Disclaimer:
ÉSTE FIC PARTICIPA EN EL RETO ANUAL "TE PROPONEMOS UN LONG FIC" DEL FORO "SOL DE MEDIANOCHE"
Los personajes no son míos, le pertenecen a la señora Meyer. La historia es mía, en su totalidad.
Número de palabras por capítulo, sin contar nota del autor: 4631
Palabras mencionadas en éste capítulo: Comedia.
Sentimiento negativo: Celos, muchos celos…
XX
¡MI ENORME AGRADECIMIENTO A QUIENES ME PONEN EN SUS ALERTAS Y FAVORITOS!
SOBRE TODO A LAS HERMOSAS CHICAS QUE SE TOMAN SU VALIOSO TIEMPO EN DEJARME UN REVIEW.
XX
x- Capítulo 3 –x
Mi piace il suo.
(Ella me gusta)
xx-xx
Miro al doctor Mitchell esperando mi respuesta. El reloj suena por cada segundo que la manecilla del minutero y el segundero avanzan.
—Es complicado.
—Para eso estás aquí, Edward. Tú eres realmente libre de decidir qué quieres decirme y que no, pero también sabes que eso depende de la manera en que quieras avanzar en tu problema.
Sí no hay más remedio…
—Su nombre es Isabella— confieso lentamente al principio, pero las palabras se atoran en mi garganta.
—¿Dónde la conociste?
—En… El trabajo— digo un poco ¿Avergonzado? ¿Por qué? Ni que fuese un delito conocer mujeres.
—Entiendo, dices que no has tenido contacto sexual con ésta mujer… ¿Cuál es el problema entonces?
¿Es una jodida pregunta retórica?
—Que me gustaría tener algo con ella. Sexual— aclaro.
Él asiente, creo que es más que obvio.
—Isabella… ¿Es tu asistente o…?
—Es una colega— admito—, es hija de uno de los amigos más cercanos de mi padre y siendo honesto, no sé cómo diablos se complicaron tanto las cosas.
—Dímelo, ¿Qué ha pasado en la semana que te tiene tan así?
Su cercanía, su perfume… Su cuerpo… Eso ha pasado últimamente.
Me imagino a Isabella desnuda por todas partes, cuando llego a tenerla cerca miro solamente tres partes de su cuerpo con detenimiento— aunque eso no quiere decir que no la miro completamente—: sus pechos, su culo y sus labios. Y no precisamente en ese orden.
A veces fantaseo con tirar de su cabello mientras la penetro y ella está doblada sobre una mesa, otras ocasiones la imagino de rodillas chupándomela detrás del escritorio y con las tetas al aire mientras se las masajea sola, y unas más que otras, fantaseo tirándomela en mi cama con las cuatro extremidades amarradas a los postes o atada de los tobillos y manos a la vez, con la cabeza cerca del suelo, dispuesta, mojada, con mi lengua y mis dedos en su sexo, la voz ronca, vendada de los ojos… Con su piel caliente y roja por tanto sudar y por las nalgadas hechas por mí en su redondo culo, mis dedos largos apretando sus pezones… ¡Mierda! Lo que me encantaría hacerle a su cuerpo.
Después de cogerla en la cama en todas las posiciones posibles, me encantaría cogerla en la ducha, meterle uno o dos dedos para verificar si está húmeda por la excitación y sino, hacerla humedecer mientras la penetro, me gustaría oírla gritar un poco en cada embestida…
—He estado cerca de ella, pero no como me gustaría— confieso después de todo lo que he fantaseado.
—Tu necesidad ha aumentado, Edward. ¿Qué has hecho al respecto? Sabes que esto implicaría acoso sexual si no te controlas.
—No he hecho nada que la ofenda. De hecho, he pasado menos tiempo cerca de ella y creo que en cierta parte es lo que me mantiene tan desquiciado.
Parece sorprendido.
—Y ¿No te has planteado ponerte límites?
¡¿Qué putas cree que hago, doctor!?
—¿A qué se refiere? — pregunto con toda la paciencia que me queda.
—Dices que es tu colega y que últimamente te mantiene ansioso su presencia… Mejor dicho… Su ausencia. Tal vez, si la ves de otra manera y no como un objeto sexual, las cosas cambien.
—¿Cómo una novia? — inquiero sorprendido.
