Disclaimer: Once Upon a Time no me pertenece; la idea original y los personajes son propiedad de Kitsis&Horowitz y ABC.

La canción que usé para guiar este capítulo es "Rabbit Heart (Raise it up)" de Florence and The Machine.

Capítulo 4

Corazón de León

The looking glass, so shiny and new / How quickly the glamor fades / I start spinning slipping out of time
Was that the wrong pill to take (Raise it up) / You made a deal, and now it seems you have to offer up
But will it ever be enough / (Raise it up, raise it up) / It's not enough / (Raise it up, raise it up)

(El espejo, tan brillante y nuevo, / qué rápido se pasa el glamour, / Empiezo a girar quedándome sin tiempo,

¿Era esa la píldora equivocada? (Levántate) / Hiciste un trato, y ahora parece que hay que pagarlo, pero da la sensación de que jamás será suficiente, (Levántate, levántate) / No es suficiente, (Levántate, levántate)

Hay un viento primaveral que mese las cortinas de un lado al otro, sin ritmo, pero con persistencia. Y todo parece tan perfecto en aquel Martes por la mañana que por unos minutos, Emma cree que aún no se ha despertado, que todo eso no es más que la continuación de un sueño. El sol no la quema, la brisa no la molesta, su cabeza ya no le duele. Las prolijas, suaves sábanas de la cama de sus padres son tan cómodas que, sin exagerar, Emma cree que está recostada en las nubes. El aire huele a café y tostadas y a canela. Siempre huele a canela. Y anoche durmió toda la noche, sin pesadillas que le interrumpan.

Aún se siente enferma. Aún le duelen los huesos, le molesta al respirar, se siente débil. No quiere levantarse y, tal vez, ni siquiera pueda. No sabe que es lo que tiene, pero sabe que quedarse en la cama es lo mejor. En las suaves sábanas que huelen a jabón y a… a su madre. Emma recuerda entonces que su madre durmió a su lado anoche. Tal vez por eso no ha tenido pesadillas. Se pregunta cuántas mujeres de veintiocho años duermen con sus madres, buscando el certero confort de su compañía en las noches difíciles, largas. A Emma no le interesa del todo la respuesta. Ella y Blanca son distintas. Ambas se merecen hacer lo que se les de la gana después de todo lo que les ha pasado.

Contempla la posibilidad de arrastrase a la cocina para conseguir algo de comida cuando la oye. Está cantando, en voz baja y melodiosa, tan baja que de vez en vez se pierde detrás del sonido del leve viento. Su madre debe creer que Emma aún duerme, de allí la precaución al cantar. O tal vez… tal vez Emma aún está soñando. Porque todo es muy perfecto como para ser verdad. Blanca entona una canción algo rápida, que cuenta la historia de un viejo marinero que zarpa al mar abierto, prometiéndole a su esposa que al volver tendrán hijos. Emma se pregunta quien le ha enseñado esa canción. No suena como algo que su madre cantaría. Entonces se da cuenta de que, en realidad, no se le ocurre qué otra cosa podría estar cantando. Lo real y lo concreto es que su voz es hipnótica, y el sol parece invitarla a seguir durmiendo, y el viento sigue haciendo danzar las cortinas, y Emma cree que si pudiera elegir un momento en el que pasar el resto de su vida… sería este.

- Veo que te has despertado…- dice su madre, con una sonrisa, entrando en la habitación. Deja una pila de ropa prolijamente doblada sobre el pequeño armario, y se acerca a su hija, sentándose a su lado en la cama y besándola en la frente para medirle la fiebre.- Aún estás algo tibia…- murmura, con preocupación.

- ¿Qué hora es?- inquiere Emma, mientras su madre sale de la habitación con rapidez, sus pies descalzos apenas haciendo ruido contra las tablas de madera, el ruedo de su vestido floreado danzando en sus rodillas.

- Hora del desayuno.- responde ella, volviendo con una bandeja prolijamente preparada. Emma se sienta lentamente, y su madre apoya el desayuno en su falda. Café, tostadas, jugo de naranja, dos flores. Algo (o todo) tiene canela.

- Debería ir a la oficina… controlar que todo esté bien…- comienza Emma, dándole un sorbo al café. Blanca suelta una risita.

- Tú no saldrás de la cama en todo el día.- la reprende, pero no con enojo, si no con un tono cariñoso que a Emma le resulta, aún después de todo este tiempo, casi extraño.- Envié a James y a Henry a ocuparse de eso. De hecho, ya estaban comenzando a ponerme nerviosa.- finaliza, con una sonrisa cómplice, y Emma se la devuelve porque le es inevitable. Continúa comiéndose el desayuno, mientras Blanca se sienta a su lado en un desvencijado sillón, remendando con cuidado uno de los pantalones de Henry.

- Nunca entenderé como puede gustarte tanto hacer ese tipo de cosas.- murmura ella, untando una tostada con manteca y metiéndose la mitad en la boca. Su madre suelta una risita.

- Cuando vives en una cabaña en el medio del bosque, y te pasas sola todas las mañanas, aprendes a encontrarle el lado divertido a las tareas del hogar.- explica ella, examinando la costura con detenimiento, y dejándola a un lado cuando considera que es lo suficientemente fuerte. Emma está por preguntarle acerca de eso, cuando un azulejo entra por la ventana a toda prisa, volando en círculos por la habitación.

- Al fin regresas.- dice su madre, entusiasmada, poniéndose de pié y extendiendo una mano. El pájaro se posa en su dedo al instante, y ella comienza a acariciarle la cabeza.- ¿Traes un mensaje?- inquiere ella. El animal comienza a cantar en respuesta, y su madre frunce el ceño mostrando que le está prestando atención. Emma está en shock. No puede moverse. La tostada que estaba por comer queda a medio camino, como si se hubiera transformado en una roca. Ha escuchado que su madre tiene ese tipo de habilidades, ha leído acerca de eso, y hasta ha hecho un par de bromas. Pero verlo… eso no tiene precio alguno.- Perfecto…-murmura Blanca, cuando el pájaro deja de cantar, y le quita a Emma una de las tostadas para darle un pequeño pedazo al animal, que sale volando por la ventana como si nada hubiera ocurrido.

- Ella dice que Alexandra está comenzando a caminar. Vendrán mañana a cenar.- comenta. Ese era el mensaje, piensa Emma. Eso fue lo que el pájaro le dijo. El pájaro. Emma tiene que tomar un largo trago de jugo de naranja para aligerar el nudo en su garganta. Se queda en silencio, por precaución, porque aquella situación le ha sonado tan bizarra que nada de lo que diga tendrá mucho sentido. Su madre vuelve a tararear, sus ágiles manos cociendo ahora los botones de una camisa, una pequeña sonrisa dibujándose en sus labios. Emma deja la bandeja a un lado, limpiándose los dedos con la servilleta, sumergiéndose de nuevo en sus pensamientos.

