¡Hola! He aquí un nuevo capítulo de la historia que amé escribir, y pienso que en este hay un gran avance entre Draco y Hermione, así que... ¡Disfrútenlo!
Capítulo IV
El estúpido concierto de ópera
Draco rugió desesperado porque por un breve momento había olvidado la prohibición del Wizengamot para que él se pudiera aparecer, por lo que solo había sentido un tirón en el ombligo, pero se había mantenido en el mismo lugar. Maldiciendo entre murmullos bajó por las escaleras el hogar de Hermione y salió. Las calles estaban oscuras y se veían sinuosas a lo lejos, por lo que Draco se limitó a rodear por la casa de Granger y seguir los sonidos.
No fue difícil. Avanzó un par de cuadras y pudo apreciar un fulgor anaranjado que iluminaba la parte posterior de otra hilera de construcciones. Apretó el paso con la varita escondida bajo la manga del abrigo, intentando esconderla en caso de que un muggle pasara por el lugar. Al doblar por la siguiente esquina notó el porqué de todo el pánico. Frente a él una casa muy parecida a la de Hermione estaba ardiendo con intensidad. No podía ver la entrada de la construcción porque la mayoría de los vecinos se encontraban fuera intentando ayudar a mitigar el fuego, pero parecía imposible que un par de cubetazos y chorros de mangueras fueran capaces de acabar con semejante incendio.
—Mierda —murmuró. Entre todo el mar de gente no era capaz de encontrar a Granger. Avanzó en medio de la multitud, y recibió un par de gritos por estar bloqueando el camino de personas que corrían con cubetas o algunos extinguidores.
La estructura de madera chirriaba de manera infernal. Eso, junto con el agudo crépito de las llamas hacían que la escena se pareciera verdaderamente al infierno. Veía como algunas personas marcaban histéricamente en un objeto de esos muggles y después se lo ponían al oído, solicitando ayuda de la policía, o de algo llamado bomberos. Al borde izquierdo de la casa había gente gritando y sollozando. Una mujer estaba siendo contenida por un par de hombres que le impedían lanzarse directamente al fuego. Ella, en medio de lágrimas y berridos, gritaba el nombre de alguien.
En medio de los gritos y llantos, Draco se sintió nuevamente como en la Batalla de Hogwarts. Y el miedo que había sentido en aquel momento se replicó. Se acercó aún más a la casa, sin saber exactamente qué debía hacer en esa situación, no sabía si debía ayudar a los muggles o mejor alejarse y volver a Caldero Chorreante. Estuvo por huir cuando vio que Hermione salía por la puerta de la casa que se estaba puto incendiando. Llevaba entre sus brazos a un niño pequeño, quizás de tres o cuatro años. El pequeño lloraba con todas sus fuerzas sujetándose al abrigo de Hermione con sus pequeños puños. Ella se veía terriblemente pálida y afectada; apenas podía sujetar al niño que se removía entre sus brazos.
En cuanto el resto de la gente la miró con el niño se acercaron corriendo a ella. La mujer que hace unos segundos había estado llorando como una banshee ahora sostenía contra su pecho al niño, que Draco suponía era su hijo. La mujer le agradecía una y otra vez entre lágrimas y Hermione le respondía amablemente, pero estaba visiblemente aletargada. Draco se acercó lentamente hasta donde ella se encontraba y se quedó algunos pasos lejos, prefería no involucrarse en esa escena. Hermione, que ya iba por la tercera ronda de agradecimientos y abrazos, volvió la cabeza hacia su dirección y su rostro mostró alivió. Salió del círculo de personas que la rodeaban diciendo un par de disculpas y se unió al rubio.
—Debo llamar a Harry —murmuró en cuanto estuvo a su lado. Ambos caminaron hasta el otro extremo de la calle y se refugiaron bajo la sombra de las demás casas.
Hermione sacó de su bolsillo un artefacto parecido al que usaban los demás muggles, lo golpeó rápidamente con el dedo y después se lo llevó al oído. Esperó unos segundos y después habló: —Harry, hola… Necesito que vengas, no sé si ya llegó el reporte al Ministerio… Me temo que hay una víctima…
Draco no entendía a lo que se refería Granger hasta que volvió la mirada hacia el barullo y alcanzó a ver, lejos de donde estaba la casa, un montículo. Como si alguien hubiera cubierto un cuerpo con una sábana. Se le hizo un nudo en el estómago y sintió la sensación de náuseas escalar hasta su garganta. Escuchaba de fondo la conversación de Hermione con Potter y solamente apartó la mirada hasta que Granger lo llamó un par de veces.
— ¿Estás bien? —preguntó cuando Malfoy volteo a verla.
— Sí —respondió cortante —. ¿No podemos ayudarlos a terminar ya con este asunto? —preguntó después irritado.
—No —contestó Hermione también irritada por el asunto —. Ya hice algo que probablemente necesite que les lancen un hechizo desmemorizante a un par de personas, no nos podemos arriesgar más.
—¿Cómo pasó? —cuestionó Draco asintiendo en dirección de la víctima.
—No lo sé. No hay testigos y ocurrió antes del incendio. Harry y un escuadrón de aurores se tendrán que arreglar con los médicos forenses muggle. Pero me temo que podría ser una imperdonable, me dijeron que el cuerpo está intacto, pero el pobre hombre tiene una cara de terror puro —contestó ella con dificultad. No había esperado pasar por estas mismas situaciones de nuevo, por lo que vivirlas la estaba afectando demasiado.
Pero se vieron interrumpidos por las sirenas del camión de bomberos que arribaba. Draco observó confundido como un grupo corría para alejar a la demás gente del lugar y otro grupo de personas extendía un tubo plástico que direccionaron hacia la casa. Por él salió un chorro de agua potente.
—Se llama manguera —murmuró Hermione junto a él — y esos son los bomberos, son trabajadores que se dedican a apagar incendios.
Draco asintió en silencio mirando como los bomberos trabajaban. Era incluso hipnótico ver su perfecta coordinación. A los pocos segundos llegó otro auto chillando igual que lo había hecho el camión de bomberos. La policía se dirigió rápidamente hacia los dueños de la casa. Uno se mantuvo con ellos y otro fue a custodiar el cadáver. El calor que irradiaba del fuego, los sonidos chirriantes y los gritos de los trabajadores comenzaba a hacer mella en Malfoy, que cada vez se sentía más nauseabundo. Sólo se distrajo cuando se escucharon cinco o seis sonidos como de chasquido detrás de ellos. Cuando volvieron la mirada se encontraron con Potter y un grupo de aurores que lo seguían.
—Hermione —Harry se acercó rápidamente hasta su amiga y la tomó por los hombros para revisar que estuviera bien. Cuando lo confirmó, le dio un breve apretón a las manos de Granger y después la soltó.
—Estoy bien, Harry —dijo Hermione. —Creo que tus chicos tendrán que lanzar un par de obliviates. Tuve que utilizar un hechizo escudo para poder entrar por su niño, me temo que quizás la madre y alguno de los hermanos pudieron verme.
Harry asintió en silencio y se retiró junto con su equipo. Se acercó hacia el lugar intentando no interferir en el trabajo de los bomberos. Mandó a dos de sus aurores, Johnson y Williams, a custodiar el cuerpo; a Wayne y Cook a interrogar y salvaguardar a la familia y él se dirigió a hablar con el policía que entrevistaba a uno de los vecinos.
— ¿Nos podría permitir un minuto? —pregunto amablemente en dirección al vecino, que rápidamente se retiró de junto al policía.
El oficial lo miró con extrañeza de arriba a abajo, en su rostro se veía la confusión por el vestuario de Harry, que llevaba la túnica que vestían todos los aurores. —¿Cómo puedo ayudarlo, señor? —cuestionó cautelosamente.
