Capítulo 4
Bulma sintió calor en las venas. La estaba besando como si llevase años esperando a hacerlo. La saboreó, exploró todos los rincones de su boca, la guió como a una marioneta para que volviese a conocer una parte de su propia sensualidad que sólo aquel hombre había sido capaz de despertar. Su mano seguía en la curva de su espalda, acariciándola a través de la fina tela del vestido. El calor que emanaba estaba cargado de su sutil aroma, la seducción de sus labios y la hábil intrusión de su lengua la estaban haciendo responder, envuelta en una nube de deseo. Se sentía pequeña, débil y delicada, apoyada contra él. Podía notar su corazón latiendo contra su puño, cerrado y apoyado en su pecho. Y también notaba cómo latía su propio corazón, a toda velocidad. Las piernas volvían a temblarle y el deseo estaba atacando a todos sus nervios, desde las puntas de los pies a las caderas. Entonces él susurró algo contra su boca y la hizo sentir una explosión de excitación sexual que la hizo retroceder. Vegeta la atravesó con su mirada negra como el carbón, con el ceño fruncido y se acercó.
— ¡No! —exclamó Bulma, porque no quería volver a acercase a él. Avergonzada, se dio la vuelta y agarró la pesada barra que cruzaba la puerta de salida. Tenía un ataque de pánico, lo sabía y él no decía nada. Podía sentirlo a su espalda. Entonces, la abrazó. Así atrapada, temblando y consciente de todos los fuertes músculos de su cuerpo, vio cómo abría la puerta. Casi se cayó fuera. El frío aire de la noche la golpeó y Bulma se encontró en un callejón que debía de dar a un lateral del restaurante. Reinaba el silencio y estaba oscuro. Fue hacia donde pensaba que estaba la calle principal. Tenía que salir de allí, tenía que marcharse antes de hacer algo realmente humillante, antes de ponerse a llorar. Veg. Había permitido que Veg la besase. ¿Cómo se había atrevido él? ¿Cómo lo había permitido ella? Lo odiaba. La puerta se cerró de un golpe y ella echó a correr, pero una mano la detuvo agarrándola por la muñeca.
— ¡Déjame marchar! —gritó.
—No —respondió él—. Mira el suelo —le ordenó—. Este callejón está adoquinado. Con esos zapatos, te torcerás un tobillo o algo peor. Y, de todas formas, no vas a ir a ninguna parte, Bulma Brief, hasta que hayamos hablado.— ¿Hablar? ¿Todavía quería hablar?
—Te odio —dijo ella entre dientes—. Eso es todo. — Él empezó a avanzar sin soltarla. La llevó casi en volandas hasta la calle principal, que estaba bien iluminada, donde una limusina esperaba aparcada en la curva. Se arrastró de manera nada elegante por el asiento, ya que Vegeta no se había molestado en dar la vuelta y había entrado justo después de ella, mientras se bajaba el vestido para taparse los muslos. Lo miró, y deseó no haberlo hecho, porque estaba muy serio, parecía triste y pensativo. Entonces lo oyó decir algo en italiano y el coche empezó a moverse. Bulma se dio cuenta de que tenían un chófer, al que dejó de ver cuando un cristal negro se interpuso entre ambos.
—Tengo… tengo que darte mi dirección —balbució.
—No vamos a tu casa —contestó Vegeta.
—Supongo que te parece muy masculino, hacer de matón arrogante —le dijo ella—, pero todavía veo en ti al borracho que ha hecho el ridículo en el restaurante, cayéndose delante de todos sus empleados.
—No solías ser tan sarcástica —comentó él—. Veo que seis años sin mí para mantenerte a raya te han convertido en una bruja, cara.
—Creía que no te acordabas de mí —replicó Bulma. — Aquello lo sorprendió. Bulma se dio cuenta porque vio cómo palidecía y volvía a fruncir el ceño. Pensó que iba a desmayarse de nuevo y se echó hacia delante.
—Tranquila —murmuró él—. Esta vez lo tengo controlado…— Entonces. Bulma se dio cuenta de que no estaba borracho. Parecía realmente enfermo.
— ¿Estás… bien? —le preguntó.
—Sí… —contestó él en voz baja y ronca. Bulma tomó aire, lo soltó de nuevo, se humedeció los labios y le puso una mano en la rodilla.
