KHR no me pertenece.
Chiyo Asakura: Gracias por el review, sabes algo? en realidad si se parecen xo, o al menos en esa parte. no lo había notado antes jajajaa.
U.s.a.g.i.n.e.k.o-c.h.a.n: Exactamente, Tsuna tiene alrededor de los 18 y medio aunque eso va a explicarse alrededor de la historia, Iemitsu sabía que algo estaba mal por eso, ya que el no había envejecido en esos diez años.
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Capítulo 3: Welcome
¡Eres un Monstruo!
Abrió los ojos con pesadez, el sonido del despertador le molestaba hasta tal punto de querer arrojarlo por la ventana y sentía que su cabeza iba a explotar en cualquier instante, pero se levantó. Tenía que terminar el estúpido papeleo con el que no pudo acabar la noche anterior.
Había faltado a la oficina por casi una semana pero eso no evito que el trabajo siguiera llegando a su puerta como si del correo se tratase. Alguien tenía que leer, arreglar y firmar. Y esa persona, por supuesto, es él.
Detestaba enfermarse, por que eso llevaba directamente a un desequilibrio mental, por no decir anímico que terminaba irremediablemente en horas de sueño inestable y con ello a las pesadillas. Eso sin contar su ausencia en la empresa que parecía hacer aumentar el papeleo.
Aun con el pijama naranja puesto, se deslizó desde su cuarto hasta la cocina en el primer piso. Su padre estaba en Tokio y no volvería hasta la noche si llegaba ese día (y ahora que recordaba eso, esperaba que el hombre se preparase cuando llegara porque no iba a recibir precisamente flores de bienvenida); por lo que no se preocupo en evitar el sonido mientras se preparaba una taza de café.
Faltaban dos horas para que amaneciera en Namimori pero ya quería que el día terminara. La montaña de papeleo que revisaba aun desde las comodidades de su cama parecía multiplicarse en vez de disminuir y el solo quería golpearse la cabeza contra la pared hasta llegar a la dulce inconsciencia, aunque si recapacitara en ello tenía un camino directo a las pesadillas. Dios parecía odiarlo, pero le daba libre elección en cuanto a que infierno prefería para quemarse.
Suspiró. Su café negro llevaba alrededor de una hora enfriándose en la soledad de su mesa de noche y los rayos del sol se colaban a través de la ventana cerrada, indicándole que ya era momento de levantarse. Miró la ultima de las hojas en su regazo y su mano tembló por un momento. Una más. Solo una firma y todo acabaría. La nueva pila de papeleo que estaba seguro habría esta semana pasaría al siguiente idiota en la lista y el sería libre por fin, después de casi de dos años. Acomodó el último papel sobre la pila y sonrió encantado ante su Azaña.
No faltaba mucho para que bailase el Harlem Shake, estaba seguro.
Una camisa naranja, jeans negros y una sudadera después, se dirigió directamente a la parada de autobuses. Si bien ya había cumplido la mayoría de edad y su padre estaba mas que dispuesto a regalarle un auto para que le resultase mas sencillo moverse a través de la ciudad (y porque no, joder a los acosadores, según Iemitsu), no estaba seguro de querer tener uno.
Estaba a punto de subirse cuando un local cercano llamó su atención desviándolo de su camino. Sonrió al reconocer el Takesushi.
La campanilla sobre su cabeza sonó al momento de abrir la puerta del restaurante, el peso del maletín que llevaba haciendo equilibrio con una pila de papeles hacia que su brazo izquierdo quedara permanentemente tenso pero de igual manera se las arregló para pasar por la puerta.
—Bienvenido a Take- ¡Oh! ¡Tsunayoshi-kun!
El dueño del restaurante sonrió de una manera casi cegadora al verlo pasar, apresurándose a ayudarle con los papeles que llevaba y Tsuna agradeció por ello.
—Buen día, Yamamoto-san.
Eran casi las ocho de la mañana pero el restaurante de sushi estaba casi lleno, y Tsunayoshi sonrió negándose amablemente a la invitación del mayor para comer un poco de sushi, alegando su apuro por volver al trabajo.