—Soy Potter, jefe de Aurores —le extendió la mano para que ambos la estrecharan, pero la retiró en cuanto vio que el policía no tenía la menor intención de corresponderle; por el contrario, dio un paso para atrás y llevó su mano derecha al cinturón.
—¿Jefe de… de qué demonios dijo?
—Aurores. Me temo que quizás su jefe no se lo ha explicado. Pero este es un código 73.
—¿De qué mierda me habla? —preguntó, se notaba cada vez más enojado.
—Quizás quiera comunicarse con su superior —respondió Harry intentando sonar lo más tranquilo posible, aunque la casa ardiendo detrás de él no lo ayudaba mucho con su tarea.
El policía se alejó de él furibundo, pero escuchó como decía algo a su radio, recibió respuesta y después solicitó hablar con su jefe de estación. Harry desvió la vista y volvió la mirada hacia la casa, de la que solo quedaba la estructura destrozada. El fuego había hecho estragos muy rápido, afortunadamente habían logrado detenerlo a tiempo. Caminó lentamente hacia Wayne y Cook, que seguían hablando con los pocos miembros de la familia que se encontraban medianamente tranquilos.
—Es nuestro padre… —escuchó Harry que decía la muchacha que interrogaba Cook. —No supimos qué fue lo que sucedió, lo vimos cuando salimos por el incendio. Él… él… —la muchacha dejó de hablar mientras se limpiaba furiosamente las lágrimas con la manga de su suéter. Cook, que tenía cara de perdido, únicamente palmeó su hombro para intentar consolarla.
Unos pasos más adelante se encontraba Wayne con lo que suponía era la viuda. Ella hablaba entre lloros y Wayne anotaba furiosamente en su libreta cada palabra que decía; la interrumpió un par de veces para preguntarle algo que no entendía, pero dejó de hacerlo cuando volvió la mirada y notó que Harry lo miraba con una ceja en alto. El muchacho únicamente se sonrojó, pero continuó con el interrogatorio.
—Señor —lo llamó el policía con el que había hablado previamente. —Le ofrezco una disculpa, señor…
—Potter.
—Señor Potter. Hable con mi superintendente, aparentemente recibió un comunicado directo de primer Ministro —dijo anonadado — y mencionó que por hoy estamos a su servicio, sin preguntas.
—No es necesario, sólo necesito hablar con la familia. Quizás necesite trasladarlos a San Mu… a una clínica particular, no será por mucho tiempo. Le informaré cada movimiento para que se lo reporte a su superintendente.
El oficial asintió y se unió a su compañero. Ambos lo veían desde lejos, totalmente desconcertados por la información que acababan de recibir. Sin embargo, él ya lo esperaba. Seguramente Kingsley se había comunicado con el Ministro muggle para permitirles trabajar en el caso y saber si se relacionaba directamente con el resto de caso que habían atendido en los últimos meses. Les dedicó una sonrisa cortes a los policías y se rio cuando vio sus ceños fruncidos.
Se quedó cerca del resto de su escuadrón. Johnson y Williams ya habían contactado a los medimagos para que fueran por la víctima y a otro par para que revisaran a profundidad al resto de la familia. Únicamente les quedaba esperar hasta que llegaran. Cruzó los brazos sobre su pecho mientras vigilaba atentamente a su escuadrón y al resto de la escena, hasta que se volvió a encontrar con su amiga al otro extremo de la calle. La muchacha continuaba hablando con Draco Malfoy.
No había tenido tiempo de reaccionar a su presencia, pero ahora que lo tenía a escasos metros se dio cuenta de que no sentía nada. Seguía pareciéndole prepotente, arrogante y estúpido. Sin embargo, el odio que habían desarrollado durante sus años en Hogwarts ya no lo sentía más. Se despeinó el cabello desorientado, ¿cómo es que ese par podía hablar con tanta naturalidad? Y peor aún, ¿qué es lo que seguían haciendo juntos tan cerca de la casa de Hermione?
Hermione bostezó una vez más y se talló los ojos. Estaba intentando mantenerse despierta, pero había sido una semana demasiado cansada y su excursión al centro de Londres no había ayudado con su cansancio. Draco seguía a su lado, cruzado de brazos y con el rostro impávido. Él observaba atentamente la manera en la que los medimagos trabajaban. Habían recogido el cuerpo y lo habían trasladado al área de la morgue en San Mungo.
—Debería irme, Granger —murmuró Draco minutos después.
—Claro, sólo… debemos esperar a que Harry vuelva, seguramente tendrá que interrogarnos a nosotros también.
Malfoy rodó los ojos pero se mantuvo a su lado. Ambos veían como Harry caminaba de un lado para el otro, intentando coordinar con los medimagos, sus propios trabajadores y los policías de Scotland Yard, a los que les estaba informando de todos los detalles de lo que hacían. Lentamente fue desapareciendo la gente de la escena y los policías muggles acordonaron la estructura quemada y retorcida para que se pudieran hacer las investigaciones en los próximos días. Harry se acercó con paso firme, pero dudo cuando estaba a punto de llegar a ellos. Hermione lo apresuró con un gesto y el muchacho la obedeció. Se acercó precavidamente hasta estar frente a ellos.
—Será mejor que te acompañe hasta tu casa, Malfoy —dijo Harry desafiándolo con la mirada.
—¿A qué te refieres, Harry? —cuestionó Hermione completamente descolocada.
—El hombre, le lanzaron un avada kedabra…
—¿Lo comprobaron, Harry? ¿de verdad fue eso?
—Sí, me temo que quizás lograron rastrearlo —le contestó a Hermione mientras indicaba con la mirada que se refería a Draco. El rubio resopló ante la actitud de Harry, sin creer que hablaran de él como si no estuviera en el mismo lugar que ellos.
Hermione los miró a ambos y suspiró: —Quizás debamos discutirlo en mi casa.
Ambos muchachos asintieron y la siguieron a través de las tranquilas calles hasta que llegaron a su puerta. Al entrar, Hermione se dirigió a la cocina y Potter subió directamente hasta la sala de estar con familiaridad, como si conociera el hogar de Granger al derecho y al revés. Draco se quedó en la puerta principal durante unos minutos sin saber hacia dónde ir. Hermione salió de la cocina con tres tazas humeantes sobre una bandeja, cuando pasó junto a él le llegó el olor de té.
—Vamos, Malfoy —murmuró y lo alentó a subir frente a ella.
Cuando los tres estuvieron reunidos en la sala tomaron asiento y cada uno tomó su propia taza de té. Hermione removía en silencio con la cuchara mirando al suelo, mientras Harry tomaba largos sorbos de la taza mientras se fijaba en la decoración en las paredes. Draco estaba tan entretenido observándolos que solamente tenía el borde de la taza recargado en la boca sin beber nada de ella. Los dos amigos compartían miradas dubitativas, se sentía como fuera de una conversación y no le agradaba saber que él era parte de ella.
—¿Les tengo que recordar que yo sí aprendí legeremancia? —murmuró en tono arrogante.
Harry resopló con fastidio y se enderezó en su asiento. Dejó de lado la taza de té y cruzó los brazos sobre su pecho, sopesando la manera en decírselo. Draco esperó paciente los primeros segundos, pero después tamborileo ruidosamente sobre la superficie de la mesita de leer que estaba junto a él. Hermione también hizo a un lado su bebida y se sentó al borde del sofá con la espalda completamente tensa. Ambos se miraron una última vez y la chica abrió la boca para comenzar a hablar, pero Potter se le anticipó.
—Desde que llegaste, ¿te has comunicado con algún mortífago? ¿algún aliado? ¿algún algo relacionado con la causa de Voldemort?
