III.
Accordi
Había tres pares de ojos atentos como lechuzas a las manos de Michael, tensadas sobre el piano. El pequeño cogió aire como si fuera a hacer volar una montaña y hundió las teclas con los dedos. El primer acorde fue perfecto, pero sus hermanos no se desanimaron y, como si se hubieran puesto de acuerdo de antemano, se dedicaron a mirarlo fijamente, intentando que perdiera la concentración.
Cuando llegó al octavo compás sin equivocarse oyó el gruñido de irritación de Sonny, que nunca pasaba bien del séptimo. Tom, el siguiente en la clasificación, empezó a formar una expresión preocupada. Michael siguió tocando con una concentración envidiable, teniendo en cuenta que Sonny había empezado a darle patadas cada vez menos disimuladas a la pata de la banqueta.
Fredo mantenía una sonrisita de superioridad, expectante ante la llegada inminente del tercer sistema, donde el cambio de tono a tres bemoles hacía de los siguientes compases un verdadero calvario. Michael cuadró los hombros y frunció el ceño, enfrentando el reto con decisión. Pero, efectivamente, le resbaló una nota, y el siguiente acorde, disonante, salió tembloroso y se cortó cuando apartó las manos del piano, sonrojado pero orgulloso. Los otros empezaron a burlarse, pero era un hecho que había alcanzado el segundo puesto, aun siendo el menor.
Mientras intentaba retorcer uno de los brazos de su hermano pequeño, Fredo vio a su padre en el marco de la puerta, observándolos con diversión. Al cabo de unos segundos el tornado formado por los cuatro niños había conseguido arrastrar a Vito hasta el piano, donde tocó desganadamente la única canción que había aprendido, una vieja melodía siciliana. Después, siguiendo con el ritual, los dejó con su coro de chillidos y puso rumbo de vuelta al despacho, donde probablemente ya lo esperaran con vistas a los últimos asuntos que requerían su atención.
