y la camisa. A continuación se mete con cuidado en la cama con Harry. Éste sólo lleva unos pantalones de pijama del hospital. Su torso está frío a pesar de que en la habitación hay una temperatura agradable. Draco pasa con precaución un brazo por debajo de su cuerpo y le acerca a él, de forma que la espalda de Harry quede pegada a su pecho. Le rodea con su otro brazo rezando para que los hechizos que controlan los signos vitales del paciente no se alteren y la habitación se vea de pronto invadida por sanadores y enfermeras. Se queda quieto unos minutos. Y en este preciso momento, cuando se da cuenta de hasta qué punto le ha echado de menos, siente unas irrefrenables ganas de llorar. Después besa su hombro, su cuello, su mejilla. Y le habla. Le habla durante toda la noche. Y no sabe si son imaginaciones suyas, pero le parece que el cuerpo de Harry está más tibio a medida que pasan las horas. Susurra una y otra vez que le ama, que espera que algún día le perdone.

Muy temprano por la mañana, cuando Fleur abre los ojos lo primero que hace es mirar hacia la cama. Sonríe al observar que Draco ha seguido su consejo. Ahora duerme profundamente, con las huellas del cansancio de los últimos días todavía en su rostro. Pero lo que más la ilusiona es que Harry se ha movido. Su cuerpo está vuelto hacia Draco, acurrucado, y uno de sus brazos descansa sobre el pálido pecho del veela. Le parece una posición demasiado familiar y reposada como para que Draco la haya forzado.

—Vaya… —musita Bill, restregándose los ojos.

Se levanta y se despereza. Dormir en una silla no es sano para el cuerpo.

—¿Por qué no vas a buscar un poco de te? —sugiere Fleur—. No creo que tu madre y Ron tarden demasiado —dice después, mirando su reloj de pulsera.

—¿Y qué hacemos con esto? —Bill señala la cama, mientras con la otra mano se rasca desinhibidamente los huevos.

Fleur se encoge de hombros.

—Nada —responde—. Ahora las cosas son como deben ser. Creo que le sugeriré al sanador Green que hoy no deje entrar a nadie en la habitación. Que les dejen tranquilos.

Un poco más tarde, el sanador Green evalúa cuidadosamente a su paciente, que ahora parece dormir a pierna suelta, al igual que el hijo de los Malfoy. Y decide que la sugerencia de Fleur no es una mala idea. Vistos los resultados obtenidos hasta el momento, el color que parecen haber recuperado las mejillas de su paciente le inclinan ligeramente al optimismo. Durante las veinticuatro horas siguientes, y a pesar de las airadas protestas de algún que otro pelirrojo, sólo el personal médico entra en la habitación donde descansan los dos jóvenes.

Draco despierta por culpa del apagado sonido, que a pesar de ser tan tenue, está demasiado cerca de su oreja como para que pase desapercibido. La cabeza de Harry está sobre su pecho y su cuerpo se sacude un poco, como si estuviera sollozando. Draco todavía no está muy seguro de si Harry está despierto o sigue dormido, pero de todas formas pregunta, sin atreverse a moverse:

—¿Por qué lloras, Harry?

Al principio cree que nadie va a responder. Pero al cabo de unos segundos, la voz ronca de Harry se deja oír en la habitación por primera vez en semanas.

—Porque eres una alucinación y no estás aquí —responde.

El estómago de Draco se contrae. Su mano tiembla cuando acaricia el negro pelo de su pareja y murmura con la voz cargada de emoción:

—No soy una alucinación, Harry. Estoy aquí.

La cabeza de Harry se mueve despacio. Muy despacio. Pero al final logra encarar el rostro de Draco, quien espera expectante. Harry le mira con los ojos húmedos, incrédulos.

—Una alucinación no te besaría como yo voy a hacerlo —susurra Draco.

Y toma dulcemente los labios de Harry con los suyos, tratando de retener sus propias lágrimas.


