Como prometí, capítulo nuevo. Y ahora me voy a encerrar a estudiar en plan hermitaño para poder sacarme el curso, porque si no lo veo crudo XDDD.
Weno, muchas gracias por sus reviews a zulmea (para saber como acaba tendrás que leer el final, digo yo XD. Gracias), Painalli Tlahuilli, Umi-lizs5 y dark-fallen-angel91. Los escritores de fics nos nutrimos de esto, es la verdad XD
Disfrutad de la lectura (aunque creo que se me ha ido la mano de largo...).
Capítulo 4. Shinjitsu - Verdad
Aquella noche Takeru soñó con su hermano.
Le vio allí sentado, rubio y joven como él le recordaba, con aquellos ojos de un azul marino que incitaban a una calma infinita. Le sonreía brevemente antes de llevarse una harmónica a los labios y emitir un dulce sonido que inundó el jardín en el que estaban sentados. Su padre y su madre, abrazados desde el porche, esbozaban una expresión típica de los más perfeccionistas cuadros renacentistas.
El ambiente idílico que reinaba se vino abajo con la misma facilidad con la que se destruye un castillo de naipes.
De repente sus padres ya no estaban, y a él le costaba horrores respirar, como si una debilidad mortal se hubiera apoderado de su cuerpo. Un dolor indescriptible le palpitaba cerca del antebrazo, y cuando levantó la mano para descubrir la causa la entrevió empapada de sangre roja y brillante.
Intentó decir algo, pero sus labios sólo emitieron un débil balbuceo. Un lloriqueo que no era propio llegó hasta sus oídos, y cuando consiguió mirar en dicha dirección vio a su hermano llorando de puro horror, con las manos tan amarradas de sangre como la suya y los ojos velados en la lejanía, como un espejo que no refleja nada...
Despertó súbitamente, arrancado de su pesadilla por un golpeteo insistente en algún tipo de superficie de madera. Confuso y desorientado, intentó apoyarse en algún sitio para incorporarse pero no calculó bien la distancia y terminó cayendo de su cama de la forma más vergonzosa posible. Se golpeó la cabeza contra el parqué y aterrizó con las piernas por delante. Frotándose el que sin duda se convertiría en un chichón digno de recordar, se aferró al edredón y se irguió con cierta dificultad.
–Takeru, ¿aún estás durmiendo? -sugirió la voz de su madre desde el otro lado de la puerta.
Secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, Takeru dirigió los ojos desacostumbrados a la penumbra hacia la mesilla de noche. Descubrió con horror que el despertador se había quedado sin pilas y que, según el reloj de pared del lado de la ventana, hacía casi dos horas que debería estar despierto.
Jamás había requerido tan poco tiempo como el que empleó en vestirse, peinarse y desayunar, pero es que tampoco se había jugado antes nada tan importante como era un empleo.
Miyako se encontraba sumergida en la difusa frontera entre la consciencia y el sueño cuando escuchó abrirse de nuevo el portón metálico. Una corriente de aire fresco penetró en la habitación y le acarició la piel, consiguiendo despertarla. Parpadeó un par de veces y se dio cuenta de que le habían caído las gafas. Tanteó el suelo frío en la oscuridad y sintió el contacto del cristal con los dedos: tenía los brazos tan débiles que incorporarse y ponerse las gafas le supuso un esfuerzo sobrehumano. Cuando su visión fue normal de nuevo, se dio cuenta de que había alguien de pie frente a ella.
Era aquel chico moreno de ojos oscuros; la observaba de un modo muy diferente a la última vez. No sonreía de aquel modo lúgubre, más bien aparentaba lidiar con una niña perdida. Extendió una mano con un claro gesto de ofrecimiento, pero ella se la apartó de un manotazo, dirigiéndole una mirada encendida de ira. El racionamiento de Miyako era simple: si de todos modos iban a matarla, no tenía razones para ser amable o educada.
El muchacho pareció decepcionado, porque arqueó una ceja en son de burla.
–Intento ser amable contigo, darte alguna explicación, y tú insistes en comportarte como una niña -repuso en un murmullo.
La lógica de Miyako flaqueó por un segundo ante el tono de reproche de su voz. Él le dedicó un gesto con la cabeza para que le siguiera y después salió de la estancia, dejando la puerta abierta. Deseosa de salir de aquel lugar, hubiera lo que hubiera fuera, Miyako se puso en pie como humanamente pudo y le siguió a través de un corredor sombrío.
Jamás había visto nada tan tétrico como aquel lugar, pero era sorprendentemente hermoso. Los cuadros que engalanaban las paredes representaban escenas de figuras vestidas de negro, de ángeles en agonía cayendo bajo afiladas espadas de demonios del averno; las luces azules que iluminaban el pasillo dotaban a las escenas de un realismo increíble, como si las figuras fueran a escaparse de los lienzos. El chico se detuvo ante una puerta lateral y la invitó a acercarse: el interior no parecía corresponder con el resto del edificio.
Era una habitación totalmente cubierta de baldosas claras empañadas de vapor. Al fondo, tras una mampara, podía adivinarse una amplia bañera. Un montón de ropa cuidadosamente doblada permanecía al lado de una bandeja con una ingente cantidad de comida. Miyako miró al chico, interrogante, sin comprender nada de lo que estaba sucediendo.
–Puedes darte un baño y cambiarte de ropa -le anunció él con indiferencia-. Ahí tienes algo de comida y bebida. No te preocupes: matarte definitivamente no tiene sentido.
Después cerró la puerta a sus espaldas y la dejó sola.
La primera reacción de Miyako al sentirse sin vigilancia fue lanzarse hacia la ventana que entrevió al fondo de la estancia. La decepción fue mayúscula cuando descubrió que estaba tapada por barrotes y un cristal que posiblemente era más ancho que toda ella. Intentó descubrir pues donde estaba, y tras el vidrio vislumbró uno de los últimos pilares del puente Rainbow. Era temprano, pues el sol aún no se había levantado lo suficiente sobre la línea del mar, de un triste azul grisáceo.
Se rindió: por el momento decidió confiar en la promesa de que su vida no corría peligro. Se quitó el uniforme del instituto y la ropa interior y se sumergió en la bañera, dominada por la necesidad de sentirse limpia. El agua estaba tibia y emitía un aroma dulzón a jazmines y rosas. Se preguntó por qué iba alguien a tomarse tantas molestias con alguien a quien había secuestrado, pero prefirió no pensar en eso.
