Disclaimer: Bleach y sus personajes son propiedad de Tite Kubo
Hola, gracias por entrar n.n
Demoré más de lo pensado en actualizar, estos días estuve muy perezosa. Lo raro es que, por el contrario, avancé en la escritura y adelanté dos capítulos, ya sólo me quedan dos y la termino de escribir. Pero a este ritmo de actualización, ante sus ojos el amor va a desarrollarse a paso de tortuga mientras que en los míos ya ha alcanzado una instancia superior XD
Veo que el final de Bleach nos ha traumado a todos, creo que nos va a costar bastante superarlo. Esto de fanatizarse con algo termina siendo contraproducente, uno se bajonea mucho cuando en realidad la vida pasa por otro lado. En fin, así es la peregrinación del otaku (?)
Como siempre, agradezco los anónimos de Anon 01, muchas gracias por seguir apoyando la historia! Fer, me alegra que te haya gustado la propuesta. Creo que son pocos los finales realmente buenos en estas series, lo sabemos incluso antes de empezar a recorrer la historia, pero vale la pena hacerlo. Y sí, seguiremos siendo ichirukistas, eso se lleva en la sangre (?) Gracias por leer y comentar :)
Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias por leer :D
IV
Párrafos nuevos
Como Ichigo pagaba el alquiler por transferencia electrónica y la casa se hallaba en perfecto estado, casi no había motivos para tratarse con Rukia más allá de la civilidad de los cruces cotidianos al finalizar el día, y eso sólo si ella se encontraba en el jardín. Así que durante algunas semanas ninguno supo nada del otro excepto por esos intercambios fugaces, huraño él y demasiado consumida por el trabajo ella.
No era por falta de curiosidad. Desde que viera la contraída expresión de su rostro observándola leer, el instinto de escritora le indicó a Rukia que allí había mucha más historia que la esbozada por Rangiku. Los hombres solían ser más adustos, e Ichigo parecía corresponder muy bien con el perfil, pero se preguntaba qué tanto del final de su relación lo había afectado hasta el punto de dejarlo varado, detenido en el medio de la vida.
Desde luego, no existía entre ellos la confianza suficiente para ir a averiguarlo, después de aquel intercambio sólo se habían cruzado de pasada con el tiempo justo para saludarse. Además, los había dejado bastante descolocados con respecto al clima con el que se comunicaban. Aun así, el interrogante se había instalado en ella y pensaba con frecuencia en su enigmático vecino.
Por su parte, Ichigo experimentaba similar inquietud, aunque en una dirección diferente. Sabía que Rukia había enviudado un par de años atrás, por lo que le llamaba la atención la serenidad que aparentaba. ¿Podía sentirse tan tranquila después de la pérdida sufrida? ¿Era lógico? ¿Así de rápido olvidaban las mujeres?
¿O estaba malinterpretando? A fin de cuentas ni siquiera la conocía, en parte por la distancia que aún reinaba entre ellos, en parte por su propia forma de ser. Además, si lo pensaba, él mismo había terminado por buscar en la lectura la clase de refugio que había percibido al verla leer, por fin había hallado la serenidad interna que se le había extraviado y que se esforzaba tanto por estabilizar. Sí, tal vez no se tratase de algo tan simple como olvidar.
Aunque a la larga fingiera desinterés o le restara importancia a sus elucubraciones, Ichigo ya se había percatado de un detalle llamativo: ambos transitaban por situaciones análogas, ambos se hallaban ante una encrucijada. No se conocían, pero permanecían en suspenso e irresolutos en el centro mismo del desierto sin decidir por dónde proseguir.
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Cuando menos se lo esperaba, una lluvia torrencial se abatió sobre la ciudad. Por más que el servicio meteorológico advirtiera sobre el riesgo de tales fenómenos, lo hacía siempre de forma tan hipotética que nunca se podían tomar las medidas acertadas. Y por el contrario, cuando se trataba de una amenaza más seria, nunca llegaban a pronosticarlo como era debido.
Rukia suspiró resignada cuando escuchó el estruendo de la lluvia y el granizo cayendo sobre su tejado. Afuera había oscurecido de forma abrupta aun siendo de tarde, pero al estar sumida en su escrito no había llegado a notarlo sino hasta que la precipitación sobrevino sobre su cabeza, asustándola por lo repentina. Como de costumbre, parecía que el mundo iba a acabarse.