—No precisamente— murmura—pero es algo en qué pensar. En la primera sesión me dijiste que no te van los romances y eso es algo aceptable para ti. Te niegas a tener un compromiso con una sola mujer y por lo que me has contado es que no recurres a los recuentros con ninguna de tus anteriores compañeras sexuales. Isabella es para ti, un reto… No puedes tenerla con facilidad y el grado de tu obsesión se hace más grande respecto a la cercanía que tienes con ella. Imponte esto: ella no puede ser tuya, porque será un problema con tu empresa y tu vida diaria. Si ella accede a ser su tu compañera y las cosas no funcionan, deberás verla aun después de todo acabe. Cosa que no hacías con las otras chicas.
Interesante.
—Es como darle… Un trato especial.
—Diferente, diría yo.
—Soy muy egoísta, doctor. ¿Qué quiere que haga? Obligarme a no pensar en ella del modo en que lo hago, me hace sentir extraño. Soy un hombre que siempre ha visto por sí solo, sin pensar en nadie más que no sea mi padre. Me pide que niegue parte de mi propia naturaleza.
—La cuestión aquí— explica— es que tú ves a las mujeres como fuente de desahogo. No piensas en ellas, sus necesidades emocionales. Son seres humanos, Edward y son mucho más sentimentales que los varones. Tenles consideración— reafirma.
E Isabella parece más dulce que la población normal femenina. Sí yo la uso o la convenzo para mis propio beneficio temporal — además del de ella—, no podría más que dañarla a un punto quizás… Irreparable.
—No sé realmente qué hacer. Eso que me pide es como que yo la vea… Como una hermana— digo asqueado.
¡¿Una hermana?! Todo menos eso.
—Mira. No puedo imponerte que pienses algo así, pero me gustaría que no te fueras a lo fácil… Ella parece ser diferente. Tal vez luego te arrepientas, Edward.
¿Arrepentirme de cogerme a la signorina Swan? ¡Lo dudo! Supongo que ésta es la famosa fase de la negación, así que no me queda más remedio que escuchar al doctor Mitchell, sin prometer que le haré caso.
-xx Julio xx-
Los meses han pasado de modo demandantemente lento. Ya han pasado dos desde que la conocí y desde la última vez que tuve sexo con alguna mujer. Es el mayor lapso de tiempo en que me he mantenido en el celibato. Mi vida parece un chiste, una especie de comedia que me muestra como el títere sin hilos que soy y que es perfectamente manejado por una mujer que ni siquiera lo sabe. Me he mantenido lejos, pero lo suficientemente cerca como para que note mi presencia. Isabella se ha desenvuelto perfectamente en la empresa.
No cabe duda de que es una mujer inteligente y capaz. No me ha defraudado y por supuesto, que ha superado las expectativas. Por supuesto, no tomé el consejo de mi psiquiatra. Verla de ese modo no es lo que puedo hacer, pero debo admitir que me he mantenido lo suficientemente distante — y prudente— de lo que debería. No dejo de sonreírle. Las sonrisas son buenas para persuadir, ¿no? Aunque mi mal humor sigue más hijo de puta que antes.
—Susana, ¿Cuántas veces te lo he dicho? Las audiencias no van en carpetas en mi escritorio, van en los archivos — comento con voz exasperada y contenida, apunto de volver a gritarle.
La mujer me mira nerviosa.
—Discúlpeme, señor.
—No se vuelva a repetir, ¡A trabajar!
—Sí, señor Cullen.
Hasta yo mismo lo noto, me comporto tan ridículamente. Debe ser la falta de sexo. Pero ninguna mujer me llama la atención más que ella. Trato de no darle tantas vueltas al asunto y me concentro en los papeles que tengo frente a mí. La puerta suena tímidamente y veo a mi padre asomar su cabeza.
—Edward.
—Pasa, papá.
Él lo hace y camina hacia la silla frente al escritorio tomando asiento.
—¿Estás ocupado?
—No mucho — respondo suspirando—, ¿Pasa algo?
—Bueno evidentemente, sí.
—¿Qué ocurre?
—Edward — dice viéndome con aire cuidadoso, tratando tal vez de buscar las palabras más adecuadas—, ¿Te olvidaste que fecha es hoy?
—No. Hoy es viernes, 26 de julio.
