Capítulo 4:

El fin de semana había sido una tortura, sobre todo las noches compartidas con Kagome. Tenía una estricta rutina y costumbres que se negaba a rechazar por la llegada de la virgen a su hogar. La disciplina era lo primero y sabía que si se metía entre sus piernas fuera de horario una sola vez, lo repetiría. Hacía años que había destinado los sábados como único día de desahogo sexual. Cambiar eso sería destrozar todos sus esfuerzos de auto control. Kagome era tentadora, pero la tomaría sólo el sábado por la noche y ni un solo día más. Lamentablemente, para cuando pudo tener oportunidad de poseerla, era domingo, cerca de las cinco de la mañana, y ella lucía unas grandes ojeras. Decidió retrasarlo al siguiente sábado y ya se estaba lamentando.

El niño no molestaba demasiado, la verdad. Kagome le dijo que era muy tranquilo y obediente. No esperó que fuera cierto y mucho menos hasta tal punto. Pedía permiso para todo, era educado y aunque no le quitaba los ojos asombrados de encima, no le molestaba en lo más mínimo. Ojala todos los niños fueran así. Por un momento, le recordó a un tiempo atrás en el que deseó tener hijos. A un tiempo en el que los niños le gustaban y deseaba formar una familia. Sin embargo, el día en que le traicionaron de la peor de las formas, ese deseo desapareció. Simplemente se esfumó.

Kagome, vestida con un horrible vestido estampado de flores que no se ajustaba ni en lo más mínimo a su figura, había realizado las tareas del hogar sin que nadie se lo pidiera. Él quiso intervenir y decirle que tenía contratado un equipo de limpieza que venía dos veces a la semana, pero ella no le escuchó y continuó a lo suyo. Adecentó su habitación y la de su hermano, ordenó todo lo que vio descolocado y preparó la comida con lo poco que él tenía en la casa. La comida estaba deliciosa, de lo mejor que había comido en muchísimo tiempo. De hecho, le recordó a su madre. Todas las humanas tenían muy buena mano con la cocina, al parecer.

Para el lunes tenían muchos planes. Él tendría que ir a trabajar por la mañana y le encargaría a su secretaria que matriculara al hermano de Kagome en algún colegio. No era lo más ortodoxo que un humano fuera a una buena escuela con demonios, mas nadie se lo negaría, no a él. Con un poco de suerte, podría conseguir para el muchacho algo más que ser un simple obrero. Más tarde, acompañaría a Kagome al mercado a comprar todo lo que necesitara para preparar la comida de esa semana. Podría darle dinero y permitir que fuera sola. No creía que se fuera a escapar ni nada parecido. El problema era que temía que cualquier demonio la oliera y… No quería ni pensar en ello. Después, le compraría mucha ropa nueva a Kagome. No permitiría que su amante cubriera su suave piel con ásperos y feos harapos viejos.

La siguiente noche también fue tortuosa. Durmió junto a Kagome, con su trasero deliciosamente pegado a su entrepierna. Ella dormía, estaba profundamente dormida, y no se daba cuenta de cómo se estaba apretando contra él. Desgraciadamente, él sí y su autocontrol se estaba enfrentando a una dura prueba. Cuando ella volvió a apretar su trasero contra su dura erección, se dio por vencido, y salió de la cama. En silencio, se dirigió hacia el salón, se tumbó sobre el sofá y durmió allí, pensando que viviría una semana infernal hasta el sábado. Soñó con Kagome.

― ¡Oh, Dios mío!

Se despertó abruptamente al escuchar la voz de Kagome. Por un momento temió que a ella le hubiera sucedido algo. Cuando se sentó, dispuesto a enfrentarse a quien quiera que la estuviera dañando, la encontró a ella de pies frente a él con su camisa puesta y a su hermano sujeto de su cadera. Los dos lo observaban con los ojos abiertos de par en par. ¿Qué les sucedía? Giró la cabeza para ver si había algo extraño en el salón que los estuviera alterando. La alarma no había sonado y todo estaba igual, tal y como él lo recordaba.

― ¿Qué ocurre? ― preguntó somnoliento.

― Estás durmiendo en el sofá… ― musitó ella.

¡Era eso! Bueno, tampoco era para tanto. El sofá era muy cómodo y ya había dormido antes allí.

