Capítulo 3: Enfrentamiento
El día acompañaba la tristeza del reino de Ishral. Negras nubes amenazaban lluvia, y en la lejanía podían escuchar los truenos acercarse amenazadoramente.
Todo el pueblo estaba de luto por la pérdida de su querido rey. Mujeres, niños y ancianos recorrían los caminos hasta el castillo para rendirle culto al difunto monarca. Pero también querían apoyar a la princesa en ese día tan fatídico para ella.
En la capilla del palacio, una chica vestida con un traje negro y un velo cubriéndole el rostro estaba arrodillada ante el féretro del rey.
Los consejeros reales hablaban entre susurros en las esquinas alejados de la joven.
Dos chicos que se parecían el uno del otro se acercaron a ella y se pusieron a su lado. – Kazuha… - La llamó el guerrero.
- Debes ir a la sala del trono, tu pueblo quiere verte. – Terminó su guardaespaldas.
Ella solo asintió y se levantó. Mantuvo la mirada en la lápida durante unos segundos más. – Padre. Juro ante tu tumba que esta guerra terminará. - Se viró y se encaminó hacia la puerta. Los presentes se inclinaban ante ella con respeto, hasta que vieron que desapareció por el umbral. Los dos amigos de mirada azul se miraron y siguieron a la princesa apesadumbrados.
En Ushala el tiempo no era mejor. Allí ya gotas caían a la tierra. El heredero al trono miraba las gotas caer desde su balcón. Escuchó que llamaban a la puerta, pero él siguió sin moverse.
La puerta se abrió lentamente tras él y dos figuras se asomaron. – Heiji… - Lo llamó su amiga.
- ¿Podemos pasar? – Preguntó dudosa la guardaespaldas.
Él sólo asintió levemente la cabeza y las dos chicas entraron, cerrando la puerta tras ellas.
- Heiji¿estás bien? – Preguntó su prometida.
- ¿Qué he hecho?
Las dos de mirada azul se miraron sin comprender. - ¿A qué te refieres Heiji? – Cuestionó la guardaespaldas.
- Yo… Yo… - El moreno se miró las manos. – Sólo puedo ver muerte, desesperación… sangre… dolor. – Se llevó las manos al rostro, exasperado. Se dirigió a una mesa y tiró todos los libros que había encima, asustando a las dos chicas con su comportamiento. Se apoyó en la pared y se deslizó contra ella hasta llegar al suelo.
Ran y Aoko lo miraron sin saber qué hacer. Su prometida se acercó a él y se arrodilló junto a él. – Heiji… Tú no podías hacer nada.
- Es cierto. – Dijo Aoko de pie tras su protegida. – Si tú no hubieses hecho nada, él hubiese matado a tu padre.
- Hiciste lo que tenías que hacer. Proteger al rey… a tu padre.
- Tú no sabes cómo me miró. – La mirada del chico no se separada del suelo. – Como si yo fuese un… monstruo.
- ¿Quién? – Cuestionó Ran, pero su amigo no contestó.
- La princesa Toyama. – Respondió en su lugar Aoko.
Ran abrió los ojos como platos. - ¿Ella estaba allí?
- Junto con su guardaespaldas y su… su… - No pudo terminar, la palabra se negaba salir de sus labios.
- Prometido. – Terminó Aoko.
La chica abrió los ojos como platos. – Shinichi…
- ¿Pero cómo es posible que se conozcan? – Cuestionó Aoko confundida.
- Nos conocimos cuando éramos pequeños, siempre íbamos a encontrarnos al bosque para jugar. – Dijo Heiji. – Luego nos enteramos que era la princesa de Ishral. – Se mantuvo el silencio en el cuarto. – Querría estar solo.
Las jóvenes asintieron y abandonaron la sala. Caminaron durante un rato por los pasillos del castillo, y llegaron finalmente al patio interior, pasearon por los corredores que lo rodeaban. – Ran…
- Dime.
