Capítulo IV

La Mujer que Murió

Los días que transcurrieron después de aquella jornada definitiva, estuvieron poblados de una tranquilidad muy cercana a la felicidad. La mayoría de las veces parecía que Albert no estaba enfermo, se mantenía activo, todos los días daba largas caminatas, algunas veces acompañado de Candy y otras, solo. En las tardes, junto con Parvati, atravesaba el bosque trasero de la propiedad hasta llegar a un pequeño valle, y allí realizaban una practica extraña ante los ojos de todos, que consistía en sentarse con las piernas cruzadas, las palmas hacia arriba , así permanecían por horas, como si durmieran profundamente, ellos hablaban de meditación o algo así. Solo contadas veces Albert se sentía mal, y en esas ocasiones se quedaba todo el día en su recámara.

Annie que llego al día siguiente acompañada de toda de su familia, incluyendo al apuesto hombre que tenía por esposo, se quedo algunos días pero al ver que la situación estaba completamente controlada y que nadie parecía verdaderamente estar muriendo, se retiró al pasar una semana. Archie, algo incrédulo, llego a comentarle que tal vez se trataba de una artimaña de Albert para reavivar los ánimos de su esposa, y aclaró: -solo con intenciones románticas, desde luego- .

Muy a su manera, Elisa Legan pensaba lo mismo. Como nunca nadie volvió a mencionar algo relacionado con la supuesta enfermedad y lo único que pudo extraer de White fue una breve frase, diciendo que todo iba a estar bien, Elisa se dedico a investigar por su cuenta y a sacar inferencias de toda acción que le pareciera sospechosa. Patty que la había secundado en sus primeras indagaciones, pronto se percato de que el asunto no tenía nada de sospechoso y que definitivamente Albert estaba bien. Lo único que le pareció de consideración fue la presencia de Parvati, -¿Una mujer tan bella al lado del hombre que una ama y todo el tiempo? ¡Jamás!- Pero se iba tranquila pensando que Elisa sabía muy bien como mantener a raya a este tipo de mujeres y partió después de dos semanas al Hogar de Pony.

Lo cierto era que Elisa no podía interpretar a esta mujer de ninguna forma, cuando por fin pudo mirarla a los ojos fue ella quien se sintió intimidada porque Parvati le clavo la mirada de una forma tan determinada que Elisa no tuvo más que hacer que retirarse, desde aquel momento evitaba todo encuentro con ella. Pero no se conformaba con la confianza que White le tenía, ya no creía que hubiese ningún romance entre ella y Albert, varias veces los había seguido hasta el prado tras el bosque, y nunca había visto ninguna conducta ni medianamente reprochable. Muchas veces descifraba ese inglés enredado que utilizaba para comunicarse con Candy y lo que lograba entender, no le parecía mal intencionado o solapado al contrario, no era para nada aduladora o lisonjera, siempre llamaba las cosas por su nombre y jamás exigía nada más de la cuenta. En definitiva, Parvati no le dejaba ningún indicio, ningún argumento del cual agarrarse para justificar el misterio que ella parecía engendrar debajo de todas las telas con las que se cubría, pues Parvati siempre llevaba velos sobre velos. En conclusión, lo único sospechoso que Elisa podía

percibir era esa aparente felicidad que White proyectaba, y que a ella seguía pareciéndole implantada. Lo sabía, porque cuando su querido tío no estaba en casa, la Señora Andley volvía a desplomarse en esos silencios inconmensurables, en sopores de los que era casi imposible despertar. Cuanto daría Elisa por volver a ver esa niña inquieta que reía por todo, que siempre tenía una razón para seguir creyendo aunque el mundo se derrumbara a su alrededor, esa misma que había odiado cuando no tenía la menor idea de que significaba querer a alguien a puro corazón.