― Souta, ¿por qué no vas a lavarte la cara?

El niño asintió la cabeza y le dio los buenos días antes de ir corriendo al cuarto de baño, obedeciendo a su hermana.

― ¿Es mi culpa? ― le preguntó ― ¿Me muevo mucho en sueños? ¿Ronco? ¿Te he molestado?

Era interesante ver que alguien se preocupaba por él. La única persona que realmente se había preocupado por él hasta entonces, era su madre.

― No, tranquila.

Se levantó del sofá y estiró sus músculos entumecidos mientras lanzaba un largo y sonoro bostezo. No sabía por qué, pero no quería herir los tiernos sentimientos de Kagome. Ella parecía ser muy sensible. Bueno, en realidad todos los humanos eran muy sensibles y se preocupaban por las cosas más triviales.

― Tengo hambre… ― musitó.

― Ve a ducharte y a cambiarte de ropa. Yo prepararé el desayuno mientras tanto.

Asintió con la cabeza al escuchar a Kagome, y, restándole importancia al hecho de que le hubiera dado algo parecido a una orden, se dirigió hacia su dormitorio para darse una buena ducha. A punto estuvo de caerse al suelo cuando entró y el aroma de Kagome inundó sus fosas nasales. Sin poder evitarlo, se acercó a la cama e inhaló los restos de su olor que habían quedado adheridos a la sábana. Estaba cálido allí donde ella había dormido.

Estaba enfermo. Se apartó de la cama al percatarse de que se estaba comportando como un auténtico psicópata obsesionado con una virgen. Se acercó a su armario a coger su ropa para ese día, sacudiendo la cabeza, contrariado. ¿Qué pensaría su padre si lo viera abrazar una sábana y suspirar por el olor de una hembra humana? Seguramente lo felicitaría, ya que él mismo se había casado con una y adoraba esa vida familiar. Diría que era afortunado. Su hermano, en cambio, se regodearía ante él. ¡Maldita sea! ¿Quiénes eran ellos para decir nada? Haría lo que le diera la gana y poco le importaba lo que su familia pudiera hacer o decir.

Se dio una rápida ducha fría para enfriar sus calenturientas intenciones respecto a Kagome y se afeitó frente al espejo del lavabo. Empezaba a pensar que iba a tener una erección permanente durante toda la semana hasta que la poseyera. Seguro que una vez que tomara su virginidad el sábado, se le pasaría toda esa obsesión y podría volver a su vida normal. Eso sí, ella no se marcharía. Seguía siendo una hermosa hembra humana y su amante por mucho tiempo si el Dios humano lo deseaba. Tan sumido estaba en sus pensamientos que perdió la concentración y se cortó al pasar la cuchilla bajo la barbilla. Un pequeño corte sin importancia. El dolor le haría volver a la realidad.

Escogió un traje grisáceo con una camisa negra y una corbata plateada, y se dirigió hacia la cocina sin poder evitar olisquear el ambiente. ¡Qué bien olía! El desayuno ya estaba preparado y él se moría de hambre. Normalmente desayunaba café solo y cualquier clase de bollería industrial que encontrara por ahí. Nada en comparación con un buen desayuno.

Nada más entrar en la cocina, Kagome le dio su taza de café.

― Bien cargado, como te gusta.

Él le dio un sorbo al café, comprobando que sus palabras eran ciertas, y se sentó frente a Souta para devorar su desayuno. El niño casi había terminado sus tortitas con sirope y nata. Él devoró las suyas en cuestión de segundos y Kagome le puso otro plato delante. También lo devoró, y, entonces, comió una tortilla francesa, y dejó que Kagome le sirviera más café y un vaso de zumo de naranja recién exprimida. ¿Cómo había podido reprimir su hambre durante tantos años? Hasta ese día, nunca se había percatado de lo hambriento que estaba en verdad por las mañanas.

― Voy a matricular a Souta en una buena escuela.

Kagome lo miró con aparente interés y se sentó con su plato de tortitas.

― ¿Eso no está prohibido?

― Soy el Ministro de Trabajo, puedo hacer lo que se me antoje.

Ella se encogió de hombros y aceptó su respuesta.

― Con un poco de suerte, podrá conseguir algo mejor que ser un obrero. ― comentó Inuyasha.