Mansión Malfoy, Navidad de 1998

Draco y Harry han hecho suyo ese pequeño saloncito en el que los Malfoy se habían refugiado mientras su mansión estuvo invadida durante la guerra. Principalmente porque ha acabado siendo el rincón favorito de Harry, quien no se encuentra demasiado cómodo en una casa tan inmensa; mucho más que Grimmauld Place. Ahora hay un árbol de navidad, no tan grande como el del salón principal, que ha decorado Harry personalmente, guirnaldas colgando de la chimenea y un hermoso ramo de acebo y pino preside la mesa en la que a veces comen, cuando desean un poco de intimidad.

Harry está sentado en el suelo, sobre la bonita alfombra persa que cubre prácticamente todo el mármol de la estancia. Está envolviendo con gran entusiasmo los regalos que ha comprado para su familia y amigos. Draco observa la febril actividad de su pareja desde la mesa donde está escribiendo las invitaciones para la cena de Nochebuena.

—¿No sería más fácil con magia, Harry? —le pregunta— Hace rato que habrías terminado…

—Quizá… —responde el moreno, cortando otro trozo de cinta adhesiva con los dientes—, pero no sería tan divertido.

Harry ya no está tan delgado, aunque tal vez le faltarían todavía un par de kilitos para el gusto de Draco. Sus ojos vuelven a brillar y la única piel pálida en la habitación es la suya, como debe ser, piensa el veela. Harry ya casi vuelve a ser el mismo de siempre. Hace un par de días recibieron la visita de Kingsley Shacklebolt, el nuevo Ministro de Magia, quien le propuso a Harry incorporarse al Departamento de Aurores en cuanto estuviera completamente restablecido. Y Draco sabe que su pareja está considerando muy seriamente la oferta.

Cuando por fin Harry había obtenido el alta médica en el hospital, había habido una fiera discusión acerca de dónde debía seguir recuperándose el héroe del mundo mágico. Una vez más, Fleur puso su inestimable grano de arena para zanjar las diferencias entre las dos familias: Harry debía estar junto a su veela. No podía ser de otra forma. Sin embargo, los Malfoy habían abierto las puertas de su casa, sin restricciones, tanto a los Weasley como a los amigos de Harry. Y ésta había sido una invasión mucho más pacífica y soportable que la última que había sufrido la mansión. Y aquel obligado entendimiento le había hecho mucho bien a Harry.

—¿A qué hora será la cena?

—A las ocho —responde Draco, quien sigue contemplando sonriente las maniobras de Harry con el papel de regalo y la cinta adhesiva.

—¿De verdad que a tus padres no les importa?

—Ya sabes que no.

Harry también sonríe. Está emocionado y también nervioso. Desea que todo sea perfecto esa noche. Los Weasley y sus amigos le han visitado con frecuencia durante estos meses. Pero los dueños de la casa, a excepción de Draco, siempre se han retirado discretamente durante esas visitas. Dentro de una semana disfrutarán de la cena de Nochebuena todos juntos y Harry no las tiene todas consigo. Pero está contento de todas formas. Termina de envolver el último regalo y lo deja junto a los demás, bajo el árbol. Después se sienta junto a Draco para ayudarle con las invitaciones.

—¿Qué te parece si esta noche cenamos aquí? —pregunta Draco.

—¡Estupendo! —responde Harry rápidamente.

No es que los padres de Draco sean desagradables con él. Todo lo contrario. Jamás le han consentido ni le han hecho la vida tan fácil como durante los meses que lleva viviendo en la mansión Malfoy. Pero todavía se le hace un poco extraña toda la situación. Especialmente ahora que gracias a la convivencia diaria con Draco sus sentimientos con respecto a él se han estabilizado, libres de su premeditada influencia. Y el veela pretende estabilizarlos mucho más a partir de esta noche, cosa que Harry todavía ignora.

—Pues cenaremos temprano y nos iremos a la cama —dice el rubio con un guiño y un tono de voz claramente insinuador.

A pesar de todo, Harry no puede evitar seguir estremeciéndose cuando piensa en Draco haciéndole el amor.