Llovió el resto de la tarde y durante toda la noche, aunque fue mermando de intensidad hasta convertirse en un aguacero tranquilo pero constante. Apenas durmió algunas horas, entretenida en escuchar las gotas cayendo afuera. A muchos escritores ese marco les generaba una melancolía que se traducía indefectiblemente en obras literarias, pero a ella simplemente la mantenía atenta, en vigilia, como si temiera que algo fuera a suceder. Después la lluvia cesaba y se daba cuenta de lo vano de sus recelos.
Cuando se sintió una tonta por haber sacrificado valiosas horas de sueño en ese trance, ya había amanecido. El cielo pálido y brumoso de la mañana le indicó que atravesarían una nueva jornada desapacible y el frío la obligó a buscar un abrigo de lana. Alzó las persianas, abrió los postigos, fue hasta la cocina y, a través de los ventanales, se topó con la sorpresa del patio anegado.
-Maldita sea –musitó, apresurándose hasta la puerta. Cuando la abrió, una parte del agua acumulada entró en la cocina-. No puede estar pasando…
Pero sucedía. Más de una vez le había dicho Renji que esa parte del patio, el trecho de losa anterior al césped, presentaba un desnivel que facilitaría la acumulación de agua si llegase a llover torrencialmente. Sin embargo, como una lluvia de esa magnitud se manifestaba en forma tan esporádica y el arreglo demandaría una inversión económica importante, fueron postergando la tarea de corregirlo.
Las escasas ocasiones que había llovido de esa manera ella siempre se había hallado escribiendo, por lo que Renji se había encargado de secar sin advertirle ni pedirle ayuda. Rukia ni se enteraba. Ahora tendría que hacerse cargo del problema, pues ya no había nadie a quien recurrir.
Fue por unas ojotas, el calzado más práctico que se le ocurrió. Con zapatillas sería un incordio y sólo tenía botas de vestir. Regresó murmurando maldiciones, se arremangó el pantalón y tomó el secador de piso para empezar a trabajar, aunque ignoraba cuáles podrían ser los resultados de sus esfuerzos. Lo más probable era que no pudiera mejorar mucho la situación y tal vez terminase por molestar a Rangiku para que viniera a ayudarla.
Salió al patio con paso inseguro, cuidando donde pisaba. El nivel del agua le cubría los pies por completo y había arruinado las macetas. Algunas hojas secas e insectos flotaban a la deriva, lo mismo que otros objetos que ella había olvidado y abandonado en el patio. Hizo una mueca. Donde empezaba el césped estaba completamente anegado, ahogando a su pobre jardín.
-Tenía que pasarme a mí –suspiró ante el panorama. Estaba tan aturdida que no tuvo ganas de pensar en una frase menos trillada. Ni siquiera sabía por dónde comenzar a empujar el agua-. Vaya lío en el que te has metido, hoy será un día perdido.
Luego fue hasta una de las rejillas para chequearla. El agua ni siquiera se movía. ¿Estaría obstruida? Fue hasta los otros desagües y se encontró con el mismo cuadro. Su propia casa se había vuelto en su contra.
-Oye, Rukia, ten cuidado.
La joven se giró y vio a Ichigo dirigiéndose hacia ella en medio del lodazal en el que se había convertido el sendero y luego caminando a través del agua. Diablos. Su orgullo sufrió un severo revés y masculló una serie de maldiciones. ¿Por qué tenía que compartir aquel percance con el inquilino? Se sintió terriblemente apenada.
-Te hubieras quedado en casa –le dijo, abochornada por la situación. Se suponía que eso no tenía que pasar, ni figuraba en el contrato de alquiler.
-¿Estás bien? –preguntó él cuando la alcanzó sin hacer caso de sus palabras.
-Estoy bien. Deberías volver, yo puedo encargarme.
-¿Los desagües están tapados? –preguntó Ichigo, inclinándose para observarlos y pasando por alto una vez más sus comentarios.
Ella suspiró con impotencia, ya era demasiado tarde para aparentar autosuficiencia.
-Así parece –respondió, observándolos también.
-No podremos desagotar el agua hasta que los hayamos destapado, cualquier intento sería en vano. Debemos tratar de corregir el desagüe.
