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IV
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Mis esperanzas volvieron a brillar como nunca lo habían hecho de tal manera como un Gusafuego lo haría.
El arrepentimiento de haberme alejado de mi esposo y de mi hijo había desaparecido.
El pasado ya estaba hecho, ya había sido escrito y no podía cambiar nada pero si podía escribir algo diferente para este presente.
El siguiente enfrentamiento que se llevó acabo entre el furia nocturna y el escupe hielo fue lo más épico que mis ojos han podido ver… único, admirable, sorprendente, y perfectamente inspirador. No podía permitir que esto acabara así, pero ver a mi dragón y al resto de los dragones que en su momento protegí en el santuario y unos más que se sumaron en ver así como los dragones que los amigos de mi hijo montaban; me alentaron al grado de creer en la posibilidad del triunfo al notar que todos y cada uno de ellos exhaló hasta la última chispa de fuego que tenían en su interior.
-Está retando al alfa. — dijo Hipo asombrado.
— Para protegerte, hijo. — Le contesté asombrada también por lo que mis ojos veían. Debo admitir que mi corazón se aceleró mucho más cuando vi que mi retoño montaba de nuevo a Chimuelo.
Me quedé en el suelo solamente como estoy expectante de todo lo que ocurría, pero no por mucho tiempo, aunque fui la primera en caminar, rápidamente noté que a mi derecha estaba esa chica que me inspiraba tanto para seguir apoyando a mi hijo.
-Tú puedes, amor. —animó Astrid apretando los puños con una mirada desafiante y confiada en él. Sonreí inconscientemente pensando en que esa chica no era para nada a lo que antes había conocido, es cierto que estuve mucho tiempo alejada del contacto humano, pero era obvio que recordaba las personalidades y actitudes de muchas mujeres como ella, no sólo demostraba ser una vikinga fuerte, sino que también un alma enamorada empedernida de todo lo que conllevaba ser una esposa.
Ni siquiera divague en mis pensamientos, pues mi hijo se debatía entre la vida y la muerte, entre un loco y el raciocinio, entre los humanos y los dragones. Y con un tiro en perfecta puntería, Chimuelo derribó el cuerno izquierdo del dragón. Todos dejamos respirar e incluso podría decir que nuestros corazones dejaron de latir esos breves segundos en los que esperábamos la respuesta del manco.
Sólo unos momentos más en los que mi hijo y el Furia Nocturna o miraron de una manera desafiante el escupehielo bajó su cabeza, aceptó su derrota, y rindió todo el título al nuevo alfa que protegería al resto de esas maravillosas criaturas.
Justo en el momento en que el dragón se fue, los gemelos golpearon sus cascos, Patán y el regordete vikingo cuyo nombre no recuerdo también saltó, Eret dio aplausos y Astrid, así como yo, suspiramos de tranquilidad. En definitiva todos dimos aplausos, saltos y exclamaciones de felicidad y alegría.
El fin de un capítulo más en la isla y el inicio de otro nuevo.
Me acerqué a mi hijo para verificar que estuviera bien, pero no alcancé debido a que un gran número de dragones comenzaron a descender. Brincanubes fue el primero en bajar, abriéndose paso frente al resto de los vikingos. Yo sabía lo que pasaría, sabía qué eso sería el cambio de un estilo de vida en los dragones… un nuevo rey.
Chimuelo era el nuevo Alfa.
Después abrazó a su dragón y justo como lo vi el día de ayer el Furia Nocturna empezó a lamerlo como lo haría una mascota. Después de eso cada vikingo abrazó a su dragón, creí que eso sería algo que nunca podría ver, pero me equivoqué, y qué bueno porque ésa sensación de ver un sueño hecho realidad no lo cambio por nada.
Ver ese reencuentro entre dragones y humanos fue de las mejores experiencias que he podido vivir.
Mi voz se entrecortó cuando vi a mi hijo darle la protección del dragón de mi esposo al ex trampero con quien tuve tantos enfrentamientos. Pero analicé bien las cosas, seguramente ese chico había pasado por momento difícil, justo en ese debate de emociones y sentimientos entre seguir lo que se era y entre la esperanza de lo que se puede llegar hacer.
Fuera de eso me acerqué a Hipo, ya era un hombre hecho y derecho, lo había demostrado a la perfección por si acaso me quedaban dudas, y aunque me había perdido de tanto tenía la esperanza de recuperarlo.
Me acerqué mientras aun hablaba con Eret, pero noté que también lo hizo Astrid.
Debatimos nuestras miradas por un momento, como si fuera una competencia amistosa, pero ella, demostrando esa diplomacia y confianza que seguramente aprendió de sus padres y robó de su tía Gylda, me indicó con las manos que avanzara antes que ella.
Le sonreí agradecida, guiñándole un ojo.
— Tu padre estaría muy orgulloso de ti, justo como lo estoy yo. —le dije acunando su rostro entre mis manos.
-Gracias. —me respondió algo nostálgico por recordarle a Estoico. Allá me alegra que estés aquí, mamá. —me sonrío de una manera sincera.
— Y aquí me quedaré. — Prometí haciéndome a un lado para también abrazar al pequeño dragón, aunque en realidad ya sabía que era el turno de Astrid al acercarse a mi hijo.
