ROMANCE DE LA LUNA, LUNA
4
Lunáticos
Después de su lucha contra la muerte, Stormnight pareció rodearse de un aura magnificente. El Capitán Fallen Arrow lo incluía en las reuniones de la Guardia y se decía que lo veía como a un hijo suyo. Entre su propio pueblo lo llamaban a escondidas "Sak-Nar".
Sak-Nar, un Sagrado Guerrero Supremo. Según el folklor selenita sólo nacía uno por cada eclipse de luna. Tiene una connotación más alta que la que puede suponerse, ya que Sak significa "defensor" pero considerado como un defensor de las tradiciones y virtudes, reforzado por la partícula Nar que significa a la vez "guardián" y "eternidad".
Lo veían caminar por entre las cavernas que habitan con su inseparable alfanje y murmuraban: "Ahí va un digo guardián de la Diosa".
Se acerca la Gran Gala del Galope y Stormnight está hablando con Fallen Arrow.
—Después de esta fiesta me jubilaré —dice el unicornio—. Ya elegí a mi sucesor. Se llama Shining Armor, y aunque es como de tu edad, creo que ya quedó claro que la juventud no es una traba.
El unicornio ríe mientras contempla los jardines del Palacio. Hay una fuente de mármol representando un pez sorteando una ola; macizos con flores salpican el verdor del pasto que los jardineros mantienen pulcramente corto.
—Yo no podré venir a vigilar esa noche —dice Stormnight.
—¿Por qué? ¡Es la Gran Gala del Galope! ¡La mayor festividad de Equestria después de la Víspera del Calor de Hogar y el Día de los Corazones Cálidos!
—Tal vez sea una gran fiesta para tu pueblo. Pero en esa misma fecha es el Gran Festival de la Noche. Celebramos la bondad de nuestra Diosa y otras cosas. Cada año hay algo nuevo que celebrar en el Gran Festival de la Noche.
—Me encantaría ver una fiesta selenita —el rostro de Fallen Arrow se ilumina por una idea que él juzga grandiosa—. Oye, ¿Por qué no invitas a la Princesa Luna a esa celebración?
Stormnight sonríe. Es una sonrisa que no deja de ser amenazante.
—¡Buena idea! ¡Así en persona podrá aceptar nuestras ofrendas y sacrificios!
—¡Stormnight, no! —grita el Capitán—. Es decir, sé que así es tu cultura, pero a la Princesa le aterrará ver un cadáver.
El selenita piensa un momento.
"Sí. La sangre es para guerreros. El dolor es para guerreros. La Diosa es demasiado superior para nuestros infantiles homenajes".
Luna quería ir a la Gran Gala del Galope. No participaba en una durante mil años, y además va a asistir la estudiante de su hermana, Twilight Sparkle, con sus amigas.
"Sin duda será la mejor noche de todas".
Pero le atrae más la fiesta de los selenitas. Con el beneplácito de su hermana, ahora viaja con Stormnight hacia el otro lado de la montaña, "el lado oscuro de Canterlot" como oyó una vez que lo llamaban.
Ahí, como un panal de avispas, se abren cientos de cavernas regadas por arroyos subterráneos que se abren adentro y caen por la pendiente. Ahí viven, acero y noche.
Es raro ver a Stormnight sin su armadura. Con el alfanje cruzado, una ushanka sucia, vieja y remedada en vez de casco y una manta con olor a sudor y grasa en vez de armadura. Se ve distinto pero no deja de verse hermoso como un lobo gélido frente a una cordillera nevada, azotado por el poderoso viento del norte y sobre una extensión de pasto. Hermoso como sólo él sabe ser hermoso.
"¿Por qué pensé eso?" —piensa Luna sonrojándose.
Stormnight quiere hablar, pero el nerviosismo no le deja pronunciar palabra.
—Espero que le guste, Diosa —murmura cuando llegan.
En la noche más noche y en el monte más monte, se encienden los inmemoriales fuegos selenitas. Pasean los guerreros con los cascos teñidos con sangre. Un joven le mastica un trozo de pollo crudo a un anciano.
"¿Qué es esto?"
—¡Johtuk Lanu'Mitakna! —grita una potranca sucia y con la cara llena de líquido rojo.
"¿Es pintura?"
—¿Ustedes son... carnívoros? —pregunta con una rara mezcla de fascinación y miedo al ver las aves dando vuelta en los asadores.
—Comemos lo que sea que usted disponga, Diosa —es la respuesta de Stormnight.
"¿Cómo no me di cuenta antes?"
Los selenitas dejan de atender sus hogueras y hornos y van hacia ella. Todos mugrientos, sarnosos y colorados. Luna los ve y piensa: "Este es mi pueblo".
