Un leve sonido la hizo despertar. Lucy se sentía como si un elefante le hubiese pateado el estómago, notaba su boca completamente seca y su lengua parecía estar hecha de esparto. Separó los parpados con lentitud e, inmóvil, clavó la mirada en el exquisito cortinaje que ondeaba frente a ella, sacudido por una suave y cálida brisa. Trató de incorporarse, pero las fuertes náuseas que la invadieron cuando trató de hacerlo le hicieron desistir por el momento y continuó tumbada de lado sobre la alfombra.
La mitad de su rostro reposaba hundido en un cómodo y suave cojín enfundado en seda. Lucy deslizó la mirada a su alrededor, frunció el ceño y trató de aclarar su aturdida cabeza.
Sin duda, se hallaba en el interior de una tienda y, a juzgar por la decoración, las costosas alfombras y las bellas lámparas de aceite, debía de pertenecer a algún nómada insigne. Inclinó la cabeza y posó la mirada sobre sus zapatos. Al menos continuaba calzada y vestida. Lo cual, dadas las circunstancias, era más de lo que cabía esperar.
Cuando por fin tuvo fuerzas suficientes para incorporarse, se sentó y advirtió que no se encontraba sola.
A escasos metros de distancia, sentadas y maniatadas como ella misma, yacían dos mujeres jóvenes, de tez aceitunada y cabellos negros.
Las muchachas la miraban con curiosidad, mientras cuchicheaban en voz baja.
—¿Dónde estamos? —les preguntó ella en tamahaq, la lengua de las tribus de aquella zona de Libia.
Durante un incómodo momento, las jóvenes se miraron la una a la otra, sin atreverse a decir nada. Lucy comenzó a preguntarse si desconocerían el dialecto. Lo cierto era que aquellas mujeres podían proceder de cualquier lugar del Fezzan. Incluso podrían no ser naturales de Libia. Cuando estaba a punto de resignarse a no recibir respuesta, una de las muchachas, de constitución pequeña y menuda, habló.
—¿Conoces nuestro idioma?
—Así es —contestó Lucy con el ceño arrugado, antes de volver a formular la pregunta—: ¿Sabéis dónde estamos?
—No te conviene que ellos lo sepan —afirmó la chica en voz baja, obviando responder a la cuestión que verdaderamente interesaba a Lucy.
—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? —Sintió que el corazón le golpeaba fuertemente contra el pecho—. ¿Por qué no deben saber que entiendo el tamahaq?
—Porque probablemente pretendan venderte a un hombre noble —afirmó rotundamente la joven de tez bronceada—, ellos prefieren a las esclavas que no comprenden el idioma. Así tienen menos posibilidades de huir y ellos menos de qué preocuparse.
—¿Esclavas? —La palabra pareció atragantársele en la boca. De repente pensó en su hermano. Seguramente Jerome la suponía en aquellos momentos de camino a Perú—. Maldita sea —exclamó Lucy con desesperación. Debería haber permitido que Jerome la acompañara al maldito aeropuerto. Si lo hubiese hecho, ahora seguramente no se encontraría en aquella apurada situación.
—No deberías preocuparte tanto —opinó la joven, alta y delgada, que había permanecido hasta aquel momento en silencio—. Con tu aspecto, seguramente sea un imajeghan quien se interese por ti.
—Y eso debería hacer que me sienta mejor —resopló entre dientes.
—Al menos no será un iklan quien te compre…
Lucy arrugó el ceño. Pese a conocer bien el idioma, aún se le escapaban ciertos términos, sobre todo los que a jerarquía se referían.
—Un pastor o cocinero —aclaró la muchacha al intuir su desconocimiento—. Si uno de ellos decide comprarnos, nos obligará a trabajar para los nobles a los que sirve y no le importará vernos desfallecer.
De pronto el temor y la sospecha se hicieron presa de ella.
—¿Y qué sucederá si es un imajeghan quien nos compra? —preguntó con un hilo de voz.
—Seremos concubinas.
Lucy contuvo el aliento y se quedó boquiabierta. Por lo visto, aquellas muchachas opinaban que ese degradante destino era mejor que acabar siendo la esclava de un pastor. Sin embargo, a ella ambas posibilidades le parecían igualmente espantosas e inaceptables.
—No sé lo que pensaréis hacer vosotras, pero yo creo que debemos hallar la forma de escapar de aquí —dijo, tratando de deshacerse de las ligaduras que aferraban sus muñecas—, debemos pedir ayuda —agregó.
—¿Estás loca? No podrás caminar ahí fuera más de dos pasos sin que te atrapen.
—¡No me importa! —Mordió la cuerda con los dientes—. Al menos lo habré intentado.
De pronto, Lucy notó que alguien posaba una mano áspera y grande sobre su hombro y dio un violento brinco. La sangre abandonó su semblante cuando clavó los ojos en el conocido rostro del hombre. Ante ella y con cara de pocos amigos, se encontraba Tempester.
—¡Estate quieta muchacha! —le ordenó el antiguo recepcionista del hotel—. O te provocarás moratones.
—¡Tú! —gritó Lucy boquiabierta, atolondrada, sin saber muy bien cómo reaccionar.
Tempester ni tan siquiera se molestó en responder, la asió violentamente por el brazo y la obligó a levantarse.
—¡Vamos!
El pánico se hizo con ella cuando advirtió que Tempester pretendía sacarla de la tienda. Durante un segundo, sopesó la idea de mostrar resistencia, de luchar con aquel hombre cuyo físico superaba con creces el de ella. No obstante, decidió no hacerlo. Se mantuvo en silencio y lanzó una última mirada hacia las temblorosas jóvenes, que permanecían en el pequeño recodo de la tienda. Acto seguido se vio arrastrada sin mucho esfuerzo al exterior.
Allí, el polvo, el calor y la arena del desierto le dieron la bienvenida, envolviéndola, mientras Tempester se inclinaba para soltar las ligaduras de sus tobillos.
