El mundo tras tus ojos
Capítulo 04 – La oscuridad
Al día siguiente recibió una llamada de Lovino que no se esperaba. El chico se encontraba alterado y, a veces, se ponía a gritarle a gente que seguramente tenía a su alrededor, dejando a Francis a mitad de una frase. Quería verse con ellos para tomar un café y había pronunciado las palabras "lo necesito". Cuando el de raíces italianas necesitaba algo y lo expresaba con tanta sinceridad, significaba que realmente le hacía falta. Aquello fue lo que le motivó a aceptar y a pedirle que concretara la hora.
La buena o mala fortuna, según se mirara, quiso que el punto de encuentro fuese el Starbucks situado en Las Ramblas. No tardó apenas en llegar al local desde su trabajo y Gilbert y Lovino ya estaban allí, sentados en unos butacones, alrededor de una diminuta mesa de madera en la que descansaban los cafés que estaban tomando. Pasó por la barra y pidió uno para él. Cuando se lo entregaron, fue con sus amigos y les miró, esperando una explicación que nunca llegó.
— ¿Y bien? ¿Me vais a decir a qué venía tanta urgencia? —preguntó Francis pasando la mirada de uno a otro.
— Al parecer Lovi estaba saliendo con un tío.
— Acostándome con él. No necesito mierdas sentimentales para encontrar un agujero donde meterla, ¿sabes? —dijo con dignidad Lovino. Él no se andaba con monsergas de parejas y tonterías, encontraba a un tío que le interesara y punto.
— El caso es que ese tío desconocido y misterioso le llamó ayer y le dijo que, sintiéndolo mucho, ya no podía volver a quedar con él —continuó Gilbert con una sospechosa sonrisa.
Estaba seguro de que el más contento en ese momento era él. No quería presionarle y ganarse su enfado, pero Francis no dudaba de que el inocente y torpe Gilbert tenía un cuelgue por su amigo de la infancia. O eso, o su instinto de sobreprotección era el más grande jamás conocido por el hombre. Por otra parte, el rubio se hallaba sorprendido ante ese cambio de panorama. Antonio había llamado a Lovino para decirle que no quería quedar más con él y sabía que seguramente Francis tenía la culpa de todo aquello.
Supo controlarse para no sonreír. Aunque su amigo estuviera enfadado, él se sentía feliz. El español tenía la cabeza bien amueblada y era lo suficientemente considerado como para dejar de hacer algo que expresamente le había dicho que le incomodaba. Lovino, joven y atlético, seguro que encontraría a otra persona rápidamente. Por fortuna, Antonio no le había mencionado para nada, porque eso hubiese supuesto una pelea con el chico que tenía en frente, gesticulando con vehemencia.
El rato fue pasando y a las ocho de la tarde decidieron que se hacía tarde y que el momento era idóneo para enfilar cada uno para su piso. Se apeó en Avenida Diagonal y empezó a caminar calle arriba, para llegar a casa. Sacó el teléfono y se lo quedó mirando. Aún no había noticias de Arthur, pero, siendo honestos, tampoco había pensado que de la noche a la mañana lo haría. Buscó en su agenda el número del español de cabellos castaños cortos y apretó la tecla de marcar.
— Buenas —dijo cuando escuchó que contestaban al otro lado con un simple "diga".
No hubo respuesta por parte de Antonio a su saludo. Podía oír una voz de fondo hablando en un idioma desconocido y, de repente, al mismo hispano contestándole, con una fluidez que le había sorprendido.
— ¿Antonio? No me digas que has descolgado por accidente con el culo —se quejó el francés por la falta de respuesta.
— Perdona, un compañero de trabajo había venido a preguntarme algo en el peor momento del mundo —dijo el otro con aire distraído.
— Soy Francis, me dijiste que te llamara.
— ¿Francis?
En ese momento deseó que la tierra se lo tragara. Por cosas como ésas, no le gustaba llamar a personas a las que no conocía tanto. Esos momentos se le hacían incomodísimos y cuando le dijera que no sabía qué Francis era, iba a desear que su cuerpo empezara a arder por combustión espontánea.
— Sí, Francis Bonnefoy, el amigo de Lovino.
— Hostia, Francis, no había reconocido tu voz... —dijo Antonio al otro lado, sorprendido por ese lapsus que había tenido.
— ¿Eso que hablabas antes era ruso? —preguntó el galo, más tranquilo por saber que al menos sí que se acordaba de él. Con lo que le había insistido, si ahora no se acordaba de él era para matarle.