― Ser un obrero es su única salida como humano, pero no es ninguna deshonra.

Lo dejó con la palabra en la boca al pronunciar aquella frase. Se levantó y le dio la espalda para recoger, sin haber probado bocado de su comida. ¡Vaya! No quería ofenderla, lo dijo sin pensar. En vista de que Souta había terminado su desayuno, le pidió que se fuera a jugar al salón y se acercó a Kagome con precaución. La abrazó desde atrás y besó su coronilla.

― No pretendía ofenderte.

― Mi padre no tuvo otra elección, ― habló ― pero dio la casualidad de que adoraba esculpir en mármol. Era su gran pasión. Se llevaba incluso restos del mármol que esculpía para esculpir pequeñas figuras en casa que nos regalaba a Souta y a mí. Por mi cumpleaños siempre me regalaba una pequeña escultura de una bailarina o un hada.

― ¿Dónde están esas esculturas?

No recordaba haber visto nada de eso cuando desempaquetó sus pocas pertenencias.

― El Ministro de Justicia me lo quitó todo, absolutamente todo. A penas tuve tiempo de recoger un par de prendas antes de que derribara la casa de mis padres.

Esas palabras lo intrigaron. La hizo girarse y le levantó el mentón con una mano para que lo mirara.

― ¿Por qué hizo eso?

― No lo sé. Mis padres murieron, nos pertenecía a nosotros, y no teníamos ninguna deuda. Un día, de repente, me llegó una citación del juzgado y aparecieron un montón de facturas sin pagar que antes no estaban ahí. Leí todas y cada una de ellas. La mayor parte de ellas eran facturas de cosas que nunca habíamos adquirido… ― suspiró ― A veces tengo la sensación de que alguien nos está haciendo esto a propósito, pero supongo que es algo estúpido, ¿no?

Él no lo veía tan estúpido. Todo un conjunto de deudas lo suficientemente elevado como para arrebatarles todos los ahorros, las pertenencias y el hogar a un par de hermanos huérfanos no aparecía de la noche a la mañana. Eso lo había tenido que preparar alguien, estaba completamente seguro. ¿Quién podría haberle hecho esto a ese par de hermanos? Debía ser alguien importante y alguien que tuviera contacto con el Ministro de Justicia, con Naraku Tatewaki. ¡Cómo odiaba a ese tipejo! Ya se lo arrebató todo una vez, no lo haría dos veces.

― Dame tu apellido. Haré que se investigue esto y encontraremos al responsable.

― ¿Por qué? ― le preguntó ― ¿Por qué haces tanto por mí?

Ni él mismo podía contestar a esa pregunta. Desde que la conoció, se había encontrado en la necesidad constante de protegerla y complacerla, como si él no pudiera retener ese impulso.

― Porque no me parece justo… ― masculló.

Eso también era cierto. Él no era el Ministro de Justicia, era el Ministro de Trabajo, pero eso no significaba que no pudiera intervenir en otras áreas.

― Higurashi. ― dijo al fin ― Me llamo Kagome Higurashi.

― Te prometo que averiguaré lo que ha sucedido.

Se dio media vuelta dispuesto a marcharse, pero las palabras de ella lo retuvieron cuando apenas había salido al pasillo.

― Gracias. No sé por qué haces tanto por mí y por mi hermano pero quiero que sepas que te lo agradecemos.

Él asintió con la cabeza y estaba a punto de marcharse cuando Kagome agarró su mano desde atrás. Los dos se quedaron en absoluto silencio, quietos, estáticos, esperando a que el otro hiciera algo para romper el hielo hasta que ambos se movieron al mismo tiempo. Ella se puso de puntillas y rodeó su cuello con sus brazos. Él se giró y estrechó su cintura entre los suyos. En menos de un segundo se estaban besando. Si fuera inteligente no la habría besado. Sin embargo, últimamente, tenía la sensación de que debía de estar volviéndose un completo idiota. Dejó que ella lo besara, y, cuando abrió la boca para él, se adentró en ella y la exploró lleno de puro deseo masculino. Ella gimió en el beso y él lanzó un gruñido animal de posesión. Si no rompía el beso, la tomaría allí mismo. Así que, haciendo apego de toda su fuerza de voluntad, rompió el beso y le sonrió antes de marcharse.