—Estoy impresionado, Tempester —dijo alguien a su lado.
Ella alzó la vista y la posó en un hombre ataviado con una costosa túnica bordada con hilos dorados. Este la miraba de arriba abajo sin ninguna reserva. Con cada repaso de sus ojos, pequeños y saturados de profundas arrugas, Lucy sentía un desagradable escalofrío que le terminó produciendo náuseas. Quiso mandarlo al infierno, sin embargo recordó el consejo de la joven de la tienda y simuló no comprender lo que decían.
—Ya te lo dije, Raghîb —respondió Tempester con orgullo, al tiempo que tomaba a Lucy por la barbilla y la obligaba a alzar el rostro—, conseguirás un buen precio por ella.
—Tal vez incluso decida quedármela.
El hombre se aproximó y la observó atentamente. Ella apartó el rostro, deshaciéndose de los ásperos dedos que sujetaban su mentón, y con un rápido movimiento golpeó con su codo el estómago de Tempester. Cuando él se contrajo sobre sí mismo, Lucy, alentada por su incipiente arrojo, se giró y trató de huir, cuando sintió la mano de Raghîb alrededor de su cuello. Sentía la presión de sus dedos en el cuello y la caricia de su desagradable aliento la obligó a cerrar los parpados. Le costaba respirar y se sentía mareada, más por el pánico que por la fuerza que ejercía aquella enorme mano.
Tempester, ya recuperado, dio un paso hacia ella y alzó la mano con los ojos llenos de cólera, disponiéndose a golpearla. Sin embargo, Raghîb, más rápido que él, la soltó y lo detuvo aferrándolo por la muñeca.
—¡No! ¡No golpearás a la mujer! —le ordenó amenazante—. Si la dañas, no podré obtener ni un dinar por ella. Y, te lo advierto, no he venido hasta aquí para marcharme con las manos vacías. ¿Lo has entendido? —Agarró nuevamente a la joven y la arrojó contra el torso de Tempester—. De todas formas no pretendo quedármela, es demasiado ingobernable. No deseo que altere con su mal carácter a mis otras mujeres. Ya tengo demasiados problemas para ocuparme de uno más. Llévala a la tienda de Warrod, ese turco se encargará de sacar un buen pellizco por esta hembra de ojos verdes.
Tempester asintió apretando la mandíbula y empujó a Lucy, exhortándola a caminar.
—¿Cuánto? —preguntó Laxus, refiriéndose al caballo que estaba frente a él.
—Tres mil dinares, ni uno menos —respondió Warrod, uno de los más reputados comerciantes turcos de la región, al tiempo que propinaba al animal tres briosas palmadas en su lomo, elogiando la dureza de su musculatura.
—¿Me tomas por estúpido, Warrod? —Entornó media sonrisa y extrajo de su alforja un pequeño saquito lleno de monedas, que arrojó a las manos del hombre—. Dos mil quinientos, ni uno más.
—¡Vamos, Laxus! —se quejó el hombre, sin dejar de calcular mentalmente el peso del paquete—. Sabes que este animal vale mucho más que eso. Es fuerte y tranquilo.
—Sí, si lo que deseas es obsequiárselo a una esposa. Pero no es una mujer quien lo montará, sino mi hermano Freed.
Warrod comprimió los labios un momento y recapacitó en silencio. Un instante después tiró de las riendas del animal y lo entregó a su nuevo amo.
—¡Está bien! —Lanzó un profundo suspiró antes de añadir—: tú ganas.
—Seamos realistas, Warrod —añadió Laxus, examinando los dientes del animal—. Tú no has salido demasiado mal parado de este trato, que digamos.
Warrod hizo una pausa y sonrió ampliamente, mostrando una cantidad exagerada de dientes de oro en su dentadura.
—¿Vas a quedarte a la venta de cautivos?
—¿Esclavos? —Laxus alzó una ceja con desdén—. No creo que eso sea para mí, Warrod.
El hombre, de tez morena y estatura más bien pequeña, se encogió de hombros.
—Te vendría bien una concubina —opinó en tono jocoso—, te ayudaría a relajarte, amigo mío. Pero, en fin, tú te lo pierdes. Por lo visto el indigno de Raghîb ha traído consigo a una americana de ojos verdes. Pretende sacar un buen pellizco por ella. Yo no la he visto pero, según cuentan, es toda una belleza. —Dio una cachetada al animal que Laxus acababa de comprar—. Una hembra de las que lograría que pensaras menos en caballos, tú ya me entiendes…
Laxus sintió un repentino vuelco en su estómago. Sin poder evitarlo, la imagen de la joven a la que había robado un beso unos días antes se instaló en su mente. No comprendía por qué había hecho aquello, ni por qué aún permanecía acampado en las proximidades del hotel donde ella se hospedaba. Durante días la idea de volver a verla lo había perseguido, hasta el punto de volverlo loco. Sus noches se habían vuelto insoportables y el cansancio que reflejaba su rostro durante el día era la prueba viviente de la tensión que soportaba en su desvelo.
Un sentimiento de alerta estalló en su interior. Antes de que pudiera darse tiempo a pensar, ató las riendas de su caballo y se volvió hacia Warrod.
—Veamos a esa muchacha —le dijo al turco, tratando de hablar con serenidad.
En el interior de la tienda, las voces de los enardecidos hombres y el humo del tabaco flotaban en el ambiente. En cuanto Laxus cruzó la entrada, apartando a un lado la fina cortina que protegía el lugar del calor y el polvo del desierto, tres individuos vestidos con túnicas de color blanco y negro se apartaron, intimidados por su apariencia. Su presencia solía ser recibida de igual modo, ya fuera por su reputada condición de guerrero o porque sacaba dos o más palmos de estatura a los demás hombres.