Cuando por fin se sintió relativamente calmada, al menos a nivel físico, emergió del agua y observó la ropa que supuestamente iba a ser para ella. La nefasta idea de que aquellas prendas hubieran pertenecido a otra chica, a la que seguramente le habían hecho lo mismo que a ella, consiguió deprimirla de nuevo. Devoró a toda velocidad media docena de pasteles y se sirvió tres vasos de leche que tragó seguidos. Para cuando pudo darse cuenta, el chico estaba de nuevo en la puerta de la estancia. Dio un respingo, pues no le había oído llegar hasta allí: se movía con el sigilo de una sombra. Ni siquiera parecía respirar: simplemente estaba allí, oscuro y magnífico como el mismísimo Lucifer.
–Acompáñame -murmuró únicamente, y después volvió al pasillo.
Miyako permitió que sus pies la guiaran sin consultar con su cerebro. A medida que le seguía se iba dando cuenta de que el chico poseía un magnetismo indudable, un poder de atracción que no había percibido antes en ninguna otra persona: era como si fuera el centro de gravedad de una incomprensible y cíclica danza del universo.
Llegaron a un salón tapizado con una moqueta de terciopelo azul. Sendos sillones estaban dispuestos de forma aleatoria y a diferencia del resto de edificio, la iluminación provenía de llamas apostadas en altos y dorados candelabros, y sus ondulaciones arrojaban juegos de luces y sombras sobre la habitación que monstruizaban las caras de los dos presentes.
Miyako se detuvo con todos los sentidos a flor de piel, percibiendo que su peculiar anfitrión debía de sentirse cómodo en aquel sombrío ambiente. Escudriñó su rostro con innegable descaro y estudio sus rasgos atractivos, su barbilla fina y su nariz recta. Sus ojos que, aunque siniestros, poseían un ardiente brillo de sagacidad.
–Yo te conozco -dijo la chica con fingida calma-. Sales por la tele desde hace un par de años. Un genio de la ciencia, los deportes y la informática. Eres Ken Ichijouji, ¿verdad?
El muchacho le dirigió una mirada hiriente, la misma que hubiera utilizado para mirar al ser más vulgar del planeta. Aquel modo de observarla mosqueó a sobremanera a la muchacha.
–Yo no soy él -afirmó Ichijouji con una pétrea seriedad-. Ya no. Sólo conservo la apariencia que me permite mezclarme con vosotros, intrascendentes humanos.
Todas las palabras de él le sonaban ajenas y extrañas a Miyako, incomprensibles como un rompecabezas que su genial mente no podía recomponer.
–¿Por qué me has traído aquí...? -murmuró.
–Oh, ya deberías saberlo -repuso Ichijouji con una sonrisa petulante-. Supuse que el encierro prolongado en la oscuridad despertaría antiguos recuerdos en ti, quizás un instinto suficiente como para ocupar tu lugar en el juego que acaba de empezar...
–No entiendo nada de lo que dices -afirmó Miyako, confundida.
Apenas había terminado la frase e Ichijouji ya estaba a su lado, con su mano de largos dedos cerrándose entorno a su brazo. La muchacha vio relucir fugazmente algún tipo de objeto punzante antes de sentirlo penetrar en su dedo; una sola gota de sangre roja y caliente se deslizó por su mano hasta llegar al antebrazo. Miró al chico con el terror titilando en sus ojos, sus labios entreabiertos temblando de pánico.
–¿Q-qué estás haciendo...? -chilló, intentando desasirse.
–Mira -susurró Ichijouji con una sonrisa aviesa-. ¿Qué puedes ver...?
Miyako no supo a qué se refería exactamente, pero su mirada se desvió instintivamente hacia el hilo de sangre que resbalaba por su propia piel. Ladeó la cabeza sobre un hombro, segura de que la tensión del momento la estaba descolocando: ¿acaso nunca se había mirado una herida? ¿Siempre tenía su sangre aquel peculiar color?
–¿La ves brillar? ¿La ves palpitar como si estuviera electrificada...? ¿Aletear como un poder dormido que ansía extender sus alas...? -murmuró Ichijouji, acercándose a su oído.
Ante la absoluta estupefacción de la chica, él levantó un poco más su dedo y lamió la sangre del corte con algo que podía interpretarse como ¿sensualidad?. Sus ojos estaban oscurecidos de deseo cuando se incorporó para mirarla, con los pálidos labios empañados de sangre ajena.
–Eres de los míos, Miyako Inoue. Y yo nunca olvido a los que me ofrecen su lealtad... por mucho tiempo que pase.
Taichi la había invitado de nuevo a su casa. Sora era consciente de que esa noche ninguno de los dos iba a pegar ojo.
Al día siguiente tenían el partido en Nerima. Seguramente se pasarían las largas horas nocturnas comentando las jugadas en tal y cual situación, viendo como el tiempo corría y el cielo se rayaba de rosa y dorado. Lo habían hecho tantas veces que Sora se preguntaba por qué no dormían separados para permitirse así unas previas horas de descanso.
Así era Taichi, se dijo mientras se sentaba en una mesa de la cafetería de siempre y esperaba a que la atendieran. Irreflexivo, infantil, con aquel aire de niño travieso que no conseguía limar del todo.
Tan distinto a Yamato que casi dolía.
Sora tamborileó con un pie contra la pata de la mesa mientras se castigaba por establecer aquel paralelismo a cada instante. Era obvio que los dos eran personas muy distintas, pero ella podía jactarse de conocerlos mejor que nadie. No obstante, no se imaginaba yendo los tres juntos a, por ejemplo, el parque de atracciones o al cine. Hubo un tiempo en el que los tres eran inseparables, como uña y carne: sus padres temían a la siguiente trastada que saliera de sus retorcidas mentes.
Actualmente, se recordó con amargura, Taichi y Yamato no podían ni verse. Quizás (sólo quizás) hubiera esperado un intento de reconciliación por parte de Yamato, pero Taichi se la tenía jugada de por vida. No era alguien que se retractara fácilmente de sus opiniones sobre otros, y cuando alguien le decepcionaba la ojeriza podía durar para toda la vida.
–Perdone, ¿qué le pongo?
Sora volvió la vista hacia el camarero, gruñendo para sus adentros por haber sido sacada de sus ensoñaciones, y entonces estuvo a punto de emanar un chillido a causa de la impresión. Y es que su primer impulso automático fue murmurar "Yamato" en un inaudible susurro.
El parecido era asombroso, tanto que a primera vista sintió la irrefrenable necesidad de preguntarle qué hacía allí. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que se había equivocado: aquel muchacho apenas rozaba los dieciséis años y no gozaba del aire misterioso de Yamato.