Suspira, tal vez exasperado al notar que quizás no he entendido lo que me trata de decir.
—Sí, hoy es el último viernes del mes. Hoy es la cena con el inversionista canadiense. ¿Lo olvidaste?
Lo olvidé por completo. Últimamente me olvido hasta de desayunar o comer por estar pensando en ese redondo culo y esas tetas.
—Lo siento— digo tirando mi bolígrafo sobre el escritorio—, lo olvidé.
—Eso me supuse, pero no te preocupes. Ya le pedí a una de las secretarias que reservara una mesa.
—Somos muchos accionistas, papá. ¿Cómo le hizo?
—No irán todos. En este caso solo irán, la señorita Swan y tú.
Interesante.
—¿Qué hay de los demás? — me atrevo a preguntar.
—Hijo, tú sabes que tenemos jerarquías. No todos vamos a un mismo lugar. La señorita Swan y tú, representan las cabecillas del lugar. Ustedes son unos ases en el campo, sabrán persuadir al señor Wheaton.
—De acuerdo, y ¿A qué hora es?
—A las 8, en el Babbo Ristorante.
Está en Greenwich Village, su cocina es de la zona de Liguria del norte de Italia. La presentación de los platillos es muy cuidadosa y los vinos son excelentes por su enorme enoteca, que es bastante buena. Desde Lombardia, Emilia Romagna, Piemonte, Calabria o la Toscana, así que me parece una excelente opción.
—Padre, alzando el prestigio nacional. ¿Eh? — sonrío.
—Soy un viejo melancólico, Edward. Extraño Italia a veces— dice con aire circunspecto y taciturno—, me gustaría que le enseñaras al señor Wheaton lo que es venir de ese maravilloso país, sobre todo a la señorita Swan.
A ella me encantaría mostrarle lo que es un verdadero semental italiano. Pero luego veo a mi padre y lo que menos quiero es que se sienta mal recordando.
—No te preocupes, todo saldrá a la perfección.
x-x
Para las 3 de la tarde, la mayoría ya saldrá a comer. Esta es mi oportunidad para estar un tiempo a solas con ella. Cruzo la puerta de mi oficina y camino hacia el lobby, ni Sara ni Susana están ahí pero percibo un poco de movimiento tras la puerta contigua a la mía.
Sonrío con malicia.
—De acuerdo, también yo— murmura—, adiós.
¿Con quién está hablando? No puedo detenerme tanto, así que toco la puerta lentamente.
—Pase— dice su dulce voz cantarina y yo obedezco al instante.
Ella está parada tras el escritorio, colocándose lentamente el saco y abrochándolo por enfrente. Este día luce preciosa con medio cabello recogido y ese vestido color beige ajustado por la cintura. Vamos, nena. Déjame ver tus zapatos. Isabella obedece a mi silenciosa orden y avanza fuera del escritorio para mostrarme sus Gucci color azul.
Puta. Madre.
—Señor Cullen, ¿Qué se le ofrece? — pregunta sonriente devolviéndose solamente para tomar su bolso del perchero.
—Nada en especial— jugueteo en cada paso y sonrío acercándome al escritorio—, solo quería anunciarle algo.
Sobre él, solo está la Mac y un pequeño bulto de carpetas que parecen perfectamente apiladas por ella misma. Tengo la ligera impresión de que su trabajo ya está hecho. Me pregunto mentalmente si de verdad necesita una secretaria.
—Dígame.
—Ésta noche tenemos una cena con el inversionista canadiense Patrick Wheaton.
—¿Tenemos? — inquiere sorprendida.
—Así es. Usted y yo— digo entusiasmado pero no siendo tan evidente.
—Vaya— comenta sonriente—, ¿A qué hora?
—A las 8 en punto en Babbo Ristorante e Enoteca, me parece que una de las secretarias ya hizo la reservación.
—Es una cena formal, ¿Cierto?
—En efecto.
Quiero acercarme a ella, pasar mis manos por sus caderas y morderle esa boca. Invitarla a comer tal vez sería buena idea.
—Oye, Bella— chilla alguien en la puerta—, ¿Nos vamos?
Ambos nos giramos. Es Rosalie Hale, la inoportuna señorita rubia. Me alejo instintivamente y suspiro. No, no es bueno tenerla aquí.