Tomar la decisión que ha tomado, no ha sido fácil para Draco. Pero si lo analiza fríamente, en realidad no le quedaba otra opción. Sin embargo, ahora está demasiado sumergido en todas las sensaciones que su cuerpo experimenta por primera vez para detenerse a ser racional. Sus piernas se aprietan alrededor de la cintura de Harry mientras éste le penetra rápida y firmemente. No es una posición cómoda para Draco, pero sabe que podrá acostumbrarse; que llegará a disfrutarla mucho más de lo que lo está haciendo hoy. Está tan seguro como que Harry es la mejor elección que ha hecho en su vida. Su compañero le masturba con fiereza, próximo a su propio orgasmo. Y cuando finalmente eyacula dentro de él, Draco siente una mezcla de miedo y éxtasis. La maldición que lanzó Jerisavlja sobre su antepasado, Arcturus Malfoy, acaba de romperse, tres siglos después.

La mesa que preside Lucius Malfoy esta noche, jamás llegó a pasársele por la imaginación. Dirige la mirada hacia su esposa, sentada a su lado, y la ve sonreír con la misma complacencia que él siente. Han llegado a los postres de la cena de Nochebuena más inusual celebrada en la mansión Malfoy desde que Lucius tiene uso de razón. Harry estaba muy nervioso antes de que su familia y amigos llegaran. Pero ahora se ríe y bromea con la alegría de quien se encuentra en un ambiente familiar y cómodo. Lo cual ha contribuido a que los Weasley y sus acompañantes se sientan igual de cómodos y relajados. El rostro de su hijo Draco está bañado de una paz y una felicidad que Lucius no puede ignorar. Vuelve a mirar a Narcisa de nuevo y ésta asiente, confirmando que han hecho lo adecuado.

—Si me permites, padre, me gustaría decir unas palabras —le susurra Draco, sentado a su derecha en la mesa.

Esto no estaba previsto, piensa Lucius, pero asiente, dando su permiso. Draco se levanta, imponente vestido con su túnica de gala.

—¿Pueden prestarme atención, por favor?

La mesa enmudece y todas las miradas se vuelven hacia él.

—Gracias —su tono es tan firme que nadie podría adivinar lo nervioso que está—. Mi padre ya les ha dado la bienvenida a nuestro hogar y les ha agradecido que aceptaran compartir esta cena navideña con nosotros. Ahora, antes de que pasemos al salón y averigüemos qué ha dejado Santa Claus para todos nosotros —la mayoría de los invitados sonríen, porque no esperaban ser agasajados hasta este punto—, me gustaría que fueran testigos de uno muy especial que quiero entregar a Harry en presencia de todos ustedes.

El rostro de Harry, que ha sostenido una sonrisa cómplice hasta este mismo momento, se vuelve hacia Draco con sorpresa.

—Este guardapelo ha estado en mi familia durante tres siglos —continua Draco, mostrando el medallón que acaba de sacar de su bolsillo—. Y ahora guarda un mechón de mi cabello.

Le da la mano gentilmente a Harry para que se levante.

—Sé que no estás familiarizado con lo que esto significa —Fleur lanza un pequeño gritito y cuchichea con su marido y los que están a su alrededor—. Para controlar a una veela, sólo es necesario arrancar un mechón de su cabello y guardarlo para que quede atrapada en manos del hombre que la desea para siempre —Draco sonríe y cuelga el hermoso guardapelo del cuello de Harry—. Yo ya estaba atrapado mucho antes, pero quiero que todos los aquí presentes sean testigos de que mi corazón siempre te pertenecerá.

Y deposita un pequeño beso en los labios de su pareja. Aturdido, Harry acaricia el guardapelo que Draco acababa de regalarle.

—Yo creía que… ibas a hablar de otra cosa… —murmura.

—Bueno —Draco rodea a Harry con su abrazo, pegándole a él—, tal vez deba decir también que Harry será el último miembro de mi familia que tendrá oportunidad de llevarlo.