― Estaré aquí a las cuatro. Iremos al mercado y a comprarte ropa.

Y con esas últimas palabras salió del apartamento. De camino al trabajo no pudo dejar de pensar en ella. Pensaba en lo hermosa que estaba cuando le sonreía. En lo bonita que estaba cuando fruncía el ceño enfadada. En lo bella que se veía mientras dormía. Evocó imágenes de ellos dos desnudos en la cama, poseyéndose el uno al otro en un coito animal. También pensó en sus palabras, en todo lo que ella le había contado sobre el injusto trato recibido por parte del Ministro de Justicia. ¡No pensaba dejarlo pasar!

Entró en el edificio del ministerio sin dejar de pensar en todo aquello. Tan absorto estaba que entró en el ascensor sin saludar a sus compañeros. Nunca había sido demasiado sociable y no necesitaba entablar una falsa amistad para conseguir favores especiales. ¡Por Dios, él era un Taisho! No tenía que suplicar para obtener cuanto deseaba. Además, como Ministro de Trabajo podría dejarlos a todos ellos sin empleo. Aunque el abuso de poder no era lo suyo.

Se bajó en la planta del ministerio de trabajo y a paso firme se dirigió hacia su despacho al final de la planta. Más de una cabeza se levantó para mirarlo al pasar y más de una mujer le puso ojitos de cordero degollado. No comprendían que él nunca había hecho, ni haría caso a sus insinuaciones. Ahora, con Kagome dentro de la ecuación, mucho menos. Sólo se detuvo ante el escritorio que velaba frente a la puerta de su gran despacho. Su secretaria, Sango Kinomotto, estaba atendiendo una llamada en ese momento y la puso en espera para saludarlo y apuntar sus primeros recados de la mañana.

― Buenos días, señor Taisho. ― se levantó y le hizo una elegante reverencia ― ¿Desea algo?

― Quiero que investigues a una familia humana. Los padres han fallecido y sólo quedan dos hijos: Kagome Higurashi y Souta Higurashi. Consígueme todo lo que puedas sobre ellos y sus padres.

― Claro, señor. ¿Quiere que le traiga directamente los archivos o desea que haga un resumen y evaluación?

― Bastará con que me consiga los archivos. ― abrió la puerta de su despacho pero no entró ― Por cierto, esto es confidencial. Nadie debe saberlo, ¿entendido?

― Sí, señor.

Inuyasha asintió con la cabeza, dándole su aprobación, y entró de nuevo en su despacho. Kikio Tama lo esperaba y él no pudo sentirse peor al descubrirlo. ¡Maldita mujer! ¿Cuándo demonios iba a dejarlo en paz? ¿Cuándo se daría cuenta que sus labios pintados de rojo y sus ojos rasgados ya no lo atraían? ¿Cuándo se percataría de que por más ropa ajustada y diminuta que se pusiera nunca volvería a tomar su cuerpo? El día en que ella lo abandonó y destruyó todo lo que tenían, todo lo que él había amado, la desechó de su corazón para siempre. ¿Tan difícil era de ver?

― ¿Por dónde has entrado? ― preguntó hoscamente ― Mi secretaria no me ha dicho que estuvieras aquí.

― Me deslicé a través de la ventana, querido.

― ¿Acaso voy a tener que poner bajo vigilancia mi propio despacho? ― gruñó ― ¡Lárgate!

― ¡Oh, siempre eres tan bruto!

Y ella tan bruja. Rodeó su escritorio, levantó el auricular de su teléfono y pulsó la tecla de recepción.

― Quiero que manden inmediatamente un equipo de seguridad a mi despacho.

― ¿Vas a echarme? ― gritó ella escandalizada.

― Vete con tu marido.

― Él me aburre. ― musitó con un mohín.

― Haberlo pensado antes de casarte con él.

― ¿Sigues molesto conmigo? ― se levantó de su asiento ― No debes ser tan rencoroso.

Se dejó caer sobre la silla frente a su escritorio mientras pensaba que esa mujer conseguiría acabar con toda su paciencia. No tenía tiempo que perder con esas tonterías y ya no había nada para ella en su corazón, el corazón que ella pisoteó cuando lo traicionó. Habían pasado cien años y todavía lo recordaba con tal nitidez que los huesos se le helaban y el estómago se le contraía. Jamás perdonaría.