Después de echar un vistazo a los rostros ávidos que lo rodeaban, se reafirmó en su convicción de que odiaba el comercio de esclavos. De hecho, él mismo era hijo de una mujer inglesa raptada por un imajeghan y convertida a la postre en su esposa. Sin embargo, algo en su interior lo impulsaba a permanecer allí y aguardar a que el indeseable de Raghîb mostrase a su captura americana.
Cuando se sentó junto a Freed, su hermanastro lo miró extrañado.
—Pensé que no te interesaban las concubinas —comentó con el ceño fruncido.
—Siempre hay una primera vez —se limitó a decir él.
—Sí claro —resopló—. Veo que ya te has enterado de lo de la americana —dedujo Freed, sin apenas mirarlo.
—¿A qué demonios del desierto te refieres? —preguntó, con la mandíbula apretada.
—Conmigo no hace falta que disimules, me crucé con ella en el zoco. Estoy completamente seguro de que la mujer, y el hombre que la acompañaba, habían salido de la herrería de Omar.
—Eso no significa nada —resopló Laxus.
—¿Acaso te has quedado ciego, hermano? —preguntó entre risas—. Porque esa es la única razón por la que tú no habrías visto a esa mujer.
Laxus entornó los ojos y los clavó en su medio hermano, tratando de averiguar qué se proponía con aquellos inoportunos comentarios. De pronto el rostro de Freed se endureció. Miró hacia donde su hermano lo hacía y halló el motivo de su inquietud. Al otro extremo de la tienda, sentado junto a su hijo Macbeth, se encontraba Precht.
—¿Qué habrá venido a buscar aquí? —masculló Laxus en voz baja.
—Tal vez a otra nueva concubina —opinó Freed.
—No me fío de él. —Apoyó los antebrazos en sus rodillas—. Ansia el mando de nuestra gente. Incluso está dispuesto a entregar su hija a cualquier imajeghan con tal de conseguirlo.
—Bueno, no puedo decir que Mirajane no se muestre dispuesta a complacer a su padre —contestó Freed con una media y astuta sonrisa.
—Con un poco de suerte, esa mujer acabará decidiéndose por otro jefe tuareg —reflexionó Laxus.
—¿Y si no es así?
—Entonces, quizá deba marcharme por un tiempo a Inglaterra. —Lanzó un suspiro de cansancio—. Tal vez así Mirajane se olvide de esa estúpida idea de unirnos en matrimonio.
—Algún día, Laxus, tendrás que tomar a una mujer por esposa —le recordó.
—Lo sé —dijo fijando la mirada en un hombre moreno y delgado, que acababa de entrar en la tienda—, pero será la mujer que yo elija, no la que alguien trate de imponerme…
Laxus continuó observando a aquel hombre. Por alguna razón le resultaba familiar. Durante unos minutos, se negó a perderlo de vista. Cuando el recién llegado se aproximó a Warrod y se retiró el turbante que ocultaba su rostro, lo reconoció de inmediato. Era el mismo que había acorralado a la joven de ojos verdes en el desierto corredor del hotel. La misma joven que había estado robándole el sueño durante los últimos días.
La sangre hervía en su interior. Laxus no pudo evitar que lo invadiese una oleada de ira cuando comprendió el escabroso propósito que había movido a aquel sujeto a importunar a la muchacha. Convencido de que la americana que pretendían vender aquella tarde no era otra que la que él había tenido entre sus brazos hacía escasamente tres días, se movió inquieto en su asiento.
Su rostro mudó de color y en su mente anidó el recuerdo de aquel beso, provocando que su masculina anatomía respondiese al estímulo de inmediato.
Afortunadamente podía ocultar la prueba de su excitación bajo sus ropas holgadas, pero se sintió molesto por lo que esa mujer, con sus brillantes ojos color esmeralda y sus encarnados labios, suscitaba en él. Aquella reacción comenzaba a serle insostenible.
El silencio cayó sobre los asistentes cuando hicieron entrar a la primera de las cautivas, una joven alta, delgada y de tez bronceada, engalanada con una cantidad desorbitada de aretes, pulseras y anillos de colores. Laxus frunció los labios y contrajo la mandíbula. Odiaba profundamente aquel tipo de comercio. Su pecho ardía por la furia que le provocaba ver cómo una persona era exhibida y vendida de aquella detestable manera, por un precio no mayor del que él mismo había pagado por su nuevo caballo.
Cuando advirtió que Macbeth pujaba por ella, sintió que las tripas se le revolvían. El hijo de Precht, aparte de por su carácter vil y arrogante, era sobradamente conocido por el trato que dispensaba a las mujeres. Para Macbeth, sus esclavas eran poco más que animales, tomaba lo que quería de ellas cuando lo deseaba, sin importarle lo más mínimo dañarlas para conseguir satisfacer sus depravados y bajos instintos. Para Laxus aquel tipo era un hombre despreciable. Había conocido pocos como él. Sin embargo, a pesar de su mutua animadversión, Macbeth trataba de aparentar cordialidad, ya que pretendía, como Precht, unir ambas tribus con los lazos del matrimonio.
Los cautivos se sucedieron uno tras otro. Algunos no fueron mostrados, ya que serían devueltos a sus familias a cambio de un buen pellizco. Otros, sin embargo, fueron vendidos sin problemas.
La respiración de Laxus se aceleraba con cada trato o venta, hasta que finalmente los murmullos se acrecentaron cuando uno de los hombres de Warrod irrumpió en la tienda llevando consigo a la joven americana. Si aún le quedaba alguna duda sobre la identidad de la muchacha, esta se disipó en el momento que clavó la mirada en sus bellos ojos verdes. Desgraciadamente, un segundo después, reparó en que Macbeth también lo había hecho.
—¡Cómprala! —le dijo Freed en voz baja—. Eso, si no deseas que el mezquino de Macbeth lo haga. ¿Has visto cómo la mira? No me cabe duda de que pujará por ella.
Laxus asintió con gesto prudente, sintiendo un nudo en la garganta.