¿Adónde aprendió su madre ese tipo de cosas? Las cosas… mágicas. Y, sobre todo, ¿cómo puede aprender ella? Porque por mucho que haya visto hasta el momento, Emma debe reconocer que su magia no se parece a ninguna otra. Y se niega a tener esos poderes. No los quiere. No pidió por ellos. Se despierta todas las mañanas deseando no tenerlos. Sin embargo, está comenzando a creer que es el precio que debe pagar por tener a su familia de vuelta, a su lado, sana y salva. Y ella está dispuesta a pagar ese (y cualquier) precio.

- ¿Por qué estás tan callada? ¿Te sientes mal? - inquiere Blanca después de un buen rato, dejando todo de lado y sentándose a su lado en la cama, tomándole la fiebre otra vez. Emma sonríe.

- No, estaba… pensando en algo nada más.- responde, tomando la mano de su madre en la propia y dándole un apretón. Blanca alza las cejas, esperando más, y Emma suelta entonces lo primero que se le viene a la mente.- Estaba pensando en Sara Michaels.

- ¿Sara Michaels?

- Si. Sara Michaels.- dice Emma, jugando con el borde de la bordada cobija que Blanca tiene sobre su cama, ordenando sus ideas. Su madre, por su parte, se acomoda más en la cama, concentrando su atención en su hija.- Sara y yo éramos amigas de pequeñas. A los… diez u once años. Íbamos a la misma escuela y, francamente, éramos amigas por descarte. Nadie más se interesaba en ella y nadie más se interesaba en mi. De hecho, el resto nos esquivaba. Verás yo… bueno, no tenía mucha facilidad para hacer amigos…- explica ella, y los ojos de su madre se vuelven tristes, casi lejanos. Emma continúa sólo porque cree que, al terminar con la historia, eso cambiará.- Y Sara tampoco. Estaba loca. Su madre era documentalista, especializada en animales, por lo que Sara vivía seis meses al año en África, en el medio del desierto, observando a los… leones o a las jirafas o a quién sabe qué cosa. Eso sólo la hacía más extraña a los ojos de los demás niños. Pero a nosotras no nos importaba. De hecho, nos alcanzaba con tener a la otra. Teníamos nuestro propio mundo, y competíamos por todo. Por ver quién era la más inteligente, la más linda, la más graciosa. La que saltaba más alto, corría más rápido, lanzaba más fuerte. Y yo siempre la superaba. Siempre y en todo… a excepción de una sola de las categorías.- continúa.

- ¿Cocina?- bromea su madre en voz baja. Emma sonríe.

- No. Sara siempre me ganaba en la categoría "padres".- explica. Sólo entonces Blanca la mira a los ojos, expectante, y se parece un poco a Henry. O Henry se parece a ella. O todos se parecen a todos.- Su madre era genial y su padre también lo era. Y ambos la querían muchísimo. Sara era su única hija. Eran divertidos y atrevidos y valientes. Eran diferentes, distintos. Y Sara siempre se regodeaba en el hecho de que ella no solo que los tenía con ella, si no que a su vez ellos eran fantásticos. Y me gustaría verla ahora, ¿sabes? Apuesto a que su padre está gordo y canoso, y su madre posiblemente ya no pueda hacer las cosas increíbles que hacía.- dice, medio en broma, y conoce tanto a su propia madre que sabe que ella está haciendo lo imposible por no llorar. Se gira en la cama para tenerla de frente.- Quisiera encontrarla y mostrarle lo asombrosos que son mis padres. Mostrarle cuánto me querían, cuan valientes habían sido ellos también.- finaliza. Blanca sonríe brillantemente, y su mano encuentra la mejilla de su hija, las puntas de sus dedos acariciando su cabello, mientras la mira con un cariño y una adoración que Emma tardará años en creer.

- ¡Oh Emma… cuánto te quiero!- le murmura, en un suspiro. Está aliviada. Está en paz. Debería estarlo. Emma la ha perdonado hace tiempo, mucho tiempo.

- ¿Puedes trenzarme el cabello? Como el otro día…- pide ella, a sabiendas de que no obtendrá nunca un no como respuesta.

- Puedo enseñarte si quieres…- dice su madre como respuesta, sentándose al otro lado de la cama y comenzando a peinarla con delicadez, casi como transformando cada trazo en una caricia.

- Terminaría por tener un nudo del tamaño de mi cabeza.- contesta ella, y ambas sueltan una risita porque saben que es verdad. Además… Emma no quiere aprender. Quiere su madre lo haga. Y, al parecer, ella piensa lo mismo, porque no insiste. Comienza a cantar de nuevo, en la misma voz melodiosa y bajita, mientras sus dedos trabajan de forma segura. Y Emma mira por la ventana hacia el hermoso cielo azul, deseando que Henry vuelva, que James vuelva, que Blanca no la deje. Y aún se siente enferma, gastada, sin energías… pero su madre hace tanto por hacerla sentir bien que, poco a poco, Emma se recarga. Se supone que así debe ser para el resto del mundo, que de esto se estaba perdiendo. De besos en la frente que miden la fiebre y desayunos en la cama. De trenzas y cancioncitas y risas cómplices. De manos y mejillas. De miradas de adoración. ¿Cuánto más se ha perdido? ¿Cuánto, sobre todo, nunca podrá aprender, descubrir, recuperar? Porque Emma se figura que alguien tan increíble como su madre y su padre habrían hecho de cada día de su vida una experiencia nueva, una aventura distinta. Tal vez no es eso lo que ella resiente. Tal vez son las cosas simples. Su padre enseñándole a andar en bicicleta. Su madre escuchando la historia de su primer beso. Navidades en familia y cumpleaños compartidos. Eso no regresa. No hay forma de hacerlo regresar. Emma se siente de pronto más vacía, más rota. Su madre termina de trenzarle el cabello, tomando una cinta blanca de su costurero y haciéndole un moño en el final de la trenza, retocándole un par de cabellos sueltos.

- Listo.- le murmura, dándole un beso en la coronilla antes de ponerse de pie. Y Emma suspira, intentando contener la angustia que la ha embargado. Pero por algún extraño motivo… simplemente no puede.

