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Después de aquello bloqueó a la pequeña.

Es cierto, difícilmente olvidas como una niña de ocho años te ha puesto en tu lugar, no obstante, él fingía lo suficientemente bien como para creerse que no existía, que era sólo un mueble decorativo en las tardes de la Mansión Malfoy. Saludar, sonreír y caminar. Nada de genuino interés y nada de saludos emocionados. Finalmente, conseguía paz…

Hasta que ella ingresó a Hogwarts. Personalmente no se percató de su viaje en tren, su entrada al castillo o su nombramiento. Estaba totalmente abstraído, pensando en las últimas responsabilidades puestas para él que sólo fue consciente de ella cuando Daphne dijo:

—Mi hermana…

Una frase muy simplista, pero cargada con la misma emoción palpitante que le recordó a la pequeña Astoria. La niña que durante ocho largos años saludó con un genuino: ¡Hola, Draco! Producto de ella, no de su dinero ni de una maldición. Era la pequeña brindándole el único saludo normal… hasta que él lo perdió.

Él la observó ahí sentada, a la vista de todos, muy nerviosa. Le recordó nuevamente a la pequeña; nerviosa y expectante a partes iguales. El Sombrero duró un poco más de lo necesario y murmuró cosas que no entendió a la distancia… sin embargo, la mirada decidida, fría y orgullosa que Astoria mostró al segundo siguiente desbloqueó un viejo recuerdo.

—¡Slytherin! –gritó el Sombrero Seleccionador, consiguiendo aplausos breves y murmullos.

A su lado, Daphne suspiró aliviada.

—¿Pensabas que terminaría en otra Casa? –preguntó Draco sin ver a su compañera porque su vista estaba fija en la pequeña.

—Sinceramente, lo temí, sí.

—Es una Greengrass —expresó Draco, ahora mirándola fijamente.

Daphne miró brevemente a su hermanita y le confesó a Draco, lo siguiente:

—Astoria es diferente.

Él regresó la vista y observó cómo ella sonreía abiertamente a una recién nombrada Gryffindor. Una chica cuya túnica parecía tan desgastada como limpia.

—Sí... es diferente.