—Ya ha comprado tres esclavos —observó.
—¿Y dudas que puje por esta? —Freed resopló y volvió a clavar los ojos en la joven—. ¡No seas ingenuo!
—Nosotros no compramos esclavos —replicó Laxus tajantemente.
—Siempre hay una primera vez, ¿recuerdas? —señaló, repitiendo sus propias palabras. Al no recibir respuesta, agregó—: Si no lo haces tú, lo haré yo…
Tratando de ignorar la punzada de desasosiego que se instaló en su pecho, Laxus Eljall se encogió de hombros, simulando desinterés. Pese a todo, el brillo inconfundible del enojo destelló en sus ojos azules. Cruzó los brazos ante su fuerte pecho y clavó la mirada en ella.
Lucy deseó no haberse puesto aquellos zapatos de tacón. Si bien eran cómodos para cualquier calle o vía asfaltada, no lo eran tanto a la hora de caminar sobre aquella fina arena. A pesar de que el interior de la tienda estaba perfectamente cubierto por alfombras de disparatados colores, el tacón de sus zapatos no cesaba de clavarse en el tejido, obligándola a hacer verdaderos esfuerzos para no perder el equilibrio.
Sin dejar de mirarla a los ojos, Tempester se aproximó a ella y dio un ligero tirón de las ligaduras que apresaban sus muñecas, constriñéndola a caminar hasta el centro de la tienda. Una vez allí, Warrod comenzó a animar a los asistentes a que pujasen por tan singular captura.
Se mordió la lengua, deseosa de gritarles que comprendía todas y cada una de las barbaridades que decían. Incluso pasó por su cabeza la absurda idea de amenazarlos, de advertirles que si no la soltaban los denunciaría ante las autoridades. No obstante, cerró la boca y permaneció en silencio. Sabía que aquella estúpida idea no le daría ninguna oportunidad, tal vez incluso pusiera su vida en peligro. Esperar se había convertido en su mejor opción. Aguardar la oportunidad y escapar a la menor ocasión que se le presentara, era sin duda lo más sensato.
Un hombre joven se aproximó a ella y comenzó a caminar a su alrededor, observándola con atención. Lucy sintió un escalofrío al reparar en el brillo lascivo de sus ojos y contuvo el aliento cuando él se volvió para dirigirse al que todos llamaban Warrod.
—Dos mil —ofreció el hombre. Sus ojos, que era lo único que ella podía ver de él, centellearon amenazantes.
—¿Dos mil? —rió Warrod, dirigiéndose a él y al resto de asistentes—. ¿Acaso has perdido el juicio, Macbeth? Esta mujer vale mucho más que eso.
—Cuatro mil —ofreció Freed, logrando que Laxus lo mirase sorprendido.
—No tienes cuatro mil dinares, hermano —masculló Laxus en voz baja.
—¿No? Entonces tendrás que ser tú quien me salve de la deshonra…
Laxus sintió como si un puñetazo en su estómago lo dejase sin respiración.
—¡Maldito! —farfulló entre dientes, al tiempo que oía el ofrecimiento de Macbeth, que subía a cinco mil—. ¡Seis mil! —gritó Laxus, casi automáticamente.
Como si el instinto la exhortara a hacerlo, Lucy alzó el rostro y clavó los ojos en el hombre que se había unido a tan ignominiosa subasta. Su corazón dio un tremendo vuelco al contemplar aquella familiar e impenetrable mirada azul. No entendía qué hacía él allí. Sin duda, no parecía un hombre que tuviese que comprar a una mujer para disfrutar de sus atenciones. Evidentemente, habría más de una docena dispuestas a ello sin que él tuviera que abonar ni un solo dinar.
—Seis mil quinientos —pugnó de nuevo Macbeth, apartando el trozo de tela que ocultaba sus facciones y permitiéndole a ella contemplar su rostro.
Lucy se sorprendió al comprobar que no se trataba de un hombre de aspecto desagradable, como en un principio había supuesto, sino más bien al contrario. Su semblante duro, de tez morena y oscuros ojos rasgados, poseía líneas marcadamente duras y una nariz ligeramente aguileña.
Desconfiada, retrocedió un paso cuando él extendió una mano hacia ella, con la clara intención de pasar los dedos por su mejilla. Cuando sintió la aspereza de aquella piel, el pánico recorrió sus terminaciones nerviosas, provocándole un desagradable escalofrío.
—Diez mil —exclamó Laxus, levantándose súbitamente y entornando los ojos. Para su sorpresa, algo en su interior había estallado cuando Macbeth puso los dedos sobre la muchacha.
El silencio volvió a caer como una losa sobre los asistentes. Con una rápida ojeada, Lucy estudió los rostros de los hombres allí congregados. Por lo visto, aquel no era el coste común de un esclavo, los semblantes y las miradas de estupefacción así lo indicaban.
—Deseo renunciar a los esclavos que hoy he adquirido —dijo Macbeth, girándose hacia Warrod—. Añadiré su importe al valor de esta mujer.
Laxus sintió una oleada de alivio ante las palabras de Macbeth, ya que indicaban que no llevaba dinero suficiente encima. Clavó los ojos en Warrod y aguardó la respuesta de este, intuyendo de antemano cuál sería.
—Sabes que no está permitido, Macbeth. —El hombre alzó el mentón—. Si no traes riqueza suficiente para comprarla, debes renunciar a ella.
Macbeth permaneció inmóvil un minuto. Después, sin pronunciar una sola palabra, se dio la vuelta y abandonó furioso la tienda.
Lucy sintió temblar sus rodillas, su estómago pareció descender súbitamente hasta el suelo y pensó que su corazón, completamente desbocado, deseaba treparle por la garganta. Retrocedió un paso y sus tacones se hundieron un poco más en la alfombra, provocando que perdiese el equilibrio y se precipitase de espaldas. Cuando estaba a punto de dar con sus huesos en el suelo, unas fuertes manos atraparon con firmeza su cintura.