- Tú tenías que venir conmigo.- susurra, con el dolor anudándole la garganta, tomando a su madre de la mano, esa mano que trabaja y lava y cocina… y aún así sigue siendo suave, cálida. Ella cierra los ojos, dolida, como si pudiera sentir la pena de su hija en sus propias entrañas.

- Si.- es todo lo que contesta, su voz apenas oyéndose detrás de su pena. No puede decir más, y Emma no espera más. Pero en estos veintiocho años, las fiebres se han curado solas. Las lágrimas se han secado con el tiempo, y no con manos amorosas. Las noches difíciles se han pasado en vela, sin compañía alguna. El mundo ha sido un lugar oscuro, solitario, de interminables problemas. Y Emma puede sentir la angustia y el odio subir por su médula. Emma hierve. Bulle. Explota. Las ventanas se cierran de pronto, azotándose, el viento rugiendo furioso, como una tempestad, y su piel arde ante la impotencia en el preciso momento en que su madre se suelta de su mano, acercándose a las ventanas para cerrarlas. Emma ya no piensa, ya no disimula, ya no reprime la magia que brota de su ser sin control alguno, sin barreras. Su madre finge ignorarla, tomando la bandeja del desayuno para llevarla a la cocina, y Emma se lo agradece. Pero entonces oye el inconfundible sonido de una taza rompiéndose, y su madre deja caer la bandeja al piso, sosteniendo las manos en alto. La sangre comienza a brotar con rapidez, y Emma se pone de pie, olvidando todo, dirigiéndose hasta su madre.

- No te asustes…- le murmura, fingiendo una tranquilidad que no siente. El viento ha dejado de rugir.- Voy a… voy… presiona aquí…- le dice. Su madre llora, pero no se queja, como si estuviera acostumbrada al dolor. La taza se le ha incrustado en las manos pero su madre ha arrancado los pedazos, y la sangre brota sin pudor alguno, manchando su vestido, las cobijas, las tablas de madera del piso. Emma presiona las heridas, mirando hacia su alrededor, buscando algo con que envolverle las manos.- Lo siento… lo siento mucho, esto fue mi culpa…- agrega ella, porque sabe que así es. Porque fue ella la que provocó esto. Porque no sabe que es lo que tiene… porque no sabe controlarlo.

- Em… no fue tu culpa, cariño.- dice su madre, y su voz ni siquiera tiembla. Sonríe, de hecho. Está calmada. Emma la mira por un segundo, aún presionando las heridas. ¿Tanto la quiere? ¿La ama tanto como para perdonarle esto, para soportar el dolor sólo para no asustarla, no hacerla sentir culpable? Emma llora porque no quiso lastimarla. Nunca querrá lastimarla. La quiere tanto, con tanta fuerza, que siente como si sus propias manos fueran las que estuvieran abiertas. Emma ha arruinado tantas cosas en el pasado, ha destrozado todo lo que tocaba. Pero no esto. No va a permitir que nada en el mundo destroce esto. Es eso lo que hace su piel brillar. Emma intenta controlar la magia pero, de nuevo, no puede. Sus manos brillan, su piel centellea, el dorado sobresale contra el rojo oscuro de la sangre. La sostiene por un segundo, sintiendo su pulso contra sus pulgares. Entonces su madre suelta un quejido, desprendiéndose de las manos de Emma como si estas la estuvieran quemando. Ella se aleja lo más posible, por miedo a que así sea. Blanca se mira las palmas de las manos, antes de tomar una vieja playera de James para limpiárselas.

- Emma… mira esto…- susurra, acercándose a su hija, mostrándole algo. Al principio Emma no entiende, pero entonces lo ve… las heridas ya no están.- Me curaste, Emma. Tú me curaste.- agrega su madre, sólo entonces llorando, embargada por una alegría que Emma no entiende.

- Yo no…

- ¡Si, tu lo hiciste! Me tomaste las manos y me curaste.- repite ella, extasiada, sonriéndole. Emma inspira. Se siente enferma de nuevo. Se siente débil, frágil, cansada. La fuerza la abandona, sus rodillas cediendo ante el peso de su cuerpo, ante el peso de la verdad. Siente el olor a sangre penetrándole las fosas nasales sin dejarla respirar.

Siente a su madre gritar su nombre en cuanto su cabeza impacta con el suelo. Su rostro preocupado es lo último que ve antes de perder el conocimiento.

-oo-

Here I am, a rabbit hearted girl / Frozen in the headlights / It seems I've made the final sacrifice
We raise it up, this offering / We raise it up
This is a gift, it comes with a Price / Who is the lamb and who is the knife / Midas is king and he holds me so tight / And turns me to gold in the sunlight

(Aquí estoy, una mujer con un corazón de conejo, / paralizada ante los focos, / parece que ya he hecho el sacrificio final.

Lo elevamos, este ofrecimiento, / lo elevamos.

Esto es un don, viene con un precio, / ¿quién es el cordero y quien el cuchillo? / Midas es el rey, y me agarra muy fuerte, /

y me convierte en oro con la luz del sol)

Hablan en susurros, en secreto. Emma cree que ellos no quieren despertarla. Y cierra más los ojos, porque quiere contribuir a esa ilusión.

- Está estable. Será mejor que duerma por lo menos hasta mañana.- dice la voz del Dr Whale.- En mi opinión no es más que un pico de stress. Lo cual no es raro. Fiebre, cansancio, mareos… todo parece indicar que no debemos preocuparnos.- finaliza.

- ¿Estás convencido de que es sólo eso? ¿Tu también lo crees, Doc?- inquiere la voz de su padre. Emma puede oír su preocupación. Puede imaginárselo frunciendo el ceño, su mano en los hombros de su esposa. Lo siente a millas de distancia, cuando en realidad sólo está fuera de la habitación. Han armado un pequeño cónclave de especialistas. Emma no quiere pensar que su salud depende de un enano. Eso no la tranquiliza.

- Bueno, no ha tenido otros síntomas, nada raro… ¿no?- pregunta. Se hace un silencio incómodo. Emma puede sentirlo. Puede sentir el debate interno de sus padres, preguntándose si contarle a los doctores o no acerca de la magia, de lo ocurrió horas antes en esa misma habitación. Después de lo que parecen horas, pero no deben ser más que segundos, su madre habla.

- No, no ha habido otro síntoma.- miente, segura. La fidelidad de su madre hace que Emma tenga que esforzarse por mantener los ojos cerrados. Su madre siempre piensa en ella. Su padre siempre se preocupa. Emma no sabe como devolverles nada de eso.

- Entonces que repose. Yo le traeré esas hierbas en cuanto Feliz y Gruñón las encuentren en el bosque.- dictaminó el menor de los doctores.

- De acuerdo, gracias por venir.