–Una Coca-Cola y un pastel de frambuesas, por favor -escupió sin apenas meditar.
–Inmediatamente -aseguró el chico con eficiencia, dándole la espalda y corriendo hacia una mesa cercana.
Sora siguió mirándole de forma casi descarada, sin ser capaz aún de asimilar el impacto de aquella imagen. Mientras el joven giraba sobre sí mismo con una bandeja en una mano, la chica empezó a descubrir las diferencias: su rostro era mucho más suave que el de Yamato, no tan marcado, quizás con un ligero atisbo infantil. Su complexión también era algo diferente: parecía más delgado que él, aunque poseía físico de atleta.
Sin embargo, Sora no podía pasar por alto que el color de los ojos de ambos era idéntico, un profundo azul ultramar. Insondable y eterno, como el lento palpitar del mar.
El rubio volvió momentos después con el pedido. Le obsequió con una sonrisa cortés mientras depositaba la apetecible merienda delante de ella. En su discreto escrutinio, Sora descubrió que se apartaba los mechones dorados de los ojos con un gesto idéntico al de Yamato.
–Perdona -dijo finalmente, incapaz de contenerse-: vengo mucho por aquí pero nunca te había visto. ¿Cómo te llamas?
–Takeru, Takeru Takaishi -respondió él con simpatía.
"No tienen el mismo apellido" pensó Sora, ligeramente decepcionada. Pero aún así costaba creer que fuera una coincidencia, pensó mientras le miraba irse. Sacudió la cabeza con una sonrisa irónica: estaba empezando a volverse paranoica.
No obstante, cuando ya había saboreado cerca de la mitad de su merienda, tuvo que reconocer que todo aquello era muy raro. Una chica con el uniforme verde del instituto de Odaiba acababa de entrar en la cafetería y pareció denotar sorpresa al reconocer al muchacho rubio. Sora observó la escena con curiosidad, cómo se sonreían y cómo ella esperó hasta que él volvió de la trastienda, vestido también con ropas de estudiante. Los vio irse juntos, con las carteras debajo del brazo y un aire semejante al de dos niños cuya única aspiración consiste en ir al parque.
Sora apoyó la barbilla en su mano izquierda y esbozó una sonrisa a medio camino entre complacida y maliciosa. ¿Era posible que acabara de conocer sin saberlo al novio de la hermana de Taichi?
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El niño con el número 9 escrito en el dorsal de la camiseta lanzó el balón contra la canasta, pero ésta rebotó contra el aro y se desvió, rebotando por los escalones que descendían del parque. Takeru se disculpó con un gesto con Hikari y atrapó el balón, devolviéndolo con un certero pase a la cancha en la que jugaban los niños del barrio. El crío recogió la pelota y le dio las gracias con un gesto de mano, pero el muchacho volvía a prestar atención a Hikari y a la conversación que tenían.
–¿Así que te han echado del trabajo de repartidor? -sugirió Hikari con expresión de fastidio.
–Sí -admitió el chico con una sonrisa amarga-: me he quedado dormido esta mañana y no he acudido. He tenido suerte de encontrar otro -añadió, recordando el oportuno cartel de "se busca camarero" que había visto al cruzar la calle, obcecado de rabia-, aunque creo que me tocará trabajar también alguna noche... Siento haberme ido de clase sin despedirme, pero debía estar en la cafetería en cinco minutos -se disculpó, frotándose la cabeza.
–No importa -le excuso la chica con un gesto de mano-: así ya sé a dónde tengo que ir a merendar.
Él rió por lo bajo y sacudió la cabeza, profundamente relajado; el sol del atardecer levantó reflejos rojos en su pelo. Echaba de menos la gorra que solía llevar a todas partes desde que tenía diez años, pero hasta él podía darse cuenta de que resultaba inadecuado combinarla con el uniforme del instituto.
–¿Es tu color natural? -quiso saber Hikari, echando un vistazo al dorado de su cabella. Aquella pregunta no era rara, pues estaba muy de moda en Japón teñirse el pelo de colores cada cual más estrambótico.
–Sí: me viene de parte de madre -afirmó Takeru, restándole importancia-. Mi abuelo es francés, de Paris, aunque sólo he ido dos veces allí. Vino a vivir a Japón hace muchos años y aquí conoció a mi abuela; se quedaron aquí hasta después de que yo naciera, pero al jubilarse decidieron volver a Francia. Mi hermano también es rubio -añadió, con una sonrisa de añoranza.
A decir verdad, Hikari se esperaba una explicación semejante. Había algo en los rasgos de Takeru que no resultaba típicamente japonés; eso, por supuesto, no le restaba ni una pizca de su indudable atractivo...
Parpadeó un par de veces y apartó la mirada, ruborizada. ¿Estaba pensando realmente lo que creía que estaba pensando? ¡Jamás se había fijado de aquella manera en un chico! Bueno, se dijo, tampoco ningún chico se había comportado así con ella antes y jamás había disfrutado tanto de la compañía de uno, así que supuso normal que se fijara en las virtudes de su nuevo amigo. Tras casi un minuto de silencio, se acordó de algo que había querido proponerle desde que él se había escabullido a toda velocidad al terminar las clases.
–Mañana mi hermano y su equipo van a jugar un partido a Nerima. ¿Quieres venir? -le ofreció-. Daisuke también viene.
–¿Daisuke? -sugirió Takeru, confundido.
–A pesar de que Taichi ya no le entrena, es como una especie de fan suyo especialmente insistente: le sigue a ver todos los partidos allá a donde vaya -rió Hikari.
–Es sábado, así que no tengo nada que hacer -reflexionó el chico, sobándose la barbilla-. Me encantará ir.
Aclararon los detalles para ir a Nerima: Takeru tenía que coger el metro para llegar al campo a las cinco de la tarde; Hikari le guardaría un sitio en las gradas para que no tuviera que quedarse de pie.
–Nos vemos allí -le gritó ella con una sonrisa desde lo alto de la escalera de su edificio.
Él se despidió con un vago movimiento de mano y giró una esquina para dirigirse a casa. Hikari se quedó aún unos segundos más, meditativa, hasta que descubrió el horizonte sembrado de unas nubes que amenazaban tormenta. De pronto y sin que ni un sólo trueno rasgara la uniformidad del sonido del tráfico, una tromba de agua se precipitó desde las alturas y tiñó Tokio de un gris plateado. Hikari imaginó a Takeru corriendo bajo la lluvia para resguardarse en su casa y no pudo evitar reír para sus adentros mientras entraba en casa y cerraba la puerta.