Esta vez el grito proviene de Narcisa Malfoy, quien se lleva las manos a la boca, cubriéndola, con una expresión que es muy difícil discernir si es de emoción o de puro pánico. El que sí está claramente conmocionado es Lucius, que se ha levantado casi de un salto de su silla y ha tomado a su hijo del brazo, dirigiéndole una mirada ansiosa.

—Vamos a ser padres —dice Harry tímidamente, poniendo una mano sobre el vientre de Draco—. El próximo septiembre…


San Mungo, septiembre de 1999

Como hay pocas cosas que el dinero no pueda comprar, Lucius Malfoy ha conseguido que el ingreso de su hijo en el hospital mágico se haga de forma discreta y que el equipo de sanadores que ha seguido el singular embarazo de Draco, guarde el más estricto secreto profesional. Y, por si acaso, nunca está de más una amenaza adicional… Pero, de hecho, los sanadores están casi tan emocionados como la propia familia. Ni en sus más locos sueños habrían podido imaginar que un día atenderían un embarazo masculino.

A pesar de su lógica inquietud, Lucius se siente satisfecho de cómo se ha resuelto todo. No cabe duda que Draco le ha puesto huevos al asunto. Los que no tuvieron ninguno de sus antecesores, incluido él. Seguramente que en la bisexualidad de su hijo haya pesado más el lado masculino que el femenino, ha jugado bastante a favor de que ello sucediera. Y Harry, por supuesto. Porque ningún chico había logrado interesar lo suficientemente a Draco como para descubrirle esa parte de sí mismo.

Lucius es plenamente consciente de que Harry no es tan estúpido como para no haberse dado cuenta, ahora que tiene a su lado a un veela enamorado y no a uno que sólo pretende manipularle, que las intenciones de su familia habían sido, al principio, precisamente esas, las de favorecer sus intereses. Sin embargo, puede que Harry ya no flote sobre una nube de tontura cuando Draco está en la misma habitación que él. Pero sigue profundamente enamorado. Y el hecho de estar a punto de ser padre ha rozado, sino superado, la cumbre de la felicidad para él. A Draco, no le ha recriminado nada. Y con Lucius y Narcisa mantiene una relación correcta, sin rozar superfluas muestras de afecto, en la justa medida para que nadie se sienta incómodo ni por mucho ni por poco. Draco ha estado prácticamente recluido en la mansión a partir del cuarto mes de embarazo, cuando su vientre empezó a ser prominente. Ello ha permitido que tanto Narcisa como él conozcan un poco mejor al que ahora es su yerno. Y Lucius está seguro que, con el tiempo, su relación subirá el escalón siguiente al de la corrección. Más con un nieto correteando por la mansión. Nieta, si hay que hacer caso a las palabras de Jerisavlja.

Ahora están todos sentados en una sala de espera privada en el sótano del hospital, donde se encuentran los quirófanos y las salas de parto. Son las cuatro y media de la madrugada. Si hubiera sido un parto normal, es decir, de una mujer, seguramente hubieran dejado entrar al padre. Pero al tratarse de una cesárea, Harry ha tenido que conformarse con que le hicieran esperar en la sala igual que a los demás. Y está que se sube por las paredes. Ya no le quedan uñas y está a punto de empezar con los dedos.

Narcisa y Molly, que en todo este tiempo han alcanzado una especie de entendimiento como consuegras, hablan en voz baja rememorando sus respectivos partos: el único de Narcisa y los siete de Molly. Sus maridos permanecen en silencio. Luciuis muy tieso en su silla, de punta en blanco y sin un pelo fuera de lugar, a pesar de haberse levantado a las tres de la mañana sacudido por los porrazos de su yerno en la puerta del dormitorio. Sufre en silencio por su hijo, aunque viéndole nadie lo diría. Espera que realmente la maldición haya terminado, y no les aguarde todavía alguna desagradable sorpresa. Arthur se entretiene observando la continua y nerviosa caminata de Harry arriba y abajo de la sala, recordando sus propios nervios en las mismas circunstancias. Contra todo pronóstico, Harry le va a dar su primer nieto. Y como Lucius se atreva a insinuar siquiera otra vez lo de que él va a ser tan sólo un abuelo postizo, va a tener que demostrarle a ese estirado sus conocimientos de magia oscura. Que también los tiene.