Por suerte, gracias a las palabras de Fallen Arrow, esa vez el Festival iba a alimentarse con la carne de las palomas que los selenitas se dieron el trabajo de recolectar, rápidos como halcones. Así, Luna sólo ve las aves asándose y almacenándose en canastos.
En otras noches los selenitas habrían arrastrado un venado, lo habrían desangrado y bebido su sangre.
"Una fiesta selenita".
Y no todo es carne. En hornos de barro, están haciendo tortillas. En cuencos redondos y profundos se amontonan castañas y las vasijas están rebosantes de miel.
"El Gran Festival de la Noche".
En nada se parece a la Gran Gala del Galope. Por lo que pudo ver mientras hacían los preparativos, no habría jarras hechas a casco con miel recién recolectada; jamás los invitados aceptarían comer las castañas recogidas del suelo, a juzgar por los finos bocadillos que los cocineros reales disponían con tanto apuro. Y por supuesto que la carne está prohibida.
No; los canterlotianos, los nuevos nobles, nunca bailarían sobre la tierra, oscura como los cuerpos que sobre ella danzan. Nunca aceptarían masticar la comida para dársela a sus desdentados abuelos. Nunca permitirían a sus potros beber aquel licor hecho de raíces que los selenitas llamaban rumia y que tiene tan baja graduación alcohólica que se necesitan mil cuencos para emborracharse.
"Mi pueblo".
El selenita sonríe al ver su Diosa sonreír. "Nuestras alabanzas la han hecho feliz".
Se siente honrado al estar a su lado. "Yo era un niño pequeño y débil. Mis hermanos eran mejores que yo, pero ahora estoy solo. Ocho hijos tuvo mi padre y sólo quedo yo".
El recordar eso llena su corazón de tristeza. Ocho hermanos eran y él el menor; pero la enfermedad, la guerra y el hambre los fue matando hasta llegar solo a tres: Darken Darkling, Raventree Night y él. Sus dos hermanos mayores eran muchas cosas: Darken era taimado y cruel; un poderoso arquero, lancero y esgrimidor de mazo, que se burlaba de él, lo golpeaba y le hacía daño de varias maneras. "Pero no podía merecer otra cosa. No tenía el valor para hacerle frente". En cambio, Raventree Night era alegre y despreocupado; jugaba, cantaba, hacía malabares, bailaba mejor que nadie y era capaz de arrancar varias manzanas de un árbol con solo arrojar un cuchillo. "Siempre tendré un buen recuerdo de ti, hermano". Entonces venía él, Stormnight el tartamudo, Stormnight el que le temía a la oscuridad, Stormnight que se orinaba encima cuando llegaban los limeks...
"Era la vergüenza de mi familia. En ese entonces no merecía ni el desprecio de mi padre. Tampoco merecía la muerte, pues la Diosa necesitaba a buenos selenitas junto a ella y no a un llorón, por eso se llevó a toda mi familia".
Darken perdió el derecho a llamarse selenita cuando perdió la virginidad sin estar casado; según la rígida ley de la luna tanto el macho como la hembra debían estar vírgenes antes de casarse, el no cumplir eso se paga con el destierro. Además cambiaba artesanías selenita por oro de los contrabandistas. Con el destierro perdía todo: el alma, su nombre, su alfanje, y hasta su familia debía considerarlo muerto con el máximo deshonor; pero Stormnight quiso darle un final digno y a los pies de la montaña luchó contra él y le arrancó un ojo de una cuchillada; ahí también se ganó su cicatriz. Dejó a su hermano desangrándose en la roca, y Stormnight, en vez de decir "yo nunca tuve tal hermano" pudo tranquilamente decir "un desconocido cayó con el arma teñida con sangre".
Eso para una raza como la selenita significa mucho. "De seguro él murió a los pies de la montaña. Nadie sobrevive sin apoyo del clan".
Su hermano Raventree Night tuvo un final más glorioso. Partió un día a combatir a los contrabandistas que deambulaban en el corazón de la montaña, pero se despeñó de un cerro y oyó la voz de la Diosa.
"¿Cómo era Su voz, hermano? ¿Fue dulce? ¿Tuviste miedo? ¿Te reconfortó? Cuando caíste: ¿Tenías el arma teñida con sangre?"
—Tome, Diosa —susurra—. Para calmar su sed.
Ella lo prueba. Tiene sabor a nueces y deja su boca extrañamente insensible. Lo contempla a la luz de las antorchas. Es un líquido de color marrón claro, con restos vegetales flotando y dando vueltas en su interior.
"Es raro. Hace mil años probé algo parecido".