—Potter, me quedó terminantemente prohibido hacerlo. ¿Por qué mierda…
—Es lo mismo que yo me pregunto, ¿por qué lo harías, Malfoy?
—Potter, esto es surreal. ¿Me estás acusando de haberme comunicado con algún mortífago cuando, y ambos lo sabemos, me lo prohibieron textualmente en el juicio?
—No te estoy acusando, Malfoy, pero debo interrogarte.
—¡Menos mal! —gruñó entre dientes mientras apretaba los puños conteniendo la rabia. —Porque por un segundo me pareció que insinuabas que quizás, y sólo quizás, estaba poniendo en riesgo mi puta libertad.
—Malfoy, siéntate, por favor —intervino Hermione. Draco le lanzó una mirada asesina, pero se volvió a sentar a regañadientes.
—No es que yo… lo afirme, Malfoy —contestó Harry intentando mantener la compostura. —Pero es que todo encaja. Si no los contactaste tú, entonces ellos te están buscando. Entraron en el barrio de Hermione, que es quizás uno de los más tranquilos e incluso aburridos de este lado de Londres —Hermione asintió en apoyo — y mataron a un muggle. Y fue asesinato, porque no hubo causas naturales, y tampoco había marcas, lo que indica una maldición imperdonable. Y yo sólo quiero saber si hay alguna información que nos estés guardando, Malfoy.
—No.
Harry y Hermione se voltearon a ver exasperados y después ella le preguntó con una ceja en alto: —¿No hay información que nos quieras compartir o no te comunicaste con ellos?
—No, Granger, no me he comunicado con nadie. Cuando no he estado bajo tu vigilancia lo he estado bajo la de todo el puto mundo mágico que al parecer piensa que de un momento para otro comenzaré a matarlos a todos. ¡Así que no, yo no tengo nada que ver con esto! —respondió Draco, al borde de su asiento y con el torso inclinado amenazadoramente hacia ellos. Al terminar, golpeó los brazos del sofá y se volvió a desparramar por el asiento.
—Quizás será mejor que me cuenten qué fue exactamente lo que vieron.
—Claro —Hermione se dejó caer en el respaldo y aclaró la garganta. —Llegábamos de la estación de autobuses que viene de Soho, apenas habíamos entrado a mi casa cuando escuchamos gritos, ¿cierto, Malfoy? y al mirar por la ventana había luces, pero estoy segura de que no fue el fuego, obviamente eran hechizos —. Harry volvió la mirada hacia Malfoy para que él lo confirmara y solamente asintió dándole la razón a Granger.
—Cuando llegué a… el lugar, solamente vi el fuego, una mujer llorando junto a su esposo muerto y otra que gritaba por su hijo y yo… lancé sobre mí un escudo protector, por eso dije lo del obliviates, porque yo entré ahí como si fuera cualquier cosa y sí estaban confundidos, pero hasta ellos se sorprendieron al verme salir con el niño.
Hermione hablaba rápidamente y gesticulaba con la mano cada oración que decía. Aún se sentía afectada, tanto que desde que hace un rato no había notado que su té se había terminado y seguía bebiendo sorbos de la taza vacía. Terminó de relatar el resto de los eventos y tanto ella como Potter se quedaron callados. Por un momento él logró empatizar con ellos, obviamente tenían la misma sensación de shock y extrañeza que también sufría. Sin embargo, la situación le duró poco porque Potter se volvió a interrogarlo.
—¿Coincides con todo, Malfoy?
—Sí.
—Necesitas ser más descriptivo, Malfoy.
—Vimos las luces detrás de los edificios, ella se apareció hasta allí y yo tuve que caminar. Cuando llegué, Granger estaba saliendo de la casa con el niño en brazos, se lo entregó a la madre y después los dos nos apartamos. Después llegaste tú, Potter.
Harry lo miró por unos segundos, pero aceptó la afirmación de Draco a regañadientes, prefería no presionar al rubio a hablar y causar conflicto en la casa de su amiga que se encontraba nerviosa y cansada. —Será mejor que te acompañe hasta tu casa, Malfoy. Es solamente precaución.
Draco asintió en silencio, definitivamente el día de hoy no ganaría una batalla. Potter se levantó del sofá y le dio un rápido beso en la frente a Granger para despedirse, ella le correspondió con una débil sonrisa. Ambos muchachos salieron de la habitación con Hermione pisándoles los talones. Los acompañó hasta la salida de su hogar y se despidió con un leve gesto de la mano.
—Vamos —le ordenó Harry a Draco y los dos caminaron fuera del barrio hasta llegar a la avenida principal.
—Tomaremos un taxi —dijo Harry con falsa tranquilidad, no sabía cómo reaccionar en esta situación y lo distraía la gente que pasaba a su lado y se detenía a ver la túnica de su uniforme con extrañeza. —Necesitaré que me digas cómo llegar a Malfoy Manor, porque dude que se encuentre en el GPS.
Draco no sabía de lo que hablaba Potter, pero le respondió rápidamente: —No voy ahí, Potter. Llévame al Caldero Chorreante.
—¿El Caldero Chorreante? —preguntó sorprendido.
—Sí, no me estoy quedando con mis padres —contestó de forma cortante Draco, intentando dar el tema por zanjado.
—Quizás sí que deberías hacerlo, es más seguro que quedarte en una posada a la que tiene acceso cual…
—Potter, pude cuidarme en situaciones peores, puedo con esto. No necesitas fingir consideración.
Harry encogió los hombros y rodó los ojos ante la arrogancia de Malfoy. Al cabo de unos minutos ambos lograron subirse a un taxi, Draco en el asiento posterior y Harry de copiloto, y comenzó a indicarle a su chofer hacia dónde ir. Draco, abstraído por sus pensamientos, no podía parar de ver en bucle el sufrimiento de la familia ante la pérdida del hombre. Recordó la sensación que había tenido los primeros minutos al llegar ante el incendio y el terror que lo invadió al pensar que podrían ser los mortífagos, pero ahora se sentía mil veces peor porque había una posibilidad bastante amplia de que hubieran sido ellos. La marca tenebrosa en su brazo izquierdo le escoció y fingió la sensación frotándose rápidamente sobre la tela de su abrigo. Antes de que se pudiera dar cuenta ya habían llegado hasta la entrada del Caldero Chorreante.
Los siguientes días pasaron rápidamente para Hermione. El resto de la semana se había reunido con Malfoy por las mañanas y le había mostrado superficialmente la manera en la que funcionaban algunos artefactos. Aparentemente lo habían convencido de su utilidad dentro de las instalaciones del Centro de Cuidado porque al tercer día de mostrarle cómo funcionaban las cámaras, los teléfonos celulares y las computadoras lo aprobó y exigió que se le enseñara inmediatamente como utilizarlos.
—Puedo buscarte algún profesor muggle, dudo que los de la Oficina Contra el Uso Incorrecto de Artefactos Muggle sepan cómo manejar alguna de estas cosas.
—No podemos llevar a un muggle al Centro de Cuidados, Granger.
—Ya, pero tú podrías aprender y después enseñarles a los otr… —interrumpió su frase cuando Draco la miró con incredulidad. —Bien, buscaré que alguien de la oficina también sea capacitado.
Ese mismo día Ginny la invitó a almorzar a la casa que ella y Harry compartían. Había comenzado a practicar los hechizos de cocina que Molly, su madre, tanto había insistido en enseñarle desde que se fue a vivir con Harry, pero meses después aún no era capaz de equiparar las comidas de su madre, por lo que Hermione únicamente obtuvo un almuerzo de tostadas con queso y omelette un poco quemado del centro.
—Lo lamento, Herms. La comida a domicilio me está salvando de envenenar a Harry y a que me mantenga en forma para los entrenamientos —comentó Ginny. Ambas estaban sentadas en los banquitos del desayunador terminando su café.