—Solo pasaba a saludar, pero ya debo irme. —Se disculpó el menor, dispuesto a salir antes de que llegaste el autobús.
—Voy a hacer que renuncies a ese trabajo tuyo, Tsunayoshi-kun. Ya sabes, Takeshi se queja de que ya ni siquiera vienes a verlo. Y esta en todo su derecho. —Regaño el mayor y después le giño un ojo, asintiendo en silencio mientras lo acompañaba devuelta a la salida. —Vuelve pronto.
—Lo intentare, hasta luego Yamamoto-san.
Sonriendo, Tsunayoshi se retiró, escuchando de fondo la risa alegre de hombre y la campanilla tintinear.
Yamamoto Tsuyoshi viudo y con un hijo adolescente que crió por si mismo, era un hombre a quien Tsunayoshi aprendió a respetar después de los primeros diez minutos de conocerle y tras mas de ocho años de haberlo echo, se había convertido en lo mas cercano a un tío que tenía. Había conocido a su hijo, Takeshi cuando cumplió diez. El día era negro y a pesar de estar mojado y tener miedo, no había dudado al momento de arrojarse sobre el otro cuando un auto estaba a punto de matarlo.
El cabello negro se le pegaba a la cabeza y las lágrimas que se confundían con la lluvia habían vuelto sus ojos una mezcla dispersa de miel y rojo. Y la sonrisa del niño estaba un poco rota, además. Takeshi había cumplido diez años también, cuando su madre murió en un accidente medio mes atrás.
Si bien esa no era la clase de momentos en que uno debe conocer a un amigo, no se arrepentía de lo que había sucedido. Aunque después de sintiese mal por pensar en ello. Yamamoto siempre decía que cuando una puerta se cierra, una ventana se abre, y que su madre había dejado sin cerradura toda una azotea.
Su mejor amigo asistía en el último año de secundario, y , reflexionando acerca de la hora, Tsuna dedujo que estaba llegando a Namimori High.
El metro que lo llevaba hasta su trabajo estaba atareado de jóvenes de su edad y cuando uno de ellos lo miró por entre el mar de gente casi cuestionando con los ojos porque no portaba algún uniforme se removió incomodo enfocando su atención a los papeles que cargaba, negándose a que ninguno de ello desapareciera mágicamente. El chico dejo de observarlo después de un momento para volverse a hablar con sus amigos y en el fondo Tsunayoshi se preguntó como se sentiría eso.
No es como si no tuviese amigos, Solo que la mayoría duplicaba su edad. Y tampoco que se quejara de ello, después de todo él había elegido vivir como lo hacia.
Suspiró y algo en la parte posterior de su cabeza le dijo que se preparara, porque iba a ser un largo día.
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Giotto ciertamente estaba emocionado.
Por su avanzada tecnología informática en la cual se especializaba, la sede central de Japón había logrado volverse la segunda más grande e importante en el mercado después de la Casa Central. La infraestructura del edificio era tan similar a la original, en Italia, que Giotto se sintió casi como en casa.
Según su abuelo, el increíblemente rápido desarrollo de las instalaciones había comenzado hacia alrededor de un año cuando el actual Vicepresidente de la compañía ocupo su puesto de líder hasta que él mismo llegase por lo cual el rubio estaba ansioso por conocerlo.
El día estaba lleno de un silencio que se volvió inquietante al cabo de un minuto y después de comprender el porque, frunció los labios.
—Esto es incomodo. — Murmuró por lo bajo, hundiendo los hombros sin apartar la vista del frente.
Como era de esperarse, el rumor acerca de la llegada del nuevo Presidente, segundo accionista de la compañía y también heredero legitimo de la misma, se esparció como pólvora y no falto trabajador que no quisiera conocer a su nuevo Jefe. En otras palabras, casi todos ellos estaban allí, esperándolo en las puertas de la empresa con una mirada altanera por parte de los hombres o una sonrisa coqueta de las mujeres (solteras o no):
El rubio suspiro, se paso la mano por el cabello, con una sonrisa forzada apretó el seguro de su Lamborghini negro y se encamino hacia el infierno. Algunos aplausos por aquí, susurros por allá y el gentío se abrió al medio para cederle el paso en lo que casi era una alfombra roja.
