A partir de este capítulo, el fic pasará a ser Rated M
LAWLESS
Capítulo 4. Muerte
Era mediodía y, tal como había amanecido, el cielo estaba encapotado. Historia cerró los ojos y apoyó la sien en el vidrio helado y húmedo de una ventana de su habitación.
— Eren… — murmuró, mientras en sus labios se esbozaba una sonrisa — ¿Quién lo pensaría?
Historia aún no se lo podía creer del todo, pero si el mismo Armin se había tomado la molestia de ir y explicarle personalmente la situación, entonces debía de ser cierto: Eren había huido con una desconocida, por ilógico que le pareciera. Ilógico porque se trataba de él, el chico más patoso y desinteresado en el romance que podía existir.
Se separó de la ventana y su mirada descendió hasta el diminuto rectángulo de papel que sostenía entre los dedos. Éste había sido doblado una y otra vez hasta llegar a su reducido tamaño.
Eren no entendía nada de amoríos, al menos no cuando lo intentaban involucrar a él, pero solía hacer un pequeño intento por empatizar con el tema cuando se trataba del romance de otros. Como en el caso de Historia.
La muchacha se había alegrado y, al mismo tiempo, entristecido tras recibir la noticia de Armin. Pese a que en un principio el bienestar del chico la había preocupado bastante, Historia se alegró por Eren y su repentino arrebato. Sin embargo, se entristeció al advertir que la misiva secreta de su propio puño y letra no podría llegar hasta su destinataria, debido a que el mensajero se había involucrado en un improvisado idilio.
Historia chasqueó la lengua, reprochándose mentalmente que no debía ser tan egoísta y que mejor celebraba el hecho de que su amigo estaba experimentando un enamoramiento por primera vez.
"Debería simplemente estar contenta por él e intentar ayudarlo en lo que pueda," se dijo a sí misma, "tal como él me ha ayudado."
La rubia se dirigió a la chimenea, en donde aún resplandecían varias de las brasas anaranjadas que una sirvienta había atizado de madrugada.
Historia empuñó el rectángulo de papel. Ya que nadie podría llevarlo hasta su destinataria pronto, entonces lo mejor sería deshacerse de él antes de que alguien más lo encontrara y descubrieran su secreto, pues el Reino no debía enterarse de que la única heredera al trono, la única hija de los Reiss viva, no tenía el más mínimo interés en los hombres.
"Tal vez un día debería hacer lo mismo que hizo Eren," pensó mientras apreciaba cómo las llamas devoraban sus intensas palabras grabadas con tinta negra en el papel, "Huir con Ymir. Simplemente huir lo más lejos de aquí."
— Princesa… — oyó que la llamaban desde el otro lado de la habitación. Era una de sus doncellas.
— Adelante — la invitó, sin quitar los ojos de las cenizas que quedaban de su carta.
— Princesa, disculpe la interrupción, — la mujer hizo una pequeña reverencia — pero Su Majestad la espera. Es hora del almuerzo.
Historia tomó una bocanada de aire y se alisó el vestido.
— Gracias, iré enseguida.
Su padre, el Rey, no la examinó con sus grandes ojos sino hasta que ésta se sentó silenciosamente a la mesa.
— Historia, — la llamó Rod Reiss tras beber un sorbo de su copa de vino tinto — un policía me ha hecho llegar un reporte, ¿te parece bien si lo oímos juntos?
La rubia miró de reojo a su padre, ya que éste no solía pedirle su opinión o su parecer sobre cosas tan corrientes como la lectura de reportes sobre el Reino.
— Me parece bien, padre — dijo, algo desconcertada.
Rod asintió y la estudió durante unos momentos.
— No pareces muy afectada por lo que ha pasado, — comentó frunciendo ligeramente los labios — Creía que Eren y tú eran… cercanos.
El corazón de Historia dio un pequeño brinco en el pecho. Mierda, aquél tema de nuevo, ¿qué tendría que inventar ahora?
— Ah, lo somos. — aclaró con una sonrisa fingida, de aquellas que parecían tan naturales en ella — Pero no cercanos al punto que te imaginas, padre, y ya sabes lo que ha pasado…
Rod la escrutó nuevamente, con aire serio.
— Me alegra que no sean cercanos hasta aquél punto, — admitió el Rey, sin que se reflejara alivio alguno en su expresión — De todos modos, sabes que no es propio de princesas tener amoríos secretos con gente de baja alcurnia, y eso incluye a Eren Jaeger. A pesar del trato especial que tenemos con él, Eren sólo es un empleado más.
Ah, aquél sermón de nuevo.
Mientras se enderezaba en el asiento, Historia mantuvo su sonrisa.
— Lo sé muy bien, padre. — dijo, intentando sonar dulce. — No tienes por qué preocuparte, Eren es sólo un amigo.
Hubo un momento de silencio tras la afirmación de la rubia.
— Eren regresará pronto, este tipo de encaprichamientos no suelen durar demasiado. Volverá cuando se aburra, sólo debe de andar embobado, — comentó su padre de la nada, antes de beber un poco de vino — Debería regresar pronto. Él lo sabe.
Entonces Rod pidió que hicieran pasar al policía que traía un reporte especial que él mismo había solicitado puesto que, al día siguiente de la fiesta de máscaras, se descubrió que la misteriosa chica con la que Eren había desaparecido había logrado acceder al evento haciendo uso de una invitación oficial. Dicha invitación estaba a nombre de Julia Auttenberg, una mujer de casi sesenta años que residía en el distrito de Stohess.
Las cejas de Historia se enarcaron al enterarse de aquél detalle, por lo que toda su atención se concentró en el hombre de mediana estatura y cabello claro que leía el reporte solemnemente.