- Es lo mínimo que podíamos hacer, Su Alteza.- responde el Dr Whale con solemnidad, mientras guarda sus cosas. El sonido de la puerta cerrándose detrás de ellos es lo último que se oye por un buen rato. Tal vez ellos aún consideren que ella duerme y que deben guardar silencio. Tal vez le tienen demasiado miedo como para acercarse a ella. Emma no los culpa. Ella misma está asustada. Así, con los ojos cerrados, puede ver una y otra vez la taza rompiéndose en las manos de su madre, la sangre brotando sin forma de pararla, cayendo al suelo, manchando su vestido. Emma suspira, intentando aplacar la angustia que la embarga, intentando aligerar el nudo de su garganta.

- ¿Puedo pasar a desearle las buenas noches?- inquiere Henry. Debe de recibir una respuesta afirmativa silenciosa, porque se aparece segundos después en la habitación, acercándose a Emma en la cama. Le acaricia una mejilla, y le da un beso en la frente.

- Buenas noches, mamá.- murmura. Emma tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para no llorar ahora. Quiere gritarle que se vaya, que estar cerca a ella no es seguro, que si hacerle daño a Blanca le duele tanto, lastimar a su hijo la mataría. Pero a Henry no le importa. A Henry nunca le importaron esas cosas. Él es valiente. Él ve en ellas cosas que ella no creería jamás poseer. Y por mucho que asuste al principio, rara vez se equivoca. Así que a Emma no le sorprende que, antes de irse, su hijo se acerque a su oído y le murmure "no tengas miedo". Emma nunca lo ha amado más. Su padre entra después, acariciándole le cabello y deseándole las buenas noches, murmurándole algo a su madre antes de irse. Y entonces llega ella. Apaga la luz y enciende la pequeña lámpara de noche que hay a su lado en la cama. Se desliza entre las limpias sábanas sin emitir sonido alguno, y se acerca a Emma, acariciándole también el cabello, acomodando aquellos que no han quedado adentro de la trenza que ella misma hizo esa tarde. Emma ha dejado de respirar. Está tan tiesa que cree que no podrá moverse nunca más. Porque quiere a su madre, el certero confort de sus palabras, la calidez de sus caricias. ¡Oh Dios si las quiere! Pero teme tanto por ella, por lo que puede llegar a pasarle, que no se atreve siquiera a moverse por miedo a lastimarla otra vez.

- Duerme bien, Em.- murmura ella, su voz cargada de sueño y dulzura y eso hace todo más difícil. Emma desearía que su madre le tuviera rencor, le tuviera miedo, pero ella no es de ese tipo de mujer. No lo era antes, cuando no era ella, y no lo es ahora. Emma cree que eso está tan arraigado a su naturaleza que ni siquiera una maldición pudo arrebatárselo.

Abre los ojos sólo cuando a pasado un buen rato, y la respiración de su madre se vuelve pausada y pesada, y la mano que la sostiene del brazo pierde su fuerza. Alguien ha cambiado las sábanas, le ha limpiado las manos, y le ha puesto ropa limpia, sin manchas de sangre, sin evidencia alguna de que allí en ese cuarto la magia se le fue de control. Emma no puede respirar. No ha sentido el aire puro en horas, y la habitación está comenzando a ahogarla. Aún cuando ha sido limpiada, Emma puede sentir el olor a la sangre de su madre en sus fosas nasales. Se suelta delicadamente de su abrazo, poniéndose de pie sin hacer ruido, caminando descalza hasta la cocina. Busca en la heladera uno de las cajas de jugo que guardan para Henry, y se dirige hasta la ventana del pequeño living, abriéndola con cuidado, dejando entrar le frío aire de la noche primaveral en la habitación. El cielo está estrellado. Aquí, en Storybrooke, puedes ver las estrellas en la noche con una claridad inigualable. Algo que en las grandes ciudades no sucede. Pero esa tal vez sea la cualidad menos especial de ese pueblo. Emma se sienta en el pequeño balcón y se lleva las rodillas al pecho, dándole el primer sorbo a su jugo. Manzana. Esa si que es una particularidad en esa casa.

Regina aún está desaparecida. Podría estar en cualquier lugar. Emma mira hacia el pueblo, hacia las casitas iguales y las calles tranquilas y los árboles prolijamente podados. Es perfecto. Casi demasiado perfecto. Nadie diría que allí ocurren las cosas que ocurren, que hay hombres lobo y hechiceras y magia, magia incontrolable, magia que de no ser usada de buena manera, puede lastimar hasta la persona a la que más amas.

Pero esa noche Storybrooke no es más que un pueblo en el que puedes ver cada estrella del cielo sin mayor preámbulo. Y Emma se queda allí por un buen rato, contemplando el cielo e intentando no pensar en nada, dejando que la brisa nocturna le de escalofríos, haciéndola sentir más viva en cada uno de ellos. Está pensando en volver a la cama cuando oye las inconfundibles pisadas sordas de los pies de su madre. Emma la oye abrir la heladera, buscar algo brevemente, y acercarse hasta ella.

- Puedes irte si quieres, ¿sabes? No hay más maldición que te detenga. Podrías tomar a Henry y largarte. Marcharte de aquí.- murmura, sentándose a su lado con gracia, pinchando su caja de jugo con la pajilla, y dándole un sorbo. Emma la mira de reojos.

- Naranja. No manzana. Nunca manzanas.- responde, evitando el tema. Su madre suelta una risita que se asemeja más a un suspiro.

- ¿Has oído decir que lo que no te mata te fortalece? Eso es verdad. Pero eso no quiere decir que podamos darnos el lujo de tropezar dos veces con la misma piedra.- explica, usando su voz de maestra. Emma recuerda entonces cuánto extraña a Mary Margaret. Por un segundo, se encuentra a si misma deseando que ella esté allí, la simple y dulce Mary que solucionaba todo con algo de comida. Pero eso es imposible. Emma ama a su madre, claro que la ama… pero a veces, en los días en que se siente más egoísta, extraña sus viejas vidas. Vidas más simples. Vidas normales. Vidas sin magia.

- Lamento lo que ocurrió antes.- dice, sin entender del todo porqué. Su madre sonríe, entrelazando sus brazos.

- Te tomaré las disculpas sólo porque te quiero demasiado. Pero no debes disculparte. No fue tu culpa.- responde, dándole un apretón a su mano. Emma no está acostumbrada a eso. Antes, en aquella vida que le parece tan lejana como las estrellas mismas, las cosas siempre eran su culpa, y las disculpas no eran siempre recibidas, y las heridas nunca podían ser curadas con un toque de su dedo.