— Sí, un compañero de aquí nació en San Petersburgo y si no le hablo en ruso no se entera —respondió despreocupado—. ¿Cómo te van las cosas? Veo que por fin has descubierto cómo usar el teléfono para llamar.
— Anda que ya te vale —dijo Francis risueño después de ese comentario—. Pues no me va mal. Ayer le envié un mensaje a mi novio, a ver si decide contestarme, pero por ahora estoy libre y , si no me falla la memoria, recuerdo que me dijiste que querías que te llamara para quedar. Se ha estrenado una película de acción, con efectos especiales y tortas a mansalva, y quería preguntarte si te apetece venir conmigo a verla el viernes.
—Sí, el viernes puedo quedar —contestó el español—. ¿Te va bien que nos encontremos a las nueve para ir a cenar y que luego ya vayamos al cine?
— Estupendo. Ah, por cierto, ¿cómo es que has dejado a Lovino? Pensaba que ocasionalmente te gustaba quedar con él para darte una alegría al cuerpo.
— Bueno, no niego que me gustara, pero también recuerdo a cierto amigo pesado que tengo diciéndome que le incomodaba que quedara para tener encuentros sexuales con su mejor amigo. Así que, al final, he decidido ahorrarme problemas. Además, a Lovi le interesa alguien y si va quedando conmigo de esa manera va a acabar teniendo problemas con esa persona.
— Gracias, Antonio. De verdad, es muy considerado por tu parte —dijo Francis solemnemente. No hubiera pensado que fuese a tomar una decisión tan radical.
— No me las des. Lo he hecho porque he querido. Siempre puedo buscar a otra persona a la que no conozcas, supongo —comentó—. Te voy a ir dejando, que tengo mucha faena. Nos vemos el viernes.
Cuando terminó la conversación se encontraba delante del portal de su casa. Suspiró, con una sonrisa en el rostro, y subió para terminar el día. Se preparó algo ligero para cenar, se dio una ducha y estuvo viendo un rato la televisión. Antes de ir a dormir volvió a mirar su teléfono móvil. Tenía un mensaje en WhatsApp y, por un momento, el corazón le dio un vuelco al pensar en que Arthur le hubiese contestado. Cuando abrió la aplicación se dio cuenta de que era un mensaje de Antonio, con chistes verdes. Al parecer, se lo había pasado un compañero de trabajo y había pensado que podría gustarle. Estuvo a punto de cerrarlo y no leerlo, pero vio el emoticono del final y pudo imaginarle con esa misma cara. Rió, dejándose contagiar por ese espíritu pegajoso del hispano, y se tiró cinco minutos leyéndolo. Algunos eran graciosos y todo.
Se echó sobre la cama y se acomodó entre las sábanas limpias, que olían a lavanda. Miró el teléfono una última vez y le mandó un mensaje breve a Arthur, dos simples letras que le hicieron sentirse solo y, además, idiota. Porque sólo a él se le ocurría mandarle un "TQ" a una persona que hacía días que no hablaba con él.
El humor de Francis se incrementaba a velocidad exponencial y todo por ese hombre al que había conocido por casualidad. Antonio Fernández Carriedo se había perfilado como el tío más extraño que conocía, ya era oficial. Después del día del cine, se se había dado cuenta de que podían pasar más de dos horas juntos y pasárselo de maravilla, así que perdió la vergüenza y le fue llamando con más frecuencia, como si fuese una costumbre. A veces ni lo hacía con intención de quedar, sólo para charlar de algo que hubiesen visto en la televisión o de alguna cosa que hubieran comprado y que les hubiera gustado tanto que tuvieran que compartirlo con alguien. Habían ido juntos a pizzerías, a restaurantes, a bares de copas y ese mismo día habían quedado para ir a un karaoke que habían abierto en pleno centro de Barcelona.
Antonio había rebajado en esos días el tono de sus conversaciones y, aunque a veces no podía evitarlo, los comentarios coquetos habían disminuido considerablemente. De alguna manera se odiaba a sí mismo porque los echaba de menos. Los comentarios eran estúpidos y podrían incluso divertirles, pero Francis sabía que Antonio realmente le encontraba atractivo y aquello le producía inseguridad. ¿Qué pasaba si en una de esas le malinterpretaba? Sí, había pasado una semana y Arthur aún no había dado más señales de vida que un simple "Buenos días" que quedó en simplemente eso. Pero que su novio estuviese tomándose tiempo para sí mismo cuando Francis era el que le había dicho que deberían separarse por un tiempo no significaba que no sintiera nada. Lo diría las veces que hicieran falta: Arthur no había enviado la factura y eso definitivamente significaba algo.