—¿Le... gusta, Diosa? —pregunta Stormnight, asustado. Ella sonríe.
"Todos se esfuerzan para que me divierta".
—Sí, me gustó —dice con un tono de voz calmado, para tranquilizarlo—. Me estoy divirtiendo mucho, Stormnight.
El selenita sonríe. Y su sonrisa es como una cimitarra.
Toda la noche oscura parece envolverlos, y las imágenes de la fiesta parecen páginas de un libro en la memoria. Parejas danzando. Fuegos que cantan. La comida siendo devorada con ganas. Los niños corriendo y jugando. La luna brillando como el ojo de una amada y las estrellas como una enormidad de mosquitos de plata.
Y Luna de buena gana se quedaría con ellos. Recuerda el mundo de hace mil años. Por ese entonces Canterlot era pequeño y poseía casas de madera en vez de concreto; las murallas no eran tan altas y la urbe más parecía un campamento de guerra donde deambulaban mercenarios, mercaderes y delincuentes. Por ese entonces se alzaban grandes templos y los sacerdotes de todos los Dioses levantaban liturgias y rituales al cielo. Por ese entonces habían cientos de naciones; pequeños pegasos grises de Iliria, blandiendo sus mazas y arcos y tan incansables como un toro; los pegasos de lo que después sería Cloudsdale, descendientes de los aún más antiguos Reyes de la Atmósfera; los pegasos del oeste, de Gallen, poderosos retoños de los feroces Reyes en el Bosque, quienes eran más dragones que poni.
"¿Qué habrá sido de todos ellos? Mil años bastan para hacer que un pueblo olvide que es un pueblo".
Y estaban los siniestros unicornios de Malaz, que hacían sacrificios de sangre; los unicornios de Kuniuri, gobernados por los sabios Reyes de la Magia; los ponis terrestres de Eämor, quienes tenían en sus venas sangre de los Primeros Ponis...
Inevitablemente recuerda esas eras al ver a Stormnight y su pueblo.
El capitán se acerca a un grupo de selenitas que están haciendo una fila. Los Cantores de la Luna siempre bendicen a todo aquel que lo desee con el aceite nocturno que portan en pellejos de marmota.
"Necesito su bendición".
Ellos oyen la voz de la Diosa. Pueden ver retazos del futuro, saben cómo combatir a los duendes que causan malestares y pueden pedirle a la Diosa un tiempo más de vida a quién padece. Ellos son los que honran los huesos de los ku'ugjan cuando mueren.
En la fila sólo quedan dos selenitas y le toca a él. El Cantor de la Luna que está bendiciendo es más alto que él, pero delgado; tiene una crin tan larga que le cubre las patas delanteras y le cae por la espalda hasta juntarse con la cola. En su rostro tiene enormes y profundas ojeras violáceas; su Cutie Mark es un círculo negro. Pareciera que nunca en su vida ha dormido o se ha cortado la crin. Además no pestañea y sus ojos despiertos contemplan cada acción que realiza.
—Yo te cubro con aceite nocturno —oye que dice mientras deja caer un reguero de líquido sobre la cabeza del selenita—, pero la Diosa Luna nos cubrió con sus lágrimas. Hónrala. Respétate. Respeta. No mientas. No robes. Aprende. Y sé útil. Porque de ella venimos y a ella regresamos. Porque ella es el acero y el agua, la vida y la muerte. Porque ella es nuestra madre y como una madre nos cuida.
"Nuestra madre. Nacidos de la luna".
—¡Lanu'Mitakna karka, Lanu'Mitakna frekka, Lanu'Mitakna jrakmaka! —dice con voz fuerte el Cantor.
—Lanu'Mitakna karka, Lanu'Mitakna frekka, Lanu'Mitakna jrakmaka —contesta. Cuando el selenita alza el vuelo, Stormnight se arroja al suelo y besa el suelo con frente.
—Bendíceme, por favor —dice con sumisión.
Puede sentir sobre su nuca la punzante mirada del Cantor.
—¿Es una broma o qué? —le dice—. Yo no tengo derecho a bendecirte a ti. Antes, tú me honrarías tiñendo tu alfanje con mi sangre.
"He visto morir a mis hermanos. Raventree Night, y Darken Darkling. Tengo mucha tristeza y es algo que un guerrero no puede sentir".
—Yo no soy nada; sólo un cabello de la crin de nuestra Diosa. Límpiame. Bendíceme, tú que oyes la voz de la Diosa.
—Una vez hubo un guerrero que tenía por hermano a un potro llamado Stormnight.
—Fue otro Stormnight —contesta sin levantarse.
—Y era otro Raventree.