Encontró a Taichi apoyado con ambas manos en el alféizar de la ventana y maldiciendo en todos los idiomas posibles.
–¿Qué te ocurre? -sugirió, un poco impresionada.
–Lloverá. Mañana lloverá -gruñó su hermano de mal humor-. Eso jugará en nuestra contra...
–También será malo para los de Nerima, digo yo -opinó Hikari, quitándose el lazo del cuello del uniforme.
–Déjalo, no lo entenderías... -refunfuñó Taichi, cruzándose de brazos y derrumbándose en el sofá.
–Ah, por cierto... -comentó Hikari antes de dirigirse a su habitación-. Ya que Daisuke también va a venir, he invitado a Takeru a ir al partido. Supongo que será divertido -se encogió de hombros-. Espero que no te moleste...
La reacción natural de Taichi hubiera sido alegrarse, en su estado de enfado para con la meteorología quizás asentir con un encogimiento de hombros, pero entonces unas palabras traicioneras acudieron a su cabeza. Casi pudo ver el rostro preocupado de Koushiro Izumi repitiéndolas frente a él.
"Vigila muy bien con qué tipo de gente se relaciona tu hermana. Es así como suelen entrar en contacto con las víctimas"
¿Era mera casualidad que Takeru se presentara en la vida de Hikari justo cuando empezaba a pasar todo aquello? Era difícil creer que casualmente Mimi y su increíble historia hubieran aparecido media hora después de que Takeru se despidiera de ellos.
Suspiró, con una sensación amarga en la boca. Decirle a Hikari "no quiero que ese tío se te acerque" sería precipitado, y todo sea dicho, imprudente. En su lugar esbozó una sonrisa forzada y le dio, a regañadientes, su aprobación.
Eran las nueve de la noche y Takeru estaba sentado en su escritorio, intentando hacer unos deberes sobre derivadas e integrales. Le costaba creer que los profesores les mandaran hacer ejercicios que ni ellos mismos sabían resolver, así que entre unas cosas y otras llevaba casi tres cuartos de hora atascado en el mismo problema. A pesar de que suele resultar engorroso que a uno le interrumpan cuando está concentrado en algo, el muchacho consideró una bendición que alguien llamara al timbre en aquel momento. Caminó descalzo hacia el recibidor y, al abrir la puerta, olvidó en el acto el machacante ejercicio.
De pie frente a él había un chico que debía rozar los dieciocho. Alto y fibroso, vestía con aquella elegancia característica que sólo suele poseer la aristocracia. Tenía el pelo dorado revuelto de forma magistral y sus ojos, rasgados y de un azul vívido, estaban fijos en él con una mal camuflada emoción.
–Hola, Takeru -saludó. Su tono era etéreo y frío como el hielo.
El aludido permaneció inmóvil unos instantes, con la mente vacía de pensamientos e incapaz de asimilar lo que sus ojos le transmitían. Las piernas le flaquearon por el cúmulo de nervios y no tuvo muy seguro que fueran a sostenerle.
Diez años, y se habían reunido de la forma más inesperada.
–¿O-onii-san...? -sugirió al final-. ¿Qué haces aquí...?
–Esperaba que te alegraras de verme -admitió Yamato con una ceja arqueada.
–Hace ya casi diez años desde que nos vimos por última vez -se excusó Takeru con voz queda. Negó con la cabeza, tratando de ocultar sus ojos humedecidos-. Me ha tomado por sorpresa...
Permanecieron de nuevo en silencio hasta que oyeron abrirse el cerrojo de la puerta del vecino. Takeru quiso pedirle a su hermano que entrara, pero dado que las palabras parecían atascadas en el fondo de su garganta se limitó a indicárselo mediante un gesto de manos.
Yamato observó la casa con una leve sonrisa, anhelante y complacida al mismo tiempo. Ni la casa de un rey presentaría un orden semejante: su madre siempre había sido el tipo de persona que arreglaba los tapetes para que estuvieran en ángulo recto con la mesa y que se inclinaba para colocar los zapatos exactamente a la misma altura. Lo comparó con el caos que reinaba en el piso de su padre y se sintió más culpable y melancólico que nunca.
–Siéntate donde quieras -murmuró Takeru, sin saber muy bien cómo actuar-. ¿Quieres algo?
–No, gracias -repuso Yamato mientras se dejaba caer en el sofá tapizado en azul.
Todos los indicios apuntaban a que aquellas iban a ser las únicas palabras que intercambiarían en todo el rato, pero aún así se lanzaron miradas furtivas y huidizas, como si establecer contacto visual supusiera soltar de golpe todas las emociones desagradables que pugnaban por mostrarse abiertamente. Cuando la situación se volvió francamente insostenible, Takeru levantó la mirada por un instante y volvió a posarla en sus pies.
–¿Por qué nunca coges el teléfono...? -cuestionó en voz baja-. Te he llamado tantísimas veces en estos últimos años que creía que no querrías verme... Que papá y mamá se separaran no significa que nosotros también debamos olvidar todos aquellos años.
–No es eso -se apresuró a corregirle Yamato, inmutable-. Pero si papá y mamá decidieron separarse no es conveniente hurgar en la herida. Supongo que cada vez que papá veía una llamada de vuestro número, la borraba sin más. Es duro dejarlo todo atrás, y mientras menos cosas te recuerden a algo desagradable, mucho mejor.
Takeru apretó los puños sobre las rodillas y por un momento sintió un irracional deseo de levantarse y zarandear a su hermano hasta hacerle escupir una sentida disculpa; en su lugar murmuró una pregunta al azar.
–¿Por qué has venido hoy, precisamente?
–La verdad es que no sabía dónde vivíais tú y mamá: papá nunca ha querido decírmelo -afirmó Yamato con sinceridad-. Pero ayer por la tarde, cuando pasaba por Odaiba en moto, te vi saliendo de casa de una chica, una compañera del instituto. Quizás no estuvo bien, pero sentí curiosidad y te seguí hasta aquí.
–¿Cómo me reconociste? He crecido mucho desde entonces -murmuró Takeru.
No hubiera podido asegurarlo, pero le pareció que Yamato esbozaba la primera sonrisa sincera desde que se habían encontrado. Le recordó vagamente al rostro infantil de su hermano, a aquel niño protector que permanecía a su lado pasara lo que pasara. El mismo en cuya cama se deslizaba cada noche en un intento de protegerse del monstruo del armario, que conseguía reiteradamente apoderarse de su sueño.