— La Señora Julia Auttenberg confesó haber regalado la invitación a Margot "Protz o Pretzel". La Señora Auttenberg dijo no recordar el apellido de la chica, pero especificó que se trataba de la familiar de un "viejo conocido" suyo. Cito en sus propias palabras: "Primero tomé la decisión de no asistir a la fiesta la noche anterior ya que subí unos cuantos kilos tras el fallecimiento de mi marido y, lamentablemente, el vestido que había mandado a confeccionar para el evento ya no me quedaba." — leyó el policía, al tiempo que levantaba la mirada del papel con nerviosismo — Su Majestad, si me lo permite, omitiré algunas de las palabras del testimonio para así no faltarle el respeto a usted, ni tampoco a la princesa. El problema es que el encargado de la investigación transcribió el testimonio de la Señora Auttenberg en su integridad.
Rod se encogió de hombros.
— No veo por qué eso es un problema. Me parece perfecto, — señaló despreocupado — Prefiero escuchar el reporte completo, continúa leyendo.
El policía asintió y, tras un carraspeo, continuó con la tarea:
— "No podía ir a la fiesta pareciendo una salchicha. Fue entonces que recordé a la bella Margot, una pobre chica que sabía estaba perdidamente enamorada del guapo y joven Doctor Jaeger. Envié a un criado a ponerse en contacto con ella, para que le entregara mi invitación, y hace poco me enteré de que su plan de conquista funcionó. Me encanta, me complace que lo haya logrado." — titubeante y sonrojado, el policía respiró profundamente antes de leer lo que seguía — "Todos merecen la oportunidad de tener un buen revolcón con el amor de sus vidas. Especialmente esta chica que estaba loca, loquísima por Eren Jaeger. Yo me pregunto, ¿quién no ha hecho locuras por amor? Me declaro culpable por haber sido cómplice de este crimen tan, tan terrible. ¿Jóvenes follando? ¡Qué atrocidad!"
Historia estaba boquiabierta. Le echó un vistazo a la expresión ligeramente ofendida de su padre y a las incontables gotitas de sudor en el rostro colorado del policía.
Increíble.
Esto era genial.
— Su Majestad, la investigación y redacción fue realizada por el oficial Reiner Braun, de la división de Stohess, — informó con solemnidad el policía, pese a que se evidenciaba su gran incomodidad — Solicitaré una sanción para el oficial Braun, pues éste estaba en pleno conocimiento de que el reporte había sido solicitado por el mismísimo Rey y…
— No es necesario, — dijo Rod, masajeándose cuidadosamente las sienes — No voy a sancionar a alguien que transcribió una declaración de manera completa, a alguien que hizo bien su trabajo.
— ¿Qué pasará con la Señora Auttenberg? — preguntó de repente Historia, preocupada.
Rod la miró con curiosidad y respondió: — Fue encarcelada, por supuesto.
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Mikasa estaba entrenando a solas, tal como a ella le gustaba. Se encontraba en una habitación de paredes blancas casi impolutas, que contenía algunos implementos de entrenamiento que sólo utilizaban ella y Levi. Desde el techo colgaban dos sacos de arena forrados en cuero. Éstos habían sido parchados en diversas ocasiones.
La chica pateó con rapidez y potencia uno de los sacos antes de lograr oír el golpeteo en la puerta. Cuando apoyó el pie de vuelta en el suelo, oyó la voz de Luther desde el otro lado, quien le preguntaba si podía entrar, ya que se trataba de algo importante.
Antes de responder Mikasa se puso una camiseta blanca, ya que solía entrenar sólo con un sujetador de algodón que la ayudaba a palear el calor generado por la intensa actividad física.
— Luther, entra — dijo mientras pateaba nuevamente el saco — ¿Qué pasó?
— Ya puedes bajarme. En serio, estoy bien. Puedo caminar solo. — dijo rápidamente Eren con cierto hastío en su tono, por lo que la chica se volteó, intrigada.
Luther alzó ambas manos en señal de inocencia mientras Mikasa se acercaba a ambos, sacándose los guantes negros y tirándolos al suelo. Su inicial expresión de asombro ante el estado del rostro de Eren ya había regresado a su típica expresión neutral.
— ¿Quién lo golpeó? — cuestionó con frialdad al tiempo que estudiaba el rostro de Eren, cuyo lado derecho se hallaba inflamado y amoratado.
— Fue Bernard — informó Luther, dando un paso hacia atrás — Creo que Levi ya le está dando un escarmiento.
Eren se llevó un dedo a la magullada zona, comprobando la hinchazón pese a que él mismo la podía percibir dentro de su campo de visión.
— Ah, mierda — susurró el castaño, todavía un tanto aturdido por el golpe. Entonces se topó con la mirada inquisitiva de Mikasa — Necesito agua, un espejo e ir a mi cuarto, esa mazmorra en donde están mis cosas.
Luther le entregó un cuchillo limpio, de hoja ancha y fría.
— Gracias, esto servirá de momento — le dijo Eren al tipo, poniéndose el frío metal sobre la inflamación que dolía como los mil demonios.
— De nada, Doc — respondió Luther, quien hizo un ademán de despedida y se retiró para dejar a ambos jóvenes a solas.
Eren comenzó a caminar para llegar a ese maldito lugar enano y sin ventanas en donde dormía. En toda aquella área bajo tierra en la cual se ocultaban los Ackerman no había ni una sola ventana. Realmente era un escondrijo de ratas.
Sin embargo, Eren había notado que en algunas habitaciones, como en el comedor, el aire se colaba a través de ductos de ventilación… Pero en su cuarto ni siquiera había un mísero ducto. Realmente era una puta mazmorra.
Notó que Mikasa lo seguía de cerca, en silencio.
El chico apretó la mandíbula. Estaba molesto por lo que había pasado y por ya llevar alrededor de tres días en ese lugar. Necesitaba algo de Sol y aire fresco, y un maldito espejo para examinar con detalle la contusión.
Además se sentía incómodo, tenía sed y quería estar solo.
Cuando llegó al cuarto, Eren vio que Mikasa pasó de largo y no entró tras él, pero no le importó. Tomó su bolso médico, lo dejó con cuidado sobre la cama y lo abrió. Sacó algunas cosas y rebuscó en éste hasta que se topó con una bolsa de tela, en cuyo interior había algunos frascos pequeños de vidrio. Eligió uno de ellos, el ungüento antiinflamatorio. Se sentó en la cama e hizo girar el pote entre sus dedos.