Hermione escucha en silencio la conversación entre Molly y Narcisa, tomando nota mental de todo, mientras que Ron, estirado cuan largo es en la silla, deja escapar algún que otro ronquido. Entonces Hermione le da un codazo y se despeja durante unos minutos. Para volver a dormirse de nuevo. Al resto de la familia ya les avisarán cuando el feliz acontecimiento se haya producido.

—¿No están tardando mucho? —pregunta Harry una vez más, sin dirigirse a nadie en particular.

—No, cariño —se apresura a tranquilizarle Molly—. Estas cosas llevan su tiempo.

—¡Pero si sólo tenían que abrir y sacarlo! —Harry restriega las manos por su rostro— ¡Oh Dios mío, no quiero pensarlo!

Parece verdaderamente a punto de sufrir un ataque de histeria. Como Lucius, no puede dejar de pensar en si la maldición se habrá realmente extinguido y si cuando todo termine seguirá teniendo un marido y además a Berenice. Sí, Berenice. Harry intenta tranquilizarse pensando en su hija. Aunque la verdad es que Draco le ha vuelto loco con esa manía que tienen tanto los Malfoy como los Black de poner a sus hijos nombres de estrellas y constelaciones. La Cabellera de Berenice es una constelación de la que Harry no había oído hablar nunca antes. Él habría preferido un nombre más sencillo, como Lily, en honor a su madre. Pero bueno, después de todo lo que ha pasado su marido estos nueve meses, lo menos que puede hacer es dejarle elegir el nombre. Draco había sacado con gran entusiasmo un grueso tomo de la biblioteca de la mansión y juntos había repasado uno por uno y a conciencia todos los nombres de estrellas y constelaciones que existían. Habían descartado los que ya habían sido asignados a algún miembro de las dos familias (Malfoy y Black) y habían reducido las posibilidades a unos pocos: Carina, Mensa, Norma y Berenice.

La historia mitológica de la Cabellera de Berenice en particular, tiene dos versiones: una en Egipto y otra en Grecia. En Egipto se relaciona con la leyenda de la reina Berenice, que se cortó el pelo para sacrificarlo a la diosa Venus después de que su marido, Ptolomeo III, volviera ileso del campo de batalla. Y se dice que desde entonces su cabello forma parte del cielo nocturno y que la estrella más brillante se refiere a la corona de joyas que Berenice portaba en el pelo. A Harry le gusta esta versión, porque Draco también se cortó el pelo para él, aunque sólo fuera un mechón, y lo lleva colgado al cuello como una de las más grandes muestras de amor de su marido hacia él. La otra versión no le gusta tanto. Demasiado trágica para su gusto. Y de tragedias ya ha tenido bastantes en su vida.

La versión griega es la aciaga historia de dos amantes, Píramo y Tisbe. Sus padres prohibieron su unión. Pero los amantes hablaron secretamente a través de una grieta de la pared que separaba sus casas y un día planearon encontrarse a las afueras de la ciudad, debajo de una morera con moras blancas. Cuando Tisbe llegó al lugar, Píramo no estaba, pero la asustó un león manchado de sangre. Mientras escapaba perdió el velo, que voló hacia el león y el animal lo cogió con sus garras. Cuando Píramo llegó a la cita, descubrió el velo hecho girones, manchado de sangre, y dedujo que su amada había sido devorada. Desesperado por la pérdida, se suicidó con su espada. En ese momento, Tisbe volvía corriendo al lugar. Al darse cuenta de lo que había sucedido, se abrazó al cuerpo inanimado de su amante, tomó la espada y se dio muerte. La sangre de los dos amantes tiñó de rojo las moras blancas y éste ha sido su color desde entonces. Para que los padres recordaran que no debían interferir en el amor de los jóvenes, Zeus tomó el velo y lo puso entre las estrellas, donde se convirtió en la Cabellera de Berenice, que ondea bajo el león.