El Cantor inclina el pellejo hacia abajo. El aceite frío, con un leve color grisáceo, le provoca un escalofrío. Pero no se mueve. Se empapa la manta y la crin, y entra por sus ojos.
—Yo te cubro con aceite nocturno —dice mientras el aceite entra por sus labios y empapa su nariz—, pero la Diosa Luna nos cubrió con sus lágrimas. Hónrala. Respétate. Respeta. No mientas. No robes. Aprende. Y sé útil. Porque de ella venimos y a ella regresamos. Porque ella es el acero y el agua, la vida y la muerte. Porque ella es nuestra madre y como una madre nos cuida.
"Como una madre nos cuida".
Stormnight se levanta. Sus ojos se clavan en los ojos del Cantor unos segundos.
—Lanu'Mitakna karka, Lanu'Mitakna frekka, Lanu'Mitakna jrakmaka —susurra el Cantor.
—Lanu'Mitakna karka, Lanu'Mitakna frekka, Lanu'Mitakna jrakmaka —contesta con firmeza.
Cuando se va, a cada paso se siente más grande. Se siente más ligero, como si su cuerpo fuera una nube. Está empapado con aceite nocturno, pues le derramó todo el pellejo encima. "El Cantor ha limpiado mis faltas" —piensa con satisfacción, pues no en vano aquel selenita de crin larga y ojeras es el más santo de todos los Cantores de la Luna.
El astro iba de regreso cuando sonó un cuerno.
Fue un sonido largo, agudo, como el llamado al amor de un pájaro. Luna estaba escuchando las historias de un anciano guerrero, uno de los llamados ku'ugjan, quien le relataba la Leyenda de la Sacerdotisa Atalaya y Krahut el Cacique, un viejo cuento de la época en que Canterlot aún ni siquiera existía. Dicho cuento es una triste historia de un amor imposible que se hizo posible a la fuerza.
Y entonces resonó el cuerno.
Todos los selenitas levantan una oreja, se alzan con los ojos centellantes y los hocicos manchados con grasa y ceniza. Caminan en una procesión destartalada de mantas de lana.
—¿Qué ocurre, Stormnight?
—Es hora del Ritual de Hielo y Noche, mi Diosa.
Se reúnen los sementales, exhibiendo sus trofeos: cicatrices y cráneos. Las calaveras que lucen no se parecen a ningún animal que conozca Luna. Son redondeadas y carentes de hocico, pero del tamaño aproximado de la de un poni. Stormnight le dijo que pertenecían a una raza conocida como "yokhamas".
—Seres alto y desteñidos, sin pelaje y se cubrían con pieles ajenas —le explicó un anciano—. Ellos la hirieron y nosotros los desangramos.
Al parecer había sido un evento multitudinario. Cada familia tenía sus cráneos, bañados en bronce. Y las tribus ahora los lucen con orgullo, adornando sus salones y sus estandartes. La tribu de los U'ugjol tiene cerca de cincuenta cráneos; los Tegjek'Vikmaka cuentan diez más; los Komor-ih poseen cien; pero los Farkhan, la tribu de Stormnight, reúne cerca de quinientos y los apila en grandes pirámides.
"Pobres criaturas. Me habría gustado conocer a los yokhama. Quizá mi hermana los haya visto".
Cada tribu grita en voz alta sus juramentos y códigos. Hollshiran, Vehr, Fosmaka, Koskan, U'ugjol, Vizfokun, Tegjek'Vikmaka, Dhagaz, Shiranshem, Komor-ih; pero ninguna grita tan fuerte como los Farkhan, quienes casi quiebran el cielo con sus voces de acero.
Y Luna sentía su corazón arder con furia. Se sentía inmensa, como si las voces fueran el océano y ella estuviera remontándolas en una balsa. Se sentía como si fuera la luna bajo la canción de las estrellas.
—¡Mire, Diosa, los Cantores de la Luna! —grita Stormnight— ¡Los profetas!
Los ancianos ku'ugjan caminaban envueltos en grandes mantas blancas. Detrás, los Cantores de la Luna; un andrajoso círculo de selenitas aún más sucios y desgarbados que el común forma un círculo, y cantan. Cada uno hace sonidos con su boca, y la comunión de todas sus voces forma una hermosa melodía, un coro como el vuelo de un halcón y tan triste que Luna siente ganas de llorar.
Los guerreros comienzan a golpear el suelo con sus lanzas. Stormnight. Darkeye. Los gemelos. Winter Wolf golpea con su gran mazo en forma de bate. Viewshade dispara una flecha a las brasas y saltan chispas como un millar de pequeñas luciérnagas. Sin darse cuenta, Luna acompaña el ritmo golpeando el suelo con un casco.