—Sí claro, Rose— responde la aludida y entonces me mira a los ojos—. ¿Le apetecería comer con nosotras, señor Cullen? — me invita con amabilidad.
Me encantaría, pero no con ella de testigo.
—Me temo que tendré que declinar su invitación, señorita Swan— digo agachando la cabeza y sonriendo—. Que tenga buen provecho y nos vemos a las 8— me giro a la salida. Rosalie está sorprendida de verme ahí—. Señorita Hale.
—Señor Cullen— responde y yo me retiro caminando a la oficina.
No tengo más remedio que esperar en deleitarme con la presencia en una cena con la señorita Swan, aunque no vaya a estar con ella completamente a solas.
xx-xx
Para las 7:30 de la tarde, yo ya estoy listo para salir hacia el restaurante. Le había pedido a Isabella que me confirmara si quería que pasara por ella, pero ésta se negó. Al parecer quiere mantener el misterio, eso me agrada.
Decido usar un traje color negro, camisa azul y corbata negra. Uso mi Ferrari color rojo para transportarme. Un poco extravagante pero ya que andamos tan italianos, la ocasión lo amerita.
Cuando llego, la mesa está lista. Mesa para tres a nombre del señor Edward Cullen. El Maitré, me conduce hasta ahí y yo espero. He llegado un poco más temprano de lo anticipado, pero como buen caballero, el señor Wheaton no se hace esperar demasiado.
Él es un hombre castaño, es un poco más bajo que yo pero no demasiado. Tiene los ojos color café avellana, parece una mezcla de español y canadiense. Y un humor sorprendente que no lo abandona.
Escucho a una que otra mujer murmurar hacia nuestra mesa. Creo que ante nuestra reunión, les sorprende que dos hombres atractivos para los ojos de las damas, estemos solos. ¿Por qué no ha llegado la señorita Swan?
—Dígame, señor Cullen. ¿Cómo va la bolsa de valores?
¿En serio?
—Se ha mantenido a nuestro favor, afortunadamente.
—Mi familia está feliz de que podamos hacer negocios con usted. Las telecomunicaciones son un campo muy grande de ganancias.
—Estoy de acuerdo con eso— respondo un poco aburrido.
—La verdad es que muy poco tengo la oportunidad de… — y de repente, me sorprende que se haya callado—. Dios santo… ¿Quién es esa preciosa mujer?
Yo levanto la vista, curioso de saber a lo que se refiere. Una dama portando un vestido negro se acerca hasta nosotros. Tiene ambas mangas delicadamente colocadas por debajo de los hombros en un fino encaje. El vestido se ajusta perfectamente a su cuerpo de manera favorecedora y yo me paro rápidamente de mi asiento.
Es Isabella y viste provocadoramente pero no de una manera descarada. Me hace sentir enfermo la manera en que Patrick Wheaton se la come con la mirada y acto de reflejo imita mi acción. Ella sonríe al verme y suspira con ambas manos frente a sí.
—Señor Cullen.
—Permítame, señorita— comento de manera cortés—. Él es el señor Wheaton, uno de nuestros más importantes y futuros inversionistas. Señor, ella es la señorita Swan. Nuestra segunda al mando en acciones.
El hombre frente a mí, sonríe ampliamente y la toma de la mano dándole un beso. Yo intento no gruñir en el acto.
—Patrick Wheaton para usted.
—Isabella. Encantada, Patrick.
Yo me siento a la defensiva y al intentar ayudar a Bella con la silla, mi acompañante me gana en el acto y yo lo miro con fiereza.
—Permítame— susurra.
Me acomodo en mi asiento de manera mecánica y suspiro. Un camarero se nos acerca dándonos los menús y comienzo a leer la lista de los platillos. La verdad es que nada me apetece, pero como es una cena de negocios, no puedo permitirme estar en ayunas. Me decido por Gnocchi y Fettucini con crema de pollo y champiñones. Todos en la mesa se unen a la ovación de que decida el vino, así que opto por un Brunello di Montalcino cosecha del 2007. De música de fondo puedo escuchar algún preludio de Bach pero no identifico exactamente cuál es, porque toda mi concentración está en Isabella y el sorprendente sonriente Patrick Wheaton.
—Dígame, señorita Swan ¿Desde cuándo ejerce en la empresa?