Pronto la menor de los Ackerman regresó al cuarto. Puso un cuenco con agua sobre la mesita de noche junto con un paño limpio y le entregó a Eren un sencillo espejo de mano. Él lo recibió un tanto desganado, pues no sabía si quería ver directamente la ridícula hinchazón que debía tener su rostro.
— Gracias.
El chico comenzó a palpar la piel y el hueso de la mejilla. Su cara se contraía de dolor al tocar las áreas más doloridas, pero sintió cierto alivio al corroborar que no había nada roto, pese a que ya se lo imaginaba.
Se puso de pie, se lavó las manos y la cara con el agua del cuenco. Se secó con el paño y comenzó a aplicarse el ungüento con suavidad.
Mikasa lo contemplaba con curiosidad, sin emitir palabra alguna, por lo que Eren empezó a sentirse más incómodo de lo que ya estaba. Siempre le resultaba incómodo cuando alguien lo miraba fijamente, como si fuera un bicho raro que acababan de descubrir.
Eren estuvo a punto de decirle que por favor lo dejara solo, cuando se percató de que ella cambió el foco de atención hacia lo que estaba junto a él; su bolso médico abierto sobre la cama.
— Oye, — le dijo Eren apenas la vio acercar una mano al interior del maletín — No toques mis cosas.
La chica detuvo la mano a medio camino y, por alguna razón, pareció como si las palabras de Eren la habían herido u ofendido, pues sus ojos se aguaron ligeramente, su expresión cambió dramáticamente y su boca se entreabrió.
De pronto, Mikasa metió la mano en el maletín y sacó uno de los instrumentos, específicamente uno de madera con forma de trompeta, de base plana y circular.
— Esto… — murmuró la muchacha, mientras las manos le temblaban.
Confundido, Eren se puso de pie y se acercó a ella. Le quitó el objeto suavemente de las temblorosas manos. Mikasa parecía bastante afectada y vulnerable por alguna razón.
— Es un fetoscopio, — indicó él con voz calma, observando atentamente su extraña reacción debido al encuentro con el objeto en cuestión. No entendía qué le pasaba — Se pone sobre el vientre de las mujeres embarazadas. Sirve para escuchar el corazón del bebé y…
— ¡Lo sé! — dijo Mikasa, repentinamente irritada — Yo… ya lo sé.
— Oye, ¿qué ocurre? — Eren se inquietó y estuvo a punto de sostenerla instintivamente por los hombros, pero ella se alejó antes y sus dedos sólo rozaron la estela de aire en el lugar en el que antes Mikasa había estado.
La chica abandonó inmediatamente el cuarto, y Eren sintió que debía ir tras ella, pese a que aún estaba sobrecogido por el súbito cambio de ánimo.
— ¡Mikasa, espera! — la llamó al traspasar el umbral y llegar al corredor, pero ella ya había desaparecido.
Eren casi chocó con Levi, quien parecía distraído observando el punto más oscuro del corredor, en donde no había ninguna antorcha encendida.
El hombre entornó la mirada y la dirigió hacia Eren.
— ¿Qué fue eso? — preguntó con cierto desasosiego y molestia.
El muchacho negó con la cabeza.
— No lo sé — admitió, bajando la mirada hacia el instrumento médico que parecía haber gatillado todo — Ella encontró esto y reaccionó de manera extraña.
Levi no tomó el objeto que Eren le ofrecía, pues no tenía idea de qué era ni para qué servía. Podía estar sucio.
— ¿Qué demonios es eso? — parecía un instrumento musical. Una extraña trompeta de madera, o algo similar.
— Es un fetoscopio. Generalmente se utiliza en las embarazadas. Cuando Mikasa lo vio al parecer comenzó a pasar por un... shock emocional — cayó en cuenta Eren, ante lo cual el rostro de Levi pasó del fastidio a reflejar cierto asombro, y luego preocupación.
— Por supuesto… — afirmó el hombre, recuperando de repente su expresión habitual — Vuelve a tu cuarto, te ves como la mierda.
Haciendo caso omiso del desconcierto Eren, Levi se dio media vuelta y rápidamente se puso en marcha. Tal vez el chico había heredado esa cosa de Grisha Jaeger y Mikasa la recordaba con claridad.
Levi abandonó el área subterránea común con rapidez y se dirigió hacia una gruesa puerta de madera, la cual dividía dicha área del pasadizo que daba con el sótano de su vivienda. La oscuridad se hizo absoluta cuando cerró la pesada puerta a su espalda, y sin embargo caminó a paso rápido y seguro a través de aquella boca de lobo. Era un recorrido que había hecho millones de veces. Metros más allá se encontró con la entrada que lo conectaba directamente con el sótano, desde donde llegó a una estancia naturalmente iluminada por el Sol que lo encandiló durante unos segundos.
En aquella casa vivían él, Mikasa y, en ocasiones, también Kenny.
Subió las impecables escaleras de madera pulida hasta llegar al segundo piso y se detuvo frente a una puerta cerrada. Apoyó una oreja sobre la madera y, lamentablemente, confirmó que las cosas iban mal, pues se podían oír algunos de los sollozos ahogados de Mikasa.
Levi respiró hondo. Tomó el pomo de la puerta y lo giró, preparándose para lo que venía… Pero cuando entró la chica no lo atacó ni cargó contra él sosteniendo un cuchillo, como en ocasiones lo hizo algunos años atrás, durante aquél período de gran inestabilidad mental y emocional.
Esta vez, Mikasa sólo había cerrado las cortinas y se encontraba sentada en el suelo, abrazando las piernas contra su pecho. Apoyaba un lado de la cara sobre una de sus rodillas y con los ojos llorosos miraba al recién llegado.
— Toca antes de entrar — lo regañó con voz trémula, secándose con suavidad las lágrimas que aún se deslizaban a través de sus mejillas.