Podía reconocerse, sin embargo que en cuanto Candice estaba al lado de su esposo, era otra mujer, entregada totalmente a un amor que la recibía con brazos abiertos. Una mujer que sin reticencias amaba a su esposo en cada acto que compartían. Todos lo notaron cuando finales de Noviembre, fueron a pasar el día de Acción de Gracias al Hogar de Pony, y se reunió toda la familia. Archie y Annie, con su amor sencillo y pleno, con sus dos chiquillos Fred y Alistear, el primero tan tímido como la madre y el segundo tan audaz como su padre. Patty, que aunque después de tanto tiempo no olvidaba ese primer amor de anteojos, depositaba todo su ser en cada chiquillo del cálido hogar, tal cual lo habían hecho la Hermana María y la Señorita Pony. Estas dos mujeres que aunque los años aminoraban, se empeñaban día a día en seguir siendo el sendero de todos los que llegaban a aquella casa. Allí en una reunión humilde y espontánea, todos vieron la esperanza de tener de vuelta a la Candy que años atrás brillaba con una luz entera. Porque, la realidad era que todas las preocupaciones de Elisa, eran silenciosamente compartidas por cada uno de los presentes en esta reunión. Todos la habían visto encerrarse dentro de sí, como una rosa que involuciona y vuelve a su capullo sin mostrar la belleza de su esplendor abierto. Pocas veces habían hablado entre ellos de la situación, pero cuando lo habían hecho llegaban siempre a la conclusión de que tal transformación solo tenía explicación en su gran amor por Albert, y en el desafío que se impuso de mostrarle al mundo entero como una huérfana puede a puro pulso convertirse en una dama consagrada, con toda la elegancia y refinación que muchos nunca consideraron posible en una chica que había crecido en el campo. En parte, desde luego producía orgullo verla desfilar por los bailes de la más elevada elite, con una soltura encantadora y un dominio considerable de cada gesto y de cada ademán. Pero solo hacía falta acercarse un poco y conocerla otro tanto para darse cuenta de que muy adentro de aquella prestancia, solo había un gran vacío.

Quizá por eso, en algo se tranquilizaron por verla reír junto a su esposo, tratando como siempre de hacer una delicia culinaria que como normalmente ocurría terminó como un mazacote algo insípido que pretendía ser un puré de papas, después correteando a dos pequeños mientras trataban de robar parte del postre. Si, quizá algo de Candice había regresado…

- Te lo dije Annie, debía ser una treta de Albert para conseguir que volviera en algo a ser la de siempre… y mira … le funcionó… lo ves?- Archie hablaba convenciéndose a sí mismo de una realidad que aún no sabía verdadera, pero prefería creerla a pensar en algún malestar de su tío, que tanto bien le había hecho a la familia siendo su

cabeza.

- No lo sé Archie… no lo sé… Aún cuando miro detenidamente a Candy puedo ver algo de tristeza en sus ojos. Dime lo que quieras pero para mi ya nunca volverá a ser la misma de antes, y no creas que la juzgo, yo sé bien lo que se siente dejar todo atrás para convertirse en la dama que todos esperan…-

- No empieces con eso Annie… nadie le dijo a Candy que o quién debía ser. Ella misma eligió ese camino… tu eras tan solo una niña… ella… Bueno, ella ya era una mujer.

- Una mujer con el corazón roto y el alma llevada por un amor frustrado- pensó Annie, mientras se retiraba para ver que sus hijos no destrozaran un pequeño caballito de madera con el que jugaban.

Desde una esquina de toda la escena familiar, Elisa observaba todo, y se sentía presenciando una gran farsa. Nunca le habían fascinado estas reuniones, ella aún podía sentir la desconfianza que todos le profesaban. Reconocía que Annie y Patty hacían un esfuerzo por aceptarla, pero sabía bien que las dos madres de White así como Archie la tenían en una lista negra de la que no planeaban sacarla y aunque eso podía molestarle a veces, la mayoría del tiempo lo toleraba porque era una cuestión con la que lidiaba día a día. La señora o señorita Legan era perfectamente conciente de que a cada lugar que iba la trataban con una impecable hipocresía porque sentía el odio en sus miradas, y la mentira de sus palabras, identificaba muy bien todos estos actos porque ella misma durante mucho tiempo los había ejecutado de la misma manera.

A los presentes no los culpaba por su resentimiento, podía reconocer toda su responsabilidad en el celo que despertaba porque el tiempo que había pasado desde que White la había rescatado de sus propias amarguras, le había alcanzado para entender que los errores que cometió habían truncado la felicidad de otros, no obstante su propio carácter no le permitía ser sumisa y andar mendigando perdones que quizá le iban a negar, por eso prefería mantener su distancia, observar y aprender lo que durante casi treinta años de vida no había logrado entender. Lo que si no les perdonaba, a todos allí, era no reconocer esta falsa Candy, que se mostraba más feliz y encantada de lo que de verdad estaba. Aunque no había podido resolver el meollo del asunto, sabía que algo perturbaba más de lo normal a su querida White.