Rukia asintió con la cabeza, ignorando por completo cómo se hacía. Pero Ichigo parecía tener alguna idea, pues de inmediato se dirigió al pequeño cobertizo donde se guardaban los utensilios y los enseres de mantenimiento para el jardín.
-¿Es ahí donde guardas las herramientas? –indagó, señalándolo con el brazo extendido. Rukia asintió y él se dirigió hasta allí caminando al ritmo que el agua le permitía, aunque siendo tan alto y atlético apenas le afectaba.
-Ten cuidado –fue lo único que la joven pudo proferir.
En suma, Rukia pasó las siguientes dos horas entre avergonzada y abrumada al ver a su vecino haciéndose cargo del problema. El pantano en el que se transformó su jardín una vez que el agua fue desagotada no le apenó tanto como el lamentable estado en el que terminaron ambos después de lidiar con toda aquella calamidad y una vez más deseó que la tierra –o el barro- se la tragase. Malditas tormentas de verano.
También le llamó la atención lo comprometido que se comportó de pronto con ella cuando hasta el momento la regla general había sido la de la discreta distancia y la mera civilidad. Sin embargo, ahí estaba él, solidario como pocas veces se veía a las personas. O al menos así lo estimaba desde su punto de vista.
Después de la tragedia de la fábrica donde perecieron sus padres, más todo lo que sobrevino a continuación, como demandas e interminables acciones legales a cargo de supuestos profesionales que más estaban interesados en el rédito que en la justicia, había quedado algo enemistada con el género humano en general. De hecho, sólo Renji había logrado entrar en su corazón y sólo Rangiku conservaba su confianza. Los demás, en cambio, los medía con una vara difícil de doblegar.
A pesar de esos escrúpulos, Ichigo le había caído bien desde el principio y fue difícil para ella poder explicárselo. Quizá por empatía, quizá por su adustez, la cuestión es que en algún momento dado lo sintió familiar. Le resultó por demás extraño, pero así sucedía. Ahora, además, realmente sintió confianza, aunque lamentaba el haber dependido de su insospechada generosidad hasta ese punto. Porque se trataba de un mero acto de generosidad, ¿verdad?
-¿Siempre sales al rescate de damiselas en apuros? –bromeó para sondearlo.
Ambos se habían dado a la tarea de empujar los restos de agua que aún prevalecían. Se veían mojados y manchados con salpicaduras de barro, pero todavía enteros y dispuestos. Rukia quiso aprovechar la oportunidad para ver qué nuevas conclusiones podía extraer sobre él. Como si no tuviera veinte capítulos que escribir aún, pensó con ironía.
El interpelado ni siquiera levantó la vista al replicar.
-¿Decías?
Ella se sonrió de lado, entendiendo.
-Nada.
Generoso, sí. Retraído, también. Al menos se trataba de una persona sin dobleces y eso aplacó bastante sus aprensiones anteriores.
-Me gusta tu casa –comentó él como al pasar.
Ella se apoyó en el secador de piso y la observó reflexivamente.
-Es una buena casa –concedió.
-Y si tiene historia, además es un hogar.
Ella lo miró con cierto asombro al despuntar en él tal muestra de sensibilidad.
-Es la casa de mis padres –explicó-, y donde decidimos quedarnos a vivir con mi esposo.
-¿Ya estaba construida la casa de atrás?
A Rukia le gustó que él asumiera con naturalidad la referencia a su viudez. Por lo general la gente reaccionaba contrariada ante la referencia, cuando lo mejor hubiera sido hablar de los ausentes con la desenvoltura del amor que se les había tenido.
-No, fue Renji quien la construyó. ¿Rangiku no te lo contó?
Ahora fue Ichigo el que se detuvo y la miró con extrañeza.
-Creo que algo me dijo, pero no lo recuerdo.
-Mi esposo era arquitecto –explicó ella, volviendo a empujar el agua-. Esa casa era su máximo proyecto, presentó los planos en un concurso hace varios años ya. Desde luego lo ganó y el premio en efectivo permitió construirla.
-Vaya.
-Sí… Era una especie de geniecillo y la arquitectura era su vida.
-Creo que puedo dar cuenta de eso –comentó él.