Inspiró de un golpe y clavó los ojos en los del Laxus. Nuevamente volvía a encontrarse entre sus brazos aunque, paradójicamente, ahora ella era de su propiedad. Sin embargo, Lucy se dijo a sí misma que aquella situación cambiaría pronto, tan solo debía aguardar el momento oportuno para huir. Ser paciente, solo eso.
—No ves el momento de abrazar a esta mujer —bromeó Warrod, provocando que en el interior de la tienda los asistentes prorrumpieran en risas.
—Diez mil dinares bien lo valen. —Laxus alzó el rostro y miró a Warrod con semblante divertido, mientras ayudaba a la muchacha a ponerse en pie. En cuanto desvió la mirada a sus zapatos y reparó en el motivo de su caída, frunció el dorado ceño.
Nunca antes, jamás, se había sentido tan humillada. Lucy no podía creer lo que estaba ocurriendo, cuando el desconocido de ojos enigmáticos inclinó su cuerpo y acto seguido la cargó sobre su hombro derecho como si fuera un saco. Cuando creía que no podría sucederle nada más bochornoso, notó cómo él la despojaba de sus zapatos y los arrojaba a un lado, antes de salir de la tienda con ella a cuestas.
Algunas personas, tanto nobles como pastores, se apartaron para dejarlos pasar, mientras a su paso estallaban en risas.
—¡Suéltame, pedazo de bruto! —le gritó, al tiempo que trataba de golpearlo con los puños. Se sintió frustrada al percatarse de que su ataque producía el mismo perjuicio que le causaría la picadura de un mosquito—. ¿Me has oído? Sé que me entiendes… ¡Maldito bastardo mal nacido!
Laxus accedió al interior de su improvisada tienda y la arrojó bruscamente sobre los cojines que se encontraban esparcidos por el suelo. Cuando ella trató de ponerse en pie, se topó con el dedo índice del hombre erguido ante su nariz.
—¡No volverás a maldecir! —comenzó a decirle Laxus, con gesto circunspecto—. ¿Me has comprendido? Como vuelva a oír un solo comentario de esa boquita tuya, respecto a algún miembro de mi familia, te arrepentirás de poseer una lengua tan afilada.
Sabiendo que aquel no era el mejor momento para heroicidades, Lucy resistió el impulso de abofetearlo. Tragó saliva y se humedeció los labios con la punta de su lengua, provocando que él fijase la mirada en su boca, antes de añadir:
—¿Y qué harás si no obedezco? —Lo miró desafiante—. ¿Me darás una azotaina?
—No creo que eso mejore tu mal carácter, muchacha. —Cruzó los brazos ante su fuerte torso—. Pero tal vez te entregue al hombre que pretendía comprarte. —Se puso de cuclillas y enfrentó su rostro al de ella—. Según tengo entendido, Macbeth posee una perturbada inclinación por las mujeres bonitas.
Irritada consigo misma, Lucy sintió que no podría pronunciar una sola palabra mientras él permaneciera tan cerca de ella. Sentía su aroma, una mezcla de jabón y after shave, tremendamente masculino. Su cálido aliento acariciaba la piel de su rostro, y su respiración era cada vez más pesada. Por un momento ella temió que intentaría besarla de nuevo. El brillo de sus ojos así parecía indicarlo. Sin embargo, él se incorporó, se dio la vuelta y salió de la tienda, dejándola completamente desorientada.
—No, desde luego que no estoy hecha para sensaciones fuertes —masculló en voz baja, al tiempo que se dejaba caer sobre los cojines de seda. No podía entender el porqué de aquel sentimiento de frustración. En fin, él se había marchado, al fin y al cabo eso era lo que ella deseaba. ¿O no?
Todavía podía sentir el calor de su aliento en la mejilla. Su cuerpo se estremeció y suspiró profundamente. ¿Cómo demonios iba a salir de aquello, si era incapaz de no pensar en aquel hombre más de dos minutos seguidos? Debía centrarse. Elaborar un plan de huida.
Alzó las muñecas y trató de desligarse con los dientes. Animada al notar que se aflojaban, sonrió satisfecha consigo misma.
Casi había conseguido deshacerse de aquel fastidioso lío de cuerdas y nudos, cuando entraron dos personas en la tienda. Lucy se detuvo y alzó el rostro sorprendida al ver a Macbeth. Junto a él, una joven de cabellos castaños; y tez bronceada la miraba con desagrado.
—Así que esta es la muchacha por la que Laxus ha pujado esta tarde. —La mujer, que habló en tamahaq, la miró de arriba abajo—. La suponía más… voluptuosa.
—Yo creo que está bien así —opinó Macbeth, mientras caminaba lentamente a su alrededor y la recorría con la mirada.
—No digas estupideces, parece una maldita mosquita muerta. Laxus debe de haber perdido el buen gusto.
No cabía duda de que aquella muchacha guardaba alguna relación con el imajeghan. La observaba con la antipatía de los celos. Lucy no pudo evitar preguntarse qué relación la uniría con el jefe tuareg. Irguió la espalda y le sostuvo la mirada. Tal vez no estaba en aquellos momentos en una situación ventajosa, pero sin duda era una situación que ella no había buscado.
La joven se acercó un poco más a ella.
—Me gustaría arrancarle esos ojos —le dijo a Macbeth, entornando los parpados y apretando los puños.
Lucy sintió el deseo de mandar a aquella mujer, altanera y presuntuosa, a hacer gárgaras. Sin embargo, no era prudente mostrarles que los estaba comprendiendo a la perfección. Se mantuvo en silencio, tratando de no venirse abajo, ni explotar como un cohete. Ninguna de las dos opciones era demasiado inteligente en aquel momento.
—No seas mala, Mirajane —resopló Macbeth—. ¿Qué quedaría entonces para mí?