Levi se sentó paulatinamente junto a ella.
— Perdóname por haber entrado así…
La chica se mantuvo en silencio durante varios segundos, hasta que asintió con lentitud. Levi sólo ignoraba aquella regla cuando sospechaba que ella estaba pasando por una crisis emocional. Esta vez, sin embargo, no parecía ser exactamente el caso... ¿o tal vez sí? Mikasa ya no tenía idea.
El hecho de encontrarse con el fetoscopio la había pillado con la guardia baja, tanto que estuvo a punto de echarse a llorar como una cría frente a Eren, por lo que huyó apenas pudo recomponerse un poco de la impresión. Huyó porque no quería que él la viera llorar, ni que la viera vulnerable. Huyó con el fin de evitar preguntas indeseadas por parte de alguien que apenas conocía.
Pero bien, pensó, esto era lo que se ganaba por intrusa y obstinada. Eren le había dicho que no tocara nada.
Mikasa se llevó las manos a la cabeza y tironeó ligeramente su cabello en el proceso.
"Todo va a estar bien," se dijo, "ya han pasado más de diez años."
Mikasa, ¿quieres oírlo también?
Jadeó, sorprendida, y sintió que el corazón se le estrechaba en el pecho. Aquella pregunta retumbó en su cabeza como si la estuviera oyendo en el presente, como si Grisha Jaeger estuviera parado ahora mismo en su habitación.
Para colmo, de pronto notó que algo repiqueteaba contra la ventana y alzó la mirada, asustada.
Había comenzado a llover.
Levi observó de reojo el perfil de la menor de los Ackerman, quien miraba en dirección a la ventana como si ésta fuera a explotar en cualquier momento.
Estaba lloviendo otra vez.
Eran los primeros días de invierno, la chimenea estaba encendida y el Doctor Jaeger se encontraba de visita en aquella lejana y acogedora cabaña, ubicada en el sector montañoso de Shiganshina.
Una mujer estaba acostada sobre la cama, con la expresión alegre y el vientre abultado sólo cubierto por una camisola de tela blanca. Mientras, el Doctor oía al nonato empleando un extraño instrumento de madera. En la visita anterior, éste le había explicado la familia que aquél instrumento, llamado fetoscopio, se utilizaba para escuchar los latidos del bebé y que además servía para determinar la posición de éste dentro del vientre materno.
— Mikasa, ¿quieres oírlo también? — le ofreció gentilmente el médico a la niña.
Ella asintió y se apresuró para llegar hasta la cama, entusiasmada.
Mikasa apoyó su oreja en el extremo del aparato y una gran sonrisa se apoderó de sus labios. Estaba oyendo los latidos del corazón del pequeño que se alojaba allí dentro. También le era posible oír ruidos extraños que no tenía la menor idea de qué podían ser.
Acarició con suavidad la piel tensa de la barriga de su madre y se le escapó una risita de emoción al percibir algo de movimiento bajo la palma de su mano. Todos rieron con ella y Mikasa se ruborizó por haber pasado a ser el centro de atención.
Su madre, con los ojos brillantes de regocijo, le acarició un brazo con ternura.
— ¿Va a nacer pronto? — preguntó con una vocecita la niña, abrazándose al vientre y tratando de ocultar su rostro en un tímido gesto.
— Aún faltan un par de meses, — contestó su padre, quien se había sentado a los pies de la cama junto a su hija — Debemos ser pacientes.
Pero Mikasa sólo deseaba que el bebé naciera pronto. Dos meses eran demasiados días y semanas, ¿no?
A escasa distancia, Grisha sonrió ante la visión de aquella familia reunida. Los Ackerman de Shiganshina sumarían un nuevo integrante en menos de ocho semanas, y la expectativa de aquél nacimiento los tenía a todos muy ansiosos, en especial a Mikasa, quien parecía no hallar la hora de poder tener un hermano pequeño a quien querer y cuidar.
— La próxima semana podré traer a Eren conmigo — informó Grisha una vez notó que la niña se separaba de su madre.
Los irises oscuros de Mikasa destellaron ante sus palabras.
— ¿En verdad? — preguntó ella, pensando en que tendría que esperar siete días para que eso ocurriera.
— Así es, — confirmó el hombre, ajustándose los anteojos mientras le regalaba una sonrisa afable — Creo que él y tú pueden llegar a ser buenos amigos, Mikasa.
Estaba lloviendo otra vez.
Cinco días después de la visita del Doctor Jaeger, Mikasa se encontraba sentada en la mesa realizando algunas labores de costura junto a su madre, mientras que su padre terminaba de lavar la vajilla y ponía unas cuantas cosas en orden para prepararse ante la inminente llegada de Levi.
Kaspar Ackerman no quería permitir que su mujer efectuara esfuerzos físicos, ya que la salud de ésta no era la mejor en esos momentos.
Tocaron a la puerta.
— ¡Oh, Levi ya está aquí! — anunció animado a su mujer e hija.
Kaspar se secó las manos con un paño de cocina y, mientras abría la puerta, divisó a través de la abertura a tres desconocidos. De inmediato intentó cerrarla de vuelta, con fuerza. Su corazón se aceleró y temió por su familia.
— ¡Corran! — gritó, al tiempo que el estruendo de un disparo de escopeta hizo volar el cerrojo, al igual que algunas astillas y las yemas de los dedos de su mano derecha.
Mikasa tenía los ojos bien abiertos. El disparo la había aterrorizado y no podía moverse. Su madre consiguió ponerse de pie cuando tres sujetos irrumpieron en su hogar. El sonido de la lluvia y el viento alborotado del exterior encontraron la oportunidad de infiltrarse también en la morada, logrando despojarla de su calor.
La piel de la niña se erizó y vio cómo su padre conseguía herir con un cuchillo a uno de los forajidos. Lamentablemente, el hombre consiguió golpearlo en el rostro con la culata de una escopeta y, en cosa de segundos, su padre terminó siendo acribillado violentamente ante su mirada espantada.
