Aqui les traigo un nuevo episodio de Cazame si puedes espero q les guste
arigato
Chaper 3
Renji Abarai entró en el club como una jodida estrella de cien, con una chaqueta de lino deportiva colgada de loes hombros, unos pendientes de diamante brillando en los lóbulos de sus orejas y unas gafas que velaban sus ojos rojos fuego. Con la piel blanca, y el pelo rojo, con unos tatuajes, era un regalo de la ciudad de Karakura. Ichigo agradeció la distracción con una sonrisa. El chico tenía estilo, y la Ciudad del Viento le había echado de menos.
-¿Conoces a Abarai? –La rubia que intentaba cogerse del brazo derecho de Ichigo seguía con la mirada a Abarai, que regalaba su sonrisa a la muchedumbre como si avanzara por una alfombra roja. Tuvo que alcanzar la voz por encima de la música mala de la pista de baile, donde se celebraba la fiesta privada de aquella noche. Si bien los dalls estaban jugando en Cavelin y los Bullos aún no habían vuelto, los demás equipos de la ciudad estaban bien representados en la fiesta, principalmente los jugadores de Los Karakurence y los karistar, pero también gran parte de los jugadores de los Casok y un portero del Karakura Fire. A la mezcla también se sumaban un par de actores, una estrella de rock y mujeres, decenas de mujeres, a cuál más atractiva, el botín sexual de los ricos y famoso.
-Claro que conoces a Renji. –La morena que estaba a su lado izquierdo miró a la rubia con condescendencia-. Ichigo conoce a todos los jugadores de fútbol de la ciudad, ¿verdad, cariño? –Mientras hablaba, deslizó furtivamente una mano por la parte interior de su muslo, pero Ichigo procuró hacer caso omiso de su erección, del mismo modo que había estado haciendo caso omiso de sus erecciones desde que decidiera entrenarse para el matrimonio.
Entrenarse para el matrimonio era un verdadero infierno.
Se recordó a sí mismo que había llegado hasta donde estaba aferrándose a un plan, y que el siguiente paso era estar casado antes de cumplir los treinta y cinco. Su mujer sería el símbolo más importante de sus éxitos, la prueba definitiva de que había atrás el parking de caravanas de Vean Vista para siempre.
-Lo conozco –dijo, sin añadir que esperaba conocerlo mucho mejor.
Cuando Abarai avanzó hacia el interior de la gran sala, la muchedumbre del Watirrek abrió paso al ex jugador del sur que había sido fichado por los Karakurences para ocupar el puesto de primer quarterback cuando Grimm colgara las botas al final de la próxima temporada. La historia familiar de Renji Abarai estaba envuelta en un misterio, y cuando alguien husmeaba el jugador respondía con frases vagas. Tras hacer algunas averiguaciones por su cuenta, Ichigo había topado con algunos rumores interesantes que prefirió mantener en secreto. Don Kanónji que hasta entonces había estado intentando ligarse a un par de chicas morenas en el otro extremo del bar, cayeron en la cuenta de lo que estaba pasando. Unos segundos después, avanzaban a tropezones sobre sus mocasines Prada para ser los primero en llegar hasta él.
Ichigo tomó otro sorbo de su cerveza y los dejó hacer. No le sorprendía el interés de Don Kanónji en Abarai. El agente del quarterback había muerto accidente durante una escalada en roca cinco días atrás, dejando sin representate, algo que Don Kanónji, y todos lo demás agentes del país, esperaban remediar. Don Kanónji era deño de la empresa K-Group, el único competidor serio de Ichigo en Karakura. Él lo odiaba a muerte, principalmente por su falta de ética, pero también porque le había robado un candidato a la primera ronda del draft cinco años atrás, cuando más lo necesitaba. Su venganza había consistido en quitarles a Chad, lo que ni había resultado nada difícil. Don Kan´oji era bueno en hacer grandes promesas a sus clientes, pero no en cumpliarlas.