Lo que no sabía era que se equivocaba, ella no era la única en sentir la melancolía que se resguardaba en los actos aparentemente gozosos de Candice…

- Hermana María usted tiene razón. Aquí hay gato encerrado, yo sé que nuestra Candy ha cambiado mucho a lo largo de estos años, y aunque la verdad me alegra verla tan enamorada de su esposo, tanto como se ve aquí… es una cosa muy repentina… es cierto. Pero es posible que después de un viaje tan largo ella haya renovado sus votos como esposa… ¿no lo cree?-

- Señorita Pony, perdóneme lo que diré a continuación, espero no ser demasiado severa. Pero la Candy que tenemos aquí, es solo un remedo de la niña que criamos, y que durante un tiempo fue la mujer que soñamos que sería. Ese espíritu de entrega, de pensar siempre en los otros antes de pensar en sí misma, terminó llevándola

mucho más lejos de lo que ninguna de nosotras hubiera creído. Algo murió en nuestra Candy, y yo solo ruego para que de alguna parte renazca esa luz que siempre la iluminó. Para mi, es definitivo, el gran error fue haberse casado con un hombre que no amaba de corazón, y creo que si ahora se muestra tan enamorada es por una culpa perniciosa, que trata de asir entre sus brazos a un hombre que se le va.

- ¿A qué se refiere, Hermana María? ¿A la enfermedad de Albert? Bueno, yo lo veo muy bien…-

-Perdóneme otra vez, Señorita Pony, yo no sé si se trate de una enfermedad o que sea lo que en realidad ocurre, pero yo ya lo veo muy lejos. Hay un signo claro en sus ojos, este hombre ya no es de aquí.

Y con esta frase categórica, cerró una conversación que Elisa hubiera disfrutado mucho escuchando.

Quizá todos tuvieran razón, pero lo que no llegarían a imaginar ni a entender jamás, era que la Señora Andley, estaba dando su mejor batalla, contra sus miedos y contra los tormentos que le paralizaban el alma. Nadie sabe lo que el corazón de una mujer encierra y es tan fácil juzgarla. Si para muchos representaba una farsa, para ella solo estaba tratando de regresar a sí misma, por el amor y el bienestar de su Príncipe. Y trataba de darle todo el amor y toda la pasión que quizá no había sido completa en sus años de matrimonio, y trataba, también, de ser la auténtica mujer de sueños despiertos y sonrisa inspirada, de la que él se enamoró. Lo hacía por que no sabía cuanto tiempo le estaba permitido quedarse en esta tierra, y quería disfrutar esa felicidad de la que él le había hablado la noche en que regreso.

Con lo que Candice no contaba es que estas luchas deben hacerse francas y mirándose de frente, al desnudo, ya sin mentirse mas a sí misma. Aunque doliera el alma, esa era la única manera… Algunas veces estos asuntos solo se resuelven si un duro golpe nos sacude las entrañas y nos abraza sin miramientos a la vida real.

-Candy… amor… estoy algo agotado, ¿podríamos irnos ya?-

Candy estaba tratando de recostar al ultimo chiquillo que andaba revoloteando por los pasillos del Hogar. Y su única respuesta fue una sonrisa de complacencia. Acercándosele, le dijo

- Será como quieras… pero ¿no prefieres recostarte aquí y que mañana partamos temprano? Yo podría prepararte una habitación… si quieres…-

- La verdad, quiero regresar a Lakewood, hay algo que te quiero mostrar allí, es un regalo, una sorpresa en realidad… ¿no te gustaría ir a verlo?-

Candice sonrió maravillada. -Desde luego… me encantaría… Y después del regalo ¿que haremos?- le susurro al oído pícaramente. Albert sonrió respondiendo al gesto travieso de su esposa, después a modo de confirmación de los deseos que ella cultivaba, le estampó un beso glorioso, que le erizó la piel y la dejo absolutamente encantada de partir ya mismo junto a su Señor Andley.