–No has cambiado tanto: tienes la misma expresión inconsecuente de siempre -murmuró Yamato con cierto cariño.
–No esperes que te perdone por recordarme mis viejos defectos -protestó Takeru, obviamente dolido-. Hace mucho que tuve que dejar de ser el niño que permanecía a la sombra de su hermano.
Ante la amargura de la voz del muchacho, la expresión superficialmente feliz de Yamato se descompuso hasta quedar reducida a una máscara de dolor. Se puso en pie lentamente y emanó un largo suspiro de cansancio, como si aquella situación se le escapara de las manos.
–Es obvio que las cosas no pueden volver a ser como antes -repuso de forma apersonal-. No es que fuéramos a vernos mucho después de esto, pero al menos quería creer que no habíamos olvidado todos aquellos años...
Giró sobre sus talones y se dispuso a marcharse, desgarrándose el alma en aquella separación aunque dicho sufrimiento no se exteriorizara en su rostro. Sintió crujir los muelles del sofá y acto seguido algo cálido, que había añorado profundamente, vino a su encuentro.
Yamato fue incapaz de procesar la velocidad de los movimientos de Takeru, pero el caso es que cuando quiso darse cuenta tenía los brazos de su hermano rodeándole firmemente el pecho. Sintió su cabeza contra su espalda y supo que intentaba decirle sin palabras que no se marchara aún.
–Tú si has cambiado -susurró Takeru con la voz rota-. El hermano al que yo conozco intentaría razonar ante los caprichos de su estúpido hermano menor...
–Ya, pero al final acabaría concediéndole todos sus deseos, por tontos que parezcan -repuso Yamato con una leve sonrisa.
Se dio la vuelta y sintió cómo se aflojaba el agarre de su hermano. Su ánimo titubeó al ver lágrimas en los ojos de Takeru, relucientes como perlas abandonadas intencionadamente. Se había imaginado que el chico ya habría superado su hábito de llorar por cualquier cosa; no sospechaba que Takeru derramaba lágrimas por vez primera en diez años. Le vio de nuevo pequeño y débil, inocente, incapaz de protegerse de un mundo hambriento que pretendía derrumbar las paredes de su perfecto jardín. Se estremecía como un junco zarandeado por el viento.
–¿Por qué las cosas no pueden ser como antes? -preguntó Takeru en un susurro-. Aún me acuerdo del sonido de la armónica...
Yamato apartó la mirada, como si un súbito dolor se apoderara de él pero se resistiera a demostrarlo. Aquellos sangrientos recuerdos acudieron a su mente, punzantes, clamando su atención y aquella parte más oscura de sí mismo.
–No es posible -aseguró, sin emoción alguna en la voz-. Por tu bien es mejor que no nos veamos mucho.
–¡Dame una explicación, maldita sea! -estalló Takeru de repente, incapaz de soportar más todo aquel secretismo-. ¡No te he visto en diez años, y de repente apareces y pretendes irte de nuevo sin ninguna explicación! ¡Dime qué narices está pasando!
El aludido bajó la cabeza, confuso, incapaz de escoger una de las dos opciones que de buen seguro conllevarían nefastas consecuencias para él y para su familia. Había imaginado que Takeru estaría satisfecho con verle, aferrado a la imagen de sí mismo que conservaba en su más intocable memoria.
Todo estaba saliendo mal. Su error iba a costarle muy caro.
Se aclaró la garganta con dificultad y, evitando su mirada, se sentó de nuevo en su sitio. Takeru le imitó con movimientos mecánicos, taladrándole con la mirada. Finalmente, Yamato se humedeció los labios y apoyó una mano en el cabello rubio de su hermano.
–¿Te has preguntado alguna vez por qué papá y mamá se separaron?
Cuando Natsuko llegó a su casa la encontró con todas las luces apagadas, lo cual le extrañó. Hacia mucho que Takeru había superado su miedo a la oscuridad, pero aún así no comprendía que de golpe le hubieran surgido aires de noctámbulo. Sin pensárselo demasiado, accionó el interruptor y entonces se llevó un susto de muerte.
Takeru estaba tranquilamente sentado en el sofá, frente al televisor apagado. Pareciera que se había quedado dormido, cosa bastante común en él, pero aquella opción quedaba descartada al darse cuenta de que tenía los ojos abiertos, expectantes, como si hubiera esperado algún tipo de acontecimiento en las tinieblas.
–Takeru, ¿qué haces a oscuras?
El muchacho apenas se inmutó con su voz. Se limitó a ladear más la cabeza sobre el hombro izquierdo, estudiándola con unos ojos que parecían haber perdido toda la candidez infantil que los caracterizaba.
–Mamá... ¿Por qué os divorciasteis tú y papá? -susurró.
Natsuko estuvo a punto de que el bolso le resbalara de entre las manos tras oír aquella pregunta. Estudió de forma más exhaustiva a su retoño y notó rastros de lágrimas en sus ojos enrojecidos y en sus mejillas quemadas.
–¿Qué quieres decir...? -sugirió la mujer con una forzada sonrisa.
–No estáis divorciados, ¿verdad? Sólo vivís lejos uno del otro -murmuró Takeru con un tono insensible como el hielo.
Aquel no parecía su hijo. Su apático tono al hablar, el brillo ausente en sus ojos. El modo forzado en el que su cuerpo se apoyaba en el sofá. Por primera vez en toda su vida, reconoció en Takeru una sombra del porte de su padre.
Esperaba una respuesta, ella lo sabía. Hablar significaría desmoronar con sus propias manos todo el halo protector que había tratado de mantener sobre su hijo todos aquellos años. Tuvo que recordarse que Takeru ya no era un niño, y que merecía saber por qué su familia estaba rota.
–¿Cómo lo has sabido? -murmuró, incrédula.
–Yamato ha estado aquí, me ha dicho algunas cosas... -confesó el chico con frialdad-. Después sólo he tenido que comprobar el historial de llamadas de nuestra línea -la miró fijamente a los ojos, con aire acusatorio-. En el último mes has llamado diecisiete veces a la oficina de papá en la Televisión de Tokio, y lo mismo del anterior. ¿De qué va a todo esto? Si estáis separados, ¿por qué mantenéis tanto contacto?
Natsuko se frotó el brazo como si tuviera frío, y caminó en su dirección con aquellos tacones que a él tanto le habían gustado de niño. Se sentó a su lado y le dirigió una mirada cargada de ternura mientras levantaba una mano y la depositaba en su cabeza, como si aún midiera un metro de altura.