- Ese es el problema. Creo que me quieres demasiado.- murmura ella, amargamente, y su madre tiene que reprimir una carcajada, como si Emma acabara de decir una estupidez monumental. Y tal vez lo es, pero ella no lo siente así. Al ver que su hija no sonríe con ella, su madre se mueve para mirarla a los ojos.

- Escúchame, Em. Debes dejar de ver esto como un castigo…

- Pero no lo quiero. No quiero tener lo que sea que tengo.

- Lo sé, lo sé. Y te entiendo. Pero eso no va a cambiar nada.- dice, sin perder la paciencia, tomándola de los hombros, como si temiera que su hija se echara a correr en cualquier momento.- Pero hija… debes comenzar a aprender a vivir con eso. Debes entender que no es un castigo… que es un don. Un regalo. Tienes un poder por el que muchos matarían. Ya ha pasado, de hecho.- sus ojos tienen ese brillo, esa chispa que toman sólo cuando su madre habla por convicción, cuando cree en lo que está diciendo (como cuándo le dice que la ama).- Emma… no existe la magia buena y la magia mala. Magia hay una sola. La diferencia está en la esencia de quien la porta. Y yo te conozco, se quién eres. Y por eso no temo, Em. Porque sé que tu esencia es buena. Tienes un buen corazón. Tienes convicciones. Y te quiero por todas ellas. Cuando aceptes eso, cuando aceptes ese regalo… sólo harás cosas maravillosas.- finaliza, acariciándole la mejilla, y sus ojos son claros bajo la luz de la luna. Puros e interminables. Emma medita aquello por un segundo. Tal vez si ha estado equivocándose. Tan vez Henry tiene razón y ella no debe tener miedo. Tal vez su madre tiene razón y ella debe aceptar aquello que se le dio, abrazarlo, hacerlo suyo, como ha hecho con cada giro brusco que le ha dado la vida.

- El problema es que ya tengo demasiadas cosas a las que amoldarme por estos días.- dice ella, desviando su vista de los ojos de su madre. Ella suspira, casi como si hubiera estado esperando esa respuesta.

- La idea, Emma, es que amoldes la magia a ti.- responde. Emma sólo asiente, consciente de que eso tiene más sentido, de que así es como debería ser. Su madre se termina el jugo de un solo sorbo, y se despereza, sin siquiera intentar contener un bostezo.- Creo que te dejaré sola de nuevo. Estoy cansada. No tomes mucho frío, ¿está bien?- le pide a su hija, antes de besarla en la frente y ponerse de pie.

- ¿Mamá?- la llama Emma. Su madre alza las cejas.- No voy a irme. No podría. No soy más esa persona, ¿sabes?- dice, convencida. Su madre sonríe de nuevo, aquella sonrisa cálida y de dientes blancos que Emma le ve por estos días con mayor frecuencia que nunca.

- ¡Oh, sí sé que ya no eres esa persona, cariño! Lo se muy bien. Quería saber si tú lo sabías también.- explica, dándose una media vuelta y entrando de nuevo en la habitación. Y Emma sonríe con aquella sonrisa idéntica a la de su madre, calcada. Después de todo, ambas provienen de la misma alegría.

Se queda en el balcón por un buen rato, hasta que las estrellas van desapareciendo de a una y el cielo se vuelve de ese color liliáceo que antecede al amanecer. Cuando se dirige hasta el pequeño cesto de la basura de la cocina para tirar la caja de jugo vacía, nota que hay un paquetito envuelto con cuidado con los trozos de la taza de su madre. Emma lo saca con cuidado, tomándolo en sus manos. Piensa en ella. Piensa en Henry. Piensa en James. Su piel comienza a brillar, y Emma cierra los ojos, sosteniendo el paquete, concentrándose con todas sus fuerzas en aquello que quiere lograr. Siente una especie de shock eléctrico que no llega a dolerle, y abre los ojos de inmediato. Coloca el paquete en la mesada de la cocina y lo desenvuelve con cuidado. Donde había astillas y pedazos de porcelana, se encuentra ahora la taza azul y blanca de su madre, entera, casi intacta. Emma sonríe, limpiándola rápidamente y colocándola con las otras tres, pensando en la alegría que su madre tendrá a la mañana siguiente cuando la encuentre en el fregadero.

Emma piensa, antes de dormirse, que si esto es un don… ella se los dedicará a ellos, a su familia, a aquellos que lo necesiten. Casi como si pudiera oírle los pensamientos, su madre se gira dormida en la cama y le toma la mano. Emma siente la suave, intacta, limpia mano de su madre en la suya. Parecen nuevas.

En definitiva, su madre tiene razón. Aquello que no logra matarte, te fortalece. Y Emma se asegurará, por sobre todo, no toparse dos veces con la misma piedra.

-oo-

I look around, but I can't find you / (raise it up) / If only I could see your face / (raise it up)
Instead of rushing towards the skyline / (raise it up) / I wish that I could just be brave
I must become a lion hearted girl / Ready for a fight / Before I make the final sacrifice
We raise it up, this offering
We raise it up

(Miro a mi alrededor, pero no te puedo encontrar, / Si pudiera ver tu cara... /

en vez de apresurarme al horizonte, / Me encantaría poder ser valiente.

Tengo que empezar a ser una mujer con corazón de león, / dispuesta a luchar, /

antes de que haga el sacrificio final.

Lo elevamos, este ofrecimiento,

lo elevamos.)

Ha estado vagando en sus pensamientos por tanto tiempo que el café se le ha enfriado. Eso no es nuevo. Últimamente, Emma se pasa más tiempo adentro de su propia cabeza que en cualquier otro lugar. Es extraño porque tiene muchísimas cosas en las queu pensar, pero en general nunca logra detenerse sólo en eso, es las cosas importantes. No, Emma se puede pasar horas pensando en las simplezas, en los detalles. En el simple emparedado de pollo que su padre le trajo, envuelto con cuidado, a al hora del almuerzo. En el dibujo que Henry le hizo y que ella guarda bajo el vidrio de su escritorio. En el perfume que su madre le puso a su camisa, que huele ahora a lilas. En lo obsoleto que se ha vuelto su trabajo desde que la maldición se rompió. Por sobretodo, piensa acerca de los sueños que ha estado teniendo en las últimas noches.