—Descuida —contestó Hermione mientras dejaba su taza de lado y se levantaba del asiento —, siempre puedo tomar algo cerca del trabajo, hay un buen lugar de fish and chips…
—¡Hermione!
—Bromeo, Ginny. Todo estuvo delicioso, gracias —Hermione se despidió de un beso en la mejilla de la pelirroja y caminó hasta la chimenea para aparecerse en el Ministerio.
—¡El próximo jueves vendrás a cenar! —alcanzó a gritar Ginny antes de que Hermione desapareciera.
Pasó el resto de la tarde en su oficina entre papeles, solicitudes y las cartas de los elfos furiosos que ella seguía tirando a la basura. Margaret no era de gran ayuda, desde hace unos días atrás se mantenía tan tranquila y tan al margen que había dejado de ayudarle con el trabajo. En estos momentos lo único que deseaba era volver a tener un giratiempos que le ayudase con todo el trabajo que tenía que hacer para la siguiente semana.
Estaba terminando de revisar las solicitudes para la Oficina Contra el Uso Incorrecto de Artefactos Muggle, en la división de Artefactos Electrónicos para Imágenes e Información cuando llegó un memorándum a su oficina. Lo tomó del aire y lo desdobló, en él estaba la letra del Kingsley que solicitaba que se presentara en su oficina. Hermione resopló, dejó el papel de lado y presionó sus sienes entre sus dedos con los codos recargados contra su escritorio.
—Como no tenía ya suficiente… —murmuró para sí misma.
Se levantó de su asiento y se pasó las manos por la túnica para quitarle las posibles arrugas que podría tener. Volteó a ver el reloj, faltaban más de dos horas para que pudiera salir, aunque le parecía que faltaba toda una eternidad. Rápidamente se dirigió hacia la oficina del ministro y se detuvo en el pasillo antes de llegar a la recepción. Relajó la tensión de sus hombros y se sacudió ligeramente para poder relajarse.
—Señorita Granger, pase —le dijo la secretaria del Ministro mientras le abría la puerta con su varita. Hermione agradeció en silencio y pasó a la habitación.
—Hola, Hermione —dijo Kingsley en cuando la vio entrar a la oficina. —Por favor, toma asiento.
—Claro.
—¿Café, té?
—No, muchas gracias, señor Ministro. ¿En qué le puedo ayudar?
—Oh, vamos, sabes que puedes llamarme Kingsley —respondió alegremente mientras se acomodaba en su silla y colocaba los codos sobre su escritorio y juntaba las palmas a la altura de su boca. —Debo hacerte una proposición.
Hermione arqueó las cejas con sorpresa pero dejó que el Ministro continuase: —He recibido sus informes en el caso de los dragones y deben decir que me asombra las soluciones que ha aprobado en compañía del señor Malfoy, son espléndidas.
—Me alegra que se lo parezca, señor— respondió Hermione con alivio.
—No es nada, señorita Granger. ¿Entonces debo asumir que el presupuesto que recibe su departamento ha sido el adecuado para que complete su tarea?
—Ha sido el justo, se… Kingsley —corrigió Hermione cuando el Ministro la apunto con un dedo.
—Eso me alegra. De acuerdo, señorita Granger, mi propuesta para usted espero que la considere seriamente, porque seguramente no le resultará fácil. El día de mañana estará con nosotros el Ministro rumano y lo acompañaré a una presentación de ópera por la noche. Me gustaría que tanto tú como el señor Malfoy nos acompañaran para que le hablen de qué manera están llevando su investigación y los avances que han tenido.
—¿Una función de ópera… mañana? ¿Con Malfoy? Dudo que él vaya a aceptar, Kingsley. Pero podría tratar —dijo ella al ver el ceño ligeramente incrédulo del ministro.
—Espero que le pueda informar a tiempo y también que lo pueda convencer, señorita Granger.
—Yo… lo intentaré, señor, pero no soy la persona favorita de Malfoy y me parece que estas situaciones no le agradan por completo.
—Entonces quizás le sirva decir que el Primer Ministro de Magia solicitó expresamente su presencia el día de mañana. Le haré llegar por lechuza los boletos.
Hermione se levantó de un tirón de su silla y se despidió de Kingsley con un leve gesto de las manos. Cuando estuvo lo suficientemente lejos de la oficina solo atinó a dejarse caer contra una pared e intentar no gritar. Por supuesto que le diría a Malfoy, pero todo este tiempo había pretendido no buscar algún problema con él y sabía que quizás esto causaría una confrontación. Intentó normalizar su respiración y, cuando lo logró, regresó a su oficina.
—Margaret, puedes retirarte ya —dijo en cuanto entró y vio que su secretaria escribía furiosamente sobre uno de sus informes.
—¿Cómo dice, señorita Granger? —contestó la secretaría levantando la vista de su documento y volteando a ver a su jefa.
—Puedes irte, por favor. Debo hacer algo y preferiría que no tuvieras que presenciarlo.
Ambas se miraron por unos segundos, pero Margaret cedió y con un movimiento de varita puso en orden todo lo que tenía sobre su escritorio, alcanzó su túnica y tomó su bolso. Le murmuró un escuálido "hasta luego" a Hermione y salió repiqueteando de la oficina. El sonido de sus cortos pasos en tacones resonó durante unos minutos por el pasillo y Hermione se asomó por el marco de su puerta cuando el silencio regresó. Estaba sola en su oficina, y aparentemente también en el piso. Era viernes por la tarde y parecía que todo el mundo había huido.
Hermione sacó su varita y convocó a su patronus. Cuando la nutría plateada estuvo frente a ella, habló: —Ve con Malfoy, dile que me busque en mi oficina. Es urgente.
La nutria salió danzando por el aire y desapareció rápidamente de la oficina. La chica suspiró y entró hasta su oficina. Volvió a ver el reloj, únicamente habían pasado veinte minutos desde que lo había visto antes de salir. Se acomodó en su silla y continuó con todo el papeleo restante, volteando de vez en vez hacia el reloj. Media hora y una pila de reportes terminados después, escuchó tres golpes en la puerta de su oficina.
—Adelante —exclamó con los ojos fijos en el resumen semanal que debía entregar.
—¿Qué es lo que ocurre, Granger? —dijo Draco al entrar a su oficina. Cerró la puerta tras de él y tomó asiento frente a ella, interrogándola con la mirada.
Hermione extendió el dedo índice hacia su dirección y continuó leyendo; movía rápidamente los labios, como pronunciando cada palabra que leía. Al cabo de unos segundos, tomó la pluma junto a ella y firmó en la parte inferior en el recuadro con su nombre. Tomó el documento entre sus manos y lo dejó del lado izquierdo de su escritorio, donde estaban todas las tareas terminadas. Cuando terminó, se recargó contra el respaldo y tomó aire.
—El ministro Shacklebolt solicitó nuestra presencia el día de mañana para que asistamos a un concierto de ópera con él y el Ministro de Rumania.
—¿Para qué nos quiere ahí?
—Me supongo que es un encuentro político, Malfoy. El ministro me dijo que tenía la intención de que le informáramos los avances de nuestro caso.
Draco chasqueó la lengua y tamborileó violentamente los dedos contra el reposabrazos de la silla. Se mantuvieron unos segundos en silencio, tiempo en el que Hermione mantenía los labios apretados en una fina línea, reprimiendo el impulso de gritarle que le respondiera ya. Vio el rostro de Malfoy contorsionándose y pasando de una emoción a otra; enojo, ira, fastidio, desagrado, entre otras, hasta que por fin se calmó y volvió a parecer inexpresivo, el ligero fruncido en su entrecejo seguía indicando lo poco que le agradaba la idea.