Me quedo atónito de la manera descarada en que me ha sacado del tema de conversación. Se suponía que la razón por la que nos reuniríamos era para ver las posibilidades de que él invirtiera en la empresa, pero parece más cautivado por la Belle mujer que tiene enfrente. Me hace sentir comprensión del pobre ingannare hijo de puta. Se cree todo un Don juan, pero sorprendentemente me veo sopesando la posibilidad de que sea del gusto físico de la signorina Swan. No me gusta en lo absoluto. ¿Qué tal si es así? Después de tanto tiempo, ella no ha mostrado un total interés en mí, ¿Qué pasa si a ella le gusta él?
—No tengo demasiado trabajando ahí, apenas un par de meses— dice mirándome con ¿temor? Tengo la impresión de que cree que me molestaré por algo, o ¿es que acaso que es tan persuasiva que se ha dado cuenta de que algo evidentemente me tiene tan al borde del homicidio?
¡Por favor, nena! Jamás me decepcionas.
—Bueno, no sabía que contrataran a mujeres tan hermosas como usted, Isabella. Déjeme decirle que es usted una joya exquisita como la que trae ésta noche— y entonces a modo de seducción, Patrick acaricia la prenda que Isabella trae en el cuello—. ¿Usted ha viajado a Francia?
—¿Por qué la pregunta?
—Esta piedra creí haberla visto ahí. Si mal no recuerdo se llama La peregrina.
¿Ahora éste imbécil sabe de joyas? Bella parpadea curiosa. Yo bebo de mi copa de vino en completo silencio, limitándome a observar y mirándolo de manera contundentemente seria. Él no se inmuta en lo absoluto, sus ojos están en el escote de la signorina Swan y el área de la piel que tiene desnuda.
—Mi padre me lo regaló de una subasta de Elizabeth Taylor, la actriz. Pero en realidad fue en Nueva York en donde la adquirió.
—La llegué a ver en un catálogo, pero no lo vi actualizado. Pensé que había viajado a Francia— dice acariciando sutilmente la piel de su cuello de manera provocadora simulando admirar el famoso collar. Mis ojos viajan hasta la punta de sus dedos, donde imagino romperlos uno a uno con la fuerza de mis propias manos.
¡No la toques, no la toques!
—Me parece que es mejor pasar a los asuntos de la empresa— murmuro y todos me miran.
Patrick se despega — inteligentemente— de la piel de ella.
—Vamos, Cullen. ¿Hace cuánto que no te tomas el tiempo suficiente como para disfrutar la compañía de una hermosa dama? — y le guiñe un ojo.
Sorprendido, me doy cuenta de que el rol ha cambiado. Éste imbécil me ha dejado fuera de la jugada. A decir verdad, él cree que le estorbo y si pudiese, ya hubiese seducida a Bella hasta llevarla a la cama.
El camarero llega, sirviendo nuestros platillos e interrumpe la monumental zurrada que estaba a punto de darle al imbécil que tengo frente a mí.
—Grazie.
Todos comienzan a degustar la comida que les han traído y sin más remedio, comienzo a comer. La verdad es que todo sabe exquisito y estoy sorprendido. Trato de no concentrarme mucho en mis alimentos, porque tengo el presentimiento de que el señor Wheaton tratará de seducir a Isabella hasta con los cubiertos. ¿Acaso estoy paranoico? Ella apenas y besa la cuchara en cuanto degusta su sopa y yo me pierdo en ese gesto por momentos. ¿Qué podrán hacer esos labios alrededor de mi polla?
—Isabella, ¿No le parece exquisito el vino? — Interrumpe Patrick mi concentración—. El sabor es divino.
Ella parpadea de modo que su espalda se pone erecta, parece estar a la defensiva. Me mira fugazmente. ¿Acaso está incómoda? Parece que no le gusta ser el centro de atención de todo. Tomo mi copa y bebo el resto del vino de un solo trago. Me hace sentir incómodo también. El estúpido que tengo enfrente de mí, ríe de manera burlesca tratando de ser seductor. ¿Acaso no nota que a ella no le interesa?
—El señor Cullen es un catador excelente, ¿No le parece, Patrick?
El aludido me mira y se torna serio y yo alzo una ceja en forma de victoria. ¿Se te olvidó que estaba también aquí, hijo de puta? El mesero sirve otra ronda de copas y yo brindo en su dirección.