El aire poseía humo de plantas aromáticas, pero Luna no se da cuenta. Recuerda cuando era una potrilla y por aquel entonces el trigo se regaba con sangre. Recuerda el olor de los sacrificios en los templos de piedra y roble. Recuerda el perfume del pan, la gloria de las armas reposando en paz junto al fuego. Y multitud de idiomas formaban una trenza interminablemente hermosa en el trazado de las calles, forjando amistades de acero y emprendiendo el vuelo violeta de los sueños a otras tierras. Era la noche de las canciones, las noches tibias y danzantes junto a la seguridad de la hoguera, y de las cabañas sombrías un ruido crujiente de pieles volvía hacia el cielo su rostro.
"El tiempo en tan cruel. El mundo que conocí ya no existe. Stormnight tiene razón cuando dice que ahora los ponis son débiles. Si hubiera conocido el Canterlot de hace mil años habría sido feliz con los otros ponis. Es tan triste el paso del tiempo, pero afortunadamente mis amigos lo resistieron".
Piensa Luna sin darse cuenta. Sus ojos recorren la caverna, pero todo se ve borroso, como visto bajo el agua. Selenitas golpeando sus armas, los Cantores de la Luna regurgitando su melodía, los ancianos con mantas blancas en silencio.
"Esa roca... ¿Es idea mía o tiene forma de cabeza de dragón?"
Efectivamente, los ancianos están ante una roca tallada representando la cabeza de un dragón.
De la nada, quebrando el ruidoso silencio, los ancianos gritan. El canto cesa. Los guerreros se detienen. Es tan abrupto que Luna se asusta.
—¡Jrakmaka! —gritan los ancianos— ¡Lanu'berek kumma!
—¡Jrakmaka! —gritan los Cantores— ¡Lanu'Mitakna karka, Lanu'Mitakna frekka, Lanu'Mitakna jrakmaka!
—¡Jrakmaka! —gritan los selenitas— ¡Lanu'Mitakna jrakmaka-shu ihanshiran!
Luna asombrada ve que el dragón de piedra ha abierto la boca, y sobre su lengua de piedra hay una joya. Los selenitas gritan y celebran. Un limek aúlla a lo lejos.
Entonces Luna se da cuenta que la ovacionan a ella.
Stormnight contempla el rostro de su Diosa y no puede evitar sonreír. Tiene un rostro de no creerse nada de lo que ocurre. Y luego, lentamente, ella sonríe.
En la boca del dragón de piedra brilla una joya. Un collar de escamas de plata, con un conjunto de doce óvalos de turmalina y piedra luna y al centro una gran joya del tamaño de un puño. El primero de la izquierda estaba oscuro y el primero de la derecha es blanco. Y así hasta llegar al centro las dos gemas blanca y negra se van mezclando mostrando las fases de luna.
"El Portavoz de las Estrellas".
De hecho, el collar solo es un adorno. Lo verdaderamente sagrado es la joya del centro. La leyenda cuenta que cayó del cielo durante una noche sin luna. Los entendidos se dieron cuenta que era una lágrima de la luna.
La Diosa Princesa Luna está riendo, mientras los selenitas la aclaman. Un anciano le hace a él un gesto, y él trata de negarse. "No, yo no soy digno".
Pero otro anciano lo secunda, y otro, y un Cantor de la Luna. Stormnight, asombrado, da un paso al frente.
"Sólo porque sobreviví a la muerte dos veces, todos creen que soy digno de entregarle el Portavoz de las Estrellas a la Diosa".
El guerrero toma la joya.
Luna ve acercarse a Stormnight con un ornamentado collar. "Vaya, ¡Es muy bonito!"
Piensa sonriendo. El guerrero carraspea un poco y se hace el silencio.
—Diosa Luna —Stormnight puede ser un gran guerrero y es capaz de encender el ánimo de los selenitas con arengas de guerra; pero para hablar en ocasiones solemnes es superado en número—. Este es el Night Star, el Portavoz de las Estrellas —dice señalando la gema negra. Cayó del cielo una noche sin luna, y nos dimos cuenta que era una lágrima suya. Los enanos lo pusieron dentro de este collar como regalo al pueblo selenita, hace cinco mil años.
Ella sonríe. Nota que el guerrero se pone rojo, y por alguna razón eso la hace sonreír aún más.
—Es una buena historia, Stormnight —dice mirándolo a los ojos. Él esquiva avergonzado su mirada—. Y es una hermosa joya.
El guerrero avanza hacia ella. Es grande y ella tiene que mirarlo hacia arriba, pues ella aún es aquella pequeña y triste alicornio que surgió de los restos de la armadura de Nightmare Moon.