—¡Quiero que te deshagas de ella! —le ordenó furiosa, se dio la vuelta y caminó hacia la salida—. Cómprasela por el doble, dale a beber veneno, pero no quiero ver cómo él la toca, ¿entendido?
Lucy permaneció inmóvil un momento antes de mirar al hombre, que continuaba aún allí. Rogó en silencio para que el tuareg que la había comprado apareciera de una maldita vez en la tienda. Su respiración se detuvo cuando Macbeth se aproximó a ella. Trató de retroceder ante su avance, pero él atrapó sus cabellos y tiró de ella violentamente, impidiéndole huir. Lucy lanzó un alarido de dolor que provocó que el hombre le propinase un sonoro golpe en la mejilla. Atónita y con lágrimas en los ojos, lo miró en silencio.
—¿Qué está pasando aquí?
La voz, profundamente fría, resonó en el interior de la tienda. Macbeth se incorporó de un salto y se quedó inmóvil al observar la expresión siniestra que anidaba en el rostro de Laxus.
—¿Qué haces en mi tienda? —Sus ojos eran duros.
—He venido a hacerte una oferta por la mujer.
Laxus desvió los ojos hacia el lugar donde se encontraba la muchacha. Su expresión, que en aquel momento ya era de por sí inquietante, se tornó aún más severa al advertir el matiz púrpura que comenzaba a tomar el pómulo de la joven.
—¿Has golpeado a mi concubina? —le preguntó, comprimiendo la mandíbula. Pero no esperó del hombre respuesta alguna, extendió su brazo y golpeó fuertemente su rostro.
Macbeth retrocedió tres largos pasos antes de caer al suelo. Apenas un segundo después, llevó su mano a la mandíbula y limpió el fino hilo escarlata que comenzó a manar de sus labios.
—¿Acaso esa hembra te ha vuelto loco? —le espetó, apretando los dientes.
—No debiste entrar en mi tienda sin permiso, mucho menos golpear mi propiedad.
—Ya te dije que vine a hacerte una oferta —dijo Macbeth, poniéndose en pie.
Laxus cruzó ambos brazos ante su fuerte torso.
—Te escucho.
Un escalofrío recorrió la espalda de Lucy. Esos hombres eran unas auténticas bestias. ¿Cómo si no podrían tratar de comprarla o venderla con aquella indiferencia? Su respiración se detuvo cuando Macbeth le lanzó una calculadora mirada.
—Mis esclavas, puedes quedarte con ellas —le ofreció.
—Por si aún no te has dado cuenta, Macbeth —contestó, señalando a la muchacha con un gesto de su cabeza—, ya poseo esclava.
—Seis, es una buena oferta. Seis mujeres por una sola americana. ¿Qué me dices?
—Que eres un estúpido si crees que accederé a entregártela. —Se sentó en uno de los grandes almohadones y apoyó las manos en sus rodillas—. Pienso disfrutar de cada uno de los dinares que he pagado por ella.
Lucy sintió que la boca se le secaba.
—Deberías pensártelo mejor, a Mirajane no le hará ninguna gracia —añadió Macbeth con sequedad.
—¿Tratas de intimidarme, Macbeth?
—No, claro que no. Tan solo trato de advertirte de que…
—¡Cierra la boca! —lo interrumpió bruscamente Laxus—. De lo contrario, puede que considere tus palabras como una amenaza.
El color abandonó la cara del hombre. Lucy abrió mucho los ojos y lo miró. Por un instante el ligero temblor que advirtió en sus labios y el titubeo que anidó en sus facciones la incitaron a suponer que Macbeth pretendía continuar con aquella disputa. Sin embargo, después de un instante, él se dio la vuelta y abandonó la tienda sin volver a dirigirles la mirada.
Tan pronto como se quedaron a solas, Freed entró.
—¿Qué quería ese? —preguntó a su hermano, lanzando un vistazo al lugar por donde Macbeth acababa de desaparecer.
—¿A ti qué te parece? —respondió Laxus. Luego clavó la mirada en ella—. La americana solo nos traerá problemas, ya te lo dije.
—¿Acaso estás pensando vendérsela a Macbeth?
Con los brazos aún apoyados en las rodillas miró a su hermano.
—¿Tú qué crees? No soy un animal, hermano —respondió—, sin embargo no debí comprarla.
—La hubieras dejado igualmente a su merced.
Laxus comprendió que su hermano tenía razón. Suspiró largamente y murmuró un juramento entre dientes.
—Deberíamos levantar el campamento —opinó Freed—. No es seguro que permanezcamos aquí mientras Precht y los suyos estén cerca. Estamos a pocos minutos de las dunas de Ihhan Ubari. Parte de nuestros hombres partieron esta tarde hacia su oasis.
—Está bien, partiremos en cuanto despunte el alba —decidió Laxus—. Procura que Nâceh y Sirâj mantengan esta noche los ojos bien abiertos. Procura que Nâceh y Sirâj mantengan esta noche los ojos bien abiertos. No me fío de Macbeth.
Freed asintió.
—Buenas noches hermano. —Se dio la vuelta con la intención de marchase.
—Sabes que puedes dormir en la tienda —lo detuvo Laxus—, hay suficiente espacio.
Freed giró su rostro y lanzó una mirada a la muchacha, al tiempo que sus labios se curvaban en una sonrisa.
—No. Creo que no lo haré —dijo antes de abandonar la tienda, dejándolo a solas con ella.
Laxus observó a Lucy durante un minuto y suspiró.
—¿Qué se supone que voy a hacer contigo?
Para empezar, pensó Lucy con enojo, podría hablar en inglés. Por lo menos eso le daría la oportunidad de dejar de fingir que no lo entendía y mandarlo a hacer puñetas de una maldita vez. Se mordió el labio inferior y entornó los ojos cuando advirtió que él se acercaba.