- ¿La princesa Toyama y Heiji…?
- ¿Si?
- ¿Fueron más que amigos?
Ran mantuvo el silencio y sonrió tristemente con la mirada baja. – No, pero el corazón de Heiji lo hubiera deseado. Sufrió mucho cuando se enteró quién era Kazuha realmente… y que estaba prometida.
- Entiendo… Y parece ser, que aún no la ha olvidado. Al igual que tú.
- ¿Qué dices? – Preguntó extrañada.
- Tú tampoco has podido olvidar a Kudo.
Ran desvió la mirada con un leve color rosado en sus mejillas. – N… No sé de qué me hablas.
- Vi cómo te pusiste cuando nombré al prometido de la princesa Toyama.
- No se te escapa nada. – Dijo con una risita triste. - ¿Podría pedirte un favor?
- Lo que quieras.
- Dime cómo es, por favor.
- Pues… - Se puso la mano en el mentón. – Era un chico apuesto, sus años de entrenamiento le han pasado factura. Tenía unos ojos azules muy profundos, y cabello castaño. Además que era muy alto.
- Shinichi. – Dijo melancólica Ran mirando cómo caía la lluvia sobre las plantas del jardín. Miró a su amiga y vio que tenía un leve rubor. - ¿Qué ocurre Aoko?
- Na… Nada. Sólo que recordé al chico que estaba con Kudo y la princesa.
- ¿A si? Cuenta. – La animó.
- No… No es nada. – Una mirada furiosa asomó en el rostro de la guardaespaldas. – El muy desgraciado… Se atrevió a detener mi estocada.
- Normal que te enfurezcas, nadie ha podido detenerte. – Rió cómicamente la chica.
- No te burles, a mí no me hizo gracia.
- ¿Y cómo era él?
- Pues… - Se ruborizó. – Era muy parecido a Kudo, salvo que su cabello era alborotado. Además… creo que era un hechicero.
- ¿Por qué lo dices? – Cuestionó Ran.
- Porque vi algo en su mirada… Algo mágico. Mucho poder emanaba de él.
- Ya. – La miró pícaramente. – No será que te atrajo.
- ¡No! Es un enemigo. - Dijo tristemente.
- Ese es el problema. – Dijo tristemente. – Nuestro destino es estar separados de la persona que amamos.
En la sala del trono del país en duelo, la princesa estaba sentada en la silla bañada en plata y coronado por una figura de un dragón.
Representantes de pueblos de su reino le llevaban flores y la consolaban con bonitas palabras a su joven princesa. Shinichi y Kaito estaban junto a ella de pie, observándolo todo.
La joven heredera tenía la mirada perdida. No veía ni escuchaba nada. Su cabeza estaba en el momento que su mejor amigo de la infancia traspasaba con la espada la espalda de su padre. Esa imagen se la repetía una y otra vez en su cabeza. – No te lo perdonaré. – Dijo en un susurro que nadie pudo escuchar, salvo sus dos amigos. La miraron y pudieron ver el destello de un par de lágrimas tras el velo. Se miraron y bajaron la mirada entristecidos.
Los dos chicos de mirada azul paseaban por el corredor. – Shinichi ¿No crees que el comportamiento de Kazuha es algo frío?
- Es normal.
- Será para ti, porque yo no le veo la lógica.
- Vaya mago que estás hecho. – Bromeó el guerrero.
- No te burles. – Se puso delante de él y le hizo detener. – Tú sabes el porqué de que Kazuha se comporte así.
- Acaba de perder a su padre¿qué más quieres?
El guardaespaldas miró a los ojos de su amigo, intentando buscar respuestas. El guerrero se dio cuenta y desvió la mirada. – Tú sabes algo más.
- No puedo decir nada.
- Soy vuestro amigo. ¿No confiáis en mí?
- Claro que si. – Le miró.