—¿Cuál ópera será? —preguntó Draco unos segundos después.
Hermione movió la cabeza confundida y parpadeo un par de veces: —No lo sé, Malfoy, no pregunté eso…
—¡Granger! No es posible que en verdad me estés arrastrando a esta mierda sin saber qué es lo que veremos.
—Yo… yo, no lo sé, no puede ser tan malo, Malfoy.
—¿Me quieres decir entonces que probablemente pierda más de tres horas de mi vida en compañía unos estúpidos funcionarios del ministerio viendo una ópera que probablemente sea pésima? —preguntó él con tono de fastidio mientras perforaba a Hermione con la mirada.
—¿Qué demonios te sucede, Malfoy? ¡Obviamente no le pregunté al Ministro, estaba más preocupada de que no quisieras ir y montaras todo un drama! ¡Nunca pensé que te importara tanto lo que íbamos a ver!
—¡No sé porque me asombra, Granger! ¡Piensas que soy así de inmaduro sin que voltees a ver lo estúpidamente inmadura que eres tú!
—¡Malfoy! Basta, basta ya. No sé cuál obra veremos…
—¡No te molestaste ni en saber!
—… pero iremos —continuó Hermione. —Así que mañana pasaré a buscarte al callejón Diagon a las siete y de ahí iremos a la puta ópera.
—Quizás deberías decirle a tu querido ministro que su obra me importa una…
—¡Malfoy! —exclamó Hermione apretando las manos en puños intentando controlar el enojo. —Basta, deja de ser un imbécil. Sólo te pido tres horas de tu vida, tres horas en las que perfectamente puedes colaborar conmigo.
—Bien —aceptó Malfoy rodando los ojos.
—Gracias —murmuró Hermione en respuesta y se reacomodó. —Te veré frente a Gringotts.
—Granger, podrías darme la maldita dirección y yo llegaría por mí mismo, no necesito que estés detrás de mí cuidándome como…
Pero interrumpió lo que decía al ver que la muchacha se levantaba y se dirigía a la puerta de su oficina para abrirla. —Fuera, Malfoy.
—¿Qué dices? —preguntó él volteando completamente el torso hacia ella.
—Dije que fuera. No voy a soportar un segundo más de esto.
Draco bufó y se levantó, aventando la silla detrás de él. Le lanzó otra mirada colérica a Granger y la empujó con el hombro al momento de salir. Caminó directamente hasta las chimeneas y se transportó hasta el Caldero Chorreante. Cuando apareció en el hostal llamó la atención de un par de brujos que se hallaban comiendo ahí. Los fulminó a todos con la mirada y subió colérico hasta la habitación que rentaba.
Cuando llegó lanzó su túnica hasta un rincón y caminó de un lado para el otro en la habitación. Se detuvo frente a la ventana que daba hacia el muro de ladrillos y respiró hondo, intentando controlarse. Sin embargo, en cuanto dio la vuelta pateó el escritorio que estaba en la esquina en un fallido intento de liberar su enojo.
—¡Aaay! —gritó de dolor. Se sostuvo el pie entre las manos mientras intentaba mantener el equilibrio con la otra pierna. —Mierda, mierda, mierda, mierda… —Se dejó caer en la cama mientras sujetaba el pie dolorido entre sus manos. Su rostro se contorsionó porque intentaba soportar el dolor en silencio.
—¿Está todo bien aquí, señor? —dijo Tom, el cantinero, que había abierto su puerta después de escuchar el alboroto que había armado su huésped. Lo único que encontró fue al joven Malfoy en su cama completamente rojo, con el pie entre las manos y la cara contraída por el dolor.
—¡Fuera! —gritó Draco con la voz entrecortada mientras se descalzaba y se frotaba el pie. —¡Dije que fuera!
Tom cerró la puerta y se alejó rápidamente dejándolo solo. No sabía exactamente de dónde surgía su enojo y mucho menos el arrebato que había tenido con Granger, pero había parecido la primera interacción real después de días. Después de unos minutos el dolor se fue desvaneciendo y él se dejó caer sobre la cama. Definitivamente el día de mañana tampoco iba a ser mejor.
Al siguiente día Hermione intentó llevar la mañana de su sábado con la mayor normalidad posible. Llevó a cabo su rutina de fines de semana, preparó sus panqueques mientras bailaba al ritmo de algunas canciones antiguas, desayunó y se había dirigido hacia su clase de yoga. Después de dos horas de contorsiones y supuesta relajación había ido a almorzar con sus padres hasta su hogar.
—Hermione, mi amor, casi no te reconocí a través de la mirilla, ¡años sin verte! —había dicho su padre al recibirla.
—Ja —contestó Hermione al pasar. Ambos se abrazaron y fueron hasta la cocina.
—¡Hermione! —gritó su madre al verla. Corrió a abrazarla y se mantuvieron así por unos minutos, balanceándose de un lado para el otro.
—Hola, mamá —alcanzó a murmurar Hermione en medio del agarre de su madre.
Robert y Jean Granger eran dentistas y seguían viviendo en el mismo barrio y en la misma casa desde que Hermione tenía uso de la razón. Eran dentistas, y ambos trabajaban en el mismo consultorio que se encontraba justo al lado de su hogar. Desde hacia semanas que Hermione no había podido almorzar con ellos como acostumbraba a hacerlo y realmente los extrañaba. Almorzaron, charlaron y rieron y después su padre la había invitado a observar los nuevos artefactos que habían adquirido para su consultorio. Algunas horas después se habían sentado los tres en la sala de estar para ver una película.
—Entonces, cariño, ¿tienes planes para esta noche? Tu tía Lizzy nos invitó a cenar, tu prima Robin volvió de Francia y quiere mostrarnos su interminable álbum de fotos —comentó su madre mientras veían una escena de la película en la que un hombre corría graciosamente detrás de su perro a través de las cercas de sus vecinos.
—No sabes cómo me encantaría, ma —contestó Hermione después de soltar una carcajada. —Pero el ministro me pidió que lo acompañara al teatro para poder conocer el ministro rumano y ponerlo al tanto de cómo estamos llevando el caso.
—Cada vez que hablas de tu ministro como si fuera tu amigo me sorprendes, cariño —dijo su padre entre risas.
—Es un buen amigo, de hecho —respondió ella. —Es una lástima, me encantaría ver desde cuantas posiciones fue capaz Robin de tomarle fotos a la torre Eiffel.
—Jamás somos capaces de averiguarlo, siempre nos dormimos alrededor de la tercera o cuarta… —murmuró su padre que recibió una palmada en el hombro en reproche por parte de su madre.
Pasaron el resto de la tarde charlando. Sus padres le contaron historias graciosas de las navidades que pasaron en Aspen; Hermione les habló de cómo pasó la navidad con los Weasley y cómo Percy se había roto la nariz mientras los hermanos jugaban al quidditch. A las cinco en punto Hermione se levantó y se despidió de sus padres.
—¡Debes venir la siguiente semana! —exclamó su madre mientras ella cruzaba el marco de la puerta.
—Por supuesto que vendré, los extrañaba —respondió Hermione mientras los abrazaba a ambos.
—¡Mándanos foto de cómo irás vestida! —le gritó su madre cuando bajó las escaleras de porche. —No puedo creer que nuestra niña estará en la ópera con no solo un ministro, sino dos.
Robert miró a su esposa a punto de saltar de emoción y únicamente la abrazó por los hombros. Hermione volvió a verlos una última vez antes de dirigirse a su infierno personal y se despidió de ellos con una sonrisa y un gesto de mano. Llegó a su barrio en el autobús y se dirigió hasta su casa con desgana. Al llegar saludó con una caricia en la cabeza a Crookshanks, que se encontraba dormido en un sofá. Cuando entró en su habitación fue cuando notó la renuencia que tenía de ir al concierto. Buscó con desgana en su armario entre sus vestidos y escogió el primero que se veía medianamente formal.