Ichigo no se hacía ilusiones acerca de oficio. En los últimos diez años, el negocio de representación de deportistas se había vuelto más corrupto que una pelea de gallos. En la mayoría de estados prácticamente se regalaban las licencias. Cualquier vulgar estafador podía mandar imprimir una tarjeta de visita con el título de representante y aprovecharse de deportistas universitarios crédulos, sobre todo de aquellos que habían crecido en la miseria. Estos embaucadores le pasaban dinero bajo la mesa, le prometían coches y joyas, contrataban a putas y pagaban –recompensas—a cualquiera que pudiera conseguirles la firma de un atleta importante en un contrato de representación. Algunos agentes serios habían abandonado el negocio porque consideraban que no se podía ser honesto y competitivo a la vez, pero Ichigo no estaba abandonado el negocio porque consideraban que no se podía ser honesto y competitivo a la vez, pero Ichigo no estaba dispuesto a dejarse comer el terreno. A pesar de lo sórdido que era el negocio, le gustaba lo que hacía. Le encantaba la descarga de adrenalina que le producía asegurar un cliente, firmar un contrato. Le encantaba descubrir hasta dónde podía tensar la cuerda. Era lo que mejor sabía hacer. Llevaba las reglas al límite, pero no las rompía. Y jamás engañaba a un cliente.
Vio cómo Abarai agachaba la cabeza para oír lo que le decía Don Kanónji. Ichigo no estaba preocupado. Abarai podía ser guapo, pero no era un estúpido. Sabía que todos los agentes del país se interesaban en él, y no iba a tomar una decisión de la noche a la mañana.
Una gatita sexual con la que Ichigo se había acostado un par de veces en los días anteriores a la concentración lo abordó meneando la melena, los pezones fruncidos como dos cerezas en sazón bajo un top ceñido y provocador.
-Estoy haciendo una encuesta. Si sólo pudieras disfrutar de un tipo de sexo el resto de tu vida, ¿con cuál te quedarías? Hasta ahora, la votación está tres a uno favor del sexo oral.
-¿te vale si lo dejo en sexo heterosexual?
Las tres mujeres se desternillaron de risa, como si nunca hubiesen oído algo más gracioso. Al parecer, era el rey de los monólogos de humos.
La fiesta empezó a animarse, y algunas de las mujeres en la pista de baile empezaron a desfilar bajo los chorros de agua de la fiesta. Sus ropas se pegaban a sus cuerpos, destacando cada curva y cada cavidad. Recién llegado a la ciudad se había dejado seducir por el club, la música y la bebida, las hermosas mujeres y el sexo libre, pero para cuando cumplió los treinta años de edad ya estaba hastiado. Aun así, dejarse ver, fuera o no un coñazo, era parte importante de su negocio, y no conseguía recordar la última vez que se había ido a dormir solo a una hora decente.
-Ichigo, mi hombre.
Recibió a Hitsugaya Toshiro con una sonrisa. El novato de los karakura Fire era un chico bien parecido, alto y musculoso, picaro y de ojos azul cielo. Ambos escenificaron una decena de complicados apretones de mano que Ichigo había llegado a dominar con los años.
-¿Cómo le va a la Fresa esta noche? –pregunto Toshiro.
-No me puedo quejar. –Ichigo habría trabajado duro para reclutar al fullback de Ohio. Ichigo estaba dispuesto a hacer todo lo posible por mantenerlo alejado de los problemas.
Hizo un gesto a las mujeres para que los dejaran solos, y Toshiro pareció momentáneamente decepcionado al verlas alejarse. Como todos en el club, quería hablar acerca de Abarai.
-¿Por qué no estás allí, besando al flacucho culito blanco de Renji como todos los demás?
-Los besos los dejo para el ámbito privado.
-Abarai es un tío listo. Se va a tomar su tiempo antes de elegir un nuevo agente.
-No lo puede culpar por ello. Tiene un gran futuro.
-¿Quieres que hable con él?
-Por qué no. –Ichigo esbozó una sonrisa. Abarai no iba a dar un duro por las recomendaciones de un novato.
-¿Y qué hay de esos que cuentan por ahí de que últimamente pasas de las mujeres? Hoy todas las chicas están hablando de ti. Se sienten abandonadas, ¿sabes?
No tenía sentido explicarle a un muchacho de veintidós años con fajos de billetes de cien dólares en cada bolsillo que ese juego ya le estaba cansando.
-He estado ocupado.
-¿Demasiado ocupado para los coñitos?