Se acabó de abrochar los pantalones de pinza negros y se atusó la camisa. Se miró en el espejo y cepilló el cabello rubio hasta formar una pequeña coleta baja. El toque final fue la colonia. Una vez estuvo preparado, Francis salió a la calle y puso rumbo al karaoke. Antonio no estaba en el lugar de encuentro, así que cogió el teléfono y empezó a enviarle mensajitos por WhatsApp mientras sonreía divertido. Había cogido la manía de meterle presión vía móvil cada vez que venía tarde y, con tal de no leerlos, el tiempo de retraso del español se había reducido cinco minutos. Le vio salir al otro lado de la calle, subiendo las escaleras del metro corriendo. Fue hacia el paso de peatones y por el camino se chocó de refilón contra una pareja de chicas, las cuales empezaron a insultarle por el golpe.
Francis negó con la cabeza mientras sonreía resignado. Le tenía dicho que las prisas no eran buenas consejeras, pero ese tipo de cosas le entraban por una oreja y le salían por la otra. Cuando le tuvo próximo, vio que a él eso de haber chocado tampoco le había hecho gracia alguna, pero el gesto se perdió en cuanto sus miradas se cruzaron y fue reemplazado por una sonrisa cordial.
— ¿Y bien? ¿Cuál es la excusa esta vez? —le preguntó Francis con aire divertido. Estaba esperando a ver con qué le salía.
— Tengo el día torpe hoy. Ya he atropellado a dos chicas de camino aquí y he tirado el bote de colonia en casa sin querer. He recogido los cachos de cristal lo mejor que he podido antes de salir, por eso llego tarde.
— No te preocupes, Antonio. Te lo digo para meterme contigo porque siempre llegas tarde, pero no estoy molesto. Me he dado un paseo tranquilo hasta aquí porque sabía que aún así iba a llegar yo antes que tú —le dijo risueño. Viendo la cara de disgusto que había puesto y cómo su cuerpo se había erizado ante la mención de todo aquello, Francis le dio un par de palmaditas en el hombro—. Vamos a entrar en el karaoke, venga.
El sitio estaba bastante vacío en el momento en el que entraron. No fue tan malo, ya que pudieron ir hacia una mesa cercana al escenario y apoderarse de ella. Antonio se encargó de ir a la barra para pedir algo de beber y picar. Regresó al poco, cargando con un par de jarras de cerveza en una mano y en la otra un cuenco con lo que parecían olivas a la tenue luz del local. La idea de que Antonio hubiese pagado todo no era su preferida, pero al menos sabía que aquellas no iban a ser las últimas; ya encontraría la manera de pagar las siguientes.
La charla insustancial se desarrollaba mientras las copas pasaban por la mesa. Después de un par de horas tenían el puntillo exacto para estar riendo como estúpidos. El brazo izquierdo se movía, codeando a su amigo, el cual seguía negándose con insistencia. De alguna manera, Antonio consiguió convencerle para apuntarse a cantar y éste mismo le gritó y aplaudió cuando subió a aquel escenario. La entonación del francés no era mala y, al ser una canción conocida, todo el local se unió, formando un coro bastante dispar en ocasiones.
— Voy a ir al baño, no te vayas sin mí —le dijo Francis después de bajar y recibir las ovaciones de la gente, ya pasada de copas.
Necesitaba refrescarse el rostro y de paso vaciar la vejiga. Cuando regresó, Antonio se encontraba hablando con una señorita que iba vestida con unos shorts tejanos y una camiseta de tirantes de color azul. Llevaba un llamativo colgante al cuello del tamaño de una pelota de pingpong. En cuanto llegó, la chica se despidió del hispano y se fue a otra mesa. No comentó nada acerca de esa escena, pero sí que le notó diferente, más contento de lo normal. A eso de las cuatro encendieron las luces, que les dejaron ciegos durante un segundo, y les dijeron que iban a cerrar y que debían ir abandonado el establecimiento. Antonio se levantó para ir hacia la puerta, dio dos pasos y tiró un taburete, que provocó un fuerte estruendo al chocar contra el suelo.