Ocupó el tiempo que le restaba lo utilizó para arreglarse y planear cómo manejaría la situación durante la noche. Al terminar de peinarse, o lo más parecido a peinarse, se sentó al filo de su cama con las palmas sobre el regazo y la cabeza gacha. Repetía para sí misma una y otra vez debía controlarse y dejar a Malfoy con vida. Además, también tenía que dar buena impresión con el ministro rumano, principalmente porque su departamento estaba colaborando con él.
Después de mantenerse unos minutos concentrada, volvió la mirada hacia el reloj. Faltaba más de media hora, pero decidió que de quedarse más tiempo en su casa se volvería completamente loca por la ansiedad. Se levantó, tomó su abrigo y se apareció en medio de Callejón Diagon. El lugar estaba completamente abarrotado. Había gente yendo de un lado a otro, entrando en la tienda de los artículos de Quidditch, en la heladería de Florean Fortescue. La tienda de Sortilegios Weasley se veía desde el principio del callejón, pues era la única de la que salían fuegos artificiales y risas enlatadas.
Caminó sorteando a las personas que caminaban en dirección opuesta a ella hasta que llegó a unos cuantos pasos de la tienda de los Weasley. Se veía abarrotada por niños menos a los once y otros tantos adultos jóvenes que probablemente seguían siendo admiradores de las bromas. Se detuvo indecisa, pero percibió un destello de cabello pelirrojo que la motivó a entrar. Hacia meses, tal vez ya un año, que no visitaba Sortilegios Weasley. El lugar estaba abarrotado; había un grupo de niños jugando con los Micropuff, que parecían bolas de algodón de diversos colores. Al otro extremo un grupo de jóvenes vaciaban los estantes de los caramelos longilinguos. Al avanzar por la tienda pasó junto a un par de niñas que admiraban las pociones de amor.
—Yo que ustedes no lo haría… —canturreó junto a ellas y no se detuvo a ver la expresión de confusión que surgió en sus rostros.
Caminó unos cuantos metros más hasta que llegó a las escaleras que daban hacia el almacén y dudó por unos segundos, pero al final se decidió a subir por la escalerilla. Pero cuando estaba apenas por subir al tercer escalón cuando escuchó una voz detrás de él: —¿Hermione? —preguntó Ron.
—¡Ron! —Hermione bajó rápidamente y fue directo a su lado para poder abrazarlo. Ambos se sostuvieron por unos segundos hasta que resultó incómodo para los dos y se soltaron con una pequeña sonrisa de disculpa.
— ¿Qué… qué es lo que haces aquí? ¿puedo ayudarte? —Ron llevó su mano detrás de su cabeza y se despeinó el cabello nerviosamente.
—No… no, yo, yo únicamente quería saludarte—contestó ella sonrojada, pero intentando lucir tranquila.
—¡Vaya! pues, eh… Hola.
—Hola, Ronald —respondió con una sonrisa.
—¿Qué es lo que haces aquí? Sé que no te gusta venir aquí a estas horas al callejón.
—Es cierto, es solo que… quedé de verme con alguien para ir a un evento. —Hermione vio el gesto de sorpresa de Ron y se apuró a corregir. —Es un evento del ministerio.
—No te tienes que disculpar, Hermione…
—¡No lo hago! Es sólo que…
—De verdad que no es necesario, Herms…
—¡Iré con Malfoy! —exclamó. Por un segundo parecía que toda la tienda se había ensordecido ante su declaración
—Que tú irás con… con, ¿con quién? ¿con Malfoy, ese estúpido hurón?
—Oh, vamos, Ron. Ya somos mayores, deberías dejar de lado eso…
—¡Es Malfoy, Hermione! Nos torturó durante todo el colegio y después casi nos mata en la Sala de los Menesteres.
—Quizás no deberías gritar, Ronald.
—¡Quizás tú deberías de notar con qué clase de hijo de puta vas a salir!
—¡Ronald! ¡ya basta! Yo… yo sólo quería saludarte y… y… saber cómo estabas, quizás debería irme.
—Bien.
—¿Qué dices? —preguntó Hermione aún alterada. Ron se había cruzado de brazos y había desviado la mirada de ella.
—Que tienes razón, deberías irte.
Hermione apretó los puños a los costados de su cuerpo y le dio una última mirada a Ron antes de salir pisando furiosamente fuera del lugar. Caminó el resto de camino desde Sortilegios Weasley hasta El Banco de Magos Gringotts. Al llegar aún faltaban unos minutos para la hora que había acordado con Malfoy, los cuales ocupó para recuperar la compostura. Se limpió las escasas lágrimas rápidamente e intentó restablecer su respiración. Ronald había sido estúpido, pero quizás ella lo era más por creer que podría decirle que se vería con Malfoy y esperar que lo tomase como Harry.
—Granger—dijo Draco en cuanto estuvo cerca de Hermione. La vio replegada sobre sí misma, con los brazos cruzados y una mano sobre la cara. Antes de llegar a su lado la había visto limpiarse el rabillo de los ojos con el dorso de la mano un par de veces.
—Malfoy, genial, ya era hora. —respondió ella mientras dejaba caer los brazos y asentía amablemente en dirección del rubio. —Debemos aparecernos. El Ministro no tardará en llegar también ahí.
Hermione se adelantó un par de pasos y le tendió el brazo sin mirarlo al rostro. Malfoy se puso a su lado y la tomó por la muñeca, apenas ejerciendo una leve presión. Desde hace años que había dejado de aparecerse conjuntamente, por lo que volver a hacerlo le dejó una sensación de revoloteo por el estómago. Se aparecieron frente a un imponente edificio con fachada de cristal. Junto a este estaba otro que imitaba las columnas y el estilo griego. Malfoy soltó rápidamente a Hermione como si su brazo le quemara y se adelantó un par de pasos. Volvió discretamente la mirada hacia Granger y le hizo gracia ver la emoción y sorpresa en su rostro. Su actitud retraída había sido reemplazada por asombro y su habitual curiosidad intelectual. Draco la observó repasando la estructura con la mirada, de arriba a abajo, de izquierda a derecha.
—¿Jamás habías venido, Granger?
—No, jamás —contestó ella, aún absorta en sus cavilaciones. Sentía que a cada segundo más se le iba el aire por la emoción.
Ambos avanzaron hasta la entrada, aunque Hermione se le había adelantado un par metros. Draco tuvo oportunidad de observarla sin que ella se diera cuenta. Usaba un elegante vestido azul oscuro que le llegaba por debajo de la rodilla; la tela era suelta por debajo de la cintura, pero enmarcaba su figura en cada paso. Llevaba su abrigo en el brazo y del otro extremo colgaba una diminuta bolsa de cuero. Notó que esa noche también llevaba tacones. Había algo en ese detalle que le molestaba a Draco, quizás el hecho de que nunca pensó que Hermione pondría por delante la estética que la comodidad.
—¿Ya habías venido tú, Malfoy? —lo cuestionó ella mientras intentaba observar a detalle una escultura de la fachada que tenía un parecido con Afrodita.
—Un par de veces —respondió distraídamente —, cambiaron un poco la fachada desde la última vez que la vi.
Hermione volteó hacia él con una ceja en alto, incrédula de qué Malfoy hubiera asistido a un teatro creado por muggles. —Algunas veces lo acondicionan para que podamos asistir los magos, Granger. Mi padre solía reunirse con algunos funcionarios de Ministerio aquí para conciertos y eso, un par de veces nos obligó a mi madre y a mí a asistir junto con él —continuó Draco.
—Vaya —murmuró Hermione —, no sé por qué me sorprende que Draco Malfoy asistiera a conciertos al teatro de niño.