Todos empiezan de formas distintas: a veces Emma corre por un campo de lino hacia al entrada del bosque, sus botas llenándose de tierra seca, el viento casi lastimándole la cara, enredándole el pelo. Emma juega con Henry en el río, su hijo ríe divertido, mientras le salpica el agua con sus pies, chapoteando. Entonces Henry cruza hacia la otra orilla, adentrándose en la espesura de los árboles, y Emma lo sigue. A veces, ella y su padre cabalgan por un sendero entre las montañas, y la capa de él ondea al viento, mientras le cuenta viejas historias de las criaturas del bosque y de las cumbres. Y Emma nunca teme, porque está con él; ni siquiera cuando se adentran en el bosque y las altas copas de los árboles no le dejan ver la luz del sol. A veces ella y su madre hablan en el interior de una vieja casita, mientras ella prende un fuego y Emma se sienta en el suelo, sobre una alfombra de piel de oso, y ambas ríen y escuchan música en una pequeña cajita, y la música se transforma en viento, en un viento repentino y peligroso, que vuela la casita por los aires, más allá de los árboles, más allá de las perezosas nubes de verano. Y Emma se encuentra de nuevo sola, en el medio del bosque, en la humedad de la tierra que el sol no ha tocado en siglos, en aquella oscuridad fría que te penetra cada poro de la piel.

Siempre termina allí. En el bosque. Sola. Sin caballos. Sin Henry. Sin la seguridad de la compañía de su padre o la calidez de la voz de su madre. Y Emma camina en la espesura por un buen rato, por siglos. Y a veces cae de bruces en la tierra y se despierta, confundida, y no entiende que ha sido un sueño hasta que no ve a Henry durmiendo en la cama de al lado. A veces la despierta la alarma del reloj. A veces, el sonido de un pájaro afuera. Siempre se encuentra con un sudor frío que le recorre el cuerpo, las sábanas empapadas, su cuerpo temblando, su piel brillando.

Emma sabe que ese sueño significa algo. Antes no creía en ese tipo de cosas. Antes no creía en nada, de hecho. Emma no se caracterizaba por ser una mujer de fe. Pero ahora… ahora eso ha cambiado. Se ve obligada a creer en diez inverosimilitudes al día.

El emparedado es fantástico. Emma se pregunta cómo supo su padre que ese es su favorito. Tal vez le preguntó a su madre o a Henry. Tal vez, simplemente, es observador. Emma podría hablar con su padre acerca de esto, de los sueños que ha estado teniendo, pero por alguna extraña razón no puede. No, Emma siente que debe resolver esto sola. Su padre ha estado teniendo demasiados problemas últimamente como para que ella lo moleste con un par de sueños sin sentido.

James y Blanca han estado acudiendo a las reuniones del Consejo prácticamente todas las noches. Se van antes de la cena, y vuelven cuando Emma y Henry ya se han ido a la cama. Hablan en susurros, casi a hurtadillas, y Emma ha visto a su padre con mapas y papeles y cosas por le estilo. Una parte de ella se siente increíblemente intrigada, y ha considerado preguntarles acerca de ello un par de veces; pero, de nuevo, Emma nunca junta el valor para hacerlo. No tiene miedo, sin embargo. Sabe que si su padre y su madre no hablan de lo que está ocurriendo con ella es porque quieren protegerla. Los conoce lo suficiente como para saber que no harían nada para lastimarla a ella, o a Henry. Pero Emma se comienza a preguntar cada vez más de qué es que deben protegerlos, qué es lo que ocurre en esas reuniones que pone a su padre tan irritable.

Sin casi las seis cuando Emma decide volver a casa. Blanca y Henry ya deben de haber salido de la escuela y regresado a casa. Tal vez pueda ver a su madre un rato antes de que ella y su padre se vayan a la reunión de esa noche. A Emma le cuesta un poco reconocerlo, pero una parte de ella los extraña, extraña las cenas que compartían todas las noches y las historias que sus padres compartían con ellos, historias que hacían emocionar a Henry al punto de hacerlo saltar de su silla. No les puede decir eso, sin embargo. Emma sabe que es un golpe bajo para ellos. Sus padres son los Reyes. Se esperan cosas de ellos que sólo ellos pueden dar a su pueblo. Emma sabe que ese mismo pueblo espera algo de ella, algo que ella no termina de descifrar. Esa es otra de las cosas en las que tendría que pensar. De nuevo, nunca parece encontrar el momento adecuado. Mientras toma su chaqueta y cierra la estación del Sheriff, piensa en la cena y en Henry y en una taza de chocolate caliente… pero en nada más.

Al llegar al auto, sin embargo, se detiene en seco. Tiene que parpadear un par de veces para asegurarse de que no está soñando, porque por un momento cree que se ha quedado dormirda en su escritorio entre viejas denuncias y reportes del tránsito. Se convence de que lo que está viendo es real cuando, al apoyarse en el viejo Beetle amarillo para no caerse al piso, el animal se pone de pie. Emma lo reconoce. Reconoce el pelaje blanco y gris del lobo, sus ojos desiguales (uno rojo como la sangre, el otro negro azabache) sus brillantes dientes. Es el lobo de Graham. Está tan asustada que no puede moverse, y el animal no intenta hacer mucho más. La está mirando directamente a los ojos. Emma cree que se está volviendo loca… porque podría jurar que lo ve sonreír. ¿Ha estado esperando por ella todo el día, tendido junto al auto? Eso parece. Emma se compone, tomando aire, y parándose con firmeza.

- Vete.- le pide, sin seguridad, y el animal no se mueve ni un centímetro. Emma no sabe que hacer. No puede subirse al auto, el animal está apoyado contra al puerta, impidiéndoselo. Ha dejado su arma en el cajón del escritorio. Está pensando en otra alternativa cuando vuelve a mirar al lobo a los ojos… y la voz de Graham le viene a la mente. "Sólo debo seguir al lobo", había dicho él, convencido, antes de morir. Emma había pensando en eso antes, en la muerte de Graham. A estas alturas estaba segura de que Regina lo había matado. No sabía como ni porqué, pero aquél presentimiento había aflorado desde que la maldición se había roto. Emma suspiró, dejando que esa idea la envuelva. Graham le había jurado que ese lobo lo guiaría adonde él debía estar.

- ¿Quieres que te siga? ¿eso es lo que quieres?- le pregunta, sin siquiera sentirse estúpida por estar hablándole a un animal. El lobo se pone de pie y se acerca a ella, su frío hocico rozándole las puntas de los dedos. Emma extiende su mano para rozárle el pelaje, y una sensación eléctrica le recorre el cuerpo.