— Tío, ten cuidado... —le dijo Francis, sobresaltado a causa del golpe.
— ¡No lo he visto! ¡No me fastidies! ¡Alguien lo ha puesto ahí! —dijo Antonio a la defensiva.
— De acuerdo, de acuerdo... —le contestó acercándose a él. Le agarró de la cintura y le fue guiando hacia la calle.
Por la manera en que se movía y los comentarios que soltaba de vez en cuando, estaba claro que Antonio había bebido más que él. No sabía cuándo, pero tenía la sospecha de que había sido en el rato durante el cual había estado en el baño. Tampoco había sido tanto tiempo, pero también Antonio demostraba ser experto en hacer las cosas más surrealistas cuando no le acompañaba.
— ¿Quieres que te escolte hasta el metro? —preguntó el rubio. Ahora que se encontraban plantados en la calle y les daba el fresco en la cara, se sentía incluso un peor. No quería ni imaginar cómo debía estar afectando esa brisa a Antonio.
— Espera, espera... —dijo de repente el otro. Se zafó de su agarre y miró sorprendido al suelo. Por inercia, Francis también observó aquel punto y comprobó que, efectivamente, no había nada. De repente Antonio se empezó a reír y eso confundió al galo—. Ni idea. No recuerdo dónde tengo mi casa~
— ¿Cómo que no recuerdas dónde tienes tu casa? ¿Cuánto has bebido en mi ausencia? No estabas tan mal cuando me fui —murmuró con el ceño fruncido.
— Puees... Samanta, Anita —a medida que iba diciendo nombres iba levantando dedos de su mano—, Beatriz, Samanta...
— Samanta ya la has dicho, Antonio.
— Es que vino dos veces —le explicó y, acto seguido, asintió con la cabeza—. Luego vino Jessica, Vero y Juliette. Sí, eso ha sido todo. Creo que querían violarme y para eso me han emborrachado —el hispano se echó a reír al pensar lo que acababa de decir.
— ¿Y qué vas a hacer si no recuerdas dónde está tu casa? Haz un esfuerzo, hombre.
— Ya lo he hechooo... —se quejó Antonio después de poner morros. Francis le pedía estupideces. ¿Es que se creía que no iba a intentar recordarlo? Estaban hablando de que no recordaba dónde demonios se encontraba su casa. Por supuesto que se había esforzado—. No pasa nada, tío. Voy a coger el metro, me iré a Plaza Cataluña, buscaré un banco que no esté ocupado por un vagabundo y dormiré la mona un rato. Sólo espero que no me apuñalen por quitarle la cama a alguien.
Aunque Francis le miraba con los ojos como platos, horrorizado al haber imaginado todo aquello que le había dicho, Antonio, borracho como una cuba, se había puesto a reír. Le parecía gracioso el pensar que tumbarse en un banco pudiera tener consecuencias tan nefastas. El rubio sacudió su cabeza y empezó a tirar de su amigo en dirección hacia el metro.
— Me niego. Dejaré que duermas en casa y ya mañana vuelves a la tuya, cuando se te haya pasado la borrachera.
— No te preocupes, Francis. Puedo dormir perfectamente en un banco. Usaré mi chaqueta para taparme y ya está. No tengo tanta jeta como para quitarte espacio en tu casa.
— Y yo te digo que no voy a permitir que pases la noche en la calle cuando en mi piso hay sitio de sobras para ti, aunque sea en el sofá.
Miró las escaleras del metro detenidamente y éstas le supusieron un reto demasiado grande en ese momento. Miró alrededor y divisó un ascensor no muy lejos de donde se encontraban. Tiró del hispano hacia allí y una vez delante apretó el botón para que las puertas se abrieran. Se montaron y presionó la tecla que les llevaría a la entrada del metro. Antonio de repente se le abrazó y enterró el rostro en su cuello. El galo se tensó, pero no se atrevió a apartarle porque no estaba seguro de que fuese a mantenerse en pie si le dejaba solo.
— Gracias, Francis —murmuró el de cabellos castaños. Aquello dejó a su compañero desarmado e hizo que se relajara por un momento.
— ¿Y eso por qué? No tienes que darme las gracias por nada, creo yo —le replicó.
— Podrías haber dejado que me fuera a la calle a dormir y me estás llevando a tu casa porque eres un tío muy majo. Por eso te estoy dando las gracias, porque te preocupas por mí y todo.