Sintió sus manos masajeando sus hombros con tal confianza que a punto estuvo de apartarla de un empujón. Entonces, ella se inclinó, lo olió y se apartó furiosa. Tiró todas las hojas que estaban sobre su escritorio y apoyó las palmas abiertas de sus manos sobre la madera antes de mirarlo enfurecida.

― ¿Quién es ella? ― le exigió saber ― ¡Hueles a otra mujer!

¿Tan evidente era? A lo mejor por eso lo miraba tanta gente ese día. Normalmente, le desaparecía el olor de las prostitutas para el lunes. No obstante, ahora estaba viviendo con una mujer las veinticuatro horas del día. Dentro de poco empezarían a publicar sobre él en los periódicos y tratarían de encontrar a Kagome. Fue un idiota al pensar que podría ocultar a su amante.

― ¡Vete al infierno!

― ¡Oh, querido ya estoy en él! ― le aseguró ― Y ella lo estará cuando la agarre…

― ¡No harás nada de eso!

Él mismo se puso en pie, con objeto de mostrarle los buenos veinte centímetros de estatura que le sacaba, y la amenazó con la mirada. Si osaba acercarse a Kagome, estaría muerta.

― ¡Estás enamorado! ― lo acusó.

¿Enamorado? ¡No! Él no volvería a estar enamorado de una mujer después del error que cometió con Kikio Tama. Simplemente, Kagome era un poco especial, nada más.

― Una vez estuviste enamorado de mí. ― afirmó sin ningún ápice de vergüenza por recordar su pasado en común ― Me ocuparé de que vuelvas a estarlo.

― Eso es imposible Kikio. Además, te recuerdo que estás casada y tú decidiste casarte con Tatewaki. Pensaste que tendrías más poder casándote con el Ministro de Justicia, ¿no? ¡Te equivocaste! ― se mofó de ella ― Y a mí me abriste los ojos. En el fondo, tendría que agradecértelo.

― Tú yo estamos hechos el uno para el otro.

― Admito que pensé eso hace mucho tiempo, pero perdiste tu oportunidad.

Volvió a sentarse en su sillón con gesto cansado. Se preguntó cuándo llegaría el equipo de seguridad para llevarse a esa loca que no lo dejaba en paz. A ese paso, tendría que hacerle una visita a Tatewaki para pedirle que atara bien corto a su molesta esposa. ¡No le creería! Desde que le arrebató a su prometida para casarse él con ella, se creía muy superior. El pobre necio creía estar riéndose de él. Era él en verdad quien se reía de Tatewaki por su ignorancia.

― Lo nuestro aún no ha terminado. ― insistió ella.

― Lo nuestro terminó cuando mataste a nuestro hijo.

Ella estaba embarazada de ocho meses, su hijo era ya casi una realidad, y un día desapareció. Kikio quería casarse con Tatewaki, pero Tatewaki no quería al hijo de otro hombre así que decidió abortar. Él, por supuesto, se enteró de todo eso demasiado tarde. Un día, cuando llegó a casa, la vio haciendo la maleta y su vientre de ocho meses había desaparecido. La sacudió y le gritó desesperado, exigiendo una explicación y ella le dijo cosas horribles sobre lo repugnante que lo consideraba a él y a su hijo no nato. No, jamás perdonaría.

Por fin entró el equipo de seguridad en su despacho. Empezaba a pensar que estaban haciendo novillos de su trabajo. Kikio juró y perjuró en voz alta mientras era arrastrada fuera de su despacho de la más vergonzosa de las formas: gritando y pataleando. Ojala ese espectáculo llegara a oídos de su marido para poder regodearse en su vergüenza al tener una esposa que buscaba a otros hombres públicamente.

Vio a Sango parada frente a la puerta, contemplando con ojos asombrados a la mujer que estaba siendo arrastrada lejos. En sus manos, llevaba una carpeta gruesa que parecía proceder del archivo. Tardó un largo minuto en recuperarse de la impresión de ver de nuevo a esa molesta mujer que llamaba día y noche al despacho del señor Taisho, y, al fin, entró en el despacho y cerró la puerta a su espalda. Con una sonrisa de clara victoria, le entregó la carpeta con el apellido Higurashi escrito con letras mayúsculas.