La miré conmovida por el amor que destilaban ellos, así que mientras hablaran me quedé con Chimuelo, pero no pude evitar obsérvalos.
— ¿Ves?, te dije que estaba allí. -ésas palabras se me hicieron muy dulces y acertadas, probablemente habían tenido otra conversación ajena a la que yo no había sido testigo, en especial por la manera tan cariñosa en que ella tocó el pecho de mi hijo.
Sin embargo esa idea efímera acerca de lo dulce y compasiva que era se esfumó en el momento en que vi que le propinó un puñetazo juguetón en su costado, causando que su ala dorsal del traje se desplegara justo como lo había hecho el al saltar de Chimuelo.
La verdad es que eso me causó demasiada risa, por lo cual no pudo reprimir ciertas carcajadas. Sonreí por la manera en la que tenían ellos de expresar sus sentimientos. Pero lo cual si me sorprendió fue la manera en que el respondió a ese ligero golpecito, supongo que ya debía saber que los vikingos cuando golpeamos a alguien es porque en realidad le queremos dar un gran abrazo.
-Y sigues haciendo eso, ¡qué graciosa!, Tú, ven aquí. — Cuando dijo eso, mi hijo la tomó de la cintura y la jaló hacia sí empezando a darle un beso en los labios, me sorprendí por esa acción aunque no tanto, después de todo su padre era exactamente igual.
Me encantó la manera en la que se vieron después de eso. Si acaso había tenido idea de que ella era la prometida de Estoico, ese beso tan intenso y romántico que se dieron me habría quitado todas las dudas y celos que me habían atormentado por pocas horas.
Sonreí como boba ver frente a mi alguno de esos cuentos que de niña me contaron. Ese era el amor que yo había vivido junto a mi esposo y ahora era el amor que veía vivir a mi hijo y a la hija de mis amigos.
La verdad es que deseé acercarme a ellos y darle a Astrid algo que se le había caído mientras la rescataba del Escupehielo. Miré en mi mano y vi la pulsera que Estoico en algún momento me dio.
Curiosamente noté el murmullo dejó de escucharse, incluso las voces se volvían más distantes con el paso de los segundos, no le tomé mucha importancia porque ya había tomado una decisión.
Besé ligeramente esa antigua a la baja y después me dirigí a los chicos cuando ambos se estaban separando pero en eso noté a la anciana… vaya, Gothi seguía viva.
Un recuerdo llegó a mi mente, justo en el momento cuando Hipo se agachaba para recibir la marca de coronación. Una que también le pusieron a Estoico y la misma que le tatuaron a mi hijo detrás del hombro derecho (*) a los pocos días de nacido.
Cuando terminó, Gothi le hizo una leve reverencia.
Mi hijo se levantó.
Miró a Bocón y éste le sonrió.
Vi de reojo a Astrid y ella también sonreía orgullosa, pero puedo apostar que no tanto como yo.
Todos a la expectativa.
Tenía miedo a que mi hijo no aceptara su puesto, si tan sólo supiera lo que a Estoico le costó.
Un pequeño momento de silencio se apoderó de Berk, por tercera vez.
-¡El Jefe ha llegado a casa! –exclamó Bocón levantando las manos, emocionado y feliz.
Hipo suspiró y miró hacia el resto de la isla.
El aplauso de la victoria contra Drago no se comparó contra ese momento de exclamación y regocijo que cada miembro de Berk manifestó.
Detrás de él, Bocón se quedó a su derecha, Astrid a su izquierda, aspecto curioso porque él es zurdo, y yo en medio con Chimuelo. De alguna forma, allí estábamos los seres más amados e importantes de Hipo.
" ¡Qué viva el jefe!" –seguramente se escuchó a varias leguas de allí, porque retumbó por toda la isla.
Mi hijo dio un paso hacia atrás y Astrid uno hacia adelante, como si hubiera una atracción en la que sus manos se buscaran y unieran para compartir ese momento, porque no tardó mucho en que los dragones expulsaran fuego hasta unirlos en las nubes y estallarlos en una llamarada de luz que iluminó una nueva era en la isla a la que nuevamente podía llamar hogar.
Vi a Hipo y a Astrid estrecharse las manos, mirando al cielo, unidos de una manera a la que pocas parejas habían llegado.
Apreté la pulsera que accidentalmente tomé de la muñeca de Astrid, en cualquier momento hablaría con ella y se la entregaría.
Mientras tanto, mi hijo también necesitaba un abrazo de su madre y no sólo de… ella.
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Notas de la autora:
Este capítulo me encantó, la verdad lo quería subir desde antes, pero le gregué un par de cosillas.
Espero que les haya gustado.
Respecto a la aclaración de: (*)... no recuerdo donde, pero leí que a los herederos se les coloca una marca de nacimiento, algo parecido como un tatuaje, debido a que en la antigüedad, bueno, todavía, había muchos hijos ilegítimos de la nobleza, lo que hacía una distinción, esto sólo lo conocían las personas de la nobleza, porque era algo parecido a un código entre ellos, igual y lo leí en un libro, pero yo lo usaré, además los vikingos usaban los tatuajes, y en este caso se usarán como parte de un clan.
Nos leemos a la próxima
¡Gracias por leer!
Dios los bendiga
**Amai do**
Publicado: 3 de junio de 2015