— Vuelvo a decir lo mismo, no tienes por qué darme las gracias. Lo hago porque somos amigos y no me gustaría que te pasara nada. Si te dejara a tu suerte y te ocurriese algo, entonces me sentiría la peor persona del mundo. Ahora vamos, tenemos que entrar y bajar al andén.
Esa fue la segunda odisea de la noche, conseguir que Antonio pasara al otro lado de las barreras y que no se matara en el intento. Al final se colaron los dos con un ticket, puesto que no se fiaba de dejarle suelto a su suerte. Intentó que se despegara, ya que desde el abrazo anterior el hispano se había tomado la libertad de agarrarle bien fuerte. Cualquiera en su sano juicio se incomodaría con tanta cercanía, pero para él todo aquello parecía ser lo más normal que le pudiera suceder a cualquier amigo que cargara a otro, borracho. Luego tuvo que arrastrarlo todo el camino hacia su casa, lo cual no fue nada sencillo. Cuando llegó delante de la puerta de su piso, se sentía agotado por completo.
— Te voy a llevar a mi habitación. Será mejor que descanses sobre una cama como Dios manda —murmuró el galo, empezando a sentir que le faltaban las fuerzas después de tirar de Antonio durante tanto rato.
— ¿Eh? No, no hace falta que me dejes tu cama. Puedo dormir en el sofá perfectamente —replicó su amigo.
— No estoy de acuerdo con eso. Te mueves demasiado y estás torpe; eres capaz de caerte del sofá y darte contra la mesa. No me arriesgaré a que te mueras en mi casa. Yo dormiré en el sofá y tú dormirás en mi cama, ¿entendido?
No le dio tiempo a replicar, puesto que ya habían llegado a la habitación. Antonio la miró, intentando quedarse con los detalles de la misma, pero estaba demasiado borracho y todo le daba vueltas. Necesitaba quedarse quieto sobre una superficie estable para que se le pasara ese mareo que se había ido construyendo en él a medida que caminaban por la calle, de camino al apartamento. Cayó sobre el colchón y la sensación de chocar contra algo mullido le produjo alivio. Se movió hasta quedar bocarriba de nuevo y observó a Francis.
— Pareces altísimo —murmuró el hispano con asombro.
— Eso es porque estoy de pie y tú estás como una cuba —replicó el rubio con los brazos en jarra. Nota mental, vigilar que, la próxima vez que salieran, su compañero no bebiese tanto. Pesaba bastante como para tener que irle arrastrando por el mundo—. Lo mejor será que duermas. Mañana vas a querer morirte de la resaca que vas a tener. Si necesitas algo, estaré en el sofá. Me pegas un grito y vendré.
Se dio la vuelta para salir de la habitación pero de repente una mano le agarró de la muñeca y tiró de él con fuerza inesperada hasta hacerle sentar sobre la cama. Francis arqueó una ceja y ladeó el rostro. Se encontró con que había sido Antonio, el cual le miraba con cara de mascota que había sido abandonada a su suerte por sus dueños.
— ¿Qué te pasa? —le preguntó con un tono condescendiente. Menos mal que supo ser paciente, no quería contestarle mal a su amigo. Tenía sueño ahora, quería ir a tumbarse en el sofá e intentar conciliar el sueño aunque fuese durante un par de horas ininterrumpidas.
— La oscuridad me da miedo. No me dejes solo, Francis —dijo de repente Antonio a media voz.
Se quedó en silencio observando al español, echado de lado, con la mano aún sujetando su muñeca, para impedirle que se fuera muy lejos. Sus ojos verdes estaban fijos en la colcha y sus labios se habían apretado el uno contra el otro, en una especie de puchero. No podía mentir, en ese momento el hispano le había parecido la persona más adorable sobre la faz de la Tierra. Hubiese imaginado muchas cosas, pero no que le tendría miedo a la oscuridad, como si de un chiquillo se tratara. Le daban ganas de achucharle y se preguntaba en ese mismo instante si ese deseo no habría nacido a causa del alcohol que corría por sus venas.
Con amabilidad, hizo que le soltara la muñeca y se giró para verle mejor, inclinándose de manera leve para tenerle más cerca. Los ojos verdes de Antonio se posaron ahora en él y vagaban por rasgos familiares.
— Está bien, me quedaré contigo si eso es lo que quieres —le dijo el galo. Su idea era quedarse allí hasta que se durmiera y entonces pasar al sofá.