Toshiro parecía tan genuinamente atónito que Ichigo no tuvo más remedio que reírse. Y, a decir verdad, al chico no le faltaba razón. Dondequiera que mirara veía pechos turgentes apenas disimulados por escotes profundos y faldas cortas marcando las curvas extraordinarios traseros. Pero quería algo más que sexo. Quería el premio gordo. Una mujer refinada, hermosa y dulce. Se imaginó a su esposa de noble cuna, esbelta y hermosa, la calma en medio de su tormenta. Siempre estaría allí para él y limaría sus asperezas. Una mujer que le hiciera sentir que había conseguido todo lo que siempre soñó. Excepto jugar para los Dallas Cow.
Se sonrió ante la fantasía de su niñez. A la que tuvo que renunciar, junto con su plan de adolecente de follarse a una estrella porno distinta cada noche. Había entrado a la Universidad de Shinigami con una beca de fútbol y había jugado los cuatro años como titular. Pero durante el último curso tuvo que hacerse a la idea de que nunca pasaría de formar parte del banquillo para los profesionales. Incluso entonces supo que ni podía dedicar su vida a algo en lo que no fuera el mejor, de modo que encaminó sus sueños en otra dirección. Había obtenido las mejores notas en los exámenes para la carrera de Derecho, y un ex – alumno de la universidad de Shinigami. Ichigo aprendió a combinar su cerebro, lo que había aprendido en la calle y su habilidad camaleónica para adaptarse a cualquier ambiente: un tugurio, un vestuario, la cubierta de un yate privado…
Si bien no ocultaba sus raíces de chico de campo –alardeaba de ellas cuando le convenía-, evitaba que nadie viera la cantidad de tierra que aún había adherida a esas raíces. Vestía la ropa más cara, conducía los mejores coches, vivía en la mejor zona de la ciudad. Sabía distinguir un buen vino, a pesar de que rara vez lo bebía; entendía de bellas artes en términos académicos, si no estéticos, y no necesitaba un manual de buenas maneras para identificar un tenedor para pescado.
-Ya sé cuál es tu problema –dijo Toshiro con una mirada maliciosa-. Las chicas de aquí no tienen suficiente clase para el Señor. A vosotros lo pijos os gusta las mujeres con monogramas elegantes tatuados en el culo.
-Sí, para que hagan juego con la grande y elegante s de Shinigami que llevo tatuado en el mío.
Toshiro se echó a reír, y las mujeres se volvieron hacia ellos para averiguar qué le había causado tanta gracia. Unos años atrás, Ichigo habría disfrutado de su sexualidad predatoria. Las mujeres se sentían atraídas por él desde que era un chiquillo. A los trece años fue seducido por una de las novias de su padre. Ahora sabía que había sido objeto de abuso sexual, pero por aquel entonces ignoraba, y se había sentido tan culpable que vomitó por temor a que su padre lo descubriera. Un episodio sórdido más en una infancia plagada de ellos.
La mayor parte de los restos de esa infancia había quedado atrás, y lo demás desaparecería cuando encontrara a la mujer ideal. O cuando Portia Powers la encontrara para él. Después de pasar el último año buscando por su cuenta, llegó a la conclusión de que encontraría a la mujer de sus sueños en los bares y clubes nocturnos que frecuentaba durante su tiempo libre. Aun así, nunca se le habría ocurrido contratar una agencia matrimonial de no haber topado con un elogioso artículo sobre Powers en la revista Karakura. Sus impresionantes conexiones y su formidable historial eran exactamente lo que necesitaba.
No podía decirse lo mismo de Rukia Kuchiki. Como profesional curtido en estas lides, no solía dejarse embaucar, pero su sinceridad desesperada había podido con él. Recordaba su horrible traje amarillo, sus grandes ojos color morado, sus mejillas redondas y coloradas, y su pelo negro y suelto. Parecía salida del caso de Papá Noel después de un accidentado viaje en trineo.
Tendría que haber evitado hablar de su búsqueda de esposa delante de Chad, pero ¿cómo iba saber que Karin, la esposa de su cliente estrella, tenía una amiga en el negocio de las agencias matrimoniales? Tan pronto terminara el encuentro que le había prometido, Rukia Kuchiki y su disparatada operación serían historia.
Continuara…