"Y ellos creen que soy una Diosa".
Pero ella ya sabe de lo que son capaces de hacer sus amigos selenitas por ella. Cualquier cosa que no estuviera en contra de sus leyes y tradiciones.
Stormnight da un paso hacia ella. Por alguna razón ahora la que se ruboriza un poco es ella, quizá por efecto de la rumia que bebió o tal vez por la mirada del guerrero, esa mirada del perro regresando a su dueño.
"Eres mi amigo, Stormnight".
—Diosa... —"No me gusta que me llames así"—, todos los Grandes Festivales de la Noche acaban con el Ritual de Hielo y Noche, donde le entregamos este collar. Normalmente lo hacemos de manera simbólica, pero hoy está con nosotros, ha compartido nuestra humilde comida, nos ha escuchado... Se lo queremos entregar de una vez.
Por alguna razón, aquel parco y pobre discurso llena su corazón de alegría. "¿Qué hice para ganarme la adoración de los selenitas? Hace mil años no recuerdo haberlos conocido..."
Stormnight se acerca a ella a paso casi torpe. Sin saber muy bien qué hacer, Luna agacha la cabeza.
Stormnight, como si tocara una estatua de cristal, con todo el cuidado el mundo pone el collar en su cuello.
Se hace la luz.
Apenas la joya toca la piel de Luna, pasa algo. Los selenitas retroceden, asustados. Murmurando bendiciones y palabras sagradas para protegerse. Retroceden asustados y sienten como si en el lugar fuera un amanecer de luz, como un sol naciendo ahí mismo. Recuerdan una leyenda, una que contaba cuando un monstruo solar hirió gravemente a la Madre Luna y esta voló al cielo. "¡Es un monstruo del Sol que lucha contra la Madre Diosa!" —piensan asustados, y tienen ganas de ir a ayudarla pero se detienen. ¿Qué puede hacer un mortal durante peleas de seres celestiales? Hechos un ovillo se arrojan al suelo como lobos apaleados, mientras rezan en su idioma sanguinoso; pero hay uno que no está en el suelo. Hay uno, un selenita, un guerrero, uno solo que está de pie y quieto como una estatua de piedra. Uno solo que espera frente al resplandor: y ven que su sombra se alarga y se vuelve una sombra de un Dragón.
Su nombre es Stormnight.
Es el rubor de la alborada.
Como una medianoche sangrienta, se llena de luz la noche. Estrellas de cauce profundo, manada de élitros negros, parpadeando claros. Frío y agua goteando. Desde el irisado corazón del invierno sube algo como una canción oscura.
Luna grita de asombro. Siente una misteriosa energía correr por todo su cuerpo, un vigor que nunca en su vida sintió, sintió. Gotas de leche, aire con aroma a hierba, cabezas de pescado, hojas de hierba. Molinos rotos, pasta de panqueques, murciélagos de amatista.
Trata de dar un paso, estrellas de azúcar y agua. Se detiene, motas de harina. No entiende nada cuando como la masa del pan su propio poder se enciende.
Paradójicamente, sentir tanta energía en su interior la hace sentirse débil. Como se sienten las arenas de la playa tras cada embate del océano. Ella es arena siendo empapada por un poder mucho más antiguo. Siente miedo, y no es para menos.
Espíritu sideral, árboles de miel. Castillo nocturno, nieve ciega. Alcaloide estrellado, pastel de noche. Colmillos, colmillos color sangre. Campana de marfil, marfil, lobos de cristal negro, sombra clara. Agua de algodón, torre de noche. Empanada al cielo, pan de noche. Cintura de la estrechas, piel de noche. Discusión oscura, oscuridad de noche. Cantar, cantar, cantar de noche. Arquitectura de ángeles caídos. Noche de negra cabellera, piel de nieve. Tronco por los soles torturado. Patria nevada, cinturón iluminado. Noche de un millar de manos, volcán, volcán.
Tiene miedo, no entiende nada, sólo se da cuenta que su cuerpo emana un gran poder en forma de luz blanca. Pero puede ver, a través de capítulos de energía, el rostro de Stormnight.
"Stormnight".
Azor astral, corazón estrellado, lámpara torrencial de nubes. Serpiente sideral, cuadrigas de la luna. Geometría helada, canción de hielo, hielo. Jardines de la luna, sol nocturno. Vendaval quieto en la deriva. Inmensa página de tristeza. Cuerdas del cielo, serpientes de la bruma. Luna malherida, trueno frío. Volcán de noches donde la luna Luna llora su canción, canción.
—S-Stormnight —susurra.
"Tengo miedo".
Pero en sus ojos ve que él también teme. Por ella. Está preocupado por ella.