—El secreto está en escoger correctamente el año— murmuro—, además de la experiencia— y no puedo evitar mirar a Bella. Ella se sonroja y eso me fascina.
El mismo mesero se acerca y nos trae el menú de los postres. Miro de reojo a la signorina Swan y sé perfectamente qué es lo que quiero.
—¿Le apetece ver nuestro menú de tartaletas?
—Estoy bien con esto— respondo.
—¿Señorita?
Patrick carraspea y suspira.
—A mí me trae por favor un nieve de hierbabuena— sonríe con suficiencia—, para limpiar el paladar.
Yo niego, ¿Por qué se cree y hace el puto interesante?
—Yo deseo una rebanada de pastel de chocolate.
Me quedo sorprendido. Se alimenta sin restringirse nada y sin embargo tiene una figura de muerte. Me siento extrañamente cautivado.
—Lo mismo para mí— respondo y asombrada ante mi orden, me mira y le guiño un ojo.
Wheaton es testigo de mi acto y carraspea.
—Dígame, Isabella… ¿Cuáles son sus planes a futuro?
Ella suspira y es completamente evidente que está muy incómoda. No hemos tocado el tema de la empresa en toda la velada y es por eso que hasta yo mismo siento que es una completa pérdida de tiempo el hecho de estar ocupando ésta mesa en Babbo.
—No tengo ninguno hasta la fecha— y se para decidida. Yo la imito, como parte protocolaria en educación.
—¿Todo está bien? — inquiero con cierto tono de preocupación.
—Gracias, señor Cullen. Iré al tocador.
Yo asiento solamente y veo a Wheaton juguetear con la servilleta cerca de la mesa. Como veo las cosas, ésta es la única oportunidad que tengo para hablar del dichoso negocio.
—Dígame señor Wheaton, ¿Su empresa en qué está interesada exactamente…?
—¿Sabes si Isabella tiene novio?
Abro los ojos sorprendido por su pregunta.
—No lo sé— respondo con honestidad y un poco sacado de mis casillas. ¿Y a él qué putas le importa? Pero sin proponérmelo, me veo sopesando la pregunta detenidamente. ¿Tiene Isabella novio?
—Me gusta, me gusta mucho. Es la mujer más preciosa que he visto en toda mi vida. ¡Te lo juro! — Dice con total honestidad y eso me hace arañar el mantel de modo silencioso—. Quiero llevármela a la cama— comenta golpeando mi brazo a modo de camaradería y esa sola frase es la puta gota que derrama el vaso.
¡Qué se cree éste pendejo!
—Pero qué…
Entonces mi tormenta de insultos es detenida por la hermosa Bella. Es un freno que ni yo mismo me esperaba. Me levanto y le sonrío, ésta vez ganándole a Wheaton con la silla de ella. Parezco un idiota bipolar, me enojo, estoy ansioso y luego excitado y después estoy furioso otra vez.
—¿Y cómo va todo? — inquiere de manera inocente, acomodándose.
—Excelentemente, ahora que nos acompañas— sonríe Patrick y yo gruño, entonces, un móvil comienza a vibrar. Él se levanta mirando la pantalla —. Disculpen, debo tomar ésta llamada. Isabella.
—Adelante— contesta y yo no puedo evitar entornar los ojos en blanco. La verdad es que parezco un niño.
Ella sonríe tímidamente y luego su concentración se posa en una copa. Ésta es la primera vez en meses que estamos solos. Me quedo embelesado mirando su rostro. No puedo negarlo, de cerca es mucho más atractiva.
—¿Qué tal los negocios con el señor Wheaton? — Inquiere rompiendo el hilo de mis pensamientos—. Tal parece que no quiere tomarse en serio nada.
Yo estoy sorprendido. ¡Ella no está contenta con su actitud! Y eso me hace sentir completamente satisfecho.
—¿También usted lo notó?
—Notarlo es poco— responde riendo y eso me hace sonreír también—, la verdad es que siento que es una pérdida de tiempo el hecho de estar ocupando ésta mesa si no es para lo que venimos a reservarla, ¿No cree?
Es la frase más larga que me ha dicho desde que nos conocimos y la verdad es exactamente lo mismo que yo pensaba.
—Entonces, está usted de acuerdo que esto no nos llevará a nada quedarnos aquí el resto de la noche.