— ¿Papá…? — susurró Mikasa, mientras el hombre más importante de su vida se desplomaba en el suelo hecho un manojo de sangre y tela destrozada.
En estado de shock, Mikasa fue tomada del brazo por su madre, quien la tironeó hasta llegar a la habitación matrimonial, pero la niña había alcanzado a ver cómo uno de los tipos le daba un último e innecesario disparo en la cabeza a su papá.
Miyuki Ackerman intentó abrir las ventanas, pero éstas se encontraban trabadas. La madera se había hinchado debido a la humedad de aquella época el año. La pálida mujer logró romper el vidrio empleando una silla, pero para entonces los intrusos ya habían llegado sin ningún apuro a la habitación. Uno de ellos le pidió que se tranquilizara, poniendo en alto ambas manos para enseñar que estaba desarmado.
— No queremos matarlas — aseguró el tipo, quien llevaba un gorro de lana — Si no se resisten podremos acabar con esto pronto. Las llevaremos a un lugar cálido y limpio.
— Mira, está embarazada… — comentó en voz baja el sujeto de cabello corto y rubio que le había dado un disparo en la cabeza a Kaspar.
Los tres forajidos intercambiaron miradas y cuchicheos, por lo que Miyuki aprovechó el momento de distracción para interponerse entre su hija y los intrusos. Luego introdujo una mano en el bolsillo de su delantal y aferró con fuerza los dedos al mango de una afilada tijera de costura.
— Mikasa, — llamó la atención de la niña con un bisbiseo — Huye por la ventana, ahora — dijo con voz firme antes de abalanzarse intempestivamente en contra del hombre que se encontraba a su alcance.
No hubo mucho que pudiera hacer. Su vientre no le permitía ser más rápida y le fallaron las fuerzas, por lo que el rubio consiguió tomarla del brazo e impidió que esta lo hiriera. Pero Miyuki consiguió darle un pisotón y continuó forcejeando como pudo contra uno de los asesinos de su esposo.
Mientras, el tipo del gorro le pedía que se calmara y que dejara de atacar a su compañero.
— ¡Mikasa! — gritó ella de nuevo al notar que el tercer hombre se acercaba a la aturdida niña.
Mikasa por fin reaccionó al llamado de su madre e intentó correr lo más rápido que le permitían sus pequeñas piernas hasta la ventana rota, pero el bandido que iba tras ella logró agarrarla del vestido y la tironeó hacia atrás. Ella saltó como pudo sobre la cama y la tela de su vestido se rasgó. Lanzó varias patadas desesperadas, una de las cuales dio en la nariz de su captor.
En el pequeño lapso en que fue liberada, la niña logró aferrarse al marco de la ventana con la intención de encaramarse, sin embargo, en el proceso se enterró un estrecho y afilado trozo de vidrio en la palma de la mano.
El grito de Mikasa provocó que su madre, quien ya estaba a punto de perder la batalla, lograra enterrar la tijera en la mejilla del asesino - pese a que su objetivo inicial había sido el cuello. Durante el subidón de adrenalina, también intentó arañarle los ojos y el rostro.
— ¡Perra! — se quejó el sujeto quien, nublado por el pánico, la empujó vigorosamente y logró hacerla perder el equilibrio. Enseguida tomó su escopeta y disparó.
— ¡No! — bramó el hombre del gorro de lana al oír el estruendo y ver el desastre — ¡¿Qué has hecho?!
El rubio, cuya herida en la mejilla sangraba profusamente, dejó caer la escopeta al suelo, jadeando.
— ¡Era ella o yo, y ninguno de ustedes me ayudó! — se defendió, echándoles miradas reprobatorias a sus dos compañeros — No servía de nada que le pidieras que se calmara, ¡tenías que ayudarme a contener a la maldita mujer!
Mikasa miraba aterrada a su madre, quien ahora estaba tendida de espaldas en el piso de madera. En tanto, notó que su captor la cargaba y la alejaba de la única vía de escape que tenía, pero Mikasa se sentía débil al punto de no ser capaz de oponer resistencia, y sus ojos estaban fijos en la mancha roja que su madre tenía en el vientre. La mancha contrastaba dramáticamente con su camisola blanca. En el suelo, la sangre brillante y espesa había formado un charco que iba aumentando gradualmente de tamaño.
Toda su familia había muerto. Su padre, su madre y el bebé que sería su hermano.
Entonces la niña pensó que tal vez ella moriría también… Si es que no estaba muerta ya. Debía de estar muerta, porque sólo podía percibir el frío… y parecía que su corazón ya no latía.
No podía sentir otra cosa que el frío.
Tenía frío.
Sus ojos no eran capaces de derramar lágrimas y de su boca no podían escapar las palabras. Sus oídos habían perdido la capacidad de escuchar y sus pulmones la capacidad de respirar.
Mikasa Ackerman contempló el níveo rostro de su madre una última vez antes de que todo se volviera negro.
Afuera, pese a la lluvia torrencial, Levi había sido capaz de oír el inconfundible sonido de los disparos, por lo que apuró la carrera de su corcel.
Se bajó del caballo unos metros antes de llegar a la cabaña e hizo que el animal continuara corriendo. En un ágil movimiento, sacó un par de cuchillos de su cinto y se situó en una de las esquinas de la construcción de madera.
— Hay alguien afuera, — notó el intruso de cabello rubio al ver que pasaba un corcel con la montura vacía justo frente a la cabaña, por lo que dejó la escopeta sobre la mesa y cargó su revólver.
El tipo de gorro tomó su propia escopeta y la preparó. Luego siguió a su compañero de cerca y le ordenó al tercero que por mientras atara los brazos y las piernas de la niña, para así transportarla con mayor facilidad.
— Y hazlo rápido, — añadió, mientras apuntaba el arma hacia el torrente de agua — porque nos iremos en cuanto acabemos con el fisgón.