"Mi mejor amigo".
Siente que el tiempo se hace tiempo y la noche también, también. Se siente tranquila. Pero ahora hay algo raro... como si fuera algo diferente. No deja de mirar los ojos del guerrero, ojos de gato, ojos de media luna sombría.
Noche de luna, Luna.
Stormnight no puede dejar de mirar, boquiabierto, el sol nocturno que es su Princesa Diosa. Siente un extraño miedo, pero a pesar de eso no retrocede cuando el sueño de luz blanca lo envuelve. "¡Los guerreros no temen!"
Se mantiene de pie como un verdadero hijo de la luna. Tantas cosas...
Bravestar está muy enfermo. Los ancianos ya le han pronosticado como máximo un mes de vida. Stormnight ya es un joven y apasionado guerrero, un shen'tarak en toda regla que ha ofrendado ya la sangre de su segunda batalla.
—Hijo —dice mirándolo a los ojos—. Hazme el honor.
Aquello es como una puñalada para Stormnight.
—¡No, padre! ¡Yo no puedo hacer eso! ¡No a ti! ¡NO!
—¡Creí que hablaba con un guerrero! —grita su padre enojado— ¡Pero aquí sólo hay un niño berreante! ¡Ninguno de mis hijos está aquí para ayudarme!
Stormnight siente rabia y pesar. Suelta una lágrima que sigue el trazado de su cicatriz. Su madre, su abuelo, cada uno de sus hermanos y ahora su padre. No en vano su tótem es el chotacabras, el Vigilante de los Muertos.
"He visto morir a todo mi linaje".
Pero su padre tiene razón en pedir el honor. Durante toda su vida fue un gran guerrero. Cuando joven, mató a un oso de un simple lanzazo. Es un shen'jra'tuk, el más alto reconocimiento al que puede aspirar cualquier guerrero: ofrendar sangre en más de seis batallas.
—Te daré el honor, papá.
El selenita lo mira. Es igual a él, sólo que con más años.
—Mi hijo Stormnight al fin ha regresado.
Ambos salen de la cueva, padre e hijo, con los alfanjes en la espalda. La Madre Luna brilla llena: está embaraza de nuevas vidas, las mujeres sangran y están perfectas para germinar hijos. Cuando la Madre Luna se embaraza es el comienzo de todo. Es la primera noche del mes y donde se tiene más suerte.
Pero Stormnight habría preferido una noche sin luna.
Junto a su padre, sacan sus alfanjes y los lavan con abundante aceite de noche. Como si fuera luz lunar hecha líquido, el aceite corre por las hojas de filo pulcro e imperecedero. El primer selenita forjó un alfanje con cada uno de los dientes del Padre Dragón Negro; y los segundos selenitas forjaron sus armas con las lágrimas que derramaba la Madre Luna. Esas armas fueron los alfanjes que sólo pueden portar los líderes de clan o los veteranos shen'jra'tuk. El arma de su padre se hizo a partir de una lágrima de la Diosa. El arma suya la hizo un anciano en una noche sin luna.
"¿Cómo puede ser esto?"
—Practiquemos el Ukshiran, hijo.
—Sí, padre.
El Ukshiran son los movimientos de pelea que conoce cada guerrero. Se practican cada noche, en soledad pues en sus movimientos el guerrero revela su yo interior. Aunque muchas veces se practica en familia.
Junto con su padre mueve el alfanje, ambos en completa sincronía. Como si fueran un reflejo del otro, avanzan, retroceden, se mueven. No es como una danza: más bien es como las ramas de un sauce siendo remecidas. Aquel movimiento se parece sospechosamente a un golpe. Aquella sacudida permitiría esquivar una estocada. Aquel barrido le cortaría la garganta a alguien.
Su padre no tosió ni una vez.
"Esto no puede ser así".
Al acabar, se untan aceite de noche por el cuerpo, frotándose los músculos y los tendones. Luego, se quedan sobre una piedra, en silencio, mirando la Luna hacer su trayecto.
—Es momento —dice su padre cuando ya casi va a amanecer. Camina doce pasos alejándose de su hijo, mordiendo con fuerza su alfanje.
Stormnight sujeta el suyo obligándose a no sollozar de pena. Pero sin darse cuenta, nota en sus labios la sal de innumerables lágrimas.
—Stormnight.
—¿Sí, papá?
—Estoy muy orgulloso de ti, hijo mío.
Aquello es el equivalente selenita a las más cálidas palabras de cariño que le puede decir un padre a su hijo. Stormnight no puede evitar llorar.
—Te amo, papá.
—Te amo, hijo mío. Serás un gran selenita.