- Pues no lo demostráis. Guardáis un secreto que os está corroyendo desde hace años. Ya lo había notado, pero nunca os he comentado nada. Ahora es el momento de que me lo cuenten.
Shinichi se mantuvo en silencio un rato hasta que suspiró resignado. – Tú ganas. Te lo contaré, pero aquí no. Vamos a un sitio donde nadie nos escuche.
El mago sonrió. – Claro. – Se viró rápidamente en guardia hacia la ventana y sondeó el paisaje.
- ¿Qué ocurre?
El mago seguía mirando por la ventana. – Me ha parecido… No importa. – Volvió a mirar a su amigo. – Nos teletransportaré a un lugar libre de escuchas. – El chico cerró los ojos y una luz cegadora los envolvió. Cuando todo volvió a la normalidad, los dos jóvenes habían desaparecido.
Entre las ramas de un árbol, una figura encapuchada de negro observaba el castillo. – Casi te pilla ese crío.
No podía verle el rostro, pero sabía que había sonreído. – Me despisté un poco. – Dijo la voz de una mujer.
A su lado apareció un tridente con el rostro de un demonio. – No creo que te despistases. Creo que querías que se mantuviese en guardia.
- ¡Qué mal pensado que eres Yaren!
- ¿Acaso me equivoco?
La encapuchada lo miró. – Para nada. – Dijo en tono divertido. – Así todo será más emocionante. Él estará más precavido.
- No entiendo por qué te gusta liar tanto las cosas.
- Porque si no, no tendría gracia. – Dijo como si nada, y desapareció, seguida del cetro.
Los dos chicos aparecieron en la oscuridad del bosque. El guardaespaldas estaba alerta mirando por los alrededores.
- ¿Qué haces? – Preguntó Shinichi.
- Llevo unos días… que presiento una áurea extraña, pero cuando intento acercarme desaparece sin dejar rastro.
- ¿Al gran mago Kaito Kid le dan esquinazo? – El aludido miró a su amigo entrecortadamente. - ¡Quién me diría que podría ver algo igual!
- Deja de burlarte y cuéntame.
Shinichi empezó a caminar y el mago le siguió extrañado. Pararon en un claro. – Aquí empezó todo. Un día seguí a Kazuha después del entrenamiento, y me la encontré con un niño moreno que se llamaba Heiji. Nos hicimos amigos. Luego apareció una amiga de él que se llamaba Ran. – El guerrero se detuvo en su relato. – Una vez cuando volvimos a palacio, el rey nos dijo que la guerra estaba cerca y que nosotros estábamos prometidos. Luego nos enteramos que el príncipe del reino enemigo también estaba prometido.
- Eran aquellos niños¿verdad?
Shinichi asintió y se sentó a los pies de un árbol, bajo la atenta mirada de su amigo. – Pero ya era tarde.
- ¿Tarde? – Le miró sin comprender.
- Kazuha ya se había enamorado de él. No sabes el dolor que sintió cuando se enteró que Heiji era el príncipe enemigo y que estaba prometido con su amiga.
- El mismo dolor que sentiste tú¿cierto?
Él asintió con pesar. – Dirás que sólo éramos unos niños, pero fue como amor a primera vista. Pero no podemos hacer nada, debemos seguir con el destino que está escrito para nosotros.
- Cada uno se forja su destino Shinichi.
El guerrero sonrió. – Hace tiempo que dejé de creer en eso, amigo mío.
La semana había pasado, y los dos ejércitos se encontraron en una larga explanada. Kazuha lideraba sus tropas, junto a sus dos amigos. – Kaito, ten mucho cuidado. El enemigo irá a por los hechiceros primero.
- No te preocupes Kazuha.
- Y no se inmiscuyan, Hattori es mío. – Ninguno de los dos dudaron a que se refería al heredero. La princesa desenvainó la espada y la extendió. Todo su ejército esperó hasta la señal de su general. Ella bajó la espada y todos se precipitaron hacia el enemigo.