― Aquí lo tiene, señor. ― sonrió ― Siento el incidente con la más molesta de sus admiradoras, pero le juro que no la he visto entrar por ninguna parte.

Le gustaba la sinceridad de Sango. Era humana, pero entre ellos había un vínculo de confianza que les permitía hablarse de esa forma sin temor. Alta, esbelta, de pelo castaño y ojos color miel, le pareció perfecta para ocupar el puesto vacante de secretaría. Había demostrado ser realmente competente y una muy buena compañía.

― Entró por la ventana.

― ¡Esa mujer está loca! ― exclamó.

― Yo pensé exactamente lo mismo. ― abrió la carpeta para revisar superficialmente el informe.

― ¿Quiere que vigile su despacho hasta que usted llegué de ahora en adelante?

Sabía que la pregunta iba en serio porque ambos eran conscientes de que volvería a intentarlo. Kikio era el ser con menos vergüenza y amor propio que había conocido en toda su vida. Una vez, estuvo profundamente enamorado de esa mujer demonio y hubiera puesto el cielo a sus pies si se lo hubiera pedido, pero, después del vil acto cometido, no podía ni mirarla sin sentir repugnancia.

― No, pero abre la ventana central en vez de la lateral. Veamos si mi admiradora se atreve a entrar por esa ventana.

Sango le dirigió una sonrisa cómplice y salió de su despacho para continuar con su labor. Ella no sabía su historia en común, pensaba que sólo era una admiradora loca que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por tenerlo. Si ella supiera…

Se sentó de nuevo en su sillón y comenzó a leer palabra por palabra el archivo sobre la familia Higurashi. Tal y como Kagome le indicó, su padre era obrero, específicamente un escultor de mármol. Era famoso en el gremio en el que trabajaba y se le consideraba un hombre de principios, honrado. Ninguna deuda, ningún antecedente penal, nada que lo incriminara en nada. La madre de Kagome trabajaba una vez a la semana recogiendo restos y escombros de la obra. Tampoco tenía antecedentes de ningún tipo, su historial era intachable. Kagome era la hija mayor de la familia Higurashi. Había ido a la escuela, nunca había roto un solo plato y sacaba muy buenas notas. Leyó que tenía los estudios de secretariado prácticamente terminados, le faltaban sólo tres meses de prácticas y el título sería suyo. La fecha en la que dejó de estudiar coincidía con la fecha en que surgieron todas sus deudas. Souta era el hermano menor y estaba yendo a la escuela. Tampoco tenía ningún tipo de antecedentes. La familia Higurashi era un ejemplo a seguir.

Buscó y buscó, pero no encontró ningún documento que legitimara la deuda que supuestamente había adquirido la familia Higurashi. Se mencionaba en el juicio que se presentaron dichos documentos como prueba. Allí no estaba ninguno de esos documentos. Alguien debía de haberse hecho con ellos por alguna razón. Cada vez estaba más seguro de que en esa historia algo no encajaba, y todas sus alarmas se estaban encendiendo. Se llevaría el archivo a casa y así podría hablarlo con Kagome más detenidamente. Era la única en la que confiaba respecto a ese caso.

Salió de su despacho una hora después. Tenía que reunirse con los demás ministros en la sala de reuniones. Antes de encaminarse hacia allí, se detuvo frente a la mesa de su secretaria para pedirle una última cosa.

― Sango, ¿conoces esta escuela de secretariado?

Le enseñó la hoja en la que aparecía la matriculación de Kagome.

― Sí. Yo no estudié allí porque tenía otra más cerca de casa, pero tengo amigas que estudiaron allí.

― Quiero que cojas esta hoja con los datos de esta mujer y la matricules para los tres meses que le faltan por completar.

Sango agarró la hoja y leyó interesada los datos.

― ¿Algo más señor?

Entonces, sacó la ficha de Souta y se la entregó.

― También quiero escolarizar a este niño.

― ¿Misma escuela?

― No, quiero que lo metas en una escuela cerca de mi apartamento.

― Pe‐Pero señor… ― balbuceó ― ¡Allí sólo hay escuelas para demonios!

― Seguro que consigues que lo admitan.