Diciendo eso, su padre se lanza con todas sus fuerzas contra él, alzando su alfanje. Lo mueve tan rápido que apenas puede verse. Stormnight mueve el suyo, deteniendo el arma de su padre, pero intencionalmente permite que se hunda unos centímetros en su brazo, manchando el acero con sangre. Un par de movimientos que el ojo normal no puede distinguir. Finalmente, Bravestar se abraza a su hijo, con los labios soltando sangre y un palmo del sable de Stormnight en su estómago.
El honor estaba hecho.
—¡Papa´! —grita llorando, ayudándolo a recostarse. Su padre lo mira. Y lo mira. Y lo mira.
Su padre era un héroe respetado. No podía morir enfermo. Murió son sangre en su arma. Murió sujetando su alfanje. Murió peleando bajo la luna llena. Y eso para los selenitas, significa mucho.
El guerrero deja salir dos lágrimas de sus ojos. Se acerca con paso confiado. Entra a la luz.
Los demás selenitas lo ven de pie, sin miedo. Estar de pie mientras todos están de rodillas, asustados, significa mucho.
Luna da un paso temeroso hacia adelante. Es tan alta... ya no es la niña asustada que salió de la armadura de Nightmare Moon. Ahora es tan bella, con una crin como una tajada de noche, ondulante, azulada, difuminada como un sueño. Su porte y su cuerpo de hembra adulta, piel oscura, piel color de luna, caderas suaves de medianoche. Y el collar que la hizo cambiar de forma, Night Star, ahora es una franja negra alrededor de su cuello con una media luna al centro.
Sus ojos recorren la caverna. ¿Desde cuándo puede ver en la oscuridad?
—Stormnight, ¿Q-qué me pasó?
—Mi Diosa. Nos ha mostrado su verdadero semblante —dice el joven guerrero dejando su arma en el suelo, luego se arrodilla hasta tocar el suelo con la frente.
"Por favor".
—Stormnight, levántate. No entiendo nada...
Ella lo levanta con una pata. Entonces se da cuenta de su color y de su tamaño. Asombrada, mira su pecho, y luego se gira para ver su lomo. Mira su rostro en el pulcro reflejo del alfanje.
"¿Así soy yo? ¿Qué me pasó? No me veo mal..."
—Vamos, de pie —le dice al guerrero que la mira. El contacto de sus ojos de gato por alguna razón la hace sonreír. La primera vez que los vio, se asustó mucho. ¡Era tan niña entonces!
De pronto, nada ya le pareció aterrador... pues siempre se imaginaba a Stormnight junto a ella. Él y ella en la noche, ningún monstruo se atrevería a dañarlos ahora que posee aquel aspecto de yegua hermosa.
"¡Soy hermosa!"
—¡Levántense! —grita Luna, sonriendo, riendo— ¡De pie, mis amigos! ¡De pie! ¡Muchas gracias por su regalo! ¡Muchas gracias por su amistad! ¡Muchas gracias por todo!
La cara que puso su hermana fue digna de un cuadro.
Al parecer, la Gran Gala del Galope había sido un fracaso, según los estirados unicornios de Canterlot. Pero según Celestia había sido muy divertido. Twilight y sus amigas hicieron cosas que Celestia encontraba graciosas y que Luna consideraba completamente ridículas.
Le contó todo sobre su noche con los selenitas. Omitió ciertos detalles, como el hecho de que los niños selenitas andan con enormes cuchillos. Le habló del Night Star y de cómo había cambiado.
—Me pasó eso mismo, pero con los Elementos de la Armonía —le contó ella—. Ya lo recuerdas, cuando enfrentamos a Discord.
—Sí, hermana, lo recuerdo bien —contestó ella. Celestia tenía la crin blanca y era más baja. Los Elementos la hicieron crecer y le dieron su crin de colores.
Hablaron de más cosas. Pronto, Luna se sorprendió a sí misma dando un largo monólogo. Pronto, se dio cuenta de que mucho material de ese soliloquio se refería a Stormnight.
Él estaba detrás de ella, a buena distancia. A juzgar por su expresión facial, nada raro ocurrió en la noche. Y aparenta bien que no oye nada de lo que ambas Princesas conversan en la Sala de los Cuadros del palacio.
—Espero que el próximo año puedas ir a la Gran Gala, Luna —le dice Celestia.
Pero Luna y Stormnight se miran, complices. Tanto él como ella sonríen. Luna se ríe, para alivio y asombro de su hermana; pues Luna nunca había reído después de salir de la armadura de Nightmare Moon
—No podré ir a la Gran Gala el otro año, Tia —dice Luna, sonriendo como sólo la luna puede sonreír—. Tengo que asistir a un Festival.