—Veg, por favor —le rogó—. Me estás asustando.
«Yo mismo me estoy asustando», pensó Vegeta. Consiguió levantar una mano y ponerla encima de la de ella. Sus dedos le parecieron pequeños y frágiles, pero parecían emanar una energía que empezó a calar en él.
—Supongo, Bulma Brief, que estás preguntándote si este alcohólico necesita un par de copas de whisky para dar fuerzas a su sangre.
—No es broma —respondió ella—. Y deja decir mi nombre así.
— ¿Cómo? —preguntó él, abriendo los ojos. Vio que los de ella, de un precioso zafiro intenso, parecían preocupados.
—Como si te estuvieses burlando de mí. — Él sonrió débilmente.
—Y yo que pensaba que me estaba burlando de mí mismo.
—Parece que hablas en clave —dijo Bulma sacando la mano de debajo de la de él y echándose hacia atrás. Miró por la ventana y vio que estaban en la zona más próspera de Londres. Ella vivía en un piso alquilado de dos pequeñas habitaciones, un salón, una minúscula cocina y un cuarto de baño mínimo. La entrada no era mucho más grande que el vestíbulo en que Vegeta la había… «No pienses en eso», se reprendió a sí misma.
—No llevas alianza…
— ¿Qué? —preguntó sorprendida.
—Que no llevas anillos.
—No. ¿Por qué iba a llevarlos? —preguntó ella, poniéndose a la defensiva.
—No era una crítica, sino sólo una observación.— Ella bajó la mirada hacia las manos de él.
—Tú tampoco llevas anillos.
—Pero yo no soy el orgulloso padre de unos gemelos.— Bulma se sintió como si la acabase de agarrar por la garganta, dio un grito ahogado y se quedó inmóvil. ¡Se había olvidado de los gemelos! ¿Cómo había sido posible? ¿Cómo había podido olvidar que aquel hombre… frío, despiadado, la había rechazado a ella y a sus hijos incluso antes de que naciesen?
—Doy por hecho que no estás casada —añadió él con naturalidad. Luego, fijó la atención en su rostro y Bulma deseó ser capaz de leerle la mente.
—No —le confirmó.
—¿Y quién está ocupándose de ellos esta noche, algún novio, tal vez?— A ella empezó a acelerársele el corazón. ¿Adónde pretendía llegar Vegera con aquel interrogatorio?
—No —repitió.
—Entonces, ¿con quién están?
—Con… mi vecina.
— ¿Y su padre? — ¡Para ya, Veg! —le pidió.
— ¿El qué?—preguntó él con inocencia.
— ¡Deja de jugar conmigo!
—No estoy jugando contigo —le dijo, frunciendo el ceño.
—Entonces, ¿qué estás haciendo? ¡Sabes lo de los gemelos porque yo misma te lo conté!
—No recuerdo… —empezó, sorprendido.
— ¿Otra vez?— El coche se detuvo. Bulma volvió a mirar por la ventanilla y vio un elegante bloque de pisos. Si Vegeta pensaba que iba a entrar allí con él, estaba muy equivocado. Ya había aguantado suficientes extravagancias suyas esa noche, no le apetecía que su orgullo cayese por los suelos al ver lo bien que vivía, mientras que sus hijos… El chófer le abrió la puerta. Ella lo miró y le dio las gracias antes de salir del coche. El aire era frío y empezó a tiritar. Abrió el bolso.
— ¿Qué estás haciendo? —le preguntó Vegeta al llegar a su lado.
—Necesito mi teléfono móvil para llamar un taxi…— Él le quitó el bolso con cuidado.
—Antes tenemos que hablar.— Bulma iba a protestar cuando la agarró de la muñeca y empezó a llevarla hacia la entrada del edificio.
—No quiero entrar ahí contigo —le dijo, furiosa—. Quiero que me devuelvas mi bolso y quiero irme a casa.
—Tranquilízate. Son sólo las diez. Seguro que tu niñera no espera que vuelvas tan pronto.