—Mi educación no fue mundana como la suya, Granger—soltó él con cizaña.
Sin embargo, Hermione no le respondió absolutamente nada, a pesar de que la había provocado directamente. Aún se veía… ¿Triste? El día anterior probablemente lo habría mandado a la mierda por un comentario de ese estilo, pero ahora estaba simplemente callada. La miró con extrañeza, esperando quizás que fuera una trampa y que de un momento al otro Hermione sacara su varita y le lanzara algún maleficio, pero únicamente se quedó abstraída en sí misma. Movía la cabeza de un lado hacia el otro, intentando ver los recovecos del edificio. Cuando volteó para ver con mayor detalle las columnas, Draco pudo apreciar los hombros al descubierto de ella, estaban ligeramente más tostados que el resto de su cuerpo y su piel se veía extremadamente suave.
—Señorita Granger, se ve espectacular está noche —exclamó alguien a la derecha de Draco. Ambos muchachos voltearon hacia la voz y Hermione se acercó con una sonrisa amable.
—Ministro Shacklebolt —saludó ella, dándole un apretón de manos rápido al ministro.
Draco no creía haber visto más de dos o tres veces a Kingsley Shacklebolt, el famoso auror que se había vuelto Primer Ministro Mágico después de la caída de Lord Voldemort. Era alto, ya le parecía alto cuando era niño, pero a sus veintidós años se lo seguía pareciendo. Estaba vestido impecablemente con un traje muggle, junto a él había un hombre de una estatura más normal, pero más robusto. Era blanco, aunque su piel parecía completamente quemada por el frío.
—Joven Malfoy —continuó Shacklebolt, con una sonrisa. —Es un gusto conocerlo.
—Igualmente, señor —contestó él formalmente, mientras lo saludaba con un breve apretón de manos.
—Me alegro de que se uniera a nosotros esta noche.
— Gracias por la invitación, señor.
Kingsley asintió con una sonrisa hacia su dirección y después estiró el brazo para palmear la espalda del hombre que lo acompañaba. —Les presento al ministro rumano y colega, Velkan Lupei —el hombre junto a él solo asintió con hosquedad al escuchar su nombre y se mantuvo al lado de Kingsley con el rostro serio y la espalda muy recta.
—Los veremos dentro —declaró Kingsley cortésmente. —Permiso.
Ambos hombres caminaron hasta la entrada de recinto y entregaron sus boletos para que un acomodador los llevara hasta sus lugares. Hermione y Draco caminaron a unos metros de distancia de ellos, con paso lento, disfrutando de cómo iba atardeciendo. Al llegar a la entrada les pidieron sus boletos.
—¿Me podrían permitir sus entradas, señor y señora…
—Granger —respondió Hermione rápidamente.
—… señor y señora Granger.
—Por supuesto —contestó la muchacha mientras sacaba los boletos y los extendía hacia la acomodadora.
—Síganme, por favor.
Antes de avanzar, Draco y Hermione se miraron, él la interrogaba con un gesto por su respuesta, pero ella le quitó la importancia con una sacudida de mano. —¿De verdad quieres complicar el trabajo de esa mujer por nuestros problemas de convivencia?
La mujer los llevó hasta un palco, de los más cercanos al escenario. Les indicó sus asientos y extendió a cada uno su respectivo programa. —Que disfruten la función —les deseó antes de salir del palco. Hermione había notado las miradas que la mujer le dedicaba a Malfoy sin que él fuera consciente, aunque entendía el porqué de su admiración. Él se veía bien, llevaba un traje negro, ligeramente más elegante que el pasado que ella le había visto. La única diferencia visible era que el traje ahora consistía en tres piezas. Tenía el cabello peinado, pero no al extremo de cómo solía peinar en Hogwarts, afortunadamente.
Tomaron asientos uno junto al otro, sus butacas estaban contiguas. Draco quedó al extremo derecho; junto a él, Hermione. Los ministros estaban junto a ella. En las dos butacas tras ellos estaba la esposa del ministro rumano y su pequeña hija.
—¿Ha visto usted La traviatta previamente, señorita Grranger? —preguntó Lupei con su marcado acento.
—Jamás, señor. Me emociona que esta sea la primera vez —respondió educadamente la chica.
—Oh, no, no. Ddebe ustet verla en mi país, ahí sí que conocerra el arrte verrtatero.
Kingsley se rió y palmeó el hombro de Lupei. —No deberías ser tan presumido, Lupei.
—Quizás quierra hablarime de los avances que se han rrealizado en nuestrro caso, señorrita Grrangerr.
—Oh, han ido excelentemente. El señor Malfoy y yo hemos avanzado mucho, ya hemos hecho un plan que le presentaremos posteriormente al Jefe de la Oficina de Aurores. El señor Malfoy asistirá en unos días a su primera clase para aprender a manejar los dispositivos, así dará su consentimiento.
—Parece que trabajan bien juntos, ¿no es así, joven Malfoy? —preguntó Kingsley mirando directamente al rubio.
—Ha sido un placer volver a trabajar con la señori…
—Han avanzado mucho, señorrita Grrangerr —lo interrumpió groseramente el ministro rumano, dejando de lado lo que Malfoy estaba por decir. —Me alegra comunicarle que el señor Weasley estará disponible en poco tiempo para que continúen con su trabajo.
Hermione se fastidió demasiado por el comentario que el ministro acababa de realizar, pero se abstuvo de decirle lo que pensaba por la mirada de advertencia que le lanzaba Kingsley desde el otro extremo de las butacas. Retiró la mirada incrédula del otro ministro lentamente y se dejó caer contra su asiento, viendo hacia el escenario. —Gracias, señor Lupei —contestó llanamente pero su tono ya no era tan alegre como lo había sido antes.
Hermione y Draco pasaron el resto del tiempo en silencio, los dos muy tensos en su asiento y mirando hacia enfrente. Dieron la tercera llamada y la sala comenzó a oscurecerse, concentrando la luz en el escenario. Hermione se sentía ilusionada por ver su primer concierto de ópera, aunque lamentaba no tener con quien compartir su emoción. Al voltear a su derecha observó que Malfoy parecía sumamente concentrado en cómo se abría lentamente el telón. Estaba recargado en el posa brazos de la butaca con el torso echado adelante.
—Deberías prestar atención, Granger. No querrás perderte el primer acto —comentó él en un murmullo, haciéndole saber a Hermione que había notado que lo observaba en silencio.
Hermione dirigió rápidamente la mirada hacia el escenario con una leve sonrisa. El concierto comenzó con la escenificación de la fiesta, el tenor comenzó a cantar. Después de él, una bella mujer. Era la canción que por años había escuchado su abuelo cuando era niña e iban a su casa por el verano, Hermione siempre se imaginaba a sí misma bailándola en un gran salón como el de la escenografía.
—¿Cómo sería esto si fuera un concierto con magos, Malfoy? —preguntó ella con suma curiosidad.
—Probablemente la mujer sería una veela —le contestó en un susurro. Se veía que disfrutaba volver a asistir a un evento así.
Hermione conocía a la perfección la obra, había leído múltiples veces La dama de las camelias cuando comenzó su relación con Ronald y estaba enamorada del amor. Sin embargo, le seguía conmoviendo ver las lágrimas de Violetta, y ese sentimiento empeoró al escuchar la voz rota de la soprano al cantar. En el intermedio se encendieron todas las luces y Hermione fue capaz de observar como la esposa del ministro rumano lo despertaba agitándolo por el hombro.
—¿Por qué reaccionaste así? —le preguntó el rubio en tono bajo.
Hermione volvió la mirada hacia él con una ceja en alto: —¿Reaccioné cómo, Malfoy?