Acto seguido, el rubio que había asesinado a los padres de Mikasa trotó hasta traspasar el umbral de la puerta. Ya en la intemperie, se giró hacia la derecha, apuntando el arma en todo momento.
El sujeto del gorro, quien parecía ser el líder del grupo, lo siguió de cerca con la intención de doblar en dirección contraria, pero entonces notó que su compañero se detuvo abruptamente sobre la marcha y que su cabeza se bamboleó hacia atrás debido a la velocidad y fuerza con la que un cuchillo acababa de atravesarle el globo ocular.
Sólo se podía ver el mango de madera del arma que le había dado una muerte instantánea.
El líder de los bandidos disparó inmediatamente con su escopeta, pese a que no veía a nadie frente a él. Sólo era posible ver la lluvia.
Levi se acercó furtivamente al confundido bandido por la espalda. Lo agarró por la quijada y, en un rápido movimiento, le cercenó la garganta. Acto seguido, Levi entró en la cabaña y se encontró con el cuerpo de su tío.
— Kas… — dijo en un jadeo de sorpresa.
Frunció el ceño y dirigió la mirada hacia el interior de la cabaña. Sacó el pequeño revólver que llevaba al cinto y apresuró el paso, deseando que Mikasa y Miyuki continuaran con vida, pese a que la oscuridad y el silencio ominoso que se había apoderado del lugar parecían indicar todo lo contrario.
Empuñó el revólver con fuerza, ¿podría haber otro sujeto en la primera planta?
La respuesta llegó con un escopetazo que Levi apenas y alcanzó a esquivar, gracias a que el desconocido se mostró un segundo antes. Ahora que sabía que había un tipo que se encontraba en la habitación matrimonial, ya no había tiempo que perder.
Levi entró zigzagueando a la habitación y el hombre disparó nuevamente, sin éxito, instante que Levi aprovechó para apuntarle la cabeza. Lo que quedaba de ventana terminó por estallar debido a la fuga de la bala que atravesó el cráneo del desconocido.
Tras dar un corto y doloroso vistazo al cuerpo herido de Miyuki, Levi corrió hacia la niña que se encontraba atada de pies y manos sobre la cama.
— Mikasa — la llamó, pero ésta no reaccionó. Presionó un dedo sobre la piel de su garganta.
Había pulso.
Bien, ahora sólo tendría que liberarla, sacarla de allí y ponerla a resguardo. A Levi no le importaba si aparecía otro sujeto, porque simplemente lo eliminaría igual que a los otros tres.
— ¿Levi?
El aludido se volteó inmediatamente tras oír la débil voz femenina.
— Miyuki… — susurró sorprendido mientras se acercaba a la mujer tendida en el suelo.
Observó la herida de su vientre y el charco de sangre que la acompañaba, y Levi no podía creer que continuara con vida.
— Levi, ¿Mikasa está bien? ¿Está viva? — preguntó débilmente, sellando los párpados por temor a una posible respuesta negativa.
— Está viva — respondió el joven.
La gélida, pálida y ensangrentada mano de la mujer buscó la suya, y Levi correspondió el gesto, pensando en que aquella sería la última vez que tomaría la delicada mano de Miyuki.
— No puedo creer que esto haya pasado... — dijo de repente la mujer, con la voz quebrada — Esto no puede ser real.
La imagen del cuerpo ensangrentado de Kaspar Ackerman invadió la mente de Levi, quien aspiró un poco de aire y apretó la mano de Miyuki.
Pudo sentir cómo se le formaba un nudo en la garganta.
— Fue nuestra culpa, nuestro error — continuó ella, y Levi pudo ver cómo las lágrimas comenzaban a surcar su blanquecino y moribundo rostro — Yo… yo sólo quería que ella tuviera una vida tranquila, y… y mira lo que pasó… ¡su padre murió! — dijo entre desconsolados sollozos, posando la temblorosa palma de su mano sobre su barriga — Y pronto moriré yo también… Levi, no quiero morir. Es demasiado pronto… Yo… no puedo… dejarla tan pronto.
Levi vio cómo ahora la mano de la mujer se alzaba débilmente en dirección a Mikasa.
— Mikasa, despierta… ¡Mikasa! — la llamó, intentando sentarse, pero sólo consiguió que más y más sangre abandonara su cuerpo a borbotones.
Levi la ayudó a ponerse en una posición más cómoda, pese a que ello sólo aceleraría el desenlace. Pronto la cabeza de la mujer cayó sobre su pecho, pues ésta ya se hallaba demasiado débil para siquiera mantenerla erguida.
— Gracias… — Miyuki le sonrió con dificultad — Gracias, Levi. Gracias… por estar aquí.
El muchacho no supo qué decir y simplemente la abrazó con delicadeza, percibiendo cómo el menudo cuerpo femenino se iba entumeciendo cada vez más.
La mujer se estremecía. Tiritaba.
Segundos después la vida abandonó el cuerpo de Miyuki Ackerman.
Levi dejó el cadáver con cuidado nuevamente en el suelo, intentando evadir la visión del vientre que sobresalía. Su mandíbula se tensó y, exhalando, se puso de pie.
No había tiempo para afligirse, sólo tenía que sacar a la niña de allí.
Cuando se aproximó a la cama, se percató de que Mikasa tenía los ojos entreabiertos. Ella ya estaba despierta.
— Mikasa… — la llamó Levi, pero la niña no reaccionó.
Estaba despierta, sin embargo, los ojos de la pequeña de ocho años parecían opacos, al punto que apenas reflejaban la luz del ocaso que se colaba a través de la ventana rota. Sus ojos, generalmente relucientes, ahora estaban fijos en la nada, muertos.
En completo silencio, Levi liberó a Mikasa de sus amarras y la cubrió con algunas mantas. Con cuidado, levantó a la niña y la acunó en sus brazos antes de salir de aquél lugar.
La intemperie ya no parecía tan cruda e inclemente, no al compararla con el interior de aquella cabaña.
x-x-x-x
Ya había atardecido cuando Grisha Jaeger al fin se encaminaba a su hogar. No veía a su esposa desde aquella mañana y a su hijo desde la noche anterior, y hoy había tenido un día intenso.