—Eh, gracias.
Y después de atravesar las puertas de vidrio, caminó, lo más rápido que pudo, al primer ascensor que vio, del otro lado del recibidor y que parecía estar alumbrado con una luz dorada divina, lleva de querubines que lo alentaban a recorrer la habitación.
El personal se agrupo a su espalda, totalmente dispuesto a apreciarle hasta el último momento. Sudando frio llamó al ascensor plateado que lo llevaría hasta el piso mas alto que conectaba directamente con su despacho. Dio otra sonrisa forzada al momento de entrar, suspirando cuando presiono el último piso y observo de manera detraída como las puertas automáticas del ascensor se cerraban.
— ¡Espera!
Giotto se sobresalto, al igual que mas de la mitad de las personas que seguían en el mismo lugar cuando una figura pequeña llego de la nada corriendo sorprendentemente rápido hasta alargar una pierna en la fina abertura que lo separaba al rubio del resto del mundo y, poniéndose de perfil hasta lograr escurrirse dentro del elevador, el desconocido entró.
Enarcó una ceja ante la vista. La persona a su lado media casi dos cabezas menos que el si bien no estaba del todo derecho en ese momento, en los brazos llevaba una pila de papeles tan alta que le cubría el rostro y aunque una mata de cabello castaño sobresalía, el rubio no sabría decir si era hombre o mujer.
Alzando una pierna y manteniéndola el equilibrio, el sujeto marco el numero veintisiete en el comando del ascensor.
Giotto se removió en su lugar y volteo hacia su acompañante, buscando las palabras adecuadas con las cuales entablar una conversación.
—Hola.
La música ambiental titilo un momento cuando la ventanilla a su lado marco el 1.
2.
3.
—Hola. — Al parecer era un hombre.
O eso creía.
4.
Uno bastante pequeño a decir verdad.
5.
Estaba completamente seguro.
6.
—Es un lindo día ¿eh? —Se aventuro a decir el rubio esta vez y en la opera que se escuchaba a través de los estéreos, un hombre canto en un tono tan singular, que de no ser por el volumen, Giotto estaba seguro haría explotar sus tímpanos.
7.
8.
La voz masculina termino y ahora una gruesa y femenina se escuchó.
9.
Y Giotto imagino a una mujer obesa con tutú andando en triciclo.
10.
11.
El papeleo estaba arruinando su cabeza.
12.
13.
—Si es un lindo día.
14.
La música cambio y una balada capaz de dar diabetes hasta al mas amargo envolvió el lugar. Poso su mirada en el techo igual de plateado que el resto del ascensor.
15.
E irremediablemente se balanceó al son de la canción y el tono casi demasiado emocionado del cantante.
16.
Silbó un poco, también.
17.
—Hoy es mi primer día aquí. —Dijo sin apartar sus ojos azules del frente.
18.
19.
—Lo noté.
20.
21.
— ¿De verdad?
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23.
24.
—Si. Felicidades, por tu primer día, digo.
25.
—Oh, gracias. — Giotto sonrió.
26.
27.
Las puertas volvieron a abrirse y el de menor estatura salió con una suave "Adiós y buena suerte", dejándolo solo de nuevo.
Entre un rock desconocido y música ambientada francamente horrible, Giotto llego a su destino, deslumbrando emoción y con una sonrisa tan brillante que de ser alumbrada directamente con el sol, probablemente cegaría a cualquiera (como a la pobre recepcionista que solo planeaba tomar su mismo ascensor).El piso treinta se caracterizaba por los colores dorado y una particular gama de naranjas que le daba un poco menos de sobriedad al lugar.
Yendo a paso firme a la oficina principal donde el Vicepresidente lo esperaba, tocó las puertas doble de caoba abriéndolas después de escuchar un suave ´pase´ al otro lado.