Laxus se inclinó y atrapó sus muñecas, tirando de ellas y obligándola a ponerse en pie. Tras comprobar que había estado trasteando en sus ligaduras, dio un ligero tirón y la volvió a soltar con brusquedad.
Ella no pudo evitar tropezar con sus propios pies y caer sentada sobre uno de los ahuecados almohadones de seda.
—¿A qué crees que estás jugando? —le espetó ella. Al ver que continuaba en silencio, insistió—: ¡Responde, maldita sea! Sé que me entiendes perfectamente.
—Vuelves a maldecir… —le recordó él.
—¡Vaya! Así que por fin has decidido hablar —bufó entre dientes.
—Sin embargo, tú no paras de hacerlo —le dijo con cansancio, antes de tomar una manzana del interior de un frutero y lanzársela.
Ella la atrapó en el aire.
—¡Come! —añadió él con voz autoritaria.
—Primero deberíais desatarme, ¿no te parece? —dijo con sarcasmo, mostrando sus ligaduras—. O quizá, no. Tal vez lo que pretendes es que muera de hambre
—¡Por todos los cielos! ¡No es más que una manzana! —masculló él, mordiendo su propia fruta—. No necesitas que te quite esas malditas cuerdas para comértela.
Lucy hizo acopio de todas sus fuerzas para no arrojarle aquella pieza de fruta a la cabeza. Sintió la sangre hervir en sus venas, lo miró y mordió la manzana con una nota de desafío en los ojos.
Laxus sacudió la cabeza, resoplando entre dientes. Comprendió que aquella mujer solo le iba a causar complicaciones. Bastaba con verla: el brillo beligerante de sus ojos, su actitud combativa, aquella cremosa y seductora tez… Imaginó cómo sería rozar aquella piel con la punta de sus dedos, sentir su calor en sus yemas, su aroma en…
De golpe Laxus se percató de los derroteros que estaban tomando sus pensamientos. ¡Maldita mujer! Sabía que sería un problema desde el primer día que la vio. Se deshizo de su turbante y arrojó a un lado su cinto. Cuando se desprendió de la parte superior de su atuendo, se percató de la manzana que rodaba por el suelo y que acabó estrellándose contra su bota derecha. Con el ceño fruncido, se giró para mirar a la muchacha. Esta, pálida como la cera de una vela, lo observaba con los ojos abiertos como platos.
—¿Qué estás haciendo? —balbució Lucy.
Él se inclinó para recoger la fruta mordida, exponiendo ante los ojos de ella toda una serie de maravillosos y fantásticos músculos bronceados por el sol.
—No querrás que duerma vestido —le dijo. Caminó hasta la entrada y, tras apartar la cortina a un lado, lanzó la manzana todo lo lejos que pudo—. Si continúas desperdiciando así la comida, tendré que plantearme el venderte a algún mercader estúpido —le dijo mientras desataba la lazada que sujetaba sus amplios calzones.
—¡Detente! Por amor de Dios, para de hacer eso —rogó Lucy, sintiendo la boca seca.
—¿Que pare el qué? —rio él—. Deberías ir acostumbrándote, se supone que ahora eres mi concubina.
—Eres increíblemente presuntuoso —opinó ella, lanzando un bufido—. ¿Acaso crees que puedes decirme lo que debo hacer?
Laxus cruzó la tienda en tan solo cuatro grandes zancadas e inclinó su cuerpo, enfrentando su rostro al de ella. Atrapó con los dedos su mentón y lo elevó, obligándola a que lo mirase.
—Yo y los diez mil dinares que me has costado. —Aguardó en silencio a que ella se atreviera a responder.
Furiosa, Lucy entrecerró los ojos y decidió morderse la lengua. ¡Diosa! ¿A qué olía ese hombre? Sintió que la respiración se le aceleraba y trató de retener la oleada de calor que se deslizó por su vientre. Tragó saliva e intentó apartarse de él. Sin embargo, solo consiguió que Laxus la sujetara con más fuerza, aproximándose más a ella.
—No puedes creer en serio que haré todo lo que te dé la gana solo porque has pagado unos malditos dinares por mí —le espetó Lucy.
—Diez mil malditos dinares —le aclaró él, antes de lamentarse—. He pagado mucho menos por mi caballo.
—¿Me estás comparando con un estúpido animal?
—En absoluto —resopló él—, un caballo es mucho más útil que una muchacha rebelde y testaruda que no para de hablar.
—¡Eres detestable!
—No deberías provocarme, muchacha…
Estaba tan cerca de ella, que Lucy sintió la caricia de su aliento en la mejilla.
—¿Y qué piensas hacer para evitarlo, pedazo de bárbaro?
Lucy no lo vio venir. Casi no tuvo tiempo de tomar aire antes de que la boca de él se apoderase de la suya con violencia. Forcejeó, tratando de clavarle las uñas, pero el firme cuerpo de él se cernió sobre ella, tumbándola de espaldas sobre la alfombra. Notó cómo la mano del tuareg atrapaba sus muñecas y tiraba de las ligaduras que las unía, colocándolas sobre su cabeza, sin liberar su boca en ningún momento. De pronto, Lucy comenzó a sentir un fuego abrasador que la consumía por dentro. El exploraba cada rincón de su boca con la lengua, con una maestría infinita, mordisqueaba sus labios y volvía a introducirla, provocando que la corriente sanguínea circulase por sus venas a mil por hora. Instintivamente, su cuerpo se arqueó contra el del hombre, logrando que él soltase un quedo gruñido de satisfacción.
—Después de todo, te falta convicción, mi pequeña gata del desierto —murmuró Laxus contra su boca con voz ronca. Después la soltó y se puso nuevamente en pie.
El corazón de Lucy continuaba latiendo deprisa. El cuerpo le ardía y todavía sentía los dedos de él sobre la piel de sus muñecas, mientras que el sabor de su boca perduraba aún en sus labios.
—Eres odioso.
—Hace un momento no parecías pensar así.
—Hace un momento estabas a punto de violarme.
