Ei, estoy de vuelta. Es cortito, pero probablemente tenga el siguiente en breves.
Gracias por los follows, favoritos y comentarios! Me alegro de que a alguien le esté gustando :_)
Y sin más os presento a Lovi.
Sinceramente, Lovino creía haber sufrido más que suficiente puto drama en su vida. Aunque fuese solo por el hecho haber nacido en la jodida locura de familia que le había tocado. Así que, en su opinión, nadie podría culparle cuando a los diecinueve años decidió que había tenido suficiente y se largó de casa sin mirar atrás.
Que tres años después siguiera viviendo en el mismo piso de mierda simplemente era triste. Como su actual existencia. Jodidamente triste.
Lovino se arrastró miserablemente hacia la diminuta cocina, deslizando sus pies enfundados en desgastadas zapatillas por la moqueta llena de manchas de origen cuestionable. El italiano puso una vieja cafetera al fuego, lanzado una mirada rápida al reloj con forma de tomate de la encimera. Las cinco de la mañana. Suspiró pesadamente. Tener insomnio era una putada, pero es como si fuera una novedad.
Con una última mirada de odio al reloj se dejó caer en el destartalado sofá del saloncito contiguo a la cocina.
Si pudiera dormir aunque fuera solo dos horas seguidas...
No estaba preparado para afrontar otro puto día con su jefe gritándole para que se apresurara con los pedidos. Porque su vida de mierda no estaría completa si no tuviera un trabajo de mierda también. Casi podía oír a su abuelo descojonándose de él en un rincón de su mente. El joven ahogó un grito de frustración contra uno de los cojines, aporreando el sofá con ganas.
No tardó en oír el sonido de la cafetera y se apresuró a retirarla del fuego, quemándose con las prisas y soltando el recipiente con un grito de dolor, enviándolo a estrellarse estrepitosamente contra su pie, desparramando el contenido. Lovino maldijo a gritos, saltando a la pata coja y conteniendo las lágrimas causadas por el golpe en el dedo meñique. El líquido ardiente había formado un charco a su alrededor y el italiano no pudo contener otra retahíla de insultos.
Oh, mierda. Doña Roseta, su vecina, siempre estaba quejándose del ruido que hacía. La vieja arpía parecía vivir alimentándose únicamente del sufrimiento de Lovino.
Cerrando los ojos con fuerza y cruzando los dedos, el italiano empezó a contar los segundos, congelado en medio de su desastrosa cocina, rezando por que la bruja esa estuviese demasiado puesta de pastillas para dormir como para enterarse del escándalo en el piso de abajo.
Ni siquiera pasó un minuto antes de que escuchara los familiares golpes del bastón de la anciana.
-¿Qué es todo ese ruido a estas horas, muchacho?- Se escucharon los gritos de doña Roseta, apenas ahogados por el fino hormigón entre ambos.- ¿Otra vez has tirado una estantería? ¡Crío inútil!
Lovino cerró firmemente la mandíbula, rechinando los dientes. La puta vieja iba a despertar a todo el vecindario, y por supuesto las culpas recaerían sobre él.
-¡Tranquila, señora Roseta! ¡Perdone señora Roseta!- Respondió el italiano, forzándose a contener el repertorio de insultos que amenazaban con escapar de su boca.
Podía sentir la irritación de su vecina, como un pulso en un rincón de su mente. Estaba acompañado por sentimientos de frustración y amargura, cosas que siempre acompañaban a la vieja, y una de sus marcas distintivas.
Lovino se mordió el labio con rabia. Odiaba su Control con todas sus fuerzas. ¿De qué servía poder manipular los sentimientos negativos de las personas? A parte de para complicarse la vida, claro. Dejó el latir de la irritación de la anciana en ese rincón de su mente, sin tocarla. Lo que menos necesitaba ahora era potenciarla o algo. Tampoco era como si pudiera. La pulsera en su muñeca se aseguraba de ello. Si osaba utilizar su control, aunque fuese una pizca, alertaría al gobierno, y en dos segundos tendría a la Fuerza echando abajo su puerta.
Y su vida ya era los suficientemente horrible sin necesidad de pasarla en alguna prisión, muchas gracias.
Y luego la gente se preguntaba por qué Feliciano era el hermano adorable y simpático de los dos. Le había tocado la parte bonita del Control que compartían. Si Lovino podía influenciar y percibir las emociones negativas, su hermano pequeño lo hacía con las positivas. Una parte de él siempre se había cuestionado si sus personalidades dependían de sus respectivos Controles o si sus Controles eran una consecuencia directa de sus personalidades.