Su secretaria leyó la ficha personal de Souta con cara de poca confianza y se despidió de él con la promesa de hacer todo lo posible. Él acudió a otra aburrida reunión en la que casi no participó porque sabía que ningún cambio sería aceptado. Ser ministro era realmente aburrido, pero ganaba mucho dinero y contaba con ciertos privilegios añadidos a los que ya le concedía su apellido. Comió en la sala de reuniones con los demás ministros, pensando que la comida de Kagome era mil veces mejor y casi se quedó dormido en la segunda sesión de la cámara. Cuando al fin terminó la sesión, se levantó, dispuesto a marcharse lo más rápido posible. Por curiosidad, echó un vistazo hacia donde se encontraba Naraku Tatewaki y descubrió que éste lo miraba fijamente. Seguro que ya había sido informado del incidente con su esposa.

Hizo el camino a casa con pies ligeros, el archivo de la familia Higurashi bajo el brazo y buenas noticias guardadas en una carpeta. Souta salió a recibirlo en cuanto llegó y él le despeinó la azabache cabellera. ¡Maldita sea! Se suponía que no le gustaban los niños y le estaba cogiendo cariño en cuestión de pocas horas. Kagome se estaba cepillando el cabello frente al espejo del cuarto de baño. Ya estaba vestida y preparada para salir con él, tal y como habían acordado. Cuando lo vio a través del espejo, le dedicó su preciosa sonrisa y se volvió para recibirlo. Ella hizo amago de besarlo; él se apartó, temiendo echarla sobre la cama.

― Ya he matriculado a Souta en la escuela. ― le entregó el papel de la matrícula para evitar el otro tema ― Está a menos de cinco minutos de aquí.

Kagome leyó con interés el documento, y, luego, la guía de información con todas las instalaciones del colegio.

― ¡Este colegio es estupendo! ― exclamó ― Seguro que le encanta.

― También tengo esto para ti.

La mujer aceptó también la siguiente hoja que le tendió y se quedó de piedra ante sus ojos, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

― ¿Por qué no me dijiste que estudiabas para ser secretaria?

― No creí que tuviera importancia… ― musitó ― Cuando me conociste…

― Te quedan sólo tres meses de prácticas. Sería una pena que no lo terminaras por eso. Ya he pagado todo lo que falta, así que puedes volver mañana mismo.

― No tenías que… ―las manos le temblaban.

― Pero lo he hecho.

Kagome se sentó sobre la cama, junto a él, abrazando la matrícula de ella y la de su hermano como si fueran tesoros. ¡Qué sensibles eran los humanos! Tampoco era para tanto. Eso era muy poco dinero para él y los que tendrían que esforzarse por sacar los estudios eran ellos, no él. No entendía esa reacción por su parte.

― Sigo sin entenderlo… ― susurró ella suavemente ― ¿Por qué haces todo esto por nosotros? Yo no te lo pedí, no te exigí nada de esto.

No le gustaba nada esa pregunta porque temía cada vez más la respuesta. No se estaba enamorando, tal y como había afirmado Kikio anteriormente en su despacho. ¡No, señor! Sólo creía que Kagome era algo más especial que otras hembras y no le gustaba ver gente sin estudios. Para él, sólo era un poco de dinero a cambio de su educación, y prefería que ella fuera secretaria a que fuera prostituta. Si la mantenía encerrada en su casa, seguro que empezaría a quejarse.

― ¡Inuyasha! ― le exigió saber.

― ¡No me presiones!

Se levantó de la cama y dejó el archivo de la familia Higurashi sobre la mesilla de noche. ¿Qué le estaba pasando?

― Me gustas, ¿vale?

Eso era lo máximo que estaba dispuesto a admitir ante ella. Tampoco era una mentira. Le gustaba Kagome, le gustaba su cuerpo y le gustaba su personalidad débil y fuerte al mismo tiempo. Era una humana de pies a cabeza, y estaba aprendiendo de ella cosas realmente fascinantes. Como, por ejemplo, que los humanos eran muy temerarios ante el peligro a pesar de que lo olieran a kilómetros de distancia.

― Te prometí ir de compras, ¿vamos?

Ella, de repente, estaba realmente feliz. Dejó sobre la cama las matrículas y se colgó de su brazo como si fueran novios para salir del apartamento. Hubiera sido sumamente sencillo apartarla de él. No lo hizo.

Continuará…