-Entonces no hace falta más aclaración –dijo Rukia, y se sonrió con algunos recuerdos.
Ichigo asintió. Permaneció pensativo durante algunos instantes y también retomó la labor. En el silencio que siguió, reflexivo, aunque para nada incómodo, se aplicaron a liquidar la tediosa faena. El agua había disminuido considerablemente, pero el fresco del anochecer empezaba a hacerse sentir. En el estado en el que se hallaban, además, corrían el riesgo de contraer un resfrío.
Hablaron al respecto y Rukia decidió que lo dejaran, que por la noche seguramente el agua continuaría descendiendo sola. Seguía sintiéndose culpable con él, que tan gentilmente se había prestado a ayudarla. Había olvidado lo que se sentía contar con alguien tan cercano y sólo pudo pensar en alguna forma de agradecérselo.
A modo de compensación, entonces, lo invitó a su casa para que pudiera asearse y tomar una taza de café. Ichigo trató de rechazar la propuesta, pero ella insistió. Él terminó por considerar que sería bueno finalizar la jornada con algo mejor que una seca despedida, por lo que al final aceptó. Una parte de sí, tuvo que admitirlo, también sintió curiosidad por conocer un poco del mundo de su vecina.
Desde luego que Rangiku le había hablado mucho de ella, pero lo había hecho precisamente en un momento de su vida en el que lo último que le interesaba era conocer los infortunios de los demás. Demasiado tenía con los propios. Como resultado, había cosas que recordaba apenas y otras que desconocía en absoluto. Por primera vez se le ocurrió pensar que sería bueno conocer mejor a la persona que le rentaba la casa construida por su esposo fallecido.
Rukia le indicó dónde estaba el cuarto de baño y le ofreció algunas toallas con una muda de ropa limpia prolijamente presentada.
-Es un conjunto sin estrenar –le aclaró cuando le dio una remera de mangas largas y un pantalón correctamente plegados-. Lo compré para regalárselo a mi hermano el año pasado, pero al final no nos vimos y lo olvidé en el armario.
-¿Estás segura de dármelo?
Ella se alzó de hombros, restándole importancia al asunto.
-De todas maneras nunca puedo saber cuándo lo veré de nuevo. Tómalo y úsalo bien.
-Gracias –aceptó él, y se metió en el baño. Desde el otro lado de la puerta, agregó-: No sabía que tuvieras un hermano.
Rukia se había alejado un poco para dirigirse a la cocina con el fin de preparar el café, mientras que con una toalla trataba de eliminar los restos de humedad de su pelo. Ya se había cambiado en su habitación, por lo que se sentía más cómoda. Al oír el comentario volvió sobre sus pasos para poder responder.
-No es un hermano de sangre, sino el hijo de la primera esposa de mi padre.
Ichigo gruñó para sus adentros. No debería haber hecho ninguna acotación.
-Ah –se limitó a proferir.
Rukia sonrió. Siempre generaba esa impresión la curiosa historia de su familia.
-Para mi padre Byakuya fue como un hijo, y como yo era la luz de los ojos de mi padre… Digamos que Byakuya terminó por adoptarme.
-Ya veo...
-La verdad es que nos vemos muy poco.
-Entiendo.
La joven volvió a sonreír. Era lo más lejos que las personas se atrevían a decir al respecto, y le divertía. Al menos en eso Ichigo podía conducirse del modo normal y no como el héroe-vecino que había pretendido ser hasta el momento.
-Si no precisas nada más, te esperaré en la cocina –dijo ella, y se alejó todavía sonriente.
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Ya más repuestos de las vicisitudes del día y reconfortados por el cálido y delicioso café que bebían, se sentaron uno frente al otro en la pequeña barra de la cocina para poder conversar y reírse un poco de lo acontecido. A Ichigo la muda le quedó perfectamente bien y Rukia tuvo que admitir que se veía bastante guapo.
Él, en cambio, se admiró interiormente de poder entablar una nueva conversación con ella, en algún momento de su problemático periplo emocional se había planteado muy seriamente el dejar de relacionarse con las mujeres mientras le fuera posible. Recién entonces cayó en la cuenta de lo resentida y absurda que podía resultar esa postura… y de lo dolido que había quedado después de la ruptura.