Fuera lo que fuera. Era una mierda monumental y a Lovino le había tocado la pajita corta en la vida.
Suspirando, el joven italiano cogió un puñado de servilletas, tratando de limpiar el suelo. Se agachó, recogiendo los empapados papeles y haciendo una bola, con una mueca. De reojo le pareció ver una cucaracha bajo la encimera. Inclinándose más pudo mirar perfectamente al insecto, que, por su tamaño, debía de gozar de una dieta bastante más generosa que la de Lovino.
-Es bueno saber que al menos alguien en esta jodida casa se pega la buena vida.- Gruñó el controlador mental hacia la cucaracha. El bicho continuó inmóvil, mirando en su dirección. Lovino suspiró profundamente, llevándose una mano a la frente y cerrando los ojos.- Y ahora estoy hablando con un puto bicho, como si mi familia necesitase más razones para mandarme a un jodido psicólogo.
El joven Vargas juraría que la cucaracha le dirigió una mirada cargada de lástima.
De repente, se oyeron dos golpes secos en la puerta del piso.
El italiano pegó un brinco, sobresaltado, resbalando con los restos de café sobre las baldosas y cayendo de culo al suelo.
Casi pudo imaginar a la cucaracha negando con la cabeza antes de desaparecer por un hueco del mueble.
Lovino trató de no darle vueltas al hecho de que se sintió ligeramente ofendido por ser abandonado por un insecto. Lo que le faltaba era crearse nuevos complejos basados en la imaginaria opinión de una puta cucaracha.
La puerta volvió a sonar, esta vez con más insistencia.
El italiano dirigió una mirada al reloj, frunciendo el ceño. Apenas eran las cinco y media de la mañana. ¿Quién cojones podría ser a esa hora? O a cualquier hora en realidad. Lovino no recibía visitas. Nunca. No es como si tuviese amigos, y se había asegurado de que su familia no encontrase su dirección. Las únicas personas que llamaban a su puerta eran el cartero, la casera y los cobradores. Y nunca a las putas cinco de la mañana.
De ahí que la sorpresa de Lovino estuviese justificada.
Con cuidado, se levantó de los restos del charco de café, frotándose el culo, dolorido. Con una mueca miró sus ropas; sus calzoncillos habían visto mejores días, por no hablar de que estaban cubiertos de manchas oscuras de café que podían parecer cualquier otra cosa. Su vieja y agujereada camiseta de algún equipo de fútbol italiano era dos tallas grande por lo menos.
Lovino murmuró un "que le jodan" entre dientes, antes de lanzarse al sofá, dispuesto a ignorar las llamadas a la puerta.
Probablemente era la puta Doña Roseta, para quejarse.
Y simplemente no.
El italiano se repanchingó en el sofá, resacándose distraídamente la tripa.
La puerta volvió a sonar, casi con un ritmo. Y juraría que era alguna clase de versión de una canción de Disney.
Umh. Eso no sonaba para nada a la bruja de su vecina.
Tentativamente, Lovino se permitió relajar su mente, dejando que su poder se manifestase, sintiendo el pulso de las emociones de la persona al otro lado de la puerta. Por suerte, la pulsera solo podía percibir si utilizaba su control para influenciar la mente de otras personas, era imposible que detectara si estaba leyendo emociones sin actuar sobre ellas. Aunque Lovino estaba seguro de que al gobierno le encantaría poder evitar eso también. No vaya a ser que algún Ilegal pueda saber que internamente estás frustrado con tu vida de mierda o algo. Oh, no por dios. Pero claro, que un puto controlador elemental tuviese la capacidad de causar un jodido terremoto era absolutamente permisible.
Genial, ahora estaba empezando a sonar como su abuelo.
Sacudiendo la cabeza se centró en abrir su mente a las emociones del tipo.
El italiano tuvo que ahogar una exclamación.
Nunca en toda su vida se había encontrado con un torbellino como aquel. Lo extraño es que no podía distinguir claramente ninguna emoción por encima de otra. Era como si todas estuviesen luchando por alcanzar la superficie. Rabia cegadora, ira, dolor, un ansia sanguinaria que le dio escalofríos, amargura, tristeza desgarradora, odio, miedo, pánico absoluto, un frenesí maníaco, histeria… y algo que ni siquiera quiso analizar, una especie de locura pulsante, apenas contenida.
-Qué cojones.- Murmuró el joven, levantándose hacia la puerta, en la que los golpes imitando la cancioncilla continuaban.
Lovino miró la entrada a su piso con cautela, parado frente a ella, sin decidiese a abrir.
Todas esas emociones latían en un rincón de su mente, pero la persona al otro lado debía de estar experimentándolas a todo volumen. Tenía que ser desbordante.