El español, lejos de comportarse con normalidad, de repente rodeó el cuello del rubio con sus brazos y le estrechó contra su cuerpo. Las manos de Francis se apresuraron y apoyaron el peso sobre la cama con tal de no chafar a su amigo, que quedaba debajo. Escuchó de manera distorsionada su voz, que había chocado contra su ropa, y que le agradecía repetidamente que hiciera eso por él. El agarre se aflojó y crecieron las esperanzas del rubio de apartarse. Pero, de repente, las manos de Antonio le agarraron de las mejillas y le mantuvieron cerca.
— Te lo digo en serio, Francis. Que te quedes es muy importante para mí —dijo mirándole fijamente, tan cerca que incluso podía escuchar su respiración.
— No pasa nada, Antonio. Es lo que hacen los amigos, ¿no? —contestó algo nervioso.
Lo normal hubiera sido apartarse, agarrar sus manos y entonces alejarse con una sonrisa. No sabía por qué, Francis no podía moverse y miraba aquellos ojos con fijación, los cuales a su vez le observaban como si fuera lo más interesante que hubiesen podido captar. Desprendían una intensidad, un algo que no sabía explicar a ciencia cierta. Antonio se fue aproximando a él, lentamente. Le daba la impresión de que iba a besarle, ya que sus labios cada vez estaban más cerca y la distancia entre ellos empezaba a hacerse irrisoria. Se tensó y esperó a ver cuál era el siguiente movimiento. El hispano se detuvo, le examinó durante un rato y se dio cuenta de que, aunque no se alejaba, Francis tampoco estaba cómodo al cien por cien. Al final se desvió ligeramente y dejó el beso sobre su mejilla, cerca de la comisura de los labios, pero sin llegar a rozarlos. Se echó sobre la cama y se hizo a un lado para dejarle más espacio al galo. El rubio estaba aún tenso y podía notar el latir de su corazón en su pecho, desbocado. Despertó de su ensoñación cuando la mano de Antonio palmeó sobre la colcha. No le quedó otra que tumbarse a su vera y mirar al techo nerviosamente.
No habían pasado ni cinco minutos cuando pudo escuchar la respiración pesada de Antonio, a su lado. Suspiró aliviado al saber que no iba a producirse otra situación como la de antes y se giró para poder mirarle de reojo. Su rostro estaba tranquilo y dormía pacíficamente. Parecía un niño que no había roto un solo plato y chocaba con la idea de que hacía poco había dado la impresión de que iba a besarle.
Se incorporó, tiró de la colcha y tapó a Antonio con ella para que no cogiera frío. Se iría en unos minutos, pero al menos aguantaría un poco más, no fuera que despertara de repente y viera que no estaba. No quería quedar como un mentiroso, al menos no tan pronto. Le dio un escalofrío y se tapó también. Debería haber predicho que el calor de la colcha le haría sentirse bien, cómodo, y que eso lograría que se adormilara con más intensidad hasta el punto de quedarse completamente frito.
Por la mañana, el sol le pegó a Antonio en toda la cara en un momento dado y una migraña le taladró hasta lo más profundo de su cabeza. Arrugó el entrecejo y se ladeó el rostro para enterrarlo parcialmente contra la almohada. Le distrajo la sensación de que había alguien a su lado. Se quedó quieto, alerta, y entonces oyó la respiración lenta de una persona. No estaba solo, era definitivo. Abrió los ojos y miró atónito al frente, con los mismos clavados sobre el cuerpo que tenía delante. La respiración se le cortó por un momento y se echó hacia atrás un centímetro.
Cerró los ojos y con la mano derecha se cubrió los mismos, tratando de volver a tomar aire con normalidad. Debía relajarse. Respiró hondo de nuevo y apartó los dedos. Sus párpados se levantaron dejando al descubierto sus orbes verdes y miró a Francis. Ahora estaba más tranquilo, sin duda. Levantó la colcha lentamente y aún se alivió más al ver que ambos estaban vestidos.
— ¿Se puede saber qué es lo que estás haciendo? ¿Intentas verme? —dijo Francis a su lado.
Antonio pegó un grito, retrocedió y casi cae de la cama. El rubio fue rápido y agarró su muñeca más cercana con tal de no dejar que se precipitara al vacío. La otra mano del hispano se aferró a la colcha y bufó pesadamente por un segundo al comprobar que volvía a estar estable.