—Eso no tiene nada que ver con esto —dijo, intentando zafarse de él —. Tengo derecho a decidir por mí misma lo que…— Dejó de hablar al oírlo jurar entre dientes, ya que pensó que iba a desmayarse de nuevo, pero la expresión de Vegeta era de enfado, no de dolor. Y cuando siguió la dirección de su mirada, Bulma vio a través de las puertas de cristal de la entrada a un hombre apoyado en el mostrador de la recepción, charlando con calma con el guardia de seguridad que había al otro lado. Las puertas se abrieron delante de ellos como por arte de magia y el extraño pareció reconocer a Vegeta, ya que se incorporó y sonrió. Era joven, guapo e italiano, a juzgar por su aspecto. Vegeta dijo algo en italiano y el hombre dejó de sonreír y frunció el ceño. Ambos se enzarzaron en una acalorada discusión. Vegeta le hizo varias preguntas y el joven respondió con firmeza. Bulma los observó fascinada y el guardia, también. Éste parecía entenderlos. Bulma, no. Cuando el extraño la miró y dijo algo en referencia a ella. Vegeta explotó y sacudió la mano en un gesto que debía de querer decir algo así como «no te metas donde no le llaman». Después, la condujo al otro lado del vestíbulo, hasta el ascensor. Cuando la puerta se cerró tras de ellos, Bulma vio que el otro hombre fruncía el ceño con impaciencia.
— ¿Quién es? —le preguntó, no pudo contener la curiosidad.
—Mi hermano. — Bulma lo miró.
— ¿Por qué has discutido con él?
— ¿Acaso importa? —respondió Vegeta con frialdad. No, Bulma suponía que no importaba. No era asunto suyo que Vegeta se pelease con su familia. Las puertas del ascensor se abrieron y Bulma fijó su atención en un vestíbulo lujoso en el que había una sola puerta blanca. Vegeta utilizó una tarjeta y tecleó un número en el teclado numérico que había en ella. La puerta se abrió y al otro lado apareció una gran entrada cuadrada que su hija habría descrito como «muy pija». Con paso largo y decidido, Vegeta la hizo cruzar la entrada y le soltó la muñeca al llegar a un bonito salón con sillones y sofás de cuero marrón, iluminado por una suave luz dorada. Mientras Bulma se empapaba de todo, él dejó su bolso en una mesita auxiliar, se desabrochó la camisa y se volvió a aflojar la corbata. Lo que no había esperado que hiciese fue dejarse caer en uno de los sofás. En ese momento, Bulma se dio cuenta de que volvía a estar pálido y ponía gesto de dolor.
—Lo siento —murmuró él—. Necesito unos segundos para… que se me pase.— Se hizo el silencio y Bulma se preguntó qué hacer. Miró hacia donde estaba su bolso y luego otra vez a Vegeta y supo lo que debía hacer. Debía aprovechar la oportunidad para marcharse de allí. No quería seguir hablando con él. No quería estar allí. Vegeta se había negado a dejarla hablar seis años antes, cuando ella le había rogado que la escuchase. Y lo que era más importante, había rechazado a sus gemelos al mismo tiempo. Entonces, ¿por qué seguía allí? Sus pies la llevaron hasta el sofá donde estaba tumbado Vegeta.
— ¿Hasta que se te pase el qué? —le preguntó. Él no respondió. La preocupación minó sus defensas. —Esto es una tontería —añadió—. Veg, necesitas un médico…— Él sonrió de medio lado.
—Te agradecería más que me trajeses un vaso de agua.
—Bien…— Al menos así tenía algo que hacer. Ya se había dado la vuelta cuando volvió a oír su voz.
—Hay varias botellas en la nevera. La cocina está…
—La encontraré —lo interrumpió—. Tal vez parezca rubia, pero no soy del todo tonta.
— ¿Siempre fuiste tan guerrera? —le preguntó con curiosidad.
— ¿Quieres decir que no te acuerdas? —Replicó Bulma—. Veo que tienes una mente muy selectiva Veg. Te acuerdas de mí, pero no te acuerdas de mí.
—Me he acordado de ti mientras te besaba —respondió él con voz ronca—, y ha sido lo más dulce que he probado en muchos años. Bulma se detuvo.
—Sólo un cretino sin principios sería capaz de decir algo así.— Luego salió del salón, dándose el placer de cerrar la puerta tras de ella con un buen golpe, que esperó que doblase su dolor de cabeza. Cuando volvió, se lo encontró todavía tumbado en el sofá en el que lo había dejado, pero sin chaqueta ni corbata, lo que le indicó que había intentado levantarse, pero había tenido que volver a echarse. Volvió a preocuparse por él y se acercó al sofá donde estaba. Se debatió durante treinta segundos y después suspiró y se sentó a su lado, poniéndole la mano en la frente.