- "Esta poción es la más poderosa de todas."- dice la voz del señor Gold, su recuerdo tan nítido como el cielo del atardecer.- "Hecha con los cabellos de tus padres. Amor verdadero."- Emma abre los ojos para encontrarse con que el lobo se ha alejado y la espera, sus ojos brillando en la semioscuridad de la entrada del bosque que hay detrás del edificio. Y Emma lo sigue. Lo sigue con una fe ciega que ni siquiera siente propia. El animal camina a paso decidido entre los árboles, y por un buen rato el sonido de su jadeo y los pasos amortiguados de Emma es todo lo que se oye. Emma conoce este bosque. Lo ha visto decenas de veces. No importa donde empiecen sus sueños, siempre terminan en este bosque. Toman una curva, y otra. Suben una pequeña colina y saltan sobre las raíces de árboles que han estado allí desde antes que ellos, y seguirán viviendo cuando ellos no estén. Sus piernas se están cansando. Emma puede sentirlas acalambrándose. Pero no para de correr porque sabe que debe llegar la fondo de esto, al final del sendero, a ese final al que nunca llega en sus sueños. Casi como si el lobo pudiera oírla, se detiene de pronto, girándose para mirarla con sus misteriosos ojos. Emma se detiene a su lado para ver que han llegado a un pequeño claro, a un espacio vacío de árboles en el que la luz del sol del atardecer alcanza a penetrar. En el centro del claro, entre hojas caídas y piedras caladas por la lluvia, se encuentra un pozo de agua. Emma se acerca más, sus dedos rozando la superficie de piedra trabajada, y se anima a mirar hacia abajo. No hay nada. Nada visible. Pero Emma la siente, brotando sin cesar, adhiriéndose a las copas de los árboles, a la tierra, a su propia piel. No hay forma de negar la magia que envuelve a ese lugar. La invade aquel cosquilleo que ya conoce a la perfección, y Emma se deja llevar por el momento. De hecho, no tiene forma de evitarlo. Es como si aquél pozo fuera la batería que recarga las energías de la magia que ella misma posee. No es hasta que siente el hocico húmedo entre sus dedos de nuevo que Emma recuerda que no está sola.

- ¿Tú sabes que ocurrió aquí?- inquiere, mirándolo. El animal se acerca más, su pelo escurriéndose entre los dedos de Emma, y ella cierra los ojos, conciente de lo que va a ocurrir a continuación.

- "La magia más poderosa. Amor verdadero. Hecha de los cabellos de tus padres. Bastó con una sola gota."- vuelve a decir la voz del Sr. Gold.

- "Es por eso que son la Salvadora".- se oye decir a sí misma. La escena cambia.

- "Este pozo es parte de una leyenda"- explica August, mientras deja caer la cuba de agua a las profundidades del pozo.- "Se alimenta de un lago subterráneo. Dicen que sus aguas pueden traerte aquello que has perdido".

Emma abre los ojos, sintiendo como el peso de la verdad cae poco a poco sobre sus hombros. El lobo ha desaparecido, dejándola sola en el medio del bosque. Se deja caer en la tierra, llevándose las rodillas al pecho. La magia a su alrededor continúa brotando, siseando, haciéndola temblar de vez en vez.

Él lo planeó todo. Gold. O como sea que se llame. Emma piensa en el dragón estallando en mil pedazos, en la nube púrpura, en aquella nube que los envolvió después de que la vieja maldición se rompiera. Todos creyeron que era una consecuencia de la misma maldición… cuando en realidad se estaban enfrentando a algo totalmente nuevo. Emma teme por eso. Teme porque no sabe quién más, además de ella, posee el poder de esta nueva magia.

Más teme, sin embargo, cuando recuerda que aún le debe un favor al Sr. Gold.

El pavor que aquello le provoca es lo que la pone a caminar de regreso por el sendero, alejándose del pozo tan rápido como le es posible. Pero no de la magia.

Tiene el presentimiento de que nunca podrá alejarse de eso.

-oo-

This is a gift, it comes with a price / Who is the lamb and who is the knife
Midas is king and he holds me so tight /And turns me to gold in the sunlight
Raise it up, raise it up /And in the spring I shed my skin
And it blows away with the changing wind /
The waters turn from blue to red
As towards the sky I offer it

This is a gift.

(Esto es un don, viene con un premio, / ¿quién es el cordero y quien el cuchillo?

Midas es el rey, y me agarra muy fuerte, / y me convierte en oro con la luz del sol.

Y en la primavera mudaré mi piel, / y se irá con los vientos cambiantes,

el agua se volverá en vez de azul roja, / mientras que al cielo se lo ofrezca.

Esto es un regalo.)

- ¡¿Adónde estabas?! ¡¿Sabes el susto que me he pegado?!- dice Blanca, prácticamente en un grito, abrazando a Emma en cuanto ella cruza la puerta. Emma ve a su padre al otro lado de la habitación sentado a la mesa, suspirando de alivio.- ¿Qué te ocurrió, porqué estás llena de tierra? ¿Estás lastimada, volviste a desmayarte?

- Déjala respirar, cariño.- pide James, poniéndose de pie y separando a su esposa de su hija. Emma se quita la chaqueta y deja las llaves en el pequeño cuenco que Blanca a puesto para eso.

- ¿Adónde está Henry?- inquiere, sentándose en una de las sillas. Le duele cada hueso de su cuerpo, en especial las piernas, pero no puede detenerse a pensar en eso ahora.

- Durmiendo. Emma… estás asustándome.- responde su madre, sentándose a su lado, limpiándole una de las pequeñas hojas de pino que Emma tiene en el cabello, mientras su padre le sirve un vaso de agua. Emma suspira.

- Será mejor que tu también te sientes.- le dice a su padre, y él obedece, el temor tan presente en su rostro como en el de su esposa.- Estos últimos días… he estado teniendo sueños, unos sueños extraños.- comienza, intentando ordenar las ideas en su mente.- No importa como empiecen estos sueños, siempre terminan igual: siempre termino por encontrarme perdida en el centro del bosque, siguiendo un sendero, despertándome antes de llegar al final.

- Es un mensaje.- dice su madre, con seguridad, haciendo que Emma se sienta estúpida por no haber confiado en ellos antes.

- Me lo suponía. De hecho… lo que pasó esta tarde no hizo más que confirmarlo.- continúa, tomando un poco más de coraje, dándole un trago al vaso.- Cuando salí de la oficina… un lobo me estaba esperando. Sentado, junto al auto.

- ¿Un lobo?- inquiere su padre, sin entender.

- El lobo de Graham…- murmura su madre, y Emma se sorprende.

- ¿Cómo lo sabes?