— Ten cuidado, hombre... Sé que no esperabas estar durmiendo con nadie en este momento, pero me dijiste que no me fuera, que te daba miedo la oscuridad —empezó Francis, tratando de argumentar rápidamente para que al hispano no le volviera a dar la paranoia.
— ¿Eh? ¿Yo te dije eso? —preguntó el español sorprendido—. Joder, no recuerdo casi nada después de que vinieran todas esas chicas. Me invitaron a demasiado alcohol y no sé decirles que no.
— Quedaste tocado y hundido, Antonio. Tanto que ni siquiera recordabas dónde estaba tu casa, así que te traje a la mía porque empezaste a hablar de dormir en la calle y de cómo esperabas que ningún vagabundo te apuñalara, por lo que me empezó a dar la paranoia. Luego te traje a la cama, porque estabas muy torpe y me daba miedo que te cayeras del sofá, y me dijiste que no te dejara solo, que te daba miedo la oscuridad.
El hispano ladeó la mirada, sonrojado después de escuchar el resumen de la historia. La historia sonaba plausible, era capaz de eso y más cuando se emborrachaba. Había esperado algo más, que Francis quizás le echara la bronca por tener las manos largas, pero fue algo que o no había ocurrido, o había sido ínfimo como para mencionarlo. No podía creer que se hubiese comportado, pero no sacaría él el tema.
— Lo siento. Debería haberte avisado de que si estoy ebrio hago muchas estupideces. Soy un borracho cariñoso y mis amigos me han llegado a pegar para que les dejara en paz de una vez. ¿Seguro que eso fue todo?
Dudó por una décima de segundo. ¿Debería contarle que había intentado besarle cuando menos lo había esperado? Bueno, esa sensación le había dado, aunque luego se hubiese desviado en el último momento. Puede que nunca hubiese pensado en besarle, o puede que se hubiera desviado porque estaba tan ebrio que ya no atinaba. De cualquiera de las maneras, no parecía la mejor idea y eso sólo llevaría a situaciones más incómodas.
— Claro, eso fue todo. Por lo que dices, he sido bastante afortunado —le contestó—. Prepararé algo para desayunar y un analgésico. Deduzco por la cara que tienes que te duele la cabeza a horrores y que es lo mejor que podrías tomarte.
— Gracias, Francis —dijo Antonio después de suspirar.
Vio que el galo se levantaba y le siguió con la mirada hasta que desapareció por la puerta. Se dejó caer sobre la cama y volvió a suspirar, un poco afectado tanto por su nefasto estado físico como por aquel despertar tan accidentado que había tenido. Al menos Francis no parecía enfadado, seguramente no había hecho nada demasiado grave.
¡Buenas!
Aquí estoy con otro capítulo más. Por fin la amistad entre estos dos se ha asentado, claro que parece que Antonio aún tiene algo ahí dentro guardado xD cualquier duda, como siempre, me la podéis hacer llegar vía review (los cuales me dan la vida y me animan a publicar), Twitter (miruru12) o tumblr (miruru12)
Y ahora paso a los reviews,
The Rabbit of Moon, jajaja yo no aguanto ese tipo de juegos, aunque confieso que una vez me hicieron jugar. Espero que la historia te siga gustando. Por ahora se está asentando la relación, cosa básica xD Tranquila que si preguntas algo que se va a responder en el futuro, no te lo voy a contar. Amo las sorpresa también, por lo que no os destriparía ninguna. Dedos dorados ;v; Gracias, de verdad.
Mikuday-chan, No, la serie de temporada a la que me refería en aquel entonces era a The Walking Dead xD Este fanfic tiene su tiempecillo, la verdad. Piensa que era cuando Slender estaba de moda, fue por allí en el 2013 xD Imagina. Espero que te guste el capítulo y que cumpla tus expectativas =u=
Nanda18, hacía mucho tiempo que no te veía por estos lares. Es un placer leer reviews de gente conocida uvu. Bueno, ya puedes imaginarte que va a terminar siendo Frain, así que espero que no te destroce demasiado el alma xD Espero que te guste igual que mi odiado vecino o que, al menos, te entretenga hasta que finalice. Los reviews hace mucho que han bajado, porque el fandom está de apagón y el Frain nunca fue tan popular, pero bueno... Vamos capoteando como se puede xD ¡Gracias por leer!
Guest, jajaja, gracias xD Supongo que debo tomarlo como un halago.
Y eso es todo por esta vez.
¡Nos leemos!
Saludos.
Miruru.