–Fue espantoso, Takeru... -susurró Natsuko, acariciándole los cabellos rubios a su hijo. Tardó un poco en continuar-. Estuviste casi dos semanas en el hospital por culpa de aquel incidente.
–¿Qué incidente? -preguntó él. Su expresión se había transformado diametralmente.
Aquella pregunta pareció desestabilizar a su madre, que se derrumbó definitivamente y rompió a llorar en voz alta. Los recuerdos parecían ser demasiado dolorosos, porque ahogó su llanto en el hombro que Takeru le ofreció. Él no intentó en absoluto presionarla para que hablara; de hecho empezó a lamentar profundamente haber sacado el tema a colación. Se sintió mezquino y rastrero: ¿cómo podía revivir memorias que, obviamente, resultaban tan dolorosas para su madre?
¿Qué podía haber sucedido para que un mero recuerdo la sumergiera en aquel estado? ¿Alguna infidelidad de su padre? ¿Serían él o su hermano fruto del adulterio? ¿Habría perdido su padre los estribos y había acabado descargando su ira sobre él, mandándole al hospital?
–Mamá, no me lo cuentes si no quieres. Yo... -empezó.
–N-no... -protestó Natsuko, tratando de ser fuerte-. Tienes derecho a saberlo -inspiró y después prosiguió con cierta dificultad-. Tu hermano Yamato... -negó con la cabeza, ahogada por las lágrimas- ...no estaba bien. Tenía algún tipo de desequilibrio mental...
–¿Q-qué quieres decir...? -murmuró él, sobrecogido.
–Intentó matarte... -gimió Natsuko, sin ser capaz de retener el llanto por más tiempo. Sumergió de nuevo el rostro entre las manos.
Takeru percibió claramente cómo se le detenía el corazón por un breve instante y retomaba después un latido que redoblaba la velocidad normal. Apartó la mirada lentamente, con una fuerte sensación de arcadas alojada en la boca del estómago. Lo que estaba oyendo debía ser mentira. Había oído mal, seguramente. Había estado tanto tiempo sumergido en la oscuridad del comedor que debía haberse dormido. Sí, seguro que era eso...
Pero, entonces, ¿por qué el contacto de la mano de su madre sobre el brazo le dolía tanto? ¿Por qué cada una de sus lágrimas era como una puñalada?
Natsuko se secó las lágrimas con un pañuelo que se sacó del bolsillo, se sonó un par de veces y luego prosiguió.
–Fue hace diez años, más o menos. Tu padre y yo habíamos salido y os dejamos jugando en el patio... Cuando regresamos, estabas tendido en medio del jardín, sin sentido... -tragó saliva, casi incapaz de continuar- ...cubierto de sangre...
Le cogió con ternura de la muñeca izquierda y le dio la vuelta para exponer el dorso. Takeru se fijó en la cicatriz blanquecina que le marcaba la piel, según creía producto de un corte con una ventana rota, y adivinó lo que iba a decir su madre antes de que ningún sonido saliera de sus labios pintados de carmín.
–Tu hermano te había cortado la muñeca con unas... tijeras y estaba llorando de pánico en un rincón... -jadeó Natsuko, cubriéndose la boca con una mano-. No estaba bien...
Takeru se acercó a ella hasta que sus cuerpos entraron en contacto y le rodeó los hombros con un brazo pero no dijo nada. Sintió que debía dejarla terminar, que ella no se sentiría en paz si no le contaba toda la historia hasta el final.
–Decidimos que lo mejor era separaros, alejaros para que no volviera a pasar lo mismo... -la mujer parecía empezar a sobreponerse, aunque aún tenía la voz entrecortada-. Yamato estuvo dos años internado en un sanatorio mental, pero al parecer no le diagnosticaron ninguna anomalía... Su comportamiento era totalmente normal. No obstante, teniendo en cuenta el desequilibrio que sufrió, los psicólogos nos recomendaron que lo alejáramos de ti para evitar un nuevo incidente. Así que nosotros nos separamos, desesperados por tener lo mejor para vosotros -sonrió con tristeza mientras tragaba saliva con dificultad-. Tu padre y yo nos vemos un par de veces por semana, cuando coincidimos sin trabajo... Por eso hay tantas llamadas suyas.
Se quedaron un rato en silencio, escuchando cómo avanzaba segundo a segundo la aguja del reloj de pared. Natsuko no dejó de secarse los ojos con el pico del pañuelo, aunque su llanto se fue apagando paulatinamente hasta quedar reducido a un leve gimoteo. El chico negó varias veces con la cabeza, impresionado e incapaz de asimilar tanta información de golpe.
–Mamá, podría haber sido un accidente. No sabemos lo que pasó en realidad... -trató de hacerla entrar en razón-. Creo que os precipitasteis... -parpadeó un par de veces y sintió cómo afloraban las lágrimas en sus ojos-. Vosotros os queréis y habéis estado tanto tiempo separados por nuestra culpa...
Natsuko se dio cuenta del rumbo que iban tomando los pensamientos de su hijo y, definitivamente, no iba a permitirle. Giró sobre el asiento y rodeó el rostro de Takeru con ambas manos, mirándole a aquellos ojos tan parecidos a los suyos y que, aún así, poseían el tinte sincero y transparente de los de Hiroaki. Sonrió con amargura y secó las lágrimas de sus mejillas con las yemas de los pulgares.
–No pienses ni por un segundo que es culpa tuya -le rogó-. Lo hicimos por vosotros, por los dos. Te pido perdón si crees que nos equivocamos, pero no te culpes por nada...
Takeru inspiró lentamente y asintió diversas veces antes de lanzarse a los brazos de su madre, que le recibió en su abrazo como cuando era pequeño y volvía corriendo a su encuentro tras tropezar con alguno de los muebles o soñar con algo que le hiciera llorar.
Se quedó allí hasta que distinguió una colonia de hombre sobre el perfume que su madre solía usar. La recordaba, cálida y agradable, cada vez que su padre le levantaba en brazos. Y supo que su madre no había vuelto tarde por cuestiones de trabajo.
Yamato sintió encenderse su pecho de júbilo cuando aceleró la moto y avanzó a un camión al acceder el puente Rainbow, iluminado por focos multicolores como gigantes irisados en el crepúsculo.