—¡Maldita sea, mujer! —exclamó, mientras volvía a ponerse la túnica—. Te habrías entregado a mí de muy buena gana. No creo que a eso se le pueda llamar violación.
—¡Valiente presuntuoso!
—Te lo advierto. —Alzó el dedo índice ante ella—. Me debes un respeto…
—Oh, sí, casi se me olvida, ahora te pertenezco —dijo en tono mordaz—. ¿Cómo debo llamarte? ¿Amo? ¿Gran y magnífico señor del desierto? —preguntó, lanzando un bufido.
—Por ahora bastará que me llames por mi nombre.
—¡Por nada del mundo!
—Entonces llámame gran señor del desierto, lo mismo me da —puntualizó Laxus con sarcasmo.
—¡Es ridículo! —gruñó ella.
—Lo mismo pensó mi madre cuando me puso Laxus —señaló él, antes de añadir—: Será mejor que esta noche duerma junto a los hombres.
Lucy contuvo la respiración y sintió un inquietante estremecimiento.
—¿Y si ese tipo regresa?
—¿Quién? ¿Macbeth? —rio—. ¡Tranquila! No creo que pudiera aguantarte más de diez minutos seguidos.
—Eres un… Un… —Tomó un cojín con ambas manos y se lo arrojó a la cabeza—. ¡Maldito patán descerebrado!
Él alzó un brazo y golpeó el almohadón, proyectándolo a un lado.
—Demonio de mujer —bramó con el ceño fruncido—. ¿Todas las americanas son como tú?
—¿Por qué? ¿Pretendes hacerte con un harén de norteamericanas? —preguntó Lucy con soma.
—Deja de decir estupideces.
—¿Estupideces? —repitió atónita—. Debe de ser porque llevo atada un día entero. Eso pone de muy mal humor, ¿no crees? Lo raro es que no haya tratado de atizarte en esa cabeza de mosquito que paseas sobre los hombros. ¡Maldito bastardo presuntuoso!
—¡Por todas las dunas del desierto! ¿Dónde has aprendido a hablar así? ¿En un suburbio del Bronx?
—¡No te importa! —Lucy entornó los parpados—. En cuanto a ti, deberías ir aprendiendo la jerga, te hará buena falta cuando tus huesos acaben en prisión.
De pronto, él se quedó inmóvil, cruzó despacio los brazos ante su pecho y la miró con un brillo extraño en los ojos.
—¿Me estás amenazando, americana?
Lucy sintió arder sus mejillas. El silencio flotó entre ambos y solo el sonido de sus respiraciones indicaba que aún había gente en el interior de la tienda. Por primera vez en su vida no sabía qué hacer o qué decir. En otra situación o lugar, se habría enfrentado con aquel hombre sin pensarlo dos veces. Pero allí, y en aquel momento, no podía encontrarse más indefensa. Estaba expuesta a cualquier cosa: al calor del desierto, a Macbeth, y a los deseos de aquel tuareg. Molesta con ella misma, giró su rostro y miró hacia otro lado.
—Eso me temía —murmuró él con satisfacción.
El cuerpo de Lucy se tensó al sentir el contacto de sus dedos, Laxus aflojaba las ligaduras de sus muñecas. Cuando se giró para mirarlo, se encontró con una penetrante mirada azul.
—Esto es solo para que dejes de bombardear mi cabeza con tus quejas —gruñó él—. Si continúo escuchando tu voz, terminaré por arrojarme delante de una carrera de camellos.
—No me des ideas.
—Eres insufrible, ¿lo sabes? —susurró junto a su boca.
Lucy se quedó sin respiración y su corazón empezó a golpearle el pecho. Aquellos ojos enigmáticos se clavaron en sus labios, provocándole un calor sofocante. Notó cómo le ardía la piel. Maldita sea, si no se apartaba pronto de ella, iba a perder la cabeza.
Al percatarse del efecto que provocaba en ella, los labios de Laxus se curvaron en una burlona sonrisa. A pesar de los dolores de cabeza que con seguridad le aguardaban, iba a ser todo un reto doblegar el beligerante carácter de esa mujer. Un desafío del que estaba dispuesto a disfrutar cada segundo.
Sin dejar de sonreír, Laxus se incorporó, dio media vuelta y se marchó.
Completamente inmóvil, Lucy permaneció durante un rato mirando hacia el lugar por donde él había salido. Se preguntó dónde se hallarían. Tal vez incluso se encontraban cerca de alguna aldea o población, un lugar donde podría pedir ayuda. Sin embargo, debía ser cautelosa, pensó, mientras se frotaba las muñecas ya desligadas. Había oído cómo el imajeghan ordenaba al hombre que lo acompañaba que estuvieran alerta. Luego, con seguridad, alguno de ellos montaría guardia cerca de la tienda. No convenía apresurarse. Pronto caería la noche y podría moverse oculta entre sus sombras.
Hasta entonces debía descansar y reunir fuerzas. Nadie podía saber lo lejos que se hallaban de la civilización, ni cuántos kilómetros de desierto se vería obligada a cruzar para llegar a ella.
Lucy cerró los ojos y respiró hondo antes de levantarse. Miró a su alrededor estudiando el lugar y la posibilidades de hallar algún objeto que pudiera ayudarla en su aventura. Sus ojos se clavaron en una pequeña alforja de tela algo descolorida, situada sobre el tosco camastro donde supuestamente debía dormir. Se apresuró a cogerla y miró en su interior. Vacía. Dando un suspiro la arrojó a un lado. Su carcelero se había asegurado de no dejar a su alcance nada que ella pudiese utilizar para defenderse. No obstante, no iba a darse por vencida tan fácilmente, se dijo, al tiempo que tomaba otra manzana y le daba un buen mordisco. Al menos se alimentaría bien antes de largarse.
Se dejó caer sentada sobre el camastro, decidida a esperar el momento oportuno.