El rey Hattori miraba cómo el ejército rival se les echaba encima. – Heiji, te necesito despejado.
- Lo estoy padre.
Miró a su hijo no muy convencido e indicó a su ejército que avanzaran.
Los dos ejércitos chocaron entre sí. La princesa, sobre su caballo blanco, segaba la vida de los enemigos que se le pasase por delante. Sólo tenía un objetivo, y debía llegar hasta él.
Heiji estaba sobre su caballo negro, luchando contra sus enemigos, cuando la voz de Aoko lo avisó. Miró y vio un soldado sobre un caballo blanco ir directamente contra él. Se libró de su enemigo y se encaró con el nuevo.
Daban sablazos sobre sus caballos. Las bestias estaban inquietas por el fervor de la batalla. Se pusieron sobre sus patas traseras y tiraron a sus jinetes. Éstos rodaron y se levantaron rápidamente. Heiji pudo observar contra quién estaba luchando, ya que se le había caído el casco. Abrió los ojos como platos. Ante él estaba su mejor amiga de niño. En ese momento pensó que la vida era muy cruel con él. Vio en la mirada de la chica un deseo ardiente de venganza. – Kazuha…
Ella lo miró con desprecio. – Ni se te ocurra llamarme por mi nombre. – Arremetió contra él con furia. Él sólo pudo defenderse poniendo su escudo y arma delante.
Aoko veía todo y fue a ayudar a su amigo, pero alguien la detuvo por detrás y la amenazó con un cuchillo en la garganta. – Sería una pena herir este hermoso cuello. – Pudo escuchar en su oído.
Esa voz le pareció cálida, sensual y hechizante. Pero se controló y pudo deshacerse del chico. Se enfrentó contra él. Pudo ver que era el guardaespaldas de la princesa Toyama. No estaba equivocada, cuando la tocó, pudo notar mucho poder en él.
Mientras, los dos herederos de la corona se enfrentaban. Para Kazuha, sólo existía él, a quien debía matar.
Los ejércitos seguían luchando, mientras que una figura encapuchada de negro y con un cetro pasaba entre ellos esquivándolos maravillosamente. Llegó hasta los príncipes y se detuvo.
Shinichi la vio y se percató que con su cetro apuntaba a los dos chicos. - ¡Kazuha! - Kaito sintió esa áurea y miró hacia la figura.
Pero ella no se percató. Un rayo de luz llegó hasta ella, y rodeó también al joven príncipe. Kazuha se detuvo extrañada y miró por todos lados, al igual que Heiji.
La princesa vio cómo Kaito intentaba sacarlos con algún conjuro, pero no lo conseguía. Se acercó hasta la figura encapuchada. - ¡Tú¡Sácales!
La figura no hizo caso, un viento sacudió todo e hizo que la capucha cayera. Vieron que era una mujer, de unos dieciocho años. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta, y sus ojos no apartaban la vista del círculo que creó alrededor de los dos príncipes. - ¿Por qué haces esto? – Gritó Shinichi.
- Deben aprender. – Dijo únicamente la chica, apareciendo una sonrisa en su rostro.
El mago se exasperó y de la nada creó un arco con una flecha. Apuntó contra la bruja. – Si no la sueltas te dispararé. – Vio que ella no se movió y disparó, pero la flecha nunca llegó hacia su destino, sino que desapareció entre las llamas.
La luz del círculo se hizo más fuerte y luego, nada, donde estaban los dos príncipes, estaba vacío.
La bruja bajó los brazos, con su tridente en la mano, y miró a los dos chicos. – Volverán cuando hayan aprendido.
- ¿Hayan aprendido el qué, Himeko? – Preguntó el rey Hattori.
La bruja sonrió. – Si lo digo, no tendría gracia. – Y desapareció entre una llama de fuego que la rodeó.
CONTINUARÁ…
ya ven, he vuelto después de los exámenes, intentaré acutalizar tanto como pueda