La noche se cernía sobre Tokio, bañándolo todo en una oscuridad anaranjada que le evocaba las plácidas noches de verano, imborrables en su memoria. No estaba seguro de haber hecho lo correcto con Takeru, pero desde que el día anterior viera su rostro, sólo cambiado por los años transcurridos, había sentido el irracional impulso de verle, escuchar cómo le había cambiado la voz, medir cuantos dedos le faltaban para alcanzarle en altura.
Se deprimió brevemente cuando empezó a bordear la línea del puerto, cegadora a causa del lejano contacto con sol. Era cruel que él mismo, sin haberlo querido, hubiera hecho tan desgraciado a un muchacho que nada malo había hecho. Porque lejos del cambio de aspecto de su hermano, sus ojos seguían siendo igual de puros, como si no conocieran de primera mano los rincones más oscuros de la mente humana.
Su vida y la de Takeru habían quedado destrozadas aquel día, desdibujado en sus recuerdos tras tanto revivirlo en una muda muestra de autopenitencia.
Vio con pasmosa claridad a su hermano sentado en el césped del jardín. Era más pequeño y delgado de lo que debería ser a su edad, y tenía el pelo tan rubio que casi parecía blanco. Él le miraba jugar con las piezas de construcción, entonando una melodía de harmónica que había aprendido en la escuela hacía dos semanas.
"Cuida de tu hermano, Yamato", habían sido las palabras de Natsuko antes de irse.
Aquella orden por parte de su madre estaba de más. Yamato, ya a sus ocho años, estaba dispuesto a sacarle los ojos a cualquiera que intentara ponerle un dedo encima a su hermano. Bueno, quizás no sacarle los ojos, pero sí hacerle algo muy malo.
Takeru hizo un puchero cuando el castillo que estaba construyendo se desmoronó, pero como además de llorón era cabezota volvió a reconstruirlo desde cero, pieza por pieza. Yamato miró sus mejillas sonrosadas y su mirada parecida al color del cielo y deseó estar para siempre en aquel jardín, en aquella paz envolvente.
Le estaba mirando demasiado; se dio cuenta de ello cuando advirtió que las sombras eran ya más largas y que la luz del sol empezaba a volverse más débil. Carraspeó sin querer: tenía la boca seca. Levantó la mirada hacia el niño rubio que fingía ser arquitecto y su mirada, como por instinto, se clavó en su cuello: una vena palpitaba de forma imperceptible debajo de la tierna piel. Algo lejano y a la vez doloroso empezó a apuñalarle los oídos, clavándose en su cerebro como si fuera algo físico.
Pum...pu-pum... Pum... pu-pum...
Bajó la mirada con desesperación, notando que estaba jadeando en voz alta. El corazón le latía tan rápido dentro del pecho que creyó que se escaparía de su lugar. Y sin embargo no era su propio pecho lo que percibía en sus oídos.
Era un latido más fuerte, más joven. Incansable, poderoso. Lleno de vida. Aleteaba como un pájaro ansiando salir de su jaula.
El pequeño Yamato se descubrió sudando a raudales, y de pronto la sensación en su pecho se le antojó dolorosa e insoportable. Cerró los ojos por un segundo al notar que sus músculos estaban en tensión, como si fuera a abalanzarse sobre algo. Apretó los dientes con fuerza y se forzó a dejar de mirar a Takeru, pero el latido de aquella piel rosada seguía captando su atención. Sin que apenas se diera cuenta, sus manos se cerraron entorno a las tijeras de podar el seto que su padre había olvidado guardar en el trastero.
Takeru levantó la mirada al notar que algo no iba bien con su hermano. Su mano diminuta se quedó flotando sobre una pieza amarilla, olvidándose por un momento de recolocarla.
–¿Estás bien, onii-san...?
Yamato emitió un grito de angustia y, súbitamente, se lanzó sobre su hermano.
Los siguientes acontecimientos resultaron muy confusos para Yamato, y jamás fue capaz de recordarlos con claridad. Sólo quedó grabado como a fuego el sabor metálico en su boca, la sensación de poder que recorrió su cuerpo como un corriente eléctrica.
Sólo Takeru yaciendo en la hierba, empapado de sangre, luchando desesperadamente por respirar. Y sus ojos azules de intocable inocencia restaban velados por la debilidad y la confusión, empapados de lágrimas silenciosas que manaban como ríos.
Demasiado bueno para odiar, demasiado ingenuo para comprender la atroz situación. Sólo era un niño que clamaba ayuda, por el mero instinto de supervivencia. Más la única persona presente era precisamente la culpable de su desgracia. Ajeno a toda aquella macabra situación, Takeru extendió una mano temblorosa en el aire, con los dedos empañados de sangre extendidos hacia él.
–O-onii-san... -balbuceó.
Yamato le observó con los ojos húmedos y desorbitados, incapaz de reaccionar. Después, como si el frágil hilo de su cordura se hubiera roto, se llevó las manos a los oídos y levantó hacia el cielo un grito atroz que desgarró la tarde.
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Una voz electrónica y distorsionada llamó a un doctor por el megáfono. Yamato, que no había dormido ni un segundo en las últimas setenta y dos horas, levantó los ojos inyectados en sangre hacia dicho aparto sin comprender en absoluto lo que decía.
Todo era tan blanco en aquel lugar que resultaba terrorífico. Los pasillos, el suelo, el techo y las paredes, las sábanas de la cama. Las ropas de los niños que, meditabundos y murmurantes, caminaban de un lado a otro de la estancia sin prestar atención a nada. Esa mañana, la niña de las trenzas negras se había golpeado durante media hora la cabeza contra la pared acolchada. El niño larguirucho del fondo había intentado morder a otro, pero al final habían venido a reducirlo. La niña castaña con media cara quemada le había estado mirando durante cinco horas, pero no le había dirigido la palabra.
Yamato sabía dónde estaba: en un maldito manicomio. La certeza de que era consciente de aquella situación le llevaba a plantearse si realmente estaba tan loco como aquellos críos. Si realmente hubiera perdido la cordura, ¿podría realizar aquellas profundas reflexiones?
Después se acordaba de lo que había hecho, de los llantos desesperados de su madre y de la voz falsamente calmada de su padre, que le murmuraba al oído que iban a llevarle a un sitio donde le ayudarían. Se había dejado arrastrar a aquel horrible lugar por una sola razón.
Takeru. Su dulce hermano estaba casi muerto para cuando sus padres habían llegado. Apenas respiraba cuando los enfermeros le subieron a la camilla y la ambulancia se alejó emitiendo luces intermitentes de un rojo inmisericorde. Él no fue al hospital: su padre le había llevado a un hombre que le hizo muchas preguntas, y después sólo supo que había acabado allí, sin posibilidad de salir.