Un ser humano que sentía todo eso al mismo tiempo y con tanta intensidad no podía estar cuerdo.
El italiano pausó un momento, el recuerdo de una mente similar hacía mucho tiempo asaltándole. Pero eso fue… Lovino sacudió la cabeza y se acercó a la mirilla.
Al otro lado de su puerta, en el descansillo, había un joven sonriente.
El controlador mental se echó hacia atrás, sorprendido. No era así como se había imaginado al dueño de esas emociones frenéticas.
El joven al otro lado no parecía tener más de veintitantos. De piel olivácea similar a la suya, suavemente bronceada, pelo castaño absolutamente revuelto y descuidado, con mechones sobre sus ojos, demasiado abiertos, de un verde que parecía más brillante de lo normal. Llevaba una camiseta con las mangas cortadas y un ridículo dibujito de tortugas en ella, como sacado de la sección infantil.
Lovino entrecerró los ojos.
Desde luego no conocía al tipo, y no iba a dejar a un (probablemente maniaco y psicópata) desconocido entrar.
Como leyéndole la mente, el desconocido clavó su mirada en Lovino a través de la mirilla. Una amplia sonrisa ocupó su cara.
-¡Hola!- Gritó desde el otro lado, agitando una mano.- ¿Puedes dejarme pasar? ¿Porfa? Puedo asegurarte que no voy a matarte ni nada.- Pausó un segundo, desviando la mirada, como si estuviese oyendo algo.- No, no vamos a hacerlo.- Gruñó, más bajo, y Lovino casi no le escuchó, pero sintió la irritación en la mente del otro elevarse por encima del remolino de emociones.- ¡Porque estamos siendo discretos, veintiuno!
Vale, estaba como una puta cabra. Pero con sus gritos iba a despertar a sus putos vecinos, y eso si que no.
-¡Chssssst!- Siseó Lovino, rogando por que el jodido loco le oyera a través de la puerta.- ¡Son las cinco de la mañana!- El desconocido se encogió de hombros, desinteresado.- No… ¡no puedes ir gritando por ahí, exigiendo que te dejen entrar en casas ajenas!- Farfulló el italiano.
El otro emitió un sonido de diversión.
-¿Habéis oído?- Una risita siguió a su comentario hacia nadie en particular, al parecer. Lovino se preguntó si llevaría un manos libres o algo. Probablemente se debía a que estaba puto loco y punto.- Ya, prioridades.- El tipo volvió a centrar su atención en la mirilla, su mirada clavada en Lovino, expresión seria.- Escucha, personaje anónimo y probablemente poco interesante que he elegido por causalidad: estoy llamando a esta lámina de madera a la que llamas puerta por educación… ¡Sí, educación, dieciséis, tengo de eso! Podría haberla reventado y entrado por la fuerza en cualquier momento, pero te estoy dando la posibilidad de abrirla tú, porque me han dicho que es una putada tener que repararlas. Así que… ¿por las buenas o por las malas?
De nuevo le dirigió una resplandeciente sonrisa.
Lovino se golpeó la frente con la puerta. Sinceramente; ¿por qué a él? ¿Por qué tenían que tocarle todos los jodidos lunáticos del mundo? ¿No era suficiente con un abuelo megalomaniaco? El italiano continuó chocando la cabeza con la puerta, con los ojos cerrados. "Tap", "tap", "tap"¿Por qué? Simplemente por qué.
-Umh. ¿Señor anónimo?- Se oyó de pronto al otro lado. Lovino pausó sus golpes para volver a mirar por la mirilla.- No es que sepa mucho del comportamiento de la gente normal.- Emitió una risilla.- Pero eso de autolesionarse la cabeza es lo mío, y no creo que quieras tener mucho en común conmigo.
-¿Cómo sabías que era la cabeza?- Inquirió refunfuñando el italiano.
El tipo se limitó a volver a sonreír de lado a lado.
-¿Me vas a abrir ya? Porque tenemos un poco de prisa, y a veintiuno le caes bien, así que no querría matarte.
Lovino valoró sus opciones.
Y encontró que no tenía muchas.
Supuso que si iba a morir esa noche al menos sería interesante. Y no tendría que pagar el alquiler de varios meses que llevaba atrasados, lo que era una ventaja. Y si de verdad la palmaba su abuelo tendría que hacerse cargo de sus deudas, así que toma esa, viejo de mierda.
¿Y qué coño era un "veintiuno"?
Con un gruñido resignado, cuestionándose en qué punto estaba su vida que morir aparecía como ventajoso, abrió la puerta.