Al parecer Rukia, sin saberlo, le allanaba el camino para despojarse de esas ideas. Después de mucho tiempo de apatía, experimentaba un interés genuino en alguien más que sí mismo y eso le resultó no sólo alentador, sino también saludable. Chad se sentiría orgulloso de él.
-Entonces no ves a tu hermano con frecuencia –comentó, pues creyó oportuno darle un mejor cierre al tema tan escuetamente abordado.
Ella negó con la cabeza después de beber de su taza.
-No con la que me gustaría, en verdad ha sido un buen hermano y lo estimo mucho –contestó-. Sin embargo, es un hombre muy ocupado y tal vez… algo huraño.
-¿Huraño?
-Huraño –confirmó ella, y le dirigió una significativa mirada.
-¿Qué? –quiso saber él.
Esta vez Rukia meneó la cabeza con cierto desaliento.
-¿Lo quieres de la forma directa o de la forma sutil?
Él hizo una mueca, entendiendo por fin a qué se refería. Ni siquiera ella sería capaz de omitir el detalle de su carácter.
-De la forma sutil.
-Tú me lo recuerdas bastante. -Él murmuró algo ininteligible y ella rió con su reacción-. Lo siento –agregó, pero aún reía con ganas.
-¿Y cuál era la forma directa? –quiso saber Ichigo con el ceño fruncido.
-Eres demasiado hosco –le dijo Rukia sin ambages-. Que esta sea la primera plática real que hayamos tenido en varias semanas así lo demuestra.
-Eso no puede ser solamente mi culpa –se defendió él.
Rukia lo sopesó por algunos instantes componiendo un gracioso mohín.
-Reconozco que en parte soy responsable de la falta de diálogo –dijo-, pero de ningún modo se debe a que sea igual de huraña que tú.
-Tienes razón –ironizó Ichigo-, sólo eres una escritora ermitaña.
-¡Oye! –protestó ella.
-Admítelo.
-Jamás.
-Pasas largas horas encerrada.
-Y tú pasas largas horas aburriéndote como para haberlo notado.
Él bebió de su café, interiormente divertido con la situación. Hacía mucho que no conversaba con alguien a ese nivel, le despejaba la mente y lo mantenía alerta. El psicoanálisis tenía mucho que aprender de una mujer como ella.
-No te gusta ceder -señaló.
-A ti tampoco, para el caso.
-Bien, entonces podemos dejar el tema de nuestros defectos aquí –propuso Ichigo tratando de evitar sonreír, aunque hacía rato que quería hacerlo.
-Estoy de acuerdo –convino Rukia, algo ofuscada todavía por la observación. ¿Ermitaña? ¿Ella? ese tipo carecía de autoridad moral para decirlo-. Y más vale que no te rías –le advirtió, pues se había dado cuenta.
Y sin embargo, también se divertía. De pronto fue como si el tiempo que llevaban siendo vecinos lo hubieran invertido en establecer esa cercanía, esa familiaridad. Rukia, en particular, se sintió tan en confianza que por un momento dudó de que no fuesen amigos desde hace mucho. Los lazos de ese tipo a la edad que tenía acontecían con escasa frecuencia.
Si lo pensaba, resultaba extraño, perturbador. No obstante, era así como sucedía. Nada en Ichigo la hacía sentir mal, o desconfiada o amedrentada, sino todo lo contrario, y sólo había bastado con intercambiar algunas palabras y ciertas impresiones. Que el patio se le hubiese inundado fue lo mejor que pudo pasarle ese día. Tal vez a él, repentinamente tan abierto, le ocurriese otro tanto.
-Entonces la casa que rento fue construida por tu esposo –dijo él.
Rukia se animó con el tema. Los ojos le brillaron, Ichigo no pudo dejar de reparar en el detalle. Pero no de tristeza, sino de orgullo.
-La planificó y la construyó –repuso ella, enfatizando las palabras-. La ideó desde la nada, eso es lo que más admiro. Recuerdo las noches sin dormir mientras trazaba los planos. Es maravilloso ver a alguien creando.
Ichigo supo comprender la observación.
-A él seguramente le sucedería lo mismo viéndote escribir.
La joven se removió sobre su asiento, algo impactada con la revelación. Jamás había pensado en eso y le removió ciertos sentimientos. Ichigo también lo notó.