—Estás frío —murmuró alarmada.
—Eso nunca —contestó él haciendo una mueca—. Soy italiano. Nunca estamos fríos.
—En serio. Tal vez tengas un virus o…
— ¿Me estás mimando, cara? Si me quedo aquí tumbado, pálido y patético, ¿te calmarás y escucharás lo que tengo que decirte?
—¿Por qué crees que te encuentras así?— Vegeta le agarró la mano y se la apartó de su frente. Luego, abrió los ojos. Bulma estaba tan cerca que pudo ver las motas doradas que los salpicaban, dando fuerza y vitalidad a su mirada negra, algo extraño en ese momento en el que estaba físicamente tan débil. Y la cautivaron, como habían hecho siempre. Vegeta poseía un cuerpo masculino que debía de hacer temblar las rodillas de la mayoría de las mujeres. No obstante, a Bulma lo que más le había atraído había sido su mirada, desde la primera vez que se había sumergido en ella. Y todavía tenía el mismo poder de atracción, todavía la aturdía y la hacía sentirse vulnerable.
—Porque… hace seis años tuve un grave accidente de tráfico que me dejó en coma durante tres semanas y lo borró todo de mi memoria. Hasta esta noche, cuando te he visto en esa sala llena de gente y he empezado a tener breves recuerdos… y ahora vuelvo a morirme por besarte…— Bulma seguía mirándolo a los ojos, hipnotizada por su belleza y su poder. No habló ni se movió. Ni siquiera respiró ni parpadeó. Entonces, comprendió lo que acababa de contarle Vegeta, se zafó de él y se puso en pie de un salto. Luego intentó respirar y se mojó entera con el vaso de agua que se le había olvidado que tenía en la mano.
—Mira lo que has hecho —murmuró—. ¿Cómo te atreves a contarme todas esas mentiras?— Se negaba a creer nada de lo que le había dicho. El murmuró algo y se levantó del sofá, convirtiéndose de nuevo en el impresionante hombre que la aturdía con su presencia.
—Deja de acusarme de mentir —le dijo, quitándole el vaso vacío de la mano. Bulma intentó mantener la compostura a pesar de que el vestido mojado se le pegaba a los pechos. También se había mojado la cara y el pelo. Su nariz y su barbilla goteaban. Vegeta gimió con impaciencia y volvió a agarrarla por la muñeca para llevarla a otra habitación. Era un enorme cuarto de baño blanco. Tomó una toalla y se la tendió.
—Sécate el vestido —le ordenó, tomando otra más pequeña para secarle la cara. Bulma empezó a sentirse más tranquila, pero todavía impresionada por lo que le acababa de contar.
— ¿Por qué me has dicho esas cosas? —le preguntó.
—Piénsalo —le dijo, levantándole la barbilla para secarle las mejillas —. ¿Para qué iba a inventarme semejante historia?— Tenía razón.
—¿De verdad no te acuerdas de mí…?— Él frunció el ceño.
—Tú lo has dicho muy bien hace un rato, me acuerdo de ti, pero no me acuerdo de ti. Eres la protagonista de algunos flashbacks estupendos, Bulma Brief. Aparecen y desaparecen de mi mente antes de que me dé tiempo a comprender lo que pasa. Y uno de ellos ha sido tan fuerte que ha hecho que me caiga como un muerto a tus pies.— La imagen del muerto estremeció a Bulma.
—Tienes que quitarte ese vestido empapado—le dijo él.
—No. estoy bien. Sólo un poco mojada. — Vegeta lo había explicado todo con tanta naturalidad… No la recordaba, pero la recordaba. Y todo estaba empezando a encajar, aunque fuese una locura.
—¿Cómo de grave fue el accidente?— No tenía señales en la cara. Bulma bajó la mirada y comprobó su garganta, siguió descendiendo por el pecho, como si tuviese rayos X en los ojos y pudiese ver a través de su camisa. No se dio cuenta de que él se había puesto muy tenso y había entrecerrado los ojos.
—Si quieres, cara, puedo quitarme la ropa para que puedas examinarme mejor… —le dijo con voz baja y ronca.