Sabía que la culpa era suya. A pesar de que aún no recordaba exactamente lo sucedido, sólo había sentido una calma tranquilizadora cuando le anunciaron que su hermano iba a salir de aquella y que su estancia en el hospital se reduciría a dos semanas.
–¿Te encuentras bien?
Yamato levantó la mirada y la posó sin demasiado interés en el otro individuo, que seguramente estaba como un cencerro. El que le había hablado era un niño moreno con un par de años menos que él. Llevaba el mismo atuendo de impecable blanco que él y sus ojos eran como dos pozos sin fondo de un azul insondable.
–Sí... -masculló con apatía.
–No es cierto -repuso el niño moreno-: si fuera así no estarías aquí.
Yamato sintió el fugaz deseo de estamparle un puñetazo en toda su serena cara, pero teniendo en cuenta lo que sucedía cuando alguno de los internos mostraba signos de violencia, no le convenía hacerlo. Remover en los confusos recuerdos que su cabeza almacenaba no le hizo ningún bien, y consiguió que su ánimo de recuperar la confianza de sus padres se desmoronara en un segundo.
–He hecho algo... espantoso -gimió, estrujándose los cabellos rubios-. Y aún no sé cómo ha pasado...
Su pecho empezó a sufrir estertores y sintió de nuevo aquella sensación de ser absorbido por la nada.
–He atacado a mi hermano... De repente estaba todo lleno de sangre... Él lloraba... Y yo...
Se cubrió la cara con una mano y pudo percibir el imborrable olor de la sangre en su piel.
–...quería beber su sangre -susurró, horrorizado de sí mismo-. Por eso me han encerrado aquí. Estoy loco...
–No estás loco, Ishida Yamato-kun -sentenció el niño moreno de forma tajante.
El rubio detuvo su creciente llanto en un sólo segundo. No supo qué le produjo aquella sensación, pero la voz de aquel muchacho sonaba inteligente y cuerda, absolutamente absorbente e hipnótica, como si cada sonido que emanara fuera una verdad irrevocable.
–Yo también siento esa necesidad -aseguró el niño, denotando una profunda excitación-. Y es un instinto tan antiguo como el mismísimo mundo.
Yamato no se movió, pero percibió claramente cómo el otro se arrodillaba frente a él para ponerse a su misma altura. Al levantar la mirada se encontró mirando a aquellos iris oscuros y vacíos, tan llenos de conocimiento y poder que no correspondían en absoluto con la edad física del niño.
–Soy Ken Ichijouji -se presentó. Se acercó a él, tanto que pudo sentir su aliento frío en el oído-, y si haces todo lo que te digo, podrás volver a estar junto a tu hermano... para siempre."
Yamato sonrió con amargura y cambió la marcha de su motocicleta, desviándose por una calle lateral en dirección a Shibaura. Hasta aquella misma tarde había creído que Ichijouji le había mentido descaradamente todos aquellos, aprovechándose de su "don" para cumplir sus propios objetivos.
Sin embargo acaba de estar con su hermano. Habían hablado y él le había abrazado, por primera vez en diez años. Y él no había sentido sed, sólo orgullo de ver que había crecido con una conciencia íntegra a pesar de sus carencias familiares. La amargura del momento resultaba irrisoria al lado de la alegría que le había producido el reencuentro.
Soltó un grito de dicha mientras se ponía en pie sobre la motocicleta. En aquellos momentos Yamato sintió que su felicidad era capaz de atravesar las brumas de su nefasto pasado y depararle un horizonte absolutamente nuevo.
Takeru pensó que no iba a volver a dormir en toda su vida, pero aún así se acopló a la rutina de ponerse el pijama y acostarse en la cama a sabiendas de que su madre, al otro lado de la pared, sufría del mismo insomnio que él.
Yacía en su cama de siempre, con una mano sobre la frente en un intento de acallar aquel dolor que latía en su pecho junto a su propio corazón. Deseó estar vacío de pensamientos y preocupaciones, de conocimientos y detalles sobre su pasado que, ahora sí, se arrepintió de haber querido obtener. Hizo descender la mano para cubrirse los ojos cuando estos se le humedecieron, aunque no había nadie para verle llorar.
Le costaba creer que el mismo hermano sereno que había acudido a verle aquella tarde fuera en el pasado el que casi provocó su muerte. Le dolía saber que aquel suceso había separado a su padre y a su madre, dos personas que se querían pero que se habían visto superadas por las circunstancias.
Incluso arropado en su cálida cama se sentía expuesto a un frío mortal que le acecharía en cada rincón de su conciencia. Poco a poco, sin embargo, el cansancio fue haciéndose presa de él y se quedó dormido cuando quedaban pocas horas para el amanecer. Las lágrimas aún humedecían sus ojos cuando cayó en los brazos de Morfeo.
Esa noche también soñó, pero no tenía nada que ver con los recuerdos confusos que había sufrido el día anterior.
Se vio a sí mismo al borde de un abismo, contemplando un mar de aguas tenebrosas cuyas olas morían contra las rocas de allá abajo en un estallido de espuma plateada. Una niebla densa y gris flotaba hasta el horizonte, oscureciendo la visión de unas montañas que se desdibujaban en el otro extremo de la cala. Hacía un frío atroz, y la línea donde el mar y el cielo se tocaban estaba moteada de nubes negras como la tinta.
Había una chica de pie cerca del precipicio, dándole la espalda y contemplando el mar como si añorara algo que hubiera perdido allí mucho tiempo atrás. Su melena negra como hilos de noche era zarandeada por el viento, creando zarcillos. Parecía una muñeca de porcelana con su atavío tradicional, un kimono de brillantes colores de los que sólo podían verse en las ilustraciones del periodo Edo. Takeru la observó como hipnotizado, fascinado por la delicadez de las manos que caían a los lados de su delgado cuerpo, por la estampa de su figura enmarcada por la cabellera oscura. Quiso decirle algo, hacerle notar su presencia de algún modo, así que avanzó un par de pasos y soltó una palabra que quedó ahogada por la brisa.
La misteriosa joven se dio la vuelta y le miró directamente. Dos sensaciones inconexas se adueñaron de Takeru a la vez: por un lado un cosquilleo eléctrico que le sacudió hasta las puntas de los pies, un soplo que pareció desnudarle el alma y fragmentarla de forma irreversible.
La otra fue una confusión aplastante, pues el rostro ovalado que estaba mirando no era otro que el de Hikari Yagami.