- Bueno, tu me contaste acerca de él. Cuando… Graham murió.- dice, con cuidado, como si tuviera miedo de que aquello le generara alguna molestia a su hija. Y Emma lo recuerda. Recuerda al breve charla que ella y Mary Margaret tuvieron cuando Graham murió. Recuerda como hablaron acerca de términos médicos y de aquellas visiones que Graham había estado teniendo, y de lo jóven que era. Recuerda que no hablaron acerca de ella, de cómo se sentía ella con todo eso, porque Mary conocía a Emma lo suficiente como para saber que ella no querría hablar de eso. Recuerda que, de todo modos, su amiga la había abrazado por un instante (no sabría decir por cuanto tiempo), dándole a Emma parte de aquel consuelo que necesitaba pero que no se atrevía a pedir.

- ¿Y porqué iría ese lobo a buscarte?- pregunta su padre. Emma intenta volver al tren de razonamiento, conciente de que se ha quedado en silencio por unos momentos. Su madre es la que responde, de nuevo.

- Ese lobo no es un lobo convencional. Es… de nuestro mundo.- le explica a su esposo.

- Me estaba esperando, yo lo supe al instante. Y lo seguí.- continuó ella. James tiene que contener una risita, y Emma frunce el ceño.

- ¿Qué es lo gracioso?

- Que ese es el tipo de cosa imprudente y peligrosa que tu madre habría hecho.- explica él, con su media sonrisa.

- ¡Oh!, ¡resulta que ahora soy solo yo la imprudente de esta familia!- dice ella, ofendida, pero sonriendo también, como si le resultara imposible no contagiarse de la alegría de su esposo.

- En síntesis…- continúa Emma, haciendo caso omiso de toda la escena.- Me llevó por el bosque.

- Por el mismo sendero de tus sueños, ¿no?- agrega su madre.

- Exacto. Corrimos por un buen rato hasta que llegamos adonde debía ir. A un claro, para ser más exacta.

- ¿Y qué encontrarte?

- Respuestas.- dice ella, poniéndose de pie y apoyándose en la barra de la cocina.- Cuando Henry estuvo… enfermo, Regina me convenció de ir a hablar con Gold para buscarle una cura. Una cura mágica. Y Gold nos juró que la tenía. Y que yo era la única capaz de conseguirla.

- ¿Una cura que no fuera un beso de amor verdadero?- pregunta su padre.

- Amor verdadero sí… pero no en forma de beso. De poción. Una poción de Amor Verdadero que él había hecho con los cabellos de ustedes y que había escondido… en un dragón.- explicó. Su madre se llevó una mano a sus cortos cabellos, y James se puso de pie.

- Él no. Yo la escondí. Yo puse ese huevo en el interior de Maléfica.- dice él. Emma contempla esa idea por un momento. No lo sabía. Su padre parece orgulloso, pero Emma tiene la impresión de que no tiene que ver con su propia hazaña, si no con la de su hija. Ella siente como ese simple hecho hace que la magia dentro de ella comience a brotar.

- Gold me quitó la poción antes de que pudiera dársela a Henry. Se la llevó. Él dijo que aquella era la magia más poderosa de todas, una magia capaz de hacer cualquier cosa.- continúa.- El lobo me llevó hoy a un pozo de agua, al pozo del claro del bosque, aquél que según la leyenda te devuelve aquello que has perdido. Y ahí lo vi. Él me lo mostró, me mostró aquello que yo ya sabía pero que no sabía ver.- dice ella, con un entusiasmo rayano en el temor que no ha sentido nunca en su vida.- La nube púrpura, aquella nube que nos envolvió en cuanto la maldición se rompió… no tenía nada que ver con la vieja maldición. Todo este tiempo creímos que era una consecuencia, pero no lo era. Es una magia nueva. Totalmente nueva. Gold debe de haber vertido la poción de Amor Verdadero en el pozo, haciendo que la magia volviera. Haciendo aparecer la magia en este mundo.- finaliza, agitada, como si el peso de sus propias palabras le apretara el pecho. Su padre y su madre se miran por un segundo, y entonces… sonríen. Emma no lo entiende. No ve adónde está la gracia.

- Emma… ¡estamos salvados!- dice su madre, poniéndose de pie y tomándola de las mejillas.

- ¡Es por eso que Regina no ha aparecido aún! ¡Es por eso que Gold se mantiene lejos! Ellos te temen…- comienza James, acercándose a su esposa y a su hija, y Emma ve un brillo en sus ojos que nunca hha visto antes.

- ¡Pero ellos también tienen magia!- exclama ella, aún sin entender.

- ¡No en este mundo! Piénsalo Emma… -dice su madre, sus ojos también brillando, y Emma se permite nadar en ellos un momento, buscando aquél consuelo, aquél confort que sólo encuentra allí.- Esta magia está hecha puramente de Amor Verdadero. ¡Es más que eso aún! Está hecha de nuestro amor, del que tu padre y yo tenemos…

- ¿Y eso que tiene que ver?

- Que yo conozco sólo una cosa, una persona, además de esta magia… que está hecha íntegramente de ese amor…- dice su madre, ahora en un susurro, como si estuviera contándole un secreto.- Tú, Emma. Y sólo tú.

Su padre sonríe. Su madre sonríe. Entonces Emma lo entiende. Entiende porqué sólo ella brilla, sólo ella posee esta magia, sólo ella (a veces) la controla. Lo entiende a la perfección.

- Aún le debo un favor…- murmura, inconcientemente, mirando al vacío. Su padre cierra los ojos, como si entendiera al instante.

- No… eso no… eso fue hace siglos… él no…- comienza su madre, pero los tres saben que no hay forma de escapar.

Toda magia tiene su precio, dijo él una vez. Emma lo oyó, y a juzgar por los rostros sombríos de sus padres, ellos también lo saben.

Los brazos de su madre la abrazan con tanta fuerza entonces que cualquiera creería que Emma corre peligro de que alguien abra la puerta y se la lleve en cualquier momento.

Ella teme, por un segundo, que eso sea exactamente lo que vaya a ocurrir.

Porque toda magia tiene un precio. Y Emma tiene la magia… y también tiene la deuda.

-oo-

This is a gift, it comes with a price
Who is the lamb and who is the knife
Midas is king and he holds me so tight
And turns me to gold in the sunlight

AN: Bueno, ¿cómo están? Lamento haberme demorado tanto para publicar este cuarto capítulo, pero he comenzando con las clases en la Universidad de nuevo y se me complicaba encontrar el tiempo para escribirlo. Como siempre, espero que disfrutaran tanto de leerlo como yo de escribirlo. Gracias infinitas por las Reviews y los Mensajes, nunca duden en contactarme si tienen alguna duda sobre este fic o sobre la serie en general. ¡Nos vemos en próximos capítulos! ¡Gracias!