Uno de sus pacientes de mayor edad, el cual supuestamente había reportado una notable mejoría tras una infección, había fallecido hoy. No importaba si alguien se encontraba ya en sus últimos años o en sus primeros días u horas de vida, la muerte de cualquier paciente le provocaba un gran pesar e impotencia, sobre todo porque ellos mismos o sus familiares habían puesto su vida en sus manos.
Grisha alzó la mirada verde hacia el cielo. Había llovido de manera intermitente durante la última semana. Aún quedaban algunas nubes negras repartidas por aquí y por allá, obstaculizando la vista hacia el panorama estrellado.
Por andar divagando, sumergió un zapato completo en un charco y sintió cómo se le empapaba el calcetín de lanilla y se le helaba la piel.
— Ah, no tengo remedio… — se dijo con una sonrisa avergonzada, mientras sacudía un poco el pie.
Carla lo iba a regañar por no mirar por dónde iba. Esa era la cuarta vez que metía el pie en una posa aquella semana y ya sólo le quedaban un par de botas secas, las cuales utilizaría al día siguiente para ir a la cabaña de los Ackerman.
— Doctor Jaeger, ¿verdad? — consultó una firme voz femenina.
Grisha se encontró con una mujer alta y rubia, que vestía impecablemente el atuendo de la Policía Militar. Ella parecía haber querido sonar amigable pese a su modo brusco.
— Sí — respondió él, escueto. Se acomodó los anteojos sobre el puente de la nariz, esperando a que ella dijera algo más.
— Tengo un mensaje importante para usted — habló otra vez la uniformada, con menor aspereza en su tono — Por favor, acompáñeme.
Grisha frunció ligeramente el entrecejo y la siguió, intrigado. La noche era fría y ya la mayoría de las personas se habían refugiado en sus hogares.
La mujer lo llevó hasta la ribera, en donde una figura oscura y encapuchada se encontraba esperando de brazos cruzados. Sólo se oía el torrente del agua, que era más sonoro de lo acostumbrado debido a las recientes lluvias que lo alborotaban.
El encapuchado, quien había estado contemplando el río, se volteó y lo miró con cierto desgano.
— Grisha Jaeger, — saludó el muchacho de baja estatura y cara de pocos amigos — me temo que tu cita de mañana tendrá que ser cancelada.
El aludido abrió los ojos de par en par. Sólo Carla y Eren sabían de las visitas que él realizaba a los Ackerman en la zona montañosa. A menos que…
— ¿Quién eres? — preguntó, alarmado.
— Tch, — el joven de mirada amedrentadora se encogió de hombros — mi nombre es Levi.
— Levi, ¿cómo es que sabes…?
— Porque ellos eran parte de mi familia — respondió con una amargura que no pasó desapercibida para el hombre de anteojos, ¿acaso él también era un Ackerman? — Estábamos al tanto de los controles médicos regulares que realizabas, pero eso ya no importa… Hace un par de días, Kaspar y Miyuki fueron asesinados por unos traficantes de personas. El bebé no sobrevivió. Mikasa está a salvo en nuestra morada. Ella ya ha sido atendida por nuestro médico y de ahora en adelante estará bajo nuestra tutela.
A Grisha se le hizo difícil digerir las duras palabras que acababa de oír. Se le hacía difícil creer que sus amigos estuviesen muertos, y que Mikasa no sólo hubiese perdido a sus padres, sino que también a ese hermanito por el que tanto había estado esperando.
Mikasa. La única familia que ahora le quedaba eran los Ackerman que vivían en el bajo mundo, y a partir de este trágico suceso la niña tendría que vivir bajo la custodia de Kenny Ackerman, el Destripador.
En definitiva, ese no era ni sería un lugar adecuado para que creciera una niña, mucho menos una niña como ella. Grisha deseaba ofrecerle a Levi una alternativa; pedirle que le entregara la custodia de Mikasa para así ofrecerle un hogar en el que ésta pudiera tener una vida normal y más sana que cualquier otra que los Ackerman le pudieran ofrecer en aquél… otro lugar.
Sin embargo, Grisha sabía que de ninguna manera accederían. Ellos eran su familia, y no él. Mikasa era de su misma sangre, parte del clan, y sólo ellos podrían brindarle protección las veinticuatro horas del día, mientras que un simple médico no podría luchar contra un grupo armado de traficantes humanos.
El hombre sabía que, debido a su fisonomía, la niña jamás podría estar completamente a salvo en su hogar, ya que en cualquier momento podrían llegar más traficantes y cumplir con su cometido. Muy en el fondo, Grisha sabía que el lugar de Mikasa era con los Ackerman.
— Oye, Traute — Levi llamó a la policía, quien se había alejado algunos metros para darles algo de privacidad — Ya me voy. Escolta al Doctor Jaeger para que llegue seguro a su casa.
Ella asintió levemente.
— Doctor Jaeger, ¿nos vamos?
Grisha observó a Levi, quien desvió la mirada y se retiró.
Cuando llegó a casa encontró a su hijo de diez años despierto. Estaba sentado en la desteñida y vieja poltrona situada bajo una ventana, sosteniendo la muñeca de trapo que Carla había cosido para Mikasa.
— ¡Papá! — lo saludó el niño, saltando del asiento y corriendo a quitarle el maletín de las manos, como era habitual.
Grisha solía acariciarle la cabeza y agradecer su ayuda, pero en esta ocasión permaneció en silencio, con la mirada fija en la muñeca que su hijo había dejado sobre la mesa.
— Papá, ¿te encuentras bien? — preguntó el pequeño Eren, examinándolo con sus inquisitivos y brillantes ojos verdes — ¿Estás muy cansado?
— Yo… estoy bien. Sólo tuve un día muy largo — respondió el Doctor mientras se quitaba los anteojos y se restregaba ligeramente los ojos — Eren, ¿qué haces despierto a esta hora?
El niño frunció el entrecejo ante la pregunta.