—Con el imbécil a tu lado, ¿por qué te molestó? Me atrevo a decir que me has dicho cosas peores que él.
Ella rodó los ojos. —¿Olvidas que tú has sido lo suficientemente estúpido conmigo para provocar eso? Además, su responsabilidad como diplomático es ser asertivo, no idiota.
Draco asintió y no contestó, solo se quedó con la mirada perdida, aunque mantuvo su gesto arrogante. Hermione abrió su programa y revisó los datos que contenían, así como la breve descripción de cada uno de los participantes del concierto. La interrumpía ocasionalmente los murmullos enfadados del ministro rumano, que aparentemente le recriminaba algo a su esposa, aunque ella no estaba segura porque no entendía la mitad de lo que el hombre estaba diciendo. Escuchó después de unos segundos cómo Kingsley intercedía.
—¡Yo no puedo aceptar que un maldito mortífago trabaje en este caso! Lo acepté por ti, Kingsley, pero ha sido un descaro traerlo esta noche.
En el palco se hundió unos segundos en un silencio sepulcral. Justo cuando Kingsley estaba por decir algo, Hermione saltó de su asiento y miró a Lupei encolerizada: —¡Esto es simplemente ridículo! Desde que comenzó la noche usted ha sido completamente im… burdo y grosero, y no sé cómo sea en su país, pero al menos aquí se espera educación de un funcionario.
—Yo no sé de qué demonios habla usted, señora…
—Y si nos disculpa, mi colega y yo nos retiraremos, porque no hay motivo por el cuál soportar actitud tan poco profesional —agregó Hermione mientras tomaba su abrigo para después salir rápidamente del palco. Draco se levantó rápidamente y asintió secamente hacía Kingsley. Siguió a Hermione a través de las escaleras hasta la salida, ella iba casi corriendo. Una vez en la calle explotó.
—¡No es posible que ese idiota se atreviera! Es un imbécil, cómo se le ocurre, él no ha hecho nada en el caso, más que firmar un maldito documento, aunque ahora que lo conozco me atrevo a decir que el idiota ni siquiera lo leyó, no sabe de qué va, y se atreve a juzgar quién trabajo o no… —Hermione caminaba en círculos mientras manoteaba por el aire. Tenía el rostro enrojecido y se le habían salido algunos mechones del moño alto que se había realizado.
—¿Por qué te afecta tanto, Granger? —la cuestionó después de escucharla otro buen rato despotricando.
Hermione se detuvo frente a él y se cruzó de brazos con la frente en alto. —Me interesa porque se está juzgando mi trabajo, Malfoy. Yo soy quien elige con quién trabaja, soy la maldita jefa del maldito departamento y a ese hombre no le importó en lo más mínimo. Además, tú ya obtuviste tu condena por lo que hiciste en el pasado, ese hombre no tiene ningún derecho a juzgarte cuando ya lo hizo el maldito Wizengamot.
—Creo que tú vives demasiado dentro de tus fantasías, Granger. Eso no ha sido lo peor que me han dicho desde que volví, y no lo será ni en un futuro. Yo acepto lo que soy, quizás también deberías hacerlo tú.
—Malfoy, no seas imbécil.
—No, Granger, no lo soy —Draco avanzó unos pasos hasta que estuvo lo suficientemente cerca para que Hermione lo escuchara murmurar. —Soy un mortífago, bueno, lo era. Esos idiotas no lo olvidarán en un tiempo. No necesito ni que me defiendas y menos tu comprensión.
Hermione puso los ojos en blanco, toda esta escena le recordaba al altercado que había tenido hace un par de años con Malfoy en el ministerio, y no quería repetir el final. —¿Cenaste antes de venir? Hay un restaurante cerca, podríamos comer algo ahí —preguntó, pero el momento se sintió estúpida. Sin embargo, Draco solo encogió los hombros despreocupadamente.
—Te sigo, Granger.
Caminaron a la par, aunque lo suficientemente distanciados para no rozarse ni por accidente. Draco tenía las manos dentro de bolsillo de su pantalón y observaba a su alrededor distraídamente; por su parte, Hermione ya se había colocado su abrigo y lo sostenía contra sí misma con los brazos cruzados.
—Es una lástima que te hayas perdido el último acto, es bastante notable —comentó Draco después de unos minutos en silencio.
—No hay problema, lo puedo buscar en internet —contestó ella con humor. —Estúpido concierto de ópera.
Draco la miró extrañado, aún no comprendía muchos de los conceptos muggles, pero simplemente lo dejó pasar. Llegaron ante un local con un letrero de luces neón. Se veía terrible; sin embargo, Hermione abrió la puerta de cristal y entró. La sostuvo para que él pudiera seguirla dentro. Se sentaron en gabinete y Hermione ordenó por los dos. Cuando la amable camarera le puso el plato delante, Draco no pudo contraer el rostro en un gesto de desagrado.
—Se llama hamburguesa —comentó Hermione por lo bajo, mientras ella tomaba el pan con relleno entre sus manos y los comenzaba a mordisquear.
Jamás le permitiría saber a nadie en la vida cuánto había disfrutado el primer mordisco de lo que Hermione había dicho que era una hamburguesa, pero había sido delicioso. Comió en silencio, maravillándose en secreto y maldiciendo todos esos años en los que sus padres sólo le habían permitido comer cordero y aves extrañas. Al terminar, ambos salieron del lugar y se despidieron en silencio. Cada quién fue para su propia casa.
La siguiente semana había comenzado mejor para Hermione. El lunes por la mañana se había reunido con Malfoy y lo había acompañado hasta la Oficina Contra el Uso Incorrecto de Artefactos Muggle para su primera clase de tecnología básica. Su profesor sería un joven llamado Leonard Bay, que parecía bastante asustado al verlo. Después había vuelto a su oficina y se había enfrascado en su trabajo.
—El ministro solicita que lo vea en su oficina, jefa —le dijo Margaret al mediodía. Hermione alzó la vista de su papeleo y le sonrió amablemente.
—Gracias, enseguida voy.
Fue hasta la oficina del Kingsley pensando de qué manera podía complicarle el trabajo el día de hoy, y se le ocurrió que tal vez iba a despedirla por el alboroto que había armado el sábado. Entró con temor y su asistente le indicó que pasara. Cuando abrió la puerta de su oficina se encontró inmediatamente con la mirada del hombre.
—Hermione, creo que debemos hablar.
—¿Me va a reprender por mi comportamiento? Porque ese imbécil se lo merecía; sin embargo, lo lamento mucho —exclamó ella mientras tomaba asiento frente a Kingsley.
—Te apoyo en esta, Velkan lo merecía por completo. Fue muy valiente defender a tu colega. Y realmente me parece que el señor Malfoy y tú hace un buen equipo.
—Sí, es realmente sorprendente.
—Pero debo informarte que Charlie Weasley terminó con sus tareas en Francia y está disponible para que continúen el trabajo ustedes juntos. Podría ser también una buena opción, pero la decisión es completamente tuya.
Hermione abrió los ojos sorprendida, pero se detuvo a pensar en su respuesta. No quería que su decisión estuviera basada en venganza o por el rastro de furia que aún mantenía desde el sábado por la noche. Sin embargo, no lo tuvo que pensar por mucho tiempo. —Seguiré trabajando con Malfoy, señor.
Kingsley intentó disimular su sorpresa, aunque no con mucho éxito porque Hermione fue capaz de verla: —De acuerdo. Se lo comunicaré al señor Weasley. Que tenga buen día, Hermione.
Hermione se retiró de la oficina del ministro con las rodillas temblándole levemente. No sabía si su decisión había sido la correcta, sólo esperaba que no le explotara en la cara.
Me encantaría saber qué les pareció, muchísimas gracias por leer. 3