—Absolutamente.
—¿Le gustaría retirarse?
Ella asiente y a la par, Patrick viene hasta nosotros sorprendido de vernos partir. Hago una seña al mesero que cancele los postres. Éste entiende y se retira.
—¿A dónde van? No hemos hablado de nada.
—Yo me tengo que retirar— responde ella enfrentándosele y eso me sorprende—, la verdad es que creo que usted podrá arreglar cualquier parecer con el señor Cullen— le da la mano de manera formal—, un gusto Patrick. Señor Cullen, ¿Nos vemos mañana?
—Por supuesto, señorita Swan— respondo, ya que sé que se retirará sola como llegó. Asiente solamente y me sonríe solo a mí. Comienza a caminar hasta salida y su preciosa figura se pierde entre la demás gente que entra al lugar.
Wheaton está perplejo.
—¿Pero…? Teníamos que hablar.
—Tuvimos toda la noche para hacerlo y solo lo dedicaste a intentar seducir a Isabella. ¿Crees que no lo noté?
—Bueno… Yo…
—Enterpresis no desea crear lazos de ningún tipo con la compañía Wheaton. La realidad es que como inversionista, no queremos a gente poco comprometida que quiere tirarse a las accionistas de la empresa— escupo con total seriedad y de modo casi asesino—. Así que cualquier negocio que desee hacer, no estamos interesados.
—¡¿QUÉ?! Debe estar jugando… ¡No puede hacerme esto!
—Soy el dueño mayoritario de la empresa a la que pediste ser socio, te estoy rechazando— apunto con violencia apacible —y una cosa más te digo. Mantente alejado de Isabella Swan si no quieres que las cosas entre tú y yo se compliquen— escupí sin la menos pizca de informalidad.
—Esa es la cuestión— dice sardónico haciéndose el inteligente—. Tú te la estás tirando a ella. Mira que buen culo te estás reventando Cullen— ríe y yo me siento enfurecido. Increíblemente furioso por sus palabras.
Sonrío satisfecho, guardándome toda la rabia que me consume.
—Hasta luego, señor Wheaton— me paro de la mesa—. Espero que disfrute la cena— y me retiro del lugar.
x-x
Soy un hombre violento por naturaleza, así que si me hacen enojar deben tener mucha suerte para salir ilesos de la situación. Sentado en mi Ferrari, tamborileo los dedos sobre el volante y espero. Me he soltado la corbata y me he quitado el saco. Lo veo salir del restaurante hacia el estacionamiento. Me salgo silenciosamente de mi auto y camino hasta donde tiene aparcado su carro.
—Wheaton.
Él se gira, sorprendido de verme.
—Cullen— ríe—, pensé que te estabas tirando ese adorable culito. Todavía no me rindo, Isabella tiene que calentar mi cama al menos una noche, o dos. ¿Cuándo me la prestas?
Si antes estaba encabronado, ahora estoy en un estado neto animal.
—¡¿Qué putas dices figglio di puttana?! ¡EH! — Le digo tomándolo con fuerza de la camisa. Me mira asustado y comienza a hiperventilar—. Isabella nunca va a ser tuya. ¡NUNCA! Y pobre de ti si me entero de que la estás buscando porque no vacilaré en hundir tu estúpida empresa de mierda, hijo de perra. Ella no va a hacerte caso, ¡Jamás! ¿Entiendes? Y esto es por insultarla, puto cabrón— y le doy un certero golpe en la boca del estómago.
Patrick se retuerce en el piso y comienza a jadear. Se levanta decidido después de unos minutos y acto seguido, comienza atacarme. Apenas alcanza a golpear una esquina de mi ceja, rompiéndola ligeramente, logrando hacerme sangrar.
Está ido, así que logró sacarle ventaja. Soy más grande y más fuerte. Basta un solo puñetazo para mandarlo al suelo y sonrío satisfecho.
—Te lo dije— digo limpiándome la sangre de la comisura de la boca—, no te acerques a Isabella. Ella es mía, mía nada más y no voy a dejar que ningún hijo de puta se le acerque. Tendrás que pasar por mi cadáver antes de que tú u otro más le ponga sus putas manos encima, Wheaton. ¡Ella es mía!
Y al par de mis palabras, me largo en mi auto aun con la furia en todo mi cuerpo.