El despacho era bastante simple comparado al resto del piso, tres repisas llenas de libros, un armario pequeño y en el centro, ocupando casi la mitad del espacio total, un escritorio de madera negro; junto a el un hombre alto que jugaba con un lagarto en su hombro.
Se aclaro la garganta y el otro alzo la cabeza logrando que las patillas que enmarcaban su rostro rebotasen. Bien vestido, de porte elegante y una fedora, el hombre que no parecía superar los treinta años lo miró. Giotto sonrió y alargo una mano.
— ¿Vicepresidente? Encantado de conocerle, soy Di Vongola, Giotto.
El mayor examino su brazo alzado un momento y luego volteo otra vez hacia su hombro donde el lagarto reposaba. Acomodándose la fedora, hiso que su sombra le tapara los ojos y con ello, su ceño fruncido.
—Creo que te equivocas de persona. Yo soy Reborn. —Dijo el pelinegro en tono aburrido mientras acariciaba la cabeza de su mascota. —A quien tu buscas es a Dame-Tsuna, Vongola.
— ¿Disculpe pero que...? —Giotto frunció el ceño y el sonido de la puerta abrirse a su espalda hiso que no acabase con su pregunta. Un suave suspiro en una voz que al rubio se le antojó familiar se dejó oír.
Cuando volteo se encontró con un niño moreno y encorvado que, después de ahogar una exclamación y casi atragantarse, también lo miró; el cabello chocolate se agito un poco cuando el viento soplo desde las puertas al cerrarse tras su llegada. El silencio duró un minuto en el que Giotto trató de descubrir donde había visto al chico antes.
Los ojos chocolates del menor parecieron brillar por un momento ante alguna realización desconocida y sin abrir la boca en ningún momento salió de la habitación.
Cinco segundo mas tarde volvió a entrar, esta vez con la espalda recta los ojos serios. Sin darle tiempo a Giotto de sorprenderse por el repentino cambio de actitud, el más bajo extendió su mano, y al no tener mucha opción ni saber que hacer, imitó su acción.
Aun no comprendía bien que estaba pasando pero tampoco quería ser descortés.
—Bienvenido, Giotto-san. No sabía que llegarías tan pronto. —Habló amablemente el moreno, y por fin el rubio puso reconocerlo como el desconocido con el que subió al ascensor. Sonrió. Aun así eso no quitaba el hecho del por que ese niño lo conocía y esperaba su llegada ¿Algún fan, quizás? No era algo extraño pero tampoco muy normal que se diga. Un minuto mas transcurrido y ahora enarcó una ceja. El otro pareció imitar su gesto y el silencio se volvió pesado, sin percatarse aun que sus manos seguían estrechadas.
Mientras tanto, Reborn observó la situación. Aunque la mayoría de las personas no lo creyesen, a él le gustaba su trabajo como tutor del castaño. No era por la buena paga, ni el poder torturar a su alumno cuando se le dé en gana (aunque eso ayudaba un poco), sino, mas particularmente, por ese corto momento en el que el joven se presentaba.
A Reborn le encantaba ver (y reírse después, claro está) la caras que ponían las personas después de presentarse. Y Giotto no iba a ser la excepción.
Dio dos pasos hasta posarse en el medio de los más jóvenes y con una sonrisa misteriosa enfoco su mirada en el rostro del rubio. Una sombra paso por sus ojos pero desapareció antes de ser identificada y Reborn se dijo así mismo que luego planetaria su forma de actuar en base a las reacción que le diera ahora el de ojos azules.
—Presidente, le presento al Vicepresidente de Vongola Corp. Y accionista mayoritario externo. Sawada Tsunayoshi.
Silencio.
Ah, los ojos se le enchinaron cuando las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa al estilo guasón tan ancha y estrecha que seguramente aterrorizaría a cualquiera que la viera; aunque los únicos presentes en la habitación estaban tan ocupados en ese instante que no pudieron apreciarla. Le encantaba cuando las cosas salían como las esperaba.
Reborn vio como las cejas de Giotto casi alcanzaron las raíces de su cuero cabelludo.
Esta iba a ser entretenido. Bueno, al menos para él.