-Lo siento, dije algo que no debía…
-No –se apresuró a decir ella-, no se trata de eso. Es que nunca lo había pensado así.
-¿Nunca? –se extrañó él-. Con sólo entender sus profesiones, puedo imaginar que ambos se ensamblaban muy bien.
Ella experimentó cierta nostalgia.
-Sí, así era. Además, nos conocíamos desde la infancia y sabíamos todo el uno del otro. Cuando llegamos a la adultez teníamos dos caminos: o nos separábamos para siempre, hastiados de ello, o lo volvíamos productivo para el vínculo.
Ichigo asintió con la cabeza en señal de comprensión.
-Prefirieron quedarse con el vaso a medio llenar.
-Era la decisión más sana y honesta que podíamos tomar –dijo Rukia, recordando esas épocas-. Nos queríamos demasiado como para cuestionar nuestras historias y siempre fuimos lo suficientemente optimistas como para echar la relación por la borda. Y nunca lo lamentamos.
Luego sonrió. Ichigo se le quedó mirando reflexivamente, venía de una historia tan diferente que un poco lo descolocó el hecho de reencontrarse con la visión opuesta, la visión esperanzada de lo que una pareja podía ser. Orihime se había rendido, había buscado en otro lado lo que anhelaba, en cambio Rukia siguió apostando por lo que venía construyendo.
De nuevo se percató de su actitud resentida para con la vida y las personas en general. Aunque a él en particular no le hubiese tocado aún, eso no significaba que la constancia estuviera en banca rota o que se hubiese convertido en un ideal. Ahí estaba su vecina como evidencia, una mujer que seguía siendo leal y constante incluso a través de los recuerdos.
Sí, las personas todavía podían ser leales…
Chad tenía razón, debía seguir adelante. Había estado perdiendo el tiempo ensimismándose en la pena y regodeándose en el fracaso. Demonios, ¡era un hombre adulto! El haberse arrinconado no le reportó ningún beneficio, sino que lo había aislado del mundo. Por eso Rukia le había señalado abiertamente aquel penoso defecto.
Siempre fue de carácter más bien parco, pero eso nunca había sido un obstáculo para entablar relaciones, para trabajar, para convivir con las personas. Sin embargo, la ruptura con Orihime lo había sumido en un nihilismo que a punto estuvo de arrastrarlo a un abismo sin fondo ni solución. Se había dejado llevar por la frustración durante demasiado tiempo y por fin se daba cuenta de que no sólo se había perjudicado, sino que había preocupado a quienes lo querían.
-Fue una buena decisión –terminó por decir, volviendo de sus cavilaciones.
-Así lo creo.
-¿Lo echas de menos?
-Mucho.
-¿Y cómo haces para seguir viendo con buenos ojos al mundo que te rodea?
Ahora fue Rukia quien entrevió en él algo más que simple curiosidad. Desde hacía tiempo sospechaba que venía cargando con algo, aunque todavía ignoraba qué. Rangiku le había contado de su problemática separación, pero ella tendía a creer que los hombres podían reponerse más fácilmente de esos reveses. Quizás estuviese equivocada.
¿Cómo hacía para no enfadarse con el mundo? Buena pregunta. En realidad, ¿podía aseverar que nunca se había enfadado? Había perdido a demasiadas personas fundamentales para fingir que todo estaba bien. Aun así, también era en el mundo donde ella vivía y en donde trataría de continuar con su camino. Se concentró en buscar una respuesta honesta.
-Es el mundo que me lo dio, el mundo donde lo conocí y el mundo donde fui feliz –musitó. Ichigo la escuchó con atención, conmocionado con su sinceridad-. Sí, a veces me disgusta… ¿Pero cómo podría enfrentar a Renji y a mis padres si lo echo todo a perder? Ellos confían en mí. He vivido esa clase de amor, lo he celebrado y lo he agradecido. ¿Sería justo que me resintiese?
-No sería justo, pero sería humano.
Ella giró el rostro hacia el ventanal y observó más allá de lo que sus ojos abarcaban. La noche había caído pacífica y enigmática.
-Tal vez… Pero me he propuesto sobrevivir. Si tengo tiempo para regodearme en resentimientos, entonces debería emplearlo también en aprovecharlo al máximo… Al menos yo puedo hacerlo aún.