Harry mira con aprensión hacia la puerta de la sala. El recuerdo de la leyenda griega le ha puesto los pelos de punta. Ya no puede más de ansiedad. Está considerando muy seriamente ir a buscar a la primera enfermera o sanador que encuentre y exigirle saber qué esta pasando con su marido y con su hija, cuando la puerta de la sala se abre y aparece una sonriente enfermera.

—Señor Potter, ¿quiere acompañarme, por favor?

El corazón de Harry da un salto y se apresura hacia la puerta mientras todos los demás se ponen en pie, expectantes. Menos Ron, a quien Hermione ha dado un buen codazo esta vez.

La enfermera acompaña a Harry hasta una pequeña habitación, justo al lado de la sala de partos. Draco está en una camilla, despierto y tiene mucho mejor aspecto del que Harry esperaba. Se apresura hacia él pero casi no se atreve a tocarle.

—¿Cómo estás? —le pregunta preocupado.

Draco sonríe.

—Bien, todavía lo tengo todo dormido... —señala con la mano de cintura para abajo—. Ahora me llevarán a la habitación.

Harry mira a su alrededor, buscando.

—La están limpiando —le tranquiliza su marido. Y añade con la voz cargada de emoción—: Es preciosa, Harry.

Y aún antes de conocer a su hija, Harry rompe a llorar, abrazado a su compañero. Ha temido tanto por él y por la niña. Durante estos nueves meses no ha podido confesarle a Draco todas las cuitas que se han entremezclado a partes iguales con su alegría por ser padre. Pero, por fin, todo ha terminado felizmente.

—Bien, creo que Berenice quiere conocer a su otro papá… —dice una voz tras ellos.

La enfermera que antes ha ido a buscarle lleva en sus brazos un pequeño bulto envuelto en una suave —y carísima— mantilla blanca. La misma con que Narcisa había envuelto a Draco en sus primeros días de vida. Harry abandona a Draco suavemente y extiende los brazos hacia la enfermera, ansioso. Ella deposita a Berenice en ellos con una gran sonrisa. Lástima que jamás podrá explicar este episodio, ya que como el resto del equipo médico, está bajo un férreo juramento mágico.

Harry se queda mirando a su hija con la boca abierta. Los rasgos veela están presentes en ella: una pelusilla rubísima en su cabecita, y aunque su piel todavía está un poco roja por el parto, ya se adivina que será tan blanca y suave como la de Draco. Tiene la carita arrugada, sus pequeños labios apretados como si estuviera enfadada. Con el tiempo, cuando los ojos de su bebé tomen su color definitivo, descubrirá que son tan verdes como los suyos y los de la abuela Lily. Pero para Harry ya es la niña más preciosa del mundo, sea cual sea el color de sus ojos. Las lágrimas se escurren por sus mejillas otra vez.

—Vamos a llevar al señor Malfoy a su habitación —le informa la enfermera—. Puede decirle a la familia que podrán visitarle dentro de quince minutos.

Harry se vuelve hacia Draco, con Berenice todavía en brazos.

—Ve —le dice Draco suavemente—, mis padres deben estar ansiosos.

Harry sonríe de oreja a oreja.

—Volvemos en seguida —dice emocionado.

Cuando entra en la pequeña salita con su hija en brazos, Harry se siente más importante que el día que venció al Señor Oscuro, radiante, infinitamente más feliz. La familia se agolpa emocionada para conocer a su nueva nieta. Incluso Ron se derrite y abraza a Hermione, lleno de ternura.

—Yo también quiero uno así, Herm —le susurra.

Con el tiempo, Berenice tendrá dos hermanas más: Carina y, por fin, Lily. La primera vez en siglos que un Malfoy tiene más de un descendiente. Los rasgos veela se irán extinguiendo con el tiempo de la ancestral estirpe. Pero esos brillantes y profundos ojos verdes perdurarán generación tras generación.

FIN