— Te estaba esperando. Tenemos que hablar — dijo el chico, en tono serio.
En los labios de Grisha se esbozó una sonrisa, pero sus ojos no conseguían disimular el pesar que le aprisionaba el pecho.
— De acuerdo hijo, pero primero déjame ir por un poco de agua.
Eren volvió a tomar la muñeca y masculló algunas cosas entre dientes. Una vez su padre se sentó en el sofá frente a él, el niño lo miró y le enseñó el mullido juguete.
— No sé jugar con muñecas — admitió, frustrado — Y no sé a qué otra cosa puedo jugar con una pequeña niña de ocho años. Yo tengo diez, ya casi soy un hombre, ¿me entiendes? Creo que me aburriré si solamente tengo que estar quieto moviendo y haciendo voces ridículas para animar esta cosa. A menos que… inventemos una buena historia o algo. No sé, ¿al menos puede ir Armin con nosotros?
Grisha contempló a su hijo en silencio.
— Eren, — lo llamó con cierta dulzura tras unos momentos en que el semblante del niño pasó de la molestia a la inquietud — No te preocupes. Mañana no tenemos que ir donde la familia de las montañas.
El niño volvió a fruncir el ceño.
— ¿Qué? ¿Por qué no?
El Doctor Jaeger exhaló lentamente el aire de sus pulmones y se acarició la barbilla.
— Ellos tuvieron que mudarse a un distrito lejano hace unos días.
— Oh… — fue lo único que pudo decir Eren.
Grisha observó cómo su hijo dejaba caer la espalda sobre el respaldo de la vieja poltrona, casi a modo de alivio por no tener que ir a jugar con una niña pequeña. Aunque al mismo tiempo podía notar su contrariedad ante la repentina noticia.
Eren había querido ir a conocer aquella cabaña ubicada en el área montañosa de Shiganshina, y Grisha lo sabía porque a su hijo le fascinaba conocer nuevos lugares. En otras ocasiones le había permitido acompañarlo en sus visitas a algunos pacientes que vivían en sectores menos urbanizados del distrito pero, esta vez, las montañas eran una novedad para él.
— Papá, — dijo Eren de repente — te ves triste.
— Lo estoy… porque los voy a extrañar — afirmó Grisha, procurando que no se le quebrara la voz — Ellos eran muy buenas personas. Me hubiese gustado que llegaras a conocerlos… Mikasa es una niña muy dulce y amable. Ella tenía muchísimas ganas de conocerte, Eren.
Eren se levantó de la poltrona y se aproximó a su padre. Apoyó una mano sobre una de sus rodillas, mientras que con la otra aún sostenía con fuerza la muñeca de trapo.
— Entonces podemos ir juntos a visitarlos un día, ¿no?
— Me temo que no podremos — murmuró Grisha, poniendo una mano sobre la manito que se había posado en su rodilla — Ellos se han ido muy lejos, tal vez a miles de kilómetros de aquí… Yo no sé exactamente a donde.
El niño le enseñó una vez más la muñeca de trapo a su padre. Recién entonces Grisha notó que Carla ya la había terminado. Había agregado un par de botones oscuros para los ojos, le había cosido cabello de lana negra y le había diseñado un lindo y sencillo vestido rosa pálido, que llevaba una pequeña "M" roja en el pecho.
— ¿Pero y qué haremos con esta muñeca? Mamá se esmeró mucho en hacerla — se quejó Eren.
— Lo sé, hijo — dijo el hombre — La guardaremos, tu madre lo entenderá.
— Podrían haberte avisado que se iban a mudar, así le podríamos haber entregado esto antes y todo el trabajo de mamá no hubiese sido en vano — protestó el niño, dejando caer la muñeca en el regazo de su padre — Me voy a dormir. Buenas noches, papá.
— Buenas noches, Eren — dijo Grisha, extenuado.
Afligido, contempló la muñeca que Carla había hecho con tanto cariño para una niña que ni siquiera conocía. Una niña que ni ella ni Eren llegarían a conocer.
Ese era, al menos, el dictamen del destino en ese momento.
N/A: este capítulo fue bastante complejo de escribir y me quedó larguísimo en comparación a lo que estoy acostumbrada a escribir, pero quería y necesitaba que todo lo que relaté fuera incluido sí o sí aquí, en el cuarto capítulo. Cuento corto: el número cuatro se asocia con la muerte en algunas culturas, como la china y la japonesa.
Para quienes no la recuerden, Traute es la rubia subordinada de Kenny en el manga y recientemente, gracias al Q & A del capítulo 78 del manga, se dio a conocer su nombre como Traute Carven. Le tenía otro nombre hace tiempo, pero ya se confirmó el oficial. En cuanto a los nombres de los padres de Mikasa, como no ha habido información al respecto, no tuve otra alternativa que inventarlos. En el caso de su padre idealmente tenía que ser un nombre con K en el fic para seguir el patrón de la letra (Kenny, Kuchel y Kaspar).
Ahhh y en Enero me dieron muchos feels al ver que incluían muñecas en el primer capítulo de la parte de Mikasa del manga "Lost Girls" porque hace meses, cuando planeé esta historia, también había decidido incluir una muñeca :') además del embarazo de la mamá de Mikasa.
En fin, agradezco MUCHÍSIMOOOOO a quienes se dieron el tiempo de mostrarme su apoyo y me dejaron reviews en el capítulo anterior: Danielicia, RRJY, mervlolchenko, Littner-Yoko, Mega Ayu, Gishel, K, arizkagedarknes, P.Y.Z.K, Dem, Noelia y CaradePan, ¡muchas gracias a todos!
Los invito a escuchar la Playlist de Lawless, sólo tienen que ir a mi Tumblr kuchen-ackerman y poner un /playlist en la url. Les recomiendo además revisar el tag lawless snk para ver mis edits y los fanarts, en particular la hermosa portada que hizo Lolakasa :'D
Espero que hayan disfrutado este capítulo, nos leemos en la próxima~
